PAULINOS Y EL CUADRO DE COLON

PAULINOS Y EL CUADRO DE COLON

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Dióscoro Teófilo Puebla, Primer desembarco de Cristóbal Colón en América (1862).  (Exposición Nacional de 1862, Medalla de Primera clase)

La imagen que la mayoría de todos nosotros evoca en su mente al hablar del Descubrimiento de América es la representada en esta gran obra (mide 330×545 cms) que el pintor burgalés Dióscoro Teófilo Puebla (1831-1901) pintó en 1862 para la Exposición Nacional de Bellas Artes de ese año y con la que ganó la medalla de Primera Clase, discutida, a decir de algunos.

El cuadro, que fue adquirido por el Museo del Prado por la cantidad de 30.000 reales, fue cedido al Ayuntamiento de La Coruña y es donde hoy permanece, presidiendo el Salón Real del mismo.

cristobal_colon_600x712En esta obra se muestra a un Cristóbal Colón al llegar a tierra firme que, portando el pendón de Castilla y arrodillado, agradece al cielo con este gesto la feliz conclusión de su viaje. Igualmente, el resto de sus hombres demuestran cristianamente la alegría al concluir, al fin, la terrible travesía. Las carabelas aparecen al fondo de la escena, como mudas protagonistas de la gesta. Asombrados, un grupo de indígenas contempla a los recién llegados desde un ángulo oscuro, en una composición en la que el monje situado a la izquierda del Almirante, parece cobrar un gran protagonismo ante ellos.

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Esta imagen es la que se ha quedado grabada en nuestras mentes, decía, porque es la que hemos visto infinitamente repetida en representaciones de todo tipo, desde libros de texto a películas (Alba de América; 1492, La conquista del Paraíso; Cristóbal Colón: El Descubrimiento), aunque no es la única obra pictórica sobre ese momento del Descubrimiento. Existen otras que también trataron de recrear la llegada del Almirante a la costa y el primer encuentro con los pobladores indígenas, todas ellas con la misma narración que el cuadro de Dióscoro: actitud de gratitud a los cielos en los españoles, de sumisión y temor en los indios.

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John Vanderlyn (1776-1852), Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales (1842-47). (U.S. Capitol Rotunda, Washington, D.C.)

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José Garnelo Alda (1866-1945) Primer Homenaje a Colón (12 de octubre de 1492). Oleo sobre lienzo (600×300 cms) pintado en 1892 para conmemorar el IV centenario del Descubrimiento.

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Gergio Deluci,  Colón llega a América (1893). (Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos)  

columbus-san-salvadorJean Leon Gerome Ferris (1863-1930) Colón en San Salvador (1895-1913)
(Serie de 78 escenas de la historia de Estados Unidos, titulada “El desfile de una nación”)

Lo que ya no está tan clara es la identidad del resto de los personajes que figuran en esos cuadros. Además de Cristóbal Colón, es poco probable que se sepa quiénes eran los otros, dado que aún es posible especular con los nombres de la tripulación del primer viaje colombino. Las informaciones más consideradas hablan de unos 87-90 tripulantes entre las tres naves, capitaneadas (eso se sabe bien) por Cristóbal Colón (en la Santa María, la nao capitana, propiedad de Juan de la Cosa), Martín Alonso Pinzón (en La Niña) y Vicente Yáñez Pinzón (en La Pinta). Además, se sabe que viajaba otro hermano Pinzón, Francisco Martín, maestre de La Pinta, y los hermanos Niño, Juan (patrón y propietario de La Niña), Francisco (marinero) y Pedro Alonso (Piloto mayor de la Santa María). La historiadora Alice Bache Gould elaboró una lista de tripulantes de las tres naos en 1984 que es la que se suele citar al hacer referencia a este tema.

Pero más complicada es la personalidad del sacerdote que figura en el primer cuadro, que es de quien quería hablar ¿Quién era este hombre? En la lista de Alice Bache no figura ningún capellán, ni sacerdote, ni monje, ni fraile de ningún tipo, aunque suele citarse en algunos textos el nombre de Pedro de Arenas, como capellán de Colón y por lo tanto el primer eclesiástico en pisar tierra americana. No obstante, es poco probable que fuese un capellán el protagonista en el cuadro de Dióscoros, ya que viste hábito de monje.

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En el segundo viaje a América, una vez que los Reyes Católicos toman conciencia de la importancia de la empresa colombina, sí que se puede encontrar el nombre de un eclesiástico, Bernardo Boyl (1445-1509), que no solo era religioso sino también diplomático enviado por los Reyes como recién nombrado (por el papa español Alejandro VI) Vicario Apostólico de las, ya llamadas, Indias Occidentales. Este sacerdote aragonés, ermitaño de Montserrat, era Vicario General de la Orden de los Mínimos, pequeña comunidad monástica fundada por San Francisco de Paula en Italia en el siglo XV, e introducida en España en el mismo año de 1492. Estos monjes eran vegetarianos por orden expresa de la orden (voto de vita quadragesimalis), así que fue el primero en esta práctica en América.

Para este segundo viaje, Bernardo cuenta con el permiso papal para erigir Iglesias, predicar misas, confesar y aplicar penitencias, por lo que se hace acompañar de un grupo de monjes franciscanos.

También fue tripulante de la potente flota de este segundo viaje de 1493 (estaba compuesta por 17 barcos, 5 naos, 12 carabelas y 1500 hombres) Ramón Pané, monje ermitaño de la Orden de San Jerónimo quien se convertiría en el autor del primer tratado etnográfico de América, la Relación acerca de las antigüedades de los indios y muy probablemente el primer europeo en aprender una lengua indígena, el taíno que se hablaba en La Española.

Más tarde, el flujo de misioneros, monjes, clérigos y demás eclesiásticos a América fue constante y amparado por la legislación, tanto real (en 1495 los Reyes Católicos ordenan que vayan misioneros a las Indias) como eclesiástica (el Cardenal Cisneros ordenó en 1516 que todo navío español llevara un sacerdote). Fundamentalmente fueron franciscanos (en 1509 ya habían fundado tres conventos en La Española), dominicos (Bartolomé de las Casas, aún como doctrinero, llega a América en 1502, la orden se establece en 1510), agustinos y mercedarios.

Pero ninguno de estos monjes y eclesiásticos figuraba en las listas del pasaje del primer viaje de Cristóbal Colón, aunque por lo visto, todo puede ser posible…

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El monje del cuadro de Dióscoros luce un hábito claro, con capa (no capucha) y cinto. Esto descarta a los dominicos, con hábito  blanco con escapulario y capucha marrón, y también a los franciscanos, cuyo hábito marrón (como el de San Francisco de Asís que pintara Francisco de Zurbarán en el siglo XVII) podría parecerse, pero carece de símbolos muy característicos de esta orden como son la Tau franciscana y el cordón de tres nudos (los tres votos: Pobreza, Obediencia y Castidad). Por la visita de Colón al Monasterio de la Rábida en Palos de la Frontera, bien podría aventurarse que un monje franciscano se aviniese a acompañar al navegante en su arriesgado viaje, pero como hemos dicho, ninguno figuraba en el primer viaje de Colón, de ninguna orden monástica. Tampoco de la Orden de los Mínimos de Bernardo Boyl, que lucían hábitos negros, capucha y un cíngulo o cinto de cinco nudos, ni de los Jerónimos de Pané, que tan insignes personalidades aportaron en el futuro americano, como fue el caso de Sor Juana Inés de la Cruz.

Velázquez: San Pablo ermitaño recibe la visita de San Antonio abad. Madrid, Prado. Pintado para la ermita de San Antonio en el Buen Retiro donde tenía un marco en medio punto.
Diego de Velázquez: San Pablo ermitaño recibe la visita de San Antonio abad. Madrid, Museo del Prado. Pintado para la ermita de San Antonio en el Buen Retiro.

Sin embargo, se ha llegado a decir que ese personaje era un monje de la Orden Paulina, la Orden de San Pablo, Primer Eremita (Ordo Sancti Pauli Primi Eremitae Fratrum), de orígenes húngaros, y cuyo hábito es blanco (antes de 1341 eran grises y se cambiaron, con aprobación papal, para no confundirse con los mendicantes) con casulla. De fijarnos solo en la cuestión del hábito blanco (en el cuadro tampoco es evidente que sea blanco, parece más bien marrón), el monje podría ser hasta de la Orden benedictina Camaldulense. Pero, cierto es, que los monjes eremitas solían portar un hábito muy parecido al del monje del cuadro de Dióscoros, más marrón que blanco y con el que son representados en muchas imágenes. También luce este hábito San Antonio Abaden el magnífico cuadro de Diego Velázquez donde se puede ver a este santo visitando al eremita de la orden paulina, San Pablo de Tebas (228-342), un hábito marrón, con cordón y capa.

Tal vez por este tipo de vestimenta típica de los eremitas, se afirma con gran convencimiento en algunos textos que la orden paulina fue la primera orden monástica en predicar en América, llegada junto al mismísimo Cristóbal Colón. Una de las pruebas utilizadas para afirmarlo es, precisamente, La obra pictórica de Dióscoros Puebla, que recordemos es realizada en la segunda mitad del siglo XIX (como los demás cuadros del Descubrimiento, además). En realidad no se podrían haber pintado en otro momento, ya que es ahora cuando se “redescubre” la gesta colombina gracias al trabajo de investigación del hispanista norteamericano Washington Irving (1783-1859) y la publicación de su obra “Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón” en 1828.

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Entonces, volvamos a preguntar ¿Fueron los monjes paulinos los primeros en llegar a América? Pues hay algunas afirmaciones que así lo aseguran, o al menos afirman que fueron quienes iniciaron la evangelización americana. Incluso se apunta a que fue la misma Isabel la Católica la que escribió una carta a la orden pidiendo que enviaran monjes a América (pero esto tuvo que ser después del primer viaje), carta que al parecer, se conserva en el Archivo Estatal de Lisboa (según Irene Schmidt; “Selecciones de la Orden Paulina. Historia de 1.250 hasta 2.005”; Asociación de Artes Miskolc; Lajos Nagy Universidad Privada) y que podría decir así:

“Envíeme nuevos trabajadores religiosos a la viña del Señor, porque será necesario el contar con verdaderos trabajadores, a quienes les espera una difícil labor física”.

Del eremita paulino y general de la orden, Thomás Szombathelyi (circa 1476-1488), también se conservaría una misiva donde se decía que al menos 125 religiosos paulinos estaban en América cuando él partió hacia Portugal (no he podido encontrar la fecha, al parecer era general de la orden desde 1486, y aparece en algunos lugares como “fray Tomás el húngaro”).

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El escritor húngaro István Bakk, afirma por su parte, que existen pruebas físicas de esa presencia según la obra de la investigadora Anna Fehérné Walter (1915-1992), quien utiliza como prueba, para afirmar esta presencia temprana, los caracteres rúnicos de la escritura húngara (“Azékírástól a rovásírásig. II”-Los escritos cuneiformes del Székely Magyar Runico-; Buenos Aires; 1975).

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Al igual que hacían los monjes húngaros en sus montañas patrias, los paulinos llegados a América escribieron en las cuevas donde se alojaban. Y, concretamente, unos grabados encontrados en una de ellas (en las cuevas de Cerro Pelado –Cerro Polilla– en Paraguay, del siglo XVI, descubiertas en 1910 e investigadas por el profesor Jacques de Mahieuen 1971), escrito de derecha a izquierda en lo que parece ser un lenguaje muy esquemático, han sido interpretados como una adaptación de la escritura pre-cristiana de los húngaros y székely (una etnia húngara que habitaba Transilvania) en su lengua, un tipo de escritura que se llamaba escita en la Edad Media, por las similitudes con la de este primitivo pueblo.

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Al parecer se ha podido identificar la palabra “RIP” (que curioso que sea esta misma palabra la que se dijo haber hallado en el yacimiento alavés de Iruña-Veleia, y que después se ha cuestionado hasta el punto de considerarlo un fraude).

Es más, según este autor, István Bakk,los monjes paulinos americanos podían haber escrito cartas y  realizado mapas en este tipo de lengua para ser solamente entendidas por ellos, al menos, hasta la llegada de los jesuitas, quienes pudieron utilizar este lenguaje que entendían porque algunos eran de origen húngaro. Bakk afirma igualmente que los jesuitas mezclaron esta lengua con el latín derivando en un tipo de escritura que “a día de hoy” sigue sin ser descifrada.

En todo caso, a las tierras de Paraguay, lugar de las posibles cuevas americanas de los eremitas húngaras, se llega de forma muy tardía. En 1524 llega Sebastián Caboto (1484-1557), y no es hasta 1537 cuando se funda la ciudad de Asunción del Paraguay por Juan de Salazar y Espinosa de los Monteros (1508-1560), quien había llegado hasta allí buscando a Juan de Ayolas (1493-1538) que había emprendido una expedición ordenada por Pedro de Mendoza(1499-1537) desde la primera Buenos Aires, la ciudad que fundaría él mismo en 1536 y que fracasó poco después.

19815974.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxxAsí que, visto lo visto, monjes paulinos no pudieron llegar hasta allí al menos antes de 1524 y, muy probablemente, no antes de 1536-37, mucho más tarde del primer viaje colombino. Aunque aparezcan en las películas. Y el cuadro de Dióscoros Puebla, pintado en el siglo XIX, no refleja la llegada a América de ningún monje, mucho menos paulino, con el primer viaje de Colón. Su significado ha de tener más que ver con la profusión de fe católica de la corte española.

AlmaLeonor

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