ANÉCDOTA – 41: UN EXAMEN TIPO TEST

ANÉCDOTA – 41: UN EXAMEN TIPO TEST

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Dicen en este artículo de Jose Ángel Murcia, “Consejos de un profesor de matemáticas para aprobar un examen tipo test sin estudiar“, que los exámenes tipo test pueden aprobarse sin estudiar, siguiendo solo unas sencillas pautas. Yo les daría unos cuantos consejos de cómo NO aprobar un examen si uno no se prepara bien para él, aunque eso signifique tanto no estudiar, como sí hacerlo. Me explico.

Una vez, un profesor de Historia del Imperio Romano nos puso un examen tipo test para esta materia. Ese examen le hice yo sola por razones que no vienen al caso, en un despacho contiguo al suyo con todo mi material al alcance, pero ni aún metiendo mano en los apuntes (cosa que no hice) podría haber sacado mejor nota. Cuando terminé entré con mi hoja de examen en el despacho del profesor y al entregárselo me preguntó porqué había algunas cuestiones sin responder… Yo le dije la verdad, que sabía del acontecimiento por el que preguntaba, que era de tal forma y tal otra, pero que no había entendido la pregunta, o me parecía que las respuestas no se adecuaban a lo que yo pensaba que sería más correcto. “¡ah! Pues si que te lo sabes”, me respondió, al tiempo que me invitaba a poner la cruz en el espacio correcto, cosa a la que me negué. Pero aprobé por la mínima.

Siempre que cuento esta anécdota repito que nunca entenderé como una materia como Historia del Imperio Romano puede examinarse con un ejercicio tipo test, pero es que este profesor era “asín.”

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Pero antes de eso yo había hecho muchos exámenes tipo test. Por ejemplo para aprobar oposiciones, y para ellos hay que estudiar, y estudiar mucho y afinando mucho, porque había preguntas que hacían caer en más de un error a los opositores de mi época, como por ejemplo alguna parecida a esta:

“Según la Constitución Española, ¿Cuál es la capital del Estado español?”

a) Madrid.
b) La Villa de Madrid.
c) La ciudad de Madrid.
d) La comunidad de Madrid.

Y muchos respondían al primer impulso con la a) Madrid, cuando la correcta es la b) La Villa de Madrid, pues así es como exactamente lo dice la Constitución de 1978 en su Artículo 5 del Titulo Preliminar. Pero había otro tipo de ejercicios que tenían más que ver con la destreza, habilidad y agilidad mental que con el estudio de una materia, y en esos “test”, solo la práctica hacía un grado, ya que se trataba de resolver de manera correcta el mayor número de preguntas en el menor tiempo posible. Teníamos una profesora en la academia de preparación de oposiciones que nos dijo el primer día que allí no íbamos a aprender matemáticas, sino a aprobar un examen y que si alguien se sentía más cómodo y resolvía más rápido contando con los dedos, ese no era el momento de ponerse a aprender cálculo mental. Y sus consejos sirvieron y mucho. Aunque también hubo un psicólogo que me recriminó que estuviese practicando test de oposiciones, porque, decía, se suponía que esos test servían para conocer la habilidad mental de una persona, y si se preparaba, no se alcanzaba una valoración correcta. Yo le respondí que con eso no me pagaban, y con aprobar unas oposiciones si. Punto.

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El examen del que quería hablar aquí fue de una asignatura de Psicología que tuve que hacer una vez hace mucho tiempo. Allí me encontré con algo muy parecido a lo que cuenta el autor del artículo que mencionaba al principio: La respuesta correcta no dependía tanto del grado de conocimientos como del tipo de planteamiento en la corrección del test. Os cuento.

El profesor puso un examen tipo test que era algo difícil y demás contenía un error: Una de las respuestas, que debía ser Moreno (un autor) no contenía este nombre, sino Morno. Yo levanté la mano y pregunté al profesor si eso era una errata y me dijo que sí, pero no lo explicó en alto al resto de la clase, lo que me extrañó un poco. El caso es que yo aprobé ese examen pero mucha gente de mi clase no, y lo curioso es que algunos de los más “empollones” no aprobaron y algunos de los que no aprobaban nunca nada, y además confesaron no haber estudiado esa materia, si que aprobaron. Fue la comidilla de toda la clase durante meses (el examen fue en febrero, era cuatrimestral), pero mucho más cuando llegado junio la gente que se presentó se encontró… con el mismo examen y muchos siguieron sin aprobar. Aún más… en septiembre, cuando el profesor dio la opción de hacer el examen de nuevo para dar por aprobada la materia, algunos de los reincidentes siguieron sin aprobar… el mismo examen (por cierto que seguía conteniendo la misma errata).

Aquello parecía un juego cruel e imposible. El profesor explicaba cada vez a los alumnos que el examen restaba en un tanto por ciento las respuestas fallidas, no restaban las no respondidas y que con otro tanto por ciento de respuestas acertadas se aprobaba. No recuerdo los dígitos. El caso es que todos hacemos lo que dice este artículo: responder primero a lo que sabemos; contestar a lo que no estamos seguros descartando lo imposible entre las opciones de respuesta; y, finalmente, no respondiendo a lo que no sabemos ni intuimos por miedo a restar puntos. Y el resultado fue el que os he contado.

Pero una compañera me contó un día, ya pasado todo aquello, que ese examen tenía “truco”, y se lo había desvelado su hermano, un brillante estudiante de matemáticas. La gente que respondió a todas las preguntas, fuesen erradas o acertadas, tenía más probabilidades de aprobar que los que respondieron solo a las preguntas que sabían. El secreto estaba en los tantos por ciento aplicados, ya que las respuestas acertadas sobre el total, restando el tanto por cierto de las erradas sobre el total, obtenían mejores valoraciones que si se aplicaba sobre una parte de ese total, es decir, eliminando las no respondidas. Si el cálculo se hacía sobre 100 preguntas se obtenían mejores resultados (contestases lo que contestases) que si se calculaban los índices sobre 70, 50, 30 o las preguntas que fuesen solo las respondidas, porque el índice que se necesitaba para aprobar era mayor.

Insisto que este resultado se daba con los baremos que este profesor aplicó, supongo que no se dará siempre. Truquitos de psicólogo, que aplican las matemáticas tanto o más que los matemáticos.

AlmaLeonor

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