CERVEZAS Y VACUNAS

CERVEZAS Y VACUNAS

Imagen: Dima Rebus

Se había desatado otra epidemia de sarampión en los campos de SWAPO (South West Africa People’s Organisation, Organización del Pueblo de África del Sudoeste). Era incomprensible. La segunda vez que teníamos problemas de salud graves en pocos meses después de haber vacunado a todo el mundo. Ya había varias docenas de niños muertos. Certificamos que habían sido vacunados en el registro de cada campamento. Mandé, por avión, muestras de las vacunas recibidas. De las que estaban en Luanda y de las que trajimos de regreso de los campamentos. Se tomaron entretanto medidas para frenar la epidemia en lo posible. Días después, nos enviaron los resultados: las que estaban en Luanda, estaban bien, pero las de los campamentos eran inservibles.

Tenía que ser la cadena de frío. Las vacunas en general, pero las de sarampión en particular, son muy sensibles a los cambios de temperatura y pierden su eficacia si bajan o suben más allá de un limitado margen. Y ése es el problema habitual en casi todas las emergencias. Pero ésta no era una emergencia. La cadena de frio para mantener las vacunas estaba instalada y era revisada regularmente por un equipo médico que trabajaba con nosotros. La última revisión se había hecho hacía unas semanas. Tenía sólo cuatro escalones: el almacén central, uno regional en la zona de la SWAPO, uno por campo de refugiados (había seis) y uno por sección en cada campo. Los frigoríficos eran de gas, por no haber electricidad, pero eficaces.

Decidimos hacer una investigación por sorpresa, sin anunciarnos y ver qué pasaba. La cosa fue bien hasta el tercer escalón. Empezamos por uno de los campamentos. Llegamos y, sin dar tiempo a nadie, fuimos al puesto de salud y entramos, ante la sorpresa de los funcionarios de salud de SWAPO, en el almacén. Abrimos el frigorífico. Estaba lleno de cervezas. Las vacunas, en un armario. No les dio tiempo a hacer el cambio. Casi los abofeteo. Los insulté hasta quedarme ronco. Hasta cansarme. Llegó un responsable superior y se agarró un cabreo mayor al mío. Casi noventa muertos ya, sólo en ese campamento. Eran unos criminales.

Agarré al responsable superior y lo llevé conmigo al segundo campamento. Lo mismo, sólo que allí había también algo de carne de venado. No seguimos.

Tardé varios días en encontrar una solución y la que escogí parecía un tanto absurda. Pero me pareció la más realista. Además de las medidas drásticas que imagino tomó la SWAPO (probablemente, fusilar a alguno de los responsables) decidí comprar más frigoríficos y poner dos en cada eslabón de la cadena: uno para cervezas, el otro para vacunas.

Y funcionó. Os aseguro que funcionó.

Jose Mª Mendiluce
Con rabia y esperanzas” (1997)