EL AJUSTICIAMIENTO DEL CABALLERO DE LA BARRE

EL AJUSTICIAMIENTO DEL CABALLERO DE LA BARRE

El 1 de julio de 1766 la pequeña población de Abbeville, en el Somme francés, presenció una ejecución sumaria que ha pasado a la historia como símbolo de la intolerancia religiosa. Ese día se ejecutaba en la plaza pública al joven aristócrata François-Jean Lefebvre (caballero de La Barre), acusado de no haber rendido la pleitesía debida (quitarse el sombrero y hacer una genuflexión), a una procesión religiosa católica. A pesar de negar reiteradamente las acusaciones (también se dijo que había destruido un crucifijo, lo que era falso), fue condenado por el Parlamento de París el 4 de junio de 1766, a tortura, muerte por decapitación y a ser quemado en la hoguera junto con un ejemplar del Diccionario filosófico de Voltaire, un libro prohibido que había sido encontrado en su casa al efectuar un registro. Hasta Voltaire se interesó por este nefasto caso cuando supo de él, e intentó sin éxito que se reabriese el proceso para tratar de rehabilitar la memoria de La Barre. El 15 de julio de 1766 redactó la “Relation de la mort du chevalier de la Barre” y en 1775, “Le cri du sang innocent”, texto por el que Voltaire sería condenado, sin que llegase a cumplirse la sentencia por encontrarse en Suiza. El 25 de Brumario del año II3 (1 de noviembre de 1794), la Convención Nacional emitió un decreto exonerando a François-Jean Lefebvre.

Así se cuentan los acontecimientos, desde el punto de vista del ejecutor, en el libro Los Misterios del Cadalso: memorias de siete generaciones de verdugos (1688-1847), de Henri Sansón (traducido al español por Juan Sala), publicado en Madrid en 1863.

EL CABALLERO DE LA BARRE

A fines de junio de 1766, el ejecutor Carlos Enrique Sansón recibió orden de trasladarse inmediatamente a Abbeville para una ejecución capital. Aquel despacho y los términos apremiantes en que estaba formulado le sorprendieron extraordinariamente.

Pocos días antes, el Parlamento había desechado la apelación del joven caballero de La Barre, sentenciado por el presidial en Abbeville a ser decapitado y quemado, por haber cantado canciones abominables contra la Virgen y los santos. El culpable no tenía más de veinte años. Los abogados más distinguidos del foro de París calificaron de monstruoso el procedimiento que precedió a la sentencia, se decía en alta voz que al confirmar el juicio, el Parlamento no había querido si no dar una satisfacción a las conciencias católicas, alarmadas por el edicto de proscripción de los jesuitas. Nadie creía que aquella sentencia llegase a ejecutarse y que el rey dejase escapar aquella ocasión de usar de su derecho de gracia… El teniente criminal Duval de Soicourt hizo saber al ejecutor que se trataba del caballero de La Barre.

—Es un gran culpable, un gran culpable el que tenéis que castigar, y debéis estar orgulloso de poder vengar al rey de los reyes, a quien ese miserable ha ultrajado de un modo tan indigno.

Véanse los hechos que habían motivado la sentencia del caballero de La Barre.

En 1747 se había levantado en el Puente Nuevo  de Abbeville una especie de calvario de gusto italiano, adornado con la imagen de Jesucristo y el simulacro de todos los instrumentos de la pasión. La mañana del 9 de agosto de 1765 los transeúntes advirtieron que aquella cruz había sido mutilada durante la noche. Uno de los brazos del cristo estaba roto, la corona de espinas arrancada y el rostro de la imagen venerada lleno de lodo.

Esto acaecía en un momento de efervescencia religiosa, el proceso de La Valette, la agitación parlamentaria, el edicto de supresión de los jesuitas, los ataques de los filósofos, habían turbado a los católicos más sinceros, que se creían amenazados en sus conciencias. El atentado sacrílego de que su población acababa de ser teatro, conmovió profundamente a los habitantes de Abbeville. La ceremonia expiatoria que verificó el obispo de Amiens, el 12 de agosto, es decir, tres días después del suceso, contribuyó en alto grado a aumentar aquella efervescencia. El prelado se dirigió en procesión al calvario, le dio la vuelta con la cuerda al cuello y los pies descalzos, excomulgó a los culpables desconocidos y los entregó a la muerte y a la execración.

Más de cien testigos fueron oídos; ninguno de ellos pudo dar declaración alguna relativa al asunto que ocupaba a la justicia. En cambio, prodigaron las insinuaciones tan familiares a los habitantes de las poblaciones pequeñas, y que tan fácilmente salvan la distancia que separa la maledicencia de la calumnia; en su boca, las frases inconsideradas de cuatro botarates tomaron las proporciones de atentados premeditados contra la religión, y permitieron suponer que la mutilación sacrílega del Cristo revelaba una conspiración de los impíos contra el culto católico.

Había entonces en Abbeville una dama piadosa y caritativa, adorada por los pobres y venerada por todos los habitantes, que se había atraído la enemistad del teniente criminal. Madama Feydeau de Brou, que era el nombre de aquella dama, abadesa de Villancour, tenía en su convento una colegiala de que era tutor Duval de Soicour. La huérfana era rica y el teniente criminal había acariciado siempre la idea de hacer entrar aquella fortuna en su familia, dando a la joven por marido a un hijo suyo. Pero cuando ella hubo llegado a la edad de casarse manifestó gran repugnancia al enlace que se le proponía; la abadesa la prestó apoyo, y obtuvo una providencia del presidente, que quitaba la tutela a Duval de Soicourt. Ofendido en su orgullo, atacado en su codicia, y suponiendo que al obrar así, la señora de Villancour, llevaba la intención de proporcionar aquella opulenta alianza al caballero de La Barre, sobrino de la abadesa, y que se educaba a su lado, el teniente criminal juró tomar la revancha. Pocos días antes del atentado, se le ofreció una ocasión de satisfacer su odio.

El caballero de La Barre y un amigo suyo llamado Etalonde de Morival se paseaban por la ciudad, y habiendo encontrado una procesión de capuchinos, la miraron pasar sin quitarse el sombrero; irreverencia atenuada en algún tanto por la circunstancia de que llovía a cántaros. Duval de Soicourt tuvo buen cuidado de no dejar escapar la ocasión de saciar su resentimiento; empezó una sumaria, y como el atentado le ofrecía los medios de completar su venganza, reunió los dos asuntos, y fundándose, tanto en la aventura de la procesión como en el hecho de la mutilación del crucifijo, y en el de las frases impías que le habían denunciado, decretó la acusación de cinco jóvenes pertenecientes a las familias más importantes de la provincia. Tres de ellos, Etalonde de Morival, Dumaniel de Saveuse y Donville de Maillefer pudieron librarse de las pesquisas, los otros dos, La Barre y Moisnel fueron presos.

El proceso no fue despacio. Moisnel, que no tenía más que catorce años, fue puesto en libertad, y a pesar de los pasos e instancias de madama de Villancour, el caballero de La Barre, y Etalonde de Morival, fueron condenados, el último en rebeldía (había huido), el 28 de febrero de 1766, a las crueles penas arriba citadas. Ya he manifestado que el Parlamento desechó la apelación. El caballero fue conducido a Abbeville, donde debía ejecutarse la sentencia.

Al día siguiente de la llegada de Carlos Enrique Sansón, el ejecutor, a Abbeville, estaba todavía durmiendo, cuando llamaron violentamente a la puerta de la casa en que se hallaba; era un calabocero de la cárcel, que le llevaba, de parte del teniente criminal, la orden de dirigirse inmediatamente a la casa de ayuntamiento donde se hallaba depositado el reo. Por el camino, refirió el carcelero que desde que supo el caballero de La Barre que habían llamado al ejecutor de París, preguntó varias veces si había llegado y manifestó gran impaciencia por verle; añadió que el teniente criminal a quien habían acudido varias veces para pedirle autorización, respondió la primera vez: «Decid al señor de La Barre que demasiado le verá mañana» y solo cedió a las reiteradas instancias del reo.

El caballero de La Barre, se hallaba en una habitación del piso bajo de la casa del Ayuntamiento, y en todas las salidas de esta se habían colocado centinelas. El carcelero avisó al reo que había llegado el que quería ver, y en el momento en que Carlos Enrique Sansón pisaba el umbral, Mr. de La Barre, que estaba sentado junto a la chimenea, se levantó y salió a su encuentro. Como he dicho ya, Mr. de La Barre tenia veinte años; su rostro imberbe, sus facciones finas, regulares y de una belleza algo femenina, le hacían parecer aún más joven de lo que era en realidad. Su talle era flexible y elegante; en cualquier otra circunstancia, Carlos Enrique Sansón hubiera quedado sorprendido del aire de nobleza y distinción que se advertía en su persona; pero la extraordinaria calma que conservaba aquel joven en tan terrible trance, absorbía su admiración en términos que no le permitía pensar en otra cosa; apenas podía advertirse emoción en su imperceptible palidez, y apenas sus párpados ligeramente enrojecidos manifestaban haber derramado algunas lágrimas. Miró al ejecutor sonriendo, y le dijo:

—Perdonad si os he hecho despertar; la perspectiva del sueño profundo que me haréis disfrutar dentro de poco me ha hecho egoísta. ¿No sois vos el que decapitó al conde de Lally-Tollendal?

Esta pregunta fue hecha con una sencillez y naturalidad que consternaron a Sansón, haciéndole turbarse y tartamudear.

—Le maltratasteis cruelmente, —continuó Mr. de La Barre— y os confieso que, en la muerte, es la única cosa que me espanta. He sido siempre algo presumido, y no puedo avenirme con la idea de que mi pobre cabeza, que decían no era despreciable, vaya a causar espanto a los que la miren.

Carlos Enrique le respondió que en el accidente ocurrido al conde de Lally, menos había que culpar a la torpeza del ejecutor que a la violenta agitación de Mr. de Lally, cuyas contorsiones y estremecimientos nerviosos continuaron hasta el momento supremo. Añadió que la decapitación era un suplicio de caballero, porque para sufrirla, era necesario que el paciente manifestara firmeza, y que el valor de la víctima era tan necesario para llevarle a cabo, como el vigor y la destreza del que manejaba la espada. Por último, bajando la voz, porque la emoción le embargaba, le dijo que en vista del extraordinario valor con que hablaba de lo que para otros hombres es un objeto de espanto, que procuran olvidar, podía responderle de que no experimentaría sufrimientos inútiles, y que si cabeza no sufriría la mutilación que le ponía inquieto.

—Está bien, —dijo— quedareis contento de mí; pero, os lo repito, cuidad de que yo no tenga que quejarme de vos. Los muertos son quizá más temibles de lo que se cree; no vayáis a haceros un enemigo en la sepultura.

Y le despidió.

En el momento de retirarse Carlos Enrique Sansón, vio entrar a una señora anciana vestida con traje religioso y acompañada de un sacerdote. Era la abadesa de Villancour, que iba a dar el último adiós al que amaba como un a un hijo y le llevaba un confesor.

A las ocho de la mañana, el teniente criminal llegó, y Carlos Enrique Sansón, que no había cesado de pensar en el pobre joven con quien había tenido la conversación, se sorprendió al ver el contraste que ofrecía la actitud tranquila y serena de la víctima, con la fisonomía descompuesta del juez. El rostro de Mr. Duval de Soicourt estaba lívido; sus labios pálidos temblaban, y sus ojos despedían un brillo febril; dirigía sonrisas a todo el mundo; pero su odiosa alegría, sincera la víspera, era en aquel momento más afectada que verdadera; en su voz ahogada, en su agitación, se adivinaba que la conciencia había lanzado su grito, y que este grito turbaba la vergonzosa embriaguez del odio satisfecho. Iba, venia, se multiplicaba para apresurar los preparativos de la partida, manifestaba que le parecía lenta la marcha del tiempo, y de cuando en cuando exhalaba suspiros profundos, que revelaban las inquietudes de su alma.

Por fin, el 1° de julio a las nueve de la mañana, se puso en marcha la fúnebre comitiva. Mr. de la Barre, que llevaba al pecho un cartel en que se leían en letras gordas estas palabras, Impío, blasfemador, sacrílego, abominable y execrable, marchó al sitio del suplicio conducido en una carreta. A la derecha iba su confesor, que era un religioso dominico; y al otro lado quiso colocarse el teniente criminal. Apenas le vio el caballero, una ligera contracción alteró sus hermosas facciones, se volvió e hizo una seña imperativa al ejecutor, que iba detrás, para que se colocara a su derecha, y cuando este obedeció, dijo en voz alta y de modo que pudiera oírla Duval de Soicourt:

—Así voy mejor. Entre el médico del alma y el del cuerpo, ¿qué mal puede sucederme?

Se le condujo delante del pórtico de San Wulfranc, donde debía hacer retractación, pero rehusó enérgicamente pronunciar la fórmula de costumbre.

—Confesarme culpable, —exclamó— seria ofender a Dios con una mentira, no lo haré.

Al llegar delante del cadalso, el ejecutor le vio ponerse pálido, y le miró fijamente; él comprendió aquella mirada, porque dijo en seguida:

—No tengáis más miedo que yo, y estad seguro de que no haré el niño.

El dominico que auxiliaba al caballero se ahogaba de emoción. El ejecutor hizo seña a los ayudantes que había llevado, de que se acercaran y le dieran la espada que debía servir para la decapitación. El caballero quiso verla, pasó su dedo por el filo, y después de cerciorarse de que era de buen temple y estaba recién afilada, dijo:

—Vamos, maestro, herid con mano segura; ya veis que no tiemblo.

El ejecutor fijó en el joven sus ojos asombrados.

—Pero, caballero, la costumbre exige que os pongáis de rodillas.

—La costumbre perdonará por esta vez; los criminales son los que se arrodillan. He rehusado hacer la retractación, y esperaré la muerte en pie.

Carlos Enrique Sansón, desconcertado, no sabía qué hacer.

—Vamos, herid —repitió el caballero con voz algo alterada por la impaciencia.

Entonces, sucedió una cosa tan extraordinaria que merece referirse. El ejecutor hizo volar la espada con tanto vigor y precisión, que cortó a cercen el nudo de la columna vertebral y atravesó el cuello sin derribar la cabeza, que quedó sobre el tronco por espacio de un segundo; y solo cuando el cuerpo se desplomó, se desprendió de él y fue a rodar a los pies de los espectadores de aquella asombrosa ejecución.

La crónica y la leyenda se apoderaron de aquel hecho extraño, para inventar toda clase de historias en prosa y verso, que no son más exactas unas que otras. Uno de estos historiadores, poco escrupuloso, añade que el ejecutor envanecido de su destreza, se volvió a los circunstantes, diciéndoles:

—¿No es verdad que ha sido un gran golpe?

Debo, en honor de nuestra siniestra corporación, la reparación de desmentir estas odiosas palabras que hubieran manchado hasta los labios de un verdugo. Debe colocarse en el número de las ficciones absurdas la que representa al ejecutor por vocación, fanático por su oficio, y admirándose de su talento de destrucción. Si la historia cita ejemplos de algunos monstruos crueles por instinto, y sanguinarios por amor a la sangre, no es entre los nuestros. He conocido por necesidad a muchos colegas míos, y si la mayor parte de ellos no me parecían víctimas, en igual grado que yo, de su nacimiento, y de sus antecedentes de familia, puedo asegurar por lo menos que ninguno de ellos ejercía sin pena y sin una especie de vergüenza, un cargo tan poco en armonía con los sentimientos más naturales del hombre.

La sentencia que condenó a La Barre, en la época en que la filosofía y la tolerancia empezaban a arraigarse en nuestro suelo, quedará en la historia como una anomalía monstruosa e inexplicable. La superstición y el fanatismo han pesado bastante sobre la memoria de aquel infortunado joven para que no obtuviera, como la del viejo Lally, el favor de una estéril y tardía rehabilitación. Pero la conciencia imparcial de la historia no puede engañarse sobre el verdadero carácter de aquel asesinato jurídico, cometido en nombre de una religión santa y venerable, que la intolerancia comprometía siempre que le daba por misionero al verdugo.

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Estatua de Chevalier de la Barre en Montmartre (Parque Nadar), París. Imagen Wikipedia Jim Linwood de Londres subido por paris 17

La estatua del caballero de La Barre que desde el 24 de febrero de 2001 se encuentra cerca de la basílica del Sacré-Coeur en París, también tiene una larga historia de intolerancias. Fue instalada en primer lugar frente a la misma basílica en 1897 promovida por un grupo de librepensadores. Esta estatua se trasladó al cercano parque Nadar en 1905 tras la declaración de separación Iglesia-Estado en Francia. De nuevo sufrió una ignominia en 1941 cuando el gobierno acomodaticio de Vichy mandó desmontarla y fundirla. Hoy, un pedestal a los pies de la estatua recuerda que «La tolerancia universal es la más grande de las leyes».

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Placa en Abbeville. Imagen Wikipedia By Moonik – Own work

En la localidad de Abbeville se viene celebrando desde 1902 una serie de actos de homenaje a François-Jean Lefebvre que se completaron en 1907 con un monumento sufragado por suscripción popular en el mismo lugar de su ejecución. Desde entonces, el primer domingo de julio se celebra en Abbeville una manifestación en recuerdo de quien murió tan terriblemente por culpa de la intolerancia religiosa.

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