HAS LLEGADO A TU DESTINO

HAS LLEGADO A TU DESTINO

Imagen: Mark Ryden

—Has llegado a tu destino… ha llegado tu hora… arrepiéntete de tus pecados.

—¡Noooooooo…!

 —–

Veo que voy acercándome a esa terrible figura entre la niebla. La engañosa niebla donde mis ojos oscilan con cada paso. Su imagen está clara en mi mente, aunque aún se desdibuja su figura. Yo sigo sintiendo su  hedor. Un hedor de muerte.

No siempre sentimos la sangre que nos une de la misma manera que nos enseñaron nuestros mayores, ni de la misma forma que une a dos hermanos o a dos extraños por el valor, la lucha, la guerra, por la palabra dada. Todo se me antoja muy lejano. Casi tanto como lejana es la figura a la que me acerco… ¿Por qué avanzo tan despacio? ¿Por qué no siento mis pasos? La niebla es negra y espesa, casi tanto como aquella noche en la que la conocí. Era la noche de su fiesta de prometida con mi hermano, con mi propio hermano. En cuanto entré en la estancia supe que aquella mujer faltaría a su promesa. En cuanto entré en la estancia sentí sus ojos negros clavados en mi alma. Y desde ese mismo momento supe que se había albergado en mí como una araña se amarra a su tela. Aún se me encoje el corazón, que ya ni siquiera siento, cuando recuerdo el escalofrío que surcó mi cuerpo el día que aquella mujer caminó hacia mí con su mano tendida. Una mano de muerte.

Bosque.

Este bosque es demasiado denso… la hojarasca apenas se oye por efecto de la niebla. Solo se oye el caminar de los espectros. Es noche de aparecidos y el ulular de la luna les atrae hacia este lugar… este lugar maldito.

Ella.

Mi hermano me acababa de abrazar por mi regreso. Mi hermano pequeño. Era alegre y desenfadado y no podía ver lo que yo vi. No pudo saber lo que yo sabía. No pudo intuir que la promesa que estaba a punto de hacerle aquella mujer era vana. Yo no la había visto antes, nunca en mi pasada vida, pero sabía quién era y ella supo quién era yo. Ella me estaba esperando.

Viento.

Solo siento el viento en mis mejillas, un viento gélido y ardiente a la vez. Un viento que no mueve las hojas de este otoño extraño, posadas en el suelo bajo el manto de la niebla negra de la noche de difuntos. Un viento gélido fue lo que sentí cuando hice aquel pacto. Aquel maldito pacto en una noche como esta y en el que comprometí mi vida y la de mi hermano. Aquel maldito pacto que firme con el mismísimo Lucifer.

Aciaga y ventosa noche la de aquella batalla en la que lloré como un niño suplicando por mi vida. Suplicando que fuese otro el que muriese en mi lugar y no yo. Aciaga noche en la que mi compañero de armas cayó a mis pies desparramado como un fardo roto por las costuras. Sus ojos imploraban, sus labios temblaban y solo un hilo de voz salía de ellos… “dile a mi esposa que fui valiente”. Le juré que no se iba a morir, que yo velaría por él, que él mismo podría decirle a su esposa que  fue valiente. Todo eso le dije hasta que una explosión se llevó mi brazo derecho y dejó mutilada mi pierna… entonces supe lo que aquel muchacho quería decir. Nadie es valiente ante la contemplación de su propia muerte.

Muerte.

En medio del barro de la trinchera un sanitario atendía a las mareas de soldados que llenábamos las camillas. Se despojaba a los muertos de su sitio para colocar a los que iban llegando aún con vida. Con un hilo de vida. Aquel muchacho seguía suplicando… “dile a mi esposa que fui valiente”… solo que ya no me lo decía a mí, se lo suplicaba al todopoderoso.

No fue la voz del todopoderoso la que aquella mañana de rocío con olor a pólvora sentenció mi vida… “Este morirá enseguida. Traed a otro”. Entonces vi como los camilleros llevaban a mi compañero hasta aquel sanitario que me había desahuciado aún con vida. Y grité. Grité a Dios y grité al Demonio. Grité a todo aquel que quisiera escucharme. Y uno me escuchó.

Frío.

Largo es este camino. La extraña figura sigue como inerte delante de mí y no la alcanzo. Siento su hedor de  muerte. No siento ni mi propio hedor, ni siento mi caminar. No siento ni mi aliento en esta noche de niebla fría.

Frio fue lo que exhaló mi compañero de armas cuando su aliento de vida me fue traspasado. Miedo helador más que frio, fue lo que sentí cuando caí en la cuenta de lo que había hecho. Cuando supe el pacto al que me  había comprometido. Y me negué. Me negué con todas mis escasas fuerzas. Negué su aciago destino y sentencié el mío.  Recé.

Fue él quien pudo decirle a su esposa que había sido valiente en el frente. Pero fui yo quien quedó en suspenso ante la muerte. Y la muerte siempre se cobra su precio.

 

Ahora alcanzo a ver aquel ser extraño al que me acercaba. Es solo un cuerpo sin cabeza. Su ropa es la mía… No tiene su brazo derecho… Tiesa mantiene su pierna… Soy… ¡yo!… ¡y me estoy mirando!

—Debiste entender que nadie desafía a la muerte. Debiste entender que siempre se cobra su precio. Tú has desafiado al mismísimo Lucifer, señor de la oscuridad y la muerte, suplicando a tu Dios por una vida. Ahora él, mi señor, me ha enviado a cobrarse la suya.

Era ella…

—Has llegado a tu destino… ha llegado tu hora… arrepiéntete de tus pecados.

—¡Noooooooo…!

AlmaLeonorLP

Relato de Noche de Difuntos para un ejercicio en el Jardín Secreto.

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