FRASES CON IMÁGENES (XI)

FRASES CON IMÁGENES (XI)

“Tres cosas ejercen una influencia constante sobre la mente de los hombres: el clima, el gobierno y la religión… estas tres cosas constituyen la única manera de explicar el enigma de este mundo.”

Voltaire (1740).

“Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones , y sobre los principales hechos de la historia desde Carlomagno hasta Luis XIII”

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ANÉCDOTA – 45: VEHÍCULO LONGO

ANÉCDOTA – 45: VEHÍCULO LONGO

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Tal vez muchos lleguen a las Autoescuelas con varias horas de práctica al volante, ya sea por aquello de practicar con el padre o novio/novia, o por pura iniciativa propia. Pero la mayoría no. Fue mi caso. No había tenido un volante en mis manos, si no consideramos volante el de los autos de choque, y aun así, no era una diversión que me apeteciera mucho porque acababa llena de moratones y eliminada al primer topetazo. Pero me apetecía mucho conducir. Lo decía muchas veces… “En cuanto cumpla 18 años quiero conducir.”

Como ya estaba trabajando, en cuanto cumplí los 18 años me apunté a una Autoescuela:

  • Era donde trabajaba José Manuel, y allí fui por recomendación familiar.
  • Sus métodos podrían llamarse hoy “poco ortodoxos”, pero fueron tremendamente efectivos.
  • A las seis de la mañana empezábamos las clases.
  • Cinco personas en un SEAT 133 de color blanco.
  • Todos aprendíamos de todos.
  • Todas las mañana nos decía que confiaba en nosotros.
  • Si ibas muy despacio, José Manuel te pisaba el pie del acelerador.
  • Aprendimos a aparcar con las pegatinas de los cristales del coche de prácticas.
  • José Manuel nos dijo que si no aparcábamos a la primera, lo hiciéramos a la segunda.
  • En caso de ser la segunda, el volante había que girarlo del todo. Con confianza.
  • Si lo hacíamos mal nos llevábamos un bocinazo… literal.
  • Si lo hacíamos bien, una gran sonrisa de José Manuel. Nunca la satisfacción por enseñar quedó más patente que en el orgullo y la sonrisa que ponía aquel profesor cuando un alumno aprendía una lección.

Tanto como insistí con la Autoescuela para que me asignaran a José Manuel como profesor (no querían al principio), volví a hacerlo para que me dejaran realizar el examen con el SEAT 133 con el que había hecho las prácticas (al final me compré uno, fue mi primer coche). José Manuel le limpió y revisó a fondo para mí ese día. Pero no pudo ser. No pasé el teórico. ¡¡YO!!

Supongo que hubo más de un fallo, pero había una pregunta que no supe contestar. Una señal nueva que se implantó por aquellos años y que no conocía… “Vehículo Longo”… no se me olvidará en la vida. Hoy son muchos los vehículos que circulan con esa señal e incluso nos “amenazan” (ya es una realidad en muchos sitios) con vehículos con “trailer”, es decir, como dos camiones en uno solo… más “longo” todavía…

Recuerdo la humillación de aquel suspenso (yo no estaba, ni estoy, acostumbrada a suspender un examen). Aprobé a la segunda y pude realizar mi práctica de examen con el coche con el que había aprendido a conducir. Tuve suerte… o lo hice bien… no sé. Pero aprobé. José Manuel me despidió con una gran sonrisa, como siempre.

Ya con mi gran “L” de práctica-primeriza, la primera vez que cogí el coche de mi padre, con él a mi lado, realizó todo el trayecto agarrando el freno de mano.

AlmaLeonor.

 

 

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EL BANQUETE DE TRIMALCIÓN

EL BANQUETE DE TRIMALCIÓN

“¿Qué pueden hacer las leyes donde solo el dinero reina, o donde pobreza ninguna puede vencer?
Los mismos que pasan el tiempo con el hatillo cínico, alguna vez por dineros vender las verdades suelen.
Luego el juicio nada es sino pública mercancía, y el caballero que preside en una causa, aprueba las compras.”

El Satiricón

Cayo Petronio Arbitro (circa año 60).

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ALMAS PARA EL RECUERDO: JIM THORPE (1888-1953)

ALMAS PARA EL RECUERDO: JIM THORPE (1888-1953)

Voy a empezar a escribir una serie de historias de personas que unas veces serán extraordinarias y otras a lo mejor no tanto, pero cuya vida pienso que merece ser contada. Por eso he pensado llamar esta serie de artículos ALMAS PARA EL RECUERDO. Voy a empezar por alguien cuya vida es más que extraordinaria, pero que se vio sumido en el más cruel de los ostracismos, el provocado por el racismo y la xenofobia.

Me dirán ustedes que son muchos los deportistas, hombres y mujeres, que se vieron eclipsados por una cuestión racista en algún momento. Es verdad. Muchos han sido discriminados a lo largo de la historia por una cuestión de sexo, raza, religión, origen y condición. Pero hoy vamos a contar la historia de uno de los más grandes, la historia de Jim Thorpe (1888-1953). Conozcámosle.

Jim nació un 28 de mayo en el seno de la nación india Sac y Fox en Oklahoma (EEUU). Su nombre en idioma kikapú, la de su tribu, era Wa-Tho-Huk (algo así como Sendero Luminoso), pero fue bautizado por su madre, que era católica, como Jacobus Franciscus Thorpe, Jim Thorpe. Sus padres eran ambos mestizos: su padre era hijo de irlandés y madre nativa Sac y Fox; y su madre hija de padre francés y madre nativa de los potawatoni. La vida de Thorpe no fue fácil con estas circunstancias, pero además, se vio bastante afectado por el fallecimiento de su hermano gemelo, Charlie, a los nueve años,  y el de sus padres, en diferentes momentos, varios años después. Cursando estudios en la Carlisle Indian Industrial School de Pensilvania (una escuela concebida para la “americanización” de los indios, modelo para otras muchas,  acusada de abusos y violencia en su día y que fue clausurada en 1918), inicia su carrera deportiva. Era el año de 1907.

Equipo de Fútbol de los Carlisle Indian en 1911, con Jim Thorpe (tercero por la derecha en la fila del medio)

En unos años se convirtió en un excelente atleta, además de competir con éxito en fútbol americano, béisbol, baloncesto, lacrosse, natación, hockey sobre hielo, boxeo, tenis, tiro con arco… Llegó incluso a ganar un campeonato de baile de salón en 1912. Era un superdotado. “Nadie va a derribar a Jim”, le dijo a su entrenador de entonces.

Ese año consigue clasificarse para las pruebas de Decatlón y Pentatlón, prueba esta que se incluía por primera vez en los Juegos Olímpicos que se celebrarían en Estocolmo (la prueba de Decatlón se instauró en Saint Louis 1904, pero en los siguientes Juegos de Londres 1908 no se celebró).

OLIMPIADAS DE ESTOCOLMO 1912

Thorpe fue considerado en estos Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912, el mejor atleta del mundo de su tiempo, tal y como se lo y así se lo dijo el propio rey Gustavo V de Suecia (1858-1950) cuando le colocó las dos medallas olímpicas de oro en Estocolmo 1912, ganadas en las pruebas de Pentatlón y Decatlón, disciplina ésta con la que estableció un récord olímpico de 8.413 puntos, que no sería sobrepasada en casi dos décadas.

Además, Thorpe, compitió en Suecia en Salto de Longitud y Salto de Altura. Sus logros son aún más sorprendentes si se tiene en cuenta que en estas competiciones tuvo que utilizar un par de zapatos y calcetines viejos (y dispares, un zapato era más grande que el otro y tuvo que utilizar varios calcetines en uno de sus pies) que encontró en un cubo de basura, pues alguien le había robado los suyos (posó así en las fotografías del evento olímpico).

Más tarde, jugó a nivel universitario y profesionalmente, a fútbol americano (entre 1920 y 1921, fue el primer presidente de la Asociación Profesional de Fútbol Americano, APFA, que al año siguiente sería renombrada como Liga Nacional de Fútbol Americano NFL), béisbol y baloncesto (jugó con varios equipos formados únicamente por indios americanos), obteniendo grandes triunfos en todas las disciplinas.

La vida deportiva de Jim Thorpe tampoco fue nada fácil, pese a sus logros. El Olimpismo de inicios del siglo XX era totalmente amateur, y eso significaba que únicamente quien dispusiera de recursos económicos podía participar en los Juegos (o realizando extremos sacrificios personales). Y esto era válido tanto para atletas como para países. Thorpe era un indio nativo norteamericano y sus éxitos no eran bien vistos ni por la exclusiva sociedad elitista del deporte internacional de entonces, ni por el racismo imperante en los EEUU.

Pasado un año de las Olimpiadas de Estocolmo, alguien descubrió que había cobrado unas dietas (cantidades míseras, unos 35 dólares por semana) por unos partidos de béisbol, algo prohibido por las normas amateurs del Olimpismo, y fue desposeído de sus medallas. Sin embargo, se llegó a aducir que fue un caso de racismo por el origen étnico de Thorpe.

OCASO Y RECUPERACIÓN DE UNA ESTRELLA

Desdichadamente no fue el único caso de racismo ocurrido en un evento olímpico. Se tiene por los juegos más racistas de la historia del olimpismo los celebrados en  St. Louis (EEUU) en 1904, donde se celebraron pruebas paralelas y hasta un desfile dedicado a “razas inferiores” (en el Anthropological Day), para los que se reclutó, sin ningún criterio deportivo ni nacional, participantes buscados entre los miembros de los stand de la Exposición Universal que se estaba celebrando en la misma ciudad, entre ellos, indios de varias tribus, como sioux o cocopas mexicanos, sudafricanos, sirios, zulúes, pigmeos, filipinos y gentes de varias otras nacionalidades asiáticas y de medio-oriente.

En las Olimpiadas de Tokio de 1964, otro indio nativo norteamericano obtuvo una medalla de oro y un reconocimiento internacional. Fue en la prueba de los 10.000 m donde resultó ganador William Mervin “Billy” Mills (n.1938), conocido en su tribu (los Oglala Lakota de la reserva india de Pine Ridge) como Makata Taka Hela, convirtiéndose así en el segundo indio nativo americano después de  Jim Thorpe, en conseguir una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos. Ningún estadounidense había ganado nunca esta prueba olímpica, ni volverá a suceder un logro así hasta Londres 2012 (donde ganó  Galen Rupp). Mills participó también en la Maratón quedando en el puesto 14. En 1983 la película Running Brave (de D.S. Everett) protagonizada por Robby Benson recrea su vida.

Pero el agravio hacia uno de los más grandes deportistas del siglo XX será recordado por siempre. Su grandeza deportiva le sitúa hoy junto a deportistas de la talla de Muhammad Ali, Babe Ruth, Jesse Owens, Wayne Gretzky, Jack Nicklaus, y Michael Jordan. Pero no llegó a ser reconocido como tal en vida. La humillación que sufrió Thorpe no fue reparada hasta pasados 30 años de su muerte, cuando en 1983, el COI, presidido entonces por Juan Antonio Samaranch, restituyó su nombre haciendo entrega de dos medallas de oro a sus descendientes. En realidad no fueron “sus” medallas, ya que aquellas fueron robadas del Museo Olímpico y nunca se hallaron.

Numerosas estatuas, placas y reconocimientos figuran desde entonces en todo el mundo en su honor. Una ciudad en Pennsylvannia fue renombrada con su nombre y el presidente Richard Nixón declaró el día 16 de abril de 1973 como el día de Jim Thorpe para reivindicar su nombre y su legado.  Todo ello, en realidad, demasiado tarde para él.

Desde el fin de su carrera deportiva, a los 41 años, vivió ejerciendo trabajos dispares, incluso como extra de cine, y murió sumido en el alcoholismo, el olvido y la pobreza a los 65 años, sin dejar de reivindicar siempre la validez de sus triunfos olímpicos. Toda la historia de su vida fue recreada en el cine en 1952 (un año antes de su muerte) con la película Jim Thorpe. All-american, dirigida por Michael Curtiz e interpretada (magníficamente) por Burt Lancaster.

Para ampliar todos los datos sobre los Juegos Olímpicos remito a los artículos que sobre ellos ya publiqué en HELICON, hace unos meses, empezando por el artículo TIEMPO DE OLIMPIADAS (I), desde donde se puede acceder a los siguientes.

AlmaLeonor.

 

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MICROALMERÍA

MICROALMERÍA

Me es muy grato anunciar que este microrelato mio ha sido incluido en el libro MICROALMERÍA, de la editorial Círculo Rojo, una antología que recopila microtextos y composiciones poéticas seleccionadas en el certamen MicroAlmería, y en el que participan más de 150 autores ofreciendo su particular visión de esta tierra almeriense. Puede ser adquirido en la misma editorial (pinchar aquí). ¡¡Muchas gracias por aceptar mi microrelato!!

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FRASES CON IMÁGENES (X)

FRASES CON IMÁGENES (X)

“Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él.”

 Tzvetan Todorov

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UNIVERSO AZUL

UNIVERSO AZUL

Fotografía de la Tierra desde el Apollo 8, en la órbita lunar, titulada “Earthrise” (Amanecer terrestre), tomada la víspera de Navidad de 1968

En febrero de 1990, una fotografía de la tierra tomada por la sonda espacial Voyager 1 desde Plutón (a unos 6.050 millones de km de distancia), fue titulada por Carl Sagan como “Un punto azul pálido”, haciendo referencia al color azul con el que nuestro planeta se distinguía, solitario, en la negrura inmensa del espacio. Tal vez por haber sido tomada la imagen un 14 de febrero, el epíteto adolece de un cierto romanticismo, pero lo cierto es que el color azul también es poéticamente visible desde la superficie terrestre, por ejemplo, cuando miramos hacia la profundidad de un lago o cuando alzamos la vista al cielo.

Ese efecto celeste está causado por lo que se ha dado en llamar “dispersión de Rayleigh”,  la difracción de la luz solar sobre la capa de aire concentrado sobre nuestras cabezas, que llega a alcanzar más de 10 km. de grosor, y que ofrece ese tono al ser oprimido por la fuerza de la gravedad. Es decir, que la forma en la que la luz del sol esparce las moléculas en la atmósfera, hace que esta se vea de color azul. La Tierra, bautizada como el planeta azul, tanto por este efecto solar como por la gran cantidad de superficie hidrológica del planeta, contrasta así con los “colores” con los que identificamos otros astros, como por ejemplo, el rojo de Marte o el amarillo del Sol. Todo ello evidencia que el ser humano es un animal icónico por naturaleza. Desde lo más remoto de los tiempos, siempre ha necesitado y utilizado los colores para identificar desde cosas como el agua o el cielo, a estados de ánimo. El color azul concretamente, es uno de los tonos primarios que se asocia a los “colores fríos” y aunque transmite serenidad y confianza, conforme va aumentando de intensidad y exposición, se considera que puede causar desde tristeza y fatiga, hasta soledad y depresión. No en vano, el Blues, el género musical de orígenes africanos nacido en los campos de algodón entre las comunidades esclavas afroamericanas del sur de los Estados Unidos a principios del siglo XX, equivale a melancolía o tristeza. Y ya lo repetía Roberto Carlos… El gato que está triste y azul….

Este es un artículo sobre el color Azul, el “rizo del rey”, según el sánscrito, idioma del que parece que proviene la palabra azul, que es con la que hoy designamos una de las gamas de color más utilizadas y significativas de la historia.

Seguramente quien lea este artículo está utilizando un medio que se identifica con el color azul, como Facebook, ya que es un color muy utilizado por las empresas en general como marca corporativa. Por ejemplo, también lo utiliza Twitter y azul es también el color con el que se conocen los logos de Instituciones multinacionales como las Naciones Unidas (las fuerzas de intervención de paz de la ONU se denominan “cascos azules” y utilizan este color) o la Unión Europea (también Europa está representada por el anillo azul en la Bandera Olímpica). Y no solo es una cuestión de gustos. Está perfectamente estudiado que el azul, además de ser uno de los colores que más elegancia transmite a través de una fotografía o una pantalla de televisión, denota confianza y transparencia. Tal vez por la necesidad perentoria de aparentar contar con esos valores, es un color que tradicionalmente ha sido adoptado también por los partidos políticos del espectro neoliberal o de derechas (en contraposición al rojo de los partidos de izquierda).

Windows utiliza este color en sus “ventanas”, aunque para ser totalmente sinceros, la pantalla azul (BSoD) de Windows es conocida como “pantalla azul de la muerte” porque si aparece en un ordenador significa que ha ocurrido un grave problema en su sistema interno o una significativa y problemática infección por un virus informático letal. Otras fórmulas que se relacionan trágicamente con el color azul son, por ejemplo, la expresión inglesa “deep blue sea”, o profundo mar azul, un concepto tenebroso que utilizan en la frase “it is caught between the devil and the deep blue sea”, que puede traducirse por nuestro “estar entre la espada y la pared” (también es el título de dos películas de cine y de, al menos, un álbum musical). La expresión “blue devils”, diablos azules, es un epíteto utilizado ya desde el siglo XVI para referirse a la tristeza y el abatimiento, pero se ha venido popularizando en ciertos países sudamericanos (como Perú) en un estado de alcoholismo tal que puede producir desde alucinaciones hasta agresividad consigo mismo y con otras personas. Los Diablos Azules, también es el nombre de un cómic belga sobre la Primera Guerra Mundial, que originalmente se editó en blanco y negro en la revista Spirou en los años 80 (se ha reeditado recientemente) y hoy el nombre de una revista sobre libros del diario InfoLibre. Y hablando de guerra, la División Azul fue una división de infantería española de voluntarios que lucharon junto a las tropas nazis de Hitler en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Por último, un macabro giro del tono azul está circulando últimamente por la red en forma de “ballena azul” incitando a los jóvenes que se unen en la red a la realización de peligrosas pruebas que suelen terminar en suicidio (un posible reciente caso en Barcelona ha puesto en alerta todas las alarmas en España).

El azul es un color que reconocemos bien en la actualidad: algunos veranearán este año en la Costa Azul; hemos leído el cuento de Perrault sobre el temible Barbazul; seguramente bailamos el Blue Velvet popularizado por Bobby Vinton en 1963 o nos deleitamos con la película del mismo título de David Lynch del 86; algunos han crecido viendo la serie de televisión de los azules Pitufos; o utilizamos Bluetooth en nuestro móvil (cómo saben, el nombre procede del rey noruego Harald Gormsson, del siglo X, apodado Blåtand o “diente azul”, que hacía referencia, en realidad, a sus dientes negros por la caries). Pero según cuenta Michel Pastoureau en su libro “Azul. Historia de un color”, éste no aparece en la antigüedad, sino que hay que esperar hasta la Edad Media para que sea significativo. Ni siquiera está claro que los antiguos supiesen como denominarlo ya que, dice el autor, no aparece ni en el griego ni en el latín clásico, y ni siquiera es un color presente en el arte rupestre. No existía ¿Es esto posible?

Pintura en la cueva francesa de Lascaux

Juan Luis Arsuaga defiende en sus libros que los primeros habitantes humanos de nuestro planeta se identificaban plenamente con el mundo que les rodeaba. Por eso sus herramientas estaban elaboradas a partir de los elementos que encontraban allí donde se encontraban y su incipiente lenguaje debió ser igualmente un reflejo, quizá monosílabo, de aquello que les era más familiar y próximo. En las pinturas rupestres no se ha encontrado ningún pigmento azul, eso es cierto. O para ser más exactos, no nos ha llegado ningún ejemplo de su posible uso, pero no sería extraño que no lo conociesen. Los pigmentos más utilizados en las pinturas de las cuevas europeas derivan de elementos muy presentes en la naturaleza, como la hematita, la arcilla, el óxido de manganeso, o el carbón vegetal, que mezclados con un aglutinante (normalmente grasa), servirían para crear tonalidades amarillas, ocres, rojas o negras. Eso es prácticamente todo lo que conocemos de aquellas maravillosas pinturas que iluminaron las cuevas prehistóricas, pero lo que usaron y como lo hicieron, no nos informa de cómo denominaban (o si lo hacían) aquellos primeros hombres ni estos colores, ni aquellos que no eran capaces de reproducir en un pigmento. No nombrarlos no significa que podamos afirmar taxativamente que no los conocieran.

La palabra que utilizamos hoy para referirnos al color azul tiene un origen persa o sánscrito desde donde derivaría una versión árabe hispana, lazawárd, que es la que finalmente terminamos por transformar en “azul”. Pero aunque no exista un equivalente en griego o latín para ese color, sí que se conocen palabras con las que los antiguos le identificaban. Curiosamente, fórmulas mucho más amplias que un simple “azul”, ya que se sabe que utilizaban denominaciones diferentes para variaciones de ese color. Por ejemplo, el lexema cian o ciano, del griego kýanos (que a su vez puede identificarse en la raíz hitita kuwan, “azurita”), equivale al azul oscuro, y el término griego glaukos designaba al azul claro (cierto es que también podían referirse a todos los colores oscuros o claros respectivamente). El latín (romano y medieval) contaba con numerosas formas de adjetivar el color azul, y todas ellas tenían su propio significado, aunque no siempre unívoco: aerius, caeruleus, caesius, cyaneus, ferreus, glaucus, lividus, venetus… Ya en el italiano moderno, el color celeste se denomina azzurro, y es considerado un color diferente al azul (también sucede en el portugués y en el ruso). En Rusia y en otros países, el azul (celeste, en realidad) es uno de los colores denominados “paneslavos” (junto al blanco y el rojo) y está presente en muchas banderas de provincias, regiones y estados eslavos, como un símbolo de pertenencia a una misma identidad cultural (koiné). Esta identidad fue creada hacia la mitad del siglo XIX, inspirada por los colores de la Revolución francesa (la estructura tricolor fue uno de los iconos revolucionarios en toda Europa). La excepción es Bulgaria que sustituye el azul por el verde, lo que resulta curioso porque no es el único país que lo hace. Los japoneses también identifican el verde (midori) como un tono del azul (ao), lo que no es extraño si nos fijamos en que el agua unas veces se ve azul y otras verdosa (sobre todo la del mar), y Japón es un conjunto de islas. Curiosamente de nuevo, también Irlanda utiliza el color azul (en heráldica, azur) para iluminar el fondo de su escudo, referido a su santo patrón, San Patricio, que hoy es ampliamente identificado con el color verde.

¿Significa todo esto que en la antigüedad no se conocía el color azul, o que lo conocían mucho mejor que nosotros y se negaban a agrupar todos los tonos existentes en una sola denominación?

En el antiguo Egipto, el color azul (con dos denominaciones: irtyw y ḫsbḏ) identificaba, como es lógico, el cielo y el agua, pero se entendía también como una extensión a los dioses (en tanto que moradores del cielo) y a la creación (en tanto que “inundación” primigenia, recodemos que Egipto se vinculaba mucho con las crecidas del Nilo). Por lo tanto, el azul era para ellos un importante símbolo de vida y renacimiento y fue el color utilizado para iluminar el rostro de  Amón-Ra. Para elaborarlo contaban con la malaquita y la azurita de las minas del Sinaí, el problema era que la azurita es muy poco consistente y tiende a desaparecer y/o convertirse en verde. Los egipcios terminaron por desarrollar lo que es considerado el primer pigmento artificial de la historia, el Azul Egipcio, resultado de sintetizar los minerales de azurita con el natrón. El antecedente más antiguo de su utilización data de hace 5000 años, aunque es más probable su generalización unos 500 años más tarde, hacia la Dinastía IV. Los talleres de Tell el-Amarna producían el Azul Egipcio que decoraba sarcófagos, cerámicas y estatuas de caliza, como el famoso busto de la reina Nefertiti (Dinastía XVIII), mientras que el lapislázuli (que no utilizaban como pigmento) tenía que ser caramente importado (por ejemplo, desde Afganistan). Se han encontrado ejemplos de la utilización del Azul Egipcio en objetos griegos y romanos, aunque con el fin del Imperio terminó por decaer.

El colo azul del Lapislázuli era conocido también en Babilonia, donde su famosa Puerta de Ishtar, una de las ocho puertas monumentales de la muralla interior que daba acceso al Templo de Marduk, estaba elaborada con teselas de cerámica vidriada, la mayoría de color azul de ese material. Fue construida en el año 575 a.C. por Nabucodonosor II, y descubiertos sus restos en las campañas arqueológicas llevadas a cabo por alemanes entre 1902 y 1914. Hoy pueden verse partes en el Museo de Pérgamo de Berlín, en el Museo Arqueológico de Estambul o en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, por poner algunos ejemplos, pero también existe una replica construida en Irak sobre el antiguo emplazamiento de la original (lamentablemente con la conflictividad de la zona, hoy esta dentro de las instalaciones permanentes del ejercito estadounidense en Irak).

Se sabe que en el Imperio romano, las carreras de carros y caballos, que gozaban de gran entusiasmo entre el público y los emperadores, se patrocinaban con facciones que eran identificadas con colores. Su auge fue durante el imperio de Nerón, pero se utilizaban ya desde antes, según los estudios. Estas facciones se identificaban con los colores blanco, rojo, verde y azul, si bien parece que originariamente solamente se contaba con dos facciones, los Blancos, consagrados al invierno y los Rojos, consagrados al verano. Con el tiempo fueron aumentando y en el siglo III los Rojos se consagran a Marte (como decía antes, hoy se sigue identificando como “el planeta rojo”), los Verdes a la tierra y a la primavera, y los Azules, al cielo, al mar y al otoño (esta última identificación es un tanto extraña, pero supongo que sería por completar las estaciones del año). Según Tertuliano (De spectaculis 9.5),  para ese siglo III tan solo los Azules y los Verdes (los favoritos de Nerón, Calígula y Cómodo) eran facciones de importancia.

La maravillosa Mezquita Azul de Estambul o mezquita del Sultán Ahmed I, fue construida entre los años 1609-1617, por el arquitecto Sedefkar Mehmet Ağa (1540 – 1617), discípulo del famoso Mimar Sinan. La serena belleza de su exterior contrasta con la suntuosidad y magnificencia de su interior, donde destaca la profusión de mosaicos de Iznik (la antigua Nicea), famosos por su coloración azul. Cada pilar del interior está revestido con más de 20.000 azulejos de cerámica hechos a mano.

Así que, es fácil considerar que el color azul existía efectivamente en la antigüedad, era conocido en amplio espectro, y además, gozaba de gran consideración. Otra cosa es la apreciación subjetiva que de ese color disfrutaban en cada momento histórico, o la que seamos capaces de reconocer en el presente.

El poeta, dramaturgo y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) ya estudió en su momento la forma subjetiva del color, es decir, la forma en la que apreciamos los colores y como nos sentimos al hacerlo. Llegó a la conclusión de que el color es una sensación más que una certeza derivada de la intensidad lumínica física. Así, dependiendo de donde nos situemos en el mundo o en la historia, podemos entender el negro como un tono agorero y el blanco como un color de virginidad, o al revés, el blanco como un color de muerte (en algunas culturas es el color de la mortaja y del luto) y el negro como un color divino (es el color del manto sagrado que cubre la Kaaba, negra a su vez, de la Meca, y uno de los colores principales del panarabismo). Los diferentes usos que le hemos otorgado a los colores a lo largo de la historia, son lo que han hecho de esos colores lo que hoy entendemos por ellos. Para los musulmanes, el color más importante es el verde, que era el color del manto (o turbante) de Mahoma. Para los cristianos, el color más importante puede ser el blanco, relacionado con la pureza, santidad y luz de justicia (según GEN 30:35), pero el azul está habitualmente vinculado al Espíritu Santo y a la revelación divina y así, se utiliza un manto azul para cubrir desde el Pantocrátor a la Virgen María. Hay quien dice que en la Biblia no se hace referencia al color azul, pero si que se pueden encontrar algunas descripciones de ese tono, por ejemplo, en los capítulos 28 y 39 del libro bíblico del Éxodo donde se detallan las prendas de vestir del sumo sacerdote de Israel: “una vestidura azul sin mangas”. El tinte azul es mencionado también en Números (15:38-40) cuando dice que para recordar a los israelitas su especial relación con Dios, debían “poner una cuerdecita azul más arriba de la orilla con flecos” de sus vestiduras. La palabra hebrea para el color azul (una variedad concreta de azul) es tekjéleth.

Aunque en la Edad Media los sacerdotes utilizaban ropajes azulados (se elaboraba el tinte mezclandolo con alcohol y orina ), desde el siglo XVI se exige una indumentaria acorde con los preceptos del Código Canónico (actualmente rige el actualizado por Juan Pablo II en 1983), y el color azul claro no está permitido. Solamente puede utilizarse para ciertos ropajes el color azul muy oscuro, casi negro, y únicamente se autoriza, por privilegio especial, un color azul claro en ciertos elementos ceremoniales en España por la festividad de la Inmaculada Concepción.

Antiguamente, los chinos identificaban los puntos cardinales con los colores, siendo el azul identificado con el este (donde estaba el océano), el sur el rojo, el oeste el blanco y el norte el negro. Platón entendía que para apreciar un color intervenían tres elementos que tenían que ver con la luz: la que emanaba del objeto, la que emanaba de nuestros ojos y la que incidía sobre ambos. Aristóteles consideraba que todos los colores partían de la transparencia de los objetos (entre la máxima o blanco y la mínima o negro) y como ésta se relacionaba con cuatro ideas primarias de color: tierra, fuego, agua y cielo. Según estos preceptos, Leonardo da Vinci establece en el siglo XV que el color blanco es el color primigenio a través del cual se pueden apreciar los demás: el amarillo de la tierra, el verde del agua, el azul del cielo, el rojo del fuego y el negro de la oscuridad o total ausencia de color y luz.

Desde el siglo XII encontramos que el color azul “del cielo”, según Da Vinci, se torna emblema de la realeza (junto al dorado), no solo por la popularidad de la expresión “sangre azul” (derivada de la palidez de la piel de la gente aristocrática y noble que no trabajaba el campo, y donde se transparentaba el color azul de sus venas), sino porque es en este siglo cuando los reyes franceses capetos empezaron a emplear el color azul para el fondo de campo de sus escudos heráldicos. Luis XIV de Francia lo adopta en sus emblemas reales junto a la flor de Lys (en oro) que también aparecía en el escudo francés, hasta que finalmente, en 1791 se incorpora a la bandera de la República francesa (el azul y el rojo eran los colores emblema de París). El que terminó por ser conocido como el Azul Francia (bleu de France), en varias y diferentes tonalidades, se asocia desde entonces a los reyes Borbones franceses por excelencia (a Francia por extensión), y también a la rama borbónica española (recuérdese lo que contaba sobre el color “Azul Cristina” en el artículo sobre LOS PUSSYHATS en Anatomía de la Historia).

Hoy, los colores han trascendido sus significados primigenios, aunque en algunos casos sigan manteniendo cierta comunión con sus orígenes. Por ejemplo, diferenciamos entre pescado azul y pescado blanco, sin que exista una relación de causalidad entre sus propiedades y el color, pero el Azul Francia sigue siendo el color que identifica el país galo en muchas imágenes icónicas que ya no tienen nada que ver con la realeza, por ejemplo, en las carrocerías de los coches de carreras. Mientras, el azzurro italiano (recordemos, un azul celeste) se ha sustituido por el Rosso Corsa que Italia luce en sus competiciones (automovilísticas y otras, como el ciclismo, donde la maglia rosa, es el maillot del campeón), y el verde (recordemos, un diferente tono de azul para algunas culturas, y una curiosa equivalencia con el color del San Patricio irlandés), llamado British Racing Green, es el color del Reino Unido en las competiciones automovilísticas. Y así podríamos seguir encontrando relaciones en la largar lista de colores, equipos y países en varios deportes. Por finalizar el tema: en Francia el ciclismo se identifica con el maillot amarillo; en Alemania los coches de carreras son Silberpfeile (flechas plateadas, una curiosidad debida al piloto Manfred von Brauchitsch, quien levantó toda la pintura blanca de su bólido en 1934 para lograr el peso permitido); los Diablos Azules (que mencionábamos antes con otra acepción) son los equipos deportivos de la Universidad Duke en Durham (Carolina del Norte) en los EEUU; en España, todos sabemos identificar al equipo Blaugrana; y Argentina  luce el Albiceleste en su equipación nacional.

El azul sigue produciendo nuevas e interesantes versiones, por ejemplo, en medicina, como el Azul de Metileno, el de Isosulfan o el de Toluidina, colorante con utilizaciones médicas variadas. Pero desde aproximadamente el 2000 a.C. en la India y desde el 1580 a.C. en Egipto, se conoce un tipo de tinte azul proveniente de plantas del género Indigofera: el añil, que proviene de la Indigofera suffruticosa; y el índigo, que se extrae a partir de la Indigofera tinctoria. En ambientes más fríos se desarrolló otro tipo de planta con la que también se elaboraba tinte y pigmento azul, el glasto, provenientes de la planta Isatis tinctoria. Con estos tintes se cubría, en Génova (Italia) primero y en Nimes (Francia) después, un tipo de tela muy resistente con la que se elaboraban pantalones especiales para el trabajo duro. Estos pantalones acabarán siendo denominados Blue Jeans cuando en 1873 son patentados en los EEUU por Jacob Davis y Levi Strauss. Todos sabemos la gran fama y popularidad que este tipo de pantalones, que nosotros llamamos “pantalones vaqueros” (fueron los vaqueros del oeste americano quienes los utilizaron masivamente), llegaron a adquirir en la historia y de la que siguen gozando en nuestros días.

La producción tintórea artificial mejoró muchísimo en el siglo XIX con químicos como Adolf von Baeyer (1835-1917) quien obtuvo la primera síntesis de índigo artificial en 1880, trabajo que le valió el Premio Nobel de química en 1905. Este tipo de investigaciones perfeccionaron los pigmentantes sintéticos que ya se habían desarrollado anteriormente, como el que accidentalmente había descubierto casi un siglo antes, en 1704 en Berlín, el químico alemán Heinrich Diesbach, el Berliner Blau. Este colorante fue popularizado con el nombre de Azul Prusia, porque  se usó en un principio para tintar los uniformes militares prusianos. Más tarde, fue un tipo de azul frecuentemente utilizado para copiar planos y que en España adoptó el nombre de cianotipo.

Vincent van Gogh (1853-1890) utilizó el Azul Prusia para su pintura “La noche estrellada”, y “La gran ola de Kanagawa”, de Katsushika Hokusai (1760-1849), también cuenta profusamente con este color. En azul pintaron algunas de sus mejores obras artistas como Pablo Picasso (1881-1973), dando nombre hasta un periodo de la obra del genial pintor malagueño, el periodo azul, que desarrolló entre 1901 y 1904. Curiosamente, este periodo picassiano surge en el artista de la tristeza y el sufrimiento en el que se suma tras el suicidio de su amigo, el pintor y poeta Carles Casagemas (1880-1901). Otro movimiento pictórico que utilizó este nombre y color fue el Der Blaue Reiter (El Jinete Azul) el movimiento expresionista que fundaron artistas de la talla de Vasili Kandinski y Franz Marc en Múnich entre 1911 y 1913. El neodadaista, Yves Klein (1928-1962), hizo del color azul su tono fetiche para la creación de sus obras y performances (le gustaba lo monocromático y experimento primero con el pan de oro), entendiendo el azul como símbolo más que como sustancia primordial del arte. A él se debe el tono conocido como Azul Klein, desarrollado a partir del cielo azul de su ciudad natal, Niza (Francia), e inspirado por los frescos azules de Giotto en Asís (Italia). Y en un espectro totalmente diferente, un perro azul fue la obra que lanzó a la fama al pintor estadounidense de Louisiana (EEUU), George Rodrigue (1944-2013). El perro azul es la actualización del Loup-Garou, un ser mitológico relacionado con el perro-lobo Cajún de la tradición sureña. Rodrigue transformó su obra en un icono de pop internacional.

Finalmente, no cabe duda de que es la moda la que más ha contribuido a elevar a la enésima potencia la variedad de colores de la tabla cromática. En lo que respecta al color azul, Carmen de Burgos (1867-1932), llamada Colombine, ya explicaba esta paradoja:

“La Moda es también una pintora excesivamente colorista. Así define ese azul que no se parece a ningún otro azul ‘color azul viejo’, y ese otro azul distinto ‘azul rey’, y ese otro azul ‘azul pastel’, y ese azul hijo de la actualidad ‘azul Joffre’, a un azul profundo y luminoso ‘azul horizonte’ y a un azul elegante y evocador ‘azul Nattier’”.

Jean-Marc Nattier (1685-1766), fue un pintor francés, hijo de pintores (tanto su madre como su padre lo eran) que popularizó un particular color azul en sus cuadros, que fue utilizado profusamente en el arte del siglo XIX, influyendo en la moda y viceversa. El color azul pasó poco a poco de ser una exclusividad de la realeza a ser un tono de corriente uso burgués. La transformación de la anilina como potente colorante contribuyó poderosamente a ello. La anilina fue aislada por primera vez en 1826 por Otto Unverdorben por destilación destructiva del índigo, y la llamó crystallin. En 1834, Friedlieb Runge aisló una sustancia que se volvió de color azul y la nombró cyanol. En 1840, Carl Julius Fritzsche trató el índigo con potasa cáustica y obtuvo un aceite que llamó aniline, a partir de la misma planta de la que se extrae el índigo y que ya mencionamos antes. En 1842, Nikolay Nikolaevich Zinin obtuvo una base que llamó benzidam, y finalmente, en 1843, August Wilhelm von Hofmann  (1818-1892) sintetizó estas sustancias (que consideraba la misma en todos los casos) creando la que desde entonces se conoce como anilina. El mundo de la moda ya no volvió a ser el mismo.

Hoy, el color azul, es posiblemente el color favorito del mundo y el que protagoniza HELICON, todos los 30 de cada mes.

AlmaLeonor

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LA MURALLA

LA MURALLA

“He aquí por donde escapa la energía del mundo. ¡Cuán irracional! ¡Cuán inútil!  (…) La muralla no sirve solo para defenderse. Al tiempo que protege de la amenaza que acecha desde el exterior permite controlar lo que sucede en el interior (…) Así que la muralla es a la vez escudo y trampa, mampara y jaula. Su peor característica consiste en que engendra en mucha gente la actitud de defensor de la muralla, crea una manera de pensar en la que todo está atravesado por esa muralla que divide el mundo en malo e inferior: el de fuera, y bueno y superior: el de dentro. Por añadidura, ni siquiera hace falta que ese defensor esté físicamente presente junto a la muralla, puede permanecer bien lejos de ella, pero basta que lleve dentro su imagen y obedezca las reglas que su lógica impone”.

Ryszard Kapuscinski, Viajes con Heródoto

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FRASES CON IMÁGENES (IX)

FRASES CON IMÁGENES (IX)

“El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.”
Émile Cioran.

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ELBA Y SANTA ELENA

ELBA Y SANTA ELENA

EXISTE UNA GRAN DIFERENCIA ENTRE ELBA Y SANTA ELENA. Porque todos sabemos cuál es la similitud, además de que ambas son un pequeño territorio insular. Tanto Elba como Santa Elena albergaron en algún momento de su vida, más concretamente en alguno de sus peores momentos, a Napoleón Bonaparte (1769-1821), general, Primer Cónsul, rey y emperador de Francia, una de las figuras más destacadas de la historia.

Entre ellas existen también importantes diferencias. Además de las territoriales (Elba está situada en el mar Tirreno y Santa Elena en el océano Atlántico), y las políticas (Santa Elena pertenece al Reino Unido y Elba a Italia), existe una diferencia sustancial. Pero para conocerla mejor y en toda su magnitud, primero hemos de conocer su historia.

Santa Elena es una remotísima isla del  océano Atlántico, situada a más de 1.800 km. de distancia de la costa occidental de Angola, en el continente africano, aunque administrativamente pertenece al Reino Unido (forma parte del territorio británico de ultramar, junto a las islas de Ascensión y Tristán de Acuña).

Este pequeño territorio insular fue descubierto en 1502 por el gallego João da Nova (1460-1509), un intrépido navegante al servicio de la corona portuguesa, quien le puso el nombre de Santa Elena de Constantinopla, la madre de Constantino. Juan de Nova, por cierto, es también el nombre de otra isla descubierta por él en 1501, situada entre Madagascar y el continente africano, que durante muchos años (desde 1897) fue un territorio francés dedicado a la explotación del guano (fosfato), hasta que fue abandonada hacia los años setenta. João da Nova, que fue nombrado Alcalde Menor de Lisboa en 1496 por el mismísimo rey Manuel I de Portugal, realizó durante toda su vida numerosos viajes intercontinentales, visitando la India en varias ocasiones. Conquistó  Mombasa (en Kenia) para Portugal y viajó hasta Cochín (actual Kerala) donde enfermó. Llegó hasta la isla hoy llamada de Juan Novoa, donde se recuperó y esperó refuerzos para emprender la conquista de Cochín, donde falleció en 1509.

Consta en los registros que Novoa llegó a la Isla de Santa Elena el 21 de mayo de 1502, pero nunca sospechó el destino que aquel pequeño y alejado territorio insular iba a tener en la historia: servir de cárcel y destierro de Napoleón Bonaparte. O tal vez sí, porque ya en 1513, Santa Elena se convirtió en el islote-prisión de su primer habitante europeo, el portugués Fernando López, condenado por traición por el poderoso Alfonso de Albuquerque (1453-1515). López falleció en la isla en 1530.

Los ingleses la conocen en 1588, pero pese a las visitas de varios navegantes británicos, la isla no es colonizada hasta la llegada de neerlandeses en 1645, quienes terminan por transferir el territorio a la Compañía Británica de las Indias Orientales. Es ahora cuando se construye un fuerte y se instala un destacamento permanente, que con el tiempo sirvió como lugar de tránsito en el comercio de esclavos. En 1810 era el punto desde donde se “exportaban” chinos de Cantón al continente europeo y a América. Con la construcción del Canal de Suez en 1869, Santa Elena prosperó económicamente, y su posición estratégica sería cada vez más importante para el poderoso Imperio Británico.

Pero antes de ese momento, también había sido, de nuevo, prisión militar. Fue allí donde, en 1815, se terminó por desterrar a Napoleón Bonaparte, siendo su prisión insular hasta su muerte el 5 de mayo de 1821. Años más tarde, durante la guerra de los Bóers, también fue el lugar escogido por Inglaterra para servir de prisión al general Piet Arnoldus Cronjé (1836-1911), líder de los ejércitos de la República de Sudáfrica, así como algunos otros militares y jefes zulúes, incluyendo el carismático, Dinuzulu kaCetshwayo (1868-1913), último rey zulú. Cronjé permaneció en Santa Elena hasta 1902 y Dinuzulu hasta 1910.

Por su parte, la isla de Elba y el resto de las islas tirrénicas  que forman el Archipiélago Toscano (Giglio, Capraia, Giannutri, Gorgona, Montecristo y Pianosa), a unos 20 km. de la costa italiana, surgieron, según el mito, de las perlas esparcidas por la diadema de Venus cuando se rompió al emerger la diosa del mar Tirreno. Desde entonces, se la han disputado varios pueblos, desde griegos, etruscos, cartagineses y romanos en la antigüedad a, mucho más tarde, napolitanos, franceses y españoles, que son quienes terminaron por hacerse con el control militar del territorio insular durante los siglos XVII y XVIII, fortificando el puerto de Capoliveri, de gran importancia en la Guerra de Sucesión española. Finalmente acabó en manos francesas.

Pero lo que a lo mejor poca gente conoce es que la Isla de Elba se convirtió durante un tiempo en un territorio independiente, una Micronación, para ser más exactos, la primera Micronación reconocida de la historia.

Hoy, tal y como contamos en varios artículos de HELICON, existe una larga lista de Micronaciones, más o menos reales, que tienen en la Isla de Elba su primer precedente histórico. En 1814, en virtud del Tratado de Fontainebleau (del 11 de abril, artículos III y VII), dentro del conflicto llamado las Guerras Napoleónicas, entre el Primer Imperio francés y las fuerzas de la Sexta Coalición (Austria, Rusia y Prusia), Napoleón renuncia a la posesión de todos sus dominios excepto uno: la Isla de Elba, que queda conformada desde ese momento como un Estado, más concretamente, un Principado.

Así, el Principado de Elba, en el que convivieron con Napoleón unas 400 personas voluntarias asignadas a su servicio y protección, se inaugura el 20 de abril, cuando Napoleón salió de Francia para tomar posesión de su nuevo dominio, en realidad, un exilio forzado en una Micronación de efímera duración. Allí, Napoleón creó su propia y nueva bandera nacional, de fondo blanco cruzada por una franja diagonal roja con abejas amarillas. Recordemos que las abejas eran el símbolo personal de los Bonaparte (el emblema imperial francés fue el águila de una cabeza con las alas desplegadas) y que Napoleón las lució igualmente (eran de oro) en el manto que llevaba puesto el día de su coronación como emperador el 2 de diciembre de 1804. También estaban bordadas en la alfombra que decoró el evento tal y como puede apreciarse en algunos cuadros de la época, como en este François Pascal Simon, barón Gérard (1770-1837).

Las abejas fueron elegidas por el monarca como un símbolo de unión del pasado (la dinastía franca de los Merovingios, uno de cuyos reyes, Childerico I, fue enterrado con abejas doradas en Tournai, Bélgica), con el futuro que él pensaba construir.  Al parecer el diseño de las pequeñas abejas doradas, fue obra del dibujante y grabador Dominique Vivant, barón de Denon (1747-1825), gran amigo de Napoleón a quien acompañó en muchas de sus campañas, realizando dibujos y ejerciendo la diplomacia. Denon fue el primer director del Musée Central de la République, que con el tiempo se convertiría en el Museo del Louvre.

Los Bonaparte fueron muy dados a establecer lazos simbólicos con el pasado (el que ellos querían, claro, porque Napoleón, por ejemplo, quiso alejarse de todo lo que recordara a los capetos), y así, Napoleón III revalorizó la imagen del caudillo galo Vercingetorix (c.80 a.C.-46 a.C.), a quien una obra de 1828 (Histoire des Gaulois depuis les temps les plus reculés, de Amédée Thierry) redescubrió para la historia francesa. En 1865, Napoleón III encargó la construcción de una monumental estatua de siete metros de alto en su honor, que fue colocada en lugar donde, se suponía, tuvo lugar la batalla de Alesia. En el pedestal de aquella estatua, diseñado por el famoso arquitecto Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879), hizo colocar el siguiente mensaje al mundo: La Galia unida, la formación de una nación, animados por el mismo espíritu, puede desafiar el Universo. En 1884, la Enciclopedia Francesa Lavisse, decía de Vercingetorix que “fue el primer héroe de nuestra historia”.

Pero volvamos a Napoleón Bonaparte. Permaneció en su exilio en la isla de Elba hasta el 26 de febrero del año 1815, cuando emprendió rumbo a París dando comienzo el llamado Periodo de los Cien Días de su gobierno francés. La batalla de Waterloo el 18 de junio de 1815, puso fin a la vida política de Napoleón, siendo desterrado a la Isla de Santa Elena, como decíamos antes. Allí murió el 5 de mayo de 1821 a los cincuenta y un años de edad. Aunque fue enterrado en un principio en la isla, desde 1840 sus restos reposan en el Palacio Nacional de los Inválidos, en París.

Elba dejó de ser una nación independiente cuando fue abandona por Napoleón, dando por finalizada la primera Micronación de la historia y volviendo a ser objeto de disputas territoriales. Primero fue territorio del Gran Ducado de Toscana, pasando a formar parte del Reino de Italia tras la unificación de 1860. Durante la Segunda Guerra Mundial fue posesión alemana durante un breve pero destructivo periodo de tiempo para, finalmente, volver a ser suelo italiano, parte de la provincia de Livorno en la Toscana. Santa Elena sigue siendo parte del Reino Unido hasta la fecha, sin embargo, en 1854, Napoleón III compró algunas zonas de la isla (concretamente la casa de Longwood y el valle de la Tumba, a los que se sumó años más tarde el Pabellón Briars), que pasaron a ser “dominios franceses de Santa Elena”. Pero no son territorio francés, sino “propiedades” particulares del Estado francés en la isla británica.

Así que la gran diferencia entre estas dos pequeñas islas unidas por la vinculación común a Napoleón Bonaparte, es que Elba llegó a ser una Micronación independiente y Santa Elena un presidio del territorio inglés.

Almaleonor.

 

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