CHORIZOS Y DERECHOS DE AUTOR

CHORIZOS Y DERECHOS DE AUTOR

Llevaba yo tiempo queriendo escribir mis impresiones sobre la SGAE y los derechos de autor. Siempre había algo que me lo impedía. No tanto físicamente sino una situación, una nueva noticia, un comentario de algún conocido y cosas similares que me hacían unas veces dudar de la validez de una Sociedad General de Autores y otras me convencía de la necesidad de proteger los derechos de autor. Siempre llegaba a la conclusión de que no entendía muy bien el asunto.

Estoy de acuerdo en condenar la piratería de quien se enriquece (o lo intenta) con el trabajo de otros. Estoy de acuerdo en condenar el plagio de quien se aprovecha del anonimato de muchos para hacer pasar por suya una obra de otro. Estoy de acuerdo en reconocer que el autor intelectual de un libro (u otro tipo de obra artística o cultural) merece ese reconocimiento, incluso económico. Con lo que no estoy de acuerdo es con la intención de la SGAE de convertir a todo usuario de la cultura en un “chorizo” en potencia, en un criminal. Porque eso es en lo que nos convierte una norma que nos hace pagar un canon con la compra de un CD (o al realizar una fotocopia, o al consultar un libro en una biblioteca, o al comprar un disco, película, o libro, o…) para “preveer” un uso fraudulento. Es en eso en lo que discrepo totalmente, en utilizar la SGAE, y algo tan loable como reconocer la propiedad intelectual de una persona, para cobrar por todo.

Hace tiempo planteaba yo esta cuestión con un amigo escritor. Él me decía que tenía claro que el autor del libro era él y que el libro era, por lo tanto, propiedad intelectual suya. En eso estaba yo completamente de acuerdo con él, pero insistía en una cosa que es diametralmente distinta: En el “éxito” de ese libro. El autor entrega a su editorial un montón de páginas escritas, un texto, que la editorial (con todo su prestigio a la espalda) se encarga de convertir en libro, con una portada, una calidad de impresión determinada, un lanzamiento comercial, una tirada, publicidad… una serie de cuestiones que colaboran enormemente a que un libro se venda y tenga éxito comercial, amén de que el texto sea o no merecedor de ello. La conversación con mi amigo escritor era un buen ejemplo, pues estábamos comentando que se había vendido muy bien una segunda edición de un antiguo libro suyo que no tuvo mucho éxito en su momento. Ahora, ese texto (que es, y siempre fue, muy bueno, puedo asegurarlo), se ha convertido en un libro muy atractivo y ha contado con un respaldo editorial y publicidad que se ha traducido en mayores ventas. ¿Quién es el propietario intelectual del libro? El autor, sin duda. Pero ¿y el propietario intelectual del “éxito” del libro? Ahí es donde me entra la duda, pues de todos es sabido que hay libros cuyo contenido no merece, ni mucho menos, el éxito de ventas que le avala, y por el contrario hay libros (¡¡tantos!!) de muy buena factura intelectual y literaria pero que no se venden más que entre un puñado de conocidos. ¿Quién “fabrica” el éxito? Y por lo tanto ¿quién tiene que pagar a qué “autor” por el beneficio que proporciona ese éxito?

Este asunto ya plantea un problema a solucionar entre autores y editoriales (o entre artistas y distribuidoras o discográficas) y que la SGAE no se muy bien como aborda. Sé que las Editoriales se reservan un buen tanto por ciento de las ventas de un libro, más que para el autor. Además, en muchos casos (y conozco algunos) se queda con los derechos totales del libro, y el autor no puede recuperarlos en años, pese a ser su “autor intelectual”. En los premios y concursos literarios, siempre hay una premisa que dice que el texto queda en propiedad de la entidad organizadora y el autor pierde todo derecho sobre el mismo. Y esto ha sido así desde antes de que existiese Internet, por lo que no me queda claro porqué los autores no se habían rebelado antes contra estas exigencias de las grandes editoriales, que claramente atentan contra su derecho a la propiedad intelectual de su obra.

Ante esto existían, y existen, dos tipos de actitudes, pienso yo: La de los escritores “consagrados” (por éxito de ventas y/o por calidad literaria), que están adscritos a las grandes editoriales y que mantienen, por decirlo así, una especie de “entente” con ellas, ya que ambos se necesitan y se mantienen recíprocamente, como en una relación simbiótica. Al lado de estos grandes escritores, suelen pulular en las editoriales algunos escritores “menores” (y no necesariamente por la calidad de sus obras), que en un afán por mantener el status de miembro de la Gran Editorial, se pliega a las exigencias de la misma para poder publicar.

La otra actitud es la que mantienen muchos escritores que no suelen saltar a las grandes listas de ventas (a no ser que suceda “el milagro” como en el caso de Ruiz Zafón), con calidades literarias variopintas (algunos de ellos muy buenos, y podría citar a muchos), y que prefieren (o se ven obligados, de todo hay) mantenerse en Editoriales pequeñas o no tan conocidas, con las que disfrutan de mayor libertad a la hora de publicar sus libros. Eso si, con menos tirada, menos publicidad, y muchas menos ventas.

Los libros de los primeros se venderán, sean buenos o no. Se venderán por el nombre de su autor, por el renombre de la editorial, por la campaña publicitaria realizada y por otras muchas razones más, entre ellas, claro está, la calidad literaria y que funcione el “boca a boca”.  Pero esta última razón será la única (previsiblemente) por la que los libros de los segundos se vendan. El éxito para ellos depende, casi en exclusiva, del texto, es decir de la calidad del autor, y de que quienes lo lean lo difundan.

Y aquí es donde la SGAE confunde disfrute y difusión con piratería y delito. Cuando un usuario de la cultura difunde por el medio que sea su impresión sobre tal o cual libro, incluyendo párrafos o páginas enteras de dicho libro, no está enriqueciéndose con ello, sino que está contribuyendo a que el autor pueda vender más libros (el difundido u otro). No es “choriceo”, ni delito, pero si es la excusa perfecta que les permite cobrar un canon por todo, un canon abusivo.

Parece ser que en el mundo de la música y el cine el caso es más flagrante. No se venden discos, dicen. No se llenan las salas de cine, dicen. Están cerrando los videoclubs, dicen. Y será verdad cuando lo dicen, pero no es verdad que eso se deba exclusivamente a la irrupción (cada vez en mayor medida) de las descargas gratuitas por Internet, ni a las ventas del top-manta (me gustaría conocer una auténtica estadística de las ventas de una discográfica de uno solo de sus discos de éxito y las ventas realizadas en el top-manta). Hay muchas más razones que no se dicen o que se dicen menos.

Las discográficas y las distribuidoras cinematográficas han apostado desde hace ya muchos años (cuando apareció el video y los videoclubs precisamente, que decían acabarían con el cine), una política de lanzamientos de discos y películas de muy dudosa calidad pero con un gran respaldo mediático para garantizar su éxito (también en las editoriales, por cierto). No me digan que no. Los videoclubs se llenan de películas que no las conoce nadie, realizadas exclusivamente para este medio, con altas dosis de violencia y sexo, con algún que otro actor o actriz conocida y sin ninguna calidad cinematográfica. Y las discográficas lanzan a bombo y platillo éxitos de baja calidad musical pero pegadizos y con un amplio despliegue mediático. Ejemplos los hay a patadas (puestos a mencionar, la “Macarena” como canción, y las “Kepchup” como grupo musical). Hoy en día hay múltiples formulas para lanzar a un cantante o un actor al limbo del éxito que supone que su imagen aparezca en camisetas, vasos, carpetas, mochilas y hasta en papel higiénico. ¿Esto si que vale? Me parece cuanto menos a-moral. El público no es tonto, al menos no es tan tonto como para no distinguir una cosa de otra. El público quiere, queremos, calidad y que no nos vengan con la estupidez de que todo vale siempre y cuando sean las grandes distribuidoras quienes lo hagan. De lo que se trata es de un negocio, reconózcanlo, no del supuesto uso indebido de una “propiedad intelectual”. El “choriceo” está en su tejado, no en el de quien disfruta gratuita y libremente de la cultura.

Leía el otro día que ahora, con el reconocimiento de los derechos de autor, se está dando la paradoja de que éstos están cobrando más que las editoriales, discográficas y distribuidoras. No le doy demasiado crédito a esa noticia, pero algo si se está consiguiendo. Me parece bien que el propietario intelectual de una obra reciba lo que le corresponde económicamente. Pero que no se olvide nunca de cómo lo ha conseguido. Y este es el otro aspecto del asunto. Los autores, los artistas, cantantes, actores (masculinos y femeninos todos ellos), pueden un día encontrarse solos, sin público, sin aplausos, sin lectores….

Cuando yo era niña copiábamos las canciones de la radio en las cassettes y las escuchábamos en grupos, en la panda, en casa, en el coche… Los más afortunados podían contar con alguna copia de cantantes como Leonard Cohen, o de rockeros como Rosendo, cuyas canciones, por supuesto, no se escuchaban en la radio. Recuerdo que el hermano mayor de una amiga mía tenía en su casa multitud de cassettes de cantantes de los que yo no había oído hablar en mi vida y que conocí gracias a él. Además de los dos mencionados, recuerdo haber escuchado por entonces a un dúo, un tal “Sony Bono y Cher” (creo que era así). También escuché a Pablo Milanés, Víctor Jara, Bob Dylan, Obús, Jarcha… gentes que a mi me parecía que estaban en el olimpo de los músicos, y que por supuesto no podía escuchar en la radio, como tampoco se podían escuchar en ningún otro sitio las maquetas de grupos o solistas que empezaban y que se copiaban entre conocidos. Gracias a esas grabaciones de cassettes, repetidas hasta la saciedad, la gente de mi generación conocimos mucha de la verdadera música. No lo hubiésemos podido hacer (ni nosotros, ni muchos de los músicos de hoy en día, aunque no lo digan) de haber estado en vigor entonces las normas de la SGAE.

Más tarde en mi casa nos aficionamos al cine gracias a que en Televisión aún podíamos ver auténticas películas (cosa que no se puede decir en la actualidad). La mayoría de los cineastas de hoy en día reconocen que esas películas les marcaron para siempre en su vocación, pero muy pocos confiesan haberlas visto en televisión. Me extraña que pudieran verlas en el cine, porque ahí si que ponían películas hoy consideradas verdaderos bodrios (“una de romanos” como decía Sabina). Las buenas películas las ponían en televisión, y cuando llegó el Video a los hogares españoles, las grabábamos compulsivamente. En mi casa había más de quinientas cintas de vídeo de películas (algunas con dos o más películas grabadas) que veíamos a menudo y prestábamos a amigos y familiares, al tiempo que nosotros veíamos otras prestadas por ellos.

Pero tanto en una como en otra época no dejamos de asistir a los conciertos ni a las salas de cine (ni aún proyectando bodrios). Y hoy en día no creo que suceda lo contrario, pese a las noticias tan catastrofistas que se difunden. Al menos yo veo las salas de cine llenas de gente. No todos los días, bien es cierto, pero sí cuando se proyecta una buena película (o un buen festival, como la SEMINCI vallisoletana) pese a que se pueda bajar de Internet (la calidad nunca será la misma y eso los cinéfilos lo saben), lo que puede servir para disfrutarla en casa y difundirla entre conocidos y que se vaya a verla al cine, siempre que sea buena. Porque ya lo dije antes, el público que cada vez es menos tonto, ya no acude al cine a ver “una de romanos” (entiéndase aquellas películas de baja calidad de antaño), sino que va al cine a ver una película en condiciones, paga por una buena película.

Y con la música pasa lo mismo. Si no se disfruta, si no se difunde, no se conoce a un cantante. Claro que el peligro es que se le conozca muy bien y se vea que no es tan bueno como lo pintaban en la publicidad de la discográfica. Ese puede ser también el miedo de muchos. Cuando un cantante es bueno, cuando su música llega al alma, cuando es conocido por su calidad, su música se bajará de Internet, aparecerá con mayor frecuencia en el top-manta, si, pero no dejarán de venderse sus discos ni las entradas de sus conciertos.

Hace muy mal la SGAE en pretender cobrar derechos de autor a un peluquero porque ponga música en su trabajo, porque si no quiere pagar, y estaría en su derecho, dejaría de escucharse música.

Con los libros pasa algo parecido. Yo no conozco a nadie que fotocopie una novela, o un libro de éxito (del tipo de Millenium, por ejemplo). Lo que si conozco, y desde siempre, es que se intercambien libros entre conocidos. Y también que una vez leído un libro prestado, uno quiera comprarlo (en mi caso me ha pasado con muchos, que he comprado después de haberlos leído prestados, uno de ellos “La Sombra del Viento” de Ruiz Zafón). Lo que sí conozco, y practico, es la fotocopia de libros de  texto, manuales de universidad, ensayos, y obras similares. Es lo mismo, me dirán, al fin y al cabo es copia y toda copia es ilegal. No, arguyo yo, puesto que ese libro fotocopiado (en todo o en parte, que es la mayoría de las veces) precisamente es el que no sale de las manos de la persona que lo copia. Es una copia de trabajo, al menos en la totalidad de los casos que yo conozco. No he sabido de ningún libro fotocopiado que se venda en top-manta. Si se fotocopia es para trabajar con él. Pero claro, estos libros suelen ser los que se recomiendan (y en muchos casos exigen) leer (y poseer) en las universidades, con lo que la compra está garantizada. ¿Esto no es ilegal? ¿A-moral al menos? A mi me parece que en la misma medida que fotocopiarlo.

Pero la SGAE incurre en un grave error cuando pretende cobrar a la población de Fuenteovejuna por representar año tras años la singular obra homónima en sus calles, porque si se negarán a pagar, y estarían en su derecho, se dejaría de representar y no se divulgaría nuestro más insigne teatro clásico.

¿Es que es esto lo que pretende la SGAE, que no se escuche música, que no se conozca el teatro? ¿Pretende que solo se disfrute, y en privado, de aquella cultura que cada uno pueda pagar? ¿De veras cree que para eso llevamos siglos reivindicando una cultura libre y gratuita para todos?

Tampoco permite la SGAE copiar párrafos en blogs, u otro soporte informático so pena de, si se aprueba la ley que está en trámite, que se cierre por decreto esa página Web. ¡Que craso error! Los autores saben, y me da pena que se lo callen muchos, que es gracias a esa difusión internauta en blogs, webs, foros, etc., por lo que su libro se vende en muchos casos. Tengo un grupo de amigos con los que intercambiamos ideas e informaciones sobre libros en Internet. Entre ellos hay algunos autores, unos más conocidos que otros, unos más premiados que otros, que han llegado a ser verdaderos amigos y que han reconocido la fuerza que tiene la red para hacer llegar sus obras a un mayor público. Alguno incluso nos ha dicho que la editorial donde publican sus libros (una editorial muy pequeña) estaba absolutamente desbordada por una súbita avalancha de pedidos, incluso desde el extranjero.

Disfrutar en público y difundir por varios medios, no es piratear ni extorsionar, ni plagiar, ni delinquir, señores de la SGAE, y mientras no distingan claramente quien está haciendo el “chorizo” en la producción y difusión comercial, de quien solo está accediendo gratuita y libremente a la cultura, tendrán a mucha gente en su contra, como a mí por ejemplo. Y ello pese a que reconozca que el autor de una obra merece toda consideración y respeto y que le sea reconocida la propiedad intelectual de su obra, incluso económicamente. Pero siempre y cuando no me trate a mí, su público, su lector, su admirador, como a un vulgar “chorizo”.

 

 

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2 respuestas a CHORIZOS Y DERECHOS DE AUTOR

  1. monsila dijo:

    Así se habla Pili!totalmente de acuerdo contigo.besos…

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  2. AlmaLeonor dijo:

    ¡Hola!Monsi, me alegro siempre de coincidir contigo. Es muy triste que autores y artistas esten empeñados en utilizar un argumento con el que todos estamos de acuerdo, el reconocimiento de la propiedad intelectual y los derechos de autor, pero que sin embargo no entren nunca a debatir sobre la sumión que mantienen con respecto a las Grandes Empresas de sus respectivos medios, ni con la mediocridad con la que se nos bombardea ultimamente en todos los ambitos culturales, ni por supuesto, con el abuso manifiesto que supone considerar a priori como un delincuente al usuario de la cultura, y que encima tenga que pagar por ello por quintuplicado. Espero sinceramente que se den cuenta de que el público está con ellos, pero que no es tonto ni mucho menos.Besos.AlmaLeonor

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