CALIFORNIA DREAMS

CALIFORNIA DREAMS

Sección de un mapa español de 1817 de las Provincias Interiores de Nueva España que muestra “California” y “Nueva California”

Pues no, esta entrada no va sobre la canción de The Mamas & the Papas, por eso no se titula como ella, California Dreamin’ (California sueña), sino California Dreams, es decir “el sueño de California”, que casi es lo mismo, pero no. En realidad, el título de este artículo es solamente un juego de palabras que he utilizado para hablar de California, el estado número 31 de los Estados Unidos de América, uno de los más extensos, el más poblado, uno de los que más ciudades populosas alberga en todo el país y uno de los que aspiran a una independencia efectiva y no federal. Un territorio que empezó siendo aún más grande y cuyo nombre… bueno, eso es de lo que quería hablar precisamente, de su nombre… ¿de dónde viene el nombre de California?

Expedición de Fray Marcos de Niza en 1539 (pueblosoriginarios.com)

Aunque este territorio, que ya estaba poblado desde la prehistoria americana, fue explorado tanto por españoles como por ingleses en el siglo XVI, no fue colonizado hasta el siglo XVIII. Sin embargo, su existencia era ya mítica entre los europeos. Allí, se decía, se encontraban las fastuosas Siete Ciudades de Oro de Cíbola (y Quivira), construidas en oro, plata y piedras preciosas, que encandilaron a conquistadores como Hernán Cortés (1485-1547), quien organizó expediciones en 1533, 1534 y 1535, sin hallar restos de las ilusorias ciudades doradas. Esta búsqueda estuvo fundamentada en una leyenda medieval que aseguraba que ciertos siete obispos españoles (o lusos) huidos de la península ibérica (de Mérida o de Oporto) a causa de la conquista musulmana del siglo VIII, fundaron en unas tierras allende el proceloso mar, una ciudad cada uno: las siete ciudades de oro. Con el descubrimiento de América la leyenda recobra actualidad y el fraile franciscano Marcos de Niza (1495-1558), recogiendo confusamente alguna información de expediciones como la realizada por Álvar Núñez Cabeza de Vaca (1488-1559) hacia 1530, difundió la idea de que era allí, precisamente allí, donde se encontraban aquellas míticas ciudades de oro.

El joven Estebanico.

Fray Marcos de Niza recorrió estas tierras alrededor de 1539, mezclando las historias de los nativos con sus ideas preconcebidas sobre las ciudades doradas, pero, al parecer, no llegó a ir más allá de lo que hoy es el estado mexicano de Sonora. A quien sí había enviado de avanzadilla fue a Estebanico, un negro superviviente de la expedición del vallisoletano Pánfilo de Narváez de 1520, que falleció en tierras de los indios zuñís sin volver a ver al fraile. En México, Fray Marcos, afirmó que sí que llegó a recibir noticias de Estebanico:

“… por el camino y derrota que llevaba Esteban, del cual había recibido otros mensajeros, con otra cruz del tamaño de la primera que envió, dándome priesa y afirmando ser la tierra, en cuya demanda iba, la mejor y mayor cosa que jamas se oyó […] Seguí mi camino hasta la vista de Cíbola, la cual está asentada en un llano, a la falda de un cerro redondo. Tiene muy hermoso parescer de pueblo, el mejor que en estas partes yo he visto; son las casas por la manera que los indios me dijeron, todas de piedra con sus sobrados y azuteas, a lo que me paresció desde un cerro donde me puse a vella. La población es mayor que la cibdad de México […] Tierra de las siete ciudades y reinos que digo, que entonces se podría mejor ver, sin poner en aventura mi persona y dejar por ello de dar razón de lo visto. Solamente vi, desde la boca de la abra, siete poblaciones razonables, algo lejos, un valle abajo muy fresco y de muy buena tierra, de donde salían muchos humos; tuve razón que hay en ella mucho oro y que lo tratan los naturales della en vasijas y joyas, para las orejas y paletillas con que se raen y quitan el sudor.”  (Fray Marcos de Niza).

Su quimérico delirio terminó instalándose en el ánimo de muchos conquistadores que quisieron emprender su propia búsqueda, como Hernán Cortes o Francisco Vázquez de Coronado (1510-1554), quien en 1540 organiza una expedición tierra adentro haciéndose acompañar del fraile. Descubrió que no conocía ni el territorio ni, por supuesto, la ubicación de Cíbola y Quivola. Fray Marcos mintió, o le engañaron, y así, totalmente desprestigiado, acabó sus días en la ciudad de México en 1558. Sin embargo, en la localidad de Lochiel (Arizona, USA), antiguo paso fronterizo con México y pueblo abandonado desde 1986, existe desde 1939, un monumento dedicado a Fray Marcos, al considerar que, con aquella expedición de 1539, fue primer europeo en llegar a esta parte de los, hoy, EE.UU.

Coronado en camino al norte, cuadro de Frederic Remington (1861-1909).
Mapa de la Expedición de Coronado (1540-1542) en busca de Cíbola y Quivira (National Memorial Coronado)

Se dice que Coronado abandonó la búsqueda de las míticas ciudades en un punto al noroeste de lo que hoy es Lindsborg (Kansas), donde se elevó una construcción sobre una colina de unos 300 pies de alto, llamada Coronado Heights. Pero la leyenda ha continuado encandilando a muchos hasta nuestros días, llegando a ser protagonista, incluso, de películas de cine, como Indiana Jones y la última cruzada” (1989), de Steven Spielberg, donde se menciona a Coronado (con bastante imprecisión cronológica, todo hay que decirlo), o en La Búsqueda 2: El diario secreto” (2007) de Jon Turteltaub, donde directamente los protagonistas se lanzan a la búsqueda de la ciudad de Cíbola… ¡y la encuentran!

“La Búsqueda 2: El diario secreto” (2007) de Jon Turteltaub

Fue la expedición de Hernán Cortés la primera en llegar a la que hoy es la Península de Baja California, que entonces pensó que era una isla y la llamó Isla Santa Cruz. Allí dejó constancia con una fundación, La Paz, en el sur. El piloto y navegante español Fortún Jiménez Bertandoña (¿?-1534), a bordo del navío Concepción de la expedición Cortés, fue quien primero avistó y puso pie en esta tierra, pero ni él, ni Cortés, le dieron el nombre que ahora ostenta.

Mapa de California como una isla por Johannes Vingboons (1650)

Por cierto, que esta creencia insular está muy relacionada con la búsqueda de un paso entre los océanos Atlántico y Pacífico, auténtico quebradero de cabeza para muchos navegantes durante siglos (hasta la odisea de Magallanes/Elcano, que no resolvió el “paso del Noroeste”, por otro lado), y muchos quisieron ver aquí el imaginario Estrecho de Anián, buscado, entre otros, por Juan Rodríguez Cabrillo (1498-1543) en 1542, hallando en su empeño la muerte al año siguiente, sin que se sepa muy bien dónde.

Mapa de la supuesta ruta del Paso del Noroeste o Estrecho de Anián, por Guillaume Sanson (1687)
Expedición de Francisco de Ulloa en 1539

Pues bien, la baja California y el golfo del mismo nombre, fueron explorados en 1539 por Francisco de Ulloa (¿?-1540), enviado por Cortés de nuevo, quien certificó que el lugar era una península y así fue reflejada ya en mapas del momento, como los de Gerardus Mercator y Abraham Ortelius.

La peninsularidad de California volvió a hacerse presente en 1701 cuando el misionero y cartógrafo jesuita Eusebio Francisco Kino (1645-1711), la certifica así en un mapa, aunque la polémica isla/península continuó, al menos, hasta la expedición de Juan Bautista de Anza (1736-1788), un militar y navegante nacido en Sonora (entonces Nueva España, hoy México), que  en los años 1774-1776, logró encontrar una ruta segura por tierra hasta el inicio de la península californiana, zanjando el debate.

Mapa con California como una península según Ulloa (1541)

Pero lo cierto es que, desde inicios del siglo XVII y, como vemos, durante buena parte del XVIII, varios mapas siguieron reflejándola como una isla (con el nombre de Cali Fornia, en dos palabras), siendo el primero que lo difundió el de Michiel Colijn, realizado en Amsterdam en 1622, posiblemente a partir de un boceto (realizado, al parecer, por el Fraile Carmelita, Antonio de la Ascensión) encontrado en 1592, tras el segundo viaje de Juan de Fuca (1532-1602), un navegante griego al servicio de España que seguía afirmando tanto la insularidad como la existencia del paso del Noroeste. Hoy, el canal marino que sirve de frontera entre EE.UU. y Canadá, así como la placa tectónica marina al norte de la Falla de San Andrés, llevan su nombre, Estrecho de Juan de Fuca, en su honor.

Estrecho de Juan de Fuca

Pero recapitulemos… es en el Informe que Francisco de Ulloa envía a Cortés en 1539 donde se puede encontrar la primera mención a la denominación California. De Ulloa nunca más se supo.

Hoy, todo aquel territorio (Alta y Baja California) perteneciente al Virreinato de Nueva España, ocupa los estados federales norteamericanos de California, Nevada, Arizona, Utah, el oeste de Colorado y parte sur de Wyoming, además de los estados mexicanos de Baja California y Baja California Sur.  Toda una enorme extensión a la que se le dio una única denominación: California.

La bandera original del oso fotografiada en 1890.

Pero antes de conocer la etimología del nombre, debemos saber una cosa más. El actual estado norteamericano de California, que luce en su bandera la inscripción “California Republic” en honor a la República que estuvo en vigor durante tan solo 25 días en 1846 (tras la rebelión de “la bandera del oso”, donde los californianos norteamericanos lucharon contra las autoridades mexicanas en junio de ese año y cuyo efímero presidente fue William Brown Ide), es llamado también “The Golden State” (el Estado Dorado). No se sabe muy bien si ese “dorado” se refiere a la mítica Cíbola; al sueño dorado de un Estrecho de Anián; a la Fiebre del Oro que, durante los años de 1848-1849, invadió el territorio con gentes de todo el mundo y que aceleró su incorporación como Estado de la Unión (en 1850); o si se refiere a su orografía, con desiertos de arenas color oro, como el Valle de la Muerte, o plantaciones vinícolas de uvas doradas, como las del condado de Napa (lo del dorado Hollywood es más tardío, por supuesto, como también la riqueza de Silicon Valley). Pero, lo cierto es que, California parece haber estado siempre vinculada al magno metal. ¿California significa oro, entonces? Casi.

“Las Sergas de Esplandián”. Grabado de la versión francesa de París, 1550.

Sabed que a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas. Eran de bellos y robustos cuerpos, fogoso valor y gran fuerza. Su isla era la más fuerte de todo el mundo, con sus escarpados farallones y sus pétreas costas. Sus armas eran todas de oro y del mismo metal eran los arneses de las bestias salvajes que ellas acostumbraban domar para montarlas, porque en toda la isla no había otro metal que el oro.” (Las sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo).

Ciertamente en este texto se menciona una isla, como se creía que era California en un principio; se habla de escarpados farallones, como los que pudo contemplar el pacense García López de Cárdenas (1500-¿?), de la expedición de Coronado,  al llegar al Gran Cañón del Colorado (la primera vez que lo hacía un europeo); y se habla de la existencia de oro, de mucho oro

Los Grifos de la Reina Calafia (Bienal Mexicali)

Las Sergas de Esplandian (1510) es una obra de caballería del siglo XVI, escrita por el vallisoletano (de Medina del Campo) Garci Rodríguez de Montalvo (1450-1505), en la que se narran las aventuras del caballero Esplandian, hijo primogénito de Amadís de Gaula, pues es el quinto volumen de la serie iniciada con ese libro del mismo autor escrito en 1508. Garci Rodríguez de Montalvo recurre a una estrategia muy común durante la Edad Media y Moderna, que es la de atribuir la autoría de una obra a un autor de la antigüedad clásica, conocido o no, como en este caso, en el que el autor dice que realiza una traducción de una obra en griego escrita por un tal maestro Elisabat. Pero lo hace tan mal, o tan particularmente, que hasta confunde el título, pues “sergas” es una palabra que no existe, se refiere al término griego “erga”, que significa “hechos, hazañas”, que es de lo que trata el libro: las hazañas del primogénito Esplandian.

La reina Calafia

Las aventuras que corre el caballero Esplandian no dejan lugar a dudas de la portentosa imaginación del autor, pues además de viajar en una especie de nave voladora, se apodera de una espada mágica, mata a tres gigantes con ella, y se enamora de una de las hijas (Leonorina) del emperador de Constantinopla, con quien lucha codo con codo contra musulmanes y persas. Ni que decir tiene que se casa con la chica y gobierna el reino. Pero antes, una de sus aventuras por esos mundos desconocidos, o no tanto, le lleva a una isla llamada California, dominada por una reina de nombre Calafia, tristemente enamorada y no correspondida por Esplandian, que capitanea una escuadra de grifos (estos seres mitológicos ya fueron mencionados por autores de la antigüedad, como Heródoto, Pausanías o Plinio, como “guardianes del oro“) y mujeres guerreras con las que pretende arrebatar Constantinopla a los cristianos, sin que ella sepa muy bien porqué (se une a un guerrero musulmán, pero ni ella ni sus mujeres lo son). Lo cierto es que su nombre recuerda a una expresión árabe, Kalifa, el jefe de un Kalifato que, igualmente, recuerda al nombre de la isla, California. Sin embargo, Calafia cae prisionera, se casa con un primo de Esplandian y se convierte al cristianismo volviendo a su isla donde, ahora ya, se admiten hombres: “He visto el orden de su religión, y el gran desorden de todas las demás, he visto que está claro que la ley que usted sigue debe ser la verdad, mientras que lo que seguimos ahora es mentira y falsedad.”

Pese al tono salvífico católico del final, Cervantes, en “El Quijote”, eligió este libro como el primero de muchos considerados dañinos y para ser quemados en la hoguera. Tal era la animadversión que sentía por los libros de Caballería.

La Reina Calafia (1923) de Vicente Blasco Ibáñez

La influencia de Calafia es enorme, tanto, que podemos encontrar hasta un parque temático dedicado a ella (son un conjunto de obras de Niki de Saint Phalle, instalado en la localidad de Escondido, en California) y también, una novela, escrita por Vicente Blasco Ibañez quien recurrió a esta historia y mujer para La Reina Calafia (1923).

Pues bien, ya llegamos al final… parece ser que como Cortes, que conocía el libro de Esplandian (lo mencionó alguna vez), tuvo que abandonar las tierras exploradas tras tres intentos fallidos por dar con la mítica Cíbola o con tesoro dorado alguno, hubo entre sus hombres uno (al parecer un tal Alarcón, quizá, Fernando de Alarcón)  que para mortificar al conquistador, le dio por ir diciendo que éste había abandonado la California del texto de Garci Rodríguez de Montalvo, el Paraíso Terrenal de pétreas costas, armas y arneses de oro y bellas y fogosas mujeres que se había prometido Cortés. Al menos, el conquistador  pudo dejar la impronta de su nombre en el mar del Golfo de California, llamado Mar de Cortés, aunque tuvo que compartir el honor, pues también se llamó “Mar Bermejo”, al ser la desembocadura del río llamado Colorado por la tonalidad de sus aguas.

Y con California se quedó sin que podamos asegurar al cien por cien a quien se debe tal bautismo.

AlmaLeonor_LP

Fuentes: Wikipedia, Pinterest, Filmafynitty, Google Books (Las Sergas de Esplandian)American Journeys, The National Library of Wales, La Paz Baja California SurCrónicas SudcalifornianasLa América españolaPueblos OriginariosBiblioteca Virtual Miguel de CervantesBiblioteca Digital HispánicaThe Coronado expedition, 1540-1542Coronado National Memorial,  Bienal Mexicali,  Californax.

 

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