VATEL

VATEL

Director: Roland Joffe

Guión: Jeanne Labrune

Música: Ennio Morricone

Intérpretes: Gerard Depardieu (François Vatel); Uma Thurman (Anne de Montausier); Tim Roth (Marqués de Lauzun ); Timothy Spall (Gourville); Julian Glover (Príncipe de Condé); Julian Sands (Luis XIV); Murray Lachlan Young (Philippe de Orléans); Hywel Bennett (Colbert); Richard Griffiths (Dr. Bourdelot);  Arielle Dombasle (Princesa de Condé).

Año: 2000

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La película escogida para ilustrar el tema de la Vida Cortesana ha sido “Vatel”, un filme en el que se narran los festejos organizados por un noble francés, el Príncipe de Condé, para recibir en su Palacio de Chantilly al mismísimo Luís-XIV, el “Rey Sol”. El maestro de ceremonias del Príncipe es François Vatel, un hombre sencillo, organizado, fiel a su señor, y un especialista en la preparación de toda clase de manjares y  festejos. Su fama está absolutamente justificada y su nombre llega a oídos del propio Monarca, quién impresionado por toda la magnificencia y lujo que se le ha preparado, quiere llevarse a Vatel consigo para que ejerza su oficio en el Palacio de Versalles. Es un duro golpe para Vatel, muy apegado a su gente, su clase y su casa, pero en el juego de intereses que se pone en marcha alrededor de la visita de la Corte, todo está permitido. Toda la acción se desarrolla durante las tres jornadas que siguieron a la visita real a Chantilly, que se produjo el 10 de abril de 1.671.

La importancia de la Corte y del comportamiento ideal del auténtico cortesano fue el tema que Baldassare Castiglione (1478-1529, diplomático y escritor italiano, nacido en Casatico, cerca de Mantua) eligió para su libro “El Cortesano (“Il Libro del Cortegiano”), obra dialogada escrita en 1528 en Mantua, sobre la Corte Ducal de Urbino, la corte exquisita por excelencia del Duque Federico de Montefeltro. El Palacio Ducal de Urbino (construído según un proyecto de Luciano Laurana, entre 1466 y 1472), fue durante el siglo XV el centro de reunión de importantes personalidades italianas y europeas y el lugar donde se pusieron en práctica toda clase de juegos cortesanos, desde pantagruélicos y exquisitos banquetes, a lances amorosos, pasando por la conversación amena, música, pintura, mecenazgo e incluso intrigas palaciegas. Toda Europa se vio invadida por esta forma de enterder las relaciones entre la nobleza, las altas esferas eclesiásticas y los allegados al Príncipe o Monarca.

De todas las cortes europeas que imitaron esta forma de vida, la más fastuosa y la que mejor llegó a reflejar el lujo y la opulencia, fue la francesa de Luís-XIV, a quien se le llegó a conocer como “El Rey Sol”.

Luis-XIV, rey de Francia entre 1643 y 1715,  y a quien Mazarino instruyó en las costumbres de la Corte, la guerra y el arte de reinar, impuso el absolutismo francés emprendiendo una serie de guerras con el fin de dominar Europa. Su reinado, el más largo de toda la historia europea, se caracterizó además por un gran desarrollo de la cultura francesa. El conjunto de rebeliones en contra de la monarquía que tuvo lugar entre 1648 y 1653 (La Fronda) convenció a Luis-XIV de la necesidad de imponer orden, estabilidad y reformas en Francia, además de provocar en él una profunda desconfianza hacia la nobleza. Pero en una Francia de amplia tradición aristocrática, donde el Rey era un noble que requería un trato continuado con otros nobles, el ceremonial cortesano permitió poner a los nobles enteramente al servicio del monarca.

Para instalarse con su Corte, Luís-XIV mandó ampliar el pequeño Château (1624-1626, construido para Luis-XIII) de Versalles en 1661. Sus principales arquitectos fueron Louis Le Vau y su sucesor, Jules Hardouin-Mansart. En 1668 comenzó una segunda fase de las obras, que incluyó el edificio original en el seno de un nuevo conjunto, organizado alrededor del patio real. Los jardines fueron realizados por el paisajista André Le Nôtre. En 1678 comenzó la tercera fase de la construcción, en la que tomaron parte cerca de 30.000 obreros y artesanos, y que duró más de una década. El Rey, su Corte y los distintos departamentos del gobierno lo ocuparon en 1682.

Este es el mundo que Roland Joffe quiere reflejar en su película. La Corte de Luís-XIV de Francia que se traslada al Castillo de Chantilly, residencia del Príncipe de Condé, donde es agasajado con todo el fasto que la ocasión merece. Las fiestas durarán tres días y tres noches y como mínimo deben ser incréiblemente brillantes. Para asegurarse el éxito, François Vatel se pone al mando de un ejercito de sirvientes que trabaja incesantemente para sorprender, maravillar y satisfacer los deseos del Rey. Vatel diseña fiestas temáticas, con menús extraordinariamente elaborados y espectáculos teatrales, todo ello para el disfrute real.

El movimiento constante de la cámara (interesantes tomas de los pies acelerados de Vatel), ofrece el necesario tono de tensión que se vive en la ficción. El Diseño de Producción es extensísimo, con una gran cantidad de extras y de ambientes, que resultan cuanto menos digno de ser destacable, ya que la película se desarrolla en un solo escenario, el Palacio de Chantilly. Pero la maestria de la Dirección Artística (recibió una nominación al Oscar) nos lo amplia con una sucesión de visitas al interior del Palacio, a las cocinas, al exterior, a los jardines, a los distintos escenarios, a la habitación de Vatel… Al final se tiene la sensación de haberse paseado por muchos más escenarios de los que se quiere hacer disfrutar al Rey en la trama de la película. Esta sensación de realidad se consigue además con un magnífico vestuario y unas impecables actuaciones.

La Corte fue mucho más que el lugar de residencia de los Reyes, su familia y su cohorte de allegados y nobles. Fue un centro de gobierno del reino, donde se dirimian cuestiones de todo tipo, y sobre todo, donde se fraguaban alianzas y se gestaban animadversiones. Fue también el reflejo de una sociedad jerarquica que se resistía a abandonar un status feudal y el orden estamental vigente. La nobleza de Corte se situó por encima del resto de la nobleza y ejerció un poder omnipresente por el simple hecho de encontrase en la órbita regia.

Luís-XIV supo mantener un equilibrio entre la “nobleza de Toga” y los nobles de rango superior, lo que le permitió fortalecer su posición y mantener a la nobleza entera dependiente de las decisiones reales. Versalles fue utilizado por Luís-XIV como escenario permanente donde mostrar la “imagen del Rey”. Una imagen magnificada que incluso podía verse en el techo del palacio. Fue mucho más que el símbolo de su poder, fue un medio para extender su personalidad, para mostrarla, para autopromocionarse a todos cuantos se acercaban a Versalles. Norber Elías, en su obra “La Sociedad Cortesana” lo define muy bien al recordar la afirmación de Ranke: “se diría que todos renuncian a ser algo por sí mismos; son algo por cuanto se relaciónan con el Rey”.

De esta forma en el filme “Vatel” se nos muestra a un Príncipe de Condé preocupado por el “reflejo” que quiere mostrar al Rey en su visita. Quiere afianzar su posición, pero para ello tiene que mostrar que disfruta de una buena posición. Es un juego de ilusiones, un juego de espejos, de reflejos. Es un momento personal importante para el anfitrión porque espera aumentar sus menguados ingresos si el Rey queda satisfecho con su visita y le nombra capitan del ejército que se prepararía si Francia entrara en guerra con Holanda. Todo depende de la recepción que se le ofrezca, del “brillo” con el que se obsequie al Rey, de la imagen de cercanía al monarca que se desprenda entre los cortesanos que le acompañan, todo depende de la organización de los festejos, todo depende de Vatel.

La trama, como se ha dicho, se sitúa en el año 1.671, cuando la guerra con Holanda parece inminente. En efecto, en 1.672, un año después de los acontecimientos de la película, Francia lanzó un ejército contra las Provincias Unidas, dando así comienzo a la denominada “Guerra de Holanda”. Durante seis años los holandeses, con la ayuda de España y del Sacro Imperio, rechazaron los ataques franceses, pero aunque los tratados firmados en Nimega (1678 y 1679) no le proporcionaron los territorios españoles en los Países Bajos, concedieron a Luis-XIV la región del Franco Condado y más fortalezas en Flandes.

También la política interna alcanzaba un punto crítico. Al mismo tiempo que sus ejércitos combatían a los protestantes holandeses, Luis-XIV negaba la libertad religiosa a los protestantes de Francia (Hugonotes) y reforzaba el control sobre el clero católico. El enfrentamiento religioso culminó en 1685 cuando el Rey revocó la carta de libertades de los Hugonotes, el Edicto de Nantes.

Nada es lo que parece en una Francia que se afianza como primera potencia europea. Nada es lo que parece en una corte de intrigantes. Es significativo que el hombre que se muestra en la película como aparentemente menos fiable de todos los cortesanos, el hermano del Rey (perseguidor de jovencitos, lujurioso, alocado, ególatra…) sea precisamente quien comprenda mejor la escalada de violencia que está a punto de desencadenarse en torno a Vatel (a causa de su amor por  Anne de Montausier, dama de la reina, y cortejada sin éxito por el Marqués de Lauzun), y que sea únicamente el Principe de Orleans quien le proteja de esa inquina. Resulta cuanto menos curioso que sea un personaje tan veleidoso como éste el único que en el filme, reconozca la nobleza de corazón de Vatel, el valor de sus rectos principios, la entereza de sus actos. Mientras, y en contraposición, la figura a la que Vatel profesa una fidelidad a toda prueba, el Príncipe Condé, es quien cede a la mayor de las vilezas, entregando la vida de Vatel al Monarca tras jugárselo a una partida de cartas. Todo sigue siendo un juego de espejos. El peor no lo es tanto, el mejor comete la más oscura de las maldades.

Lo que pone en evidencia este manejo turbio de las relaciones personales, son las razones ocultas que todos los personajes llevan consigo. La primera de ellas es la guerra que se prepara. El Rey necesita contar con gentes como Condé, pero sabe que éste espera un alto precio a cambio. El Príncipe Condé está arruinado, necesita complacer al Rey y no duda en entregarle a Vatel, su más fiel servidor. El Marqués de Lauzon quiere obtener los favores de Anne de Montausier, y para ello pone en marcha la mejor de sus cualidades, la de un artero observador. Encuentra el amor oculto por Vatel y se aprovecha de ello para forzar a la joven a sucumbir a sus pretensiones. El propio Luís-XIV, utiliza los encantos de la dama de Montausier, para poner en evidencia al resto de sus favoritas.

Todo es un juego de espejos, pero el único que puede mirarse en él con la convicción de verse únicamente a sí mismo es Vatel. La Corte es cruel, “comparado con ella, la guerra con el holandés parecerá un juego”, dice Luís-XIV. Vatel tiene una función en ella: crear, asombrar, buscar lo absoluto, lo sublime, lo perfecto. Pero no forma parte de ella.

Vatel es minucioso, sencillo, cortés, campesino, fiel. Ama la belleza y por ese amor es capaz de crear las más bellas lámparas con calabazas y la más afamada crema Chantilly. Es capaz de amar la naturaleza y los bellos colores de los pájaros. A su alrededor sin embargo reina la fealdad de la ignominia, y el engaño y la ignorancia derivadas de la sumisión. Es significativa la escena en la que Vatel, que tiene dos loros, los  sacrifica para salvar los pajaritos de Anne de Montausier, cuando el médico del Príncipe de Condé quiere requisarlos para, con sus órganos, calmar el dolor de gota del Príncipe. Vatel sabe que es un sacrificio inutil, pero lo hace.

La Corte es el mayor medio de promoción política, social y económica de toda Francia. La concesión de honores y títulos, la proximidad al entorno del monarca, tienen sin embargo un precio, conllevan un sacrificio de órganos, una sumisión, una servidumbre, una traición…

 

AlmaLeonor 

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