BATRACOMIOMAQUIA

BATRACOMIOMAQUIA

Theodor Severin Kittelsen (1857-1914)

“Al comenzar esta primera página, ruego al coro del Helicón que venga a mi alma para entonar el canto que recientemente consigné en las tablas, sobre mis rodillas —una lucha inmensa, obra marcial llena de bélico tumulto— deseando que llegue a oídos de todos los mortales cómo se distinguieron los ratones al atacar a las ranas, imitando las proezas de los gigantes, hijos de la tierra.”

La Batracomiomaquia o “Batalla de las Ranas y Ratones”, es una obra épica cómica, una parodia sobre la “Ilíada”, atribuida igualmente a Homero por algunos autores romanos, pero que según Plutarco podría ser de Pigres de Halicarnaso (hermano o hijo de Artemisia, la reina de Caria), y según otros, sería incluso de un autor más moderno, de la época helenística. Por extensión, se denomina Batracomiomaquia a toda disputa estúpida por naturaleza, algo así como cuando nosotros decimos “entre tirios y troyanos” (como una disputa entre dos cuestiones iguales), y me pregunto si se podría asimilar a la guerra descrita en los Viajes de Gulliver entre Liliput y Blefuscu sobre cómo cascar los huevos cocidos (y que satiriza los conflictos religiosos de la Europa de la época del autor, Jonathan Swift, entre Inglaterra y Francia respectivamente).

La historia griega dice más o menos esto:

Un ratón llamado Hurtamigas, que bebía agua de un lago se encontró con el Rey Rana, llamado Hinchacarrillos, quien lo invitó a su casa. Mientras el Rey Rana cruzaba nadando el lago, con el ratón sentado en su espalda, se enfrentaron a una espantosa serpiente acuática…

De súbito apareció una hidra, con el cuello erguido sobre el agua ¡Amargo espectáculo para entrambos! Al verla, sumergióse Hinchacarrillos, sin parar mientes en la calidad del compañero que, abandonado, iba a perecer. Fuese, pues, la rana a lo hondo del lago y así evitó la negra muerte. El ratón, al soltarlo la rana, cayó en seguida de espaldas sobre el agua; y apretaba las manos; y, en su agonía, daba agudos chillidos. Muchas veces se hundió en el agua, otras muchas se puso a flote coceando; pero no logró escapar a su destino. El pelo, mojado, aumentaba aún más su pesantez. Y pereciendo en el agua, pronunció estas palabras:

—No pasará inadvertido tu doloso proceder, oh Hinchacarrillos, que a este náufrago despeñaste de tu cuerpo como de una roca. En tierra, oh muy perverso, no me vencieras ni en el pancracio, ni en la lucha, ni en la carrera; pero te valiste del engaño para tirarme al agua. Tiene la divinidad un ojo vengador, y pagarás la pena al ejército de los ratones sin que consigas escaparte.

Otro ratón fue testigo de lo ocurrido desde una orilla del lago, y corrió a contar a todos lo que había visto. Los ratones se prepararon para la batalla como venganza por la traición del Rey Rana y enviaron un heraldo para proponer a los dioses que eligiesen bando, y específicamente a Atenea para que les ayudase…

Entonces Zeus llamó a las deidades al estrellado cielo y, mostrándoles toda la batalla y los fuertes combatientes, que eran muchos y grandes y manejaban luengas picas —como si se pusiera en marcha un ejército de centauros o de gigantes— preguntó sonriente “¿Cuáles dioses auxiliarán a las ranas y cuáles a los ratones?” Y dijo a Atenea:

—¡Hija! ¿Irás por ventura a dar auxilio a los ratones, puesto que todos saltan en tu templo, donde se deleitan con el vapor de la grasa quemada y con manjares de toda especie?

—¡Oh padre! Jamás iré a prestar mi auxilio a los afligidos ratones, porque me han causado multitud de males, estropeando las diademas y las lámparas para beberse el aceite. Y aun me atormenta más el ánimo otra de sus fechorías: me han roído y agujereado un peplo de sutil trama y fino estambre que tejí yo misma; y ahora el sastre me apremia por la usura —¡situación horrible para un inmortal!— pues tomé al fiado lo que necesitaba para tejer y ahora no sé como devolverlo. Mas ni aun así querré auxiliar a las ranas, que tampoco tienen ellas sano juicio: pues recientemente, al volver de un combate en que me cansé mucho, me hallaba falta de sueño y no me dejaron pegar los ojos con su alboroto; y estuve acostada, sin dormir y doliéndome la cabeza, hasta que cantó el gallo. Ea, pues, oh dioses, abstengámonos de darles nuestra ayuda: no fuese que alguno de vosotros resultase herido por el punzante dardo, pues combatirán cuerpo a cuerpo, aunque una deidad se les oponga; y gocémonos todos en contemplar desde el cielo la contienda.

Así dijo. Obedeciéronla los restantes dioses y todos juntos se encaminaron a cierto paraje. Entonces los cínifes preludiaron con grandes trompetas el fragor horroroso del combate; y Zeus Cronida tronó desde el cielo, dando la señal de la funesta lucha.

Se libró la batalla y los ratones fueron más fuertes. Zeus, entonces, invocó a un ejército de cangrejos para evitar la completa destrucción de las ranas…

De pronto se presentaron unos animales de espaldas como yunques, de garras corvas, de marcha oblicua, de pies torcidos, de bocas como tijeras, de piel crustácea, de consistencia ósea, de lomos anchos y relucientes, patizambos, de prolongados labios, que miraban por el pecho y tenían ocho pies y dos cabezas, indomables: eran cangrejos, los cuales se pusieron a cortar con sus bocas las colas, pies y manos de los ratones, cuyas lanzas se doblaban al acometer a los nuevos enemigos.

Temiéronles los tímidos ratones y, cesando en su resistencia, se dieron a la fuga.

Impotentes ante sus pinzas acorazadas, los ratones se retiraron, finalizando al ocaso la guerra de un solo día.

El poema se compone de aproximadamente 300 hexámetros. En el proemio (versos 1-8) se adivina ya el toque cómico al presentar una guerra (narrada con lenguaje épico) entre dos tipos de animales, digamos, insignificantes: ranas y ratones.  Los detalles de la batalla (versos 202-259) son presentados como la lucha entre dos héroes individuales, aunque la la descripción final de la lucha es confusa debido al cruce de muchos textos traducidos e insertados en las traducciones antiguas. Pero, pese a que los dioses habían declinado no intervenir, al final Zeus lo hace en favor de las ranas. Para los expertos, es un texto muy rico en lecturas, pero que rezuma, ante todo, un profundo antibelicismo: todas las guerras son tan absurdas como una lucha entre ratones y ranas.

Las ilustraciones de esta entrada son obra de Theodor Severin Kittelsen (1857-1914), un artista noruego muy conocido por sus ilustraciones y pinturas inspiradas en la naturaleza y en los cuentos de hadas y leyendas nórdicas, sobre todo las relacionadas con los Trolls.

Troll (1906)

Vivió durante dos años en un faro en las islas Lofoten, donde además de pintar, empezó a escribir relatos para acompañar sus dibujos. Sus mejores años artísticos los pasó en una finca llamada Lauvlia, en Sigdal, cerca de Oslo, (Noruega, hoy museo), donde residió los restantes años de su vida. En Lauvlia, Kittelsen vivió con la que fuera su esposa desde 1889, Inga Dahl, con quien llegó a ser padre de nueve hijos en sus veinte años de matrimonio.

Kittelsen realizó su obra “Krigen mellom froskene musene” basada en la Batracomiomaquia entre 1884 y 1885, plasmando en una serie de magníficos dibujos el espíritu épico del relato homérico, pero también la parodia que se trasluce de la desigual batalla. Sin embargo, no fue una de sus obras exitosas y no encontró editor para ella en forma de libro. Todas las ilustraciones fueron compradas por un coleccionista sueco, Pontus Fürstenberg, quien las legó a su muerte al museo de arte de Gotemburgo. Hoy, pueden encontrarse en una obra editada por la Revista Babar en en forma de ebook (descargable desde el enlace), desde una traducción contemporánea, publicada en 1887 por el erudito Jenaro Lenda Mira (1816-1893), bibliotecario jefe de la Biblioteca Nacional.

Merece la pena conocer este relato y recordar, hoy más que nunca, la absurda realidad de las guerras. Todos acabamos siendo ranas o ratones engullidos por feroces cangrejos por voluntad de los dioses. Ni los ganadores ni los perdedores de las guerras tienen en sus manos el poder de decidir. Toda guerra es una falacia absurda… una cruel falacia absurda.

Almaleonor

 

 

 

 

 

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