LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

LUPE VÉLEZ Y DOLORES DEL RÍO

Dolores del Río (izquierda) y Lupe Vélez (derecha)

Los niños también podían llegar a ser especialmente crueles con las ausencias cuando estas apuntaban una notable diferencia con respecto a la sacrosanta composición de la familia: padre, madre, hijos. Nunca nadie de mi entorno me ocultó el hecho de que mi madre se había marchado dejándome a mí al cuidado de mi padre y mi madrina, pero nunca nadie la había culpado de nada por ello y, por lo tanto, yo tampoco tenía motivo alguno para hacerlo. Pero durante los mayos a María, cuando todas las niñas escribían coplillas o hacían dibujos a su madre en el colegio, las miradas se dirigían a mí invariablemente. Al menos desde que una niña llamada Guadalupe dejase el colegio el curso anterior.

Guadalupe del Río era hija de madre soltera. Todo su entorno la hacía sentirse culpable por la ausencia de un padre ―todo lo contrario a mí, pero igualmente señalizable―, por la desdicha en la que había incurrido la madre ―porque, sí, fuese cual fuese la razón de su embarazo, la culpa recaía en la madre, en quien se materializaba físicamente la evidencia de una relación sexual no sancionada por el matrimonio―. La niña se comportaba de un modo tan retraído y extraño que atraía aún más las insidias de las demás niñas del colegio. Sobre todo, de una chicarrona alta y corpulenta llamada Dolores Vélez que nos asustaba a todas, pero que la tenía tomada con Guadalupe. Un día, Dolores apareció con un chichón enorme en la frente, fruto de un cantazo que le propinó Guadalupe, imagino que después de una de esas burlas de la grandota, y Guadalupe ya no volvió por la clase. Entonces, Dolores se fijó en mí.

― Dice mi madre que eres medio huérfana… y, además, tonta como tu primo.

― Pues mi madrina dice que tú eres grandota como el sobón de tu padre.

Que me aspen si yo sabía en aquellos entonces qué demonios significaba «sobón» ―lo apunté, no obstante, en una lista mental de insultos, como el «chaval» que utilizaba mi tío Juan cada vez que se metía en una gresca, o lo de «rojo» que le profería a mi inexistente abuelo, y otros exabruptos falangistas que solía gritar durante sus borracheras― pero me castigaron un día entero sin colegio. Dolores no me volvió a dirigir la palabra, aunque sé que ella estaba detrás de todas las veces que me desaparecía un lápiz ―mi madrina acabó por engancharme el lápiz con un alfiler al babi, de tantos como perdía― y de todas las veces que un cuaderno mío aparecía con un borratajo o una hoja de deberes arrancada.

No me importaba nada de todo aquello. Lo que sí me importaba era el protagonismo que, de repente, adquiría mi persona en el mes de mayo, cuando todo el mundo alababa a su madre y llevaba flores a María durante las mañanas escolares.

Mi madrina, siempre al quite de mis desdichas, acabó solucionando el tema haciendo que yo fuese la protagonista, sí, pero por llevar las flores más bonitas a mi colegio. Yo llevaba rosas, mientras que las demás niñas solo ofrecían margaritas, amapolas o diente de león, que crecían en las cunetas de las calles de mi apartado barrio urbano. Mi madrina decía que lo único bueno que se había traído del pueblo de su marido eran los rosales, que plantó en los lindes del patio comunal del edificio y que todos los años nos proporcionaba unas rosas preciosas por mayo.

AlmaLeonor_LP

Este párrafo estaba dedicado a las actrices Lupe Vélez (1908-1944) y Dolores del Río (1904-1983), aquí mencionadas con los nombres y apellidos trastocados, Guadalupe del Río y Dolores Vélez. Ambas fueron las primeras actrices reconocidas en Hollywood, pero mantuvieron una rivalidad antológica durante toda su vida. Incluso llegaron a las manos durante el estreno de una película. Dolores del Río regresó a México, mientras que Lupe Vélez se suicidó a los 36 años en su casa de Beverly Hills

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