¿LA GALLINA O EL HUEVO?

¿LA GALLINA O EL HUEVO?

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Este texto es un prólogo escrito para el libro TODOS LOS LECTORES DE ESTE LIBRO SON IDIOTAS, un proyecto filosófico-cultural elaborado por el escritor Almeriense Óscar Fábrega Calahorro junto a un grupo de chicos y chicas del IES Carmen de Burgos de Huércal de Almería (Almería), y publicado por la Editorial Círculo Rojo (Almería). En este libro se recoge todo el trabajo realizado por los alumnos a lo largo de un curso, y cada parte está prologado por un colaborador en el proyecto. El capítulo en el que yo colaboré se titula “Qué fue primero, ¿la gallina o el huevo?” y fue llevado a cabo por Eva del Mar Navarro Jiménez.

15241848_10211833890021679_8418017007071181178_nPinchar en la imagen para ver el BookTrailer del libro

PRÓLOGO  Qué fue primero, ¿la gallina o el huevo?

LAS HUELLAS DE LAETOLI

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Hace unos tres millones y medio de años, unos pasos se quedaron grabados en un suelo de ceniza volcánica en una región al este del continente africano. Un grupo de unos tres individuos, puestos en pie, caminaban despreocupados una mañana de invierno o quizá durante una jornada de caza en verano; tal vez, paseaban tranquilamente contemplando la tarde del  primer día de primavera o regresaban cansados en una cálida noche de otoño. El motivo no importa, porque, en todo caso, quienes dejaron esos pasos, esas huellas en el suelo, nunca pensaron que hoy, millones de años después, unos seres diferentes ―humanos― hablaríamos de las Huellas de Laetoli con la devoción de quienes queremos reconocer, a través de ellas, a algunos de nuestros primeros ancestros.

Para ellos, para los homínidos que dejaron sus pisadas a la vista, no fue, ni mucho menos, un gesto memorable. Pero para nosotros son extraordinarias. Hoy, sus huellas en el suelo, con las que se llenan páginas y páginas de revistas científicas y diarios nacionales, son contempladas como la evidencia real de la existencia de seres que caminaban erguidos hace ya millones de años y son estudiadas en las clases universitarias como un monumento a la evolución humana. Hoy, son memoria viva no solo de un pasado que sucedió, sino también del inicio de nuestro «ser» humanos. Nada de lo que hicimos o hacemos es inútil para la historia.

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No sé por dónde empezar a expresar todo lo que quisiera decir. Pero es que esa es precisamente la cuestión. El comienzo. Todo comienzo es duda, y es dolor: el escritor que se enfrenta a una página en blanco, la madre que alumbra, el día que amanece, el inicio de los tiempos… el comienzo de la vida.

Todo comienzo es duda. Todo comienzo condiciona la evolución posterior de los acontecimientos. Dudemos pues. Tanto si empezamos por la gallina como si anteponemos el huevo, no es una cuestión baladí. De esa elección no dependerá la posesión de la verdad absoluta sobre el origen de la vida, pero sí todas nuestras respuestas posteriores y todas las huellas que vayamos dejando. Huellas, que a su vez, dotarán de sentido a la evolución.

Todo comienzo es dolor. No existe un acuerdo generalizado acerca del origen del hombre en la tierra ―¿Evolución, Creación, Intención…?―, ninguna de las posibilidades barajadas hasta ahora ofrece explicaciones definitivas. Ninguna es concluyente. Aún. En el libro La Especie Elegida (1998, Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez), después de recorrer toda una larga historia de evidencias de evolución, se acaba por colegir que la vida humana en la Tierra surge por un cúmulo tal de circunstancias aleatorias que sería imposible que se volviera a reproducir en otro lugar o momento. Al menos, no en la misma forma en la que ahora la conocemos.

Pero en todo comienzo, incluso en el inicio de la vida en el universo, hay un hecho que se repite: la unicidad, el uno, el primigenio, el origen. Pero también, tanto si hablamos de Intención, Creación o Evolución, para explicar la vida humana en la tierra, se refiere al hecho probado de que el hombre es único en su especie y especificaciones. Único en la naturaleza y único en el universo. La vida que exista ahí fuera, no será igual a la que conocemos. Será la consecuencia de otro comienzo, se iniciaría con otras huellas.

Tanto la gallina como el huevo comparten el mismo comienzo. Un origen en el que empezamos por caminar erguidos, para terminar, hoy, preguntándonos como sucedió ese proceso. Nosotros, que nos seguimos cuestionando el origen de nuestra especie, que seguimos dudando, somos quienes debemos dejar nuestra propia huella como monumento y memoria para seguir escribiendo, no solo ese pasado, sino también el futuro.

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Que las Huellas de Laetoli sean capaces de guiarnos en nuestro caminar, en nuestro ser ―siempre― humanidad.

 

Alma Leonor López.

Historiadora. Colaboradora en la Revista Digital Anatomía de la Historia y en el programa de Radio Tempus Fugit de Huercal de Almería.

Para saber más sobre el libro, o adquirir tu ejemplar, pinchar en la imagen o aquí, en la web de la editorial Círculo Rojo.

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