FALTAS DE ORTOGRAFÍA

FALTAS DE ORTOGRAFÍA

burro_goyaFrancisco de Goya

En este artículo  del escritor y corrector de estilo Francisco Rodríguez Críado se pueden leer las distintas respuestas que escritores, libreros, profesores, correctores, etc.  le han dado a la pregunta ¿Aprobarías a un alumno de universidad que escribe muchas faltas de ortografía?

Reflexionando acerca de la pregunta, de algunas de las respuestas aportadas y de otros artículos que hoy han aparecido en la prensa, acerca de si los niños tienen o no demasiados deberes que realizar en casa, he querido dejar constancia de algunos recuerdos en forma de respuesta particular a esa pregunta.

bruegeul el viejo burro en la escuelaPieter Brueghel “el Viejo”

Cuando mi hijo estaba aprendiendo a escribir en su escuela, tenía yo que corregir las faltas de ortografía que me encontraba cada día en su cuaderno de clase. Terminamos por hablar con el profesor quien nos explicó que “esa era una cuestión para el curso siguiente“… él solo enseñaba a escribir, lo de corregir no era asunto suyo.

Reconozco que yo cometo muchos “leísmos” y algún que otro error de concordancia entre verbo, sujeto y predicado (algo que, según mi profesor de latín, dificultaba mi aprendizaje en su materia), pero tuve la grandísima suerte de haber contado en mi etapa escolar con unos profesores que desde el primer día me enseñaron a escribir correctamente todas las palabras y a unirlas debidamente en una redacción o comentario de texto. Y también puedo decir que tuve la suerte enorme de tener unos padres que me animaron a leer muchísimo desde niña, con lo que mi vocabulario (y luego el de mi hijo posteriormente, para mi satisfacción) siempre ha sido más amplio y rico que el de mis compañeros de clase y aún de Universidad.

Hace muchos años, un alumno universitario de la Diplomatura de Educación Primaria me preguntó cómo se escribía la palabra “bedel”, si con “b” o con “v”… Le respondí con otra pregunta ¿Tú en que colegio quieres trabajar? Era, más que nada, para asegurarme de que no llevaría a mi hijo al centro donde ese chico acabara trabajando.

A lo largo de mis muchos años en la Universidad he llegado a comentar con varios profesores este tema. Los de Matemáticas se lamentaban de las amargas quejas de los alumnos por incluir conceptos muy difíciles que, según ellos, necesitaban de un refuerzo en una academia privada, mientras el profesor les demostraba, tras cada examen masivamente suspendido por la clase, que eran problemas sacados del temario del último curso de secundaria o de bachillerato. Los profesores de Lengua Española eran los peor valorados en todas las encuestas. Ellos no es que suspendieran a un alumno por las faltas de ortografía, es que al encontrarse con la primera, dejaban de leer el examen.

En mis clases de Historia eran muchos los profesores que advertían al principio de cada curso que los exámenes con faltas de ortografía, o con una redacción pobre, restarían puntos (algunos directamente anunciaban que suspenderían), con el consiguiente estupor y protesta de mis compañeros.  Yo no lograba entender la razón de semejante alboroto ¿Es que en un curso de universidad aún existían alumnos preocupados por la ortografía y la gramática? Pues sí. Existían. Y podía darse el caso de que los que suspendían por ese tema llevaban el asunto ante un Tribunal Universitario que podría llegar a determinar que el alumno debía ser aprobado si quedaba demostrado que sabía la materia. El profesor quedaba en “bragas”… una vez más.

Una vez una profesora de Universidad me contaba, muy apenada, que una alumna le había pedido cambiar el día de un examen porque tenía una boda en la fecha programada “Puedo adelantártelo unas horas”, fue su respuesta. Pero la alumna alegó que a primera hora “tenía peluquería”. La profesora terminó por cambiarle el examen, al igual que otra profesora cambió la hora del examen a toda una clase porque estaba programado a las cuatro de la tarde de un día de junio y a esa hora la gente, mayoritariamente, quería “ir a la piscina”.

Confesé a esa profesora que yo nunca podría ser profesora universitaria porque no entendía, ni admitía, que mi labor se tuviese que limitar a tratar a los alumnos como si fuese su “madre consentidora”. A lo que ella me respondió que en la Universidad no se trataba así a los alumnos, no como madres consentidoras, no… sino “como abuelas aduladoras”. Tal era el nivel de claudicación que los profesores universitarios habían llegado a adoptar con respecto a los alumnos. En cierto modo se notaba miedo a que las evaluaciones de profesores universitarios resultasen negativas. Con esas evaluaciones por medio (que yo siempre me negué a realizar), se notó un mayor índice de cumplimiento de todas las tiranías impuestas por los alumnos y un menor nivel de exigencia académica por parte de los profesores. Todo para no obtener una mala calificación, lo que consecuentemente perjudicaba a los alumnos, aunque la mayoría de ellos no quisieran admitirlo.

Hoy leo en la prensa que padres y profesores están debatiendo “en profundidad” el “peliagudo” tema de los deberes escolares para casa. “Un niño debe jugar”, dicen. Yo digo que un niño es una persona que está en la etapa de aprender a comportarse como tal para el futuro. Si de niño no se le corrigen las faltas de ortografía porque eso corresponde a otro curso, y no se le inicia en el deber de realizar tareas porque está en edad de jugar… ¿cómo exigirle en los niveles superiores educativos que su preparación sea tan adecuada como para que un profesor no tenga que plantearse cambiar un examen por un día de peluquería, rebajar el nivel de exigencia docente, o simplemente debatir si suspendería a un alumno de cualquier materia por un error gramatical en el examen?

Sencillamente no debería darse el caso siquiera de tener que plantearse la duda. Pero respondí a esa pregunta en algún enlace… Yo le daría otra oportunidad al alumno infractor gramatical para realizar un examen correcto. Lo haría aunque el fallo no hubiese estado en la ortografía. Pero suspendería al profesor que le enseño lengua española en la infancia. Y por supuesto, suspendería in eternum al sistema educativo que lo ha propiciado, o aquel sistema que no considere los deberes escolares una parte más de la labor educativa.

JC CORTEZJC Cortez

Aunque una cosa digo… Un alumno con errores ortográficos en un examen solo tendría una oportunidad de enmienda si yo le examinara… Solo una. Y por cierto, por si aquel alumno de la Diplomatura de Educación Primaria lee esto, que sepa que “bedel” se escribe con “b”, con “b” de “Burro”… pero para otra vez le digo: búscalo en el diccionario, no le preguntes al propio bedel.

AlmaLeonor

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