ANÉCDOTAS-24: EL DESPERTADOR

ANÉCDOTAS-24: EL DESPERTADOR.

 

Hacia mucho que no lo lograba, pero hoy me he levantado a las 11 de la mañana después de un sueño de lo más reparador. ¡¡Ha sido fantástico!!

Todos hemos tenido algún momento en el que se nos han pegado las sábanas y el reloj nos ha fichado en rojo por llegar tarde al trabajo. Yo también. Pero puedo decir que, gracias a que siempre he tenido compañeros de puesto, nunca he causado más trastorno que el dejarle solo unos minutos más de lo habitual. También he llegado muy pronto a veces. En más de una ocasión, tras poner mal el despertador, me he presentado en mi trabajo una hora antes de lo debido y no me he dado cuenta hasta que el reloj de fichar lo hacía en rojo. Vayan unas ocasiones por otras.

Siendo soltera siempre me despertaba mi madre. A la hora convenida entraba en mi habitación, encendía la luz, y me zarandeaba. A mi y a mi hermana, con la que compartía habitación. Por más que insistíamos ambas dos en que le dejara al despertador esa tarea, no hubo forma de convercerla nunca. No es que fuesemos desagradecidas, es que para que nos levantase a la hora convenida, ella se levantaba como 30 o 45 minutos antes, encendía la lumbre (entonces teníamos cocina bilbaína, y no calefacción) y nos preparaba el desayuno. Nunca conseguimos que dejara de hacerlo. Y no es que fuesemos desagradecidas, es que todo ese tiempo que ella trasteaba en la cocina, nos lo quitaba de sueño, porque nuestra habitación estaba contigua a la pared de la cocina donde estaba la lumbre. Desde que ella se levantaba, mi hermana y yo nos tapábamos la cabeza con la almohada y ni por esas dejábamos de oir ruido.

Recuerdo la primera vez que me quedé sola en casa y tuve que utilizar el despertador de mi madre. Tendría yo 17 años. Mis padres y hermanos se fueron de vacaciones y yo me quedé sola en casa porque tenía que trabajar. El despertador que me dejó mi madre era de esos antiguos, aparatosos, los que sonaban estrepitosamente y moviéndose. No obstante, para asegurarme de que lo oiría lo coloqué en mi mesilla de noche, pero metido dentro de una cazuela para que sonase más.

Era un despertador de esos para los que había que tener cierto tino en colocar la manecilla del despertador, so pena de no colocarlo como media hora antes o después.  El primer día no atiné bien con la aguja, lo que sumado al tiempo de antelación de más con el que yo había calculado que debía de contar, por si acaso, dio como resultado que sonara aquel estruendo increíbe de despertador y cazuela, como una hora antes de la hora a la que habitualmente me despertaba.

A la hora habitual del despertar, osea, cuando yo llevaba ya como una hora despierta, sonó el telefono de mi casa. Casi me muero del susto. Eran mis padres que habían tenido la precaución de llegarse hasta la cabina de la carretera (en la casa donde estaban en la costa no había telefono), para llamarme, no fuese que no oyera el despertador. En cuanto terminé la conversación por teléfono, sonó el timbre de la puerta. Otro susto morrocotudo (podían ser en ese momento las 7.30 de la mañana). Era mi abuela, que vivía a un par de calles de nosotros, y sabiendo todo el asunto, y conociendo mi fama de impertérrita dormilona, se había acercado hasta casa, no fuese que no oyera el despertador.

 

Total, que entre el tiempo de sobra, que siempre dilata más de la cuenta las acciones cotidianas, la llamada de teléfono de mis padres, y la visita de mi abuela….. casi llego tarde a mi trabajo aquel día.

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