“LOS CALAVERAS” MARIANO JOSÉ DE LARRA

MARIANO JOSÉ DE LARRA

“Artículos de Costumbres”

 

“Los Calaveras” 1835

Es cosa que daría que hacer a los etimologistas y a los anatómicos de la lengua el averiguar el origen de la voz  calavera” en su acepción figurada, puesto que la propia no puede tener otro sentido que la designación del cráneo de un muerto, ya vacío y descarnado. Yo no recuerdo haber visto empleada esta voz, como sustantivo masculino, en ninguno de nuestros autores antiguos, y esto prueba que esta acepción picaresca es de uso moderno. La especie, sin embargo, de seres a que se aplica ha sido de todos los tiempos. El famoso Alcibíades era el “calavera” más perfecto de Atenas; el célebre filósofo que arrojó sus tesoros al mar no hizo en eso más que una “calaverada”, a mi entender de muy mal gusto. César, marido de todas las mujeres de Roma, hubiera pasado en el día por un excelente “calavera”; Marco Antonio, echando a Cleopatra por contrapeso en la balanza del destino del imperio, no podía ser más que un “calavera”; en una palabra, la suerte de más de un pueblo se ha decidido a veces por una simple “calaverada”. Si la Historia, en vez de escribirse como un índice de los crímenes de los reyes y una crónica de unas cuantas familias, se escribiera con esta especie de filosofía, como un cuadro de costumbres privadas, se vería probada aquella verdad, y muchos de los importantes trastornos que han cambiado la faz del mundo, a los cuales han solido achacar grandes causas los políticos, encontrarían una clave de muy verosímil y sencilla explicación en las “calaveradas”.

 

Dejando aparte la antigüedad (por muy mérito que les añada, puesto que hay muchas gentes que no tienen otro), y volviendo a la etimología de la voz, confieso que no encuentro que relación puede existir entre un “calavera” y una “calaverada”. ¡Cuánto exceso de vida no supone el primero! ¡Cuánta ausencia de ella no supone la segunda! Si se quiere decir que hay un punto de similitud entre el vacío de uno y de la otra, no tardaremos en demostrar que es un error. Aún concediendo que las cabezas se dividan en vacías y en llenas, y que la ausencia del talento y del juicio se refiera a la primera clase, espero que por mi artículo se convencerá cualquiera de que para pocas cosas se necesita más talento y buen juicio que para ser “calavera”.

Por tanto, el haber querido dar una aire de apodo y de vilipendio a los “calaveras” es una injusticia de la lengua, y de los hombres que acertaron a darle los primeros ese giro malicioso; yo por mí rehúso esa voz; confieso que quisiera darle una nobleza, un sentido favorable, un carácter de dignidad que desgraciadamente no tiene, y así solo la usaré porque no teniendo otra a mano, y encontrando ésa establecida, aquellos mismos cuya causa defiendo se harán cargo de lo difícil que me sería darme a entender valiéndome para designarlos de una palabra nueva; ellos mismos no se reconocerían, y no reconociéndolos seguramente el público tampoco, vendría a ser inútil la descripción que de ellos voy a hacer.

Todos tenemos algo de “calaveras”, más o menos. ¡Quién no hace locuras y disparates alguna vez en su vida? ¿Quién no ha hecho versos, quién no ha creído en alguna mujer, quién no se ha dado malos ratos algún día por ella, quién no ha prestado dinero, quién no lo ha debido, quién no ha abandonado alguna cosa que le importase por otra que le gustase, quién no se casa, en fin?… todos lo somos; pero así como no se llama locos sino a aquellos cuya locura no está en armonía con la de los más, así sólo se llama “calaveras” a aquellos cuya serie de acciones continuadas son diferentes de las que los otros tuvieran en iguales casos.

El “calavera” se divide y subdivide hasta el infinito, y es difícil encontrar en la naturaleza una especie que presente al observador mayor número de castas distintas: tienen todas empero un tipo común de donde parten, y en rigor sólo dos son las calidades esenciales que determinan su ser, y que las reúnen en una sola especie: en ellas se reconoce al “calavera”, de cualquier casta que sea.

1º El “calavera” debe tener por base de su ser lo que se llama “talento natural” por unos; “despejo” por otros; “viveza” por los más; entiéndase esto bien: “talento natural”, es decir, no cultivado. Esto se explica: toda clase de estudio profundo, o de extensa instrucción, sería lastre demasiado pesado que se opondría a esa ligereza, que es una de sus más amables cualidades.

2º El “calavera” debe tener lo que se llama en el mundo “poca aprensión”. No se interprete esto tampoco en mal sentido. Todo lo contrario. Esta “poca aprensión” es aquella indiferencia filosófica con que considera “el qué dirán” el que no hace más que cosas naturales, el que no hace cosas vergonzosas. Se reduce a arrostrar en todas nuestras acciones la publicidad, a vivir ante los otros, más para ellos que para uno mismo. El “calavera” es un hombre público cuyos actos todos pasan por el tamiz de la opinión, saliendo de él más depurados. Es un espectáculo cuyo telón está siempre descorrido; quítensele los espectadores, y adiós teatro. Sabido es que con mucha aprensión no hay teatro.

El “talento natural” pues, y la “poca aprensión”, son las dos cualidades distintas de la especie: sin ellas no se da “calavera”. Un tonto, un timorato del “qué dirán”, no lo serán jamás. Sería un tiempo perdido.

El “calavera” se divide en “silvestre” y “doméstico”. El “calavera silvestre” es un hombre de la plebe, sin educación ninguna y sin modales (…). El “calavera doméstico” admite diferentes grados de civilización, y su cuna, su edad, su educación, su profesión, su dinero, le subdividen después en diversas castas. Las más principales son las siguientes: El “calavera lampiño” tiene catorce o quince años, lo más dieciocho (…);  El “calaveratemerón” es el “gran calavera” (…) y éste se divide en paisano y militar. Si el influjo no fue bastante para lograr su charretera (porque alguna vez ocurre que las charreteras se dan por influjo), entonces es paisano; pero no existe entre uno y otro más que la diferencia del uniforme. Verdad es que es muy esencial, y más importante de lo que parece: el uniforme ya es la mitad. Es decir, que el paisano necesita hacer dobles esfuerzos para darse a conocer. (…)

Claro está que el “calavera” necesita espectadores para todas estas escenas: los placeres sólo lo son en cuanto pueden comunicarse; por tanto, el “calavera” cría a su alrededor constantemente una pequeña corte de aprendices, o de meros curiosos, que no teniendo valor o gracia bastante para serlo ellos mismos, se contentan con el papel de cómplices y partícipes; éstos le miran con envidia, y son las trompetas de su fama.

El “calavera-langosta” se forma del anterior, y tiene el aire más decidido, el sombrero más ladeado, la corbata más “negligé”; sus hazañas son más serias; éste es aquel que se reúne en pandillas: semejante a la “langosta”, de que toma el nombre, tala el campo donde cae (…). En una palabra, éste es el venenoso, el “calavera-plaga”: los demás divierten; éste mata.

Dos líneas más allá de éste está otra casta, que nosotros rehusaremos desde luego: el “calavera-tramposo”, o trapalón, el que hace deudas, el parásito, el que comete a veces picardías, el que pide para no devolver, el que vive a costa de todo el mundo, etc., etc.: pero estos no son verdaderamente “calaveras”; son indignos de este nombre; ésos son los que desacreditan el oficio, y por ellos pierden los demás. No los reconocemos.

Sólo tres clases hemos conocido más detestables que ésta: la primera es común en el día, y como al describirla habríamos de rozarnos con materias muy delicadas, y para nosotros respetables, no haremos más que indicarla. Queremos hablar del “calavera-cura”. Vuelvo a pedir perdón; pero, ¿quién no conoce en el día algún sacerdote de esos que queriendo pasar por hombres despreocupados, y limpiarse de la fama de carlistas, dan en el extremo opuesto; de esos que para exagerar su liberalismo y su ilustración empiezan por llorar su ministerio; a quienes se ve siempre alrededor del tapete y de las bellas en bailes y en teatros, y en todo paraje profano, vestidos siempre y hablando mundanamente; que hacen alarde de…? Pero nuestros lectores nos comprenden. Este “calavera” es detestable, porque el cura liberal y despreocupado debe ser el más timorato de Dios, y el mejor morigerado. No creer en Dios y decirse su ministro, o creer en él y faltarle descaradamente, son la hipocresía o el crimen más hediondos. Vale más ser cura carlista de buena fe.

La segunda de estas aborrecibles castas es el “viejo-calavera”, planta como la caña, hueca y árida con hojas verdes. No necesitamos describirla, ni dar las razones de nuestro fallo. Recuerde el lector esos viejos que conocerá, un decrépito que persigue a las bellas, y se roza, entre ellas como se arrastra un caracol entre las flores, llenándolas de baba; un viejo sin orden, sin casa, sin método (…). Sin embargo, éste es el único a quien cuadraría el nombre de “calavera”.

La tercera, en fin, es la “mujer-calavera”. La mujer con “poca aprensión”, y que prescinde del primer mérito de su sexo, de ese miedo a todo, que tanto le hermosea, cesa de ser mujer para ser hombre; es la confusión de los sexos, el único hermafrodita de la naturaleza: ¿qué deja para nosotros? La mujer, reprimiendo sus pasiones, puede ser desgraciada, pero no le es lícito ser “calavera”. Cuanto es interesante la primera, tanto es despreciable la segunda.

Después del “calavera-temerón”, hablaremos del “seudo-calavera”. Este es aquel que sin gracia, sin ingenio, sin viveza y sin valor verdadero, se esfuerza para pasar por “calavera”; es género bastardo y pudiérasele llamar, por lo pesado y lo enfadoso, el “calavera-mosca”.

Dejando por fin a un lado otras varias (…), concluiremos nuestro cuadro en un ligero bosquejo de la más delicada y exquisita, es decir, del “calavera de buen tono”.

El “calavera de buen tono” es el tipo de la civilización, el emblema del siglo XIX. Perteneciendo a la primera clase de la sociedad, o debiendo a su mérito y a su carácter la introducción en ella, ha recibido una educación esmerada: dibuja con primor y toca un instrumento; filarmónico nato, dirige el aplauso en la ópera, y le dirige siempre a la más graciosa, o a la más sentimental: más de una mala cantatriz le es deudora de su boga; se ríe de los actores españoles y acaudilla las silbas contra el verso; sus carcajadas se oyen en el teatro a larga distancia; por el sonido se le encuentra; reside en la luneta al principio del espectáculo, donde entra tarde en el paso más crítico, y del cual se va temprano; reconoce los palcos, donde habla muy alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por la “tertulia” a asestar su doble anteojo a la banda opuesta. Maneja bien las armas y se bate a menudo, semejante en eso al “temerón”, pero siempre con fortuna y a primera sangre: sus duelos rematan en almuerzo, y son siempre por poca cosa. Monta a caballo y atropella con gracia a la gente de a pie; habla el francés, el ingles, y el italiano; saluda en una lengua, contesta en otra, cita en las tres; sabe casi de memoria a Paul de Koch, ha leído a Walter Scott, a D’Arlincourt, a Cooper, no ignora a Voltaire, cita a Pigault-le-Brun, mienta a Ariosto, y habla con desenfado de los poetas y del teatro. Baila bien, y baila siempre. Cuenta anécdotas picantes, le suceden cosas raras, habla de prisa, y tiene “salidas”. Todo el mundo sabe lo que es tener “salidas”. Las suyas se cuentan por todas partes; siempre son originales: en los casos en que él se ha visto, sólo él hubiera hecho, hubiera respondido aquello. Cuando ha dicho una gracia, tiene el singular tino de marcharse inmediatamente: esto prueba gran conocimiento; la última impresión es la mejor de esta suerte, y todos pueden quedar riendo y diciendo además de él: “¡Qué cabeza! ¡Es mucho fulano!”.

No tiene formalidad, ni vuelve visitas, ni cumple palabras; pero de él es de quien se dice: “¡Cosas de fulano!” y el hombre que llega a tener “cosas” es libre, es independiente. Niéguesenos, pues, ahora, que se necesita talento y buen juicio para ser “calavera”. Cuando otro falta a una mujer, cuando otro es insolente, él es sólo atrevido, amable; las bellas que se enfadarían con otro, se contentan con decirle a él: “¡No sea usted loco! ¡Qué calavera! ¿Cuándo ha de sentar usted la cabeza?”.

Cuando se concede que un hombre está loco, ¿Cómo es posible enfadarse con él? Sería preciso ser más loca todavía.

Dichoso aquel a quien llaman las mujeres “calavera”, porque el bello sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle, fijarle, probar a sentarle, es una obra de caridad. El “calavera de buen tono” es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un círculo, el Cupido de las damas, “l’enfant gâté” de la sociedad y de las hermosas.

Es el único que ve el mundo y sus cosas en su verdadero punto de vista: desprecia el dinero, le juega, le pierde, le debe; pero siempre noblemente y en gran cantidad; trata, frecuenta, quiere a alguna bailarina o a alguna operista; pero amores volanderos, mariposa ligera, vuela de flor en flor. Tiene algún amor sentimental, y no está nunca sin intrigas, pero intrigas de peligro y consecuencia: es el terror de los padres y de los maridos. Sabe que, semejante a la moneda, sólo toma su valor de su curso y circulación, y por consiguiente no se adhiere a una mujer sino el tiempo necesario para que se sepa. Una vez satisfecha la vanidad, ¿qué podría hacer de ella? El estancarse sería perecer; se creería falta de recursos o de mérito su constancia. Cuando su boga decae, la reanima con algún escándalo ligero; un escándalo es para la fama y la fortuna del “calavera”, un leño seco en la lumbre: una hermosa ligeramente comprometida, un marido batido en duelo, son sus despachos y su pasaporte; todas le obsequian, le pretenden, se lo disputan. Una mujer arruinada por él es un mérito contraído para con las demás. El hombre no “calavera”, el hombre de “talento y juicio”, se enamora, y por consiguiente es víctima de las mujeres; por el contrario, las mujeres son las víctimas del “calavera”. Dígasenos ahora si el hombre de “talento y juicio” no es un necio a su lado.

El fin de éste es la edad misma; una posición social nueva, un empleo distinguido, una boda ventajosa, ponen término honroso a sus inocentes travesuras. Semejante entonces al sol en su ocaso, se retira majestuosamente, dejando, si se casa, su puesto a otros, que vengan en él a la sociedad ofendida, y cobran en el nuevo marido, a veces, con crecidos intereses, las letras que él contra sus antecesores girara.

 

Sólo una observación general haremos antes de concluir nuestro artículo acerca de lo que se llama en el mundo vulgarmente “calaveradas”. Nos parece que éstas se juzgan siempre por los resultados: por consiguiente, a veces una línea imperceptible divide únicamente al “calavera” del “genio”, y la suerte caprichosa los separa o los confunde en una para siempre. Supóngase que Cristóbal Colón perece víctima del furor de su gente antes de encontrar el Nuevo Mundo, y que Napoleón es fusilado de vuelta de Egipto, como acaso merecía; la intentona de aquél y la insubordinación de éste hubieran pasado por dos “calaveradas”, y ellos no hubieran sido más que dos “calaveras”. Por el contrario, en el día están sentados en el gran libro como dos “grandes hombres, dos genios”.

Tal es el modo de juzgar de los hombres; sin embargo, eso se aprecia, eso sirve muchas veces de regla. ¿Y por qué?… Porque tal es la “opinión pública”.

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2 Replies to ““LOS CALAVERAS” MARIANO JOSÉ DE LARRA”

  1. ¡Hola!Supongo que quieres decir "está bien dicho". Me hubiese gustado saber quien eres.En todo caso, gracias por pasar por Helicón y leerlo.Besos. AlmaLeonor

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