ANÉCDOTAS-26: EXCUSAS

ANÉCDOTAS: EXCUSAS

Hoy que NIEVA en mi ciudad, he recordado una media-conversación con una amiga acerca de las “excusas” que solemos poner para no asistir a algún acontecimiento. Ahora que estamos en dias Pre-navideños, en los que las citas se multiplican, hay veces que necesitamos echar mano a muchas “excusas”. Pero yo me he acordado de que a mí nunca me han funcionado bien las “excusas” porque se vuelven en mi contra. Irremediablemente.

Me ha venido a la memoria una de las Anécdotas de “excusas”, quizá la mayor, en la que el destino quiso burlarse de mí de forma más que maliciosa. Estábamos aproximadamente en estas mismas fechas y yo contaba unos 16 años.

Por aquellos entonces a mis padres no les hacía mucha gracia que yo fuese a discotecas (supongo que como a la mayoría) y les asustaba que pudiera ir en vehículos con alguien que ellos no conociesen, así que me lo tenían prohibido. Además tenía hora fija de llegar a casa, las 10 de la noche. Durante la adolescencia y con estas circunstancias es cuando más “excusas” se inventan, pero puedo afirmar que yo no las utilizaba, simplemente obedecía. Salvo una vez.

Un compañero de trabajo (si, yo trabajaba entonces) estaba cumpliendo el servicio militar en Madrid, pero disfrutando de un permiso, pasó por mi cuidad y me avisó. Había quedado con un amigo y su novia para ir a una discoteca de moda en un pueblo cercano y se había ofrecido a llevarnos en su camión (si, un camión de reparto). Se lo comenté a mi amiga del alma de entonces y nos apuntamos. Sin decir nada a mis padres, los cinco nos fuimos a la discoteca y pasamos una tarde estupenda. No habría mucho problema para volver pronto porque mi compañero de trabajo tenía que coger un tren esa misma noche para Madrid, así que me daría tiempo de sobra para llegar a casa a mi hora y no decir donde había estado.

El problema fue que era Diciembre, y al salir de la discoteca nos encontramos con una monumental nevada que casi ocultaba las ruedas del camión. En ese momento empecé a sospechar que tendría problemas. Pero volvimos a mi ciudad sin sufrir ningún percance por la carretera, aunque, eso si, circulando muy despacio, tanto, que mi compañero de trabajo perdió el tren que tenía que coger y estando ya en la ciudad decidimos que lo mejor sería ir a Capitanía a dar parte de la circunstancia por la que llegaría tarde a Madrid.

Para llegar hasta allí tuvimos que atravesar un puente que ya presentaba problemas serios, pues varios coches se encontraban atravesados y la circulación se hacía insostenible con el asfalto helado. El camión avanzó muy despacio, pero antes de llegar a la mitad dio un bandazo y se cruzó en mitad del puente peligrosamente. Afortunadamente el conductor fue lo bastante hábil como para dominar la situación y salimos de aquello sin sufrir ningún accidente, pero… el tiempo corría.

Cuando conseguimos llegar a mi barrio y nos bajamos del camión mi amiga y yo, hacía ya unos cuantos minutos que mi hora de llegada a casa se había pasado. Avanzamos todo lo rápido que pudimos hasta una bifurcación en la que cada una tomábamos caminos distintos. Al llegar a ese punto nos despedimos y yo apreté el paso todo lo que pude para no llegar demasiado tarde.

Justo cuando estaba entrando en mi calle se me ocurrió la excusa perfecta para justificar mi tardanza: La nieve me había impedido caminar con normalidad, incluso me había caido y me había hecho daño en un pie, y menos mal que mi amiga me sujetaba. Era perfecto, porque eso suponía que aún había tenido que caminar más despacio al despedirme de mi amiga. Con lo que no contaba era con que la fatalidad me estaba oyendo y cuando faltaban apenas unos pasos para entrar en mi portal… ¡¡¡Catapún!! me resbalé en la nieve helada y caí de mala manera, de lado, y haciéndome un daño horrible en el tobillo. El esfuerzo de subir las escaleras de mi casa fue infinito y muy doloroso.

Cuando mis padres abrieron la puerta no pudieron bronquearme porque mi cara desencajada lo decía todo.

Al día siguiente tuve que ir a médico quien diagnosticó un esguince en mi tobillo derecho, el primero y único de mi vida, y me “recetó” unos cuantos días de reposo. Por la tarde, mi amiga, muy preocupada porque no había acudido al trabajo, vino a visitarme (no había móviles entonces). Nada más abrir la puerta, mi madre se abalanzó hacia ella recriminándola que no me hubiese acompañado hasta mi casa en el estado en que estaba, y la pobre, que no entendía nada de nada de lo que le decían, no pudo ni abrir la boca.

El esguince me mantuvo con la pierna semiescayolada durante un mes largo, aunque no impidió que fuese a trabajar, pues mi padre me acercaba y me iba a buscar en coche. El compañero que estaba haciendo la mili se ganó unas cuantas guardias extras y mi amiga tuvo que inventar una larga serie de “excusas” para justificarse ante mi madre por algo que no había hecho. Al final mi “excusa” solo sirvió para dar problemas a mucha gente y para darme a mí uno de los más grandes escarmientos.

 

¡¡¡FELICES FIESTAS DE NAVIDAD Y AÑO NUEVO 2009!!!

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