HURACANES Y AURORAS BOREALES

HURACANES Y AURORAS BOREALES 

tornadoMadridHuracán de Madrid 12 de mayo de 1886 en La Ilustración Católica del 25 de mayo.

Ahora que estamos sufriendo los últimos coletazos de una ola de frío que nos ha dejado más nieve y mal tiempo del que creeríamos ver en estas fechas, me viene a la memoria algo que leí cuando estaba preparando mi Trabajo de Fin de Master: En España se tiene constancia de más de un fenómeno atmosférico extraño en estas latitudes, como Huracanes o Auroras Boreales, que tuvieron lugar en los siglos XVIII y XIX. Afectaron a buena parte de España, incluido Valladolid. Así que vamos a saber un poco más de ellos.

EL HURACÁN DE 1842 

huracanHuracán de 1842 en la Península Ibérica. Manuel Rico y Sinobas (1853)

Su desarrollo, trayectoria y consecuencias fueron recogidas en el “Estudio del Huracán que pasó sobre una parte de la península española el día 29 de octubre de 1842” (Memorias. Serie Primera. Tomo III. Parte 1.), realizado por el Corresponsal Nacional y académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina, el vallisoletano Don Esteban Manuel Rico y Sinobas (1819-1898), con fecha del 27 de mayo de 1853, y que se encuentra en el archivo de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España.

El estudio recoge algunos datos de huracanes ocurridos en fechas anteriores, por ejemplo, uno que pasó el 25 de octubre de 1722 por las Islas Canarias causando derribos de árboles, edificios y otros destrozos. Otro huracán reincide en las islas el 7 y 8 de noviembre de 1727, esta vez acompañado de tormentas eléctricas.

El que llega a Valladolid se originó en las costas de Veracruz en octubre de 1842, desde donde pasó a Florida y de ahí a las Bermudas, “justificando con su presencia el elegante y poético nombre que las dio Shakspeare, de ‘siempre atormentadas’ (still-vexed Bermoothes)”, dice románticamente el informe. El intrépido huracán siguió su camino atlántico alcanzando  las islas de Madeira y Portosanto los días 27 y 28 de octubre causando más pérdidas y destrozos, y a las costas africanas de Cabo Blanco y el Espartel entre el 28 y el 29.

vince003Posibles trayectorias del huracán de finales de octubre de 1842.

Cuando entra en la península, por la bahía de Cádiz, las noticias del huracán son demoledoras:

“En la bahía de Cádiz el ruido de la mar, como precursor de la tempestad y el viento, principiaron a ser imponentes al cerrar la noche del 28 de octubre, durante la cual el viento arreció hasta las 4h y 30m de la mañana del 29, en cuya hora se declaró el huracán desecho, originando grandes averías en todos los barcos y muchos árboles tronchados, arrastrando los puentes de S. Pedro y el de S. Alejandro.”

El huracán atravesó Andalucía arrancando árboles, causando derribos de edificios y construcciones, y embarrancando hasta  40 embarcaciones de cabotaje, solo en San Lúcar de Barrameda, además de perderse “enteramente dos Polacra, un Bergantín-Goleta y un Charanguero”. Resultaron así mismo “muy averiados, pero con posibilidad de salvarse, una Polacra, un Místico, el vapor Delfín” y algunos navíos extranjeros como un Bergantín inglés, una Goleta rusa y, en Málaga, el Bergantín francés Doumesnil.

Siguiendo su camino interior, el huracán afectó a Sevilla, Lebrija, Castillejo de la Cuesta, Utrera, Moron, Carmona, Ecija… todo ello acompañado de ráfagas de viento de tanta violencia que arrancó chimeneas que permanecían en el aíre unos instantes antes de caer al suelo a bastante distancia: “Hubo personas que aseguraban, que la columna de viento apareció como una nube de humo acompañada de ruido espantoso.” Un marinero pereció en el Guadalquivir “arrebatado por el viento” y otras personas, dos hombres, un niño y una mujer, resultaron heridas en Marchena.

Siguiendo su recorrido peninsular, afectó a la provincia de Huelva y al Algarve portugués antes de entrar, por la cuenca del Tajo, en Extremadura, donde las crónicas señalan de nuevo un “viento espantoso” y torbellinos que se dejaron sentir desde las 11 de la mañana a las 3 de la tarde “arrancando millares de encinas y otros árboles”, destrozando campos y edificios, además de venir acompañados de tormentas eléctricas que asustaron a los extremeños el día 28.

“Como precursora se dejó ver una avutarda huyendo del temporal; pero a pesar de sus esfuerzos por marchar hacia Levante fue arrastrada hacia el Norte. También se observó que los pájaros, acudiendo durante la tempestad al abrigo de los edificios, se dejaron coger en todas partes, temerosos del viento que corría.”

Solo había tardado 6 horas en llegar desde Cádiz a Badajoz, a una marcha de 6 leguas por hora, el doble de la que había empleado al cruzar el atlántico. Tal fue la violencia de su paso por la península, donde siguió causando importantes desgracias en Toledo, Aranjuez, Madrid, Cuenca, Guadalajara… Al llegar a la Cuenca del Duero sus efectos devastadores fueron menos perceptibles, pero aun así en Valladolid se presentó acompañado de tormentas eléctricas y lluvias constantes durante dos días, lo que hizo que las aguas crecidas arrastrasen troncos, arena, barro y demás escombros, rompiendo estribos y pretiles del Puente del Matadero en el Esgueva.

Las riadas de este año en Valladolid fueron consideradas de las más importantes habidas en la Cuenca del Duero en los últimos 600 años. Y eso que Valladolid es una ciudad que ha sufrido constantes crecidas e inundaciones (tanto del Esgueva como del Pisuerga) a lo largo de este periodo, algunas tan importantes como la sucedida del 14 al 16 de enero de 1597, cuando ambos ríos vallisoletanos arrastraron más de 30 casas del barrio de San Juan; la del 3 y 4 de febrero de 1636 cuando las aguas del Pisuerga, que subieron más de 12 metros, llegaron a las puertas del Teatro, las del Esgueva hasta el hospital de Orates y murieron más de 150 personas; la de diciembre de 1739 cuando el Pisuerga saltó por encima del Puente Mayor y el Esgueva llegó al interior de la Iglesia de la Cruz; el desbordamiento del Esgueva en la madrugada de la Fiesta de San Matías de 1789; las varias crecidas repentinas que tuvieron lugar en los meses de marzo a mayo de 1831; o la trágica inundación por la crecida del Pisuerga el 12 de febrero de 1843.

Valladolid tampoco se libró del azote ventoso del Huracán de 1842. Las ráfagas de viento del S.O. aumentaron hacia las 4 de la tarde del día 29 y así se hace constar en las mismas actas municipales. Pero pareció perder fuerza a partir de nuestra ciudad para fenecer en las estribaciones de los Montes Carpetanos. Ya no siguió más allá pues no hay noticias de que llegara a afectar al norte peninsular.

LAS AURORAS BOREALES PATRIAS

aurora boreal

Dicen en Noruega que si sueñas con Auroras Boreales es indicador de éxitos. En el siglo XVIII, en zonas tan poco proclives a ellas como el Mediterráneo, no hizo falta que se soñara con Auroras Boreales porque se registraron hasta 80 visibles desde distintos puntos. El mismo académico anterior, Don Manuel Rico y Sinobas, nos cuenta en otro informe titulado “Noticia sobre las Auroras Boreales observadas en España durante el siglo XVIII y parte del XIX” (Memorias. Serie Primera. Tomo III. Parte 1.), fechado el 20 de enero de 1853, el avistamiento de varias Auroras Boreales en la península, que igualmente pudieron ser observadas en Valladolid.

Comienza explicando que estos fenómenos son llamados Luz Zodiacal y Auroras Polares, y que en España han sido conocidos varios casos, siendo la primera Aurora Boreal de la península, la que aconteció en 1701, observada por el matemático, teólogo y novator valenciano, padre Tomás Vicente Tosca (1651-1723), quien solo dice “que se vio un resplandor luminoso é intenso en Valencia durante la noche.”

aurora cartagenaPosible Aurora Borela observada en Cartagena el 28 de diciembre de 1743

Desde ese primer fenómeno son varios los episodios de Luz Zodiacal que se dejan sentir en nuestro país durante todo el siglo XVIII: En marzo y octubre de 1726 se puede ver desde las costas de Cádiz; en diciembre de 1757, en Asturias, vista por el padre Jerónimo Feijoo (1676-1764); en enero de 1770, en Córdoba, descrita por el insigne periodista Francisco Mariano Nipho (1719-1803) como “muy encendida desde las ocho de la noche hasta cerca del amanecer, y ocupaba la parte septentrional del horizonte y desde Oriente á Poniente, elevándose con gran sorpresa por su variedad de tintas hasta casi el cénit del observador”; El informe habla también de dos ocasiones en las que se pudieron ver Auroras Boreales en la localidad riojana de Fitero, en mayo y en octubre de 1777, descritas por el padre cisterciense del Monasterio de Fitero, Gregorio LarreaPero según un trabajo de los investigadores Enric Aragonès Valls y Jorge Ordaz Gargallo, del Museo de Geología de Barcelona, se trata de un error en la transcripción de la  fecha, ya que el Padre Larrea hace estas descripciones en 1787, diez años después:

“Puesto el sol se presentó por el Poniente un fenómeno de color muy encendido, con movimiento hacia Levante, donde permaneció con intensidad considerable hasta las 10h y 5m de la noche, á esta hora se extinguió repentinamente, avistándose en el ocaso cuatro columnas luminosas de color rojizo y de mucha extensión, dirigiéndose con movimiento paralelo hacia Levante, y cuyos extremos se perdían en el septentrión y hacia las regiones australes. Durante su paso bajo las estrellas del norte horologial é inmediatas desmereció visiblemente la luz ordinaria de aquellas por espacio de 4′ y 50″. La claridad notable de esta aurora permaneció toda la noche hasta el crepúsculo del dia 14, llegando á su máximo de luz sobre las 2h  y I5 m  de la mañana.”

En este año de 1787, entre el 13 y el 15 de Julio, el trabajo de estos investigadores barceloneses registra una “Aurora extraordinaria” que pudo verse a las 8 y media de la tarde en Valladolid. Así aparece reflejado en el famoso Diario Pinciano vallisoletano, por  el sacerdote, bibliógrafo y profesor de Teología de la Universidad de Valladolid, el mexicano José Mariano Beristáin (1756-1817)  :

“La extensión de la luz sobre el horizonte era como de 50 grados, y la elevación de los rayos de 30. En el centro la luz era roxa, y a trechos deformemente purpúrea. A las 10 me pareció iba a formarse un arco a la altura de los 20 grados, pero instantáneamente desaparecieron las señales, manteniéndose como 16 rayos de luz albicante, que permanecieron hasta las 11, en que todo el fenómeno se confundió, reduciéndose a una luz informe, semejante a una nube iluminada, pero de color de fuego muy obscuro que finalmente desapareció a las 11 y 40 minutos. En las noches siguientes observé algunas ráfagas en el mismo sitio, que duraron casi inmobles 3 horas.” (262) Diario Pinciano, nº 26, (1-08-1787), p. 291.

En las noches siguientes a la aurora del día 13, el Diario Pinciano asegura que se vieron “algunas ráfagas en el mismo sitio” por espacio de unas 3 horas. Y así suceden también en otros lugares como Valencia, Cartagena, Murcia, Madrid o Barcelona entre los años de 1743 y 1789. Pero a partir de este último año, dice el Informe, dejaron de ser frecuentes las Auroras Boreales en Europa hasta que vuelve a tenerse noticias de ellas a partir de 1820. En España la primera del siglo XIX se pudo ver en Lérida en enero de 1831 por espacio de una hora.

El Informe de Manuel Rico nos informa de la primera del siglo XIX observada en Valladolid, que tuvo lugar el 18 de octubre de 1836:

“En Valladolid apareció la atmósfera teñida con colorido rojo intenso é irradiaciones vivísimas, durante cuyo fenómeno, no solo la atmósfera sino los edificios y cuantos objetos se distinguían reflejaron iguales tintas, con especialidad entre las 7h  y 30’ y las 10h de la noche. Durante aquel mes de octubre, la temperatura en Madrid osciló entre  2,2° centígrados y 25°.”

En la primavera de 1837 vuelve a observarse este fenómeno en la capital vallisoletana, enrojeciendo el cielo, aunque se tienen más detalles de la que tuvo lugar dos años después, en 1839 en Barcelona, realizada por Narcís Vidal i Campderrós  (1796-1876):

aurora boreal barcelona 1839

Aurora Boreal del 22 de octubre de 1839. Vidal i Campderrós, Narcís

“Nebuloso amaneció aquel dia; mantúvose en tal estado hasta muy entrada la noche, en que cayó una lijera lluvia, durante la cual el barómetro ascendió 1 línea, sin percibirse alteración sensible en la temperatura; principió más adelante á correr el Norte, el cual despejando la atmósfera por esta parte, la dejó serena y muy húmeda… A eso de las 10h aparecieron por el Norte dos columnas luminosas de color purpurino fuerte casi iguales en dimensiones, y dirijida la una hacia el Ñ. 0. y la otra hacia el N. E., estendiéndose de Norte á Sur. Estas dos columnas se hallaban en un principio poco separadas y convergentes; mutuamente se fueron acercando, y terminaron por unirse desde la parte superior hasta un poco mas abajo del polo. Desde el último punto de reunión hasta la parte inferior de ambas columnas se formó una especie de segmento parabólico, cuyo vértice se hallaba inmediato al Norte y un poco al Oeste, de modo que el fenómeno manifestó entonces una figura oval, estribando casi simétricamente sobre el insinuado segmento, que por su colorido blanquecino hacia que la masa purpúrea se pareciese á la figura de un riñon. Cada una de las columnas luminosas fue centro de irradiaciones más ó menos vivas, conservando esta propiedad aun después de verificada su reunión… Se vieron al través de la aurora boreal, aun en los puntos aparentes de su mayor intensidad, brillar las estrellas con todo su esplendor, pero algo encendidas con motivo de la refracción de la luz boreal. A unos 64° sobre el horizonte se encontraba la luna reflejando los rayos solares, debilitando en parte el resplandor boreal; pero embellecía el espectáculo de la naturaleza, distribuyendo tintas blancas y algunas nubes tenues, que interpuestas, paseaban sosegadamente por la atmósfera sin ser afectadas por la luz de la aurora.”

En 1845 parece que también se vio una en Valencia, y otra en San Fernando (Cádiz) en 1847. Al año siguiente, el 18 de octubre de 1848, de nuevo en Valladolid, se pudo ver un resplandor rojizo desde las 9 a las 10 de la noche, que “desapareció gradualmente en medio de una atmósfera cubierta por ‘cumuli’ densos y opacos”. Este mismo año de 1848, pero un mes más tarde, en noviembre, se pudo observar una Aurora Boreal en La Coruña, en Cartagena y también en Valladolid, con una duración mayor “apareciendo con todo su brillo entre las 9h y las 10h; perdió gradualmente su intensidad hasta la 1h y 45m de la mañana, en cuyo momento volvió a recobrar tintas encendidas, que se degradaron suavemente para desaparecer poco tiempo antes del crepúsculo del día 18.” No se le puede negar a nuestro informante un cierto aire poético en sus descripciones científicas.

De esta última Aurora Boreal vallisoletana ofrece algún dato más. Por ejemplo cuenta que ocupó una extensión horizontal que iba desde el cerro de la Maruquesa, hasta la cuesta del Manzano de Cabezón. Su fuerza colorista oscilante a los bordes con tonos blanco-verdosos, ofrecía sensación de movimiento y formó en varias ocasiones las llamadas “Medusas Boreales”. En la base de ese arco extenso “había una parte de la atmósfera o zona iluminada con un color azul rojo vivísimo”, mientras que “el colorido de las irradiaciones se presentaba rojo de fuego, mucho más vivo cuando aquellas eran lineales, observándose que algunas se subdividían en dos por su mitad.” En ese mes de noviembre, sobre todo en los días alrededor del fenómeno boreal, ente el 17 y el 19 del mes, toda la península sufrió fríos intensos con viento del norte a gran velocidad, con heladas y bajas temperaturas, por otro lado, un tiempo atmosférico muy corriente en esta tierra vallisoletana en este mes de nieblas y cencellas, aunque ya no hayan vuelto a visitarnos estas Auroras Boreales portadoras de éxitos.

Si que volvieron a verse en otras provincias. Entre los días 24 y 25 de octubre de 1870 pudo observarse en todo el sur de Europa y en algunos otros países del Mediterráneo, las últimas Auroras Boreales del siglo. Según un estudio de la Universidad de Extremadura, se ha podido saber que fueron causadas por una gran tormenta solar. En España fue observada y descrita por el físico asturiano Máximo Fuertes Acevedo (1832-1890) desde Santander: “el reflejo de un inmenso fuego” (la del día 24) y “brillantes claraboyas hacia el norte de un color violeta rojizo” (la del día 25).

AlmaLeonor

Fuentes: Wikipedia; Agencia SINC; Q.Tiempo. com; El Tornado de Madrid de 1886, por Miquel Gayá; Estudio del huracán que pasó sobre una parte de la Península española el día 29 de octubre de 1842, por Manuel Rico y Sinobas y Noticia de las auroras boreales observadas en España durante el siglo XVIII y parte del XIX, por Manuel Rico y Sinobas, en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales;  Crecidas e inundaciones durante el invierno 200-2001 en la ciudad de Valladolid y su entorno, por Mª Teresa Ortega Villazán y Carlos Morales Rodríguez; Memoria sobre la aurora boreal de 1839, Narcís Vidal i Campderrós; Auroras boreales observadas en la Península Ibérica, Baleares y Canarias durante el siglo XVIII, por Enric Aragonès Valls y Jorge Ordaz Gargallo;

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