ANÉCDOTA-37: EL CURANDERO

ANÉCDOTA-37: EL CURANDERO

¡Desde el 2012 no ponía una anécdota!

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Hay veces que la publicidad sí que funciona. Aunque solo sea para no hacerla caso directamente, o para que te envíe un aviso más que subliminal.

Este anuncio en un vehículo ya de por sí con un color muy dado a las supersticiones, es una sumarísima invitación a no acudir a otro profesional que a un oculista, porque uno se deja los ojos tratando de entender que es lo que dice… A la tercera (si necesitas más, mejor dejarlo) entiendes por fin que pretende publicitar a alguien que se precia de sanar (“secura”) órganos tan vitales como el hígado (“Eligado”) y los riñones (“iloriñone”). El teléfono paso de entenderlo porque, de verdad, que no creo que nadie lo necesite. Yo desde luego no, aunque tuviera dichos órganos hechos papilla.

El caso es que esto me ha recordado la única vez en la vida en la que acudí a un curandero. La única vez en la vida que acudí y que acudiré… han leído bien, ¡en la vida! porque si es verdad que no se puede decir nunca “de esta agua no beberé”, sí que soy capaz de afirmar con contundencia que mientras mantengan intactas mis facultades mentales (y aún con ellas tocadas, me atrevería a decir), no acudiré a otro mientras viva.

Pongo en antecedentes: Estaba yo en la maravillosa isla de La Palma de Gran Canaria y tuve la malísima idea de romperme el tobillo al segundo día. Claro que no lo sabía entonces, lo supe una vez llegué a casa y fui a mi médico: Rotura parcial del maléolo del peroné. Casi un mes de baja, escayola, muletas y un montón de complicaciones más que no vienen a cuento, incluido un mensaje malicioso de alguien en el trabajo que provocó hasta una protesta de algunos compañeros porque habían llegado a pensar que había fallecido… En fin.

Entonces solo sabía que me dolía mucho y que aquello tenía visos de ser una complicación a la hora de tomar un avión y volver a casa. No sé por qué pensaba que si acudía al médico y veían el tamaño y color que estaba adquiriendo mi tobillo, no me dejarían volver a casa en avión… cosas que se le cruzan a una por la cabeza… Total que no quería ir al médico. Y me convencieron para ir a un “curandero buenísimo, buenísimo”.

La primera impresión es la que cuenta… ¿Por qué no haré yo caso más a menudo de la fraseología popular? Pues aquel sitio apestaba… pequeño, sucio, cutre a más no poder, desordenado, triste… nos recibió un tío enorme sudoroso y en camiseta que nos mandó pasar a una “sala de espera”, la peor habitación que he visto nunca, aunque al menos había donde sentarse, lo que con mi pie “chungo” fue todo un alivio. Al cabo de un ratito mi marido y yo entramos en “la consulta”. Me hacen sentarme en una silla y enfrente de mí, en una sillita baja que parecía que no aguantaría su peso, se sienta el hombre aquel con cara de pocos amigos y parco en palabras. Le cuento lo que hay y entonces coge un enorme tronco de madera negra, bueno no, de color madera sería en origen, pero que en esos momentos estaba hasta repulida por el toquiteo… Lo primero que me vino a la cabeza, no obstante, no fue su aspecto cromático sino su función práctica ¿pensaba curar mi tobillo a base de “troncazos”? Pues casi…

La operación consistió en pasar el troncho susodicho por todo mi tobillo, pie, empeine y planta… luego sujetando fuertemente dedos con una mano y tobillo con la otra me retorció el pie hasta hacerme un daño infinito, para luego embadurnarme toda la parte amoratada con un mejunje que sacó de un frasco sin etiquetar y que olía a cuerno quemado (¡dios! ¿No sería en realidad “cuerno quemado”, verdad?) y me vendó todo el tobillo fuertemente con unas vendas, afortunada y aparentemente limpias (pero que en cuanto llegué a casa me apresuré a cambiar por otras de farmacia, fuertemente colocadas por mi marido que fue lo que me evitó males mayores). Terminó toda la operación con una sesión más larga de “troncoterapia” y me dio la venia para salir… y pagar en la puerta “la voluntad”. Por mí, hubiese pagado con “troncodólares” de los Picapiedra, pero algo le dimos, aunque no recuerdo cuánto. El caso es que no noté ningún alivio y si un dolor tremendo cuando me manejó el pie.

Al salir, aún me dio tiempo a volver a leer el cartel que figuraba en la entrada y que me había preocupado desde que, ya en la sala, vi el enorme tronco de madera repulida que manejaba el “curandero”. El cartel decía algo así como:

“Se curan todo tipo de torceduras y almorranas”

… ¿El tronco…? no, no, no puede ser… No.

AlmaLeonor

 

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