EL TESORO DEL PIRATA

EL TESORO DEL PIRATA

Imagen: John Rowe

Este relato se incluirá en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de mayo a ¡¡¡LEER!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

Primera: La siguiente fotografía debe servir como inspiración y de alguna forma verse representada en la historia: Fotografía virada al blanco y negro con tonalidades sepia. En ella se ve, centradas en un primer plano, unas manos, de una persona muy anciana, hojeando un libro. Nada más y nada menos. Composición a partir de la imagen de Alexas_Fotos en Pixabay.

Segunda: Una frase que debe aparecer dentro del relato y que debéis elegir entre las citas siguientes:
-«Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres». Heinrich Heine
-«Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee». Miguel de Unamuno
-«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma». Cicerón
El tema de este mes es bastante abierto para que haya una mayor diversidad de historias por contar. Eso sí, hablad del hecho en sí de la lectura, no de los libros en general.

En este relato hablo de libros, pero también de lectura y, además, está implícita, sobre todo, porque quien haya leído la obra que lo inspira sabrá de que autor estoy hablando. Espero que no se considere que me aparto mucho del tema y que guste a los lectores del VadeReto. La frase que he escogido es la subrayada en negro, la de Cicerón.

Este texto es la adaptación para este ejercicio de un relatito que escribí hace mucho tiempo y que publiqué en este mismo blog, en HELICÓN. Podéis leerlo aquí, y así entender todo lo que ha cambiado para el VadeReto de Mayo.

EL TESORO DEL PIRATA

Desde su privilegiada posición bajo una palmera en la ribera, en penumbra, fumando su cigarro y con esos azules ojos escrutadores que le habían hecho ganar fama como el mejor pirata de las Antillas, observaba a sus hombres disfrutar de la celebración que empezaron muchas horas atrás. Estaban contentos y, aunque alguno pareciera que no le cabía una gota más en el cuerpo, seguían bebiendo. Les habían hecho llegar varios barriles de cerveza cuando las botellas de ron se terminaron.

            Volvió su cabeza hacia el final de la playa al escuchar un vocerío. Un par de hombres se acercaban con una caja que cargaban entre los dos. El resto les recibieron entre vítores y risas. Traían más ron. Todos tiraron al suelo el caliente brebaje de sus jarras y se apresuraron a abrir las nuevas botellas. Los bailes alrededor de la hoguera y las peleas en torno a un improvisado tablero de dados, cesaron. Ya podían volver a emborracharse como es debido, con ron, como correspondía a los hombres de mar.

            Después de tantas penalidades, el pirata se alegraba de verlos en ese estado de desahogo y satisfacción, más bien, de pura felicidad. Más allá de la playa, su bergantín desafiaba airoso la línea del horizonte, mostrando con los vaivenes de las olas, los casi 100 cañones que enarbolaba. El pirata estaba satisfecho del botín conseguido, tanto como sus hombres, pensó, volviendo a contemplarlos, aunque él no necesitaba beber para demostrarlo. Él solo observaba.

            Desde que Gustav Adolf Van Deer Queerc, había abandonado su Flandes natal al quedarse huérfano, muchas cosas habían pasado. Primero, recaló en Sevilla, en España, la antesala del Nuevo Mundo. Llegó más tarde al caribe oculto en un buque mercante, sin salir de la bodega. El polizón, obtuvo allí todo lo que necesitó para subsistir hasta que le encontraron, justo al desembarcar, cuando descargaban el buque. Entonces, salió corriendo sin que pudieran alcanzarle y, con el apelativo de Bekeer, empezó a ganarse la vida como uno de tantos pilluelos que merodeaban por los muelles, con los recados que le encomendaban los marineros que atracaban en el puerto.

            Fue un hombre alto y fuerte quien, ya desde su nave, había advertido esa fijación del muchacho por examinar todo lo que sucedía a su alrededor. Era uno de los piratas más temidos de todo el golfo, Barbarroja le apodaban, aunque la rala pelambrera que asomaba bajo su imponente mentón fuese más rubia que roja. Siempre que llegaba a puerto le reclamaba… «¡Chico!», le gritaba asomado a la ventana de su alojamiento en la Tortuga. Y él corría hasta situarse a su frente.

            —Si ves llegar a un tipo casi calvo, más bien gordo, que siempre lleva una hoja de laurel en la cabeza y a quien apodan Cicer, me avisas…

            Y, con sus muy arrugadas y callosas manos le lanzaba una moneda de cobre que él atrapaba en el aire.

            —¡Si, señor! —Y salía corriendo.

            Barbarroja estaba convencido de que, si alguien podía encontrar al italiano entre la baraúnda de personajes que se arremolinaban en los tugurios del puerto de la Tortuga, era ese chico de ojos azules que parecían ver más allá del mismo cielo. Y no se equivocaba. Al cabo de unas horas, el muchacho se presentaba de nuevo ante él y dando saltos para llamar su atención, esperaba a que el capitán se asomase.

            —¿Lo has visto?

            —¡Sí, señor!

            Y le lanzaba otra moneda. Sí, Bekeer se había ganado, con creces, la fama de buen escudriñador desde que no levantaba del suelo mucho más que la altura de un barril de ron. Así que, cuando los ingleses tomaron la ciudad y todos los piratas se apresuraron a salir huyendo del abrigo del puerto, Barbarroja le preguntó si quería ser su grumete y él aceptó. Subió a la chalupa que les llevaría hasta su barco. No conocía un barco pirata, y menos uno tan grande. Era un antiguo galeón español que el temido pirata capturó hacía muchos años convirtiéndolo en su insignia. Todo el mundo conocía el Black Falcon y todo el mundo le temía. Menos ese chico. Claro que, al ascender por la escalerilla no cayó al mar de milagro. Barbarroja le agarró por la muñeca y, tirando de él le gritó «¡Arriba, chico!». Bekeer se volvió a fijar en sus manos. Estaban tan arrugadas que no entendía cómo podía tener tacto con ellas, aunque agradeció que demostraran tanto tino.

            Le llevó hasta la puerta de su camarote. Al abrirla, Bekeer se sobresaltó cuando un enorme pájaro verde le salió al encuentro.

            —¡Acostúmbrate a Goliat, chico, manda más que yo aquí! Y también cuida de que nadie entre en mis aposentos…

            Se lo dijo inclinando hacia él su enorme cabezota encrespada, con su pelo y barba pajiza, y mirándolo fijamente, a modo de advertencia. Bekeer asintió sin mucha convicción y salió corriendo. Su curiosidad y las ansias por saber de todo eran más fuertes que él, pensó Barbarroja, sabiendo que volvería. Pero, en ese momento, eran tantas las emociones que el chico sentía en aquel buque, que pasó horas recorriéndolo todo, aprendiéndose cada rincón del acastillaje, del bauprés, de la sentina, de las bodegas…, conociendo a donde daba cada puerta…, donde estaba y como era cada cañón, cada palo, cada cabo, cada trinquete, cada camarote…, lo que medía cada borda en pasos… Se acomodaba un rato junto al timonel y otro subía hasta la cofia junto al vigía, sin ayuda y con la seguridad de un avezado marino. ¡Era tanto lo que podía aprender! Esa primera noche a bordo ni dormir pudo. Al día siguiente, Bekeer conocía el barco casi como la palma de su mano. Solo le faltaba entrar en el camarote del capitán Barbarroja.

            Le vio aparecer en el puente, seguido de Goliat, su guacamayo verde, que no dejaba de gritar las únicas palabras que conocía en inglés… «read book, read book, read book»… Bekeer se escabulló entre los afanosos marineros que no hacían más que encomendarle tareas, y llegó a hurtadillas hasta el cuarto del capitán. Abrió la puerta que Barbarroja nunca cerraba con llave, porque sabía que nadie se atrevería a traspasarla, y empezó a indagar por todos los rincones con sus ojos azules. Al llegar a una alacena se sorprendió de no encontrarla llena de joyas… Allí le descubrió Barbarroja al entrar de súbito, con uno de sus más preciados tesoros en la mano… El pirata se lo quitó sin brusquedad con sus ajados dedos y lo acarició con mimo. Luego, se lo devolvió.

            —Puedes quedártelo. Llegará a ser tu tesoro como ha sido el mío.

            Y le revolvió el pelo con su rugosa mano despeinándolo ya para el resto del día.

            A bordo de aquel galeón, siempre bajo los cuidados y casi paternales atenciones del más temido pirata conocido en ese siglo, Bekeer se hizo un hombre y aprendió a apreciar los tesoros de los que le hablaba. Con el tiempo, se enroló en otros buques piratas, luchando contra portugueses, ingleses y españoles, hasta que consiguió el suyo propio, un precioso bergantín al que llamó El Temido. Él ya no era un simple grumete, sino el pirata Bekeer el Negro, conocido en los siete mares.

            Los recuerdos se le marcharon de la cabeza cuando se dio cuenta de que su apurado cigarro le quemaba los dedos. Lo arrojó al suelo. Además, en poco tiempo el sol se ocultaría del todo y no podría distinguir ya ni la silueta de los cofres que tenía delante, el Tesoro de Barbarroja. Por fin lo había encontrado. Esa era la causa de la escandalosa celebración de sus hombres en la playa.

            Volvió a inclinarse sobre los baúles. La búsqueda de aquel botín, revelado por el pirata que le enseño el oficio en su lecho de muerte, fue lo que le impulsó a forjarse su fama sanguinaria y convertirse en prófugo, en perseguido por las justicias de todas las naciones del mundo, incluido el turco, de la lejana Estambul. Pero él sabía que merecía la pena. Era el único tesoro que desde que conoció a Barbarroja deseó poseer. Lo difícil sería hacérselo entender a sus hombres.

            Por eso pensó que dejarles celebrarlo primero se lo haría más fácil.

            —«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma»…

      Pero su voz sonaba cansina, mientras abría el primero de los cofres. Tenía que explicarles que su tesoro eran los libros que Barbarroja le enseño a leer y amar hacía ya mucho tiempo, cuando hurtó uno de ellos de la alacena de su camarote. Esa frase que pronunciaba con mayor frecuencia a medida que pasaban los años, era la misma que le repetía Barbarroja cada vez que le enseñaba un nuevo libro, cada vez que lo leían juntos, sujeto entre las arrugadas manos del temible pirata, pasando sus largos y esqueléticos dedos por las páginas, sobre cada línea escrita, con el mismo amoroso cuidado con el que acariciaba un muslo de mujer. La había aprendido del italiano, aquel Cicer que buscó para él en el muelle, el día que se conocieron.

No sabía cómo se iban a tomar aquellos hombres, temibles marinos de las Antillas, que su airoso bergantín, El Temido, armado con cien cañones por banda, había recorrido medio mundo siguiendo las pistas de un viejo mapa y que ellos lucharon con bravura contra soldados y piratas, para conseguir…  

            —¡Libros! Auténticas joyas para leer, como decía Goliat… Read Book, Read Book… Tendrán que entenderlo… ¡Lo harán! Toda mi patria…, mi libertad…, mi bandera… Todo lo sacrifiqué por el más maravilloso tesoro que un hombre pueda desear conseguir… ¡Libros y Lectura! La historia venidera no recordará a Gustav Adolf Van Deer Queerc, ni a un grumete avezado, ni al capitán Bekeer el Negro, ni a mi velero El Temido…, pero conocerá y leerá los libros que he encontrado, conocerá mi tesoro.

AlmaLeonor_LP

VadeReto de Abril: Vacío.

15 respuestas a «EL TESORO DEL PIRATA»

  1. Preciosísima historia, Alma, donde conviertes al mas temido y cruel de los piratas en un enamorado de los libros. 🥰🥰🥰
    Sin embargo, creo que a Gustav Adolf Van Deer Queerc le va a quedar menos vida que a la vela de un nazareno un día de levante. 😅😂 No creo que sus piratas queden muy satisfechos cuando abran los baúles. Se puede liar la del relato de Ángel. 😝
    Me ha encantado la historia y me ha recordado, además del homenaje a «la Canción del pirata», las primeras aventuras de Cienfuegos, de Alberto Vázquez-Figueroa. Una serie de libros maravillosa, que recomiendo, que empieza su historia de forma parecida a tu personaje. Tiene humor, aventuras e historia. Hizo mis delicias hace «unos añitos». 😊
    Has creado una narración muy detallada y con una atmósfera maravillosa. Podría decir que he viajado con esos piratas por los siete mares, pero no creo que hubiera biodraminas suficientes en las farmacias. 😣😅😂
    Genial esa inclusión de tantos términos marinos y me ha hecho pensar que, a pesar de ser de costa 🤦🏻‍♂️, necesito aprender mucho, como tu grumete, para poder escribir tan acertadamente aventuras piratas.
    Enhorabuena, un abrazo. 🤗😉👍🏼

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    1. ¡Muchas Gracias JascNet! 🙂 Lo que le ocurra al pobre pirata cuando sus hombres se enteren podría ser motivo de otro relato, ja, ja, ja… Yo también soy de secano, en Valladolid solo tenemos el Pisuerga, aunque con barco que lo navega con un tramo y un río femenino, la Esgueva, además de dos canales, el de Castilla y el del Duero, pero vamos, de secano total… Sobre términos marineros se puede aprender buscando en Internet… yo los saqué de la wikipedia, así que espero no haber metido mucho la pata… Si algún marinero de pro lo lee y encuentra un fallo, que me perdone. 🙂
      Nivelón en los relatos de este mes.
      Un beso.
      AlmaLeonor_LP

      Le gusta a 4 personas

  2. Todo un placer encontrarse a Don Gustavo en los brazos de una especie de John Silver a la inversa, en este caso villano en apariencia pero prohombre en la intimidad; las referencias a ese Bergantin de los cien cañones que muchos recitamos de pequeños entre ese lexico tan evocador (excepto la jarcia, ponle un ojillo) saben a dulce y delicado, ponen la historia en su sitio y le dan más profundidad. Me gusta el estilo, tienes mano, y el tino con que has encajado a Marco Tulio Spoiler. Pero sobre todo me quedo con el mensaje que, a pesar de lo que demandaba el género, esta vez no iba en una botella. Y me gusta porque si no estuviera, habría clichés, y estando, hay intención. Hay que escribir con intención, me lo digo todos los días.

    Doy gracias a la chica de la perla por hacerme embarrancar en esta cala que, no exagero nada, guarda un tesoro.

    Un abrazo.

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  3. Hola Alma Leonor, muy buen relato, aunque como dice Jasc, creo que a ese pirata tan curtido se le va a armar una buena cuando sus hombres se den cuenta que en vez de un tesoro en metálico llevan libros. Un muy buen aporte que cumple con todas los requisitos del reto. Saludos y enhorabuena.

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  4. Hola Alma Leonor, me gustan los relatos donde sus protagonistas sacan de la chistera (bueno, del gorro de pirata, en este caso) un carácter no esperado. Y un pirata amante de los libros, es una joyita que me encantó.
    Espero que sus amigos no se enfaden demasiado cuando abran los baúles. ¿Te imaginas las caras? Y Goliat sobrevolando la escena con su cantinela: Read Book, Read Book… ¡Impagable!
    Saludos y enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Hola Trujaman! ¡Muchas Gracias! No creo que el pobre pirata salga de rositas, no, jajajaja Yo pido perdon a Espronceda por haber hecho que Bécquer sea el protagonista de la adaptaciión de un poema suyo y a él ni mencionarle, pero así quedo. ¡Gracias de nuevo!

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    1. ¡Muchísimas Gracias! Como ya he dicho, creo que el nivel de participación en este grupo del VadeReto es altísimo, todas las aportaciones me parecen excelentes. Me siento honrada de poder participar. Gracias de Nuevo.
      AlmaLeonor

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  5. Hola, Alma. Eso mismo le has puesto a esta historia de piratas tan curtidos como cultivados, el saber no ocupa lugar ni en tierra ni en mitad del mar. El ritmo de la historia es continuo hasta la sorpresa final con la complicidad del loro coprotagonista. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

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