EL SALTO DE LÉUCADE

EL SALTO DE LÉUCADE

Moisés Huerta_salto de leucade

Toda la geografía griega está salpicada de lugares donde se tejieron mitos e historias de dioses y diosas, héroes y poetas, así como de sus hazañas fantásticas. Por ejemplo, el mito del Salto de Léucade, que según cuentan sucedió en la isla griega del mismo nombre en el Mar Jonico. Léucade es muy montañosa, con unos acantilados blanquecinos de tiza, que se supone que en tiempo le dieron su nombre, pues Léucade (Leucás en griego antiguo) puede traducirse por “la blanca”.

La leyenda del Salto de Léucade empieza con un amor apasionado, el que sentía Afrodita por Adonis, amor que era correspondido, pero a su manera. Adonis se dejaba adorar por todas las diosas del Olimpo, entre ellas Perséfone, con quien se enfrentó Afrodita por ese motivo. Pero ésta también era el objeto de deseo del dios Ares quien quiso vengarse de Adonis y, disfrazado de jabalí, le desfiguró y le atacó hasta darle muerte. Y todo esto ocurrió delante de Afrodita, quien desde entonces lloró sin consuelo la muerte de su amado. Al no poder soportar el dolor de la ausencia de Adonis, pidió ayuda a la Pitia de Delfos, quien, en uno de esos consejos llenos de misterio que solían proferir los oráculos, le dijo que realizara el “Salto de Léucade”, es decir, lanzarse al mar desde los acantilados de la isla. Afrodita obedeció, saltó, cayó sobre las rocas y al pronto salió de nuevo ilesa y sintiéndose renacida al desaparecer el dolor de su corazón.

Lo que no cuenta el mito es si de verdad Afrodita encontró lo que realmente buscaba o si la respuesta de la Pitia respondía exactamente a lo que la diosa preguntaba. Porque no hay que olvidar que los oráculos tenían la extraña costumbre de no responder aquello que uno esperaba oír, sino que era necesario interpretar sus palabras a la luz de lo que exactamente se les había preguntado. Por eso, en la mitología, la pregunta era más importante que la respuesta. Aunque en este caso, solo conocemos la respuesta.

La muerte, o la ausencia del ser amado, o su falta de correspondencia, suele provocar en los mortales dolor, desasosiego y tristeza, a la vez que profundiza el sentimiento de soledad, de vacío, de impotencia, ante una realidad que nos negamos a aceptar y para la que buscamos remedio desesperadamente. Unas veces con un llanto continuo y sentido hasta que el dolor se atenúa o se ahoga, y otras veces, como en el mito, buscando una respuesta a nuestra desesperación, una respuesta a la hiriente y constante pregunta que nos hacemos sin encontrar remedio… ¿por qué?

El dolor por la ausencia del ser amado tiene difícil compensación, más si como en este caso, Adonis había muerto. ¿Acaso la mejor manera de atenuar el dolor de Afrodita no hubiese sido la vuelta a la vida de Adonis? La respuesta del Oráculo solo hacía desaparecer el dolor, como un medicamento que elimina los síntomas pero no soluciona el mal. Tal vez, Afrodita solo necesitaba ese analgésico y no la cura. Porque lo que Afrodita obtiene con el Salto del Léucade es el olvido. Tal vez, solo los dioses prefieran la felicidad que proporciona el olvido antes que la incertidumbre de una vida con el ser amado. Como mortales, los humanos pediríamos siempre la vida del amado antes que el olvido del dolor de su ausencia. Afrodita sufría por la ausencia de Adonis, no por Adonis. La pregunta al oráculo tuvo la respuesta que reconfortó a Afrodita, pues el olvido relegó el amor por Adonis al mismo lugar donde fuera a parar su amado, a la muerte del sentimiento que por él aún guardaba. Tal vez Afrodita sí que supo hacer la pregunta y seamos los humanos los que no sabemos interpretar la respuesta con nuestra vida ausente de inmortalidad.

No olvidemos que Afrodita era una diosa inmortal. El precio a pagar por los mortales que quisieron arriesgarse desde entonces a efectuar el Salto de Léucade para obtener la felicidad, fue muy alto. Ponían en riesgo sus vidas al lanzarse desde esos acantilados, y cuenta la leyenda que desde Afrodita fueron muchos los que los visitaron en la isla. Amantes que, desdichados al no ser correspondidos, se arrojaban al vacío esperando hallar el consuelo prometido por la Pitia. Quienes conseguían sobrevivir, como el poeta Nicóstrato, obtenían el beneficio de una existencia de felicidad, libres de la pena del amor, el objeto de su desdicha. Pero muchos no sobrevivían. Ese fue el caso de Safo de Lesbos, quien enamorada del barquero Faón de Mitilene y no siendo correspondida, halló la muerte en el intento fallido de huir del dolor provocado por un amor desdichado.

La imagen que acompaña este texto se titula “El Salto de Léucade” y es una obra del escultor vallisoletano Moisés de Huerta y Ayuso (1881-1962). Con esta obra ganó la Primera Medalla de la Exposición Nacional de 1912, y hoy en día puede admirarse en la Cafetería (conocida como “La Pecera”) del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Hay quien dice que representa a la desdichada Safo muerta sobre las rocas, pero también hay quien afirma que es la mismísima Afrodita al pie de los acantilados de Léucade, justo antes de salir  indemne, feliz, libre de dolor… y de amor.

AlmaLeonor

 

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