RESTAURACIONES O LA PARADOJA DE TESEO

RESTAURACIONES O LA PARADOJA DE TESEO

Imagen: “El Barco de la Aventura (1927), Paul Klee

Se preguntaba Plutarco con esta leyenda sobre el Barco de Teseo, si seguiría siendo el monumento original una vez “restauradas” sus piezas una a una, o si ya sería otro… Esta es la historia que contaba…

“El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.”

Sobre esta paradoja se ha escrito mucho y se ha llegado a preguntar, incluso, que si se diera el caso de construir otro barco con las piezas sustituidas del primero, si ese segundo sería más original que el original o si no lo era ninguno… el caso es que esta historia me sirve para introducir un tema sobre el que quería hablar, las restauraciones de monumentos y obras de arte.

Imagen: Base de columna _jónica del Pórtico Norte del Templo del Erechtheion en la Acrópolis de Atenas (Grecia). Walter Hege (1893-1985)

Hay cierta fricción entre quienes son partidarios de restaurar completamente una obra de arte o un monumento y reconstruirlo hasta dejarlo como se concibió en un principio, o no restaurarlo y conservarlo como lo hemos conocido en un tiempo actual. Ejemplos hay muchos, y el que más me viene a la memoria es la restauración de la ciudad de Carcassona (Francia), conjunto arquitectónico medieval restaurado por Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879) en el siglo XIX y declarado en 1997 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Francia es uno de los lugares donde más patrimonio nacional se ha restaurado, y no solo por el cliché chauvinista que se les atribuye. Este país dotó de una ley nacional (nº 62-903 de 4 de agosto de 1962, llamada Ley Malraux) a la restauración del patrimonio histórico y estético de Francia con el fin de facilitar su restauración.

Sarlat-la-Caneda. Fotografía propia.

Una de las primeras localidades beneficiadas de esta ley fue Sarlat-La-Canéda, capital del Perigord Noir y uno de los lugares más bonitos de Francia, escenario de varios filmes de temática histórica (también Carcassona lo ha sido), como “Los Duelistas” (1977) de Ridley Scott, “Juana de Arco” (1999) de Luc Besson, “Los Miserables” (1982) de Robert Hossein o “La Hija de D’Artagnan” (1994), de Bertrand Tavernier. Antes de la puesta en marcha de esa ley  también fue restaurada la ciudad intramuros de Saint-Malo en la Bretaña. Este enclave, antigua ciudad galorromana de Aleth, que llegó a ser una República independiente de Francia en 1590 durante cuatro años, terminó por deteriorarse con el tiempo y resultó casi totalmente destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Su restauración, “historizada”, pero no “idéntica”, se inicia en 1948 y duró hasta 1953 siempre con polémica por la introducción de modernidades impropias de su espíritu original. Sin embargo hoy está considerada como una restauración ejemplar, como también se consideran los otros dos enclaves señalados.

Resultado de imagen de venus y marte berlusconi
Imagen: El Mundo.

Pero no todos han tenido la misma suerte. Por ejemplo, se sabe que en el año 2010 el afamado Silvio Berlusconi, a la sazón, primer ministro de Italia entonces, se hizo llevar (por graciosa cesión de un museo) a su residencia oficial, el Palacio Chigi, unas estatuas que representaban a Marte y Venus datadas del siglo II. Como estaban algo deterioradas (faltaba una mano de ambos y el pene de Marte) las mandó “restaurar” sin hacer ningún tipo de estudio previo y sin seguir los parámetros debidos en este tipo de recuperaciones. Ni que decir tiene que el resultado fue nefasto aunque se mostrases “completas” y hoy, vuelven a verse tal y como se encontraron originalmente. Otro ejemplo parecidos fue el caso del pegamento Epoxi utilizado sin mesura ninguna en la perilla de la cabeza de Tutankamón, desprendida, precisamente, durante una restauración. Este tipo de “restauraciones” tan peregrinas han sido emprendidas a veces por personas sin preparación ni escrúpulos y que, desde el desafortunado incidente del Ecce Homo de Borja, parecen buscar más una repercusión mediática que una auténtica recuperación del patrimonio. Así, hemos conocido la barbarie perpetrada en Estella (Navarra) en una talla de san Jorge del siglo XVI (en la iglesia de San Miguel) y al que le han “subido los colores” muy ostensiblemente, o la polémica restauración del Castillo de Matrera de Villamartín (Cádiz), que, para más inri, ha sido premiada en dos ocasiones.  En fin, hay muchos más ejemplos de este tipo de “actuaciones” en pro del arte y el patrimonio que más parecen “atentar” contra él, por mucho que tengan un permiso oficial, como ha ocurrido en Valencia cuando la Generalitar ha autorizado un grafiti en el interior de un convento del siglo XIII.  Hoy, hasta un youtuber restaurador (eso sí, un restaurador reconocido) ofrece muestras virtuales de cómo hacerlo (y con gran éxito de público además) lo que ha despertado toda una oleada de críticas y detractores.

Imagen: National Geographic

Aunque no todo va a ser tan negativo, por ejemplo, en la restauración del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, es unánime la impresión de haber realizado un trabajo ejemplar aunque la paradoja de Teseo podría aplicarse tanto para una restauración fallida como para una restauración exitosa. El caso es que se realiza una “intervención” sobre un elemento original y antiguo en el tiempo.

Hace poco tiempo encontré una noticia acerca de la recuperación del color original de las cariátides griegas, que me han llevado a escribir este artículo. El presidente del Museo de la Acrópolis, Dimitrios Pandermalis defendía así el trabajo de restauración:

“Las Cariátides han sufrido incendios, guerras, bombardeos y otros desastres, asegura. En los años 70 fueron llevadas al antiguo Museo de la Acrópolis. Allí fueron instaladas en una sala especial para su conservación. Más tarde fueron trasladadas al nuevo museo. Ahora los visitantes pueden admirar no solo las esculturas sino también la innovadora técnica que utilizamos para limpiarlas y restaurarlas”.

Imagen: Viajeros decimonónicos contemplan las cariátides originales.

Tras la restauración las cariátides de la Acrópolis aparecen blancas, “limpias”, casi no se distinguen las líneas trazadas con el cincel al carecer de sombras que las remarquen.  Me preguntaba entonces si esta intervención sería lo más correcto. Aunque ya sabemos que la antigua estatuaria griega poseía una exuberante gama de colores que se han perdido,  no me imagino un arte tan excelente con unos colores tan simples y unas líneas tan poco definidas. Por eso me pregunto a veces si estas estatuas, que estaban pensadas para ser colocadas en el exterior, no se esculpirían ya con la intención de que la acumulación de polvo por el paso del tiempo creara efectos de luces y sombras que dotaran de mayor viveza y carácter a la obra.

Imagen: Cariátide en proceso de restauración

De acuerdo que hoy en día estatuas y fachadas de edificios se ven amenazados por nuevos parásitos y nuevos componentes de “suciedad” derivados de la combustión de los automóviles, la polución urbana y la contaminación, pero aun así, creo que un “pulido” completo de la pieza, así como un “coloreado” exhaustivo de la misma, no puede responder a la belleza tantas veces representada y tantas veces buscada en el arte griego y, por extensión, también romano y medieval.

Imagen: “El Coliseo”(1746) Giovanni Paolo Panini

Son muchas las voces que claman contra una posible restauración completa de sitios como el Partenón griego o el Coliseo Romano. Son lugares hoy considerados monumentos nacionales y patrimonio de la humanidad de la UNESCO, pero que en su día se construyeron como edificios civiles. No monumentos. El Coliseo, por ejemplo, era el Anfiteatro Flavio y el nombre con el que le conocemos hoy se debe a la ubicación en sus inmediaciones de una estatua, el “Coloso de Nerón” que se ha perdido. El  Coliseo también ha sido recientemente restaurado (con polémica) y luce hoy una nueva cara más “limpia” aunque, insisto, aparece, casi, carente de carácter. El gobierno italiano se está replanteando, incluso, recuperar la “arena” del Coliseo para dedicar el espacio a actividades culturales.

¿Tiene sentido volver a reconstruirlo como estaba en sus inicios? Como en el caso de la paradoja de Teseo, ¿un edificio que ha sido considerado monumento precisamente por ser una ruina que nos ha llegado desde la antigüedad, seguirá siendo monumento si recupera su utilidad primigenia como espacio cultural civil una vez restaurado? ¿Será el mismo o será otra cosa diferente? ¿La utilización comercial de los entornos monumentales restaurados (como lo ha sido Carcassona o Sarlat-la-Canéda, al ser utilizados como escenarios de cine, y enclaves turísticos de primer orden), justifica intervenciones con tan alto coste cultural?

Imagen: Caspar David Friedrich

El sociólogo y crítico de arte John Ruskin (1819-1900), acérrimo detractor de las restauraciones, decía que constituyen “la forma más vil de destrucción acompañada de la falsa descripción del objeto destruido” (“Las siete lámparas de arquitectura”, 1849). Así lo recoge otro de los mayores defensores de la conservación frente a la restauración, el profesor Marco Dezzi Bardeschi. El envejecimiento de los materiales arquitectónicos suponen un valor añadido a los mismos y los colores originales de una obra pictórica son imposibles de recuperar por mucho que se “laven” con modernas técnicas restauradoras que, en realidad, le hacen perder su “pátina” de antigüedad. Ya en su momento, el mismísimo Viollet le Duc era criticado por su afán “recuperador”, frente a un grupo de intelectuales que defendían la “conservación”, como Víctor Hugo o el mencionado John Ruskin.

Toda intervención en una obra artística o arquitectónica,  incluido el paso del tiempo, representa una modificación sustancial a su idea primigenia. Pero al contrario de lo que nosotros pudiéramos adivinar sobre la forma o los colores primigenios de la obra, los artistas de la antigüedad, sí que podían llegan a imaginar cómo sería esa intervención del paso del tiempo en su trabajo e, incluso, incluir el transcurso del tiempo como factor determinante en el resultado atemporal de la obra. Las grandes obras de la antigüedad se realizaban con una intención de perdurabilidad que, a buen seguro, tenían en cuenta las señales del paso del tiempo ¿Acaso no pensaban los constructores de las catedrales góticas que los distintos colores del día y de la noche, las sombras y luces de una tormenta, el efecto difuminador de la lluvia, no influirían en el efecto que su obra causaba en quien la contemplaría a lo largo de los siglos de su previsible existencia? ¿No pensarían lo mismo del ennegrecimiento de pináculos y gárgolas?

Imagen: Gárgola en la Catedral de Bayeux (Francia)

En el mismo sentido que aventura la paradoja de Teseo, se preguntaba Víctor Hugo que “si se suprimiese cualquier parte de esta combinación arquitectónica generada fortuitamente por los siglos, ¿no sería como arrancar una sílaba a una palabra, una cuerda a un clavicémbalo?”. Y si lo hiciéramos, me pregunto yo, ¿cómo estaremos seguros de acertar con la idea primigenia del artista? Resulta imposible no introducir un cierto grado de innovación a la hora de realizar una restauración (un ejemplo extremo de esta afirmación es la pequeña escultura de un astronauta en la restauración de la fachada de la Catedral de Salamanca), siempre se corre el riesgo de dejar constancia, de alguna manera, de la autoría de la misma, ya sea en forma de “firma” (como los constructores de pirámides, que dejaron escritos los nombres de sus cuadrillas de trabajo en los muros interiores de las mismas), o en forma de materiales novedosos o elementos no originales. Y los trabajos originales contaría con el error como un factor a tener en cuenta en su obra, como dice Marco Dezzi Bardeschi, “las desviaciones, las irregularidades, los defectos de simetría son hechos históricos”, son también parte de la obra, como lo es el paso del tiempo. Un hombre envejece con el tiempo, una obra, un monumento, una construcción, un paisaje, incorpora igualmente el paso del tiempo, llegando, incluso, a completar la obra, a dotarla de un sentido distinto en cada época de su perdurabilidad. Conservar ese registro es también una labor necesaria.

AlmaLeonor_LP

 

Consultar para ampliar: “Conservar, no restaurar. Hugo, Ruskin, Boito, Dehio et al. Breve historia y sugerencias para la conservación en este milenio“, de Marco Dezzi Bardeschi

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .