ARDÁN

ARDÁN

En un pequeño pueblo de Castilla la Vieja llamado Cortiguera, tenían un ataúd en la iglesia donde se depositaban, sucesivamente, todos los muertos de la villa. Los difuntos permanecían un tiempo en el féretro, que podemos llamar comunal, bajo el inquietante letrero:

“Aquí se acaba el gozo de los injustos”.

Así comienza “Epitafios, la voz de los cementerios” (1994), un libro de mi amigo Javier Rodríguez Coria, que me dedicó muy queridamente en un encuentro fantástico de amigos lectores en Barcelona, en la hoy ya lejana fecha de marzo de 2007.

Javier Coria ha fallecido hoy, 18 de julio de 2019.

Alguien dijo que el epitafio es la última de las vanidades del hombre, por eso era muy habitual entre la clase media, comerciantes y nuevos ricos, el epitafio rimbombante y ampuloso, que contrastaba con la sencillez y brevedad de las inscripciones en los túmulos de la alta burguesía y aristocracia. En este caso la ostentación se evidenciaba en la edificación del panteón, cuya construcción se solía encargar a famosos arquitectos y escultores. […] Aunque es verdad que esa desigualdad, en el caso de los difuntos, es solo apariencia externa.

 

De aquel viaje del año 2007 me traje una experiencia irrepetible y unos cuantos amigos con los que he seguido en contacto. Otros se fueron quedando al margen, siguiendo su propio camino, como sucede siempre en la vida. Pero ninguno, estoy segura, olvidará nunca aquella jornada en la que pusimos caras a muchos avatares y nicks que nos eran tan familiares y cercanos como si de una familia se tratase. Fuimos familia en aquel viaje.

Quevedo en sus poesías ha dicho: “Que mudos pasos traes, oh muerte fría, pues con callados pies todo lo igualas”. Y Voltaire, en un tono más irónico, escribió en sus cartas: “Me voy acercando lentamente a ese momento en el que los filósofos y los imbéciles tienen el mismo destino”. […] En muchos de estos casos, se hace válida la frase  del escritor satírico suizo Rodolphe Toepffer: “Los epitafios mienten, sin ninguna duda, más que los sacamuelas”.

 

Javier fue, sobre todo, Barcelona. Nos enseñó lo más escondido de su amada Barcino, sus calles adornadas de preciosos edificios como pendientes elaborados (la casa Lleó Morera, Casa Amatller, Casa Batlló, Casa Milá…), la Barcelona modernista, el llamado “Quadrat D’Or” que abordamos desde la Rambla de Cataluña (no las Ramblas) hasta la Av. Diagonal y regresamos por el Paseo de Gràcia hasta la Plaza Cataluña. También la Barcelona clásica, con la necrópolis romana conservada en la plaza Villa de Madrid, las dos arcadas del acueducto romano de finales del siglo I conservadas dentro la Casa de L’Ardiaca, y las imponentes columnas de 16 mt de altura, del templo de Augusto de finales del siglo I a.C., que se encuentran en el patio interior de un edificio en el número 10 de la calle del Paradís. La Barcelona renacentista, la Barcelona medieval, la Barcelona judía, la Barcelona “canalla”… Especial fue la Barcelona librera, con dos visitas de excepción: un recorrido por “el cementerio de los libros perdidos” de la famosa Librería Canuda; y la invitación a mejillones y vino tinto en la Librería Negra y Criminal de Paco Camarasa.

El humor está presente en la literatura funeraria. Es como un guiño irónico a la muerte y una forma de acercarnos, desdramatizando, al hecho mortuorio. […] En la actualidad los epitafios son escasos, salvo los meramente indicativos […], claro está que también ha cambiado el concepto de los cementerios y cómo no, la idea de la muerte.[…] El epitafio también ha cambiado a lo largo de la historia. Del texto que resaltaba lo que fue, lo que hizo y la clase social a la que pertenecía el difunto, se pasó al más trascendente, donde se habla de lo que supuestamente será en la otra vida. En definitiva, el epitafio buscaba la exaltación del recuerdo como forma de perpetuar la vida.

 

Javier Rodríguez Coria vivirá por siempre en quienes le conocimos y quisimos. No hará falta sumar a su libro un último epitafio, porque él no lo hubiese querido. De haberlo hecho, pienso que solo hubiese figurado una palabra… Ardan.

AlmaLeonor_LP (Pilar López Almena).

Sit tibi terra levis.
Descansa en paz querido amigo.