UMBERTO ECO

UMBERTO ECO
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EL CEMENTERIO DE PRAGA (2010)

Los curas… ¿Cómo los conocí? En casa del abuelo, me parece, tengo el recuerdo oscuro de miradas huidizas, dentaduras podridas, alientos pesados, manos sudadas que intentaban acariciarme la nuca. Qué asco. Ociosos, pertenecen a las clases peligrosas, como los ladrones y los vagabundos. Uno se hace cura o fraile sólo para vivir en el ocio, y el ocio lo tienen garantizado por su número. Si hubiera, digamos, uno por cada mil almas, los curas tendrían tantos quehaceres que no podrían estar tumbados a la bartola mientras se echan capones entre pecho y espalda. Y entre los curas más indignos, el gobierno elige a los más estúpidos y los nombra obispos.

Empiezan a revolotear a tu alrededor nada más nacer cuando te bautizan, te los vuelves a encontrar en el colegio, si tus padres han sido tan beatos para encomendarte a ellos; luego viene la primera comunión, y la catequesis, y la confirmación; y ahí está el cura el día de tu boda para decirte lo que tienes que hacer en la alcoba, y el día siguiente en confesión para preguntarte cuántas veces lo has hecho y poder excitarse detrás de la celosía. Te hablan con horror del sexo, pero los ves salir todos los días de un lecho incestuosos sin ni siquiera haberse lavado las manos para ir a comerse y beberse a su señor, y luego cagarlo y mearlo.

Repiten que su reino no es de este mundo, y ponen las manos encima de todo lo que puedan mangonear. La civilización nunca alcanzará la perfección mientras la última piedra de la última iglesia no caiga sobre el último cura y la tierra quede libre de esa gentuza.

Los comunistas han defendido la idea de que la religión es el opio del pueblo. Es verdad, porque sirve para frenar las tentaciones de los súbditos, y si no existiera la religión, habría el doble de gente en las barricadas, por eso en los días de la Comuna había poca, y se la pudieron cargar sin tardanza. Claro que, tras haber oído hablar a ese médico austriaco de las ventajas de la droga colombiana, yo diría que la religión también es la cocaína de los pueblos, porque la religión empujó y empuja a las guerras, a  las matanzas de infieles, y esto vale para cristianos, musulmanes y otros idólatras; y si los negros de África antes se limitaban a matarse entre ellos, los misioneros los han convertido y los han transformado en tropa colonial, de lo más adecuada para morir en primera línea, y para violar a las mujeres blancas cuando entran en una ciudad. Los hombres nunca hacen el mal de forma tan completa y entusiasta como cuando lo hacen por convencimiento religioso.

Los peores de todos, sin duda, son los jesuitas. Tengo la vaga sensación de haberles hecho alguna que otra jugarreta, o quizá sean ellos los que me han hecho daño, todavía no lo recuerdo bien. O quizá eran sus hermanos carnales, los masones, iguales a los jesuitas, sólo que un poco más confusos. Aquéllos, por lo menos, tienen una teología propia y saben cómo manejarla, éstos tienen demasiadas y pierden la cabeza. De los masones me hablaba el abuelo. Junto con los judíos, le cortaron la cabeza al rey. Y generaron a los carbonarios, masones un poco más estúpidos porque se dejaron fusilar, en una ocasión, y después se dejaron cortar la cabeza por haberse equivocado en la fabricación de una bomba, o se convirtieron en socialistas, comunistas y comuneros. Todos al paredón. Bien hecho Thiers.

Masones y jesuitas. Los jesuitas son masones vestidos de mujer.

Odio a las mujeres por lo poco que sé de ellas. Durante años he estado obsesionado por esas ‘brasseries à femmes’ donde se reúnen malhechores de toda suerte. Peor que las casas de tolerancia… se bebe en la parte baja y se practica el meretricio en los pisos superiores… Casi siempre las regentan alemanes, que es una buena manera de minar la moralidad francesa.

Y cuando yo estaba ya bastante crecido para entender, [el abuelo] me recordaba que el judío, además de vanidoso como un español, ignorante como un croata, ávido como un levantino, ingrato como un maltés, insolente como un gitano, sucio como un inglés, untuoso como un calmuco, imperioso como un prusiano y maldiciente como un astesano, es adúltero por celo irrefrenable: depende de la circuncisión que lo vuelve más eréctil, con esa desproporción monstruosa entre el enanismo de su complexión y la dimensión cavernosa de esa excrecencia semimutilada que tiene.

La cocina siempre me ha dado más satisfacciones que el sexo: quizá sea una marca que me han dejado los curas.

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