LA LECHE DE AL CAPONE

LA LECHE DE AL CAPONE

 

A veces, la utilización de elementos en apariencia inocuos enfatiza mucho más la idea que se quiere transmitir en un sentido totalmente contrario, como por ejemplo, que animales tenidos por tan inocentes como los pájaros, se conviertan en despiadados asesinos de la mano del genial Hitchcock, o que una infantil muñeca o marioneta aparezca en tantas películas como un ser diabólico, o como que a un terrorífico monstruo de Frankenstein de Mary Shelley, le gusten las flores. La utilización de un elemento inocente en manos del mal acentúa mucho más la maldad. Algo así debió de pensar el escritor Anthony Burgess (1917-1993) cuando hizo que al personaje principal de su novela “La naranja mecánica” («Clockwork orange», que podría traducirse como “Tan raro como una naranja de relojería”, aunque hay quien asegura que se refería a un “hombre mecánico”, así que ya anunciaba la complejidad bien/mal desde el título), el psicópata Alex DeLarge, le guste Beethoven y en general la música clásica, porte elegantemente un formal bombín y bastón y sea un consumado consumidor de moloko, leche, en el lenguaje propio que utilizan él y su pandilla de drugos (colegas). Incluso la película sobre la novela, que rodó Stanley Kubrick en 1971 (donde visten del virginal color blanco en lugar del negro de la novela), comienza en el Korova, un “bar lácteo”.

Eso de beber leche, una bebida inocente y “primaria” (es el primer alimento del ser humano), es un recurso cinematográfico utilizado también para enfatizar la ambigüedad y la hipocresía en un gánster como Eddie Bartlett (James Cagney) en la película “Los violentos años veinte” (1939, Raoul Walsh), un abstemio que se dedica al contrabando de licor durante la ley seca.

Claro que, solo la genialidad de James Cagney podía hacer creíble esa dualidad, como cuando convirtió en escena ya mítica la utilización de un pomelo como “arma” de su odio contra la cara de Mae Clarke en la película “Enemigo Público” (1931, William A. Wellman).

Pero, aunque podamos pensar otra cosa, esa imagen recurrente del malvado gánster entregado fervientemente a la realización de acciones inocentes como beber leche o amar la música clásica, no es más que un cliché cinematográfico, por mucho que en algunas informaciones se haya difundido la idea de que un gánster real, Al Capone, defendió y se empeñó en instaurar una medida sanitaria tan importante para salvar vidas como es la etiquetación de la fecha de caducidad en los envases de leche.

De eso venía yo a hablarles.

Se cuenta que Alphonse Gabriel Capone (1899-1947), más conocido como Al Capone, quedó muy afectado cuando un familiar suyo, un niño según contaba su sobrina Deirdre Marie Capone, murió por beber leche en mal estado. Su empeño en lograr que esa bebida (casi una bebida nacional norteamericana) fuese saludable e inocua para todos, especialmente para los niños, le llevó a fundar una empresa de distribución láctea cuyas botellas llevaban impresas la fecha de caducidad. Esto hizo historia, se afirma, aunque es una versión que nunca se verificó del todo, y se lleva haciendo así desde entonces salvando miles de vidas. ¿En serio?

Para empezar, en los EEUU no existe una legislación que obligue a etiquetar la leche y otros productos lácteos con una fecha de caducidad o consumo idóneo. En este país, patria de Al Capone, no existe un sistema de etiquetado uniforme ni una obligatoriedad para hacerlo, a excepción de los preparados para bebés. La libertad industrial en los EEUU permite que este y otros tipos de alimentos puedan ser comercializados sin etiquetar la fecha de caducidad (veinte Estados sí que lo tienen implantado), solo existe una nomenclatura para el fabricante que indica “Closed” en alimentos no perecederos y “Open date” para productos como carne, huevos, leche y derivados lácteos. Así que mucho ejemplo no ha cundido en el país donde nació el etiquetado de la fecha de caducidad.

Porque eso sí que es cierto, fue Al Capone quien inició esta costumbre en el Chicago de la Ley Seca. Pero no por motivos altruistas. No. De hecho, ni siquiera hoy en día se entiende esa fecha como una salvaguarda de la seguridad en el consumo, sino que es una medida de optimización de la frescura del alimento, según el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC), grupo de defensa ambiental internacional sin ánimo de lucro, con sede en Nueva York : “El etiquetado de la fecha de caducidad surgió de una preocupación por la frescura de los alimentos, no por seguridad”. En todo caso, y pese a las desafortunadas declaraciones de un ministro animando a consumir yogures caducados, la legislación en España, dictamina que si un cliente adquiere un producto caducado, tiene derecho a que el vendedor se lo restituya por uno cuya fecha de caducidad o de consumo preferente no haya pasado. Aquí si que se tiene muy en cuenta las fechas de caducidad.

Volvamos a Capone. En los años de la Ley Seca (entre 1920 y 1933) en los EEUU, llegó a existir todo un entramado corrupto al margen de cualquier legislación que no solo obtenía pingues beneficios de la distribución ilegal de alcohol en locales clandestinos, sino que abarcaba múltiples campos, incluyendo los sobornos a policías, políticos y jueces. Fue un caldo de cultivo especial donde se fraguaron, desde la proliferación de bodegas clandestinas de destilación de alcohol, hasta los locales del burlesque neoyorkino, las timbas de póker y los clubs de jazz, así como el auge de gansters carismáticos y mediáticos que dominaban un territorio y uno o varios negocios ilegales, junto a su banda, enfrentada muchas veces con otras similares causando varias muertes.

Uno de los acontecimientos más dramáticos de este estado de cosas ocurrió, precisamente, en el día de los enamorados, un 14 de febrero de 1929, cuando la banda de Al Capone eliminó a tiros a cinco integrantes de la banda rival de “North Side Gang” (Pandilla lado norte), en la que se ha dado en llamar “matanza del día de San Valentin”.

«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.»

No podía estar más equivocado el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma (aunque las cifras apuntan a que el consumo de alcohol durante la Prohibición disminuyó a la mitad con respecto a la década anterior, es difícil que se contabilizara todo el consumido clandestinamente), cuando la anunciaba justo antes de entrar en vigor el 16 de enero de 1920. Con la Prohibición nacían los gansters. Eran poderosos, ricos, influyentes, crueles con los representantes de la ley y con sus enemigos, pero también generosos y protectores de sus amigos y aliados. Se ganaban adeptos y filias a base de golpes de terror y cheques de varias cifras. Igual que compraban policías, organizaban veladas operísticas o también, procuraban a la ciudad comedores sociales.

Esa fue una de las actividades que se reconocen a Al Capone, la organización de Comedores Sociales en los difíciles años de la post-depresión del 29, que puso a tantos obreros al pie de la mendicidad, subsistiendo únicamente gracias a este tipo de comedores y subsidios públicos. En el Comedor Social de Capone en Chicago, podía verse al capo de vez en cuando repartiendo el mismo una escudilla de sopa a los parados, dicen, y se gastaba en ellos una verdadera fortuna que ponía de su bolsillo, se afirma. Esos comedores proliferaron por todo el país ante la situación de verdadera necesidad, pero es difícil creer que el altruismo de Capone no tuviese un interés crematístico, aunque solo fuese por publicitarse como buen samaritano.

Hacia esos años, después de la Gran Depresión, se empezaban a oír voces que apuntaban a un levantamiento de la Prohibición. Capone sería muchas cosas, pero tonto no era. Debía de encontrar pronto una alternativa que le permitiese mantener sus negocios y tren de vida. Si la gente, toda, bebía alcohol y este dejaba de ser ilegal y productivo, debía encontrar una forma “legal” de seguir vendiendo algo que consumiese todo el mundo. Además, el fin de la Ley Seca le acarreaba otro problema añadido ¿qué hacer con la flota de camiones que tenía para distribuir el alcohol?

Fue hacia 1931 cuando Al Capone decide entrar en el negocio legal de la distribución de leche, pensando en adquirir la Procesadora Meadowmoor Dairies de Chicago. Pero no era suficiente. Capone envió a su lugarteniente Murray Humpreys a tratar del asunto de la distribución de leche con Steve Sumner, encargado de la asociación de conductores de Milk Wagon. Le acompañaban dos “matones”, Frankie Diamond y Johnny Maritote (que estaba casado con una hermana de Capone). En este momento el sindicato de distribuidores entregaba únicamente leche producida localmente para garantizar su frescura y Capone quería importar leche de Wisconsin, así como utilizar su propia flota de camiones al margen del sindicato de Sumner.

En Chicago, las compañías lácteas locales vendían la leche a distribuidores que contaban con sus propios camiones, y éstos se la vendían a su vez a los minoristas que eran quienes la hacían llegar al público, generalmente con un sistema de entrega diaria puerta a puerta. Estos vendedores minoristas también contaban con su propio sindicato, la Asociación de Lácteos Puros, dirigido por Robert “Old Doc” Ritchie. Cuando Capone quiere entrar en el negocio, es su hermano Ralph (el “enemigo público número tres”, llamado después “Bottles” Capone) quien se encarga de las negociaciones, exigiendo a Sumner que accediera a sus pretensiones, cosa a la que, el ya anciano de 81 años, se negó (redoblo exponencialmente sus medidas de seguridad, no obstante). Entonces Ralph, fue a negociar con los minoristas, que en esos momentos, se habían negado a vender la leche extralocal de la Meadowmoor Dairies.

El interés de Capone por controlar la producción y distribución de leche no estaba funcionando. Si fue en este momento cuando sucedió el episodio del niño enfermo de su familia por beber leche en mal estado, no lo sabemos con exactitud, si es que realmente sucedió, pero sí que es ahora cuando Ralph Capone se dirige al Concejo Municipal de Chicago para convencerles de que la leche procedente de otro Estado podría ser distribuida sin problemas de salud para la población, si en las botellas figuraba una “fecha de caducidad” del producto. El Concejo aprobó entonces una ley que obligaba a todas las distribuidoras que dicha fecha figurase en su envase. Lo que no sabían entonces en el Concejo, se supone, ni los sindicatos de distribuidores y vendedores, es que Capone se había hecho con el control de los equipos necesarios para dicho marcaje.

Aún fue más allá. Con las negociaciones en un punto de estancamiento, tras la negativa de Sumner a sus pretensiones, la banda de Capone secuestra en diciembre al presidente del sindicato de vendedores, Robert Ritchie, exigiendo a Sumner un rescate de 50.000 dólares en efectivo. Es con ese dinero con el que finalmente Al Capone compra la Meadowmoor Dairies Incorporated, situada en el 1334 de South Peoria Street. Controlando la producción, distribución y etiquetado, el 23 de febrero de 1932 el negocio, bajo la titularidad de su abogado, Billy Parrillo (hermano de un futuro congresista), se pone en marcha. Entonces empezó una, casi literal, guerra de la leche (1932-33) en la que se hicieron volar por los aires algunas plantas de la Asociación de Lácteos, aunque no se pudo probar nunca que la mafia de Capone tuviese nada que ver, ni con el secuestro ni con los atentados. Nada nuevo.

Lo que si fue una novedad para el sistema judicial norteamericano es que apenas unos meses más tarde, el 4 de mayo de 1932, Capone fuese a dar con sus huesos a la cárcel de Alcatraz por un delito fiscal (evasión de impuestos) y no por los muchos otros que pudo haber cometido en su vida. Altruista, desde luego, no era.

La Meadowmoor Dairies Incorporated, desapareció en los años sesenta para convertirse en la Richard Martin Milk Company, aunque durante algunos años más estuvo distribuyendo leche envasada con el logo de la Meadowmoor.

Así que no. Ni Capone, artífice de la matanza de San Valentín de 1929, fue un filántropo al iniciar el sistema de etiquetado con las fechas de caducidad en los productos lácteos, ni en los EEUU se considera que es una práctica saludable, sino comercial.

Lo que no sabemos es si Alex DeLarge controlaba la fecha de caducidad de su diario vaso de leche.

AlmaLeonor_LP