PANICO NUCLEAR (Y SANTA BÁRBARA)

No es precisamente de la novela de Tom Clancy del mismo título de lo que quiero hablar, sino de un auténtico pánico por la situación de crisis nuclear originada tras las continuas explosiones e incendios de la Central Nuclear de Fukushima en Japón (en la imagen el pasado 18 de marzo).

Japón, precisamente Japón, el único lugar en el mundo que ha sufrido las consecuencias no de una, sino de dos bombas atómicas, es ahora el último escenario del debate nuclear mundial, mientras va quedando atrás, en la actualidad mediática, el devastador terremoto y posterior tsunami que originó el desastre de Fukushima. Mientras el pueblo japonés está dando al mundo lecciones de tranquilidad, organización, solidaridad y buen hacer, los medios reflejan continuamente el pánico que se ha expandido por el resto del mundo. En lugares como Polonia o EEUU están vendiendo en cantidades ingentes medidores de radiación (cuando incluso los propios fabricantes apuntan que son ineficaces e inservibles para este caso), mascarillas o pastillas de yodo (en Tokio están prácticamente agotadas, lo que es más lógico), pero desde el propio Japón se intenta ofrecer un mensaje de confianza en el trabajo de quienes se están encargando de evitar que la radiación alcance cotas mayores (aunque hay quien apunta que en realidad se está ocultando información) aún a costa de su propia vida.

EL PÁNICO PUEDE SER MÁS DAÑINO QUE LA NUBE TÓXICA, advierte Evan B. Douple, investigador jefe de la Fundación para la Investigación de los Efectos de la Radiación (FIER) de Nagasaki.

Mis amigos en Tokio me preguntan: ¿si tu hija viviera aquí, le pedirías que huyera o que se quedara? Y la respuesta es que le diría que si el problema son las radiaciones entonces no hay motivo para irse“, tranquiliza el doctor. Y advierte: “Lo digo porque en estos casos es importante saber gestionar el pánico. Cuando hay una alerta de radiactividad se produce una ola de terror que hay que evitar. Está comprobado que, en casi todos los casos, los daños provocados por el caos, tales como accidentes de coche u otros, suelen ser más perjudiciales que la nube tóxica en sí“. (Lecciones sobre Hirosima, D. Brunat Hiroshima 20/03/2011, DIARIO PÚBLICO, http://www.publico.es/internacional/367032/lecciones-desde-hiroshima)

Sin embargo las noticias siguen oscilando en el debate “nucleares si-nucleares no”, y recogiendo tanto las protestas de grupos a favor o en contra de la energía nuclear, como las declaraciones de políticos y dignatarios en el mismo sentido. En un mundo en crisis como el presente, y en un país en pre-campaña electoral como en España, este debate está sirviendo para encarnizar más las rivalidades políticas, para justificar muchas decisiones pasadas y presentes y para, estoy segura, planificar el cambio del panorama energético (y económico por tanto) mundial de aquí a un futuro mediato.

NUCLEARES: EL FIN DE LA QUIMERA DE LA ENERGÍA SEGURA Y (CASI) GRATIS. El desastre de Fukushima entierra las grandes promesas del sector. Los beneficios privados exigen un enorme desembolso de dinero público.

En 1954, Lewis Strauss, financiero estadounidense entusiasta del uso nuclear para fines civiles, pronunció un discurso ante la Asociación Nacional de Escritores Científicos que quedaría como hito de la fe en el potencial de la energía nuclear para mejorar el mundo: auguró que llegaría a ser “demasiado barata para facturarla“. Limpia, infinita, segura y, además, gratis: la gran utopía al alcance de la mano.

Casi 57 años después, y pese a Chernóbil y a decenas de sustos y a quiebras económicas -entre ellas, la de Fecsa, aquí-, el eco de esta promesa aún se escuchaba con la música del “renacer nuclear”. El pasado 8 de marzo, FAES, la fundación presidida por José María Aznar, presentó su informe Propuestas para una estrategia energética nacional, en el que participaron casi 30 expertos de máximo nivel, que no sólo abogaba por construir más nucleares y extender hasta los 60 años la vida de las actuales, sino que exhibía una fe que lo emparentaba con Strauss: la energía nuclear, insistía, es “sostenible, limpia, segura y económica“. Sin matices. El entusiasmo no dejaba resquicio para el debate: “La gestión de los residuos radiactivos está asegurada y garantizada“. Y todavía más: “La seguridad de las centrales nucleares está fuera de duda“.

Sólo tres días después, un terremoto arrasó Japón. Y no debe de haber ya nadie en todo el mundo que no haya oído hablar de Fukushima. “Fukushima supone un antes y un después equivalente al de Chernóbil, acabe como acabe. Ya no se puede decir que es un accidente en una dictadura decadente, sino que se trata de la democracia más pronuclear, junto con Francia“, sostiene un alto cargo del Gobierno español experto en nucleares. (Per Rusiñol, 20/03/2011, DIARIO PÚBLICO, http://www.publico.es/internacional/367096/nucleares-el-fin-de-la-quimera-de-la-energia-segura-y-casi-gratis)

Un artículo y un análisis interesante y prolífico sobre la idea de la energía nuclear como “segura, limpia y barata”, y sobre todo, sobre las consecuencias económicas que acarrean, no sólo la construcción y mantenimiento de las centrales nucleares (que ya es enorme y a cargo de los impuestos de los contribuyentes en gran parte), sino y sobre todo de su desmantelamiento, lo que me lleva a pensar que el “alargamiento” de la vida de varias de nuestras centrales (por no mencionar las de otros países, pero que seguro que están en el mismo caso), se ha debido más bien a este tema y no a otro.

Llevamos unos años en los que parecía reabrirse la apuesta por la energía nuclear. Por un lado en Europa y en los países más avanzados, los gobiernos de derechas (más proclives a este tipo de energía), se habían afianzado en el poder, y por otro, era patente en el mundo occidental la necesidad cada vez más acuciante de sustituir los combustibles fósiles (petróleo y gas) por la electricidad, dada su precariedad, alto costo y conflictos en las zonas productoras (Oriente Medio, pero también por ejemplo la Venezuela de Chávez). Se necesitaba apostar por una nueva fuente energética que evitara esa inestabilidad y las hidroeléctrica, eólica y solar (y la biomasa y los biocombustibles…) no acababan de ofrecer amplias soluciones, sobre todo si se podía desempolvar el estancamiento en el que se encontraba la energía nuclear desde los ochenta. Enfrente se posicionaron los grupos ecologistas, verdes, partidos de izquierda y movimientos sociales de todo el mundo que siempre han abogado por energías alternativas a la nuclear. Ahora (como en aquel 1986 con el desastre de Chernobil), estos grupos, y con ellos buena parte de la sociedad mundial ha visto como esa energía no es tan segura como parecía, no es tan barata como la pintan y desde luego no va a ser nada limpia.

Pero sigo insistiendo en que un debate sobre el uso o no de la energía nuclear no debe producirse en el seno de un enfrentamiento abierto, ni en medio de una catástrofe que puede ser mundial (de echo lo está siendo, al menos económicamente). Lo primero y primordial ha de ser solucionar el problema de Fukushima. Todos los esfuerzos han de orientarse a evitar que se convierta en un desastre de proporciones apocalípticas y a ayudar a la población que pueda resultar afectada, ya sea a Japón (en primer lugar) como a posibles países colindantes. Eso es lo que debería centrar actualmente cualquier tipo de debate, ya sea mediático, político o social.

Después habrá que replantearse, y muy seriamente (y no de la forma tan laxa en la que se han estado abordando los problemas medioambientales desde Kioto, por ejemplo) cual ha de ser el futuro de la política energética mundial. Porque ahora mismo está basada en el petróleo (insisto, una energía finita en su fase de decadencia) y hasta ahora ha causado más catástrofes que las que hayan podido causar todas las centrales nucleares del planeta: Vertidos de crudo en el mar por hundimiento de petroleros o plataformas (http://www.elpais.com/articulo/sociedad/vertidos/mar/graves/ultimos/anos/elpepusoc/20100430elpepusoc_3/Tes), guerras a causa del control de zonas petroleras (en Oriente Medio, en Sudamérica…), deforestaciones, contaminación, pérdida de hábitat y de especies, cáncer en la población… ¿Quién ha evaluado esto? Nunca ha sido tan encarnizado el debate acerca de si seguir contando con el petróleo como motor energético o no, y no creo que se haya tenido en cuenta la experiencia en este sector para abordar la viabilidad de la seguridad en la energía nuclear. No es un canto a favor de las centrales nucleares, sino a favor de la equidad y de la racionalidad para abordar el debate.

Apliquemos un poco de sensatez a la dialéctica “nucleares si-nucleares no” (y olvidemos por favor el “ya lo advertí”). Lo que es de insensatos es no realizar mejoras en la seguridad de las centrales nucleares existentes, en años (habrá protocolos de actuación, pero ¿se han actualizado?). Del mismo modo que es insensato no realizarlas igualmente en la seguridad y mantenimiento de oleoductos, gaseoductos, centrales térmicas, hidroeléctricas… ¡cuantos accidentes de presas, inundaciones, deforestaciones y, sobre todo, pérdidas humanas se podrían haber evitado! No importa si existe una sola central nuclear o varias, un solo oleoducto o varios, en cualquier caso la seguridad ha de ser siempre revisada, constantemente mejorada y ampliada, pero en todo tipo de centrales energéticas, no sólo en las nucleares. Y si estas necesitan un mayor esfuerzo (y su conservación es necesaria de verdad, no para generar beneficios económicos a promotores), habrá que realizarlo. Y si en todo caso, son obsoletas, deficitarias, ineficaces, o mortíferas, tiene que abordarse su desmantelamiento de forma inmediata, sin debates posibles, pero sin esperar a que otro desastre nos cause pánico ¡Que error tan grande es esperar a que truene para acordarse de Santa Bárbara!

AlmaLeonor 

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