CLARA

CLARA

Imagen: Catrin Welz-Stein

«Si me hubiera parado a pensarlo, hubiera comprendido que mi devoción por Clara no era más que una fuente de sufrimiento. Quizás por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño»

CARLOS RUÍZ ZAFÓN
«La Sombra del Viento«

LA CORTESÍA DE LOS CIEGOS

LA CORTESÍA DE LOS CIEGOS

Marc Chagall

Un poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.
Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.
Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas sola,
sin luces ni colores.
Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y los azores tan callados, altos en el cielo.
Lee -porque es ya demasiado tarde para no leer-
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.
Quisiera omitir -aunque eso no es posible-
a todas aquellos santos en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.
Pero es grande la cortesía de los ciegos,
grandes sus comprensión y su magnanimidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.
Alguno de ellos incluso se acerca
con un libro abierto al revés
pidiendo un autógrafo invisible para él.

WISLAWA SZYMBORSKA
(Traducción de Abel A. Murcia Soriano)

El Día Azul
30 de mayo de 2022

EL TESORO DEL PIRATA

EL TESORO DEL PIRATA

Imagen: John Rowe

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de mayo a ¡¡¡LEER!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: La siguiente fotografía debe servir como inspiración y de alguna forma verse representada en la historia: Fotografía virada al blanco y negro con tonalidades sepia. En ella se ve, centradas en un primer plano, unas manos, de una persona muy anciana, hojeando un libro. Nada más y nada menos. Composición a partir de la imagen de Alexas_Fotos en Pixabay.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:
-«Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres». Heinrich Heine
-«Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Miguel de Unamuno
-«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma». Cicerón
El tema de este mes es bastante abierto para que haya una mayor diversidad de historias por contar. Eso sí, hablad del hecho en sí de la lectura, no de los libros en general.

En este relato hablo de libros, pero también de lectura y, además, está implícita, sobre todo, porque quien haya leído la obra que lo inspira sabrá de que autor estoy hablando. Espero que no se considere que me aparto mucho del tema y que guste a los lectores del VadeReto. La frase que he escogido es la subrayada en negro, la de Cicerón.

Este texto es la adaptación para este ejercicio de un relatito que escribí hace mucho tiempo y que publiqué en este mismo blog, en HELICÓN. Podéis leerlo aquí, y así entender todo lo que ha cambiado para el VadeReto de Mayo.

EL TESORO DEL PIRATA

Desde su privilegiada posición bajo una palmera en la ribera, en penumbra, fumando su cigarro y con esos azules ojos escrutadores que le habían hecho ganar fama como el mejor pirata de las Antillas, observaba a sus hombres disfrutar de la celebración que empezaron muchas horas atrás. Estaban contentos y, aunque alguno pareciera que no le cabía una gota más en el cuerpo, seguían bebiendo. Les habían hecho llegar varios barriles de cerveza cuando las botellas de ron se terminaron.

            Volvió su cabeza hacia el final de la playa al escuchar un vocerío. Un par de hombres se acercaban con una caja que cargaban entre los dos. El resto les recibieron entre vítores y risas. Traían más ron. Todos tiraron al suelo el caliente brebaje de sus jarras y se apresuraron a abrir las nuevas botellas. Los bailes alrededor de la hoguera y las peleas en torno a un improvisado tablero de dados, cesaron. Ya podían volver a emborracharse como es debido, con ron, como correspondía a los hombres de mar.

            Después de tantas penalidades, el pirata se alegraba de verlos en ese estado de desahogo y satisfacción, más bien, de pura felicidad. Más allá de la playa, su bergantín desafiaba airoso la línea del horizonte, mostrando con los vaivenes de las olas, los casi 100 cañones que enarbolaba. El pirata estaba satisfecho del botín conseguido, tanto como sus hombres, pensó, volviendo a contemplarlos, aunque él no necesitaba beber para demostrarlo. Él solo observaba.

            Desde que Gustav Adolf Van Deer Queerc, había abandonado su Flandes natal al quedarse huérfano, muchas cosas habían pasado. Primero, recaló en Sevilla, en España, la antesala del Nuevo Mundo. Llegó más tarde al caribe oculto en un buque mercante, sin salir de la bodega. El polizón, obtuvo allí todo lo que necesitó para subsistir hasta que le encontraron, justo al desembarcar, cuando descargaban el buque. Entonces, salió corriendo sin que pudieran alcanzarle y, con el apelativo de Bekeer, empezó a ganarse la vida como uno de tantos pilluelos que merodeaban por los muelles, con los recados que le encomendaban los marineros que atracaban en el puerto.

            Fue un hombre alto y fuerte quien, ya desde su nave, había advertido esa fijación del muchacho por examinar todo lo que sucedía a su alrededor. Era uno de los piratas más temidos de todo el golfo, Barbarroja le apodaban, aunque la rala pelambrera que asomaba bajo su imponente mentón fuese más rubia que roja. Siempre que llegaba a puerto le reclamaba… «¡Chico!», le gritaba asomado a la ventana de su alojamiento en la Tortuga. Y él corría hasta situarse a su frente.

            —Si ves llegar a un tipo casi calvo, más bien gordo, que siempre lleva una hoja de laurel en la cabeza y a quien apodan Cicer, me avisas…

            Y, con sus muy arrugadas y callosas manos le lanzaba una moneda de cobre que él atrapaba en el aire.

            —¡Si, señor! —Y salía corriendo.

            Barbarroja estaba convencido de que, si alguien podía encontrar al italiano entre la baraúnda de personajes que se arremolinaban en los tugurios del puerto de la Tortuga, era ese chico de ojos azules que parecían ver más allá del mismo cielo. Y no se equivocaba. Al cabo de unas horas, el muchacho se presentaba de nuevo ante él y dando saltos para llamar su atención, esperaba a que el capitán se asomase.

            —¿Lo has visto?

            —¡Sí, señor!

            Y le lanzaba otra moneda. Sí, Bekeer se había ganado, con creces, la fama de buen escudriñador desde que no levantaba del suelo mucho más que la altura de un barril de ron. Así que, cuando los ingleses tomaron la ciudad y todos los piratas se apresuraron a salir huyendo del abrigo del puerto, Barbarroja le preguntó si quería ser su grumete y él aceptó. Subió a la chalupa que les llevaría hasta su barco. No conocía un barco pirata, y menos uno tan grande. Era un antiguo galeón español que el temido pirata capturó hacía muchos años convirtiéndolo en su insignia. Todo el mundo conocía el Black Falcon y todo el mundo le temía. Menos ese chico. Claro que, al ascender por la escalerilla no cayó al mar de milagro. Barbarroja le agarró por la muñeca y, tirando de él le gritó «¡Arriba, chico!». Bekeer se volvió a fijar en sus manos. Estaban tan arrugadas que no entendía cómo podía tener tacto con ellas, aunque agradeció que demostraran tanto tino.

            Le llevó hasta la puerta de su camarote. Al abrirla, Bekeer se sobresaltó cuando un enorme pájaro verde le salió al encuentro.

            —¡Acostúmbrate a Goliat, chico, manda más que yo aquí! Y también cuida de que nadie entre en mis aposentos…

            Se lo dijo inclinando hacia él su enorme cabezota encrespada, con su pelo y barba pajiza, y mirándolo fijamente, a modo de advertencia. Bekeer asintió sin mucha convicción y salió corriendo. Su curiosidad y las ansias por saber de todo eran más fuertes que él, pensó Barbarroja, sabiendo que volvería. Pero, en ese momento, eran tantas las emociones que el chico sentía en aquel buque, que pasó horas recorriéndolo todo, aprendiéndose cada rincón del acastillaje, del bauprés, de la sentina, de las bodegas…, conociendo a donde daba cada puerta…, donde estaba y como era cada cañón, cada palo, cada cabo, cada trinquete, cada camarote…, lo que medía cada borda en pasos… Se acomodaba un rato junto al timonel y otro subía hasta la cofia junto al vigía, sin ayuda y con la seguridad de un avezado marino. ¡Era tanto lo que podía aprender! Esa primera noche a bordo ni dormir pudo. Al día siguiente, Bekeer conocía el barco casi como la palma de su mano. Solo le faltaba entrar en el camarote del capitán Barbarroja.

            Le vio aparecer en el puente, seguido de Goliat, su guacamayo verde, que no dejaba de gritar las únicas palabras que conocía en inglés… «read book, read book, read book»… Bekeer se escabulló entre los afanosos marineros que no hacían más que encomendarle tareas, y llegó a hurtadillas hasta el cuarto del capitán. Abrió la puerta que Barbarroja nunca cerraba con llave, porque sabía que nadie se atrevería a traspasarla, y empezó a indagar por todos los rincones con sus ojos azules. Al llegar a una alacena se sorprendió de no encontrarla llena de joyas… Allí le descubrió Barbarroja al entrar de súbito, con uno de sus más preciados tesoros en la mano… El pirata se lo quitó sin brusquedad con sus ajados dedos y lo acarició con mimo. Luego, se lo devolvió.

            —Puedes quedártelo. Llegará a ser tu tesoro como ha sido el mío.

            Y le revolvió el pelo con su rugosa mano despeinándolo ya para el resto del día.

            A bordo de aquel galeón, siempre bajo los cuidados y casi paternales atenciones del más temido pirata conocido en ese siglo, Bekeer se hizo un hombre y aprendió a apreciar los tesoros de los que le hablaba. Con el tiempo, se enroló en otros buques piratas, luchando contra portugueses, ingleses y españoles, hasta que consiguió el suyo propio, un precioso bergantín al que llamó El Temido. Él ya no era un simple grumete, sino el pirata Bekeer el Negro, conocido en los siete mares.

            Los recuerdos se le marcharon de la cabeza cuando se dio cuenta de que su apurado cigarro le quemaba los dedos. Lo arrojó al suelo. Además, en poco tiempo el sol se ocultaría del todo y no podría distinguir ya ni la silueta de los cofres que tenía delante, el Tesoro de Barbarroja. Por fin lo había encontrado. Esa era la causa de la escandalosa celebración de sus hombres en la playa.

            Volvió a inclinarse sobre los baúles. La búsqueda de aquel botín, revelado por el pirata que le enseño el oficio en su lecho de muerte, fue lo que le impulsó a forjarse su fama sanguinaria y convertirse en prófugo, en perseguido por las justicias de todas las naciones del mundo, incluido el turco, de la lejana Estambul. Pero él sabía que merecía la pena. Era el único tesoro que desde que conoció a Barbarroja deseó poseer. Lo difícil sería hacérselo entender a sus hombres.

            Por eso pensó que dejarles celebrarlo primero se lo haría más fácil.

            —«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma»…

      Pero su voz sonaba cansina, mientras abría el primero de los cofres. Tenía que explicarles que su tesoro eran los libros que Barbarroja le enseño a leer y amar hacía ya mucho tiempo, cuando hurtó uno de ellos de la alacena de su camarote. Esa frase que pronunciaba con mayor frecuencia a medida que pasaban los años, era la misma que le repetía Barbarroja cada vez que le enseñaba un nuevo libro, cada vez que lo leían juntos, sujeto entre las arrugadas manos del temible pirata, pasando sus largos y esqueléticos dedos por las páginas, sobre cada línea escrita, con el mismo amoroso cuidado con el que acariciaba un muslo de mujer. La había aprendido del italiano, aquel Cicer que buscó para él en el muelle, el día que se conocieron.

No sabía cómo se iban a tomar aquellos hombres, temibles marinos de las Antillas, que su airoso bergantín, El Temido, armado con cien cañones por banda, había recorrido medio mundo siguiendo las pistas de un viejo mapa y que ellos lucharon con bravura contra soldados y piratas, para conseguir…  

            —¡Libros! Auténticas joyas para leer, como decía Goliat… Read Book, Read Book… Tendrán que entenderlo… ¡Lo harán! Toda mi patria…, mi libertad…, mi bandera… Todo lo sacrifiqué por el más maravilloso tesoro que un hombre pueda desear conseguir… ¡Libros y Lectura! La historia venidera no recordará a Gustav Adolf Van Deer Queerc, ni a un grumete avezado, ni al capitán Bekeer el Negro, ni a mi velero El Temido…, pero conocerá y leerá los libros que he encontrado, conocerá mi tesoro.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

EL TACTO Y EL OLOR

EL TACTO Y EL OLOR

Imagen: Alfredo Montaña

El tacto es ciego, el olfato es galopante. La boca es frenética. El oído es torpe. Sólo el ojo alcanza la totalidad. Reconstruir una mujer a partir de su voz, de su contacto, de su sabor, de su olor. Eso es la imaginación. La imaginación es el vuelo de un sentido a través de todos los otros. La imaginación es la sinestesia, el olfato que quiere ser tacto, el tacto que quiere ser mirada. La imaginación nace de una limitación. La mirada, quizás, es menos imaginativa porque posee más. Pero la mirada necesitaba imaginar lo que ve, redondear y colorear el cuerpo de la mujer, acercar lo que está lejos, alejar lo que está cerca. No basta con mirar. Hay que sobremirar, sobrever. Hay que interiorizar lo que está afuera y verlo hacia adentro.

Todo lo que nos perdemos por no ser perros. Hay que dar los olores en lo que se escribe. Antes, cuando era un escritor joven y responsable, quería describir minuciosamente las situaciones, los lugares. Luego comprende uno que basta con dar un olor o un color. Al lector le sirve esto mucho más. Dice Baroja de una calle que era larga y olía a pan. Ya está. Un largo olor a pan. Para qué más.

El olor de una mujer, cada una con su olor. Los seres tienen aura, que es el olor. Por el olor somos mágicos. El olor es lo único que no puede poseerse, es la fragancia de una personalidad, y por eso desasosiega y trastorna.

Francisco Umbral

GENEALOGÍA DE LA MORAL

GENEALOGÍA DE LA MORAL

Imagen: Gustave Moreau (ca. 1890).

Una vez que el hombre vio la necesidad de hacerse una memoria, la empresa no se realizó nunca sin sangre, martirios ni sacrificios. Los sacrificios y empeños más terribles (como sacrificar a los primogénitos), las más repugnantes mutilaciones (las castraciones, por ejemplo) y los ritos más crueles de todos los cultos (toda religión es, en última instancia, un conjunto de crueldades) tienen su origen en ese instinto que fue capaz de ver que el dolor constituye el instrumento más poderoso de la mnemotécnica. […] Hay que lograr que un conjunto de ideas se hagan indelebles, omnipresentes, inolvidables y “fijas”, para que todo el sistema nervioso e intelectual quede hipnotizado por dichas “ideas fijas”. […] Cuando la humanidad ha tenido menos “memoria”, sus usos han ofrecido siempre el aspecto más terrible. La dureza de las leyes penales, en concreto, nos muestra el esfuerzo que había de hacer la humanidad para vencer la capacidad de olvidar y lograr que los individuos, que quedaban al punto esclavizados por las pasiones y los deseos tuvieran siempre presente una serie de exigencias primitivas impuestas por loa convivencia social.
Friedrich Nietzsche

DIXIT MEMORIES

DIXIT MEMORIES

Corre, corre, corre… El tiempo no se detiene, es una espiral infinita, un remolino de espacios, de engranajes, de construcciones cósmicas… ¡No te detengas! Corre, corre… No tienes tiempo, no hay nada que puedas hacer para evitarlo… ¡No lo intentes! Mira al frente y sigue el sendero del destino, el que marca las agujas del reloj, obedece sus pautas… ¡Sé dócil! Obedecer es el único acto de rebeldía. ¡Tienes que correr! El fin solo llega cuando el primer asteroide lo decide. Tú solo eres una minúscula mota de polvo en la maquinaria de la vida. Correr te salva. ¡No Pares!

AlmaLeonor_LP

Texto participante en Escribir Jugando. Mayo ’22.

Requisitos:

  1. Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta (CartaDixit MemoriesDado: Story Cubes.)
  2. En tu creación debe aparecer el objeto del dado: remolino/hipnosis.
  3. Opcional: Que aparezca en la historia algo relacionado con el primer asteroide.

HUELLAS EN LA NIEVE

HUELLAS EN LA NIEVE

Imagen: Lily Seika Jones

«No me gustan las manadas. No nací para ser gregario. No me gustan las leyes dictadas por los clanes. No nací para dominar, ni para ser dominado. Nunca seré tu jefe… ni tu subordinado… pero, si quieres, correré contigo a través de la estepa hasta los lugares que nos están prohibidos; allí donde la manada no se atreve a internarse… donde el mundo es magia y la realidad la tejen las invisibles manos de las viejas y sabias normas.»

Javier Arries.

EL SIGNO DE TAURO Y LAS LLUVIAS

EL SIGNO DE TAURO Y LAS LLUVIAS

Imagen: Mohamad Alwahibi

Tauro es el segundo de los doce signos zodiacales y el primero de cualidad fija. ​​ Pertenece al elemento tierra y es regido por el planeta Venus. En la astrología occidental pertenecen a este signo los que nacen desde el 21 de abril al 21 de mayo. Se asocia al mito del rapto de Europa por Zeus cuando se transformó en un toro para llevar a la hija de Agénor hasta Creta (de oriente a occidente). La Duración sideral del signo va desde hoy, 16 de mayo hasta el 15 de junio. Esta fecha tuvo mucha importancia en la agricultura tradicional ya que se asociaba a las lluvias de mayo.  En mi libro LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE, así quedó explicado:

LA CONSTELACIÓN DE TAURO

La constelación de Tauro, en la mitología Romana, se relaciona con Baco (Dionisos), por lo que durante la fiesta de las Bacanales un toro adornado con Dorsulae de flores era procesionado por las calles escoltado por jóvenes vírgenes representando a las Pléyades y a las Híades, los dos cúmulos estelares abiertos que contiene la constelación de Tauro. En la mitología eran ninfas ―hijas de Atlas y Pléyone, las siete Pléyades, y de Atlas y Etra, las siete Híades, además de una octava hermana fallecida, Hiante, todas ellas hermanastras de las tres Hespérides, hijas de Atlas y Hésperis y, según algunos relatos, también de la ninfa Calipso― y fueron reconocidas como estrellas por su labor cuidando al niño Dionisos. También se las relacionaba con las aguas ―las Híades son las «ninfas hacedoras de lluvia» y las Pléyades son conocidas como las estrellas de los navegantes― y con la agricultura y la germinación de la vida, ya que a las Híades se las vincula con la lluvia de primavera y a las Pléyades, por ser muy visibles en el cielo nocturno del verano  ―desde mediados de mayo hasta principios de noviembre―, son muy tenidas en cuenta en los antiguos calendarios agrícolas, tal y como destaca, por ejemplo, Hesíodo en su obra Los trabajos y los días (700 a.C.), Libro III (Los Trabajos):

-Cuando las Pléyades, hijas de Atlante, aparezcan, inicia la siega, y la arada cuando se pongan. Ellas están, como sabes, cuarenta noches y cuarenta días ocultas, y cuando nuevamente da la vuelta el año, reaparecen por vez primera al afilarse el hierro. Tal es, ya lo ves, la ley de los campos, tanto para los que cerca de la mar habitan, como para los que en valles profundos, lejos del voraginoso ponto, en rica tierra moran (Punto 1: Trabajos Agrícolas).

-Mas, cuando el caracol suba de la tierra a las plantas, huyendo ante las Pléyades, ya no será tiempo de cavar las viñas, sino que se deben afilar las hoces y despertar a los criados, huir de los sombreados asientos, del sueño hasta el alba, en tiempo de siega, cuando el sol seca la piel. En esa época has de darte prisa, reunir el fruto en casa, en pie desde el amanecer, para que los medios de vida te sean suficientes. […] Y una vez que Pléyades, Hiades y Fuerza de Orion se oculten, a partir de entonces acuérdate de la labranza en su sazón. ¡Y que el año en la tierra quede preparado! (Punto 4: Primavera y Verano).

-Si se adueña de ti el anhelo de la navegación peligrosa… atiende: cuando las Pléyades, huyendo de la fuerza potente de Orion [castigado su padre Atlas, las Pléyades son perseguidas por Orion hasta que fueron convertidas en estrellas, e incluso se dice que la constelación de Orion las sigue persiguiendo en el cielo nocturno], caen en el brumoso mar, entonces zumban borrascas con todas clases de vientos. Desde este tiempo, ya no has de tener las naves en el vinoso ponto, sino trabajar la tierra —recuérdalo, como te indico (Punto 5: Trabajos del Mar).

LA HISTORIA DESDE EL HELICON: LOS BOVIDAE

LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

Dolores del Río (izquierda) y Lupe Vélez (derecha)

Los niños también podían llegar a ser especialmente crueles con las ausencias cuando estas apuntaban una notable diferencia con respecto a la sacrosanta composición de la familia: padre, madre, hijos. Nunca nadie de mi entorno me ocultó el hecho de que mi madre se había marchado dejándome a mí al cuidado de mi padre y mi madrina, pero nunca nadie la había culpado de nada por ello y, por lo tanto, yo tampoco tenía motivo alguno para hacerlo. Pero durante los mayos a María, cuando todas las niñas escribían coplillas o hacían dibujos a su madre en el colegio, las miradas se dirigían a mí invariablemente. Al menos desde que una niña llamada Guadalupe dejase el colegio el curso anterior.

Guadalupe del Río era hija de madre soltera. Todo su entorno la hacía sentirse culpable por la ausencia de un padre ―todo lo contrario a mí, pero igualmente señalizable―, por la desdicha en la que había incurrido la madre ―porque, sí, fuese cual fuese la razón de su embarazo, la culpa recaía en la madre, en quien se materializaba físicamente la evidencia de una relación sexual no sancionada por el matrimonio―. La niña se comportaba de un modo tan retraído y extraño que atraía aún más las insidias de las demás niñas del colegio. Sobre todo, de una chicarrona alta y corpulenta llamada Dolores Vélez que nos asustaba a todas, pero que la tenía tomada con Guadalupe. Un día, Dolores apareció con un chichón enorme en la frente, fruto de un cantazo que le propinó Guadalupe, imagino que después de una de esas burlas de la grandota, y Guadalupe ya no volvió por la clase. Entonces, Dolores se fijó en mí.

― Dice mi madre que eres medio huérfana… y, además, tonta como tu primo.

― Pues mi madrina dice que tú eres grandota como el sobón de tu padre.

Que me aspen si yo sabía en aquellos entonces qué demonios significaba «sobón» ―lo apunté, no obstante, en una lista mental de insultos, como el «chaval» que utilizaba mi tío Juan cada vez que se metía en una gresca, o lo de «rojo» que le profería a mi inexistente abuelo, y otros exabruptos falangistas que solía gritar durante sus borracheras― pero me castigaron un día entero sin colegio. Dolores no me volvió a dirigir la palabra, aunque sé que ella estaba detrás de todas las veces que me desaparecía un lápiz ―mi madrina acabó por engancharme el lápiz con un alfiler al babi, de tantos como perdía― y de todas las veces que un cuaderno mío aparecía con un borratajo o una hoja de deberes arrancada.

No me importaba nada de todo aquello. Lo que sí me importaba era el protagonismo que, de repente, adquiría mi persona en el mes de mayo, cuando todo el mundo alababa a su madre y llevaba flores a María durante las mañanas escolares.

Mi madrina, siempre al quite de mis desdichas, acabó solucionando el tema haciendo que yo fuese la protagonista, sí, pero por llevar las flores más bonitas a mi colegio. Yo llevaba rosas, mientras que las demás niñas solo ofrecían margaritas, amapolas o diente de león, que crecían en las cunetas de las calles de mi apartado barrio urbano. Mi madrina decía que lo único bueno que se había traído del pueblo de su marido eran los rosales, que plantó en los lindes del patio comunal del edificio y que todos los años nos proporcionaba unas rosas preciosas por mayo.

AlmaLeonor_LP

Este párrafo estaba dedicado a las actrices Lupe Vélez (1908-1944) y Dolores del Río (1904-1983), aquí mencionadas con los nombres y apellidos trastocados, Guadalupe del Río y Dolores Vélez. Ambas fueron las primeras actrices reconocidas en Hollywood, pero mantuvieron una rivalidad antológica durante toda su vida. Incluso llegaron a las manos durante el estreno de una película. Dolores del Río regresó a México, mientras que Lupe Vélez se suicidó a los 36 años en su casa de Beverly Hills

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

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