EL DIARIO DOWN: EL BÁLSAMO DE LAS PALABRAS

EL DIARIO DOWN: 

june_08_02

Este es un diario que ha abierto el escritor Francisco Rodríguez Criado en su ya magnífico blog “Narrativa Breve“, para dedicarle a explicar(se) los sentimientos y acontecimientos que van a protagonizar su vida tras venir al mundo su primer hijo, Francisco, con Síndrome de Down. Él mismo dijo en la primera entrada que “escribir sobre mi experiencia con el síndrome de Down no es solo un ejercicio literario (que también): es un ejercicio de supervivencia emocional, es un intento de sujetarme con fuerza titánica a la cuerda floja“.

Pues Francisco, el padre, no solo se ha mostrado en este diario como lo que es, todo un padrazo y un gran escritor, sino que está superándose con cada uno de sus “ejercicios literarios”.

Después de leer la entrada que voy a reproducir más abajo, recordé que yo misma había caído en el mismo “sentido ominoso” de unas palabras que son silencio: Siento mucho haberle escrito a Francisco Rodríguez Criado el consabido “no sé que decirte“. Ahora sí que sé que decirle y es que ese “bálsamo de las palabras” solo es efectivo si lo dispensa un buen “médico”. Y él lo es. Felicidades pues, Francisco, eres de los mejores “cirujanos de las palabras” que he conocido. Y ese es un buen talismán para que a uno, y a su hijo, a su familia, le vayan bien en la vida. Porque las palabras no son solo las que se escriben para el público, son también las que uno se dice a sí mismo. Y las tuyas son grandes Francisco. Muy grandes.

Este puñetero mundo siempre seguirá girando“, dice el autor. Y yo tomo prestadas las palabras de su editor para repetir que Francisco Rodríguez Criado sigue girando  a lo grande pese a todo. ¡Gracias!

El Diario Down puede seguirse pinchando aquí.

EL BÁLSAMO DE LAS PALABRAS.

Los días siguientes al nacimiento de Francisco los recuerdo como una pesadilla, como si yo fuera un personaje de cuento de Horacio Quiroga inmerso en la selva de la adversidad, presa de un entorno endiablado que conspiraba contra mí.

Pasaba los días entre el hospital, el supermercado y la farmacia, y el poco rato libre de que disponía para dormir lo empleaba tratando de buscar un lugar de acogida provisional para la fogosa Betty (40 kilos de cruce de mastín y labrador), a quien no podemos dejar sola en casa por la noche porque sufre ansiedad por separación (en esta vida todos sufrimos algún tipo de síndrome, querido mío).

Pero el mundo seguía girando. No llegaba el carrito del nene que tenía pedido desde hacía semanas, no podía ducharme con agua caliente porque justo un día antes del parto se había estropeado la caldera, no podía dormir porque salía del hospital de madrugada y regresaba a él pronto en la mañana, nadie quería o nadie podía alojar a la hiperactiva Betty… pero el mundo seguía girando. Esa es una revelación que descubrí hace demasiado: el mundo va a girar siempre, al margen de tu circunstancia. Tendrás un cáncer y seguirá girando. Tendrás una depresión y seguirá girando. Se morirá tu padre y seguirá girando. Este puñetero mundo siempre seguirá girando.

Cuando telefoneé a la tienda para preguntar por qué se retrasaba tanto el cochecito del niño, no obtuve más que evasivas (hoy día sigo sin saber por qué tardó tres semanas en llegar a casa). La encargada llegó a insinuar que no tuviera tanta prisa, que aún había tiempo.

–Se equivoca –le dije–. El niño ha nacido prematuro.

–¿Y qué tal el parto? –preguntó.

–Podría haber sido manifiestamente mejor.

La mujer, por empatía o por simple curiosidad, siguió preguntando:

–Francisco tiene síndrome de Down –dije.

De repente se quedó sin palabras, y cuando habló lo hizo solo para confirmar el sentido ominoso de su silencio.

–No tengo palabras –dijo–. Menuda papeleta tenéis.

Entonces fui yo quien se quedó mudo. Esperaba algo más de una persona que gestiona una tienda de bebés. ¿Tan malo es tener un niño con síndrome de Down? Puede que yo mismo hubiera actuado con tanta torpeza si un amigo me comunicara que su niño había nacido con un cromosoma 21 de más… pero yo no me dedico al mundo infantil. Mi falta de tacto hubiera sido hasta cierto punto comprensible.

Sus palabras (o su falta de palabras) no hicieron sino aumentar mi desazón durante aquellos días en los que las escasas energías que me quedaban las dedicaba a llorar. (Los tipos duros no lloran, noveló Norman Mailer). Al terminar la conversación telefónica me miré en el espejo y no vi a un tipo duro de novela americana sino a un presidiario (con todos mis respetos para este sufrido colectivo).

Ahora sabía que las circunstancias de mi paternidad son de esas que dejan al personal sin palabras. O con pocas (y torpes) palabras.

Al día siguiente acudió a nuestra habitación del hospital una anestesista que es madre de una niña Down. Venía con una sonrisa en los labios (perdón por el tópico: ¿dónde va a acomodarse una sonrisa si no es en los labios?) y venía cargada de palabras de ánimo. No dijo “Tenéis una buena papeleta” sino “Felicidades. Sé que os parecerá exagerado, pero tener un niño Down es una bendición. Yo tengo una niña Down y también dos niños normales, y sé de lo que hablo. Este niño os va a hacer muy felices”.

Aquellas palabras y las que pronunció durante el transcurso de una charla de hora y media transmitían una electrizante energía positiva, ¿pero por qué yo no paraba de llorar mientras las escuchaba? ¿Qué significa realmente tener un hijo Down: una buena papeleta o una bendición? ¿Dónde cojones está el sentido de la vida? ¿Qué somos, quiénes somos, adónde vamos? ¿Por qué siempre a mí? Había comenzado el año en cama, con un doloroso pinzamiento de nervio ciático que no me dejaba moverme un solo centímetro, y ahora esto… Comienzas el año en Urgencias y lo terminas en una habitación de hospital, narcotizado por los acontecimientos. Pero alegra esa cara, chaval, que la vida son cuatro días.

Aquella noche regresé a casa a las tres y media de la madrugada, muerto de sueño, un sueño que pese a su insistencia yo no podía conciliar. Antes de acostarme me miré en el espejo: seguía teniendo cara de presidiario.

Pero a la mañana siguiente obró el milagro. Cuando desperté, el dinosaurio de la desolación ya no estaba allí. Habían desaparecido el miedo, la sensación de fracaso, la angustia… Ya que la realidad no iba a cambiar, me dije, habrá que enfrentarse a ella. Luchar con “esa papeleta” o disfrutar “la bendición”, qué más da, me animé con estoicismo de urgencia: de aquí a cien años, todos muertos. Lo que tenga que pasar… pasará. Pero ahora al menos me consolaba el bálsamo de las palabras. ¿Qué había hecho yo en los últimos quince años sino escribir y leer palabras, buscando en ellas algo parecido al consuelo? ¿Acaso no había sido un poco más feliz gracias a los cuentos de Marco Denevi, los poemas de Jaime Sabines, las novelas de Isaac Bashevis Singer, los ensayos novelados de Milan Kundera, los haikus de Basho, los ensayos filosóficos de Ortega y Gasset? ¿No había sido un poco más feliz dándole forma a mis propias palabras, pariendo un libro tras otro? Seguía teniendo a mi disposición mi exhaustiva biblioteca (ay, la casa como un almacén de libros). Contaba con el apoyo de los grandes escritores y con las palabras de mi querida anestesista. Y, por si fuera poco, el síndrome de Down comenzaba a revelarse como un tema literario, el tema literario del año. A lo mejor yo necesitaba sufrir un poco antes de volver a escribir desde el desgarro…

Por si necesitara una confirmación, una prueba, una confidencia de que había obrado en mí el cambio, recibí una llamada telefónica a primera hora:

–Francisco, disculpe las molestias. Por fin hemos recibido el carrito.

¡La epifanía estaba en marcha! Feliz del giro de los acontecimientos, me duché sin reparar en el agua fría y me afeité. Y me miré en el espejo, ahora sin recelo: el destino podría seguir vapuleándome a su antojo, como era costumbre en él, pero yo ya había dicho adiós de una vez por todas a mi vida de presidiario.

Francisco Rodríguez Criado

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