¡VACÍO!

¡VACÍO!

Imagen: Espacio exterior.

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de abril a la ciencia-ficción. Empezamos con la siguiente premisa… Imagina que:

«Acabas de despertar, te notas desorientado y no recuerdas dónde estás, ni cómo has llegado allí. Te sientes ligero, como si flotaras dentro de un lago o una piscina. Te incorporas y te das cuenta de que has estado durmiendo dentro de una especie de caja o contenedor transparente. Miras a tu alrededor y compruebas que estás en un lugar cerrado, porque no puedes ver el cielo, pero es grande, muy grande, demasiado grande para ser tu casa. Deambulas durante un rato por pasillos vacíos, asépticos y silenciosos. Atraviesas salas y ves habitáculos con las mismas características. Por fin, encuentras lo que parece una ventana y te asomas. ¡No puedes creer lo que ven tus ojos!»

A partir de esa introducción, he creado este relato que, además, quiero compartir hoy, DÍA DE LA TIERRA, con la esperanza de que lleguemos algún día a comprender la suerte que tenemos de que nos acoja como especie y empecemos a cuidarla de veras. Vamos con el texto:

¡VACÍO!

Al abrir los ojos lo poco que entendí es que teníamos gravedad. Ni siquiera sabía por qué pensaba eso. Es lo único que vino a mi mente, lo demás era vacío… No recordaba nada. Ni donde estaba, ni qué hacía allí, mucho menos qué día era o quien era yo. Estaba en un lugar cerrado, acuoso, pero por alguna razón que solo la razón comprende, sabía cómo abrirlo. Salí y me puse de pie. Ese esfuerzo fue mayor que el de abrir los ojos. Caí al suelo. Entonces vi que estaba rodeada de cubículos iguales a aquel de donde había salido yo.

Vale, no estoy sola

Miré en los más cercanos y no había nadie dentro… Solo una especie de mancha descolorida. Cuando pude caminar comprobé que los demás cubículos, al menos los que alcancé a ver en un corto recorrido —allí había miles—, estaban igualmente vacíos.

¡Nadie!

¿Nunca hubo nadie o es que se habían desvanecido? Me mareé y vomité sin que nada saliese de mi boca. Una corriente de aire frío recorrió mi espalda y un sentimiento de absoluto vacío se apoderó de mi ser. Vacío en mi cabeza, vacío en mi estómago, vacío hasta en mis entrañas… Al alzar los ojos vi una puerta. Me dirigí hacia ella. También sabía cómo abrirla, el código que debía introducir. El resto de mi mente era un agujero negro absoluto, insondable. Miré hacia atrás. ¿Debía mirar en todos los demás cubículos? Tal vez si encontraba a alguien vivo sabría decirme dónde estabamos y qué hacíamos aquí. Intenté dar la vuelta, pero justo en ese momento la puerta se abrió completamente y algo en mi interior me obligó a seguir por el largo pasillo que se mostraba ante mis ojos. Después de ese llegó otro, y otro más, más puertas, más pasillos… Me desorienté completamente. Por un momento sentí verdadero pánico.

¿Cómo voy a volver?

Pero acto seguido un resorte de mi mente, el único que al parecer me había escuchado, me dijo: «¿Volver a dónde?». No sabía dónde estaba, ni ahora ni antes, así que mi mejor opción era seguir caminando. Cada vez estaba más desorientada y asustada. Hubo un momento que hasta me descubrí corriendo. Había pasillos que ya creía haber recorrido sin tener una certeza absoluta, pero es que ¡eran todos idénticos! Me estaba mareando de nuevo y me obligué a sosegarme un poco. Tenía que calmarme. Me apoyé en una de las límpidas paredes.

¡Piensa, …!

¡Mi nombre! ¡Ni siquiera recordaba mi nombre! Como iba a infundirme ánimo si no sabía a quién dirigirlo. ¿Y mi aspecto? ¿Cómo sería mi aspecto? Sentía que era una mujer, pero no tenía ni idea de si era alta o baja, delgada o gorda, rubia o morena, joven o vieja… Palpé mi cuerpo y mi rostro para tratar de identificarme. De algún modo que desconocía sabía que a mí nunca me importó mi aspecto, pero eso no me decía cómo era. Encontré una superficie bruñida. Me miré con precaución, no sabía lo que iba a encontrar allí, a quién vería. Cerré los ojos un momento. No podría describir lo que bullía en mi cabeza, además del miedo. Era uns sensación como la de caer a un pozo sin fondo en el que no se veían las paredes, ni el principio, mi el fin… ¡Me iba a asomar a mi propia existencia! Era tan intenso como nacer… Me sujeté como pude y abrí los ojos. Allí estaba yo… Era una mujer a la que no conocía, sin nombre, aparentemente delgada, morena, con el pelo muy corto y arrugas en la cara…

¿Cuántos años tendré?

Entonces, una especie de sacudida casi me hace caer. Me asusté. Algo había hecho estremecer ese lugar, como un terremoto que no surgía de las profundidades, sino de todas partes. Traté de sujetarme a las paredes lisas… Volvió a moverse todo de nuevo, con más fuerza y, de repente, noté un frenazo brusco.

¡Una nave! ¡Estoy en una nave!

Empezaba a recordar. Ahora sabía dónde tenía que ir. De alguna manera que aún desconocía, los pasillos antes idénticos, se hicieron identificables. Enseguida llegué al óvulo, el centro de la nave, el lugar desde donde se podían abrir las compuertas exteriores y… «Ver…, ¿qué?». Mi mente no podía recordarlo todavía, pero cuando esas pesadas láminas de acero se abrieron por completo mi cabeza hizo lo mismo. De un instante a otro lo recordé todo, absolutamente todo, hasta mi nombre: «Mirena».

Yo soy Mirena…, soy Mirena…, soy Mirena

Pero, así como mi ser aceptó lo que las puertas del recuerdo me mostraron con intensidad, mis ojos negaban lo que estaban contemplando en esos momentos.

¡Vacío!

Me senté en el suelo, desconcertada, derrotada… «¡Vacío! ¡Solo vacío!» Después de todo lo que habíamos pasado, después de lo que habíamos sufrido, lo que habíamos trabajado, todos nuestros esfuerzos solo nos llevaron al vacío. Una nave vacía en un espacio vacío, oscuro, silencioso, infinito… No había nada, ni nebulosas, ni estrellas, ni cometas, ni agujeros negros siquiera… Mucho menos un planeta habitable. Nuestros cálculos no eran exactos, no sabíamos muy bien donde estaba, pero nos aseguraron que al final del viaje habría una nueva Tierra. Y no había nada. ¡Nada! La ventana del óvulo me decía que estaba en ese mismo pozo sin fondo donde me había visto hacía un momento… Nos habían engañado.

¡Estúpida! ¡Eres una crédula estúpida!

Siempre había sido demasiado confiada. Siempre acepté que la gente aún era capaz de respetar sus promesas. Pese a todo, lo creía. Firmemente. Aunque, a decir verdad, tendría que haber renegado de las palabras de los hombres y mujeres que se hacen llamar humanos hacía mucho tiempo. ¡Me fallaron tantas veces! Promesas de amor incumplidas, felicidad inalcanzada, esperanzas derrotadas. Ni un solo día de mi vida había visto cumplir una promesa. ¿Por qué creería que embarcarse hacia un destino incierto era la única forma de salvar a la humanidad de ese planeta condenado a la autodestrucción? 

Todos los habitantes de la Tierra llevában siglos intentando que eso no sucediese. Sin éxito. No consiguieron nunca ponerse de acuerdo. Uno de los últimos avisos de los científicos de entonces decía que al planeta solo le quedaban trescientos años. Después colapsaría. No habían pasado ni cien cuando descubrieron que nos dirigíamos hacia la inevitable destrucción de la Tierra en cuestión de unos pocos años. Entonces, cobardemente, todas las naciones del mundo se prepararon para abandonarla a su suerte. Hacía más de dos décadas que nosotros también estábamos trabajando en ello.

Cuando me incorporé al proyecto, a mis veintisiete años y con mi carrera de química inorgánica recién terminada, me recibió el hombre más entusiasta que había conocido nunca en este mundo tan autodestructivo. Nos enamoramos y nos amamos en medio del caos y la devastación, mientras todo lo que se había venido vaticinando sucedía irremisiblemente a nuestro alrededor y más rápido de lo que nadie había calculado. Hasta que él también me engañó y se enamoró de otra, y luego de otra. Promesas incumplidas, felicidad escamoteada…

Y llegó el día cero. Nos reunieron a todos en el lugar donde nos esperaba la nave. Yo la contemplaba por primera vez. Mi trabajo estaba en el laboratorio, no en infraestructuras. Allí estaba él, como capitán del proyecto. Su voz potente y entusiasta llegó a embargar de nuevo mi corazón y mi cabeza. ¿Le seguía amando? Yo también rompí mi promesa de no volver a hacerlo. Mientras mi cabeza racional debatía con mi corazón enamorado, él seguía con su arenga, asegurando, en un último y vano intento por descargar de culpa a los seres humanos, que la Tierra no se destruiría porque la llevaríamos con nosotros. Yo pensé que ojalá no fuese así. Si llevar algo con nosotros suponía trasladar la semilla de la destrucción a otro lugar, mejor que no partiésemos nunca.

Además ¡éramos tan pocos! No sabíamos de nadie que hubiese alcanzado el final de la construcción de una nave como lo habíamos logrado nosotros. Y ya no quedaba tiempo para hacerlo. En ese momento, esperando mi turno para subir a ella, no hacía más que rogar para que algunas de esas naves clandestinas que también se habían estado construyendo al margen de los gobiernos, estuviesen tan listas como la nuestra. No teníamos una certeza absoluta de la ruta que debíamos seguir, solo disponíamos de vagos cálculos acerca del destino. Nos faltó tiempo para cerciorarnos. Las últimas mediciones sobre ese último mal que llevaba decenios afectando al planeta sin remisión, nos avisaron de que nada de lo que hiciéramos ya evitaría el colapso. La Tierra se extinguía, enmudecía, palidecía, se angostaba… Estaba muerta. Debíamos salir inmediatamente o pereceríamos con ella.

Una vez dentro, y justo antes de despegar, nos volvió a reunir para infundirnos los últimos soplos de ánimo antes de hibernar. Ya no volveríamos a vernos en mucho tiempo. Si todo salía bien, en varios centenares de años. Estábamos muy asustados. Su voz volvió a estremecer todo mi cuerpo. Me había engañado y seguía creyendo en él. Me sentía estúpida, pero también sirvió para escuchar una alerta en mi cabeza ¿mentiría también en su confianza en el éxito del viaje? Las opciones no eran más que dos: morir en la tierra o hibernar casi perennemente viajando hasta el infinito. Yo no estaba lista para ninguna de las dos cosas. Ahora me daba cuenta de que creí en ese proyecto porque creía en él. Y él me había engañado.

Debí haberlo imaginado… Tendría que haberlo pensado y alertar a los demás.

Pero aquel día estábamos agotados, física y mentalmente. Sentir que éramos un minúsculo puñado de supervivientes nos fatigaba de una forma que no habíamos experimentado nunca. Como si nos asolara la misma presión, el mismo desfallecimiento, que debieron experimentar los primeros humanos sobre la Tierra tratando de entender que hacían allí. Además, nosotros cargábamos con una culpa por la que ellos no penaron, la de haber destruido nuestra propia existencia en el planeta. Por eso necesitábamos promesas, las promesas de futuro que esa nave nos proporcionaba. La habíamos llamado FUTURE.

Despegamos. Estábamos todos —o la mayoría, nunca llegué a saber cuántas personas embarcamos—, en el óvulo, con las compuertas abiertas, contemplando el espacio como yo lo estaba haciendo ahora, mientras la nave se alejaba de la Tierra. Y entonces la vimos desaparecer… Nunca olvidaré esa sensación de vacío que ocupó todo mi ser hasta derrotarme mientras dejamos de verla de repente… Un vacío infinito, una ausencia abismal, un agujero negro que nacía en mi interior y se extendía poco a poco a todo mi ser, haciéndome cada vez más pequeña, más insignificante, menos necesaria. El fin ante mis ojos. No sé si los demás lo sintieron así, no hablamos de ello, nos enmudeció a todos. Esa noche, mientras nos acomodábamos en nuestros cubículos de viaje, en silencio, había más lágrimas en los rostros de mis compañeros que expresiones de esperanza. No podíamos mirar a nadie, como si temiéramos que al encontrarnos con otros ojos nos revelásemos como los culpables que éramos por lo que habíamos hecho. Como si la Tierra se hubiese llevado con ella nuestras almas, lo único humano capaz del perdon. Nunca comprendí lo que era la soledad como lo hice en ese instante.

Una vez que nuestras acciones hicieron desaparecer la Tierra, ¿acaso teníamos derecho a un lugar en el universo? Habíamos sido tan parte de ella como los ríos, los árboles, las montañas, los bosques… y una vez que nada de todo eso quedaba ya, extinguido por nuestra culpa, ¿por qué nosotros íbamos a tener el privilegio de sobrevivir?

Me eché a llorar. Después de un tiempo indefinido que nunca lograré llegar a saber cuánto fue en cálculos terrestres, soy la única que salgo con vida de esos cubículos. Ha sido la última promesa incumplida de mi vida. Cuando todos estaban destinados a morir, la propia muerte me engaña y me mantiene con vida. Vacía de vida.

¿Acaso existo? ¿Acaso no hemos sido siempre vacío…?

AlmaLeonor_LP

15 respuestas a «¡VACÍO!»

  1. Increíble, Alma. Que grandísimo relato has sido capaz de crear a partir de mi sencilla y corta introducción.
    Me encanta como sois capaces de trabajar vuestra imaginación y creatividad para darle forma al VadeReto.
    Tú también te has decantado por darle un tono dramático y apocalíptico a la aventura, ¿será que vemos demasiado evidente, pero negro, nuestro destino? ¡Espero que no! 😉
    La historia está maravillosamente narrada, con todos los detalles necesarios para entender la congoja, desorientación y trágico destino de la protagonista, así como para sumergirnos en ese ambiente tan desolador.
    Curiosamente, a ella parece dolerle mucho más el engaño de la misión y de la confianza puesta en su amante, que el fatal destino de la nave. Tal vez, porque la traición es más dura que la fatalidad.
    La última frase es maravillosa: «¿Acaso existo? ¿Acaso no hemos sido siempre vacío…?» Todo un tratado filosófico de la propia vida, más allá de la Ciencia Ficción.
    Enhorabuena y muchísimas gracias por este extraordinario regalo para participar en nuestro VadeReto.
    Ya eres parte de la familia acervolense y has entregado una tarjeta de presentación magnífica.
    Un abrazo. 🤗😉👍🏼

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  2. Hola Alma, me encantó tu relato. Sabes transmitirnos la angustia y desolación de la protagonista. Tus letras despiertan una cantidad de preguntas existenciales muy importantes, reflexiones necesarias en estos tiempos en los que nuestro amado planeta parece estar bajo nuestro mismo asedio. Saludos.

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    1. ¡Muchísimas gracias por tus palabras, Ana! Me anima mucho, porque estoy trabajando mi escritura creativa, y saber que gusta lo que escribo me ayuda bastante para seguir practicándola.
      Por cierto, el tuyo también es muy bueno. La verdad es que tiene razón JascNet cuando dice que las colaboraciones son de altura. ¡Felicidades! 🙂
      Gracias por pasar por HELICON.
      Un abrazo.
      AlmaLeonor

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    1. ¡Hola Rosa! Muchas gracias por tus palabras. Tu relato también es muy bueno, y con unas imágenes que me impactaron, buenísimas. La verdad es que estoy gratamente sorprendida por todos los buenos textos que he leído en Acerbo de Letras.
      Un saludo enorme.
      AlmaLeonor

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  3. Hola Alma. Me gustó mucho tu relato. Lograste transmitirme la angustia, la tristeza, la soledad y la rabia por haber sido engañada… una vez más.
    Creo que tiene razón JascNet, cuando dice que a la protagonista parece importarle más el engaño de su amante y, por ende de su creación: la nave y su misión, que el incierto destino y la temible soledad. ¡Terriblemente angustiosa sensación!
    Un abrazo.

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  4. Hola, Alma. Esas reflexiones tan profundas en el espacio le hacen casi pequeño. Las dimensiones físicas aun astronómicas son solo un punto en la imaginación. igual el inconmensurable vacío es un catalizador de pensamientos en una encrucijada de sentimientos donde ningún camino parece ser suficientemente satisfactorio. Aquí en La Tierra al mirar al firmamento nos puede pasar algo parecido, pero por tener los pies en el suelo igual no nos sentimos tan pequeños. Saludos

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    1. ¡Muchas Gracias! 😀 😀 Los humanos somos demasiado pequeños para entender la maravilla del universo y el espacio. Y la verdad es que los relatos enviados son todos magníficos, el listón está muy alto en estos retos 😀
      Un saludo.
      AlmaLeonor_LP

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