ESTAMBUL

ESTAMBUL

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Había leído muchas cosas acerca de esta ciudad. En los folletos y revistas de viajes se habla de una Estambul europeizada, populosa, monumental, abierta a los visitantes, la única ciudad del mundo situada entre dos continentes, el europeo y el asiático, con más de 12 millones de habitantes y que recibie muchos miles de turistas cada temporada.

En mis clases de Historia estudié Constantinopla. La vieja Bizancio, reconstruida a imagen y mayor gloria del emperador Constantino y cuna de uno de los Imperios más largos e intensos de la Historia, llamado el Imperio Bizantino. Había oído contar la conquista Turca de la ciudad y de como Constantinopla dio paso a Estambul y a otro de los Imperios más potentes y explendorosos del mundo conocido, el Imperio Otomano.

Y con todo eso mi cabeza había construido un lugar de ensueño, un paraiso lejano, un destino infinito, un anhelo, un sueño, un deseo….. que por fin pude materializar este pasado agosto. Viajamos a Estambul.

Pero nadie nos había preparado para la “primera impresión”. Nada más salir de bien aireado aeropuerto, una auténtica bofetada de aire caliente y alta humedad nos sacudió todo el cuerpo. Estambul tiene uno de los indices de humedad mayores del mundo, mientras estuvimos allí rondaba el 80%. Luego, el recorrido en autobús hasta nuestro hotel, nos mostró otro de los mayores problemas que sufre una ciudad de casi doce millones de habitantes: un tráfico infernal, incontrolable, masificado, y casi irreal, nos rodeaba por todas partes. Una vez en la calle pudimos “escuchar” el pulso de una ciudad en estas condiciones: pitidos de miles de coches, voces de centenares de vendedores, ruidos de todo tipo procedentes de los millares de tiendas y restaurantes que nos rodeaban….. un sonido casi ensordecedor que solo se atenúa con la llamada del Almuecín a la oración. Para todo eso no estábamos preparados.

Solo diré que si el primer día nos hubieran ofrecido salir de Estambul (además nuestro hotel no era lo que esperábamos), nos hubiésemos marchado. Sin embargo el último día nos hubiésemos quedado más tiempo de buena gana, y casi se podía escuchar nuestra pena cuando la sobrevolamos en el avión de vuelta a casa. Tal es la magia de Estambul.

Habíamos visitado casi todos los lugares más emblemáticos que se pueden visitar:

– Los palacios de Dolmabache y Beiberley donde se dan cita el exagerado gusto por el lujo y la magnificencia de los emperadores otomanos, y donde pudimos contemplar la lampara más grande del mundo, de más de 4 toneladas.

– El Museo Kariye con los mosaicos bizantinos más bonitos y mejores conservados del mundo.

– El Museo Topkapi, el palacio Imperial Otomano que guarda una de las mejores colecciones de joyas que pueden ser admiradas, además de Reliquias del Profeta, armas, vajillas china, lamparas venecianas, alfombras persas y un sin fin de otras muchas maravillas.

– El Museo Arqueológico, donde a mi casi se me sale el corazón del pecho cuando contemple un frente completo de la maravillosa Puerta de Istar de Babilonia, la estatua de Gudea de Lagash, el Sacófago de Alejandro, las Cadenas que unían el Cuerno de Oro, parte del Tesoro de Príamo de Troya y tantas y tantas cosas.

– El Museo Naval, donde se recoge toda la historia de la potente flota otomana y donde no encontramos el Mapa de Piri Reis, pese a que había leído que se encontraba allí. En todo caso pude hacerme con una reproducción y un libro sobre el mapa.

– Vimos las Mezquitas de Eyup (la más venerada por los habitantes de Estambul), la de Ortaköy, la Mezquita de Solyman el Magnífico (una mezquita de dimensiones colosales), la de Laleli, la Mezquita Nueva (donde pudimos asistir a un momento de oración) y sobre todo la armoniosa y perfecta Mezquita Azul.

– Vimos la Cisterna de Yerebatan, un recinto donde el antiguo Imperio Bizantino acumulaba agua para el abastecimiento de la ciudad y donde hoy en día puede admirarse escuchando un concierto de música clásica turca bajo un juego de luces espectacular que hacen parecer al recinto una auténtica basílica.

– El Gran Bazar, donde se puede encontrar de todo absolutamente en sus más de 4.000 tiendas; y el Bazar de las Especias o Bazar Egipcio, donde la intensidad de los olores se confunden con la maravilla de los colores.

– El Bosforo, el estrecho que separa Europa a Asia y que a la vez se convierte en un puente de culturas. El Cuerno de Oro, una entrada marina que protegió la flota Bizantina y que se cerraba con potentes cadenas.

– Y visitamos por supuesto Santa Sofía, Aya Sofía, el impresionante museo que es hoy y que se conserva tal y como fue construido en el siglo XIII y convertido en mezquita en el XVI. No es un templo ni es una mezquita, es el autentico museo que muestra tanto la católica Constantinopla como la musulmana Estambul. Santa Sofía, dedicado a la “Eterna Sabiduría”, es hoy en día el lugar más visitado de Estambul. Y el lugar más mágico que yo he visitado. Dentro de Santa Sofía se puede “sentir” el pulso de las vidas que ha contemplado. No ha habido ningún otro lugar donde ni yo, ni mi marido, hayamos experimentado el cumulo de sentimientos que sentimos entre sus paredes. Nos invadió una paz, una serenidad, un animo, una felicidad, muy difíciles de explicar. Solo deciros que si en el momento previo a la entrada estábamos ambos (y el resto del grupo) prácticamente tirados por el suelo de cansancio, cuando empezamos a recorrer el interior todo ese cansancio desapareció, como por arte de magia.

Sin embargo no fueron solo estos lugares tan fascinantes a nuestros ojos, los que nos hicieron “amar” Estambul. Había algo más que estábamos apreciando desde el mismo momento en el que pisamos sus calles por primera vez y que estaba calando en nosotros con la misma facilidad con la que se respira. El cariño, la amabilidad, el calor de sus gentes. Nos encontramos con unas personas muy agradables, encantadoras, atentas con todo el mundo, que tratan a sus niños con una dulzura y delicadeza como nunca había visto, que miman a los gatos que deambulan limpios y cuidados por las calles, que se desviven por atender nuestras peticiones, que hablan varios idiomas (desde limpiabotas a camareros), y viven con el pulso diario que impone una ciudad bulliciosa y turística como Estambul. Y no quiero hacer aquí un aparte con la situación de las mujeres. Realmente no la entendimos y tal vez hable otro día acerca únicamente de este tema. Con sus gentes nos sentimos arropados y disfrutamos mucho más de nuestra estancia.

Gracias Mohammed, por considerarnos “tu familia”; gracias Abu, por enseñarme que “la vida es demasiado corta como para hacer lo que a uno no le gusta”; gracias Ismael por tu acogida, tus siempre cariñosas palabras, tus atenciones, tu sonrisa y tu simpatía. Gracias a toda la gente turca de Estambul por su acogida.

No dejéis de visitar Estambul. Se que es una recomendación que suele hacerse de todo lugar que se visita, pero no dejéis ésta en saco roto. Visitad Estambul, y lo llevareis siempre en vuestra memoria y en vuestro corazón. Y aunque no hemos encontrado una fuente a la que arrojar una moneda, la ciudad sabe que tiene nuestra promesa de una próxima visita. Lo sabe, y eso es parte de su magia.

AlmaLeonor.

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2 respuestas a ESTAMBUL

  1. almaleonor dijo:

    Un extracto de la página mencionada antes…

    Y no quiero terminar sin recordar el capítulo que el viajero otomano del s.XVII, Evliya Çelebi, dedica a los nombres de Estambul. Sin duda era consciente de que algunas lenguas tenían nombres diferentes para su ciudad natal, pero como muchos otros pasajes de su obra, el contenido es bastante fantasioso:

    Estambul tiene distintos nombres en las distintas lenguas. El nombre original de la ciudadela de Estambul es en lengua latina “Macedonia”. Más tarde, cuando Yanko la construyó se llamó “Yankoviçe” en lengua siriaca. Más tarde, cuando Alejandro llevó a cabo en ella construcciones, se llamó, en lengua hebrea, “Alejandría”. En serbio “Pozanta”, en la lengua judía “Vejendoniya”, y en lengua franca “Yagfuriye”. En noveno lugar, como Constantino la había reconstruido, se llamó, en griego, “Poznatyam” y “Konstantiniyye”, y en alemán “Konstantinopol”. En la lengua de Moscú se llama “Tekuriye”, y en la de África “Grandorya”. En húngaro “Vezendovar”, en polaco “Kanatorya”, en checo “Aliyana”, en sueco “Herakliyan”, en flamenco “Istifanya”, en francés “Igrandona”, en portugués “Kostiyya”, en árabe “Kostantiniyye-i Kübrâ”, en persa “Kayser Zemin”, en indio “Taht-i Rum” [trono de los romanos], en mongol “Çakdurkan”, en tártaro “Sakâlib”, y en la lengua de los otomanos se llama “Islambol”.

    https://turquistan.wordpress.com/2012/10/07/los-nombres-de-estambul/

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