CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (II)

CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (II):

Segunda parte: Corrupción en el siglo XIX y principios del XX

Artículo publicado por Alma Leonor López el 4 marzo, 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia 

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias por Franz Xaver Winterhalter realizado en París en 1841

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias por Franz Xavier Winterhalter realizado en París en 1841.

La corrupción decimonónica.

No quedó muy escarmentada la clase gestora de la cosa pública y, en el siglo XIX, nuestros antepasados encontraron otras fórmulas más acordes con los tiempos para hacer “negocios” lucrativos a costa del erario del Estado.

En 1854 se denuncia en la prensa de toda España el escándalo financiero relacionado con las jugosas concesiones del ferrocarril. Entre los implicados aparece el marqués de Salamanca, ministro en varias ocasiones, y María Cristina de Borbón, la propia madre de la reina Isabel II, quien junto con su marido, Fernando Muñoz, el duque de Riansares, participaron en todo negocio que tuviera lugar en España. Y al parecer formando sociedad todos ellos, además de con otros como el general Narváez, el banquero navarro Nazario Carriquiri y el duque de Retamoso, hermano de Fernando Muñoz:

“Ha existido hasta el célebre 28 de junio una sociedad en comandita para la explotación de todos los agios, de todos los negocios que el país había de pagar con su sangre. Capitaneábala Cristina y su gerente Salamanca, monstruo de inmoralidad; era, como el vulgo suele decir, su testaferro. Presentarse al negocio de los ferrocarriles en la España comercial y abalanzarse a todos la comandita como manada de lobos hambrientos, fue cosa que a nadie admiró, porque no era de admirar verdaderamente”

(La Ilustración, 24 de julio de 1854).

En este caso, el pago por tamañas artes no fue ni la multa pecunia ni el encarcelamiento ni el garrote vil. Se pagó con la caída de la monarquía y el exilio tanto de la reina Isabel II como de su familia y el marqués de Salamanca, que tuvieron que huir a Francia, cuando la Gloriosa se alzó decidida a castigar a todos aquellos que habían esquilmado España en nombre de la Corona y, sobre todo, a avanzar en la senda progresista de las libertades públicas:

“Para escribir con un tanto de filosofía la historia de la revolución de 1854, necesitamos volver los ojos, aunque a la ligera, a las primitivas causas de este acontecimiento. Desde que en 1851 intentó el tristemente célebre Bravo Murillo cambiar el sistema de gobierno que nos regía para poder a mansalva, de acuerdo con Cristina, hacer el magnífico negocio del arreglo de la Deuda, quedó tan minado el edificio político, que era inevitable su ruina”

(La Ilustración, 24 de julio de 1854).

 

El siglo XX: El escándalo del estraperlo

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Durante los años 30 del siglo XX, en medio de un convulso equilibrio político y social, otro escándalo de corrupción vino a enturbiar el tercer gobierno formado por Alejandro Lerroux (del Partido Republicano Radical, en coalición con la CEDA, 1933-1935). Un timador llamado Daniel Strauss provocó una crisis política que agravó todavía más la convulsa situación política de la II República.

El, en principio llamado “Caso Strauss”, se inicia en septiembre de 1935, cuando Daniel Strauss (un judío de origen holandés que se había nacionalizado mexicano) envía una carta al presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, acusándose de haber entregado una serie de dinero a ministros y altos cargos del partido en el gobierno, incluido un familiar del primer ministro (e incluso a directores de periódicos, afirmaba), con el fin de obtener los permisos necesarios para explotar en España un juego de azar, llamado “stra-perlo”, que había inventado junto a su socio, Joachim Perlowitz (o Perlo).

Se trataba de una especie de ruleta mecánica que Strauss calificaba de “juego de sociedad y habilidad” y en el que “no intervenía para nada el azar, sino la vista y la rapidez en el cálculo” (en realidad estaba trucada, razón por la que fueron expulsados de Holanda). Un eufemismo (sustituir azar por habilidad) que le permite sortear la prohibición que existía en España desde la dictadura.

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La prohibición y el cierre de casas de juego en España habían sido consecuencia de una campaña emprendida por Martín de Rosales y Martel, duque de Almodóvar del Valle, en 1922, en medio de acusaciones por parte de los sectores de izquierdas de querer beneficiar a grandes empresarios extranjeros del juego, como el belga Marquet (que ya tenía el Gran Casino de San Sebastián, y gozaba de la amistad de Alfonso XIII), o la Compañía del Escorial, que pretendía instalar también un Gran Casino en Madrid (¿un Eurovegas del siglo XX?). Así, el 31 de octubre de 1924, en medio de grandes protestas (se veía venir un descenso del turismo en la villa) se cerró el Gran Casino de San Sebastián.

Strauss llega a España y contacta con Joan Pich i Pon, subsecretario de Marina, perteneciente al sector catalán del Partido Republicano Radical, y fundador de algunos diarios  barceloneses (La Noche y El Día Gráfico), quien le presenta a Aurelio Lerroux, delegado del Gobierno en la Compañía Telefónica Nacional de España y sobrino de Alejandro Lerroux (le había adoptado al morir su padre, además).

Ambos se mostraron de acuerdo en “facilitar” a Strauss el camino hacia la obtención de los permisos necesarios a cambio de su participación en el negocio. Más tarde se les unirían otros conocidos de Lerroux, como Miguel Galante, militar, y Santiago Vinardell, periodista, además de Joaquín Gasa y Paulino Uzcudun (famoso boxeador), conocidos de Strauss.

A partir de ese momento, cantidades regulares de dinero van a parar a manos de funcionarios y políticos encargados de la gestión de los permisos (como los famosos “sobres” actuales). Incluso contaban con la amistad de Sigfrido Blasco Ibáñez (hijo del novelista y diputado, a quien le prometieron medio millón de pesetas) y la del subsecretario de la Gobernación, Eduardo Benzo, para que intercediesen favorablemente ante el ministro. Pero nunca llegan a obtenerlos.

Frustrado, Strauss vuelve a Holanda y entonces se descubre que era un conocido “sablista” en los ambientes “chic” de Madrid, también se supo, a decir de La Nación, de “un traje que se negó a pagar a un conocido sastre madrileño […] el traje fue llevado al juzgado para someterlo a un peritaje y hasta el día de hoy el sastre no sabe nada ni del traje ni de las pesetas” (los trajes siempre andan en medio de los casos de corrupción).

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Alejandro Lerroux (1864–1949)

Pero Strauss no se amilanó y envió primero una carta a Alejandro Lerroux (de nuevo presidente del Gobierno) reclamándole ser indemnizado por las pérdidas causadas en sus fallidos negocios: “La compensación total solicitada por Strauss ascendía a 83.000 florines, equivalentes a unas 400.000 pesetas […] el chantaje económico rezumaba en el documento desde la primera a la última letra” (Alejandro LerrouxLa pequeña Historia). Ante su silencio, Strauss denunció los hechos al mismísimo Manuel Azaña, enemigo político de Lerroux. Esta confidencia pudo realizarse a través de Indalecio Prieto (dirigente socialista, exiliado en Ostende, entrevistado con Azaña cuando este viajó a la Exposición Internacional de Bruselas) quien orientaría a Strauss sobre la maniobra: “No se buscaba como fin la justicia ni la depuración, sino el escándalo: lo que importaba era producirlo, cuanto más grande mejor”,  afirmó Lerroux. También recayeron sospechas sobre la propia CEDA, interesada en formar gobierno en solitario sin tener que contar con el Partido Radical.

La corruptela sale a la luz y llega a la prensa (primero a El Debate el 26 de octubre y al día siguiente a todos los demás diarios madrileños), obligando a las Cortes a formar una comisión parlamentaria de investigación. El presidente de la República, Alcalá Zamora, recibe la carta de Strauss, hace dimitir a Lerroux, y pone en marcha una denuncia ante la Fiscalía.

Varios cargos públicos serían considerados culpables, como el director general de Seguridad (José Valdivia), el ex ministro de la Gobernación (Rafael Salazar Alonso), Pich y Pon (ahora gobernador general de Cataluña), el diputado Radical por Valencia Sigfrido Blasco, el subsecretario de la Gobernación Eduardo Benzo, además del periodista Vinardell (en esos momentos jefe la Oficina Española de Turismo en París), de Miguel Galante (delegado del Estado en la compañía de ferrocarriles MZA) y Aurelio Lerroux (delegado del Estado en la Compañía Telefónica Nacional de España).

Incluso se llegaron a colar nombres significativos en la denuncia gubernativa, como el del propio Alejandro Lerroux (afirmaba que nunca conoció a Strauss, aunque éste visitara su casa) y el de, curiosamente, Francisco Franco (que se vio en la obligación de escribir al diario El Sol un desmentido sobre su posible implicación, publicado el 28 de octubre). La lista nominativa con varios rivales políticos de Azaña se eliminó del dossier antes de ser entregado a la Fiscalía.

El escándalo hizo dimitir a varios políticos del Partido Radical (también afectado por otro affaire de la época, el caso Tayá, sobre la explotación de la línea marítima entre España y Fernando Poo), ahondó más la diferencia entre la derecha y la izquierda españolas, y afectó a los cimientos mismos de la República, de modo que algunos intelectuales, como Miguel de UnamunoPío BarojaAntonio Machado y otros, salieron en defensa de las esencias republicanas:

“Se ha producido en la política española un escándalo ante el cual la República ha mostrado su eficacia. En tiempo de la monarquía escándalos semejantes se ahogaban, no llegaban a tener oficialmente estado público y hacían las delicias de los que hablan al oído.  Hoy no ha sucedido así. Los órganos del estado se han hecho cargo del asunto, han funcionado normalmente. Las Cortes, con serenidad y diligencia, han pasado el tanto de culpa a los tribunales y han sancionado las faltas de moral públicas en el desempeño de los cargos políticos.”

(La Voz, 30 de octubre de 1935).

AlmaLeonor

…Continuará…

1ª Parte: El Valido y sus “Tesoreros”.

2ª Parte: Corrupción en el siglo XIX y principios del XX.

3ª Parte: Los Casos desde el franquismo.

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