EL ACTOR Y EL CANÍBAL

EL ACTOR Y EL CANÍBAL

En ocasiones la vida ofrece curiosas (y macabras) relaciones. Una de ellas fue la que llevó a unir, de alguna extraña manera, la vida de dos personas muy diferentes. Una de ellas, un actor de relativo éxito y formación académica, la otra, un hombre a la deriva que terminó siendo un asesino caníbal confeso. Esta es la historia de Max Cantor (el actor) y Daniel Rakowitz (el caníbal).

Empecemos por Max Cantor (1959-1991), uno de los actores de la recordada película Dirty Dancing (1987) donde interpretó al malo Robbie, y poco más, pues su nombre se eclipsó pronto pese a que había empezado muy bien. Siendo un graduado de la Universidad de Harvard había realizado ya algunas incursiones en la interpretación antes de saltar a las producciones teatrales del siempre controvertido Peter Sellars o de Vic Aviles (fue suplente en una obra suya representada en el Teatro Biltmore de noviembre de 1983 a febrero de 1984). Su última participación artística fue en Fear, Anxiety & Depression (1989), de Todd Solondz.

No se sabe muy bien que le llevó a apartarse del cine y la interpretación, pero parece ser que en algún momento de su vida, y aunque ya había probado la cocaína, la adicción a la heroína se cruzó en su camino. Se dice que empezó a consumir al escribir un artículo sobre la heroína y la utilización de la ibogaína como remedio para dejar los opiáceos, como periodista freelance para el periódico alternativo neoyorkino The Village Voice. Era el cuatro de julio de 1985 y acababa de conocer ese mundo.

Estaba tratando de averiguar qué demonios estaba pasando. Quería penetrar en este movimiento y entender quién era quién. No sé por qué lo elegí, pero pensé que realmente podría mapear este mundo y aplacar mi curiosidad”.

Con ese empeño se introdujo en los más intrincados recovecos del submundo de la heroína, en el actual East Village de Manhattan, un lugar hoy de moda entre la gente “cool” (Madonna, Lady Gaga, Lou Reed, Iggy Pop… dicen estar enamorados del barrio), y que se considera es la zona situada entre el área este de la 3rd Avenue y el Bowery al East River, entre 14th Street y Houston Street. En la época en la que lo visitaba Cantor era conocido como Lower East Side (una zona más amplia que englobaba el East Village, y hoy reducido al espacio situado al sur de la calle Houston), un barrio de clase baja y trabajadores inmigrantes (tradicionalmente centro de inmigración de judíos y europeos orientales y más recientemente de latinos y asiáticos), con algunas calles consideradas muy peligrosas.

La que fuera también periodista de The Village Voice, Ann Marlowe, fue una de las heroinómanas asiduas de las calles de Lower East Side, inmersa en su ambiente engañosamente bohemio. Ella logró apartarse de aquel mundo, escribió un diccionario sobre la droga con un título más que significativo “Cómo detener el tiempo. La heroína de la A a la Z” (2000), y alcanzó el éxito como periodista independiente (sobre todo con sus reportajes sobre Afganistán y el terrorismo). Para Max Cantor su incursión en ese mundo supuso un fatídico parón del tiempo: “Hay mucha gente muy oscura relacionada con esta historia”, llegó a decir en una entrevista cuando le preguntaron por su trabajo como investigador freelance.

Un día, en el East Ninth Street descubrió un lugar al que llamaban el Templo de la Verdadera Luz Interior, un lugar donde sus miembros adoraban a las drogas, a las que llamaban “Psicodelia”.

Tenía un pequeño escaparate con un pequeño mandala pintado ¿Me preguntaba qué demonios están vendiendo estas personas? Me dijeron: ‘La psicodelia es el Creador’. Yo llamé a la puerta y dije: ‘¿Qué es este lugar?’ y ellos dijeron: ‘¡Es un templo!’ y me dieron lo que llamaron una carta, que era un folleto, en esencia, de lo que era su propósito, y me quedé impresionado. Así que decidí que iba a escribir un artículo sobre estos chicos. Me alegra que Nueva York tenga un templo psicodélico, a pesar de que sentí que era una locura.

Y entonces conoció al monstruo.


En 1985 Daniel Rakowitz, que había nacido en 1960 en Rockport (Texas), se trasladó a Nueva York. Se conocía su inestabilidad mental desde prácticamente siempre y había estado ya en tratamiento psiquiátrico. En Manhattan subsistía con precarios empleos de lavaplatos, pintando cuadros y vendiendo marihuana. Era un personaje que llamaba la atención con su larga melena, sus dotes de persuasión y sus excentricidades, que incluían un gallo-mascota con el que se le veía siempre en una mano, mientras en la otra portaba una Biblia. Era asiduo del Templo de la Verdadera Luz Interior, donde le conoció Max, pero pronto se califica así mismo como el “dios de la marihuana” y funda su propia iglesia, “The Church of 966”, en la que se erigió como Jesús reencarnado. Max Cantor quedó subyugado por su personalidad y le llevó incluso a su casa para entrevistarle.

Era 1989, una semana antes de mi 30 cumpleaños, y sentí que de todas las personas en el Lower East Side, este tipo era la guinda del pastel. Quiero decir que era el más loco, el más loco, el más descarriado, y también el más guapo de todos. Este tipo realmente tenía algo. Era muy divertido y muy agradable.

Ese año de 1989 (cuando al parecer estaba casado con una niña de 14 años a la que frecuentemente encadenaba al frigorífico) fue cuando Daniel Rakowitz conoció a Monika Beerle, una muchacha de origen suizo, de 26 años de edad, que se encontraba en Nueva York estudiando danza y también consumía drogas. Era bailarina en el clásico Billy’s Topless de Chelsea y al conocer a Rakowitz se fue a vivir con él porque ya no podía pagar su propio apartamento (otras versiones dicen que fue al revés). Todo ello, claro, según la confesión de Daniel, pues ella no pudo decir nada, solo llegaron a convivir durante 16 días antes de que Daniel la matara.

Resultado de imagen de Monika Beerle

Rakowitz solía reunirse con sus acólitos en el Tompkins Square Park contándoles la historia que más tarde uno de ellos relató a la policía: Después de matar a la que llamaba “su novia”, desmembró su cuerpo en la bañera. No contento con eso, afirmó haber hervido los trozos de su cuerpo y cocinar con ellos una sopa que llevó al albergue para personas sin hogar situado en el mismo Tompkins Square Park. Rakowitz dijo también que la había probado y que le gustaba, definiéndose así mismo como un caníbal convencido. Cuando fue detenido por la policía llevó a los investigadores hasta la Terminal de Autobuses de Port Authority donde había escondido su cráneo y sus dientes en un cubo de arena para gatos. No se sabe a ciencia cierta si realmente llegó a realizar el acto caníbal.

Tuve que matar a Monika porque quería impedir la misión que me ha confiado mi supremo maestro, Satán. Traté de convertirla en la gran sacerdotisa de mi Iglesia, pero no quiso y pretendió obstruir mi labor. No era digna de seguir en el mundo, por eso la maté.

El 22 de febrero de 1991, un jurado de Nueva York, después de un juicio que duró semanas lleno de provocaciones de Rakowitz (decía que no la había matado, pero si desmembrado, se reía de las declaraciones, invitaba a fumar al juez, sufría frecuentes arrebatos psicóticos…) determinó que Daniel Rakowitz, de 31 años de edad, no era culpable del asesinato de Monika Beerle el 19 de agosto de 1989, alegando locura.

Soy el nuevo Señor, y tomaré el liderazgo de los cultistas satánicos para asegurarme de que hagan todo lo que se debe hacer para destruir a todas aquellas personas que no están de acuerdo con mi iglesia. Y yo voy a ser la persona más joven elegida para la presidencia de los Estados Unidos.

Fue condenado a permanecer en el Centro de Psiquiatría Forense de Kirby en Wards Island. Se revisó su caso en 1995 y varios psiquiatras certificaron que Rakowitz padecía de esquizofrenia paranoide y que nunca había consentido en tomar medicamentos psiquiátricos. En 2004, un jurado consideró que Rakowitz ya no era peligroso, pero decidió que todavía estaba mentalmente enfermo y debía permanecer en el Kirby Forensic Psychiatric Center en Wards Island (Nueva York). Ha sido la última vez que se revisó su caso.

¿Y qué fue de Max Cantor?

Pues Max estaba, como decía antes, subyugado por la personalidad y verborrea de Rakowitz, quien le hablaba no solo de su “iglesia” y de drogas, sino también de sus supuestos poderes sobrenaturales, sus planes para matar camellos de Manhattan, o sus citas del Mein kampf de Hitler. Poco después de la entrevista en su casa saltó a la prensa la detención de Daniel y Cantor descubrió quien era realmente el personaje al que había idolatrado. O tal vez no. De repente, Max descubrió que un artículo suyo podía ser el más codiciado del momento. Incluso Rakowitz se acordó de aquel simple periodista freelance y se puso en contacto con él para reclamarle un testimonio a su favor, asegurando que había más personas implicadas en el asesinato de Monika. Y Max cayó en la trampa. Se obsesionó con la historia y decía a todo el mundo que iba a escribir un libro sobre el caso.

El periodista Al Aronowitz escuchó a Cantor, y aunque no le reveló mucho, sí que recogió algunas de las habladurías y conspiraciones de las que Cantor decía conocer por rumores. En ellos se mezclaban sectas satanistas, rituales religiosos y, sobre todo, la implicación de más personas en el asesinato de Monika, asesinato del que Daniel se declaraba inocente (pese a su confesión inicial). La historia incluía la intervención de personas, decía Max, demasiado influyentes, pero asiduas al ambiente bohemio y drogadicto del Lower East Side, tal y como se lo había hechor creer Rakowitz, aunque nunca se pudo probar que alguna persona más estuviese en la casa aquel fatídico día.

Y entonces, el 3 de octubre de 1991, Max Cantor aparece muerto con una jeringuilla de heroína colgando de su brazo. Tenía 32 años. Las teorías conspirativas volvieron a circular con más fuerza, pero ninguna investigación realizada por la policía avaló ninguna de ellas. Todo apuntaba a un accidente cuando Max Cantor intentaba emular a los drogadictos sobre los que decía investigar. Sin embargo, el misterio parece seguir abierto.

AlmaLeonor_LP