CRÓNICA DE LA PROVINCIA DE VALLADOLID (1869)

Crónica de la Provincia de Valladolid:

Vamos a entrar en territorio, cuyos campos y ciudades, ruinas de castillos y aldeas están llenos de gloriosísimos recuerdos. Al poner en ellos la mente, hojeamos parte de lo más glorioso de nuestra historia. Nombres hay que no se pueden pronunciar sin cariño, otros llenan el alma de mortal angustia, otros causan admiración; todos respeto.

La provincia de Valladolid encierra una comarca tan importante por sus productos, especialmente cereales y vinos, que, bien puede con su propia riqueza consolarse de la prestada que a Madrid otorgan la corte y el gobierno. Hoy padece Valladolid, como toda España, los resultados de una confianza excesiva en el crédito, pero sus elementos de prosperidad y riqueza son tales, que apenas sacuda el presente letargo, pasmará a toda la Península. Aún, a pesar de los inauditos daños que llora, es el aspecto de la antigua corte de España el de ciudad de primer orden. Tenía el año de 1830 poco mas de 20.000 habitantes, y al presente, pasan de 43.000, y sus calles adoquinadas, con anchas aceras y excelente alumbrado de gas, el aspecto de riqueza de su caserío moderno y cierta simpatía que Valladolid despierta en todo pecho bien nacido, atraen desde luego al viajero, cuya curiosidad e interés aumentan al contemplar el pórtico y gallarda torre de Santa María de la Antigua o la torre de San Benito, que semeja y es fortaleza.

Acaso, en Valladolid, como en los demás pueblos de la provincia, llora el amante de lo bello en ver el abandono y aun la impía barbarie que tantos insignes monumentos ha reducido a ruinoso estado; en cuyo caso maldecirá, no solo a quien haya cometido el crimen, pero a quien, pudiendo estorbarle, no lo haya hecho. Con todo, a pesar de los desmanes de la invasión francesa, y a pesar de nuestros propios desmanes, harto más lamentables y vergonzosos, aún hallará todo corazón capaz de comprender lo bello, no poco que admirar.

Desde el labrador vacceo, al labrador de Tierra de Campos, largos siglos han pasado, pero en este, hijo de aquel, y heredero, además de la honrada sangre goda, demuestran la innegable hermandad, el amor a la tierra en que han nacido, el mismo apacible carácter, la propia buena fe.

El horrendo estrago, hecho por los cristianos en los musulmanes cabe los muros de Simancas, solo comparable con el que los últimos causaron a los primeros en las llanuras de Rueda, llevan nuestra atención a aquellos tiempos, en que apenas era conocida la población que hoy da el nombre a la provincia. Vino luego el Conde Pedro Ansúrez, que tanto engrandeció a Valladolid, y cuya esposa doña Eylo va también a la par de los primeros pasos dados por la población en la vía de su prosperidad futura.

Reyes y prelados, señores y comuneros, llaman después la atención por nuestro territorio; y a todos oscurece (que de buenos españoles es confesar lealmente la verdad) el nombre de Cristóbal Colón, cuyos huesos jamás debieron salir de su patria adoptiva y, caso de no hallar reposo en Valladolid, donde el gran genovés devolvió el alma al Criador, fuera justo yaciesen en el monumento que España debe a su memoria en la costa del Atlántico.

¿Ni que español podrá olvidar que Valladolid, al igual de la monarquía, se alzó con ella al mayor grado de esplendor, brillando a los ojos del mundo, como luz de enhiesto faro en noche serena, luz que la niebla comenzó por atreverse a velar de vez en cuando, a la cual osó alzarse la espuma de la costa, y aun hubo momentos en que las olas prepotentes llegaron a amenazarla con turbulento arrebato? Y  en todo tiempo, Valladolid, imagen de la monarquía que representaba, en la pulsación ardiente, vigorosa o débil a la severa justicia de los Reyes Católicos, a la majestad cesárea de Carlos-V emperador y rey, a la voluntad inquebrantable de Felipe-II, a la escasa valía de Felipe-III, amparada de la sombra de su padre, a la miserable indolencia de Felipe-IV, a la senil puerilidad del hechizado Carlos-II, o al renacimiento de la abatida España, bajo la casa de Borbón.

A la par de hombres de notabilísimo influjo en el gobierno del Estado, brillaron en Valladolid el italiano Juan de Juni, el gallego Gregorio Hernández, escultores de primer orden y harto más conocidos fuera que dentro de la Península, y Juan de Arfe, cuya ilustre familia de artistas fue para León y Castilla lo que los Becerriles para Cuenca. Solo citamos a los que, digámoslo, consagraron toda o buena parte de su existencia a Valladolid. Por lo demás, en armas, ciencias y letras, posee la antigua corte de España multitud de nombres gloriosos, que así como sus nobles monumentos, atestiguan a la posteridad la pasada grandeza, prenda de no menor gloria y bienandanza para lo porvenir.

 

 Crónica de la Provincia de Valladolid

Don Fernando Fulgosio

Madrid, 1869

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2 respuestas a CRÓNICA DE LA PROVINCIA DE VALLADOLID (1869)

  1. Amkiel dijo:

    Vaya con dolid, qué de cosas.

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  2. AlmaLeonor dijo:

    ¡Hola!Esas y más cosas que tiene, jejejejGracias por la visita, Amkiel.Besos.AlmaLeonor

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