LA BARONESA DE WILSON

LA BARONESA DE WILSON

Imagen: Emilia Serrano, baronesa de Wilson, en “La Ilustración Nacional” (1898)

Para celebrar este 15 de octubre, día de las escritoras 2018, se me ha ocurrido traer a colación a una escritora que, en mi libro VISIBLES MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, solo mencioné, pero de la que me hubiese gustado profundizar más en su vida y obra. Me refiero a Emilia Serrano García (1843-1922), prolífica escritora y traductora, frecuentemente bajo pseudónimos, como Serrano de García de Tornell o, más habitualmente, el de Baronesa de Wilson. Granadina de nacimiento y barcelonesa de adopción, pasó muchos años en América, donde fue más conocida. A lo largo de su vida viajó por toda Europa y América y mantuvo amistad y relación con poetas y escritores tan insignes como Alfonso de Lamartine, Alejandro Dumas hijo o José Zorrilla, quien, se decía, estaba perdidamente enamorado de Emilia y sería a quien dedicaba sus versos bajo el nombre de Leila.  

Léila, ¿por qué el jardín del alma mía
No da mas que la flor de tus amores,
Hoy que al influjo de tu amor debía
Átomos germinar procreadores,
Cuando su tierra sin cultura un día
Generosa y feraz dio tantas flores?

La flor de mis recuerdos.
José Zorrilla (París, 25 de noviembre de 1854).
Biblioteca Digital Hispánica (vol.I, pag.31)

Por la cercanía de la fecha del 12 de octubre, día del Descubrimiento de América, me gustaría extraer algunos párrafos de su obra “América y sus mujeres: estudios hechos sobre el terreno por la Baronesa de Wilson” (1890), cuyas más de quinientas páginas pueden leerse en la Biblioteca Digital Hispana. Además del relato de su vida y su viaje por tierras americanas durante un año y medio, Emilia se dedica a recoger la imagen y la palabra de algunas mujeres eruditas americanas. Contiene grabados de mujeres como Jacinta de Crespo (venezolana),  Mercedes Cabello de Carbonero (peruana), Santa Rosa de Lima (peruana), Lasternia Larriva de Llona (peruana), Janequeo (india araucana), Mercedes Marín del Solar (chilena), María del Carmen Alcalde de Cazotte (chilena), Soledad Acosta de Samper (colombiana), Policarpa Salavarrieta (La Pola, colombiana), Adela Mora (costarricense), Inhijambia (india mexicana), Sor Juana Inés de la Cruz (mexicana), Carmen romero Rubio de Díaz (mexicana), Josefa Ortiz de Dominguez (mexicana), Ángela Peralta (mexicana), Marta Washington (norteamericana) o Juana Manuela Gorriti (argentina), de la que recoge este poema:

El mundo moral es un reflejo del mundo físico;
el pensamiento del hombre es una repercusión de la naturaleza que lo rodea;
sus obras, un mosaico formado con fragmentos de su propia existencia.
JUANA MANUELA GORRITI .

AMÉRICA Y SUS MUJERES (1890)

Los Viajes de Cristóbal Colón, la Historia de las Indias, por el Padre Las Casas, La Araucana, de Ercilla, y otras obras, fueron el origen de mi entusiasmo por América. Las escenas de la vida de los indios, descritas gráficamente; los descubrimientos y conquista, las batallas, las heroicidades de españoles y de indígenas, la lucha tenaz y justa de los hijos del Nuevo Mundo contra los invasores, me enajenaron hasta el punto de olvidarme de todo lo que no era leer, dándose el caso de renunciar á paseos y á otras distracciones, por entregarme á mi pasión favorita.

Dos años después de casada, y al cumplir yo los diecisiete, era viuda [y con una hija nacida en París]. Entonces viajé. […] Volví á mis estudios literarios y á mi intimidad con los libros; y ya en francés, ó bien en español, distraíame  hilvanando algunos artículos.

Sería preciso estudiar la historia de la mujer desde los tiempos más apartados y en las sociedades más remotas; la influencia que ha ejercido en todos los pueblos y en todas las civilizaciones, y las extrañas vicisitudes que la han agobiado, para comprender y avalorar sus méritos y sus facultades intelectuales; pero no son de este lugar ni es mi propósito desarrollar las ideas que en pro de la mujer acuden en tropel á la imaginación: tiempo y espacio habrá par a expresarlas, y si esto no sucede, hablarán por mí y con mayor elocuencia los hechos que desde la publicación de mi artículo La Mujer de hoy se han sucedido en honra y gloria de aquélla.

Los elementos que me rodeaban eran mu y á propósito par a estimularme á escribir, renovándose mis aficiones relacionadas con América; De aquellas íntimas y sabrosas descripciones nació mi periódico la Revista del Nuevo Mundo, dirigida en la parte política por el Barón de Guilmaud.

Leía mucho, sobre todo lo referente al Nuevo Mundo, porque avasallábame la idea de atravesar el inmenso Océano para adquirir exacto conocimiento de regiones que me forjaba yo con todas las magnificencias del antiguo Oriente. Es decir, por su curiosa historia, por sus extrañas leyendas prehistóricas, por las galas de la Naturaleza, que un sol de fuego hace eternas y sin rival, y por las antiguas ruinas que me atraían con irresistible atractivo. Ensueños de oro podría llamar á los éxtasis de mi inquieta fantasía cuando vagaba por bosques y florestas americanas.

Ocurrióseme de la noche á la mañana embarcarme para Cuba, haciendo escala en Puerto Rico y Santo Domingo, el que hacía corto tiempo habíase ó habían anexionado á España. Mi viaje duró año y medio, y me reservo dar cuenta de mis impresiones en posteriores páginas de este libro; pero sí debo advertir que dio á mis ideales visos de esplendorosa realidad, antojándoseme que sólo con dibujar al natural tipos, hábitos y escenas de la vida real, y vigorizando el cuadro con algunos toques históricos y pintorescos, resultaría un todo interesante y un estudio de pueblos que aún falta mucho par a conocer bien.

Me consagré con mayor ahínco á la historia americana; el pensamiento de visitar el Nuevo Continente arraigábase en mi ánimo con singular persistencia. […] Sin fijarme en inconvenientes gravísimos ni en riesgos lógicos, guiada sólo por el vehemente deseo que de largo tiempo no me daba momento de reposo, resolvía salir de Europa, emprender mis investigaciones por el dilatadísimo Nuevo Mundo y penetrar en sus selvas vírgenes, vestidas con la incomparable suntuosidad que el Autor de todo lo creado prodigó sin límites en aquellas regiones. Soñaba con escalar caminos dificilísimos, subir á las cordilleras envueltas en su inmaculado manto de nieve, analizando desde allí las perdurables bellezas de los valles, lo pintoresco del conjunto y finalmente estudiar en ciudades, aldeas y chozas los tipos singularísimos y las costumbres primitivas conservadas entre los indígenas. […] No podía ocultárseme lo temerario del propósito; pero mi excelente salud y la incontrastable fuerza de voluntad, salían fiadoras para que no temiese el cansancio moral ó físico. […] Estaba resuelta á embarcarme en Lisboa, porque según mi itinerario comenzaba mi viaje por el que entonces era Imperio del Brasil.

Eran las nueve de una hermosa mañana de diciembre de 1873, cuando el vapor inglés Tholemy penetró en la bahía de Río Janeiro por la angosta abertura que forman las rocas, pasando al entrar y rozando casi contra el singular y famoso peñasco llamado por su forma El Pan de Azúcar. […] Al saltar en tierra experimenté una de esas sensaciones que hacen época en la vida. Estaba en América.

Emilia Serrano, baronesa de Wilson.

 

En la conquista, en el coloniaje y más aún en la independencia de América, ha influido siempre y poderosamente la mujer; ella creó héroes y dulcificó muchas veces las tristezas de las derrotas ó las venganzas del vencedor.

E. S. (no lo dice, pero supongo que será Emilia Serrano).

 

VISIBLES MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

 

 

 

REBECA RIOTS

REBECA RIOTS

A lo largo de la historia son muchas las ocasiones en las que las mujeres se han visto envueltas en protestas y tumultos relacionados con la escasez de alimentos para su familia, por lo que habitualmente se han denominado “motines del pan”. Teófanes Egido, por ejemplo, cuenta un episodio del siglo XVII, conocido como Motín de los Gatos, en el que las mujeres están presentes en la protesta:

Pues entre las seis o las siete / de la mañana, se andaban / con dimes y con diretes / los pobretes tras el pan, / y con ellos las mujeres, / azuzando, porque el hambre / es la que los enfurece. TeófanesEgido López (1980), «El motín madrileño de 1699».

Aunque pueden encontrarse motines de este tipo desde la Edad Media, es a partir del siglo XVIII cuando se producen los más significativos. Y en todos ellos, las mujeres aparecen en un lugar preeminente. La propia Revolución francesa se suele encuadrar, por sus inicios, en este tipo de motines, pero ya se conocían antes en Francia (Guerra de las Harinas, 1775), en España (Rebomboris del pa, Barcelona, 1789), y hasta en las colonias norteamericanas (Boston, 1700-1713). En todos ellos la solución pasaba por una dura represión en primer término y, solo después de la destitución de algún cargo importante, el abastecimiento gratuito de pan. Pero, lejos de frenarse, aumentaron con el nuevo siglo. Por ejemplo, en la Inglaterra de la década de 1840, donde las revueltas por la presión fiscal y la escasez de pan, que recibieron el nombre genérico de  Rebeca riots, convirtieron a los menesterosos revolucionarios en los llamados hijos de Rebeca, la matriarca bíblica, la bella esposa de Isaac y madre de los gemelos Esaú y Jacob, erigida por el Génesis (24:60), en madre de millares de millares.

«Oh, hermana nuestra,
¡que seas madre de muchos millones!
¡Que tus descendientes
conquisten las ciudades de sus enemigos!»
                                                      Génesis (24:59-61).

Los disturbios tuvieron lugar entre 1839 y 1843 en el sur y centro de Gales, cuando agricultores y trabajadores del campo de la zona, protestaron por una subida de impuestos y, sobre todo, de los peajes de puertas que eran cobrados por fideicomisarios que operaban por encargo del gobierno, y que se suponía debían emplear lo cobrado en mejorar la red de carreteras que controlaban. Sin embargo, las subidas indiscriminadas de las tasas de peaje y el desvío de fondos a los propios bolsillos, colmaron la paciencia del campesinado largos años empobrecido. El precio del ganado y del trigo cayeron desorbitadamente y el de la mantequilla y el pan, subieron desproporcionadamente. A las protestas femeninas se sumaron algunos hombres disfrazados de mujeres, lo que provocó mayores alborotos entre los manifestantes e, incluso, un aumento de la delincuencia local.

La primera aparición de las Rebeccas se puede retrotraer a 1839, cuando se reconocen dos ataques en Carmarthenshire. Fueron dirigidos por Thomas Rees (1806-1876), conocido como Twm Carnabwth, quien arremetió el 13 de mayo de 1839 contra una nueva barrera de peaje en Efail-wen seguido por sus acólitos vestidos de mujer.

Esta costumbre parece que se origina en una peculiar y popular forma de castigo galesa que se aplicaba a gentes que cometían una fechoría pero era difícil llevarlo ante la justicia, por ejemplo, los adúlteros y padres de niños bastardos (una disposición en la “Ley de Pobres” vigente permitía que éstos se libraran de sus responsabilidades para con los niños, dejando a la madre desatendida). Era la llamada “Ceffyl Pren”, literalmente, “caballo de madera”, y consistía en una forma de humillación pública en la que se hacía desfilar al castigado por las calles atado a una especie de marco de madera, con la cara ennegrecida y vestido de mujer. También se aplicaba a aquellos terratenientes ricos que se aprovechaban de sus trabajadores y de su posición, y durante los disturbios de Gales muchos de los propietarios de puertas de peaje y los magistrados locales que los apoyaban, fueron objetivos de las Rebeccas.

El aumento de la conflictividad llegó hacia 1842, lo que acabó por conformar un cierto espíritu de lucha de los manifestantes, que ahora también adoptaron la costumbre de ir disfrazados con ropas de mujer, acompañados en muchas ocasiones por sus propias esposas. Su principal objetivo fueron las barreras de peaje:

Rebecca: “¿Qué es esto, mis hijos? Hay algo en mi camino. No puedo seguir…”
Alborotadores: “¿Qué pasa, madre Rebecca? Nada debe interponerse en tu camino.”
Rebecca: “No conozco a mis hijos. Soy vieja y no puedo ver bien.”
Alborotadores: “¿Vamos a venir y moverlo fuera de tu camino madre Rebecca?”
Rebecca: “¡Espera! Se siente como una gran puerta al otro lado de la calle para detener a tu madre,”
Alborotadores: “Lo romperemos, madre. Nada se interpone en tu camino.”
Rebecca: “Quizás se abra… Oh, mis queridos hijos, está cerrado y atornillado. ¿Qué se puede hacer?”
Alborotadores: “Debe ser derribado, madre. Usted y sus hijos deben poder pasar.”
Rebecca: “¡Fuera con eso, hijos míos!”.

El 6 de julio de 1843, un grupo de unos 200 hombres y mujeres atacaron el peaje de Bolgoed en las cercanías de Pontarddulais, así como algunas iglesias anglicanas que tenían concedida la función e cobrar diezmos. Fueron los disturbios más duros y trágico. Incluso, las Rebeccas fueron más allá enviando cartas amenazantes a propietarios de granjas para que redujeran sus alquileres a los campesinos arrendatarios, pero estos hicieron poco caso. Entonces, en septiembre de ese año, sucede una desgracia y una joven guardiana de la puerta del pueblo de Hendy, llamada Sarah Williams, resulta muerta durante los ataques.

Ante el cariz que estaba tomando el asunto el gobierno decide enviar al ejército, concretamente los destacamentos del 75º y el 76º Regimiento de a pie, apoyados por un Escuadrón de caballería, la 4ª Dragoon Guards, alojados precariamente en la ciudad de Llanelli. Desde este lugar se llevaron a cabo redadas, asaltos y detenciones de los alborotadores y sus mujeres, pero, sobre todo, se procuró detener a un grupo de hombres disfrazados que, aprovechando los disturbios se habían dedicado al asalto y pillaje en los alrededores. Estaban dirigidos por un delincuente conocido, John Jones (que se hacía llamar Shoni Sguborfawr) y su compañero David Davies (Dai’r Cantwr). El ejército logró detenerlos y fueron deportados a Australia. Los campesinos, entonces, tomaron la vía de la negociación.

Tras los Rebecca riots, a finales de 1943, los campesinos lograron mínimas, pero importantes mejoras, sobre todo impulsaron la realización de reformas legales. La Wales Act de 1844, aunque consolido la fórmula del fideicomiso, redujo a la mitad el importe de los peajes. La movilización social galesa no se olvidó nunca de las Rebeccas y en varios conflictos posteriores, incluso ya entrado el siglo XX, se reivindicó de nuevo el espíritu de la madre de millares de millares.

Existe hasta una película sobre las Rebeccas, “Rebecca’s Daughters” (1992), dirigida por Karl Francis, con  Peter O’Toole, Paul Rhys y Joely Richardson en los papeles principales. Se da la circunstancia de que el guion había sido escrito en 1948 por Dylan Thomas y publicado como una novela en 1965, pero el filme no se hizo realidad hasta 44 años después, lo que supone el lapsus de tiempo entre guión y película más largo de la historia del cine.

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Fuentes: Wikipedia; Llanelli Community Heritage; Visibles. Mujeres y espacio público burgués en el siglo XIX (2018) Mª del Pilar López Almena.

LA MUJER Y LA ÓPERA EN EL SIGLO XIX

LA MUJER Y LA ÓPERA EN EL SIGLO XIX

Imagen: “Mujer de negro en la Opera” (1878), de Mary Cassatt
Imagen: “En la primera fila de la ópera” (1880), de William Holyoake.
Imagen: “En la Ópera”, de Jean Béraud
Imagen: “En el Palco” (1879), de Mary Cassatt
Imagen: Mary Cassatt

Uno de los eventos públicos más aceptados por la sociedad decimonónica elegante fue la Opera. Muchos teatros y palacios de la opera se construyen en la primera mitad del siglo XIX y otros, más populares, subsisten con éxito entre el público menos pudiente. En mi obra VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, se hace un pequeño repaso a este tipo de espectáculos como vehículo importante de visibilidad femenina.

Imagen: “En las escaleras de la Opera” (1877), de Louis Beroud.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

En el siglo XIX los espectáculos son un lugar para el lucimiento y no solo del autor del libreto, de los músicos, o de los actores y cantantes sobre el escenario, también aparecer en los palcos era un objetivo clave de sociabilidad en estos lugares. «Sólo tres carreras pueden seguir las que visten faldas: o casarse, que carrera es, o el teatro…vamos, ser cómica que es un buen modo de vivir, o…no quiero nombrar lo otro. Figúreselo».[1]

Imagen: Maria Malibran (1808-1836), retrato de artista desconocido

Han cambiado mucho las cosas para las cómicas, las representaciones y la forma en la que se asiste al Teatro. Ahora es más culto y elitista en comparación con el público más popular que llenaba los Corrales de comedias del siglo XVII. No obstante, el recuerdo de aquellos establecimientos aún está presente en ciudades como en Valladolid, donde según Narciso Alonso Cortés (1875-1972), en 1807 nunca faltaba una compañía para ellos. En ese año, precisamente, llegó a actuar en Valladolid el tenor Manuel García, padre de la afamada María Felicia García, más conocida como la Malibrán, quien nacería en 1808 en París, hecho del que se lamenta el poeta: «¡lástima que no fuera un año antes, para llamarla vallisoletana!».[2]

Imagen: “Damas en el Palco”, de Francisco Pradilla y Ortiz (1848-1921).

Por esos años, aún contaba el desaparecido Teatro de la Comedia de Valladolid con «la famosa “cazuela”… localidades en las cuales estaba prohibida la promiscuidad de sexos».[3] Carlos Cambronero hace mención también de la cazuela y de su especial división interna, como ya dijimos, un espacio restringido trastocado en eficiente atalaya:

La cazuela presenta en su vanguardia, en la que llaman delantera, una fila de mujeres, que son las que arrastran, por decirlo así, las miradas del público; de aquí viene que se ha puesto en uso que solo ocupen la delantera personas que no tiene por qué temer al público, mujeres que pueden ir por todas partes con su cara descubierta, señoras que no deben nada a nadie, y que son tan buenas como la más pintada […] las de atrás llaman a las de delante usías y señoronas; las delanteras llaman a las de atrás groseras y canallas; aquellas se quejan de que éstas apestan a almizcle; éstas se lamentan de que aquellas apesten a vino. Carlos Cambronero (1896).[4]

Imagen: “El palco”, de Pierre Auguste Renoir.
Imagen: “Un palco en el teatro de los italianos” (1874), de Eva Gonzalès

El caso es que esta diferenciación por sexos tenía sus días contados, pues en 1837 se suprime la cazuela de las señoras.[5] En 1843, ya sin la norma de separación por sexos, en los palcos de las salas madrileñas[6] se podían ver señoras elegantemente vestidas acompañando a sus esposos. O lo que es lo mismo en estos momentos, a señores elegantemente vestidos, luciendo la compañía de sus esposas.

Mª del Pilar López Almena

[1] Pérez Galdós, Benito (1892), Tristana, Madrid, Imprenta de la Guirnalda, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, p.36. Réplica de la criada a la señorita Tristana cuando ésta le contaba que quería ser libre de contraer matrimonio.[2] Almuiña, Celso (1985), Valladolid en el siglo XIX, Valladolid, Ateneo de Valladolid, p.618.
[3] Rubio González, Lorenzo (1984), Solaces de un vallisoletano setentón: el Valladolid de 1830-1847 costumbres y tipos, de José Ortega Zapata (1895), Valladolid, Universidad de Valladolid, p.115.
[4] Cambronero, Carlos (1896), Crónicas del Tiempo de Isabel II, Madrid, La España Moderna, p.17.
[5] Zamora Vicente, Alonso (1999), «Las Mujeres en la Academia», en Alonso Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa Calpe, pp. 484-499., p.486.
[6] Rabaté, Colette (2007), ¿Eva o María?: Ser mujer en Época isabelina (1833-1868), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, p.186.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

 

VISIBLES Y PERIODISTAS

VISIBLES Y PERIODISTAS

Imagen: Faustina Sáez de Melgar (1834-1895).

En un año tan temprano como 1851, aparece Ellas: Órgano Oficial del Sexo Femenino, publicación de influencia francesa que, a la luz de las nuevas políticas del país vecino, se decanta por la realización de un periodismo reivindicativo y radical. Su editora, Alicia Pérez de Gascuña, califica la publicación desde el primer número como «cruzada femenina» para la emancipación de la mujer.

Otra publicación de corte algo más radical es La Ilustración de la Mujer, de Concepción Gimeno de Flaquer y Sofía Tartilán y que realizan un tipo de prensa comprometida, no solo con la situación femenina, sino también con el desamparo social que sufren los menos favorecidos, abogando por la educación integral como principal solución a ambos problemas.

En el último tercio del siglo, al tiempo que avanzan los logros en el reconocimiento femenino, o al menos se hacen más visibles las reivindicaciones de los mismos en España, se asiste a un cierto freno y marcha atrás de algunas posturas iniciales, quizá por temor a una adscripción política no deseada:

No estamos conformes con las mujeres que matan, ni con las que votan, ni con las políticas que creen alcanzar el poder en las tribunas dejándose llevar del aura popular, así como tampoco estaremos al lado de las que rezan y de las que lloran, porque éstas del mismo modo que aquéllas no son más que instrumentos inconscientes de determinadas tendencias políticas, de un progreso exagerado o de un retroceso imposible. Faustina Sáez de Melgar (1881)

Así se expresaba esta mujer, escritora y periodista madrileña, en la revista “Las mujeres españolas, americanas y lusitanas pintadas por sí mismas” (1881), Tomo 1º, Barcelona, Edit. Juan Pons, Cap.V-XII, p.100. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Texto e imagen de mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX. Disponible en todas las librerías de España y en el servicio online de Ediciones UVA.

 

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LAS MUJERES

LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y LAS MUJERES

Imagen: Sans-Culotte con sus armas (1790)

“La Revolución francesa fue considerada por las feministas del siglo XX como un punto de inflexión en la lucha por la emancipación femenina en el reconocimiento del papel de la mujer como ciudadana, en el derecho a su participación política en la esfera pública y, en definitiva, en la evidencia de su protagonismo social, al menos, en los mismos términos de visibilidad que el sexo masculino. La novedad fundacional de la Revolución es que va a procurar a las mujeres el argumento de su lucha: la igualdad de la condición de ciudadanas. La respuesta política de la sociedad salida de la Revolución será contraria a ese reconocimiento y la respuesta social se traducirá en una mayor obstinación doméstica, confinando ambas a la mujer al clásico rol femenino del hogar con las mismas tesis moralizantes, pero ahora, de corte liberal y republicano.

Las mujeres francesas reprenden a los que no se comportan como buenos ciudadanos.

En 1792, en 1793, en 1795… en todos los episodios revolucionarios que se producen desde 1789 en la Francia convulsa de la Revolución, la Convención y el Directorio, las mujeres, «forman grupos y llaman a los hombres a la acción tratándolos de cobardes» Pero son ellos los que acaban dirigiendo los conatos, los que los llevan a término, los que forman las asambleas decisorias y los que, finalmente, impiden el acceso de la mujer a toda estructura organizativa derivada de dicha acción. Y ni estarán en la Guardia Nacional, ni en la Asamblea.

Esta faceta activa, sin embargo, también tiene su reflejo en el discurso político. Las mujeres revolucionarias, como  la francesa Pauline León (1768-1838), fundadora del Club de ciudadanas republicanas y líder de las sans-culloterie, escriben panfletos, peticiones, discursos, opúsculos, escritos en nombre propio o en nombre de un colectivo ―o de su colectivo―, dirigidos al común de la sociedad y, por lo tanto, incursionando en la esfera pública desde una posición política, ya no solo patriótica. Ellas también dejaron oír su mensaje político.

Club patriótico de mujeres en 1793, luego suspendidos.

Uno de los colectivos femeninos más activos, el conocido como las sans-culloterie, invadiendo el espacio político-social, «lanzaron una campaña para obtener una ley que obligue a todas las mujeres a llevar la escarapela tricolor», redactando ellas mismas la petición que se presentará ante la Convención. Un gesto que suponía un paso importante en su reconocimiento como ciudadanas. También el Club de Ciudadanas Republicanas Revolucionarias, asociación de vida efímera durante el año 1793, intervino políticamente en los conflictos antes de ser prohibido el 30 de octubre de ese año, junto con todos los clubes franceses de mujeres. La Convención, los hombres y la sociedad salida de la Revolución lo quisieron dejar muy claro: «No es posible que las mujeres ejerzan los derechos políticos» (declaración del Diputado de la Convención, el masón Jean-Pierre-André Amar, miembro del Comité de Seguridad Nacional, que fue quien auspició el cierre de los clubes de mujeres). No pensaron siquiera que las mujeres no aceptarían conformarse con eso.”

Citas de: Duby, Georges et alli. (ed.) (2000), Historia de las mujeres en Occidente, Vol. 4 El Siglo XIX,  dirección de Geneviève Fraisse y Michelle Perrot, capítulos españoles bajo la dirección de María José Rodríguez, Madrid, Taurus.

Mª del Pilar López Almena
VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

 

VISIBLES… Y FEMINISTAS

VISIBLES… Y FEMINISTAS

Imagen: Matilde Cherner (1833-1880)

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

“Una de las características de este tipo de revistas, y que las diferencia claramente de las femeninas de moda, es el carácter más amplio del público al que se dirigen. Si las primeras tenían unas destinatarias muy concretas, fundamentalmente las mujeres burguesas de las ciudades, las revistas feministas, se dirigen a todas las mujeres, tanto a las acomodadas como a las modestas, tanto a las ociosas como a las trabajadoras. Su intención es social y política y abogan por un reconocimiento de la capacidad y valía femenina. Insisten en la educación de la mujer, pero también en su liberación política.

En este sentido hay que recordar la figura de la salmantina Matilde Cherner y Hernández (1833-1880), republicana y autora de artículos pro-federalistas en los primeros años de la década de los setenta, en el diario El Federal Salmantino (1875).”

Mª del Pilar López Almena.

DE SAN PEDRO A SAN ISIDRO

DE SAN PEDRO A SAN ISIDRO

Imagen: Romería de San Isidro Labrador (1875), de Daniel Perea.

Lo cierto es que, en el siglo XIX, la sociedad española estaba muy influenciada por la práctica religiosa de la caridad ―entendida como deber cristiano individual― y una devoción católica y beata, que es fácilmente observable en una ciudad como Valladolid, visiblemente levítica, como en más de una ocasión fue calificada. Sin embargo, aquí también tienen cabida, además de estas celebraciones, otras que aun siendo de carácter religioso, no tienen que ver con la beatería y contenida devoción. Ortega Zapata recuerda que en el Valladolid de la década de los treinta, las Romerías en advocación de un santo o virgen eran un acontecimiento muy habitual y esperado por las gentes sencillas:

El mes de mayo era, en aquellos años, de muchas fiestas religiosas, y de romerías. La primera, el día 13, día de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid […] el día 15, romería en la cuesta y en los altos de San Isidro, que comenzaba el 14 […] los años que caía el Corpus en Mayo, cerraba esta festividad la serie de las del “mes florido”[…] Valladolid se despoblaba para ir a la ermita de San Isidro (José Ortega Zapata, 1894).

Mª del Pilar López Almena.
VISIBLES, MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX.

 

MOLLY PITCHER versus AGUSTINA DE ARAGÓN

MOLLY PITCHER versus AGUSTINA DE ARAGÓN

Imagen: Agustina de Aragón, por  Ferrer Dalmau

Hoy, 2 de mayo, se conmemora la fecha en la que España se levantó en armas contra el invasor francés en el año de 1808. Son varias la mitificaciones que rodean este acontecimiento, pero muchas de ellas están protagonizadas por mujeres. Desde la heroína madrileña Manuela Malasaña, que llegó a bautizar todo un barrio de la capital, a las muchas mujeres anónimas que, desde la retaguardia, o sorteando trincheras en primera línea, participaron como cocineras, aguadoras, enfermeras, lavanderas, cantineras, intendencia, correo, etc., labores tradicionalmente asignadas a las mujeres en la guerra.

Pero no, su papel no fue únicamente auxiliar, sino que en buena parte de las batallas conocidas, participaron codo con codo con los hombres. De ellas, se conocen muchos nombres: Casta Álvarez y la condesa de Bureta  en Zaragoza; Susana Claretona, Magdalena Bofill, Margarita Tona y María Esclopé, jefas de somatén en Cataluña; Juana Ruiz y Martina de Ibaibarriaga en Vitoria; Juana Galana, Clara del Rey y Francisca de la Puerta, en La Mancha… y, en fin, otras muchas, como las mujeres de la Compañía de Santa Bárbara de Gerona. Ellas manejaban armas y también cañones como artilleras. Y de ellas, la más conocida es, sin duda, Agustina de Aragón.

Hay mucha mitificación en torno a su figura y mucha parte de leyenda en su historia mil veces repetida. Para resumir, ni era zaragozana de origen, ni fue la primera artillera en la ciudad, pues también se recuerda a María Agustín Linares. Pero es que ellas tampoco fueron las primeras mujeres en ponerse al frente de un cañón… o al menos eso parece indicarnos la historia de una mujer artillera en la Guerra Norteamericana (1775-1783), Molly Pitcher, nombre que podría traducirse por “María la Cantinera”.

Molly era aguadora en el frente y, como Agustina, al ver caer muerto a un artillero, ella misma cogió el atacador del cañón y lo cargó para una próxima andanada al tiempo que gritaba que no abandonaría su puesto mientras durase la batalla. Una historia muy parecida a la de la de Aragón. Solo que su figura está aún más envuelta en la leyenda. Hasta es posible que ni existiese.

El caso es que a Molly y su gesta se la conoce mucho más desde los inicios de la Guerra Civil norteamericana (1861-1865), casi un siglo después, y es posible que simplemente se quisiese ensalzar la figura de una mujer artillera para dar aliento a las tropas. Como con Agustina.

La mitificación de la mujer en su participación en la Guerra de la Independencia española es un tema muy estudiado que se relaciona con la idea de la voluntad del pueblo unido contra el enemigo común francés. Una tierra, España, toda ella levantada en armas, hasta sus mujeres. El ensalzamiento de la españolidad representado por el sexo femenino. Y es posible que esta misma mitificación nacionalista, se utilizase en las guerras norteamericanas, tanto con Molly Pitcher como otra mujer, Margaret Cochran Corbin, de quien se sabe que acompaño a su marido, artillero, durante  la batalla de Nueva York de 1776. Margaret sustituyó a su esposo caído en combate y ella misma resultó herida y declarada “inválida de guerra”, con lo que se le otorgó una pensión y el honor de ser la única mujer enterrada en West Point. Pues bien, se piensa que Molly, con más fama, es en realidad una trasmutación de Margaret, menos conocida, pero que sí existió en realidad.

El debate en torno a la realidad de estas dos mujeres norteamericanas sigue vivo, pero también sobre si la imagen de Molly Pitcher, que empieza a difundirse en la frontera entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, influyó en una posible creación del mito de Agustina de Aragón, o si la publicidad inglesa acerca de “The Maid of Zaragoza”, pudo haber inspirado la construcción de una leyenda semejante en la figura de Molly Pitcher, para ensalzar el ideal de una Revolución independentista en Norteamérica, algo que también fue, al fin y al cabo, la guerra española.

A Agustina de Aragón se la condecoró, pero el General Palafox no lo hizo en el frente, sino posteriormente. Sin embargo, su mitificación fue inmediata. Molly Pitcher necesitó un siglo para alcanzar el mito y, tal vez, apoyarse en figuras reales como la misma Agustina o Margaret Corbin, a quien también se condecoró y se terminó por dedicar una calle en Nueva York, la Mary Corbin Drive, con una placa que recuerda su gesta. La de Molly no hace falta recordarla, porque es mucho más popular y existen varias representaciones suyas.

Todas ellas fueron mitificadas para ensalzar un levantamiento nacional. Todas ellas fueron mujeres y todas ellas pasaron a la historia como artilleras, reales o ficticias, pero con una clara incursión en un espacio tan restringido al sexo femenino como era la guerra. Hoy, 2 de mayo, es el día apropiado para recordarlas.

Mª del Pilar López Almena,
 VISIBLES, MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX (2018)

 

MÁS VISIBILIDAD, POR FAVOR.

MÁS VISIBILIDAD, POR FAVOR.

Damas de luto de la época victoriana.

(Extracto publicado en la Revista Digital Anatomía de la Historia el 28 de febrero de 2018).

Visibles. Mujeres y espacio público burgués en el siglo XIX. Sí. Este es otro libro sobre la mujer. También necesario, pues es otro libro donde se reivindican más estudios y más publicaciones sobre la presencia y visibilidad femeninas, tanto en el espacio público, como en la historia, en los procesos de transformación histórica.

Estamos ante un compendio (nunca suficiente, nunca completo) de acciones, presencias, estampas cotidianas, y no tanto, con las que se ha querido evidenciar la visibilidad continuada de las mujeres del siglo XIX en un ámbito tradicionalmente considerado como masculino: el espacio público, entendido como “lugar donde cobran importancia aspectos como la interacción social y cívica –la opinión pública, que diría Habermas–, y el debate público-político –la Institución pública sigue diciendo–, elementos legitimadores de la vida en comunidad.” Un espacio de donde se excluye a la mujer, en tanto que su participación en la vida social decimonónica se circunscribía únicamente al ámbito privado del hogar.

“Digámoslo desde el principio: el siglo XIX no fue un buen siglo para la mujer”. Este comienzo de mi libro encierra, sin embargo, una paradoja. Sus manifiestas limitaciones y la invisibilidad que comportaba su rol exclusivamente privativo familiar no mermó su “más que evidente presencia visible en el proceso histórico”. Es en ese sentido en el que se reivindica mayores y más profundos estudios sobre la importancia social de las mujeres en las transformaciones sociopolíticas de su tiempo, así como sobre la importancia, para esas mismas transformaciones, del ámbito privado, doméstico, en el que la sociedad burguesa del siglo XIX situó a la mujer como dueña y señora, como “ángel del hogar”.

Esa es la primera y principal paradoja que se intenta mostrar en el libro. La sociedad burguesa, que crece y se afianza en este siglo XIX, construye un modelo propio de sociabilidad y presencia pública, del que excluye a la mujer en cuanto a que la considera únicamente parte de su esfera familiar privada. Pero, al mismo tiempo, instituye su propio hogar como elemento esencial de su proyección social pública y dota a sus mujeres de una importante presencia visible en los nuevos espacios públicos de sociabilidad. Las mujeres van a poner todo su empeño en demostrar, con su visibilidad, presencia y hasta protagonismo, que han de ser reconocidas como parte imprescindible de esa nueva sociabilidad burguesa.

Sin perder de vista la realidad de una ciudad como Valladolid, incipiente centro de auge burgués con el comercio harinero primero y el desarrollismo que trajo el ferrocarril después, el libro parte de una Introducción y de un primer capítulo en el que se describe, desde la incipiente visibilidad femenina del siglo XVII a la realidad aperturista de un siglo XVIII calificado como El siglo de las mujeres. Un siglo tachado por sus contemporáneos de “frívola libertad” para la mujer, pero en el que el ideario ilustrado posibilitó nuevos espacios (sociedades patrióticas, academias de arte, junta de damas, tertulias, reuniones sociales y hasta políticas, organizadas por una dama…) y un “importante empuje para su promoción y presencia social”.

Con profusión de citas, imágenes y bibliografía, continúa con los dos capítulos esenciales en los que se describe cómo ese empuje y protagonismo femenino dieciochesco se va a encontrar con las barreras que le impone el nuevo siglo decimonónico. Su forma de visibilización se abrirá camino en la sociedad burguesa entre dos modelos diferentes:

-Por un lado, en el capítulo titulado El “largo” siglo XIX y la sociedad burguesa, se describen las que se han calificado como incursiones sociales, oportunidades de participación pública posibilitadas por el propio modelo burgués, en las que se incluiría desde la nueva distribución del hogar, privado en cuanto a la función de la mujer, pero público en cuanto a las nuevas necesidades burguesas, hasta los nuevos enclaves de sociabilidad decimonónica: paseos, teatros, cafés, casinos, manifestaciones populares…, pasando por el auge de la moda y, sobre todo, la educación y la participación en la vida cultural española.

-Por otro, acciones que la moralizante sociedad burguesa del siglo XIX, considera como Transgresiones de la domesticidad, actuaciones públicas femeninas fuera de su encorsetado papel de esposa, madre y ángel del hogar. Las mujeres decimonónicas son trabajadoras asalariadas y hasta empresarias, son revolucionarias, agitadoras, combaten en la guerra y protagonizan tanto posicionamientos políticos como propuestas de renovación religiosa.

Las mujeres han soportado una discriminación pública continua casi durante todos los momentos de la historia. Discriminación que en el siglo XIX unía, a la diferenciación de clase, la exclusión social de género:

“El problema fundamental de las mujeres en la historia es que no tenían un lugar público a donde ir… ni un lugar físico ni un lugar mental. El camino que habrían de recorrer para llegar a hacer suyo ese espacio era, pues, muy largo.”

Pero, llegados al último cuarto del siglo XIX, el proceso de reconocimiento de la visibilidad de la mujer en el espacio público y la lucha por la emancipación femenina son ya irreversibles.

“Mi más sincero agradecimiento a todas las mujeres de la historia. Ellas han hecho posible que hoy disfrutemos de más oportunidades y derechos de los que ninguna gozó en todos los tiempos. Nuestra deuda con ellas es impagable.”

 María del Pilar López Almena: Visibles. Mujeres y espacio público burgués en el siglo XIX. Ediciones Universidad de Valladolid. Valladolid, 2018.

 María del Pilar López Almena es en Anatomía de la Historia Alma Leonor López.

 

 

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Sobre el libro de Ediciones UVA no tengo mucha capacidad de decisión, pero si alguien está interesado, que entre en mi grupo de Facebook, con el título del libro y me deje un privado.   VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX.