CAPUCINE

CAPUCINE

Creo que a mi padre lo que le incomodaba realmente de Marilyn era el papel que se había creado ―o le habían creado― y que la condujo hasta una trágica muerte a causa del inconformismo con su propia identidad. Aunque ella nunca se arrepintiera de nada: «tener miedo es estúpido, igual que arrepentirse», dijo alguna vez. Una frase que yo me apunté en mi relación mental de genialidades.

Otras actrices de Hollywood también creyeron que el suicidio podía ser la solución final de todos sus problemas, como pudo sucederle a Carole Landis a los 29 años ―tras una terrible infancia y varios episodios de depresión e intentos de suicidio, acabó con su vida al romper con su amante, Rex Harrison, que estaba casado entonces con la actriz Lili Palmer―, o a Margaret Sullavan ―aunque nunca se probó si su muerte a los 51 años fue accidental o un suicido, que sí fue la causa de la muerte de uno de sus hijos―, o también a Capucine, quien se quitó la vida lanzándose al vacío a la edad de 62 años a causa de una terrible depresión. Pero, por alguna razón, a mi padre la muerte de Marilyn siempre le pareció más inútil e innecesaria, como un mal final para una de esas vidas de película, un fallo de guion, algo que no debió suceder jamás.

AlmaLeonor_LP

Las Actrices Favoritas de mi Padre.

Germaine Hélène Irène Lefébvre (Capucine)
(6 de enero de 1928 – 17 de marzo de 1990)
El 17 de marzo de 1990, a los 62 años de edad, se suicidó arrojándose desde la ventana de su apartamento en un octavo piso en Lausanna (Suiza), a causa de una depresión.

En el día en el que se recuerda la muerte en todo el mundo, unas cuantas tristes muertes de actrices que aparecen en mi libro LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE. Para quien lo prefiera… ¡Feliz noche de Halloween!

SOR INÉS DESPELLE

SOR INÉS DESPELLE

Imagen: Henri Martin, «The Lovers»

Mi madre siempre me contaba un cuento antes de dormir cuando era niño. Decía que aquellas historias se las susurraba un ángel al oído para que me las contara a mí. Solo recuerdo una noche en la que no me contó un cuento. Fue la noche en la que murió, cuando yo tenía tan solo 10 años. No hubo en mi vida posterior una noche más triste que la de aquel otoño, la del último día de octubre.

Yo nací cerca de Oñate, en “la selva” como lo llamaba mi abuela, un caserío enorme donde habían vivido todas las generaciones de Zumárraga. Mi abuela era viuda y para ella, y para su numerosa familia, no resultaba fácil la vida en un lugar al que muchos inviernos aislaba del resto y donde solo se cocía el pan una vez al mes. Pero los recuerdos de mi infancia son felices. Todas las noches un ángel susurraba cuentos a mi madre para que ella me los contara a mí. Y yo disfrutaba muchísimo con ellos. Entre el amor de mi madre y las historias de ese ángel que velaba por mí, viví días muy felices en aquel caserío. Sin embargo, el más fantástico de todos los cuentos que he escuchado en mi vida fue, precisamente el que llegó a mis oídos la noche de su muerte, la de aquel día de otoño.

En esa fatídica ocasión una mujer entró en mi habitación a medianoche. Al verla, mi conmoción aumentó, pues con aquel hábito blanco, más bien me pareció una virgen. ¿Habré muerto yo también?

La visión me dijo que su nombre era Inés, Sor Inés Despelle, y no era una aparecida, sino una lejana prima de mi madre que había venido al funeral. Ella sabía que mi madre me contaba cuentos todas las noches y se ofreció a hacerlo. Sin embargo, me confesó, no sabía contar cuentos, así que solo me contaría una historia, la suya propia, la del porqué había llegado a convertirse en monja. Y esto es lo que me contó…

Se había criado con mi madre, en el mismo caserío donde nos encontrábamos en ese momento. Era muy extraño, pues ella nunca me había contado que tuviese una prima, y yo era la primera vez que oía el nombre de Sor Inés Despelle.

El primer día de aquel otoño cayó una espesa y extraña niebla que lo envolvió todo. Durante semanas nadie en el caserío se atrevió a moverse por miedo a ser devorado por un lobo o caer por alguno de los precipicios que jalonaban el monte. No se veía más allá de los propios pies.

En el caserío se encontraba también el prometido de Inés, un joven que había ido, precisamente, a pedir su mano a mi abuela. Al echarse la niebla tuvo que quedarse allí también y se decidió que se pospondría la petición hasta que se despejara, pues no sería bueno ni decente que ambos prometidos permanecieran tanto tiempo en la misma casa sin poder salir.

Llevaba, como regalo de pedida, un broche dorado en forma de León que pertenecía a su familia desde tiempos inmemoriales, era el símbolo del blasón familiar y lo tenía en gran estima. Pero el chico no había contado a nadie cual iba a ser su regalo, quería que fuese una sorpresa y lo guardaba celosamente.

Inés era una muchacha muy avispada, risueña y curiosa. Muy curiosa. Y le carcomía no saber que regalo era el que había traído su novio para ella. No podía esperar a que llegara el momento de la celebración de la pedida de mano, pero no se atrevía a entrar en la habitación de su novio a curiosear. Entonces, le pidió a su prima, mi madre, que fuese ella y buscase su regalo. Al principio se negó, pero como a Inés no podía negársele nada, pues así de grande era su encanto, acabó cediendo.

Cada vez que el novio salía de su habitación, mi madre entraba en ella y revolvía todo buscando el regalo. Así lo estuvo haciendo durante varios días, pero nunca dio con él. Cansada de aquello le dijo a Inés que ya no lo buscaría más.

Inés era muy lista. Pensó y pensó y se dio cuenta de que si su prima no lo encontraba en la habitación cuando él no estaba en ella, debía ser porque el regalo lo llevaría consigo, así la única forma de verlo sería, entrar en la habitación cuando él estuviese dentro… durmiendo.

Le contó sus cavilaciones a mi madre, pero ésta se negó en redondo a entrar en la habitación de un hombre mientras él estuviese dentro. Inés cambió de estrategia y le pidió que hablara con él, que le “interrogara”, a ver si conseguía averiguar donde guardaba su regalo. Mi madre accedió de nuevo a sus peticiones.

Mientras los días pasaban, la convivencia en el caserío se hacía cada vez más estrecha. A Inés y a su novio les vigilaban todos, pues no hubiese sido decente que hubiese ocurrido un “desliz” en aquella situación adversa. Pero a mi madre nadie le prestaba mucha atención y durante todos esos días hablaba mucho con el novio de Inés, ante el beneplácito de ella que esperaba que al final, confesara.

Sin embargo, entre los dos jóvenes se fue fraguando una sincera amistad y mi madre acabó confesándole sus intenciones y las de Inés. El muchacho, muy indignado, decidió que escondería el broche en un lugar seguro hasta que llegara el día. A la vez, un sentimiento de animadversión hacia Inés se fue fraguando en su corazón.

La situación en el caserío se hizo difícil cuando empezaron a escasear los alimentos y la niebla persistía. Inés fue una de las que peor lo pasaba, pues además del pecado de la curiosidad, le atacaba el de la gula. Cada noche acudía a la despensa y comía alguna cosa que los demás no fueran a echar mucho de menos. Le gustaba sobre todo la mermelada de fresa que mi abuela preparaba, de gran fama en la comarca. Una noche descubrió en uno de los tarros de mermelada un paquetito que contenía un broche en forma de León dorado. ¡Ese era su regalo! ¡Lo había descubierto! Volvió a guardarlo en su sitio y se dirigió muy contenta a la habitación de su prima para contárselo. Pero no estaba.

La buscó por todas partes muy extrañada de no encontrarla. Hasta que una duda asaltó su corazón y se dirigió a la habitación de su novio. Allí encontró a su prima, mi madre, y a su futuro prometido, desnudos y abrazados, durmiendo plácidamente. Un amago de llanto hizo callar su desbocado corazón y salió de allí con el mismo sigilo con el que había llegado.

Unos días después la niebla se fue despejando, a la vez que el ambiente entre Inés, su novio y mi madre, se hacía cada vez más enrarecido y espeso. Diríase, como afirmaba George Sand, que «el otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno». Nadie sospechaba que la niebla que nos envolvió ese otoño, se iba a quedar ensartada en nuestros corazones, como un persistente invierno.

Los dos amantes se sentían felices por haber descubierto su amor, pero también muy desdichados por el modo en el que había sucedido todo. Decidieron que se lo contarían a la familia y que seguirían adelante con su relación, pero ya basada en la verdad, y que pediría la mano de mi madre en lugar de la de Inés. A mi madre le dolía muchísimo la situación que se había creado con Inés y quería contárselo primero a ella.

Cuando se lo dijo, Inés se enfadó mucho y les amenazó con un anatema… Juró que no podrían casarse nunca. El muchacho le dijo que no tenía nada que hacer, que él había traído un regalo de petición de mano y que sería para mi madre, se había enamorado de ella y, además, Inés había traicionado su confianza por su desmedida curiosidad.

Inés se retiró llorando y trazó un plan. Corrió a la despensa y sacó el paquetito del bote de mermelada de fresa y lo escondió en una botella de Jerez que permanecía olvidada en un rincón de la enorme bodega del caserío. Estaba segura de que allí nadie lo encontraría, el chico no podría pedir la mano de mi madre, y si se les ocurría contar la historia de la curiosidad de Inés, nadie lo creería al no aparecer el broche.

La noche de la petición, también un 30 de octubre del otoño más extraño que se recuerda en la comarca, el muchacho se levantó de la mesa y armándose de todo el valor que pudo reunir, contó a todo el mundo que estaba enamorado de mi madre, pero que no podía casarse con ella. Pidió disculpas a todos y dijo que se marchaba a buscar fortuna. No había podido aportar nada como regalo de pedida. No tenía el broche. Aquella misma noche salió del caserío y nadie nunca más volvió a saber nada de él.

Mi madre se quedó destrozada, tanto como desolada quedó Inés, a quien el remordimiento por su mala acción le llevó a internarse en un convento y convertirse en Sor Inés Despelle. La misma que estaba contando su historia sentada en el borde de mi cama.

Entre llantos me contó que mi madre me tuvo a mí en el Caserío y que yo fui la única alegría que llenó su corazón a lo largo de su vida, pues debido a su condición de madre soltera, mi abuela no la dejaba ir al pueblo para no recibir las burlas de las demás gentes. Y todas las noches me contaba un cuento susurrado por un ángel a su oído para mí.

Cuando acabó de narrarme esta historia me entregó una botella de Jerez en cuyo interior se podía ver un pequeño broche en forma de león dorado. Y me hizo una última confesión, me reveló el secreto mejor guardado en mi familia. El nombre de mi padre era Ángel.

AlmaLeonor_LP

VADERETO DE OCTUBRE

Este relato se incluye en el VadeReto del blog Acerbo de Letras, dedicado este mes de OCTUBRE ¡¡¡UN OTOÑO DE MIEDO!!! Para la creación de este relato había dos premisas:

La PRIMERA es sobre el tema: Este es el mes del Terror, porque termina en Jaloguín, aunque algunos dicen que este título le corresponde a noviembre. Para mí, como es el mes en que cumplo años y las velas se caen ya por los bordes del pastel, OCTUBRE es el mes más terrorífico del año. La imaginación toma aquí el timón para llevarnos a vivir increíbles experiencias. Tu mente crea tus propios monstruos y lo que para unos es un payaso que lo hace reír a carcajadas, para otro es el ser más terrorífico que se puede uno encontrar en una esquina, y maldita la gracia que hace. Por eso son interesantes estas historias. Te permite explorar, como escritor, tus propios miedos y, como lector, experimentar el que otros crean. ¿Otoño? ¿Terror? Parece una combinación interesante, ¿no? Pero, ¿Qué tal si le ponemos algunas condiciones? Vamos a intentar alejarnos de las figuras y escenarios clásicos y típicos. El cementerio, los fantasmas, los monstruos hollywoodenses, la oscuridad, la niebla… todos estos son recursos bastante trillados y de fácil inspiración. ¿Os atrevéis a usar escenas cotidianas, personajes corrientes, sucesos nada relevantes… y transformarlos en auténticas historias de terror?
No os olvidéis que debe ocurrir en Otoño.

La SEGUNDA es que incluya una de estas citas. Como de costumbre, la que está en negrita es la que yo he utilizado:

-«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir». Patrick Modiano.

-«¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas…». Juan Ramón Jiménez

-«El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno». George Sand (Amantine Aurore Lucile Dupin)

Esta historia es ya antigua. Fue un reto que nos propusimos en un antiguo grupo de lectura y escritura al que pertenecía, el blog de la revista QuéLeer y que tan buenos momentos nos produjo y tan fantásticos recuerdos me trae. Estaba publicada en HELICON tal cual la escribí entonces, pero para esta ocasión la he modificado un poco, solo un poco. No es que sea un relato de terror-terror, pero sí tiene algo de misterio y un ambiente de otoño.

AlmaLeonor_LP

PARTICIPACIONES ANTERIORES:

VadeReto de Abril: ¡Vacío!

VadeReto de Mayo: El Tesoro del Pirata

VadeReto de Junio: El Ramo de Violetas.

VadeReto de Julio: Soledad y Algo de Desesperación.

ATRAPASUEÑOS

ATRAPASUEÑOS

La batalla fue terrible. Aún resuena en mis oídos, huelo la pólvora, mis ojos reviven los destellos, mi cuerpo sangra y mi boca grita. La muerte se hizo señora del día y la noche se apoderó de mi corazón. Solo un día antes todo era paz. Aquel sabio hombre siux me regaló un atrapasueños… Nunca entenderé la furia que nos embarga a los hombres y nos hace enfrentarnos entre nosotros. Supongo que es nuestro destino, seguir esa estrella que no empuja cada vez más lejos en nuestra ciega ambición. Ayer, fue un símbolo de nuestra amistad. Hoy, le he disparado.

AlmaLeonor_LP

Texto participante en Escribir Jugando. Octubre-2022.

Requisitos:

  1. Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta de la imagen de cabecera.
  2. En tu creación debe aparecer la imagen del dado: estrella.

Opcional:

Que aparezca en la historia algo relacionado con la pólvora: el año de su invención, su inventor o la propia pólvora.

PARTICIPACIONES ANTERIORES:

MAYO: DIXIT MEMORIES

JUNIO: THE GOOD TAROT

JULIO: DIXIT STORY CUBES

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