HISTORIA CON ALMA: EL NOMBRE DE LOS CONTINENTES

HISTORIA CON ALMA: EL NOMBRE DE LOS CONTINENTES

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El domingo 23 de Noviembre, un nuevo programa de Tempus Fugit dedicó la sección HISTORIA CON ALMA, a los CONTINENTES. Fue la primera parte de una explicación acerca de como hemos terminado por nombrar a los continentes de la tierra. El cuerpo central del programa estuvo dedicado a los Crop Circles y el Black Metal.

ferPara escuchar este programa, pinchad en la imagen o aquí en el Podcast. Para acceder a HISTORIA CON ALMA, está a partir del minuto 0:36:18

LOS CONTINENTES (1): Europa, Asia y África.

Hoy vamos a seguir hablando de nombres en la Historia…  vamos a tratar de conocer cómo se dieron los nombres de los continentes tal y como hoy los conocemos. En primer lugar tenemos que definir la palabra “continente”, que el DRAE define como “cada una de las grandes extensiones de tierra separadas por los océanos”, pero en realidad hace referencia a una extensión terrestre (incluyendo islas) que forma una unidad definida no solo por conceptos geográficos (sobre todo las masas de agua de las que habla el diccionario), ni solo geológicos (las placas tectónicas sobre las que se sustentan), sino también culturales. Pero todas estas cuestiones plantean dificultades en las divisiones continentales, sobre todo en lo que se refiere a los tres continentes a los que nos vamos a referir hoy, Asia, Europa y África.

Bien, así que nos vas a explicar una duda que muchos de nuestros lectores tendrán. Por qué los continentes tienen los nombres que tienen y que herramientas usamos para averiguarlos.

Una de las principales herramientas con las que cuenta la Historia es la Etimología, que es la ciencia que se ocupa del origen de las palabras y también de buscar su auténtico significado. Junto con la Lingüística, que se ocupa de la estructura y la historia de las lenguas, se han resuelto, o han contribuido enormemente a resolver, algunos problemas históricos importantes… Pues bien, la Etimología y la Lingüística nos ayudan a saber el origen de algunos de los términos con los que denominamos todos los lugares conocidos, pero también necesitamos, en ocasiones, apoyarnos en otras disciplinas, en otros tipos de información, como por ejemplo la Mitología e incluso la Religión.

Para empezar, fue en Grecia, de nuevo en Grecia, donde encontramos que el mundo conocido de entonces era ya dividido por los griegos en tres partes. Partiendo del Egeo, que ellos consideraban “el centro del mundo” tenemos: 1) las tierras por donde sale el sol al este, que eran las tierras de los persas; 2) el occidente por donde se oculta el sol, el ocaso, que eran las tierras conocidas por los griegos; 3) y el sur, que era la tierra donde se encontraba lo que ellos conocían como Libia y Egipto. La etimología de las palabras que hoy identificamos con esos lugares: Asia, Europa y África, se corresponde, más o menos, con esas consideraciones griegas, aunque los límites y divisiones hayan sufrido, desde la antigüedad continuos debates y discusiones.

Perfecto, comencemos por Asia, Alma.

Asia, parece ser que deriva de una palabra asiria (aszu) con reminiscencias de otros vocablos mesopotámicos y también fenicios, que tenían el significado de “salida del sol”. También hubo un arqueólogo alemán afincado en Turquía, Helmut Bossert (1889-1961) que en un estudio sobre Asia publicado en Estambul en 1946, quiso ver una conexión con un grupo de pueblos de anatolia (los Assuwa o Assus) que en todo caso se situaban al este de la Hélade, al este del mundo griego.

Por cierto que de estos pueblos antiguos de la actual Turquía, los Assuwa, solo conocemos lo que cuentan de ellos las fuentes hititas o egipcias, por lo que podríamos situarlos en la Protohistoria de la que hablábamos en el primer programa, si os acordáis. Y antes de continuar quería decir una cosita respecto a los griegos. Grecia no era una unidad política, ni siquiera era una unidad étnica y mucho menos geográfica, era la Hélade (Grecia en griego), y sus habitantes eran helenos, su endónimo (el modo como se llamaban a sí mismos), tal y como lo refirió Heródoto, al que ya conocemos muy bien, que hablaba de pelasgos, dorios, jonios y helenos, éste, decía, un “nombre que concluyó por significar el cuerpo entero de la nación griega.”

El nombre de Hélade surge aproximadamente entre el 1200 y el 750 a.C., cuando se unifica, de alguna manera, el sentimiento de pertenencia a una unidad cultural griega, una forma griega de ser y de vivir, de entender la religión, e incluso de participar de una lengua común griega, aunque existiesen variantes locales. Luego cada uno era de su origen: beocio, cretense, ateniense, espartano, etc., Pero el concepto de Hélade y el sentimiento griego se aplicaba a todas aquellas tierras habitadas por griegos, en resumidas cuentas, el occidente del mundo opuesto a ellos, que era Asia, el oriente. Así, la palabra «Ασία», en griego, que fue nombrada por Heródoto al referirse a los persas en su obra, acabó denominando el continente entero y más adelante latinizándose en Asia.

¿Europa tiene un origen parecido, verdad? 

Europa tiene un origen parecido, pero en el extremo contrario. Fijaos en este sentido la  importancia que para la humanidad ha tenido siempre el movimiento de los astros que acabaron originando incluso topónimos… Pues bien, si el sol sale por el Este, se pone por el Oeste, y el ocaso, el poniente del mundo oriental, era nombrado también con una palabra de origen mesopotámico (en asirio, ereb), e incluso semítico, con el significado de “ponerse el sol”. Hace referencia al occidente para la perspectiva digamos asiática, o del medio oriente al menos, y que, en origen, designaba la tierra continental griega, por lo que los griegos acabaron adoptándola.

Luego está la mitología. En la mitología griega aparecen ambas, Europa y Asia con unas connotaciones parecidas a su situación continental. Apolodoro de Atenas (c. 180 a. C.-119 a. C.) habla de Asia como una ninfa, una oceánide, originaria de Troya o al menos de una tierra en lo que hoy denominaríamos Asia Menor, origen por lo que se le atribuye su nombre… Y Europa, en la mitología griega, era una princesa de Tiro, es decir de origen fenicio, oriental, que fue raptada por el dios Zeus transformado en un toro blanco y llevada a la isla de Creta, es decir al occidente de su tierra asiática, a la Europa griega, donde acaba engendrando a Minos, el legendario rey de Creta, origen de la leyenda del Minotauro.  

África era la gran desconocida en la antigüedad, ¿verdad? 

De África los griegos solo conocían la franja bañada por el Mediterráneo, al sur de la Hélade, que llamaban Libia, y también el Bajo y Alto Egipto, tierras que llegaban hasta Sudán y Etiopía. Los griegos no daban un nombre común a todo este territorio y ni siquiera consideraban la posibilidad de que fuese un “continente”. Sí que tenían una palabra, aphriké (que significa “sin frío”) que se ha querido relacionar como origen de África, pero no es una relación muy aceptada.

La RAE dice que deriva del latín afrĭcus (que significa soleado, lo que se parece mucho a la denominación griega), y ese sí que parece ser su origen más certero, al menos es el más aceptado. Hay otras sugerencias, como que deriva de un término, Afri, con el que los romanos designarían a un pueblo de esta zona, aliado de Cartago, que era la potencia que dominaba parte del norte africano hasta la conquista romana tras varias Guerras Púnicas, que finalizan en 146 a.C. etc.

Cuando Roma vence a los cartagineses domina todo el norte africano desde el atlántico hasta Egipto, territorio este que, por cierto, no consideraban parte de África, sino de herencia Helenística, una conquista de Alejandro… y Roma dividió el territorio en provincias administrativas que remodeló varias veces (llegaron a ser hasta ocho), pero que pueden resumirse así: Mauritania (Marruecos y gran parte de Argelia); Numidia (el resto de Argelia); África (Túnez y parte de la costa Libia, la zona cartaginesa); y la Cirenaica (Libia, el territorio conocido por los griegos hasta Egipto). Toda esta zona fue romana hasta la conquista musulmana a finales del siglo VII y el nombre de África terminó por nombrar a todo el continente.

Hay otras interpretaciones, como la que dio Flavio Josefo (37-101), un historiador judío quien afirmaba que el nombre de África deriva de la Biblia, de Epher (o Afer), quien en el Génesis (25:4), aparece como el hijo de la tercera esposa de Abraham. Y algún historiador musulmán defendió, en el siglo X, el origen de África desde un término árabe, Ifriqiyah, una ciudad de la Berbería (todo el norte africano, Marruecos, Argelia, Túnez y Libia) que acabaría dando nombre a todo el continente al oeste del mar rojo. Aunque lo más aceptado por los historiadores es que sucedió precisamente al revés, que los árabes, tras la conquista del territorio romano, adoptaran ese nombre derivado del latín Africus.

Y así es como estos tres continentes son conocidos hasta el fin de la Edad Media, cuando aparece una representación como “El mundo T en O”, el mapa Orbis Terrarum, una representación teológica del mundo dentro de un círculo con los tres continentes separados por los mares en forma de T mayúscula, cuyo primer ejemplar conocido está realizado  en 1472 por Günther Zainer un impresor de Augsburgo, que ilustró de esta manera la primera página del capítulo XIV de las Etimologías (627-630) de Isidoro de Sevilla (556-636), quien utiliza, precisamente las etimologías de las palabras para sus explicaciones, pero donde los continentes aparecen como dominios de los hijos de Noé: Sem (Asia), Jafeth (Europa) y Cam (África).

Para el próximo programa abandonaremos el “viejo continente”, para adentrarnos en los Mundos Nuevos que se van a descubrir para la historia a partir del siglo XV, empezando por América, pero también Australia (u Oceanía) y la Antártida. Por hoy ya hemos “viajado” bastante.

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Y finalmente el pasado domingo 4 de Enero de 2015, en el primer programa del año de Tempus Fugit,  terminamos de explicar el origen de los nombres de los continentes en lo que Antonio llamó “la nave de la Historia de Alma“, nuestra sección, HISTORIA CON ALMA. En este caso la primera parte del programa estuvo dedicada a la novela de Jorge Ramos, “El Secreto de Tiamat“.

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Para escucharlo, como siempre, pinchando en la imagen o aquí, en el Podcast. Historia con Alma a partir del minuto 0:44:21

LOS CONTINENTES (2): Los Mundo Nuevos.

Vamos a retomar la explicación acerca de los continentes que dejamos pendiente, empezando por decir que ni en esto hemos conseguimos ponernos de acuerdo. Así, tras el descubrimiento de América, a los tradicionales 3 continentes (África, Asia y Europa tal y como se conocían durante la Edad Media) se suma esté, se suma América (con lo que ya son 4). Después se contó con Australia (Oceanía considerando las islas, una denominación más tardía), con lo que suman cinco, que es el modelo de cinco continentes que utiliza la ONU y que aparece simbolizado en los cinco anillos olímpicos (un diseño de 1913), y que hace referencia a los continentes “habitados”. Pero hay quien piensa que habría que sumar la Antártida a este conjunto, y ya serían seis; e incluso quien ofrece otros modelos continentales: por ejemplo uno en el que Asia y Europa formarían Eurasia; otro que une estos dos continentes con África formando Eurafrasia; y una tercera proposición, surgida en el siglo XIX en la que aparece América dividida en dos continentes: Norte y Sur (y aún mencionaremos una más un poco más adelante).

Y como dijimos, empezaremos por América. El nombre de América tiene un origen más conocido y no es etimológico, ni mítico ni religioso. Es la feminización del nombre del navegante de origen florentino Américo Vespucio (Amerigo Vespucci, 1454-1512).

¿Por qué el continente descubierto por Cristóbal Colon no lleva su nombre o el de Indias occidentales, utilizado por la Corona Española durante todo el periodo de Conquista y Colonización, e incluso hasta más tarde? (más o menos, podría ser lo que queráis…)

Este “nuevo mundo” no lleva el nombre de Colón porque él nunca llegó a saber o nunca reconoció haber arribado a otro lugar que no fuesen las buscadas indias orientales, en Asia o, decía el Almirante, a “unas tierras pegadas a Asia”. Américo Vespucio viajó a las Indias en varias ocasiones y en 1502 publica un opúsculo con el relato de sus viajes (en realidad una carta dirigida a Lorenzo de Médicis, para quien había trabajado) en el que dice haber estado en un “Mundus Novus”, un mundo nuevo, decía así en su carta: “Al sur de la línea equinoccial, en donde los antiguos declararon que no había Continente, sino un solo mar llamado Atlántico… yo he encontrado países más templados y amenos, de mayor población que cuantos conocemos. Es la Cuarta Parte de la Tierra” (recordemos que hasta ese momento se reconocían tres continentes). 

En España, durante los siglos XVI y XVII se utilizó el nombre de “Las Indias Occidentales” para referirse a todas las tierras descubiertas. En el siglo XVIII se empieza a utilizar el nombre de “América”, pero el órgano administrativo del que dependía, el Consejo de Indias, siguió utilizando esta denominación hasta su desaparición en 1834. El nombre más utilizado por el resto de naciones era el de Nuevo Mundo, aunque existían muchas denominaciones, como Tierra de Brasil, una denominación muy corriente entre los portugueses, entre otras cosas, porque Américo Vespucio había navegado bordeando Brasil para la corona portuguesa y suyos son algunos de los topónimos que hoy permanecen como Rio de Enero, Rio de Janeiro en portugués. Y estos viajes son los que le acabarían dando una idea de las enormes proporciones, proporciones continentales, de las tierras descubiertas.

Pero esto solo no explica por qué se da su nombre a todo un continente. A comienzos de siglo XVI, en 1507 concretamente, en Lorena (Francia), el cartógrafo y geógrafo germano Martin Waldseemüller (c. 1470-1520), decide editar los “Ocho Libros de Geografía” del gran Claudio Ptolomeo, cosmógrafo y cartógrafo del siglo I. Esa obra, iría precedida de un amplio prólogo con el título de Universalis Cosmographia, a cargo del poeta alemán Mathias Ringmann (1482?-1511).

Es en este prólogo donde Ringmann propuso la denominación de América para aquella “nueva cuarta parte de la tierra”, en honor, decía, a la “mente preclara de Américo Vespucio”, además de acompañarlo de una explicación propia acerca de por qué feminizaba el nombre del navegante, que básicamente era porque el resto de continentes también tenían género femenino (Europa, Asia, África). Y Waldseemüller se encargó de elaborar un mapa de América en el que estampó ese nombre, concretamente en Sudamérica, lo que es fácil de entender, ya que era la parte más descubierta y descrita. Y además, lo dibuja por primera vez, separado de Asia. Mientras, dice Francisco Morales Padrón (1924-2010), uno de los especialistas más reputados sobre el Descubrimiento de América: “Américo Vespucio, en Sevilla, permanecía completamente ajeno a lo sucedido, igual que Colon permaneció ajeno al conocimiento de un nuevo continente”.        

Bueno, ¿Y qué pasa con el resto de continentes? 

Pues nos quedaría hablar de los últimos continentes “descubiertos”, es decir, los últimos lugares que se dieron a conocer al resto del mundo. Primero Australia, que pese a ser un territorio ocupado por el hombre desde la prehistoria (hace casi 45000 años), no fue hasta principios del siglo XVII cuando llegan los primeros europeos, portugueses y holandeses principalmente, aunque fueron los ingleses quienes la poblaron y reclamaron para su corona en 1770. Sin embargo en un principio se consideró que Australia formaba parte del continente asiático y la discusión acerca de si debía ser tenido por un continente diferente duraría hasta el siglo XIX.

El origen de la palabra Australia deriva de la leyenda de la Terra Australis Ignota, “la tierra desconocida del sur”, que más que una leyenda, era una teoría de sabios griegos como Aristóteles, que fue muy difundida por Ptolomeo, que venía a decir que las leyes de la simetría terrestre evidenciaban que, al igual que había una masa de tierra al norte, en el Ártico, también debía existir una en el sur, por compensación. Así, esta “tierra desconocida” aparecía en algunos mapas medievales, y sobre todo durante la época de los grandes descubrimientos en los siglos XV y XVI.

Fue un navegante portugués Pedro Fernández de Quirós (1565-1614, Fernandes de Queirós) que estaba al servicio de la Corona Española, ya que por entonces Portugal y España formaban una misma corona, pues fue este hombre quien se decidió salir a buscar esta tierra ignota, llegando a bautizar con el nombre de Australia las islas a las que llegó, luego conocidas después como Nuevas Hébridas. Para cuando se llega a Australia, el nombre ya estaba aceptado y con él se quedó.

Posteriormente son muchos los que apuestan por el nombre de Oceanía (derivado de la palabra griega Oceánides, las ninfas protectoras de las aguas, de las que ya hemos hablado) para Australia, Nueva Zelanda y todo el conglomerado de islas diseminadas por el pacífico sur  para integrarlas en un continente. Aunque aquí también hay continuas discusiones académicas acerca de qué islas incluir en Oceanía y cuáles en Asia, sobre todo en lo referente a las Filipinas y también en otro casos como con las islas Hawái, que son de los EEUU, o la Isla de Pascua, que es de Chile y que pertenecerían al continente americano políticamente, y hay quien opina que deberían incluirse en Oceanía. Por ello el francés Charles de Brosses (1709-1777) en 1756, aportó el nombre de Australasia (el nombre continental que os dije al principio que faltaba) para englobar ambos continentes, que incluso en más de una ocasión a principios del siglo XX, se utilizó para unificar los equipos olímpicos de Australia y Nueva Zelanda… cosas del deporte.

¿Y la Antártida? 

La Antártida tiene casi el mismo origen que Australia, ya que se siguió buscando esa “tierra austral desconocida” que sirviera de contrapeso terrestre, y aunque algunos navegantes parece que llegaron a sus costas en el siglo XVI (como el mismo Américo Vespucio que pudo llegar a la Antártida en 1502, aunque al parecer lo que llegó a avistar fueron las Malvinas) pero no se oficializa hasta el siglo XIX con la llegada, hacia 1820, de Charles Wilkes (1798-1877), quien llevó a cabo una famosa expedición norteamericana alrededor del mundo, y que fue quien describió el territorio como un continente en 1838. Su nombre deriva, como no, del griego.

La palabra griega arktikos (αρκτικως), que significa “de la osa”, ya señalaba la estrella Polar que marca el Polo Norte. Pues bien, lo contrario, en griego, sería antarktikos (ανταρκτικως), que literalmente significa “opuesto a la osa”, y que fue utilizado por primera vez por el cartógrafo escocés John George Bartholomew (1860-1920) en 1890.

Y solo me queda decir que espero que este fantástico, ignoto y enorme continente (tiene más extensión que Europa), donde se encuentra el Polo Sur terrestre, siga siendo considerado patrimonio de la Humanidad entera y quede fuera de disputas territoriales y políticas.

AlmaLeonor

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