LA ESCRIBA (Antonio Garrido)

LA ESCRIBA (Antonio Garrido)

Un 25 de Diciembre del año 800, Carlomagno, Rey de los Francos, fue coronado Emperador del Sacro Imperio Romano en Aquisgram (Aquis-Granum). Estos días navideños en los que nos encontramos son por ello un buen momento para hablar de uno de los libros “del año”, “La Escriba” de Antonio Garrido.

Aunque no se narre en este libro ese episodio concreto de la vida de Carlomagno, si que recrea noveladamente la consecución de uno de los factores que lo hizo posible, la Donación de Constantino, un documento falso por el se justificó históricamente el dominio franco sobre occidente en detrimento del Imperio Bizantino, el heredero del antiguo Imperio Romano. Cuando yo leí que en “La Escriba” se novelaba la época de Carlomagno, intuí enseguida que sería un libro que me gustaría. No en vano ese momento es uno de mis favoritos de la Historia. Y en verdad que no me defraudó.

Antonio Garrido, a quien he tenido la gran suerte de conocer personalmente y mantener con él varias charlas, titula su epílogo “Todo es una Novela”. En él explica el proceso de creación de la historia y del propio libro y afirma lo que entiende por “Novela Histórica”: “Una novela histórica debe ser, antes que historia, una novela. La documentación, no  es sino el decorado, el barniz que abrillanta y enluce a los personajes, el envoltorio que los legitima y los hace verosímiles. Pero al igual que ocurre con un barniz espeso, si la documentación crece hasta opacar el lienzo, sin duda estropeará el cuadro. Porque lo verdaderamente esencial es la novela en sí”. No podía estar más de acuerdo con él. Y así, este epílogo se convirtió en otra de las razones poderosas por las que quería encontrar el momento preciso para imbuirme de lleno en “La Escriba”.

Ocurrió el verano pasado. Y desde ese momento hasta ahora he podido mantener con Antonio Garrido una serie de conversaciones sobre su libro y la historia que recrea que han servido para afirmarme más en la idea de que puso mucho mimo, interés, investigación y buen hacer, en su trabajo. Lo primero que hay que entender es que Antonio Garrido es un buen conocedor y ama la cultura e historia alemana. No en vano pasa allí, por motivos de trabajo, una buena parte del año. Y fue allí donde conoció la historia de Carlomagno y la Donación de Constantino. Suelo afirmar a menudo que es imprescindible conocer (o aproximarse con el corazón y la mente abiertas al menos) un paisaje para entender a sus gentes. Y Antonio Garrido es un buen ejemplo de ello. Encontró en Wüzburg y Fulda los ambientes ideales para “La Escriba”.

Después hay que aproximarse tanto a la historia en la que se quiere encuadrar el libro, como a los personajes que la protagonizan. Y esta es, quizá la tarea más difícil, pues el proceso de documentación puede durar años. Carlomagno y Alcuino son personajes sobradamente conocidos para la Historia, pero quizá muy poco novelados y eso ya suponía una dificultad. Debía configurar una personalidad veraz pero acorde con la historia que quería contar. Carlomagno aparece muy tangencialmente en la novela, pero Alcuino es un personaje esencial en ella.

Una de las primeras cosas que le comenté a Antonio Garrido cuando le conocí, es que la forma en la que describe las dotes intelectuales de Alcuino me parecía de las mejores que hubiera podido imaginar. Dotado de una inteligencia extraordinaria Alcuino fue un hombre admirado por unos y odiado por otros. Conocido en la Historia por ser quien organizó la vida cultural carolingia y por ser el artífice del Renacimiento Latino, Alcuino debió de ser mucho más que eso.

Un personaje así debió de tener una gran influencia sobre un Rey que, al fin y al cabo, era más guerrero que culto (como en realidad pasaba con toda su estirpe) y que logró, merced al poder de la Iglesia Católica (a la que pertenecía Alcuino) ser Emperador de todo Occidente. Detrás de esos logros, tuvo que estar Alcuino. Y una buena forma de demostrar que un personaje de su fuerza se mantiene habitualmente en la sombra, detrás del teatro de los acontecimientos, organizando entre bambalinas los hilos de la historia, es el modo en como Antonio Garrido le hace aparecer en las páginas de su libro. Una espera que la primera aparición de alguien con tanta influencia y poder como Alcuino sea mencionado con la majestad que le corresponde, y sin embargo Antonio Garrido le hace aparecer bajo una identidad completamente diferente, anodina, intrascendente, casi prescindible. Y caemos en la cuenta desde ese momento de quién es realmente Alcuino, de cómo valora el arte de conocer a las gentes y los hechos antes de ofrecer una opinión o dar un paso efectivo en la consecución de un objetivo. Realmente sólo un personaje grande es capaz de comportarse así. Y realmente es así como los que le rodean pueden amarle u odiarle, dependiendo del lado, a partir de su eje, en el que se encuentren.

¿Carlomagno sentiría lo mismo? No es esta una novela sobre Carlomagno, ya lo he dicho. Pero otra de las cosas que le dije a Antonio Garrido, es que echaba de menos un cierto “posicionamiento” acerca de la figura del Emperador y sus circunstancias. No era ese su objetivo, me aseguró Antonio Garrido, sino contar otra historia paralela. Una historia en la que quien cobra importancia no es el Emperador en sí, sino todos los personajes que vivieron bajo su omnipresente sombra.

Ya he mencionado a Alcuino, pero la novela no se centra en ningún otro gran personaje de la Historia, sino en el resto de personas anónimas que vivieron esa época. Y es aquí donde Antonio Garrido elabora un auténtico abanico de personalidades y personajes en los que merece detenerse un momento.

Dice Antonio Garrido en el epílogo (pocas veces uno es tan necesario leer con detenimiento como éste) que “en una novela histórica, los personajes, pese a la distancia temporal, han de resultar tan creíbles y cercanos como el vecino que cada mañana rezonga en el ascensor, o el desgraciado que nos implora limosna en una acera”. Y él se ha mantenido fiel a esta idea, así como a la sugerencia que le diera un librero: “Infunde alma a tus personajes, y la novela emocionará”. Y sus personajes destilan alma y emoción en todos los pasajes. Empezando por Theresa.

Últimamente es fácil encontrar una mujer como protagonista de una novela, incluso de una novela histórica. Es una moda, que espero no sea pasajera, y que se convierta en una constante, pues pocas veces en la historia de la literatura se han ocupado los libros del papel de la mujer tanto como en esta. En “La Escriba” se adivina desde el título, y además con una profesión poco atribuida a una fémina. Pero es que además Theresa aprende a manejar una Ballesta, mata a un oso, desentraña el misterio que rodea la muerte de su padre, y se ve envuelta en una conspiración de ambición y poder que parecería que podría superarla. De todo esto y más, es capaz la heroína sin perder un ápice del humanismo y el amor que pone en todas sus actuaciones: desde el amor que profesa a su padre o a su enamorado Hoos; hasta la devoción por su propio trabajo aprendido al lado de uno de los mejores escribas del reino; pasando por el humanismo con el que trata tanto a personajes de alcurnia, como el propio Carlomagno, Alcuino, el Conde Wilfred (otro personaje inusual en la época por su aspecto físico), y hasta guerreros como Hoos o Izam; como a personas de baja condición, como el cazador Althar y su mujer, la gorda cocinera, los monjes de la Abadía, y sobre todo, el maravilloso personaje de “Helga la negra”.

Theresa es especial también por otro detalle en el que Antonio Garrido ha puesto gran cuidado: sabe leer y escribir griego. Era necesario para el desarrollo de la trama, y para ello le hace descendiente de un hombre Bizantino, de Gorgias, su padre. Por él Theresa quiere ser Escriba, aunque sólo alcance a ejercer de  percamenarius, los que se encargan de preparar los pergaminos para la escritura.

Esta palabra, percamenarius, y otras latinas son utilizadas con profusión por Antonio Garrido en la novela. Según contó él mismo, las obtuvo de varias fuentes, aunque la que más consultó fue un facsimil del año 1836 que recoge numerosos proverbios, frases y sentencias, principalmente de Juvenal, Cicerón, Ovidio, Virgilio, Horacio, Cátulo y Séneca, además de numerosos patrísticos cristianos.

A ésta y otras preguntas se ha sometido Antonio Garrido desde que comenzó la andadura de presentación de su libro. Con infinita paciencia y minuciosidad ha aclarado todas las dudas y críticas que tanto en persona, como a través de los foros en los que participa, se le han planteado. Algunas han sido verdaderamente maliciosas, teniendo que contestar a cuestiones que una lectura atenta del libro ya aclaran. Pero otras resultaron altamente interesantes, como la cuestión de los “latines” o el uso de términos griegos.

A este respecto hubo una cuestión que se le planteó acerca de la forma griega del “Sauce Blanco”, la etiqueta que lee Theresa en griego. Esta respuesta se la pude proporcionar yo a través de una amiga griega. El Salix alba (forma latina) se dice en griego moderno con muchos nombres, pero en griego antiguo sería Λευκ τέα. Pero si en el frasco pusiera el nombre griego en caracteres latinos sería algo como Lefke Itea. Y si pusieran el nombre latino en griego sería algo de este tipo: Σάλιξ Άλμπα. En todo caso, una conocedora de griego identificaría cualquiera de esas formas, y así lo hizo constar Antonio Garrido.

No creo que los lectores seamos capaces de valorar en todo su alcance lo valioso que resulta tener a un autor que esté tan dispuesto como Antonio Garrido a aclarar punto por punto cada uno de los posibles “oscuros” de su novela. Yo creo que es un auténtico lujo poder disponer de una voluntad colaboradora con los lectores como la que dispensa Antonio Garrido cada vez que se le solicita. Así se lo he hecho saber en más de una ocasión. Pero hay quien aprovecha esta disponibilidad para tratar de “arrancar” a un autor la confesión de haber cometido un error. Tal fue el caso de una crítica que en un foro se le realizó a Antonio Garrido y a “La Escriba”. Tras una serie de inquisiciones (a mi parecer bastante malintencionadas) que fueron todas ellas aclaradas puntualmente por Antonio Garrido, el autor de la crítica consiguió que dijera que había “cometido un error”.

Las descripciones de paisajes y situaciones de la novela, son todas ellas realizadas con una asombrosa sensación de verismo y realidad. Tanto, que tan pronto te hacen sentir que caminas sobre el fango bajo una copiosa e insistente lluvia y el lector se nota “calado hasta los huesos”, como recorrido por el frío reinante en un scriptorium abacial, o estremecido por el miedo ante la amenazadora presencia de un enorme oso dispuesto a abalanzarse sobre las líneas que llenan la página. Pero hubo quien le recriminó a Antonio Garrido la utilización del término “pléyade de callejuelas” para referirse al desorden de intrincadas callejuelas al que se asomó Theresa al llegar a Fulda. Antonio Garrido reconoció que había cometido un error y que hubiese sido mejor utilizar otro término como “dédalo de callejuelas”. Y no es cierto. No cometió ningún error, así se lo dije.

Un dédalo es un laberinto, y como tal mantiene un “orden” aunque éste permanezca oculto a los no iniciados, y tengan que descubrirlo. Pero el camino, el orden que implica el laberinto, existe. Sin embargo esa no es la sensación que quiere Antonio Garrido que  veamos con Theresa. Lo que nos indica es que se encuentra ante unas callejuelas “desparramadas” alrededor de la Abadía sin ningún orden, ni explicito ni oculto. Y eso puede muy bien expresarse con la palabra “pléyade” tal y como algunas culturas (como los Aymara bolivianos) entendían que se manifestaban para anunciar el tiempo de la cosecha: “Las pléyades se desparramaban sobre las montañas”, sin ningún orden. Realmente es un “efecto óptico” pero es esa la sensación que transmite, en cierto modo, la observación de las pléyades en el firmamento en cierta época del año.

Tal vez nadie habría oído hablar de las Pléyades en el seno de la Iglesia, pero estoy segura de que sí, otros personajes en la Alta Edad Media, sobre todo aquellos más relacionados con el campo, los ritos ancestrales, los cazadores, y quizá, los griegos. Así que no, a mi no me parece un error, y no, la palabra no está mal empleada.

Si acaso hay algún error que pueda descubrirse, es en la propia Historia Carolingia, en el hecho de que Carlomagno fuese erigido Emperador de Occidente, porque la Iglesia Católica considerase que el Título Imperial estaba vacante, ya que en Bizancio lo ocupaba una mujer, la Emperatriz Irene….

…Pero esa es otra historia, no la de “La Escriba”, una novela, que a buen seguro, se convertirá en uno de los libros más leídos, y uno de los preferidos dentro del (actualmente tan denostado) género de la Novela Histórica. Es ya uno de mis favoritos, y desde luego, uno de mis dos “Libros del Año” (ya dediqué una entrada al otro, “Los Formidables Kalandrian”).

Felicidades Antonio Garrido por habernos deleitado con “La Escriba” (espero con impaciencia tu segunda novela).

 

 

 

 

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4 Replies to “LA ESCRIBA (Antonio Garrido)”

  1. Como he sido una niña muuuuyyyyy buena y he comido todoooo (y más), espero que los Reyes Magos me lo traigan. Pedido está, hasta el ISBN les he puesto en la carta.Besuco.

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  2. Yo lo he leído hace nada, y me ha encantado. Suscribo todas tus opiniones e impresiones, AlmaLeonor y te agradezco una crítica tan elaborada de la novela. Un beso.

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  3. ¡Hola!Anjanuca, estoy segura de que no te defraudará, ya me contarás. Ilona, me alegra coincidir contigo en la impresión de "La Escriba". En cuanto a mi opinión, es producto de la sincera admiración que he sentido tanto por el libro, como por el autor. Ambos aspectos muy fácilmente admirables.Besos.AlmaLeonor

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  4. ¡Hola!He recibido un correo de Antonio Garrido que transcribo (no sin antes advertir que es un exagerado….)Bueno. He de confesarte que no puedo menos que sentirme abrumado no solo por tus elogios y el apoyo que tan desinteresadamente me has mostrado desde el primer dia, sino también por el trabajo, la dedicación y el cariño que has puesto en todas y cada una de tus palabras. Te lo agradezco de corazón. Es un auténtico privilegio el tenerte como lectora, como cómplice y como amiga. Ojalá y todos mis lectores fueran la milésima parte de lo entusiaste que eres tú. Un beso Antonio Besos.AlmaLeonor

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