LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO

LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO

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“El tratadillo, burla burlando, es de veras. Tiene cosas de las cosquillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj que dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que lo han de leer unos para otros, y nadie para sí. Hagan lo que mandaren, y reciban unos y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar a un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de ser una hora en toda su vida.”
                                           Francisco de Quevedo (1580-1645)

Esta obra del insigne poeta del siglo de oro español, dedicada a Don Álvaro de Monsalve (que era canónico de la Santa Iglesia de Toledo), es un compendiado tratado de moral donde va señalando con su prosa magistral, su fina ironía y sus calculadas dosis de humor, todos los males de su época.

A lo largo de la obra critica tanto a los reinos peninsulares, como a los de Italia , Francia, Inglaterra, los turcos, grupos sociales, costumbres… y también censura a personajes (médicos, letrados, litigantes…), damas de su tiempo y sus excesivos afeites (“se ahumaban las cejas y se enceraban los labios“), a ladrones, ministros o gentes vinculadas al poder que se aprovecha del pueblo para enriquecerse. Quevedo se despacha en esta obra contra todos los enemigos de la época de aquella España decadente que tanto amaba y que tanto le dolía. Pero no utiliza nombres propios, sino que se sirve de un sutil lenguaje irónico que le permite acusar sin decir, un modo como otro cualquiera de “cubrirse las espaldas” ante posibles detractores o acusadores. No hay que olvidar que Quevedo fue un férreo detractor del Conde Duque de Olivares, motivo por el que había sufrido prisión y destierro, y aunque ya no era valido cuando Quevedo escribió la obra (1645), aún debía ser prudente, incluso en fechas tan cercanas ya a su muerte.

 “Para las enfermedades de la vida, solamente es medicina preservativa la buena muerte”.

En un plano de irrealidad, la historia transcurre en el Olimpo, el mundo de los dioses, aunque todas las escenas transcurren en España. A lo largo de toda la obra Quevedo va desengranando lo que piensa de esa corrupta España llegando incluso a exponer una posible solución a los problemas humanos ofreciéndoles la oportunidad de quejarse ante Júpiter sobre los avatares de la Fortuna que tan veleidosamente reparte sus gracias.  Pero finalmente, todo queda como al principio: El mundo es y seguirá siendo el mismo… un caos.

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Capítulo VII

Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entreambas partes. Otro, incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas: «Dios se la depare buena» y «dé donde diere». Otro, caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en alegar sueño, estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría, sentenciando a trochemoche. Otro, que era doto y virtuoso juez, estaba como vendido al lado de otro que estaba como comprado, senador brujo untado. Este alegó leyes torcidas, que pudieran arder en un candil, y trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al pronunciarla les cogió la Hora, y en lugar de decir: «Fallamos que debemos condenar y condenamos», dijeron: «Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos.» 

«Ese sea su nombre», dijo una voz. Y al instante se les volvieron las togas pellejos de culebras, y arremetiendo los unos con los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se veían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas y para ellas, por lo cual las competía la zalea jurisconsulta.

Francisco de Quevedo.

 

Fuentes: EntrelectoresPortalsolidario, Wikipedia, Ataun. Pinchando en las imágenes lleva a su fuente.

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