VISIBLES… EL SIGLO XIX

VISIBLES… EL SIGLO XIX

Damas de luto en la época victoriana (imagen no incluida en el libro, pero que estuvo a punto de ser la portada).

 

The long nineteenth century es el nombre con el que el historiador Eric Hobsbawm se refiere al periodo comprendido entre 1789, año de la Revolución francesa, y 1914, año del inicio de la Primera Guerra Mundial. Este largo siglo XIX de 125 años, compendia una serie de transformaciones socio-políticas que terminaron por reescribir toda la historia europea y mundial. Es en este Siglo de las Revoluciones, como también se le ha llamado, donde se define y acaba por triunfar, el nuevo modelo social burgués: políticamente liberal, económicamente industrial-capitalista, y culturalmente conservador y moralizante. Las revoluciones que suceden en la primera parte del periodo ―entre 1789 y 1848―, intentan abrir la puerta a una mayor intervención popular en la vida pública y dan lugar a lo que Hobsbawm califica como «la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos». Y, finalmente, es en este momento donde el feminismo del siglo XX y la historiografía tradicional, instalan el inicio de la lucha por la emancipación femenina.

La tipología social es, además, completamente diferente a la del Antiguo Régimen. Con este panorama, la situación de la mujer no puede ser tampoco ni muy clara ni medianamente uniforme. Mientras en Inglaterra la temprana industrialización convierte a las mujeres en actores de las reivindicaciones laborales; en Francia se frenan los avances legislativos acerca del matrimonio, divorcio, concubinato y derecho de los hijos naturales, con el Código Napoleónico de principios de siglo, «una monstruosidad, una herramienta que somete, que envilece a la mujer», en palabras de George Sand. Mientras en Alemania, Suiza y Holanda se generaliza el protestantismo ―y lo extiende por el mundo a través de sus respectivas colonias― que revalorizaba el recogimiento familiar y moral; en los países del orbe católico se inicia una cruzada anti-laicista contra el positivismo racional dieciochesco que culmina con la firma de Concordatos con la Santa Sede.

En el marco de estos acuerdos estado-iglesia, se recupera la rancia moralidad que confina de nuevo a la mujer en el reduccionista ámbito del hogar. En medio, la razón ilustrada dejó abiertas puertas de realización y liberalización femenina que la nueva clase burguesa va a tratar de neutralizar y utilizar al mismo tiempo: por un lado, privilegia la moralidad como principal preocupación social, revalorizando la familia ―por encima del individuo― y exigiendo a la mujer su «silencio, sumisión y conformismo»; pero por otro, al convertir a las mujeres en «el eje de la familia y del hogar», implícitamente aumenta el valor, protagonismo y visibilidad de la casada: «Digámoslo de una vez: el matrimonio es el estado natural de una mujer y el primer precepto que dio el Señor a los hombres» (Periódico de las Damas (1822), Nº I, Madrid, pp.8-9).

Mª del Pilar López Almena.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

El 21 de enero del año 2017 se llevó a cabo en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) una manifestación de mujeres contra Donal Trump caracterizada por la utilización masiva de una prenda, un gorrito de lana con orejas de gato, que se popularizó con el nombre de PUSSYHATS. Unos días más tarde, la revista digital Anatomía de la Historia publicaba mi artículo LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES, que hacía referencia a este acontecimiento y a alguna otra cosa más… Hoy, pasados dos años de aquello, el blog del Brithis Museum recoge un artículo sobre el gorrito (“Cuando un sombrero no es solo un sombrero“) y he pensado que es un buen momento para recordar en HELICON aquel artículo. Lo único que ha cambiado desde entonces es que cuando publiqué este artículo (en enero de 2017) mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX aún no se había publicado, saldría un año después, en febrero de 2018, y ahora ya puede encontrarse en librerías y a través de la web de Ediciones UVA.

LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES

Por Alma Leonor López . 25 enero, 2017 en Discusión histórica , Mundo actual.

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Antes de la independencia norteamericana, un llamamiento patriótico en 1765 instaba a las mujeres de los colonos a hilar sus propias ropas en casa para no tener que importar tejidos de la metrópoli inglesa y contribuir así a la causa. De esta forma, a la simple ama de casa, le fue atribuida la condición de “hija de la libertad”, emulando la masculina proclama de la organización patriótica (Sons of Liberty, organización en un principio fiel al rey de Inglaterra, con la que estuvieron relacionados Paul Revere o Samuel y John Adams) creada para reivindicar y proteger los derechos de los colonos.

«Boicot a las mercancías importadas de Inglaterra, fabriquemos y compremos americano»

Eso es lo que se decía en un llamamiento cívico que se dirige a ellas, a las mujeres, y solo a ellas. Porque coser, hilar, tejer… eran labores femeniles. Como cuando hubo que coser una nueva bandera nacional con 13 bandas blancas y rojas y 13 estrellas y el mito se atribuyó a una mujer, Betsy Ross (1752-1836), hija de un pastor cuáquero de Pensilvania, repudiada por éste al casarse con un episcopaliano tapicero de profesión. A Betsy la habían enseñado a coser desde la escuela de su iglesia, como se enseñaba a coser a las niñas pobres españolas que entraban en alguna de las escuelas de hilados fundadas por las Sociedades Patrióticas del siglo XVIII o más tarde en las promovidas por las Juntas de Damas del siglo XIX. Coser, hilar, tejer… para el bien de la patria, son formulas con las que se traslada a la mujer, desde un cercado espacio femenino dentro del hogar, al espacio público y visible de la actuación sociopolítica.

Tejer

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Hoy vemos en los Estados Unidos recién despertados en la era Trump, cómo las mujeres han encontrado en el acto de tejer una labor altamente patriótica. El Pussyhat Project, puesto en marcha el día de Acción de Gracias por Krista Suh y Jayna Zweiman, dos mujeres de Los Ángeles que nada tienen que ver con la política (la primera es guionista y la segunda arquitecta), junto con la artista Aurora Lady, nació con la intención de «crear un océano de color rosa para la manifestación, ofrecer un mensaje visual que distinguiese a esta protesta» (Noelia Ramírez, El País). Se referían a la manifestación de mujeres contra Donal Trump celebrada en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) este pasado día 21 de enero de 2017.

El nombre, pussyhat, surge de un juego de palabras: pussy es la versión coloquial de ‘vagina’ y la forma de orejitas de gato en el gorro (hat, un diseño de Kat Coyle) hacen referencia a la palabra pussycat, todo ello como respuesta gráfica al «grab the from the pussy» (traducido libremente como ‘agarrarlas por el coño’) que dicen que dijo Trump según unas comprometidas grabaciones difundidas durante la campaña electoral.

El mensaje es claro: somos mujeres, estamos aquí, hemos tejido nuestro propio elemento distintivo. Pero incluso van más allá. La idea se lanzó con un gran carácter inclusivo para visibilizar a través de ellos la adhesión a la protesta de aquellas mujeres que no pudieran estar presentes en Washington. Unas mujeres los lucen, otras los tejen para ser visibles a través de ellos. Las redes sociales ayudaron a que los pussyhats traspasasen las fronteras estadounidenses y llegasen a Canadá o Reino Unido o a lugares tan lejanos como Noruega, lugares desde donde muchas mujeres se sintieron representadas en la manifestación de Washington al ver sus gorros rosas en las cabezas de las que si estaban allí.

Visibilidad

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Hubo un tiempo en España en el que las mujeres también realizaron protestas con un claro cariz político y patriótico visibilizado a través de un objeto o un color que lucían en sus cuerpos. Por ejemplo, cuando en 1833, ya fallecido Fernando VII, Isabel II es proclamada reina y «las señoras empezaron a usar, en sus vestidos y adornos, el color azul cristina», contaba José Ortega Zapata en su crónica del Valladolid del XIX, en señal de reconocimiento cristino, es decir, de apoyo a la reina madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, preceptora y regente de la reina niña entre 1833 y 1840, y contra las aspiraciones de los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del rey finado.

De igual modo, durante el reinado de Amadeo de Saboya (como Amadeo I, entre 1871 y 1873), una protesta aristocrática, impulsada por Sofía Troubetzkoy (duquesa de Sesto), conminó a las mujeres madrileñas a lucir la españolísima mantilla española en lugar de los sombreros parisinos tan de moda en esos años, para mostrar su adhesión a la restauración borbónica y el rechazo a la nueva casa reinante. Para ello, la duquesa de Sesto diseñó un alfiler en forma de flor de lis (emblema de los Borbones) que las damas debían lucir visibles sobre la mantilla en los paseos solariegos por el madrileño Paseo del Prado.

Llamada la Rebelión de las Mantillas, fue orquestada y llevada a cabo por mujeres, una presencia femenina con un protagonismo propio y una visibilidad con sentido político. O al menos, reivindicativo de una corriente político-social contraria al nuevo orden institucional, como sucede con las actuales mujeres de Washington opuestas al nuevo presidente. Sí. Ninguna de esas formas de protesta pueden ser tomadas como una mera manifestación femenil.

Las mujeres de Estados Unidos y de buena parte del mundo, han querido mostrar en Washington este pasado día 21 una clara (y visibilizada en rosa) oposición a su recién proclamado presidente, a sus modos chulescos y su postura fatua, a sus desplantes mediáticos, a su falta de educación, a su xenofobia manifiesta contra inmigrantes y extranjeros, a su más que evidente machismo, misoginia y agresividad verbal hacia el sexo femenino. La protesta de las mujeres de Washington no solo es feminista, es parte de una protesta cívica y política que algunos medios ya han llegado a calificar de auténtica «resistencia civil».

Claro que, me dirán, que Washington no es precisamente una ciudad proclive a Donald Trump, donde solo un 4% de los votantes le apoyaron (lo que también explicaría las “calvas” en la multitud concentrada frente al Capitolio, en el National Mall, el día de la proclamación presidencial) y que al fin y al cabo, las mujeres, un 53% de las mujeres (blancas, el voto afroamericano conjunto fue del 8%), votaron a favor del nuevo presidente. Son cifras para la reflexión, sobre todo, cuando su oponente demócrata era una mujer, Hillary Clinton.

Pero son cifras que directamente nos dicen que las mujeres tienen su propia opinión política. No votan por corporativismo femenino. Y por lo tanto, la oposición que se realiza ahora frente al nuevo presidente no es feminista ni corporativista, ni debe tenerse únicamente por femenil. Es una reivindicación política que se visibiliza en rosa, sí, con los pussyhats, sí, pero también a través de un claro empuje cívico-político femenino.

La historia nos ha enseñado que tal empuje no debe ser desdeñado. Si podemos considerarlo histórico, Eva realizó la primer acción de protesta femenina (y solo femenina) contra el poder establecido, reivindicando el derecho a la sabiduría para ella y para toda la humanidad. Fue un gran logro, pero a cambio, supuso un alto costo para nosotras: la carga perpetua de un pecado en forma de subordinación femenina al sexo opuesto. No nos conformamos nunca con ese destino.

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Fueron muchas las ocasiones en las que a lo largo de la historia las mujeres mostraron ese empuje, coraje y voluntad de cambiar el destino de todas. Fueron las mujeres las que en la Revolución Francesa alentaron a los hombres para salir a las barricadas portando ellas armas y antorchas en todas las revueltas. Fueron las mujeres del mercado de París las que el 5 de octubre de 1789 protagonizaron la marcha a Versalles protestando por la carestía y alto precio del pan, marcha que pronto se tornó en política cuando se unieron a los ciudadanos (hombres y mujeres) que sitiaron el Palacio de Versalles obligando al rey, y a los miembros de los Estados Generales allí reunidos, a volver a París. Para algunos estudios feministas, estos actos son considerados “fundacionales” de la lucha por la emancipación femenina. Pero es que no fueron los únicos.

En la previa Revolución Norteamericana (1775-1783), hubo mujeres que empuñaron armas y cañones (Margaret Corbin, por ejemplo, la primera mujer en la historia de Estados Unidos que recibió una pensión del Congreso por los servicios militares prestados y la única enterrada en West Point, pero también la mítica Molly Pitcher, por cierto, ambas vinculadas a Pensilvania, como Betsy Ross)

Y en la posterior Guerra de la Independencia española iniciada en 1808, las mujeres se rebelaron contra los invasores franceses, llegando a ser artilleras (Agustina de Aragón) o jefas de Somatén (Susana Claretona, Margarita Tona, María Esclopé…), por poner solo un par de ejemplos.

Fueron decididas mujeres norteamericanas (muchas inmigrantes de origen europeo, además) las que protagonizaron las huelgas del sector textil de 1908 (en Chicago) y 1909 (como la famosa “huelga de las camiseras” o el “levantamiento de las 20.000”, organizado por los sindicatos de mujeres de Nueva York) o las que sucedieron en 1911 después del terrible incendio de la Fábrica de camisas Triangle Waist Co. de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, muchas de ellas muy jóvenes y de nuevo, inmigrantes europeas en gran número (incendió que desde entonces se recuerda con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora del 8 de marzo).

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Las condiciones de trabajo de todas estas mujeres eran terribles y la respuesta que las autoridades dieron a esas manifestaciones multitudinarias no estuvieron ausentes de detenciones, despidos, multas y más violencia (la sindicalista Clara Lemlich, por ejemplo, con varias costillas rotas en la manifestación de 1909 en Nueva York), pero estas protestas alentaron el movimiento sufragista femenino que ya había nacido en el siglo anterior y que tendría en estos primeros años del siglo XX su momento de apogeo.

Y también fueron mujeres con empuje las milicianas republicanas españolas del 36 que defendieron la legalidad constitucional frente a un bárbaro golpe de Estado, dejando visibilizada su condición femenina y su decidida voluntad de participación revolucionaria y política como ciudadanas.

Hoy, muchas mujeres en todo el mundo están mostrando su empuje, su voluntad de seguir siendo escuchadas, su decidida negativa a ser tratadas como ciudadanas de segunda y seres humanos de tercera. Y una de esas reivindicaciones ha llegado al corazón de la gran metrópoli occidental, Washington, visibilizándose con un gorro de lana de color rosa y orejas de gato. La manifestación de mujeres en Washington, y en otras muchas ciudades, portando sus pussyhats o fabricándolos para otras mujeres, han mostrado dos cosas al mundo: una, que en Estados Unidos han empezado a conocer un tipo de protesta civil a la que no estaban acostumbrados, una protesta espontánea y multitudinaria hacia una institución tan venerada en ese país como es la Presidencia de la República; y dos, la han conocido a través de las mujeres… definitivamente estamos en una nueva era… la era de las mujeres.

(Datos del TFM de la autora, “La visibilidad de las mujeres en el espacio público burgués del siglo XIX”, aún sin publicar).

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LA MUÑECA

LA MUÑECA

Imagen: Antoine Auguste Ernest Hébert (1817-1908)

Figuras en forma de muñecas, realizadas en materiales muy diversos (madera, piel, trapo, etc.) aparecen desde los primeros tiempos de la historia, pero no eran juguetes. La mayoría eran objetos mágicos o propiciatorios, elementos de una religiosidad que veía en la representación humana un vehículo de comunicación con los dioses. No obstante se han encontrado tumbas egipcias con enterramientos infantiles a los que se acompañaba de muñecas que parecen indicar objetos lúdicos muy antiguos. En todo caso, en todas las culturas y en todos los tiempos, las muñecas han acompañado juegos y oraciones votivas de toda la humanidad.

El siglo XIX es también el siglo del auge del juguete infantil y de la industria a la que se asocia.  Desde muy temprano se fabrican muñecas articuladas e incluso con mecanismos que les permitían articular palabras (“mamá” y “papá”) o caminar. Pero lejos de ser un juguete inocente, la muñeca, que muchas niñas habrán recibido estos pasados reyes como un regalo deseado, fue un instrumento más para despertar en las niñas, futuras mujeres, el instinto maternal para el que, se decía, estaban predestinadas. A comienzos del siglo XIX las muñecas se vestían como una joven elegante y bella, como predestinando a las niñas a aspirar a esa excelencia futura. Pero hacia mitad de siglo no solo la moda vino a constituir un vehículo de adoctrinamiento femenino, la muñeca, ya en forma de bebé asexuado «se erige en instrumento privilegiado para la preparación a la maternidad».  Las niñas jugaban a ser mamás.

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VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS
EN EL SIGLO XIX

LA BARONESA DE WILSON

LA BARONESA DE WILSON

Imagen: Emilia Serrano, baronesa de Wilson, en “La Ilustración Nacional” (1898)

Para celebrar este 15 de octubre, día de las escritoras 2018, se me ha ocurrido traer a colación a una escritora que, en mi libro VISIBLES MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, solo mencioné, pero de la que me hubiese gustado profundizar más en su vida y obra. Me refiero a Emilia Serrano García (1843-1922), prolífica escritora y traductora, frecuentemente bajo pseudónimos, como Serrano de García de Tornell o, más habitualmente, el de Baronesa de Wilson. Granadina de nacimiento y barcelonesa de adopción, pasó muchos años en América, donde fue más conocida. A lo largo de su vida viajó por toda Europa y América y mantuvo amistad y relación con poetas y escritores tan insignes como Alfonso de Lamartine, Alejandro Dumas hijo o José Zorrilla, quien, se decía, estaba perdidamente enamorado de Emilia y sería a quien dedicaba sus versos bajo el nombre de Leila.  

Léila, ¿por qué el jardín del alma mía
No da mas que la flor de tus amores,
Hoy que al influjo de tu amor debía
Átomos germinar procreadores,
Cuando su tierra sin cultura un día
Generosa y feraz dio tantas flores?

La flor de mis recuerdos.
José Zorrilla (París, 25 de noviembre de 1854).
Biblioteca Digital Hispánica (vol.I, pag.31)

Por la cercanía de la fecha del 12 de octubre, día del Descubrimiento de América, me gustaría extraer algunos párrafos de su obra “América y sus mujeres: estudios hechos sobre el terreno por la Baronesa de Wilson” (1890), cuyas más de quinientas páginas pueden leerse en la Biblioteca Digital Hispana. Además del relato de su vida y su viaje por tierras americanas durante un año y medio, Emilia se dedica a recoger la imagen y la palabra de algunas mujeres eruditas americanas. Contiene grabados de mujeres como Jacinta de Crespo (venezolana),  Mercedes Cabello de Carbonero (peruana), Santa Rosa de Lima (peruana), Lasternia Larriva de Llona (peruana), Janequeo (india araucana), Mercedes Marín del Solar (chilena), María del Carmen Alcalde de Cazotte (chilena), Soledad Acosta de Samper (colombiana), Policarpa Salavarrieta (La Pola, colombiana), Adela Mora (costarricense), Inhijambia (india mexicana), Sor Juana Inés de la Cruz (mexicana), Carmen romero Rubio de Díaz (mexicana), Josefa Ortiz de Dominguez (mexicana), Ángela Peralta (mexicana), Marta Washington (norteamericana) o Juana Manuela Gorriti (argentina), de la que recoge este poema:

El mundo moral es un reflejo del mundo físico;
el pensamiento del hombre es una repercusión de la naturaleza que lo rodea;
sus obras, un mosaico formado con fragmentos de su propia existencia.
JUANA MANUELA GORRITI .

AMÉRICA Y SUS MUJERES (1890)

Los Viajes de Cristóbal Colón, la Historia de las Indias, por el Padre Las Casas, La Araucana, de Ercilla, y otras obras, fueron el origen de mi entusiasmo por América. Las escenas de la vida de los indios, descritas gráficamente; los descubrimientos y conquista, las batallas, las heroicidades de españoles y de indígenas, la lucha tenaz y justa de los hijos del Nuevo Mundo contra los invasores, me enajenaron hasta el punto de olvidarme de todo lo que no era leer, dándose el caso de renunciar á paseos y á otras distracciones, por entregarme á mi pasión favorita.

Dos años después de casada, y al cumplir yo los diecisiete, era viuda [y con una hija nacida en París]. Entonces viajé. […] Volví á mis estudios literarios y á mi intimidad con los libros; y ya en francés, ó bien en español, distraíame  hilvanando algunos artículos.

Sería preciso estudiar la historia de la mujer desde los tiempos más apartados y en las sociedades más remotas; la influencia que ha ejercido en todos los pueblos y en todas las civilizaciones, y las extrañas vicisitudes que la han agobiado, para comprender y avalorar sus méritos y sus facultades intelectuales; pero no son de este lugar ni es mi propósito desarrollar las ideas que en pro de la mujer acuden en tropel á la imaginación: tiempo y espacio habrá par a expresarlas, y si esto no sucede, hablarán por mí y con mayor elocuencia los hechos que desde la publicación de mi artículo La Mujer de hoy se han sucedido en honra y gloria de aquélla.

Los elementos que me rodeaban eran mu y á propósito par a estimularme á escribir, renovándose mis aficiones relacionadas con América; De aquellas íntimas y sabrosas descripciones nació mi periódico la Revista del Nuevo Mundo, dirigida en la parte política por el Barón de Guilmaud.

Leía mucho, sobre todo lo referente al Nuevo Mundo, porque avasallábame la idea de atravesar el inmenso Océano para adquirir exacto conocimiento de regiones que me forjaba yo con todas las magnificencias del antiguo Oriente. Es decir, por su curiosa historia, por sus extrañas leyendas prehistóricas, por las galas de la Naturaleza, que un sol de fuego hace eternas y sin rival, y por las antiguas ruinas que me atraían con irresistible atractivo. Ensueños de oro podría llamar á los éxtasis de mi inquieta fantasía cuando vagaba por bosques y florestas americanas.

Ocurrióseme de la noche á la mañana embarcarme para Cuba, haciendo escala en Puerto Rico y Santo Domingo, el que hacía corto tiempo habíase ó habían anexionado á España. Mi viaje duró año y medio, y me reservo dar cuenta de mis impresiones en posteriores páginas de este libro; pero sí debo advertir que dio á mis ideales visos de esplendorosa realidad, antojándoseme que sólo con dibujar al natural tipos, hábitos y escenas de la vida real, y vigorizando el cuadro con algunos toques históricos y pintorescos, resultaría un todo interesante y un estudio de pueblos que aún falta mucho par a conocer bien.

Me consagré con mayor ahínco á la historia americana; el pensamiento de visitar el Nuevo Continente arraigábase en mi ánimo con singular persistencia. […] Sin fijarme en inconvenientes gravísimos ni en riesgos lógicos, guiada sólo por el vehemente deseo que de largo tiempo no me daba momento de reposo, resolvía salir de Europa, emprender mis investigaciones por el dilatadísimo Nuevo Mundo y penetrar en sus selvas vírgenes, vestidas con la incomparable suntuosidad que el Autor de todo lo creado prodigó sin límites en aquellas regiones. Soñaba con escalar caminos dificilísimos, subir á las cordilleras envueltas en su inmaculado manto de nieve, analizando desde allí las perdurables bellezas de los valles, lo pintoresco del conjunto y finalmente estudiar en ciudades, aldeas y chozas los tipos singularísimos y las costumbres primitivas conservadas entre los indígenas. […] No podía ocultárseme lo temerario del propósito; pero mi excelente salud y la incontrastable fuerza de voluntad, salían fiadoras para que no temiese el cansancio moral ó físico. […] Estaba resuelta á embarcarme en Lisboa, porque según mi itinerario comenzaba mi viaje por el que entonces era Imperio del Brasil.

Eran las nueve de una hermosa mañana de diciembre de 1873, cuando el vapor inglés Tholemy penetró en la bahía de Río Janeiro por la angosta abertura que forman las rocas, pasando al entrar y rozando casi contra el singular y famoso peñasco llamado por su forma El Pan de Azúcar. […] Al saltar en tierra experimenté una de esas sensaciones que hacen época en la vida. Estaba en América.

Emilia Serrano, baronesa de Wilson.

 

En la conquista, en el coloniaje y más aún en la independencia de América, ha influido siempre y poderosamente la mujer; ella creó héroes y dulcificó muchas veces las tristezas de las derrotas ó las venganzas del vencedor.

E. S. (no lo dice, pero supongo que será Emilia Serrano).

 

VISIBLES MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

 

 

 

REBECA RIOTS

REBECA RIOTS

A lo largo de la historia son muchas las ocasiones en las que las mujeres se han visto envueltas en protestas y tumultos relacionados con la escasez de alimentos para su familia, por lo que habitualmente se han denominado “motines del pan”. Teófanes Egido, por ejemplo, cuenta un episodio del siglo XVII, conocido como Motín de los Gatos, en el que las mujeres están presentes en la protesta:

Pues entre las seis o las siete / de la mañana, se andaban / con dimes y con diretes / los pobretes tras el pan, / y con ellos las mujeres, / azuzando, porque el hambre / es la que los enfurece. TeófanesEgido López (1980), «El motín madrileño de 1699».

Aunque pueden encontrarse motines de este tipo desde la Edad Media, es a partir del siglo XVIII cuando se producen los más significativos. Y en todos ellos, las mujeres aparecen en un lugar preeminente. La propia Revolución francesa se suele encuadrar, por sus inicios, en este tipo de motines, pero ya se conocían antes en Francia (Guerra de las Harinas, 1775), en España (Rebomboris del pa, Barcelona, 1789), y hasta en las colonias norteamericanas (Boston, 1700-1713). En todos ellos la solución pasaba por una dura represión en primer término y, solo después de la destitución de algún cargo importante, el abastecimiento gratuito de pan. Pero, lejos de frenarse, aumentaron con el nuevo siglo. Por ejemplo, en la Inglaterra de la década de 1840, donde las revueltas por la presión fiscal y la escasez de pan, que recibieron el nombre genérico de  Rebeca riots, convirtieron a los menesterosos revolucionarios en los llamados hijos de Rebeca, la matriarca bíblica, la bella esposa de Isaac y madre de los gemelos Esaú y Jacob, erigida por el Génesis (24:60), en madre de millares de millares.

«Oh, hermana nuestra,
¡que seas madre de muchos millones!
¡Que tus descendientes
conquisten las ciudades de sus enemigos!»
                                                      Génesis (24:59-61).

Los disturbios tuvieron lugar entre 1839 y 1843 en el sur y centro de Gales, cuando agricultores y trabajadores del campo de la zona, protestaron por una subida de impuestos y, sobre todo, de los peajes de puertas que eran cobrados por fideicomisarios que operaban por encargo del gobierno, y que se suponía debían emplear lo cobrado en mejorar la red de carreteras que controlaban. Sin embargo, las subidas indiscriminadas de las tasas de peaje y el desvío de fondos a los propios bolsillos, colmaron la paciencia del campesinado largos años empobrecido. El precio del ganado y del trigo cayeron desorbitadamente y el de la mantequilla y el pan, subieron desproporcionadamente. A las protestas femeninas se sumaron algunos hombres disfrazados de mujeres, lo que provocó mayores alborotos entre los manifestantes e, incluso, un aumento de la delincuencia local.

La primera aparición de las Rebeccas se puede retrotraer a 1839, cuando se reconocen dos ataques en Carmarthenshire. Fueron dirigidos por Thomas Rees (1806-1876), conocido como Twm Carnabwth, quien arremetió el 13 de mayo de 1839 contra una nueva barrera de peaje en Efail-wen seguido por sus acólitos vestidos de mujer.

Esta costumbre parece que se origina en una peculiar y popular forma de castigo galesa que se aplicaba a gentes que cometían una fechoría pero era difícil llevarlo ante la justicia, por ejemplo, los adúlteros y padres de niños bastardos (una disposición en la “Ley de Pobres” vigente permitía que éstos se libraran de sus responsabilidades para con los niños, dejando a la madre desatendida). Era la llamada “Ceffyl Pren”, literalmente, “caballo de madera”, y consistía en una forma de humillación pública en la que se hacía desfilar al castigado por las calles atado a una especie de marco de madera, con la cara ennegrecida y vestido de mujer. También se aplicaba a aquellos terratenientes ricos que se aprovechaban de sus trabajadores y de su posición, y durante los disturbios de Gales muchos de los propietarios de puertas de peaje y los magistrados locales que los apoyaban, fueron objetivos de las Rebeccas.

El aumento de la conflictividad llegó hacia 1842, lo que acabó por conformar un cierto espíritu de lucha de los manifestantes, que ahora también adoptaron la costumbre de ir disfrazados con ropas de mujer, acompañados en muchas ocasiones por sus propias esposas. Su principal objetivo fueron las barreras de peaje:

Rebecca: “¿Qué es esto, mis hijos? Hay algo en mi camino. No puedo seguir…”
Alborotadores: “¿Qué pasa, madre Rebecca? Nada debe interponerse en tu camino.”
Rebecca: “No conozco a mis hijos. Soy vieja y no puedo ver bien.”
Alborotadores: “¿Vamos a venir y moverlo fuera de tu camino madre Rebecca?”
Rebecca: “¡Espera! Se siente como una gran puerta al otro lado de la calle para detener a tu madre,”
Alborotadores: “Lo romperemos, madre. Nada se interpone en tu camino.”
Rebecca: “Quizás se abra… Oh, mis queridos hijos, está cerrado y atornillado. ¿Qué se puede hacer?”
Alborotadores: “Debe ser derribado, madre. Usted y sus hijos deben poder pasar.”
Rebecca: “¡Fuera con eso, hijos míos!”.

El 6 de julio de 1843, un grupo de unos 200 hombres y mujeres atacaron el peaje de Bolgoed en las cercanías de Pontarddulais, así como algunas iglesias anglicanas que tenían concedida la función e cobrar diezmos. Fueron los disturbios más duros y trágico. Incluso, las Rebeccas fueron más allá enviando cartas amenazantes a propietarios de granjas para que redujeran sus alquileres a los campesinos arrendatarios, pero estos hicieron poco caso. Entonces, en septiembre de ese año, sucede una desgracia y una joven guardiana de la puerta del pueblo de Hendy, llamada Sarah Williams, resulta muerta durante los ataques.

Ante el cariz que estaba tomando el asunto el gobierno decide enviar al ejército, concretamente los destacamentos del 75º y el 76º Regimiento de a pie, apoyados por un Escuadrón de caballería, la 4ª Dragoon Guards, alojados precariamente en la ciudad de Llanelli. Desde este lugar se llevaron a cabo redadas, asaltos y detenciones de los alborotadores y sus mujeres, pero, sobre todo, se procuró detener a un grupo de hombres disfrazados que, aprovechando los disturbios se habían dedicado al asalto y pillaje en los alrededores. Estaban dirigidos por un delincuente conocido, John Jones (que se hacía llamar Shoni Sguborfawr) y su compañero David Davies (Dai’r Cantwr). El ejército logró detenerlos y fueron deportados a Australia. Los campesinos, entonces, tomaron la vía de la negociación.

Tras los Rebecca riots, a finales de 1943, los campesinos lograron mínimas, pero importantes mejoras, sobre todo impulsaron la realización de reformas legales. La Wales Act de 1844, aunque consolido la fórmula del fideicomiso, redujo a la mitad el importe de los peajes. La movilización social galesa no se olvidó nunca de las Rebeccas y en varios conflictos posteriores, incluso ya entrado el siglo XX, se reivindicó de nuevo el espíritu de la madre de millares de millares.

Existe hasta una película sobre las Rebeccas, “Rebecca’s Daughters” (1992), dirigida por Karl Francis, con  Peter O’Toole, Paul Rhys y Joely Richardson en los papeles principales. Se da la circunstancia de que el guion había sido escrito en 1948 por Dylan Thomas y publicado como una novela en 1965, pero el filme no se hizo realidad hasta 44 años después, lo que supone el lapsus de tiempo entre guión y película más largo de la historia del cine.

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Fuentes: Wikipedia; Llanelli Community Heritage; Visibles. Mujeres y espacio público burgués en el siglo XIX (2018) Mª del Pilar López Almena.

LA MUJER Y LA ÓPERA EN EL SIGLO XIX

LA MUJER Y LA ÓPERA EN EL SIGLO XIX

Imagen: “Mujer de negro en la Opera” (1878), de Mary Cassatt
Imagen: “En la primera fila de la ópera” (1880), de William Holyoake.
Imagen: “En la Ópera”, de Jean Béraud
Imagen: “En el Palco” (1879), de Mary Cassatt
Imagen: Mary Cassatt

Uno de los eventos públicos más aceptados por la sociedad decimonónica elegante fue la Opera. Muchos teatros y palacios de la opera se construyen en la primera mitad del siglo XIX y otros, más populares, subsisten con éxito entre el público menos pudiente. En mi obra VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, se hace un pequeño repaso a este tipo de espectáculos como vehículo importante de visibilidad femenina.

Imagen: “En las escaleras de la Opera” (1877), de Louis Beroud.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

En el siglo XIX los espectáculos son un lugar para el lucimiento y no solo del autor del libreto, de los músicos, o de los actores y cantantes sobre el escenario, también aparecer en los palcos era un objetivo clave de sociabilidad en estos lugares. «Sólo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro…vamos, ser cómica que es un buen modo de vivir, o…no quiero nombrar lo otro. Figúreselo».[1]

Imagen: Maria Malibran (1808-1836), retrato de artista desconocido

Han cambiado mucho las cosas para las cómicas, las representaciones y la forma en la que se asiste al Teatro. Ahora es más culto y elitista en comparación con el público más popular que llenaba los Corrales de comedias del siglo XVII. No obstante, el recuerdo de aquellos establecimientos aún está presente en ciudades como en Valladolid, donde según Narciso Alonso Cortés (1875-1972), en 1807 nunca faltaba una compañía para ellos. En ese año, precisamente, llegó a actuar en Valladolid el tenor Manuel García, padre de la afamada María Felicia García, más conocida como la Malibrán, quien nacería en 1808 en París, hecho del que se lamenta el poeta: «¡lástima que no fuera un año antes, para llamarla vallisoletana!».[2]

Imagen: “Damas en el Palco”, de Francisco Pradilla y Ortiz (1848-1921).

Por esos años, aún contaba el desaparecido Teatro de la Comedia de Valladolid con «la famosa “cazuela”… localidades en las cuales estaba prohibida la promiscuidad de sexos».[3] Carlos Cambronero hace mención también de la cazuela y de su especial división interna, como ya dijimos, un espacio restringido trastocado en eficiente atalaya:

La cazuela presenta en su vanguardia, en la que llaman delantera, una fila de mujeres, que son las que arrastran, por decirlo así, las miradas del público; de aquí viene que se ha puesto en uso que solo ocupen la delantera personas que no tiene por qué temer al público, mujeres que pueden ir por todas partes con su cara descubierta, señoras que no deben nada a nadie, y que son tan buenas como la más pintada […] las de atrás llaman a las de delante usías y señoronas; las delanteras llaman a las de atrás groseras y canallas; aquellas se quejan de que éstas apestan a almizcle; éstas se lamentan de que aquellas apesten a vino. Carlos Cambronero (1896).[4]

Imagen: “El palco”, de Pierre Auguste Renoir.
Imagen: “Un palco en el teatro de los italianos” (1874), de Eva Gonzalès

El caso es que esta diferenciación por sexos tenía sus días contados, pues en 1837 se suprime la cazuela de las señoras.[5] En 1843, ya sin la norma de separación por sexos, en los palcos de las salas madrileñas[6] se podían ver señoras elegantemente vestidas acompañando a sus esposos. O lo que es lo mismo en estos momentos, a señores elegantemente vestidos, luciendo la compañía de sus esposas.

Mª del Pilar López Almena

[1] Pérez Galdós, Benito (1892), Tristana, Madrid, Imprenta de la Guirnalda, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, p.36. Réplica de la criada a la señorita Tristana cuando ésta le contaba que quería ser libre de contraer matrimonio.[2] Almuiña, Celso (1985), Valladolid en el siglo XIX, Valladolid, Ateneo de Valladolid, p.618.
[3] Rubio González, Lorenzo (1984), Solaces de un vallisoletano setentón: el Valladolid de 1830-1847 costumbres y tipos, de José Ortega Zapata (1895), Valladolid, Universidad de Valladolid, p.115.
[4] Cambronero, Carlos (1896), Crónicas del Tiempo de Isabel II, Madrid, La España Moderna, p.17.
[5] Zamora Vicente, Alonso (1999), «Las Mujeres en la Academia», en Alonso Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa Calpe, pp. 484-499., p.486.
[6] Rabaté, Colette (2007), ¿Eva o María?: Ser mujer en Época isabelina (1833-1868), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, p.186.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

 

VISIBLES Y PERIODISTAS

VISIBLES Y PERIODISTAS

Imagen: Faustina Sáez de Melgar (1834-1895).

En un año tan temprano como 1851, aparece Ellas: Órgano Oficial del Sexo Femenino, publicación de influencia francesa que, a la luz de las nuevas políticas del país vecino, se decanta por la realización de un periodismo reivindicativo y radical. Su editora, Alicia Pérez de Gascuña, califica la publicación desde el primer número como «cruzada femenina» para la emancipación de la mujer.

Otra publicación de corte algo más radical es La Ilustración de la Mujer, de Concepción Gimeno de Flaquer y Sofía Tartilán y que realizan un tipo de prensa comprometida, no solo con la situación femenina, sino también con el desamparo social que sufren los menos favorecidos, abogando por la educación integral como principal solución a ambos problemas.

En el último tercio del siglo, al tiempo que avanzan los logros en el reconocimiento femenino, o al menos se hacen más visibles las reivindicaciones de los mismos en España, se asiste a un cierto freno y marcha atrás de algunas posturas iniciales, quizá por temor a una adscripción política no deseada:

No estamos conformes con las mujeres que matan, ni con las que votan, ni con las políticas que creen alcanzar el poder en las tribunas dejándose llevar del aura popular, así como tampoco estaremos al lado de las que rezan y de las que lloran, porque éstas del mismo modo que aquéllas no son más que instrumentos inconscientes de determinadas tendencias políticas, de un progreso exagerado o de un retroceso imposible. Faustina Sáez de Melgar (1881)

Así se expresaba esta mujer, escritora y periodista madrileña, en la revista “Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas” (1881), Tomo 1º, Barcelona, Edit. Juan Pons, Cap.V-XII, p.100. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Texto e imagen de mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX. Disponible en todas las librerías de España y en el servicio online de Ediciones UVA.