Las Actrices Favoritas de mi Padre (2): Las Rubias

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE (2): LAS RUBIAS.

Empecé hablando de las actrices que le gustaban a mi padre con Veronica Lake, y en esta segunda entrega quiero seguir con “las rubias”, las actrices del Hollywood más glamouroso de los años 40 y 50 que más gustaban a los hombres, y que más eran imitadas por las mujeres. Su color de pelo, sus bucles, sus “poses”… todo lo que era posible imitar (sus trajes eran caros), incluyendo su “estilo”, se imitaba.

No recuerdo si dije en la anterior entrada que los gustos cinematográficos de mi padre no cuadraban con el canon típico de los hombres de su tiempo. A la mayoría de aquellos hombres las actrices de Hollywood ni siquiera les sonaban de una película a otra de las que podían llegar a ver en los cines de barrio de las ciudades españolas. No retenían ni sus nombres, ni los títulos de sus películas, pero si recordaban su fisonomía, y sus “atributos”, y sobre todo, el color de su pelo. Mi padre no era ajeno a esos gustos, pero es que además las recordaba por sus nombres, sabía alguna anécdota de su vida o trabajo, y coleccionaba sus imágenes en un álbum de cine de 1954 que guardo con extremo cuidado.  Mi padre era un gran aficionado al cine.

Ver cine en casa con mi padre era como hacerlo sentada frente a una enciclopedia de cine. Al menos eso me parecía a mí con mis pocos años, cuando aún estaba entrando en mí ese gusanillo por saber, cada vez que programaban una película, un poco más de cine que él.

Kim Novak era el paradigma de rubia en los años cuarenta y cincuenta. Sus expresivos ojos eran el perfecto acompañamiento a su belleza rubia y muy pronto se fijaron en ella en Hollywood.  En 1954, tras aparecer en un par de películas sin importancia (y algunos anuncios de frigoríficos), la Columbia decidió apostar por ella: Cambió su nombre (era Marilyn Novak, pretendieron lanzarla como Kit Marlowe, y ella se empeñó en conservar su apellido), pagaron unas clases de interpretación (había estudiado en una escuela de modelos, pero no interpretación) y la colocó en un par de filmes al lado de actores de la talla de Fred MacMurray (“Pushover”, 1954) y Jack Lemon (“Phffft!”, 1954).  Luego vendría la gran “Pic-nic” (1955)  junto a Willian Holden.

Recuerdo haber visto esta película con mi padre al menos un par de veces (después alguna vez más). Él ya la conocía, pero nunca contaba lo que venía después, como solían hacer las abuelas con las novelas de la radio. No. Mi padre solo hacía algún gesto (se removía en el sillón, levantaba la cabeza, cosas así) que evidenciaba que iba a ocurrir algo importante o iba a aparecer un bello plano de una de sus actrices favoritas. Recuerdo que esa película rezumaba un erotismo casi impropio de la época en la que fue rodada y casi sonrojante en la época en la que yo la vi con él, tal vez a finales de los setenta o principios de los ochenta. Hace mucho que no la veo, pero sé que Holden y Novak vivían una pasión prohibida y que Holden (que aparecía con el torso desnudo, momento en el que mi padre se removía en su asiento) lograba encandilar a todas las mujeres de la pequeña ciudad a la que llega, poniendo en evidencia el “modo de vida americano”, al sacrificar sueños y pasiones en aras de una convivencia social acomodaticia y cotidiana (que no aceptaba la lujuria, la infidelidad, el sexo…) hecha de placeres simples, como ir de comida al campo (por cierto que hay una escena con sandías que siempre he odiado).

Después vendrían los éxitos, “El Hombre del Brazo de Oro” (1955) y “Pal Joey” (1957) junto a Frank Sinatra (y también Rita Hayworth)  y sobre todo “Me Enamoré De Una Bruja” (1958) y “Vértigo” (1958) junto a James Stewart. “Vértigo”, la película de Alfred Hitchcock, fue la que catapultó a Kim Novak a la fama. Estrenada mundialmente en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián de 1958, no gozó de muy buena acogida entre el público y crítica, aunque con el tiempo se ha convertido en una de esas películas de “culto”.

Según François Truffaut, la película desprende un punto erótico apasionante: “Pienso en otra escena hacia el principio, después de que James Stewart repesca a Kim Novak, que se había arrojado al agua. La volvemos a ver en casa de James Stewart, acostada desnuda en la cama. Entonces, ella se despierta y eso nos demuestra que él la ha desnudado, que la ha visto desnuda, y sin que en el diálogo se haga referencia alguna a ello. El resto de la escena es extraordinario, cuando Kim Novak se pasea con la bata de Stewart, cuando se ven sus pies desnudos deslizarse por la alfombra y cuando James Stewart pasa una y otra vez por detrás de ella… Hay en Vértigo cierta lentitud, un ritmo contemplativo, que no se encuentra en sus otros films, a menudos construidos sobre la rapidez, la fulguración” (El cine según Hitchcock, de François Truffaut).

Lo cierto es que podríamos encontrar muchos elementos eróticos en la película. En la novela de Boileau y Narcejac, “De entre los muertos”, el protagonista es impotente sexual. Los autores escriben, con toda claridad en el primer capítulo, que nunca ha conocido a una mujer aunque tenga más de treinta años. En la adaptación cinematográfica, Hitchcock se divierte multiplicando alusiones a la sexualidad de Scottie-Stewart: En la segunda escena, un diálogo larguísimo en el piso de Midge (es Barbara Bel Gedes, la Ellie Ewing de la popular serie de televisión “Dallas”, y esta es la única película de cine en la que la recuerdo), maneja un bastón sin saber qué hacer con él mientras que Midge habla de su corto noviazgo, que se interrumpió porque entre ellos dos no pasó nada (el trabajo de Midge consiste en fabricar lencería, lo que añade erotismo a la escena). El bastón de Scottie es un sustituto de su sexo, insinuando que no sabe que hacer con él en compañía de una mujer que le desea carnalmente. Además desde la ventana del piso de Scottie, se ve constantemente la Torre Coït (literalmente), muy famosa en San Francisco, y diseñada en forma de boca de riego (por lo visto su mecenas, una señora adinerada del mismo apellido, era una gran admiradora de los bomberos…), que parece reírse de su falta de vigor sexual. Cuando Madeleine, después de su ensayo de suicidio viene a darle las gracias a Scottie, dice que encontró su casa gracias a la torre. Scottie le contesta que “es la primera vez que le es útil para algo” ¿otra ironía con doble sentido?

En el libro de Truffaut, Hitchcock habla de necrofilia al recordar la escena de la playa.  En ella, las olas que se rompen en la playa, nos sugiere fuertemente que se acostaron juntos. Scottie está entonces convencido que Madeleine es una rencarnación de Carlota (bisabuela de Madeleine, objeto de su obsesión). Y puesto que se ha acostado con una muerta, es incapaz de hacer el amor con una mujer de carne y hueso… Pero no creo que ninguna de estas cuestiones le pasasen siquiera por la cabeza a mi padre. Ni siquiera me pasaron a mi, o al menos no con tanta evidencia, aunque si que recuerdo que siempre pensé que era muy “sospechoso y revelador” que Midge fuese “diseñadora de lencería”.

Después de “Vértigo” el éxito no la acompañó. Recuerdo “Una Vez A La Semana” (1962), con James Garner, una comedia de situación sin muchas pretensiones, y sobre todo recuerdo “Moll Flanders” (1965), de Billy Wilder, una película que me gustó mucho (y que no recuerdo haber visto con mi padre, sino yo sola), y en la que Novak despliega de nuevo todo su potencial erótico, pero que no tuvo mucho éxito en su momento. Para Kim fue, quizá, el aviso de que debía pensar en retirarse del cine. Se casó con Richard Johnson, actor de la película, y su matrimonio no duró más que un año. Después de aquello no se prodigó mucho hasta su aparición en la serie de televisión “Falcon Crest”.

Había muchas rubias en aquella época en Hollywood. Mi padre mencionaba a la exuberante Jayne Mansfield (quien actuó junto a Kim Novak en una de sus primeras películas, “The French Line”, de 1954), también a la “gélida” Grace Kelly (parece que le estoy oyendo ahora mismo… “grace kelli”, leído literalmente, tal y como se escribe), pero sobre todo a la enigmática y bellísima Lana Turner, más recordada por mi padre por sus maridos y sus escándalos amorosos que por sus películas. A mí siempre me gustó más en “Imitación a la Vida” (1959, de Douglas Sirk),  que en “El Cartero siempre llama dos veces” (1946),
aunque fuese esta película la que la llevó al estrellato y la que fijó su imagen de rubia platino (en Hollywood la llamaban “la rubia”), bronceada y vestida de blanco. Fue mi padre el que me contó que Lana Turner, estuvo casada con Lex Barker (entre 1953 y 1957)  ¿alguien le recuerda? Yo le conocía porque mi padre le mencionaba. Fue un actor norteamericano que interpretó un par de películas sobre Tarzán y que alcanzó cierta fama (más tarde sería también marido de Carmen Cervera, Tita Thyssen-Bornemisza, actualmente). Pero tuvo hasta siete maridos y muchos romances con hombres importantes, entre ellos uno sonado con Frank Sinatra, pillados alguna vez en el asiento trasero del coche de él, y por el que se la acusó de ser la causante de la ruptura del matrimonio de Frank (ella solía decir a menudo que “jamás en toda mi vida destruí un hogar”). Los hombres caían rendidos a sus encantos, pero también la utilizaron a su capricho.

Mucho tiempo después supe que también fue la amante Johnny Stompanato, un gánster de medio pelo, que fue asesinado por la hija de Turner, Cheryl, al parecer en defensa propia porque él las maltrataba a ambas con prácticas sadomasoquistas. Ella le temía, pero al mismo tiempo se desesperaba por tenerlo a su lado: “Lo adoraba. Para mí era como una enfermedad. Sabía quién era, cómo era, pero no podía separarme de él. Me dominaba completamente. A veces tenía la impresión de estar bajo el efecto de la hipnosis. Sólo las mujeres pueden comprender lo que quiero decir”. Por aquella época Lana Turner tenia, además, problemas de alcoholismo y drogas. Pero esto nunca me lo dijo mi padre.

En aquellos años de éxito hizo de una magnífica Mylady  en “Los tres mosqueteros” (1948) junto a Gene Kelly, y bordó los papeles de “Cautivos del mal” (1952) de Vincent Minnelli, junto a Kirk Douglas y de “Vidas borrascosas” (1957), la maravillosa “Peyton Place” de Mark Robson, por la que obtuvo su única nominación a los Oscar (le fue arrebatado por Joanne Woodward, por “Las tres caras de Eva”, en una gala que pasó a la historia precisamente por la cara que puso Turner al conocer el fallo) . El caso es que Lana Turner acabaría su carrera cinematográfica a finales de los 80 participando, esporádicamente en algún capítulo de… “Falcon Crest” precisamente. Lana Turner solía decir “La mujer que pueda interpretar mi vida en una biografía cinematográfica no ha nacido todavía”. Aún es una verdad incuestionable.

Pero una de las rubias preferidas de mi padre, si no la que más, era Barbara Stanwyck… y no me digan que no era rubia. Yo la recuerdo rubia, aunque sé que fue morena, pelirroja y hasta tiño su pelo de color ceniciento… Y la recuerdo rubia porque con esa imagen en el cine era muy parecida a las fotografías de mi madre con veinte años.

Bárbara era una neoyorkina bajita, de 1,65 de estatura, que supo desenvolverse sola en la vida desde muy temprano, pues su madre murió siendo ella muy niña y su padre la abandonó poco después, a ella y a sus cuatro hermanos. Se casó en 1928 con Frank Fay, un popular y millonario actor teatral y de Vodevil, que la introdujo en el mundo del cine. Se dice que el guion para la película “Ha Nacido una Estrella” (1937) de William A. Wellman (y en la que precisamente debutó Lana Turner en un pequeñísimo papel), estuvo basado en su conflictivo matrimonio y la obsesión de su marido por convertirla en una estrella. El caso es que rodó muchas películas durante los años 30 y 40, alcanzando fama junto a Frank Capra en filmes como “Mujeres Ligeras” (1930), “La Mujer Milagro” (1931), “Amor Prohibido” (1932), “La Amargura Del General Yen” (1933) y sobre todos ellos, “Juan Nadie” (1941), una de sus mejores películas (y una de las paradigmáticas del New-Deal que tan bien retrató Capra) junto a Gary Cooper. Luego trabajaría con John Ford en “The Plough And The Stars” (1936), con Howard Hawks en “Bola De Fuego” (1941), con Cecil B. De Mille en “Unión Pacífico” (1939), con King Vidor en “Stella Dallas” (1937, por la que fue nominada al Oscar, pero que se llevó Luise Rainer por el magnifico filme “La buena Tierra”), con Preston Sturges en “Las Tres Noches De Eva” (1941), con Fritz Lang en “Encuentro En La Noche” (1952), con Billy Wilder en “Perdición” (1944, con guion de Raymond Chandler, está considerada una de las obras maestras del cine negro) o con André De Toth (el que fuera marido de Verónica Lake) en “El Otro Amor” (1947), al lado de David Niven, donde interpretaba a una pianista con una enfermedad terminal.

Aunque ya se había especializado en papeles de mujer dura y dual, fue “Perdición” la película que la consagró como “mujer fatal”. Su papel de Phyllis Dietrichson es probablemente el modelo que define la expresión estereotipada en el cine. En esta película aparecía junto a los estupendos Fred MacMurray y Edward G. Robinson (dos de los actores favoritos de mi padre, por cierto), sin que le hicieran ninguna sombra a su impecable interpretación, aunque tampoco en esta ocasión consiguiera alzarse con el Oscar a la interpretación femenina (se lo llevó ese año Ingrid Bergman por “Luz de Gas”). Su cuarta nominación (la segunda fue por “Bola de Fuego” en 1941), la obtuvo con “Voces de Muerte” (1948) de Anatole Litvak, aunque también le fue arrebatado, esta vez por Jane Wyman y su papel en “Belinda”. Tuvo unas competidoras muy fuertes en sus cuatro nominaciones, pero al final se llevó una estatuilla honorífica por toda su carrera en 1982. Curiosamente se la dedicó a William Holden, con quien había entablado una profunda y duradera amistad, y que había fallecido poco antes.

Barbara Stanwyck interpretó a una lesbiana (la primera en la historia del cine) en la película “Walk on the Wild Side” (1962, en España “La Gata Negra”) dirigida por Edward Dmytryk. Fue un filme lleno de problemas, como la oposición de  Capucine  (hablaré de ella porque esta mujer le gustaba mucho a mi padre) a filmar escenas de besos con Laurence Harvey (un actor calificado de gay en su momento), porque “no era lo suficientemente viril para ella”. A lo que Harvey respondió: “Tal vez si hubiera más de un mujer, yo sería más de un hombre. Cariño, besarte es como besar a un lado de una botella de cerveza”. Y la polémica quedó servida. El New York Times calificó la película de “espeluznante, de mal gusto, y de mala calidad melodramática”.

A mi padre le gustaba mucho la Barbara Stanwyck del oeste. Hay una película malísima por cierto “La Reina de Montana” (1954) en la que se la puede ver acompañada de un jovencísimo Ronald Reagan, donde ya parece que el Oeste fuese su verdadero elemento. Hizo varias. Algunas casi imposibles de encontrar ni en la web, pero recuerdo alguna como “Las Furias” (1950), “Soplo Salvaje” (1953) o “Los Indomables” (1956). Mi memoria recuerda a Barbara Stanwyck vestida con pantalones y cartucheras al cinto midiéndose con indios y vaqueros, banqueros y hombres del ferrocarril, como en la película “Unión Pacífico” (1939), una de las primeras de su filmografía, y en la que compartió cartel con Joel McCrea, un galán con el que coincidiría alguna vez más, y con un casi irreconocible Anthony Quinn, otro de los incondicionales de mi padre.

Estuvo casada con Robert Taylor, actor de éxito del que hablaré y con quien compartió papel en tres películas, una de ellas, “Amor entre sombras” (1964), la última de la Stanwyck, y filmada tras su divorcio de Taylor en 1951, a causa de sus infidelidades constantes, entre ellas con Lana Turner. Pese a que este divorcio casi le costó la vida con un intento de suicidio, la prensa amarillista la persiguió siempre acusándola de ser “una lesbiana en el armario”, entre otros temas por su amistad perenne con hombre como el mencionado William Holden o Clifton Web (con quien compartió papel en “Titanic”, 1953, una película sobre el hundimiento del famoso trasatlántico), y con mujeres como Joan Crawford.

Ya en el ocaso de su vida y su carrera, Bárbara Stanwyck recurrió a la televisión. Intervino en “El Pájaro Espino”, serie de éxito protagonizada por Richard Chamberlain y más tarde rechazó el papel de Ángela Channing (puede que un gran error por su parte, dado el éxito que tuvo “Falcon Crest”), para intervenir en otras series emblemáticas de los ochenta: “Dinastía” y “Los Colby”, donde interpretaba el papel de Constance Colby, con el que muchas nuevas generaciones tal vez la recuerden. Murió en 1990 con 82 años. Mi padre siempre pronunció su apellido perfectamente.

AlmaLeonor.

 

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6 respuestas a Las Actrices Favoritas de mi Padre (2): Las Rubias

  1. Dessjuest dijo:

    A Barbara Stanwyck la recuerdo de “Los colby” y recuerdo que a pesar de ser ya más bien talludita me pareció una señora guapa, quizá de todas sea la que más me guste.

    Besos.

  2. plared dijo:

    El encanto de las rubias y mas en una epoca dorada, en que la clase y la belleza estaba unida al talento. Ahora pues a cualquier cosa se le llama belleza y el talento..pues demasiadas veces depende de quien conozcas….

    Buen gusto tenia tu padre, de todas me quedo como belleza auna que nombras de pasada…Jayne Mansfield una de las mujeres mas bellas que ha dado el cine. De todas formas muy buen articulo no solo sobre rubias, mas bien sobre una epoca cinematográfica donde se decía que los hombre preferían a las rubias, pero se casaban con las morenas….

    Muy buen articulo y emotivo homenaje a tu padre, que en el fondo me parece que es la intención del articulo. Conseguido si era esa la idea y sin duda se sentira orgulloso de ti, este donde este. Un abrazo

    • almaleonor dijo:

      ¡Hola!
      Jayne Mansfield era espectacular. Pero no recuerdo nada relacionado con ella. Solo sé que mi padre la conocía, porque yo la conocía. Es posible que hablara de muchas más rubias (de las morenas hablaré otro día), pero ahora mismo no he recordado más. Es más. He recordado a dos que pensaba yo, equivocadamente, que eran rubias y eran pelirrojas (también lo contaré). Y si. Es un homenaje a mi padre y su afición al cine que me transmitió. Cuando escribí el anterior artículo, el de Verónica Lake, no tenía esa intención, pero al escribir este, me he dado cuenta de que en realidad lo que me sale es un homenaje a él.
      Besos.AlmaLeonor

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