LOS TIEMPOS CAMBIAN QUE ES UNA BARBARIDAD

¡Hola!

He decidido crear una nueva categoría de Entradas par el Blog. Se va a llamar “ILUSTRENCIAS” en honor a mi amiga Gilvergg que es única en inventarse palabritas, jejejeje. En esta nueva categoría incluiré aquellas pequeñas cosas que escribo para una u otra cosa (normalmente para los foros en los que participo) o para Helicon exclusivamente. Con un poco de tiempo, cambiaré a esta categoría todo aquello que esté incluido en otra y que pertenezca a este tipo de escritos.

El que incluyo hoy pertenece a una propuesta del foro de Que-Leer acerca de escribir un relato breve relacionado con el tema “La Familia Tradicional”. Esta fue mi propuesta.

 

 

 

LOS TIEMPOS CAMBIAN QUE ES UNA BARBARIDAD

 

Estaba paseando por el parque cercano a su casa, como casi todos los días a esas horas, mediodía, la hora del paseo. Iba empujando el cochecito donde llevaba a su nieto, Baltasar, el hijo de su única hija y de su pareja, un médico limeño que se había instalado hacía unos años en Madrid. Su hija, Isabel, trabajaba en la misma consulta y él se encargaba de pasear a su nieto todas las mañanas. De paso compraba una barra de pan para él y su mujer, Eloísa, que todas las mañanas se iba un par de horas a la Universidad, a unas clases para “Mayores de 65 años” a las que se había apuntado desde hacía un par de años.

Fermín, el abuelo, se encontró con un amigo de toda la vida, Genaro. Ambos se sentaron en un banco del parque.

Genaro: ¿Qué tal el nieto?

Fermín: Bien, el médico dice que está muy bien de talla y peso, le llevamos el otro día a la revisión, mi mujer y yo.

G: Claro.

F: Si, como los dos están trabajando…

G: Claro

F: ¿Has visto al nuevo vecino que tengo?

G: ¿El argentino?

F: Si, de por ahí, de Caracas, creo que dijo.

G: Si, eso.

F: No se donde iremos a parar con tanto de por ahí, ¿no te parece? Y con tantas mujeres, ¡si es que tienen muchas mujeres!!

G: ¿Esos no son los moros? Cuando yo hice la mili en Ceuta…

F: Da igual, hombre, da igual!!, todos son iguales, mujeres, hijas, cuñadas, ¡que más dá!. Donde esté una mujer como la tuya y la mía, casados por Dios y por la Iglesia, que se quite todo lo demás….

G: Claro

F: Y luego las pone a todas a trabajar, y ¡hala!! A ganar dinero….

G: ¿Trabajan las mujeres del mejicano?

F: Todas, hijo, todas. El otro día una se ofreció a limpiar la cocina a mi Eloísa, ya ves, con lo que es ella para su casa, que no sale en todo el día. Cada uno a lo suyo, ¿no te parece? La mujer en su cocina, y solo en la de ella, y los hombres a lo nuestro, nada de cosas de mujeres, como debe ser.

G: Claro

F: Si es que en nuestros tiempos…. Ahora hasta los hijos se rebelan. Fijate que el hijo del urugayo es ¡¡enfermero!! Eso es cosa de mujeres!! Como los hijos y la casa. Pues no, el niño tenía que ser ¡¡enfermero!!

G: ¿Tiene una carrera?

F: Algo así, y la de la cocina también, por lo visto, también es enfermera, en su tierra, pero aquí no encuentra trabajo ¡¡Como si fuera tan facil!! Mira la mía, médico, y sin trabajo…

G: Pero ¿no estaba en una clínica con el marido?

F: Que no es su marido Genaro, que no te enteras, es su pareja, y la clínica es de él, no de ella, ¡faltaría más!, ella solo le ayuda, no trabaja….

G: Claro

F: Bueno me voy, que me cierran la panadería y tengo que darle el biberon a Baltasar. Esta así de majo por los biberones que le prepara su abuelo, ¿verdad guapetón? Adios Genaro, y ten cuidadito, que como te descuides aquí acaban hasta con la familia y todo.

G: Claro, Fermín, Claro, cuidate tu también hombre….

 

 

El viaje de Aníbal

ANIBAL

Me llamo Aníbal. Y cuando era más pequeño viajé en un avión. Fue un viaje horroroso, así que siempre agradecí a mi familia que no me obligaran a repetirlo. No he vuelto a viajar en avión.

En aquella ocasión no me dijeron nada. Así de preocupados estaban por mi reacción ante la novedad. Lo supe por conversaciones aisladas y frases sueltas que no iban dirigidas directamente a mi:

         ¿Crees que le gustará el avión?…

         ¡Son tantas horas!…

         ¿Y si se pierde?…

         Tendremos que darle tranquilizantes…

No había oído nunca esa palabra, “tranquilizantes”. Pero sonaba a golosinas y yo, no lo había dicho aún, soy muy goloso, así que no me preocupé. Incluso me alegré.

Cuando llegó el día de la partida tampoco me lo dijeron, pero lo supe por el ajetreo en la casa y las caras de preocupación. Yo en cambio estaba feliz ante la perspectiva de un viaje. Solo en el último momento mi familia se dirigió a mi:

         Aníbal, ¡nos vamos!

Me acomodé en mi sitio, igual de alegre que siempre que viajábamos en coche, aunque esta vez nos dirigiamos al aeropuerto, un lugar donde yo nunca había estado. Y me llevé una gran sorpresa.

¡Era un edificio enorme! ¡Y cuanta gente! ¿Todos subirían al avión? ¿Cómo ibamos a caber todos? ¡El avión tendría que ser muy grande! Ahora si tenía miedo de perderme. Sin embargo cuando llegamos al embarque el número de personas se redujo considerablemente y mi familia no hacía más que intentar tranquilizarme:

         Toma Aníbal, tus golosinas favoritas…

¡Bien! ¡Siempre saben como hacerme feliz! Pero… al poco rato, justo al subir al avión, me empezó a acuciar el sueño. De repente me vi en un pasillo oscuro, estrecho y largo, y me sentía como si me llevaran en volandas. Cerré los ojos.

Al cabo de un rato cesó la sensación de movimiento y los volví a abrir. ¡Estaba dentro del avión! Pero… esto no es como un coche… Parecía… ¡Parecía el estómago de la ballena que se tragó a Pinocho! ¡Pobre Pinocho! ¡Ahora comprendí como se sentía!

De repente sonó un ruido estridente, y cada vez más alto. Todo empezó a temblar. Algo me empujó hacia atrás y cerré los ojos con más fuerza. ¡Tenía tanto miedo!

Estuve así mucho tiempo, no recuerdo cuanto, pero fue mucho, mucho tiempo. Y durante todas esas horas no dejé de temblar de miedo. También temblaba porque el avión-ballena se movía mucho, o eso me parecía a mi. Debía de estar surcando los cielos como si se tratase de un inmenso mar. Más que volar, parecía que nadaba, y yo sentía que no tocaba el suelo. Pero estaba tan aturdido con ese ruido que se colaba por todas partes que no podía dejar de apretar mis ojos con toda las fuerzas de las que era capaz.

Cuando sentí que el avión-ballena se había parado, y ya no había ruido, mi cabeza aún daba vueltas. Durante un momento no me atreví ni a moverme, pero al poco abrí los ojos. Entonces si que me asusté.

¿Dónde estaba? Aquel lugar no era el avión-ballena. ¿Cómo había salido de él? ¿Qué era aquel lugar? ¡Estaba en una habitación llena de maletas y bultos! Y entre todos ellos, allí estaba yo, sobre una silla, muy quietecito y con los ojos abiertos como platos. Creo que hasta mi boca estaba abierta de la impresión.

Una mujer extraña se situó frente a mi y se puso a hacerme cucamonas. Resultaba tan esperpéntica que volví a cerrar los ojos. Sabía lo que había pasado. Los peores temores de mi familia se habían cumplido. En mi cabeza resonó la fatídica frase:

         Aníbal ¡¡¡Te has perdido!!!

 

Mientras tanto un hombre y una mujer, visiblemente consternados, describían minuciosamente a Aníbal ante la empleada de la oficina de reclamaciones del aeropuerto. Tan absortos estaban que no se percataron de que un policía uniformado se acercaba por el pasillo llevándolo en su mano. Se situó detrás de ellos y preguntó:

         Señores, ¿es este el GATO que habían perdido?

Y al volverse, las dos voces sonaron al unísono:

      ¡¡¡ANIBAL!!!!