ANÉCDOTAS-29: LA DICHOSA INFORMÁTICA

ANÉCDOTAS-29: LA DICHOSA INFORMÁTICA.

Ya he comentado en varias ocasiones la especial relación (estilo polos opuestos que se repelen) que mantengo con la informática, y por extensión a todo lo eléctrico, técnico y hasta mecánico. Soy incompatible hasta con el DVD, más de un programa de la la lavadora o el lavavajillas, y por supuesto, con el ajuste de las cámaras fotográficas (benditas las digitales que lo hacen todo ellas solitas). Pero con la informática y las posibilidades que ofrece la red, soy un verdadero pato mareado.

Hoy he recibido un correo en el que se muestran algunas de esas incompatibilidades informáticas, que trasladadas al papel, suenan aún más como un chiste desternillante. Algún ejemplo:

Caso 1
Técnico de Servicio:
¿Qué ordenador tiene?
Usuaria:
Uno blanco
Técnico de Servicio:
(Silencio)

Caso 2
 Técnico de Servicio:
Ahora, pulse F8..
Usuaria:
No funciona.
Técnico de Servicio:
¿Qué hizo exactamente?
Usuaria:
Presionar la F 8 veces como me dijiste, pero no ocurre nada.

 

Caso 3
Usuaria:
No logro encontrar el simbolito para abrir el Word.
Técnico de Servicio:
Mire en el escritorio.¿qué tiene ahí?
Usuaria:
Muchos papeles y mi bolso.  

Caso 4
Usuaria:
Mi teclado no quiere funcionar.
Técnico de Servicio:
¿Está segura de que está conectado?
Usuaria:
No lo sé. No alcanzo la parte de atrás.
Técnico de Servicio:
Coja el teclado y dé diez pasos hacia atrás.
Usuaria:
ok
Técnico de Servicio:
¿El teclado sigue con usted?
Usuaria:

Técnico de Servicio:
Eso significa que el teclado no está conectado ¿Hay algún otro teclado?
Usuaria:
Sí, hay otro aquí. Huy,…. ¡¡¡Este sí funciona!!!

Este último se parece mucho a un caso que me sucedió a mi no hace mucho tiempo. En mi puesto de trabajo tengo, a mi izquierda, dos ordenadores, una impresora y un par de aparatejos más que no sé para que funcionan. También unos altavoces, pero como no sería correcto conectarlos, siempre están apagados (pero enchufados). Además hay un flexo eléctrico, una miniestación de avisos, y el teéfono (faltaría añadir una estufa eléctrica detrás de mi, para completar todas las instalaciones). Todo esto está conectado a 9 enchufes que hay incrustados en la pared (más un alargador con tres tomas más) y siete “rosetas” de conexión informática y telefónica (no todas utilizadas). Entre los aparatos y las conexiones hay aproximadamente veinticinco mil cables (no los he contado ni los pienso contar), blancos, grises y negros, que quedan semiocultos por los muebles.

Un día no funcionaba la impresora. Como nuestro ordenador no es de última generación y la impresora es aún más antigua, pensamos enseguida que se trataría de una avería (no era la primera), pero entre una compañera y yo revisamos todo lo revisable, por si acaso, sin encontrar el posible fallo. Como es necesario en mi trabajo que la impresora funcione correctamente, avisamos enseguida al Servicio Técnico, que se presentó rápidamente.

No puedo dejar de avisar que sentíamos una cierta “aversión” a los técnicos de informática, sobre todo al que sabíamos debía de pasar a realizar la reparación (otros sin embargo nos habían “salvado la vida” en alguna ocasión), porque siempre encontraba una forma de achacarnos el fallo que fuese a una mala utilización por nuestra parte. Nunca había otra razón posible. La última vez que nos tuvo que arreglar la impresora determinó que el fallo se producía por el tipo de papel que utilizábamos. No digo que no fuese así, pero no cuando no utilizamos un papel diferente en años, y cuando aún no se había ni acercado al aparato.

Cuando llegó el técnico, su semisonrisa ya nos avisó de que nos esperaba una dura prueba, pero como habíamos revisado todo, estábamos seguras de superarla. Estoy hablando siempre en plural, porque una compañera estuvo conmigo todo el rato, pero en realidad, la responsable del ordenador era yo. El técnico empezó el interrogatorio a su manera, siempre autosuficiente y condescendiente:

         ¿Qué le pasa a la Impresora?

         Que no imprime y da un mensaje de error. –Contesté-

         ¿Está enchufada? –aquí no pude por menos que reirme ¡Cómo no iba a estar enchufada!!-

¡¡Pues no lo estaba!! El sarcástico técnico no hizo más que mirar una vez hacia la maraña de cables y enchufes y descubrió la conexión que faltaba. Tomó el cable en su mano y nos lo mostró triunfante, como si de la conquista de un Imperio se tratase. ¡Cómo le odié en ese momento! ¡Cómo me odié a mí misma por no haberlo visto! Conectó el alevoso cablecito y ¡¡halehop!! la impresora se puso en marcha como una loca soltando uno tras otro, todos los documentos guardados en su “cola”.

Ya pueden ir apuntando esta anécdota todos aquellos que recogen las “meteduras de pata” de los incautos que como yo, no son capaces de detectar un cable no enchufado.

 

 

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