DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I)

DE MUTILADOS Y DISCAPACIDADES HISTÓRICAS (I):

De la Prehistoria al fin de la Edad Media

Artículo de Alma Leonor López publicado el 1 de abril de 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia, sección Discusión Histórica.

Viejo de la Chapelle-Aux-Saints

Actualmente, uno de los hombres más influyentes en la economía mundial es el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; y uno de los “cerebros” más fascinantes en el presente panorama científico internacional es el del físico Stephen Hawking.

Ambos comparten una particularidad, y es que necesitan de una silla de ruedas para desplazarse. Schäuble desde 1990, cuando quedó parapléjico tras sufrir un atentado en Friburgo, nueve días después de la unificación Alemana. Y Hawking padece esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad que le obligó a utilizar una silla adaptada a la que incluso ha tenido que incorporar un generador de voz ante el imparable avance de su mal. Ambos sufren una discapacidad física.

Ciertas personas acusan una deficiencia unas veces por una enfermedad o problema genético (como Hawking) y otras les vendrá impuesta por una causa externa (como Schäuble). Este artículo habla del protagonismo de algunas de ellas en la historia.

DESDE LA PREHISTORIA

De discapacidades nos habla hasta la Prehistoria. Erik Trinkaus, paleoantropólogo de la Universidad de Washington, y uno de los mayores expertos del mundo en neandertales, estudiando al Viejo de la Chapelle-aux-Saints, un espécimen de neandertal (se le estima una edad de 60.000 años) cuyos restos se hallaron en esa cueva en 1908, determinó que sufría de varios problemas y enfermedades importantes: artrosis grave en cervicales y hombro, osteoartritis, pérdida de molares y encías, sordera parcial, una rodilla deformada, un dedo del pie aplastado… Con toda seguridad, este “viejo” necesitó de la ayuda solidaria y altruista de sus congéneres para sobrevivir. Trinkaus ya había comprobado este comportamiento social con el espécimen de Shanidar 1 (en Irak, de hace unos 80.000 años), que presentaba lesiones por aplastamiento en la mitad del cuerpo (con hemiplejía en el lado derecho) y en el cráneo (con pérdida de visión en un ojo), así como múltiples fracturas (curadas) en el brazo derecho… y, pese a todo, sobrevivió gracias al grupo.

Shanidar 1

También en el yacimiento español de Atapuerca  se desenterró en 1994 un espécimen que se dio en llamar el Viejo de la Sima de los Huesos. En realidad eran solamente una pelvis y parte del tronco de un heidelbergensis de hace medio millón de años, pero permitieron averiguar muchas cosas. Primero, que era un individuo de edad avanzada (superaba los 45 años, muy mayor, equivale a unos 80 años actuales) y segundo, que sufría un “cierto grado de minusvalía locomotriz”: una cifosis lumbar degenerativa que le provocaría una curvatura pronunciada de la espalda, y una espondilolistesis moderada que haría que sufriera de una cierta desviación de la columna respecto al sacro.

Se concluyó que debió de necesitar de la ayuda de otros miembros del grupo para llegar a esa edad en su estado y que, por lo tanto, evidenciaría el primer caso de asistencia grupal a un miembro con discapacidad.

LAS PENAS DE MUTILACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD

Dado este espíritu de camaradería en tiempos tan tempranos, sorprende encontrar, ya dentro de la Historia, no solo la más que posible ausencia de la misma, sino la preponderancia de leyes que ordenaban mutilar a sus semejantes:

Estela de Hammurabi

Ley 192: Si el hijo de un favorito o de una cortesana, dijo al padre que lo crió o la madre que lo crió: “tú no eres mi padre”, “tú no eres mi madre”, se le cortará la lengua.
Ley 193: Si el hijo de un favorito o de una cortesana ha descubierto la casa de su padre, ha tomado aversión al padre y la madre que lo han criado, y se fue a la casa de su padre, se le arrancarán los ojos.
Ley 194: Si uno dio su hijo a una nodriza y el hijo murió [porque] la nodriza amamantaba otro niño sin consentimiento del padre o de la madre, será llevada a los jueces, condenada y se le cortarán los senos.
Ley 195: Si un hijo golpeó al padre, se le cortarán las manos.
Ley 196: Si un hombre libre vació el ojo de un hijo de hombre libre, se vaciará su ojo.
Ley 197: Si quebró un hueso de un hombre, se quebrará su hueso.
Ley 200: Si un hombre libre arrancó un diente a otro hombre libre, su igual, se le arrancará su diente.
Ley 205: Si el esclavo de un hombre libre abofeteó un hijo de hombre libre, se cortará su oreja.
Ley 218: Si un médico hizo una operación grave con el bisturí de bronce y lo ha hecho morir, o bien si lo operó de una catarata en el ojo y destruyó el ojo de este hombre, se cortarán sus manos. 

El Código de Hammurabi (entre el 1790 y el 1750 a. C.), no dejaba lugar a dudas respecto a la “ley del Talión” que aplicaba, aunque hay que decir, en honor a la verdad, que estas leyes (al igual que otras orientales, como el Código de Ur, algo anterior), pretendían poner fin a prácticas individuales de venganza por la comisión de un desagravio.

En realidad, estas leyes tan drásticas (la pena de muerte era más frecuente que la de mutilación, aunque la mayoría eran pecuniarias), pretendían principalmente, además de la restitución del daño, producir un efecto ejemplificador. Eran penas con un marcado carácter social, algo que, en cierto modo, ha pervivido desde entonces en, por ejemplo, la “marca” a fuego en la piel de las prostitutas en la época medieval, las ejecuciones públicas practicadas profusamente hasta la historia reciente, o en las actuales normas legales extremas de algunos países en los que la amputación de una mano al ladrón (caso de Irán o Mali, por la ley islámica o sharia) o la lapidación a la adúltera (más corriente aún: en Sudán, Mali, Irán, Afganistán…), pretenden dejar constancia pública y notoria de su “infame” falta o condición.

Crucificados en el Imperio Romano

También Roma sucumbió al ejercicio del castigo por mutilación. Admitía la lesión corporal y la mutilación permitiendo que fuesen los parientes de la víctima quienes ejerciesen de ejecutadores de la sentencia. A los cristianos condenados por su herejía se les podía aumentar la pena con la amputación del pie izquierdo o la ceguera del ojo derecho, penas que más tarde emplearía Constantino para castigar a quienes robaran iglesias o violaran sepulturas (curiosamente también a “funcionarios subalternos que cometiesen defraudaciones”, según el historiador y jurista alemán Theodor Mommsen).

Todos estos castigos por mutilación permanecieron durante el Imperio con la misma severidad, hasta que Justiniano los prohibiera… para utilizar la amputación (o luxación de un miembro) como agravamiento de la pena inicial, una potestad que se otorgó a los Tribunales.

Justiniano en la Basílica bizantina de San Vitale en Ravena

¡Ah, los bizantinos!… ahí sí que encontramos a expertos “mutiladores”, desde que en el siglo VII Martina y su hijo Heracleonas fueran destronados por decisión del Senado y, por primera vez, se utilizase en sus personas la amputación de miembros (a la primera la lengua y al segundo la nariz), consagrando así la “incapacidad del amputado para un cargo público” (en el 641, según el gran bizantinista George Ostrogorsky).

La historia bizantina está plagada de mutilaciones. Constantino IV (668-685), en el año 681, mandó cortar la nariz a sus hermanos, Heraclio y Tiberio, para que no le hiciesen sombra ni le disputasen el trono. Antes de acabar el siglo, Leoncio (695-698) había hecho cortar la nariz y la lengua de su antecesor Justiniano II (685-695) al derrocarle, y él mismo sufrió la mutilación a manos de Apsimar, quien le apartó del trono y se hizo llamar Tiberio III (698-705).

Leoncio acabó siendo ejecutado por Justiniano II cuando regresó al trono. Si, aún con la nariz cortada (se aplicó una prótesis de oro y la mutilación parcial de la lengua no le impedía hablar), Justiniano II volvió a tomar las riendas del imperio entre el 705 y 711, con el sobrenombre de Rhinotmeta (nariz cortada), y “en el futuro, esta práctica ya no se volvió a aplicar a pretendientes al trono o  a emperadores destronados”, dice Ostrogorsky. Justiniano II reinó de manera despótica y lo primero que hizo fue mandar ajusticiar a todos los que él consideraba implicados en su derrocamiento (lo fueran realmente o no), así como a cualquier enemigo real o supuesto, acabando su vida arrestado y decapitado.

Pero el primitivo Código de Justiniano el Grande (siglo VI), basado en el Derecho romano, sufrió las consecuencias de esta orientalización que resultó drástica en el siglo VIII con la promulgación de la Égloga (‘extractos’), una serie de modificaciones legislativas sancionadas por Leon III (717-741), que contenían “todo un sistema de castigos corporales como no lo conoció el derecho justinianeo: amputación de nariz y lengua, sección de la mano, sacar los ojos, rapar y quemar el pelo, etc.” (G. Ostrogorsky). Sin embargo, A. A. Vasiliev afirma que “en la mayoría de los casos tales castigos están destinados a sustituir la pena de muerte” y eran de aplicación igualitaria, mientras que el Código de Justiniano prescribía penas diferentes según eestatus social. Así que cualquier paria podía ser condenado a la pena de amputación de la lengua o la nariz y estar sumamente agradecido por ser tratado como a un emperador.

La emperatriz Irene

O como el hijo de una emperatriz. Porque si crueles podían ser los emperadores bizantinos, también las emperatrices les emularon con bastante pericia, al menos una, Irene (797-802, regente desde el 780). La emperatriz (ella se hacía llamar “Basileus”, emperador, en masculino) que pasará a la historia, además de por organizar una de las mayores trifulcas con la Iglesia cristiana por la cuestión iconoclasta, por hacer cegar a su hijo, Constantino VI, para evitar que la destronara (en agosto del 797).

Un par de siglos más tarde dejaron de “afear” los rostros de los posibles candidatos al trono para utilizar el método de la castración. No es que se castrase al enemigo, sino que los emperadores bizantinos se fiaban de los eunucos castrados porque esta circunstancia les impedía legalmente acceder al trono.

Pero también acabaron encontrando el camino (el poder es lo que tiene, que agudiza el ingenio) y Basilio Lekapenos (945-985), que era bastardo además de castrado, fue escalando puestos hasta alcanzar los más altos: Fue primero “parakoimomenos” (una especie de mano derecha “full time” del emperador), luego primer ministro para tres emperadores, y finalmente emperador.

LA PLENA EDAD MEDIA

La Edad Media fue asimismo testigo de una curiosa contradicción. Por un lado, la coronación de un rey leproso, Balduino IV de Jerusalén, cuando contaba con 13 años; un rey que, contra todo pronóstico, se mantuvo en el trono y dominó su reino durante más de una década (1174-1185). Su cuerpo acusó enseguida los estragos de la terrible enfermedad y tenía que ocultar su rostro con una máscara de plata al tiempo que sus manos y piernas se desvanecían y la ceguera le alcanzaba cerca ya de su muerte a los 24 años.

Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso, en la película Kingdom of Heaven (2005)

Pero, por otro lado, la época de las Cruzadas y de los reinos cristianos de Oriente conoció un trasiego de miembros “incorruptos” de santos a modo de reliquias que, procedentes de Tierra Santa, inundaron las catedrales, monasterios, iglesias y abadías de toda Europa. Mientras, la nefanda costumbre de mutilar a enemigos, insumisos, díscolos, e indisciplinados salteadores de la ley, no acabó ni con la caída de Constantinopla a mediados del siglo XV.

Si hallares que alguno de ellos hurten, castígalos también cortándoles las narices y las orejas, porque son miembros que no se podrán esconder”.

Así se expresaba Cristóbal Colón, en las instrucciones que trasmitía el 9 de abril de 1494 a mosén Pedro Margarite. Y no fue el único caso, también Pedro de Valdivia se explicaba en los mismos términos:

Prendiéronse trescientos o cuatrocientos, a los cuales hice cortar las manos derechas e narices, dándoles a entender que se hacía porque les había avisado viniesen de paz…”

AlmaLeonor

Finaliza en De mutilados y discapacidades históricas (y II)

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