CUENTO DE LA MOSCA COJONERA

CUENTO DE LA MOSCA COJONERA

 

Erase una vez un hombre que convivia con una mosca cojonera. Era lo primero que veía al levantarse y lo último al acostarse. Le acompañaba en sus desayunos, comidas y cenas, mientras veía la tele, y hasta cuando se duchaba.

 ¡Como disfrutaba el hombre bromeando con salpicarla! Le encantaba ver como se aseaba su linda cabecita con sus patitas delanteras, cual gracilmente movía sus livianas alitas… Le encantaba escuchar el sursurro que hacía al revolotear a su alrededor, y le resultaba sumamente divertido hacer un delicado gesto con la mano sobre su oreja para espantarla. Hasta le hablaba despacito y creía que reían juntos. Disfrutaba de su compañía cada minuto (y cada día eran más) que pasaba en casa. No sabía cómo, pero aquella mosca cojonera se había instalado en su vida y hasta podía afirmar (y lo había hecho) que no sería capaz de vivir sin ella.

Pero del mismo modo (sin saber como), descubrió un día que estaba harto de aquella mosca cojonera. Estaba cansado de ser lo primero que veía por la mañana y lo último que contemplaba por las noches. Le asqueaba verla revolotear alrededor de su comida, le molestaba que se pusiese delante de la tele siempre en el justo momento inoportuno. Estaba harto de encontrársela hasta en el baño. ¿Cómo podía estar siempre limpiandose su enorme cabezota con esas patas pringosas? ¿Cómo podía hacer tanto ruido con esas transparentes y débiles aletas? Estaba tan harto, que dejó de hablarla, luego pasó a los monosílabos molestos y por fín a los insultos directos.

Hasta lo comentaba en la oficina, donde, dicho sea de paso, no tenía a su alrededor el incordio de la mosca cojonera, así que pasaba allí muchas horas. También en el bar se libraba de su molesta y sempiterna compañía casera, así que  después de la oficina, era el lugar donde más tiempo pasaba. Allí, además, descubrió que había otros hombres con el mismo problema, y juntos (y borrachos) se divertían de lo lindo lanzando improperios sobre sus respectivas moscas cojoneras.

Pero una vez en casa, los gestos para espantarla se fueron haciendo cada vez más bruscos y hasta se descubrió un día dejando la mano agazapada para lanzar un segundo aspaviento, esta vez más fuerte. El tortazo en su propia mejilla le sirvió para aumentar su ira, pero también para descubrir que aquella situación acabaría haciéndole daño a él mismo. Y volvió al Bar. Esa noche volvió a casa más borracho que nunca, tanto, que ni siquiera se dio cuenta…. De madrugada, y aun con la borrachera, un sexto sentido le hizo despertarse sobresaltado: “algo pasa”, se dijo, sin saber exáctamente qué. Nada más levantarse de la cama se dio cuenta: “¡La mosca cojonera! … ¡No está!”.

Dio vueltas por toda la casa, buscándola, llamándola… pero no estaba. “¿Cómo es posible que se haya ido? ¿Cómo ha sido capaz de dejarme? ¡¡A mí, que tanto he hecho por ella!! ¡¡A mí, que tanto me ha molestado!! ¡¡¡¡Yo soy el agraviado!!!! ¡Yo debería haber tomado la decisión, no ella!”… Pero enseguida sus pensamientos oscilaron hacia el otro lado… “¿No era esto lo que yo quería en realidad? ¿No era esto lo que de verdad yo quería? Pues ya está, la mosca cojonera ya no está, ahora tengo lo que quería, ya está, lo he logrado”… Pero entonces… ¿Por qué se sentía tan abatido, tan triste, tan sólo, sobre todo tan solo? No hacía más que preguntarse eso una y otra vez, hasta que se sentó de nuevo en la cama. “Bueno, ya se pasará” se dijo de repente, mientras con la mano hacía un gesto detrás de la oreja para espantar una mosca cojonera que ya no existía.

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