DE SAN PEDRO A SAN ISIDRO

DE SAN PEDRO A SAN ISIDRO

Imagen: Romería de San Isidro Labrador (1875), de Daniel Perea.

Lo cierto es que, en el siglo XIX, la sociedad española estaba muy influenciada por la práctica religiosa de la caridad ―entendida como deber cristiano individual― y una devoción católica y beata, que es fácilmente observable en una ciudad como Valladolid, visiblemente levítica, como en más de una ocasión fue calificada. Sin embargo, aquí también tienen cabida, además de estas celebraciones, otras que aun siendo de carácter religioso, no tienen que ver con la beatería y contenida devoción. Ortega Zapata recuerda que en el Valladolid de la década de los treinta, las Romerías en advocación de un santo o virgen eran un acontecimiento muy habitual y esperado por las gentes sencillas:

El mes de mayo era, en aquellos años, de muchas fiestas religiosas, y de romerías. La primera, el día 13, día de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid […] el día 15, romería en la cuesta y en los altos de San Isidro, que comenzaba el 14 […] los años que caía el Corpus en Mayo, cerraba esta festividad la serie de las del “mes florido”[…] Valladolid se despoblaba para ir a la ermita de San Isidro (José Ortega Zapata, 1894).

Mª del Pilar López Almena.
VISIBLES, MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX.

 

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EL ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS

EL ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS

Como se puede ver en la barra lateral de HELICON, colaboro en la web VAVEL-Historia publicando uno o dos artículos al mes, desde el año pasado. He decidido que habría que darlos a conocer un poco más. Este es el último que se ha publicado, ya iré colocando alguno más de vez en cuando, aunque aquí podéis ver un listado de todos ellos. Os invito a entrar en la web y ojear este y los demás artículos de todos los colaboradores, pues son todos buenísimos.

EL ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS

Podemos afirmar que, desde que hay escritura, existe la necesidad de guardar lo escrito, de archivarlo. Posiblemente sea un uso tan antiguo como la escritura misma. Pero los Archivos, tal y como hoy conocemos la acepción de esa palabra, son mucho más recientes.

Conocemos la existencia de Archivos en el mundo antiguo y también en el mundo romano, como el Tabularium (del 78 a.C.), donde se custodiaban las tablas de bronce con las leyes y las actas oficiales del estado romano. Porque, hora es ya de explicarlo, los Archivos no son bibliotecas, sino lugares donde se custodian documentos administrativos oficiales. Se suele situar su consolidación hacia el siglo XII, cuando nace en Europa el Derecho Romano del Código Justiniano y con él, toda una pléyade de documentos jurídicos que necesitaban ser conservados, custodiados, organizados y consultados. El Archivo es la institución donde “se conservan los documentos públicos para dar fe”, decía el Código Justiniano.

En estos siglos medievales es cuando surgen también las Notarías y los Registros, en una suerte de retroalimentación de la cosa pública. En España, el registro de documentación administrativa oficial se inicia en 1257 con la Cancillería Real de Aragón, siendo rey Jaime I (1208-1276), llamado “el conquistador”. Por su parte, el rey castellano Alfonso X “el sabio” (1221-1284) ya obliga en sus Partidas crear Registros en todas las ciudades y villas de Castilla, además de incluir instrucciones de cómo deben funcionar.

El artículo continúa aquí… VAVEL-Historia.

#AlmaLeonor_LP

 

LA DESPENSA DE LA PICARAZA

LA DESPENSA DE LA PICARAZA

Suena a título de libro, pero no, no… va de despensas y picarazas. De todos es sabido que los córvidos son aves “apandadoras”, capaces de “robar” objetos y guardarlos en escondrijos o en sus nidos. Sabido es también que algunos animales, incluidas las aves, recopilan alimentos durante el día (o durante una estación) para poder disponer de ellos en otro momento. Lo que no sabía yo es que las picarazas (Pica pica, también conocida como picaza, marica, pega…), tan listísimas ellas, eran habilidosas constructoras de “despensas”. Al menos la que yo vi el otro día.

Volvíamos a casa mi marido y yo, cuando unos metros más adelante, vimos posarse una picaraza sobre el parterre y empezaba a picotear el suelo. Pensamos que estaba buscando lombrices o bichillos porque su picotear era insistente, tanto, que hubo un momento en el que desapareció su cabeza entera en el suelo. Nos quedamos un poco quedos, andando muy despacio para observar lo que hacía, porque aquello que habíamos visto nos resultó extraño…

-¿Ha metido la cabeza en el suelo?

-Eso parece…

Seguimos andando con mucho cuidado cuando otra tarea de la picaraza nos llamó poderosamente la atención… cogió una hoja seca con su pico y la depositó encima de donde había estado picoteando…

-¿Has visto eso…?

-¿Ha cogido una hoja y la ha utilizado como “tapa”?

Eso exactamente era lo que habíamos visto. La picaraza se marchó volando ante nuestra presencia (y seguramente no muy lejos) y entonces nos acercamos al lugar exacto donde habíamos visto realizar semejante comportamiento. Efectivamente, allí estaba la hoja seca…

La levantamos y vimos un agujero en el suelo, lo suficientemente grande como para que la picaraza pudiera ocultar su cabeza dentro de él, que era lo que habíamos visto antes…

Miramos dentro y encontramos esto: dos trocitos de comida, restos de un pajarillo negro, y otra hojita seca que los separaba…

Aquel pájaro, la picaraza, uno de los pájaros más listos que he visto nunca, se había fabricado una “despensa” delante de nuestros ojos… A veces me pregunto qué nos ha hecho creer que somos la cima de la evolución.

Las imágenes son todas propias. Las de las picarazas no son del mismo momento del hallazgo, son de otros días, pero seguro que la que hizo su “despensa” estaba observándonos igualmente.

AlmaLeonor

 

LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

Virgen de la Consolata (Turín). Se dice que fue pintada por San Lucas (detalle).

¿Se habían dado cuenta de que todas las advocaciones de la Virgen María en nuestro país, carecen, en realidad, de nombre alguno? Ni siquiera María, tan popular como nombre propio en el mundo entero, puede ser un nombre, sino un apelativo. De hecho, de los personajes principales del relato Bíblico, solo Jesús tiene un nombre propio como tal, que derivaría del Yeshúa arameo, transformado en el Iesoús griego para finalizar con el Iesus latino. Hay quien lo hace derivar del hebreo Josué, que es el mismo que en arameo se diría Yeshua, pero eso sería otra historia. El caso es que él sí que tiene nombre, mientras que por mucho que busquemos, a Dios padre no se le conoce otro nombre que el de Dios, que puede ser un título tan genérico como el de Espíritu Santo, el otro vértice de la Trinidad, y de quien tampoco conocemos el nombre… ¿el espíritu santo… de quién?

Pero hablaba yo de María… La Biblia reconoce como María a varios personajes, empezando por la Madre de Jesús, pero también María la hermana de Moisés y Aarón, que acabó siendo reconocida por el nombre original en hebreo, Miryam (origen del Maryam en árabe), mientras que para la Madre de Jesús se utiliza simplemente María. Pero es que María, según alguna de las muchas interpretaciones que se han realizado sobre esta palabra, significa “señora”, un título. No debemos desdeñar esta interpretación porque fue realizada por los mismísimos Padres de la Iglesia (siglos I-VIII), partiendo del arameo mra, con ese significado de “señora” o también “excelsa”. Incluso en algunas versiones posteriores, María es relacionado también con “luz”. Yendo más allá, una interpretación de ese nombre de María, bajo la óptica egipcia, haría derivar el vocablo de mry, que significa “amada”. La Iglesia reconoce los apelativos de Santa María, Madre de Dios o María, Madre de la Iglesia… pero no quiere decir que sea un nombre.

 

Para concluir… no importa tanto encontrar el auténtico origen de este vocablo, como constatar, con todo ello que, en todo caso, María, bien puede ser un título o un tratamiento: la excelsa y amada señora que dio a luz a Jesús…  la Santa Señora,  madre de Dios; o la Señora que es Madre de la Iglesia. O sea, una mujer sin nombre.

Piensen en sus nombres, o en los de sus esposas, madres e hijas… Curiosamente, en España hubo un tiempo en el que era de cumplimiento obligado incluir María delante de todo nombre de niña (una amiga mía, de nombre Susana y cuya madre se negaba a tal norma, acabó incluyéndola por obligación, pero al final: Susana María), y ahora pienso que, además de un absurdo precepto religioso (que, por otro lado, era más alienante que absurdo), tenía una razón lógica. Les cuento, verán. Mi madre se llama Pilar, solamente Pilar. A mí me bautizaron como María del Pilar por mor de ese precepto que mencionaba antes, pero es que ahora veo que el nombre de mi madre no tiene ninguna lógica… Pilar… mi madre lleva el nombre de ¡una columna de piedra! No es un nombre, ¡es una columna! En cambio, el mío, María del Pilar, significa, implícitamente al menos, un apelativo femenino: “la señora del pilar de piedra”… no es que me lleve un nombre propio tampoco, pero al menos no me quedo solamente con la piedra.

Virgen del Pilar (1780), de Ramón Bayeu (1746-1793)

Si pensamos en prácticamente todos los nombres marianos de España, encontramos ejemplos similares: La Inmaculada Concepción, que son dos nombres femeninos, no son nombres, son los atributos que le asignó la Iglesia de Roma a la Madre de Jesús, a la que nombró Virgen por decreto conciliar; Lo mismo podríamos decir de la Virgen de la Asunción, en realidad, una mujer que es llevada al cielo (asunción) en cuerpo y alma tras su “durmimiento”; o Dulce Nombre de María, que nos queda con las ganas de saber cuál es ese nombre, el de esa “señora excelsa” cuyo nombre es tan dulce… Pero es que hay más…

  • María del Mar… la señora del mar.
  • La Virgen de Lourdes… una aparición mariana en la localidad francesa de Lourdes, como la Virgen de Fátima lo es por la localidad portuguesa del mismo nombre, o como la Virgen de Loreto lleva ese apelativo por la ciudad italiana de la que es originaria, un vergel de laureles (lauretum en latín). Y lo mismo pasa con la Virgen del Rocío, una imagen hallada en la aldea almonteña del mismo nombre, o las rivales vírgenes sevillanas de distintos barrios, la Macarena y la de Triana… llevan el nombre del barrio, no un nombre propio.
  • La Virgen del Camino… una señora en el Camino de Santiago.
  • La Virgen del Pino… una imagen encontrada en un pino en la bella localidad de Teror en Gran Canaria.
  • Nuestra Señora de los Ángeles… ni siquiera es María…
  • Nuestra Señora de la Esperanza… de la Fe, o de la Caridad, todos ellos nombres femeninos hoy en día, pero que son solo virtudes teologales.
  • María Auxiliadora, o la Virgen del Perpetuo Socorro, o Nuestra Señora de la Purificación o de la Consolación… explican muy bien cuál es su función, pero no es nombre.
  • Nuestra Señora del Rosario… pues eso, lo que lleva la señora en la mano.
  • Nuestra Señora del Carmen… curioso, porque deriva del Monte Carmelo, en Israel, o de la palabra Carmen, que es un canto extraño, un conjuro, un hechizo, un poema cantado con un ritmo determinado y cadencioso.
  • Nuestra Señora de los Dolores… no hace falta decir lo que son los dolores…
  • Nuestra Señora de la Almudena… la señora de la “ciudadela”, al-mudayna, o madina, un diminutivo árabe de “ciudad”, como la ciudadela árabe que existía en Madrid, la Almudena, o la antigua medina musulmana, en cuya muralla se encontró la que hoy es la patrona de Madrid.

… Piénsenlo.

Busquen una advocación mariana y se encontrarán con que en realidad no dice el nombre de la mujer de la imagen, sino un atributo, un lugar de origen, un elemento sobre el que se posa, un objeto que porta… pero no un nombre, porque ni siquiera María lo es… significa “señora”.

En cambio, los nombres propios los encontramos fácilmente en el pecado (Eva, Magdalena) o en el santoral: Santa Isabel, Santa Ana, Santa Lucía, Santa Águeda, Santa Bárbara, Santa Brígida, Santa Catalina, Santa Clara, Santa Cristina, Santa Elena, Santa Eulalia, Santa Genoveva, Santa Inés, Santa Juana, Santa Lucrecia, Santa Margarita, Santa Micaela, Santa Matilde, Santa Mónica, Santa Rosa, Santa Teresa, Santa Úrsula, Santa Tecla, Santa Felicidad… una santa que bien podría ser virgen, pues su nombre es un estado emocional en realidad.

LA VIRGEN DE SAN LORENZO

La Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: Domus Pucelae)

Me he desviado un poco bastante del tema, porque yo, de lo que quería hablar es de la patrona de mi ciudad, la Virgen de San Lorenzo. Pero cuando me he dado cuenta de que, en realidad, nuestra Virgen no tiene nombre, me he puesto a pensar y he descubierto que, como he explicado, no lo tiene ninguna. Así que nuestra patrona no es un caso extraño. Es, eso sí, la única de la península (creo, tampoco he realizado un estudio exhaustivo) que lleva el apelativo de un señor, de un santo.

La historia de nuestra Virgen pucelana es prácticamente igual a la de todas las de los hallazgos de tallas de imágenes marianas contadas en casi todas partes. La mayoría de esas historias derivan de que, por temor a la invasión musulmana, muchas imágenes de cristos, santos y vírgenes fueron ocultadas, apareciendo “milagrosamente” tiempo después y originando su propia leyenda (aunque se tallase realmente en siglos posteriores). Esta Virgen nuestra fue hallada por unos aguadores vallisoletanos a la orilla del río, en la parte donde se solían abastecer desde el río Pisuerga para venderla por la ciudad, justo donde la historia sitúa la “Puerta de los Aguadores”, fuera de las murallas vallisoletanas.

Talla de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: El Norte de Castilla)

Esa imagen, no tan pequeña como otras de su época y con un niño en brazos, originaria, hoy lo sabemos, de la segunda mitad del siglo XIV y de autor anónimo, fue llamada en un principio, la Virgen de los Aguadores, lo que viene a corroborar dos cosas: que ninguna Virgen lleva nombre propio y que esta nuestra siempre tuvo un nombre masculino.

La imagen fue entregada al párroco de la vecina Iglesia de San Lorenzo, la más cercana al río en esos momentos, y allí permaneció durante mucho tiempo, siendo tenida por la patrona de los aguadores del río y, más tarde, de todo Valladolid.

En 1917 es canonizada y el Ayuntamiento la nombra oficialmente Patrona de la ciudad de Valladolid (además de alcaldesa perpetua, lo que hoy causaría estupor) con lo que este año se celebra el centenario de ese nombramiento.  Como no se sabe a ciencia cierta en qué día fue hallada, para la celebración de la patrona se fijó la fecha de su festividad, el 8 de septiembre, día en el que el santoral católico celebra el nacimiento de la Virgen María, la madre de Jesús.

Y desde entonces se celebra en Valladolid la fiesta de su patrona en este 8 de septiembre, una fiesta y una patrona que, contrariamente a lo que sucede con la mayoría de las vírgenes de nuestro país, no tiene su santuario propio y ni siquiera recibió nunca un nombre. Se quedó como “la virgen que se encuentra en la Iglesia dedicada a San Lorenzo en Valladolid”, o sea, la Virgen de San Lorenzo, la patrona de Valladolid.

AlmaLeonor

¡¡Felices Fiestas!!

CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (I)

CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (I):

Primera parte: El Valido y sus “Tesoreros”

Artículo publicado por Alma Leonor López el 4 marzo, 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia 

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Rodrigo Calderón, conde de la Oliva de Plasencia (circa 1612), obra de Peter Paul Rubens (Royal Collection del Castillo de Windsor, Inglaterra)

La corrupción política y pública es un mal endémico de plena actualidad. Aunque no sea un consuelo, la Historia de España nos ofrece algunas de las más suculentas muestras de esas malsanas prácticas.

En el siglo XIV, los sobornos a alcaldes, escribanos y oficiales de Cortes eran tan frecuentes que una vez encontrado culpable al oficial corrupto, se le expulsaba de la Corte y se le excluía de la posibilidad de ocupar cargos públicos de por vida. La práctica debía ser tan corriente que se establecieron penas durísimas para los reincidentes. Así lo hizo saber Fernando IV  en 1312 en las Cortes de Valladolid:

“Otrossí tengo por bien que todos aquellos que andan baldíos a procurar cartas de la mi chançellería por algo que les den que se vayan de la Corte o se dexen deste ofiçio e caten sennores con quien bivan. E porque desto viene grande serviçio a mí e granddanno a la mi tierra e enfamamiento a los míos oficiales, e, si por auentura en esto fueren fallados, mando por la primera vez que les den çient azotes, e por la segunda que los desorejen, e por la tercera que los maten por ello”.

Durante el siglo XVII, la época de los validos, la corrupción se enseñoreaba de la Corte y toda la administración real. El duque de Lerma fue el más avezado en este “oficio”: Durante el traslado de la Corte a Valladolid realizó importantes negocios inmobiliarios, que se multiplicaron con la vuelta a Madrid.

Recibía constantes regalos económicos del rey y rentas de Italia y compró pueblos enteros a la Corona (con un dinero escamoteado de la Hacienda Real) que le proporcionaron más de 600.000 ducados de renta solo en 1607. También favoreció a toda su familia (hermana, tíos, yernos, nietos y biznietos) con cargos y prebendas.

El teólogo e historiador Juan de Mariana llega a proponer en un arbitrio toda una serie de medidas encaminadas a contener el gasto de la Corte y la Casa Real, a las que criticaba la multiplicación de concesiones de mercedes económicas desde el valimiento.

Es decir, atacaba la corrupción que se había instalado en España. En lugar de obtener respuesta a sus peticiones, lo que consiguió Juan de Mariana fue la oportuna prohibición de su libro y la apertura de un proceso judicial contra él (¿un prematuro juez Garzón?).

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Retrato ecuestre del duque de Lerma (1603), por Pedro Pablo Rubens (Museo del Prado)

A partir de entonces comienzan a caer los protegidos más corruptos del valido. El consejero real Fernando Carrillo realiza una auditoría en el Consejo de Hacienda a resultas de la cual Alonso Ramírez de Prado (fiscal del Consejo de Hacienda, consejero regio y brazo derecho de Lerma en política fiscal) fue detenido y acusado de cohecho y enriquecimiento ilícito. Se le embargaron bienes por valor de 1.704.000 ducados.

Pedro Franqueza, marqués de Villalonga se le incautaron cinco millones de escudos en bienes, enseres y metálico que se hallaron en su casa (¿en “bolsas de basura”?), aunque intentó ocultar su fortuna destruyendo documentos comprometedores y distribuyendo sus dineros por distintos puntos de España (aún no existían los “Paraísos Fiscales”). Fue condenado al pago de más de un millón de ducados y a prisión perpetua.

Pedro Álvarez Pereira, miembro del Consejo de Portugal, también fue detenido y condenado por delitos de corrupción.

En total, casi 500 delitos económicos salieron a la luz en 1610 cometidos por quienes “aprovechándose de la mano y autoridad que alcanzó con sus oficios, usó mal dellos y de la Real gracia, convirtiéndola en avaros, codiciosos y propios fines, procurando engrandecerse desvanecidamente (…), procediendo en lo demás con escándalo del Real servicio, mala cuenta de sus ocupaciones y nota general del Gobierno” (a decir de Fernando Carrillo, eminente consejero del rey Felipe III).

Pero el personaje al que más se le cuestionó por corrupción y malas artes, que incluían el asesinato, fue a Rodrigo Calderón (no “tesorero”, pero si una especie de secretario general de Lerma), quien había acumulado bienes, honores y poder, merced a su posición de privilegio y a la generalización de la corrupción en la Corte.

Su ambición fue tal que al poco de ser nombrado secretario de Cámara del Rey, ya pudo haber desfalcado 15 millones de escudos, además de hacerse con el privilegio de imprimir la Bula de la Cruzada (que le proporcionaba grandes beneficios), y recibir varios nombramientos nobiliarios y cargos. Incluso logró, para frenar las acusaciones populares que ya circulaban sobre él, que se emitiese una Real Cédula que “condenaba a perpetuo silencio a cuantos quisieran acusar a Don Rodrigo, al que se daba por buen ministro”. Es decir, consiguió inmunidad para sus corruptelas.

En 1618, Calderón fue finalmente acusado de enriquecimiento ilícito y de otros delitos (un total de 214 cargos, entre los que se encontraba la sospecha de haber utilizado venenos contra la reina Margarita causando su muerte) y conducido a prisión. Allí esperaba estoico un perdón del rey (ahora sería un indulto gubernamental) que nunca llegó, pues Felipe III falleció el 31 de marzo de 1621.

El nuevo rey y el nuevo valido (el conde-duque de Olivares, que mantenía una animadversión personal contra Calderón) ejemplificaron con la condena del secretario el fin de la corrupción administrativa y el inicio de una nueva forma de gobierno. Así, le retiraron sus títulos y honores, le embargaron sus bienes y:

“le condenaron a que de la prisión en que está sea sacado en una mula de freno y silla y le lleven por las calles públicas y le lleven a la Plaza Mayor, y en ella esté un cadalso para este efecto y en él le corten la cabeza, siendo degollado por la garganta hasta que muera de muerte natural”.

El duque de Lerma fue finalmente investigado a su vez y quedaron al descubierto todas sus tramas de corrupción. El rey le permitió retirarse a sus dominios de la ciudad de Lerma cuando obtuvo el capelo cardenalicio que había solicitado a Roma en previsión de su condena: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado” (dicho popular). Un “cambio de chaqueta” en toda regla.

AlmaLeonor

Continuará

1ª Parte: El Valido y sus “Tesoreros”.

2ª Parte: Corrupción en el siglo XIX y principios del XX.

3ª Parte: Los Casos desde el franquismo.

ESCAPADA RURAL A… TIEDRA

ESCAPADA RURAL A… TIEDRA

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Así sin pensarlo siquiera, la mañana del lunes 5 de diciembre nos pusimos en marcha hacia la Santa Espina para hacer unas fotos y disfrutar de una luminosa mañana y tan extrañamente calurosa para ser diciembre en Valladolid, tanto, que no hemos bajado de los 13º en todo el recorrido. Sin embargo, mientras fotografiábamos los eólicos que hay cerca de la Santa Espina, se nos ha ocurrido que en lugar de ir al Monasterio, sería buena idea acercarnos a Tiedra, que no conocíamos. Y eso hicimos. Por el camino, nos hemos encontrado un grupo de avutardas disfrutando del buen tiempo sobre la tierra de campos vallisoletanos. Aunque estaban lejos no se han inmutado con nuestra presencia y parando un minuto en la entrada de un camino, nos hemos podido acercar para tomar una fotografía.

Llegamos a la Santa Espina por la VP-5501, desde donde tomamos la VP-5012 hasta San Cebrián de Mazote (nos pararemos un momento en el camino del vuelta) y desde ahí, llegamos a Tiedra por la VP-5605 primero y, tras atravesar la autovía A6, entramos en Tiedra por la VP-6605. Son apenas 19 kilómetros por un paraje de extraordinaria belleza, los Montes Torozos vallisoletanos, especialmente bonitos en este otoño templado. Lo único que nos sobresaltó tristemente es que en los alrededores de la Santa Espina vimos muchas encinas enfermas y secas… muy triste.

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Tiedra es una localidad de apenas 300 habitantes, pero con un cierto encanto. Antes de llegar nos acoge una entrada jalonado por robles que augura una buena visita. Enseguida se ve el Castillo de Tiedra, apenas un torreón rodeado por una muralla con foso, pero al estar situado sobre una loma, se deja ver enseguida dominando parte de Tierra de Campos,  concretamente el valle del Duero hacia Toro. Y es que Tiedra está situada en el límite de Tierra de Campos, en las estribaciones occidentales de los Montes Torozos, y las vistas desde el castillo tienen que ser espectaculares. No lo pudimos ver por dentro (hoy es un museo) porque tiene sus horarios y nosotros no los habíamos consultado siquiera, pero se puede hacer uno una perfecta idea de la sensación de poder de quien dominara este castillo y el enclave de Tiedra.

En este castillo se tenía que haber llevado a cabo el encuentro del Cid con la infanta Urraca de Zamora, a instancias de su hermano, el rey Sancho II, quien quería que Urraca le cediese voluntariamente su propiedad (herencia de su padre) a cambio de la villa de Medina de Rioseco. Pero nunca se llevó a efecto. Sin embargo, este hecho sirve para señalar la primera mención del castillo de Tiedra en el siglo XI, justo cuando los reinos de Castilla y León se separan y Tiedra forma parte del Reino de Leon. Después, vuelve a aparecer como moneda de cambio en 1204, cuando el Papa Inocencio III anuló el matrimonio de Alfonso IX de León con su prima Berenguela de Castilla por consanguinidad, con quien se había casado en 1197 y de cuyo matrimonio nacieron cinco hijos. Alfonso le entregó a su ya exmujer, el enclave de Tiedra y el de San Pedro de Latarce como compensación. El Castillo acabó en manos de los Téllez de Meneses en el siglo XIII, siendo señor de Tiedra, entre otros títulos, Tello Alfonso de Meneses.

Reina Leonor Urraca. Biblioteca BritánicaY ahora viene lo interesante y que a mí me ha emocionado como cada vez que me encuentro ante la historia de una Leonor, nombre de tanta raigambre en Castilla. Al morir Tello Alfonso hereda sus propiedades el rey Enrique II, quien dona Tiedra a su hermano Sancho de Castilla y de este lo hereda su hija Leonor Urraca (1374-1435), llamada “ricahembra de Castilla”, poseedora de varios señoríos castellanos (condesa de Alburquerque, señora de Urueña y señora de Medina del Campo, entre otros muchos), que casó con el infante Fernando de Trastámara (o de Antequera, o el Honesto, futuro rey de Aragón como Fernando I, el primero de la dinastía castellana). Se comprometieron cuando Leonor tenía 16 años y Fernando 10 y se casaron cuatro años después, llegando a nacer de esta unión siete hijos, infantes de Aragón. Leonor Urraca fue la madre de Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón (y de Nápoles y Sicilia) y de Juan II de Argón, padre del Príncipe de Viana y de Fernando el Católico. También fue la abuela de Leonor de Castilla, esposa del emperador Federico III de Habsburgo.

Una mujer muy valiente y decidida que residió en su palacio de Medina del Campo, fundando el hoy Convento de Santa María la Real, desde donde tuvo que hacer frente al encarcelamiento de sus hijos y a la lucha contra el futuro Condestable de Castilla y valido del rey Juan II de Castilla, Álvaro de Luna. Leonor Urraca falleció en Medina del Campo en 1435 y fue enterrada en el mismo convento en una tumba sencilla con una lápida en el suelo.

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No son los únicos avatares de este trasmaneado castillo, pues en 1430 el rey Juan de Castilla confisca castillo y villa y lo convierte en prisión. Allí estuvo preso el obispo de Palencia, acusado de complot para derrocarle, aunque finalmente fue absuelto. Hoy puede verse la reproducción de un cadalso en las almenas, que, además de parapetos defensivos, solían hacer las veces de prisión medieval. Finalmente, los Reyes Católicos confirmaron el señorío de Tiedra con su castillo para Pedro Girón, Maestre de Calatrava y I Señor de Urueña. Su señorío abarcaría la casa de Osuna (con Pedro Téllez-Girón y de la Cueva en el siglo XVI), que  fue la propietaria del Castillo hasta el siglo XIX.

Desde entonces también ha llegado a pasar por varias manos, varias desafortunadas manos, diríamos mejor: en el siglo XIX, la familia de Gaspar Rodríguez utilizó parte de su estructura para otras construcciones; la familia de Alonso Carmona lo adquiere en 1911 y lo convierte en un palomar; no es hasta el año 2004 cuando el Ayuntamiento de Tiedra se hace con el castillo, quien inicia las labores de reconstrucción, terminadas en el 2013, que hoy permiten visitarlo en todo su esplendor.

Desde el castillo se puede ver todo el pueblo, incluidas las dos iglesias que hoy quedan de las cuatro que llegó a tener la localidad. Bueno, también está la Iglesia del Salvador, que es la que ofrece culto, y la Ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja en las afueras.

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La Plaza Mayor es un bonito espacio con casas de balconadas y pilares de piedra y madera, algunas de las cuales son de los siglos XVI a XVIII. El edificio del Ayuntamiento cierra uno de los lados dotando de empaque a la plaza, pues el edificio, un antiguo hospital, es una bella muestra decimonónica de construcción civil, con elementos de diferentes estilos. Me gustaría sugerir desde aquí que en estos bonitos pueblos se tenga muy en cuenta el aspecto estético de sus edificaciones, impidiendo aparcar en plazas con tanto encanto o delante de edificios históricos al menos. Aunque apenas vimos gente paseando, los vehículos estaban en todas partes.

La Iglesia de San Miguel es un templo construido en el siglo XVI sobre una antigua iglesia románica, con una alta y esbelta espadaña sobre una torre que tuvo en su tiempo una función defensiva. No llegamos a entrar, porque al acercarnos vimos y oímos lo que parecía ser una actividad de serrería.

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Las ruinas de la mudéjar Iglesia de San Pedro son mucho más interesantes, aunque pudiera pensarse lo contrario. Construida en el siglo XVI y reformada en el XVII, hoy es un enclave derruido y un tanto descuidado, pero que ofrece multitud de ángulos muy fotogénicos, con vistas increíbles hacia el castillo. Entre la basura y maleza encontramos hasta alguna lápida en el suelo… sería interesante que se pudieran conservar los restos tal y como están, pero con un mantenimiento continuo para no acumular tanta suciedad. También está situada en alto y ofrece una imponente vista igualmente desde el castillo, con un aire defensivo, pero en el otro extremo del pueblo. Al alejarnos vimos que en el subsuelo y dentro de un recinto amurallado que parecía privado, se encontraban unas aberturas en arco que parecían bodegas inmensas.

Tiedra fue una zona vaccea y se sabe que este pueblo ocupó el territorio desde la mitad el primer milenio a.C. Los romanos lo llamaron Amallóbriga   y establecieron una civitate (ciudad) nombrada por Plinio y Ptolomeo. Hoy, todo el conjunto vacceo-romano constituye el Yacimiento del Cerro de la Ermita de Tiedra,  de la Edad del Hierro y lugar donde a finales del siglo XVI se edificó la ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja. El Yacimiento cuenta con la denominación de Bien de Interés Cultural desde 1994.

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Pero el enclave de la Ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja es magnífico, aún sin poder ver las excavaciones arqueológicas (están ocultas en el subsuelo tanto de la ermita como de las tierras de alrededor). Se puede llegar a él tanto desde el pueblo por un bonito camino arbolado de 400 metros, como desde la carretera, por una entrada señalizada. La ermita se reconstruye en el siglo XVII sobre una iglesia anterior y tras varias restauraciones, sobre todo a partir del 1713 bajo patronazgo de la familia Alderete, luce como hoy puede contemplarse. Bueno, lo de contemplarse es un decir, porque estaba cerrada. Hoy, veo que las visitas, gratuitas, son guiadas y con grupos a partir de ocho personas, aunque dicen que puede visitarse “durante todo el día”. La próxima vez llamaré por teléfono a ver si podemos entrar.

Es un magno edificio de estilo barroco con una Hospedería adosada que conserva varias de sus dependencias en buen estado. También se puede encontrar en el interior de la ermita un órgano procedente del Monasterio de la Santa Espina. Desde la entrada de la hospedería hay un camino de tierra que en apenas veinte minutos llega hasta el pueblo de Pobladura de Sotiedra, y en el que se pueden observar restos de una calzada romana.

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Justo al final del camino que llega desde la carretera, se encuentra el cementerio de Tiedra y hacia la izquierda toda una campa, reformada y acondicionada en 1855, junto a los caminos de acceso, desde la que se observa una bonita vista del Castillo, con algunas mesas para descansar, una fuente y lo que parecían los restos de una actividad cultural con objetos de lana que debió celebrarse este verano y que entre los tonos dorado-rojizos del otoño y la luz de este diciembre tan extrañamente luminoso, ofrecían interesantes ángulos fotográficos.

Aquí hemos terminado nuestra visita a Tiedra. Pero nos hemos prometido volver a este bonito pueblo castellano y es una promesa que no vamos a echar en el olvido. Queremos acercarnos en primavera para poder observar los floridos campos de lavanda que hemos visto por los alrededores. También queremos ver un atardecer desde el castillo y tal vez, realizar algún tramo de lo que en Tiedra llaman “la ruta de las fuentes” (sendero PRC VA13), un recorrido de unas 4 horas y media de duración por los alrededores tomando como guía varias fuentes y caños de distintas épocas, desde el siglo XIII al siglo XX. Y no nos olvidamos de la posibilidad de poder visitar el Centro Astronómico de Tiedra,  un moderno observatorio del amplio cielo castellano, y que es todo un referente en este tipo de instalaciones.

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La excursión tocaba a su fin (nos habíamos venido sin preparar, solo para pasar la mañana y ya eran casi las tres de la tarde), pero no quisimos perder la oportunidad de pasar (otra vez, era nuestra tercera visita) por el pueblo de San Cebrián de Mazote para ver si podíamos entrar en la Iglesia Mozárabe de San Cipriano, pero tampoco pudo ser. Los horarios de visita son muy restringidos (solo media hora antes de cada misa y solo los miércoles y domingos en otoño e invierno). Es un templo de origen visigodo, románico del siglo VII, que fue reconstruida en el siglo X con aportaciones mozárabes, que trajeron monjes del Monasterio de San Martín de Castañeda (en la comarca de Sanabria, en Zamora). La espadaña es del siglo XIX.

Al llegar a casa, este extraño tiempo decembrino nos regaló una vista preciosa de los árboles de nuestra calle, con la luz de la primera hora de la tarde cayendo sobre los colores dorados y rojizos de las últimas hojas del otoño. No se puede acabar mejor una excursión.

AlmaLeonor

 

Fuentes: Las indicadas en cada enlace del texto.

Más fotografías, aquí, y pinchando en la primera imagen. También en la página ALMA VIAJERA.

 

 

EL PAN DE VALLADOLID

EL PAN DE VALLADOLID

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SOLACES DE UN VALLISOLETANO SETENTÓN
José Ortega Zapata 

He hablado en otro lugar de este ayer, de la fabulosa baratura del pan, y aquí encaja decir algo, en su elogio y remembranza. Pan, como el que se comía en Valladolid, no exajero al afirmar que, desde que salí de mi querida Ciudad, el año 1847, no he encontrado ninguno que le iguale en sabor y calidad, á pesar de haber corrido mucha tierra, aquende y allende los mares. Le había de una porción de clases, que me voy á recrear, detallándolas, porque la cosa lo merece y me produce regodeo.

Marcadamente distintas unas de otras, todas eran un «bien me sabe», yá fuesen muy «metidas en harina», yá de masa ligera y esponjada. ¿Habrá la novísima industria de la panificación desterrado de Valladolid aquel modo especial y multiforme de elaborar el artículo de mayor primera necesidad? Si así es, aseguro á los vallisoletanos, que han perdido con el adelanto.

En la «Ciudad» —no había que pronunciar, ni que escribir la palabra «Valladolid», para que se comprendiera que, decir «Ciudad» hablando ó escribiendo, era, antonomásticamente, decir «Valladolid»;— en la «Ciudad», pues, había el «pan de polea», de este nombre, porque no tenía canterones, y sí la forma de una polea, con su canal alrededor, como la de las garruchas, y del grueso de dos pulgadas próximamente. Se hacía en el barrio de San Andrés —de la Mantería o  de los Sarracenos que estos tres nombres tenía el barrio—, cuyos vecinos eran, en su mayoría, labradores y panaderos. pan-candeal-polea-valladolid

El «pan de polea» era un poco moreno; y al salir del horno, aromatizando con el agradable olor de, «á pan caliente», tenía una blandura y una suavidad deliciosas y se «deshacía en la boca». El agua que se empleaba para amasarlo, era del «Caño» (Fuente) de Argales. Frío, y «de un día para otro», mejor aún, no tenía igual para la sopa, fuese de caldo de «la olla» —en Valladolid se llamaba «olla», lo que en otras poblaciones, puchero, puchera ó cocido— fuese de ajo (sopas en ajo, dicen en Murcia).

El «pan de polea» era el pan de los pobres, porque, á su buena clase, reunía la baratura —cinco ó seis cuartos, las dos libras y media— y porque, además, tenía «buen comer» y rundía mucho. «Rundir», verbo popular de Valladolid, significaba «satisfacer», «alimentar», «cundir», «dar de sí» y «hacer con poco, mucho». Del propio modo, la gente que vestía de paño pardo, llamaba á Valladolid, Vallaüli.

ciguñuelaCiguñuela (imagen: JoeCat-Panoramio)

Al «pan de polea», seguía en baratura, si bien costando un cuarto más, ésto es, seis ó siete cuartos las dos libras y media, el «pan de Ciguñuela» y el «pan de Villanubla»; los dos pueblos que mayor cantidad de pan llevaban á Valladolid, de entre los abastecedores de este artículo. Su clase era de «no más pedir», lo mismo estando tierno, que «sentado», ó de un día de por medio, así para comido «seco», como para hacer sopa con él.

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Muy blanco, muy «metido en harina», muy cocido, tanto que su delgadísima corteza superior, tersa,  lustrosa, como bruñida, se descascarillaba, sólo con tocarlo, cuanto más, al partirlo con cuchillo, á retortijón ó á dentellada limpia; el pan de Ciguñuela y Villanubla, se subdividía, en «pan liso» (por estar amasado sin ningún ingrediente extraño á la harina y la levadura), en «pan del aceite» (por haberle echado en la masa un poco de aceite), en «pan de anís» (por haberle echado en la masa unos anises, saliendo estos á la corteza de arriba, empedrándola de puntitos brillantes) y en «pan lechuguino», porque, antes de meterle en el horno, afiligranaban las  piezas, yá hechas y redondeadas, con las guardas de distintas llaves, dándole, con estos relieves, una visualidad despertadora de pegarle cuatro mordiscos.

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Las cuatro clases de pan de Ciguñuela y Villanubla, descritas, eran iguales, en la forma de disco, y del mismo tamaño todas, muy extendido de circunferencia, del grueso de media pulgada, con canterones, ó sin ellos, de miga muy compacta, sin ojos, sabía á gloria, yá se comiera «seco», yá con otros alimentos, yá en sopa. De un día para otro, se ponía «Iludo», que quería decir, correoso, y «más hecho» y más alimenticio; no se agriaba.

Otra clase de pan, no recuerdo si de los dos repetidos pueblos, ó fabricado «en la Ciudad», era el «pan de cinco canteros»; más alto que los cuatro antes reseñados, más esponjoso; del mismo precio y peso que éstos, formaba, con ellos, una clase general, á los efectos  del mayor consumo.

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También las «Tortas», pan moreno sin corteza y con mucha miga, abizcochado, eran muy apetecidas, pero constituían una clase aparte, y sólo representaban la golosina, el sibaritismo.No recuerdo si eran forasteras ó indígenas; pero tengo para mí, que las Tortas de Valladolid, ó de otros puntos de España, debieron ser el modelo del famoso «pan de Londres», que no tiene corteza; que es muy alto, cilindrico, y que, hace algunos años, trataron algunos tahoneros de aclimatarlo en Madrid, con escaso éxito y menor demanda

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Las panaderas de Ciguñuela y Villanubla —sus padres, maridos, hijos y hermanos «se quedaban en casa»—, por ser ellas las que iban á Valladolid á vender el pan, ignoro si en virtud de femenil privilegio eran en aquellos tiempos, á mi tierra natal, lo que en los actuales, los panaderos de Alcalá de Guadaira, á Sevilla; población la de Alcalá, más conocida por Alcalá de los Panaderos, por el gran surtido del artículo indispensable, como el que llevaban á Valladolid las panaderas susodichas. En todas las estaciones del año, al mujer vallisoletana_jaquin diaz_nº 54 1842-48rayar el día, llegaban á Valladolid, sentadas, á mujeriegas, en las caballerías conductoras de las cargas, en sendas aguaderas ó alforjas, las panaderas de «referencia». Cubrían su cabeza, con la airosa montera negra castellana, pero, para diferenciarla de las de los hombres, adornada con moñitos de seda cardada, y uno de los moñitos, sobre el pico superior de tal tocado. En derechura, se encaminaban á los Soportales de Guarnicioneros y de la Especería; descargaban, y, sentadas en cuclillas, delante de las aguaderas ó de las alforjas, ponían de manifiesto, sobre paños blancos y limpísimos, los panes. Mis ojos de niño repararon, más de una vez, que todas ellas eran unas mozas muy garridas; y hoy, por aquello de que «los ojos nunca son viejos», ratifican, merced á la magia de los recuerdos, la idea de la hermosura de aquella bella mitad del género humano y panaderil.

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¿Sigue exhibiéndose ese tipo en Valladolid? Me intriga la duda y la lanzo á los cuatro vientos de la publicidad. Porque, si el pan de Ciguñuela y Villanubla era sabroso, más sabrosas me lo figuro— serían las panaderas….

Además de las casi incontables clases de pan, de que dejo hecha mención, se hacía, en Valladolid, el que llamaré «de lujo». Era éste, el del Barrio del Puente Mayor, más conocido por el nombre de «pan del sello», porque, imagesen el centro de su corteza superior, campeaba un sello, representando al Santísimo Sacramento, con dos ángeles arrodillados, y alrededor, el nombre del panadero. Alto, con canteros, muy suave y gustoso, esponjado, costaba un real de vellón, cada pan de dos libras y media. Había que comerlo tierno; duro, era poco agradable, y, blando, y duro, «hacía mala sopa».

Los «panecillos», de media libra, con cuatro ó cinco canteros, blanquísimos, muy cocidos, de miga suave, se hacían en tahonas, de las cuales, la principal y de más fama, era la de Dulce, su dueño, que tenía el establecimiento cerca de la Parroquia de San Miguel. Cada «panecillo» costaba tres ó cuatro cuartos. El renombre de los tales «panecillos» era tal, que á Valladolid se le llamaba «la tierra del panecillo», y que se decía, del que había corrido mundo: «¡ése ha corrido el panecillo!».

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Para tomar chocolate, para hacer sopa y para torrijas, por los Santos y Carnaval, el «pan de agua» — pan francés— no tenía compañero. Le había de varios tamaños, era muy esponjoso y cada pan, de los pequeños, valía dos cuartos. De él y dé los «bollos de leche», vulgo «de tetas», he hablado, al describir las chocolatinas, de las cinco de la tarde, conque se obsequiaban los reverendos de los conventos, en las casas donde eran convidados, ó donde se convidaban los frailes. Los «bollos de tetas» —dos cuartos cada uno— tenían forma elíptica, y en sus extremos, dos pezones, que constituían el por qué de su nombre vulgar. De masa muy tierna y chupona, á bollo por jícara de chocolate, se sacaba «á pulso», con ellos, el contenido de cada jicara ó «pocilio», quedando en su fondo, solamente, un sorbo, verdadero epilogo, que solían amenizar los frailecitos, mediando la jicara con agua, para que no se destemplara la dentadura y para preparar el estómago al frío del vaso de agua, que cerraba el convite, acompañado del azucarillo, «panal», «bolado» ó «esponjado». Los bollos de agua y los de leche, también se elaboraban en las tahonas.

Badajoz-Febrero de 1894.
(EL NORTE DE CASTILLA, del 13 de Marzo de 1894).
EL VALLADOLD DE 1830 A 1838.

 

AlmaLeonor

Fuentes: Las indicadas en cada enlace (ver también en fotografías).

 

EL DERRUMBE DE LA BUENA MOZA

EL DERRUMBE DE LA BUENA MOZA

10022716953_37757b8240_mFachada de la catedral de Valladolid (Grabado de Fournier) antes de la caída de la torre  (Wikipedia Republished) .

El día 31 de mayo de 1841, Valladolid asistió consternada al derrumbe de la torre de su Catedral, la conocida por todos como “LA BUENA MOZA”. Esta es la crónica de como llegó a ser y como llegó a desaparecer uno de los emblemas del Valladolid más sacralizado.

La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid es el templo mayor vallisoletano, un templo “manco” que ha sufrido algunos avatares luctuosos a lo largo de su historia. Es la sede de la Archidiócesis de Valladolid, con lo que eso signifique en el rango de escalafones de la jerarquía católica, y según la idea original tenía que haber sido el más grande edificio religioso de Europa (solo se ha construido el 40-45% del diseño inicial, entre otras razones, por las dificultades técnicas del terreno y la falta de recursos económicos para hacerlas frente). No en vano, fue ideado por el “rey planeta”, Felipe II  (1527-1598), para la ciudad que le vio nacer, por lo que confió el encargo de tan magno proyecto a Juan de Herrera (1530-1597), el mismo arquitecto que había finalizado la construcción de su obra emblemática, el Monasterio de El Escorial. Hay quien piensa incluso que el diseño de la Catedral de Valladolid, podría ser un reflejo de la Basílica del Monasterio madrileño.

10614133_10204951247407951_8799895053262091204_nPuerta de la antigua Colegiata de Santa María (imagen propia)

Así las cosas, se inician las obras en el siglo XVI, utilizando para ello unos terrenos junto a los que ocupaba la antigua Colegiata de Santa María, seo de la que hoy pueden verse algunos restos en los aledaños de la Catedral. Se da la circunstancia de que esta colegiata ya fue construida sobre la primitiva edificación religiosa, la primera Colegiata de Valladolid, obra del fundador de la Ciudad, el Conde D. Pedro Ansúrez (1037-1118), que quería dotar a la villa de un templo mayor acorde con la importancia que empezaba a adquirir. Pero no fue la primera tampoco, ya que para realizar esta obra se removió y terminó de demoler una antigua ermita dedicada a San Pelayo. La primitiva Colegiata quedó con el nombre de Santa María de la Antigua (hoy solo queda los restos de la antigua torre en la iglesia del mismo nombre), y la nueva colegiata tomó el de Santa María la Mayor. Pero, como decía, tampoco esta fue la definitiva. Aún hubo una tercera Colegiata, del siglo XVI, a cargo del prestigioso arquitecto real Rodrigo Gil de Hontañón (1500-1577), pero este murió en 1577 y la colegiata se quedó solo con los cimientos.

10640993_10204951248287973_959092365784956779_nTorre de la Iglesia de La Antigua de Valladolid (imagen propia)

Entonces se iniciaron las obras de la cuarta Colegiata de Valladolid, bajo los auspicios de Felipe II, proyecto magnífico que, aunque inconcluso, sirvió de ejemplo para las catedrales de México y Lima. El 13 de mayo de 1582 (hoy festividad de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid), el maestro Pedro de Tolosa se hace cargo de las obras contando con el beneplácito de Herrera (jamás estuvo presente a pie de obra en Valladolid) quien coloca a su arquitecto de confianza, Diego de Praves , en el proyecto. Al año siguiente, a causa del fallecimiento de Diego de Praves, es sustituido por su hijo Alonso de Tolosa. En 1595, y a instancias de Felipe II, la Colegiata de Santa María de Valladolid, adquiere el rango de Catedral, curiosamente un 21 de mayo, justo el mismo día en el que vino al mundo el rey Felipe en el Palacio de Pimentel de la villa de Valladolid.

10583818_10204951246927939_4793717522825686145_nRestos de la Colegiata de Santa María (imagen propia)

Los años siguientes van a ser importantes para este monumento religioso, pues en 1596 Felipe II otorgó el título de Ciudad a la villa de Valladolid, en 1597 murió Juan de Herrera y en 1598, muere Felipe II. La Catedral se quedó huérfana.

Pero vamos a lo que vamos…

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Proyecto ideal de Juan de Herrera para la catedral de Valladolid según Fernando Chueca Goitia  (Wikipedia Republished)

El templo que había diseñado Herrera era un enorme espacio de tres naves con varias capillas, bóveda de cañón con lunetos, frontón triangular con remates de bolas con los paños del cuerpo central animados con hornacinas y, finalmente, en los extremos de la fachada, se situarían dos torres iguales de planta cuadrada, con tres pisos separados por entablamentos. En la parte trasera otras dos torres más pequeñas cerrarían el perímetro del templo. El 26 de agosto de 1668, se celebra la ceremonia de consagración de la Catedral, aunque aún falta mucho por hacer y los recursos económicos escasean cada vez más.

En el siglo XVIII, entre 1703 y 1709, es cuando se acometen las obras de construcción de la Torre del Evangelio siguiendo los planos de Herrera, aunque parece que no muy fielmente. Incluso el cuerpo alto de la fachada principal ya no se hace al estilo “herreriano” sino que sigue el trazado de las nuevas corrientes artísticas (tan diferentes a las que dominaban en el siglo XVI cuando se inicia la construcción), tal y como diseña el arquitecto Alberto de Churriguera (1676-1750), el artífice de la Catedral Nueva de Salamanca. La fachada principal, con todo su ornamento, se concluye en 1733.

10613032_10204951246047917_3957751425618195117_nFachada principal de la Catedral de Valladolid (imagen propia)

Y es este momento al que quería llegar. La Torre del Evangelio, situada a la izquierda de la fachada principal del templo, constaba de tres cuerpos con vanos abiertos en la parte superior para colocar las campanas, y un cuarto cuerpo que colocó Churriguera en su modificación dieciochesca, que contaba con una cúpula rematada en aguja. Además, entre el segundo y tercer cuerpo se instala un Reloj, por obra del arquitecto Antonio de la Torre. En total adquirió una altura de 57 metros que aún levantaba más con la veleta que se colocó en lo alto de la aguja. Pronto se la empieza a conocer como “La Buena Moza” de Valladolid. Y más pronto aún, la aparición de serias grietas, anuncian la desgracia que le sobrevendría.

En el año de 1726 ya fue necesario acometer obras de acondicionamiento de la cimentación de la Torre, obras que fueron llevadas a cabo por el arquitecto fray Pedro Martínez de Cardeña. No fue suficiente. En 1746 el Cabildo tuvo que hacer frente a otra serie de obras de acondicionamiento, esta vez a cargo de fray Antonio de San José Pontones. Por si no tuviese nuestra Catedral suficiente con todas esas grietas que amenazaban su torre, en 1755 el terrible y trágico Terremoto de Lisboa se hizo sentir en nuestro suelo, de modo que hasta el cronista de Valladolid, Ventura Pérez , narra cómo el 1 de noviembre de aquel año “la torre tembló haciendo sonar la campana del reloj”, como un mal presagio y los canónigos corrieron como alma que lleva el diablo lo más lejos posible de la temblorosa Catedral.

Proyecto de Ventura Rodríguez para asegurar la torre de la catedral de Valladolid.Proyecto de Ventura Rodríguez para asegurar la torre de la catedral de Valladolid.
Las obras consistieron en enzunchar la torre con cadenas de hierro
 (Wikipedia Republished).

En 1761 el Obispo Isidro Cosío y Bustamante encarga ya unas obras para tratar de acomodar la Torre definitivamente, dejándola en manos del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez (1717-1785), quien aseguró los desperfectos con una estructura interior de hierro, obra de los hermanos Gaspar y Rafael de Amezúa . Por cierto que estos mismos prestigiosos rejeros de Elorrio, Vizcaya, fueron los encargados de realizar la reja del coro de la Catedral que hoy se encuentra en Metropolitan Museum de Nueva York, al parecer vendido por el Cabildo a un magnate norteamericano, Arthur Byne , en 1928.

Y así compuesta, duró la torre hasta el 31 de mayo de 1841, cuando a las 12 de la mañana, una horrorosa tormenta de agua y granizo, acompañada de un fortísimo viento, que duró hasta bien entrada la tarde, causó el horroroso derrumbe de “La Buena Moza”, la Torre del Evangelio, la única Torre levantada de la Catedral de Valladolid.

iiDibujo de Isidoro Domínguez Díez (Wikipedia Republished)

José Ortega Zapata (1824-1903) contó el suceso de esta forma en sus crónicas enviadas al periódico El Norte de Castilla de Valladolid, y recogidas en la obra “Solaces de un vallisoletano setentón”, publicada en 1895:

La torre de la Catedral, que era conocida en tierra de Valladolid con el nombre de «la Buena Moza», se desplomó á las tres de la tarde del 31 de Mayo de 1841, segundo ó tercer dia de Pascua de Pentecostés, apenas terminada la hora de coro. Lo que se desplomó fué, desde la parte superior de los llamados «cuatro vientos», donde estaban las hermosísimas campanas, entre ellas la muy sonora del reloj. Se dijo que lo derruido era lo fabricado por el arquitecto que sucedió á Herrera, que fué el autor de los planos del templo y el que había dirigido las principales obras.

El estruendo que produjo el desplome de la torre, fué como si se hubieran disparado muchos cañones á la vez; y la ciudad y las habitaciones de las casas se vieron envueltas en densísima nube de polvo, casi impalpable, pero que axfisiaba.

Una gran parte de las ruinas cayó á plomo sobre la capilla del Sagrario, destrozando su bóveda; y los sillares y los escombros de otra parte de las mismas ruinas, cegaron el cauce del río Esgueva, en el trayecto de todo el lado derecho de la Catedral.

La gente de Valladolid, consternada por espacio de muchos días con la pérdida de su torre, atribuyó á milagro varios hechos, ocurridos momentos antes, y á consecuencia del derrumbamiento.

Un capellán de la Catedral, sobrino del Deán, estaba encargado de cuidar del reloj de la torre; tenía la costumbre todas las tardes, terminado el coro, de subir á la torre para dar cuerda al reloj y ponerlo en hora, y así lo hizo la aciaga tarde del 31 de Mayo de 1841. Instantes después de haber bajado de la torre y de haber salido de la Catedral, donde ya no había persona alguna, ocurrió el desplome.

El campanero, que, con su mujer, tenía por habitación un cuarto inmediato al campanario, observó un movimiento de trepidación y la caida de pequeños trozos del techo de la habitación; por intuición é instinto, fué á refugiarse bajo uno de los arcos de los cuatro vientos, y en aquel momento mismo, ocurrió el hundimiento, quedando ileso el campanero. Su mujer tuvo la desgracia de caer entre las ruinas de aquella inmensa mole de sillares, campanas, maderas y hierro; porque es de saber que, con motivo de haberse cuarteado la torre, años antes, á causa de haberla herido un rayo, fué reforzada con grapones ó barrotes de hierro, que abrazaban sus ángulos. Como digo, la mujer del campanero, envuelta en las ruinas, cayó con ellas en la capilla del Sagrario.

Se supo en Valladolid tan tremenda noticia, apenas fué conocida la de que se había hundido la torre. Acudieron inmediatamente al sitio de la catástrofe las autoridades civiles y militares, con tropas de la guarnición para acordonar todo el edificio, y con una brigada de presidiarios, los cuales, por aquella época, extinguían sus condenas en el convento de S. Pablo, que estaba convertido en presidio. Los arquitectos, maestros de obras y muchos albañiles, con sus herramientas, acudieron también. Con grave riesgo penetraron en el templo las autoridades para conocer la extensión del siniestro en lo interior; vieron que, aunque destruida la cancela de hierro de la capilla del Sagrario, el arco de ésta se hallaba practicable en parte; con un valor á toda prueba y saltando por encima de las ruinas, entraron y vieron asimismo, que la capilla se hallaba completamente obstruida, en muchos pies de espesor, por los escombros.

Oyeron ó creyeron oir quejidos, y suponiendo que quien los daba era la mujer del campanero, acordaron en el acto que, para lograr salvarla, los presidiarios, dirigidos por los arquitectos, y en unión de albañiles, empezaran á descombrar con mucho cuidado. Tan peligrosa operación, se verificó sin ningún contratiempo; pero hubo que suspenderla a las doce de la noche para que descansaran los trabajadores, los cuales aseguraron haber oído más distintamente lamentos de persona humana. Al ser de día, se reanudaron los trabajos, y á media mañana, descubrieron los operarios la extremidad de una saya de mujer, entre una viga y los escombros; entonces no les quedó duda de que la mujer del campanero estaba viva, porque, aunque con voz muy débil, pedía socorro.

Ansiedad indescriptible se apoderó de las autoridades y de los arquitectos que presenciaban y dirigían los trabajos. Se redoblaron las precauciones para desenterrar la viga, que era de enorme grueso; desembarazada un tanto de escombros, fueron vistos, no sólo vestidos, sino cabellos de mujer aprisionados entre la viga y los cascotes; para facilitar los movimientos de la desgraciada, se cortó con tijeras las ropas y los cabellos descubiertos; se continuó descombrando y, á medida que el trabajo avanzaba, se pudo notar que la viga presentaba un declive bastante pronunciado, por lo que, la operación se encaminó á apreciar, de abajo á arriba, si la punta de la viga tenía algún punto de apoyo. No salió fallido el cálculo, puesto que el madero estaba en contacto con una de las paredes de la capilla, en ángulo, y formando hueco, en plano inclinado. Hecho tan importante descubrimiento, se procedió á descombrar, de arriba á abajo, la parte de viga, que estaba todavía enterrada, y el resultado fué ver que el extremo inferior de la viga, descansaba en un montón de piedras gruesas y que no había temor de que hiciera movimiento.

Guiados los trabajadores por la voz de mujer, que, yá se oía más cerca, fueron sacando escombros para agrandar aquel espacio y llegar al sitio deseado. El éxito coronó la operación, porque se vio que la viga estaba también allí en el aire; reconocido el hueco con las manos y con luces, aparecieron más ropas, y un pie, pero lo mismo el cuerpo de la infeliz, que los vestidos, sujetos entre la viga y los materiales derruidos.  Un esfuerzo mayor en el trabajo y las precauciones, y la víctima estaba salvada.

Acabada de descombrar la viga, hubo necesidad de cortar de nuevo con tijeras, el resto del traje y del pelo, para sacar de aquella tumba á la mujer del campanero. Y se logró, y estaba viva, pero ¡en qué estado! Casi idiota, sin poder hablar; pero por fortuna sin un arañazo.

¡Había estado treinta horas, bajo la inmensa mole de las ruinas de la torre!.. La viga que resistió aquella «gran pesadumbre»,  la salvó.

Cómo pudo suceder que el madero cayera, en vez de perpendicular, diagonalmente, formando ángulo con la capilla, apoyada en una de sus paredes una punta, y la otra hincada en los escombros que cubrían el suelo; cómo, que mujer y viga fueran precipitadas desde la enorme altura de lo desmoronado de la torre y entre aquella avalancha de piedras sillares, siendo la viga sostén y al mismo tiempo escudo salvador; cómo se obró tal prodigio, tal milagro, nadie, ni aún los arquitectos, pudo explicárselo.

Repuesta de la horrible impresión sufrida, las primeras palabras que habló la mujer del campanero, fueron para decir: «Cuando volví en mi, sin saber lo que me había pasado, y,me vi enterrada en vida; cuando noté que no podía moverme; que estaba ciega y con la boca llena de polvo, hasta ahogarme; cuando me convencí de que nada me dolía; cuando oí golpes que retumbaban sobre mí; cuando supuse si sería para sacarme de aquel sitio; cuando los gritos que creía dar no eran contestados, porque yo nada oía, como no fueran los golpes; cuando, después de no sé cuantas horas, los golpes se pararon; cuando nada volví á oir, creí que Dios me había abandonado».

Estas palabras de la pobre mujer, se repetían de boca en boca por todo Valladolid; durante más de un mes estuvo gravísimamente enferma en una casa particular, en donde también el campanero pasó larga y peligrosa enfermedad. Si no recuerdo mal, marido y mujer vivieron después muchos años.

Quedaban, descombrada que fué la catedral, grandes peligros que arrostrar; el del reconocimiento de la torre y el de derribar lo que apareciera ruinoso. Ningún arquitecto, ningún maestro de obras, ningún albañil, se atrevían á acometer la empresa. Así pasaron bastantes días, «hasta que un presidiario se prestó á hacerlo todo, siempre que se le indultase del tiempo que le faltaba de extinguir su condena. Fué aceptado el ofrecimiento; se construyeron por el mismo presidiario, andamios y aparatos, y Valladolid entero vio á aquel hombre animoso y valiente, suspendido en el espacio por fuertes correas, trabajar con la piqueta, durante algunas semanas, hasta que llegó á asegurar que lo que había quedado en pié de la torre estaba firme y en disposición de que se reconstruyese todo lo que se había desplomado.

Tal es el penoso relato que, del hundimiento de la esbelta torre de la Catedral de Valladolid, me han permitido hacer los recuerdos que conservo, al cabo de los 53 años trascurridos; relato, que no creo discrepe mucho, del que haya hecho, en su historia de la Ciudad, D. Matías Sangrador y Vítores, como testigo presencial; y lo digo en hipótesis, porque nunca he tenido ocasión de leer el libro escrito por mi paisano y amigo, á quien vi por última vez en Madrid, en ocasión de ser él Fiscal de la Audiencia de Oviedo, en cuya capital falleció, sino estoy trascordado.

¿Quién hubiera creido que la torre de la Catedral de Valladolid, toda de piedra sillería, no iba, por su solidez, á desafiar la acción de los siglos? Y sin embargo, vino, cuando se desplomó, á ser una de las que, según el poeta…

«Y muchas que desprecio al aire fueron,
á su gran pesadumbre se rindieron».

Badajoz-Abril de 1894.
(EL NORTE DE CASTILLA del 20 de Mayo de 1894).

Ante tan magnífica crónica no queda más que decir que la Torre nunca se volvió a levantar y la definitiva demolición finalizó el 14 de agosto de 1841. En el año de 1880 se comenzaron las obras de construcción de la Torre de la Epístola, la torre del lado derecho de la Catedral, que, finalizada en 1890, es la que hoy puede admirarse en nuestra ciudad, rematada ya por una nueva cúpula y la figura del Corazón de Jesús que se añadieron en una fecha tan tardía como 1923.

10600544_10204951245807911_4590356152415031221_nTorre de la Epístola de la Catedral de Valladolid rematada por la estatua del Corazón de Jesús (imagen propia)

“La Buena Moza” nos dejó para siempre un 31 de mayo de 1841. Comenzaba entonces para Valladolid la “desconventualización” de una ciudad “sacralizada” que se modernizó completamente transformada al albor de la nueva burguesía decimonónica y las obras del ferrocarril. Pero esa, ya es otra historia.

AlmaLeonor.

Fuentes: Valladolid siglo 21 ; Domus pucelae ; Valladolid Web ; Vallisoletvm ; Wikipedia-Torres ; Wikipedia-Catedral ; Solaces de un vallisoletano setentónWikipedia Republished .

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Aspecto actual de la Catedral de Valladolid, con la Torre de la Epístola a la derecha (mide 69 metros de altura, la segunda estructura más alta de la ciudad), a cuya cúpula se puede acceder actualmente gracias a la reciente instalación de un ascensor.
(Imagen: Wikipedia Republished)