BÁRBARA STANWYCK (II)

BÁRBARA STANWYCK (II)

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“La vida privada de Bárbara la hizo fuerte, eso es verdad. Después de una infancia complicada, entre orfanatos y familias de acogida, no desaprovechó la oportunidad que le brindaron los locales nocturnos del burlesque de Nueva York, ni los muchos protectores y amantes que llegó a conocer. Como por ejemplo, el malogrado actor Rex Cherryman, posiblemente el gran amor de su vida. Y más tarde, el empeño de su primer, joven, borracho y ambicioso marido, Frank Fay, por convertirla en estrella, acabó por endurecerla aún más, o al menos, aprendió a no fiarse de nadie, mientras Fay se hundía en el olvido.

Pero consiguió ser una de las más grandes. Y eso porque, sin ser un bellezón como otras de su época, encarnó como ninguna a la auténtica «mujer fatal», una mujer intensa y con tal poder de seducción que solo ella podía llevar a un hombre a la Perdición (1944).”

AlmaLeonor_LP

BÁRBARA STAWYCK 
(Ruby Catherine Stevens)
16 de julio de 1907 – 20 de enero de 1990

EGIPTO (II)

EGIPTO (II)

Imagen: Yul Brynner, por Yousuf Karsh, en “Los Diez Mandamientos” (1956)

“Egipto, en la frontera con África, se interna al sur en el interior del país, hasta alcanzar Etiopía, que lo cierra por detrás. El Nilo, que divide, a izquierda y derecha de los límites de su parte inferior, con una separación de la rama Canópica de África, y la Pelúsica en la parte de Asia, en un intervalo de 170 millas, por esta disposición, han puesto a Egipto entre las islas. El Nilo se interna de una manera que da una configuración triangular de la tierra, tanto que ellos lo llaman el Delta de Egipto, nombre de la letra griega. La distancia desde el lugar en el que hay un único canal del río y se divide por primera vez, 146 millas hasta la boca Canópica, y 256 millas A la boca Pelúsica.”

Plinio el Viejo (23-79 d.C).
Naturalis Historia” (siglo I), LIBRO V

LANA TURNER (1921-1995)

LANA TURNER (1921-1995)

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“De todos estos juegos de Imitación a la vida (1959) ―la magnífica adaptación al cine del gran Douglas Sirk de la novela de Fannie Hurst, que ya había sido llevada a la gran pantalla, y más fielmente por cierto, en 1939, protagonizada por Claudette Colbert― no me contaba nunca nada mi padre, pero sí que me hablaba de otras cosas, de otros anhelos, de otras trastocadas vidas, de otras fórmulas de imitación y de felicidad no alcanzada. Como por ejemplo, sobre la azarosa vida amorosa de Lana Turner (Julia Jean Mildred Frances Turner), la protagonista de la película de Sirk ―donde interpretaba a un actriz que ascendía fulgurantemente en su carrera a costa de sacrificar mucho en el camino―, que también fue consentida por las productoras porque, según la propia Lana, las hacía ganar dinero con cada uno de sus líos de cama.”

AlmaLeonor LP

LANA TURNER
(Julia Jean Mildred Frances Turner)
8 de febrero de 1921 – 29 de junio de 1995

 

 

KIM NOVAK

KIM NOVAK

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“Kim siempre resultó ser una «presencia mágica» en la pantalla ―en palabras de Billy Wilder, pero también lo decía mi padre, para quien Kim fue mejor bruja en el cine que «Ve-ró-ni-ca-La-ke», por cierto, de nuevo emparejando a Kim con James Stewart― pero también en los sueños eróticos de toda una generación.”

#AlmaLeonorLP

KIM NOVAK
(Marilyn Pauline Novak)
13 de Febrero de 1933

LA LECHE DE AL CAPONE

LA LECHE DE AL CAPONE

 

A veces, la utilización de elementos en apariencia inocuos enfatiza mucho más la idea que se quiere transmitir en un sentido totalmente contrario, como por ejemplo, que animales tenidos por tan inocentes como los pájaros, se conviertan en despiadados asesinos de la mano del genial Hitchcock, o que una infantil muñeca o marioneta aparezca en tantas películas como un ser diabólico, o como que a un terrorífico monstruo de Frankenstein de Mary Shelley, le gusten las flores. La utilización de un elemento inocente en manos del mal acentúa mucho más la maldad. Algo así debió de pensar el escritor Anthony Burgess (1917-1993) cuando hizo que al personaje principal de su novela “La naranja mecánica” («Clockwork orange», que podría traducirse como “Tan raro como una naranja de relojería”, aunque hay quien asegura que se refería a un “hombre mecánico”, así que ya anunciaba la complejidad bien/mal desde el título), el psicópata Alex DeLarge, le guste Beethoven y en general la música clásica, porte elegantemente un formal bombín y bastón y sea un consumado consumidor de moloko, leche, en el lenguaje propio que utilizan él y su pandilla de drugos (colegas). Incluso la película sobre la novela, que rodó Stanley Kubrick en 1971 (donde visten del virginal color blanco en lugar del negro de la novela), comienza en el Korova, un “bar lácteo”.

Eso de beber leche, una bebida inocente y “primaria” (es el primer alimento del ser humano), es un recurso cinematográfico utilizado también para enfatizar la ambigüedad y la hipocresía en un gánster como Eddie Bartlett (James Cagney) en la película “Los violentos años veinte” (1939, Raoul Walsh), un abstemio que se dedica al contrabando de licor durante la ley seca.

Claro que, solo la genialidad de James Cagney podía hacer creíble esa dualidad, como cuando convirtió en escena ya mítica la utilización de un pomelo como “arma” de su odio contra la cara de Mae Clarke en la película “Enemigo Público” (1931, William A. Wellman).

Pero, aunque podamos pensar otra cosa, esa imagen recurrente del malvado gánster entregado fervientemente a la realización de acciones inocentes como beber leche o amar la música clásica, no es más que un cliché cinematográfico, por mucho que en algunas informaciones se haya difundido la idea de que un gánster real, Al Capone, defendió y se empeñó en instaurar una medida sanitaria tan importante para salvar vidas como es la etiquetación de la fecha de caducidad en los envases de leche.

De eso venía yo a hablarles.

Se cuenta que Alphonse Gabriel Capone (1899-1947), más conocido como Al Capone, quedó muy afectado cuando un familiar suyo, un niño según contaba su sobrina Deirdre Marie Capone, murió por beber leche en mal estado. Su empeño en lograr que esa bebida (casi una bebida nacional norteamericana) fuese saludable e inocua para todos, especialmente para los niños, le llevó a fundar una empresa de distribución láctea cuyas botellas llevaban impresas la fecha de caducidad. Esto hizo historia, se afirma, aunque es una versión que nunca se verificó del todo, y se lleva haciendo así desde entonces salvando miles de vidas. ¿En serio?

Para empezar, en los EEUU no existe una legislación que obligue a etiquetar la leche y otros productos lácteos con una fecha de caducidad o consumo idóneo. En este país, patria de Al Capone, no existe un sistema de etiquetado uniforme ni una obligatoriedad para hacerlo, a excepción de los preparados para bebés. La libertad industrial en los EEUU permite que este y otros tipos de alimentos puedan ser comercializados sin etiquetar la fecha de caducidad (veinte Estados sí que lo tienen implantado), solo existe una nomenclatura para el fabricante que indica “Closed” en alimentos no perecederos y “Open date” para productos como carne, huevos, leche y derivados lácteos. Así que mucho ejemplo no ha cundido en el país donde nació el etiquetado de la fecha de caducidad.

Porque eso sí que es cierto, fue Al Capone quien inició esta costumbre en el Chicago de la Ley Seca. Pero no por motivos altruistas. No. De hecho, ni siquiera hoy en día se entiende esa fecha como una salvaguarda de la seguridad en el consumo, sino que es una medida de optimización de la frescura del alimento, según el Consejo de Defensa de los Recursos Naturales (NRDC), grupo de defensa ambiental internacional sin ánimo de lucro, con sede en Nueva York : “El etiquetado de la fecha de caducidad surgió de una preocupación por la frescura de los alimentos, no por seguridad”. En todo caso, y pese a las desafortunadas declaraciones de un ministro animando a consumir yogures caducados, la legislación en España, dictamina que si un cliente adquiere un producto caducado, tiene derecho a que el vendedor se lo restituya por uno cuya fecha de caducidad o de consumo preferente no haya pasado. Aquí si que se tiene muy en cuenta las fechas de caducidad.

Volvamos a Capone. En los años de la Ley Seca (entre 1920 y 1933) en los EEUU, llegó a existir todo un entramado corrupto al margen de cualquier legislación que no solo obtenía pingues beneficios de la distribución ilegal de alcohol en locales clandestinos, sino que abarcaba múltiples campos, incluyendo los sobornos a policías, políticos y jueces. Fue un caldo de cultivo especial donde se fraguaron, desde la proliferación de bodegas clandestinas de destilación de alcohol, hasta los locales del burlesque neoyorkino, las timbas de póker y los clubs de jazz, así como el auge de gansters carismáticos y mediáticos que dominaban un territorio y uno o varios negocios ilegales, junto a su banda, enfrentada muchas veces con otras similares causando varias muertes.

Uno de los acontecimientos más dramáticos de este estado de cosas ocurrió, precisamente, en el día de los enamorados, un 14 de febrero de 1929, cuando la banda de Al Capone eliminó a tiros a cinco integrantes de la banda rival de “North Side Gang” (Pandilla lado norte), en la que se ha dado en llamar “matanza del día de San Valentin”.

«Esta noche, un minuto después de las doce, nacerá una nueva nación. El demonio de la bebida hace testamento. Se inicia una era de ideas claras y limpios modales. Los barrios bajos serán pronto cosa del pasado. Las cárceles y correccionales quedarán vacíos; los transformaremos en graneros y fábricas. Todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.»

No podía estar más equivocado el senador Andrew Volstead, impulsor de la nueva norma (aunque las cifras apuntan a que el consumo de alcohol durante la Prohibición disminuyó a la mitad con respecto a la década anterior, es difícil que se contabilizara todo el consumido clandestinamente), cuando la anunciaba justo antes de entrar en vigor el 16 de enero de 1920. Con la Prohibición nacían los gansters. Eran poderosos, ricos, influyentes, crueles con los representantes de la ley y con sus enemigos, pero también generosos y protectores de sus amigos y aliados. Se ganaban adeptos y filias a base de golpes de terror y cheques de varias cifras. Igual que compraban policías, organizaban veladas operísticas o también, procuraban a la ciudad comedores sociales.

Esa fue una de las actividades que se reconocen a Al Capone, la organización de Comedores Sociales en los difíciles años de la post-depresión del 29, que puso a tantos obreros al pie de la mendicidad, subsistiendo únicamente gracias a este tipo de comedores y subsidios públicos. En el Comedor Social de Capone en Chicago, podía verse al capo de vez en cuando repartiendo el mismo una escudilla de sopa a los parados, dicen, y se gastaba en ellos una verdadera fortuna que ponía de su bolsillo, se afirma. Esos comedores proliferaron por todo el país ante la situación de verdadera necesidad, pero es difícil creer que el altruismo de Capone no tuviese un interés crematístico, aunque solo fuese por publicitarse como buen samaritano.

Hacia esos años, después de la Gran Depresión, se empezaban a oír voces que apuntaban a un levantamiento de la Prohibición. Capone sería muchas cosas, pero tonto no era. Debía de encontrar pronto una alternativa que le permitiese mantener sus negocios y tren de vida. Si la gente, toda, bebía alcohol y este dejaba de ser ilegal y productivo, debía encontrar una forma “legal” de seguir vendiendo algo que consumiese todo el mundo. Además, el fin de la Ley Seca le acarreaba otro problema añadido ¿qué hacer con la flota de camiones que tenía para distribuir el alcohol?

Fue hacia 1931 cuando Al Capone decide entrar en el negocio legal de la distribución de leche, pensando en adquirir la Procesadora Meadowmoor Dairies de Chicago. Pero no era suficiente. Capone envió a su lugarteniente Murray Humpreys a tratar del asunto de la distribución de leche con Steve Sumner, encargado de la asociación de conductores de Milk Wagon. Le acompañaban dos “matones”, Frankie Diamond y Johnny Maritote (que estaba casado con una hermana de Capone). En este momento el sindicato de distribuidores entregaba únicamente leche producida localmente para garantizar su frescura y Capone quería importar leche de Wisconsin, así como utilizar su propia flota de camiones al margen del sindicato de Sumner.

En Chicago, las compañías lácteas locales vendían la leche a distribuidores que contaban con sus propios camiones, y éstos se la vendían a su vez a los minoristas que eran quienes la hacían llegar al público, generalmente con un sistema de entrega diaria puerta a puerta. Estos vendedores minoristas también contaban con su propio sindicato, la Asociación de Lácteos Puros, dirigido por Robert “Old Doc” Ritchie. Cuando Capone quiere entrar en el negocio, es su hermano Ralph (el “enemigo público número tres”, llamado después “Bottles” Capone) quien se encarga de las negociaciones, exigiendo a Sumner que accediera a sus pretensiones, cosa a la que, el ya anciano de 81 años, se negó (redoblo exponencialmente sus medidas de seguridad, no obstante). Entonces Ralph, fue a negociar con los minoristas, que en esos momentos, se habían negado a vender la leche extralocal de la Meadowmoor Dairies.

El interés de Capone por controlar la producción y distribución de leche no estaba funcionando. Si fue en este momento cuando sucedió el episodio del niño enfermo de su familia por beber leche en mal estado, no lo sabemos con exactitud, si es que realmente sucedió, pero sí que es ahora cuando Ralph Capone se dirige al Concejo Municipal de Chicago para convencerles de que la leche procedente de otro Estado podría ser distribuida sin problemas de salud para la población, si en las botellas figuraba una “fecha de caducidad” del producto. El Concejo aprobó entonces una ley que obligaba a todas las distribuidoras que dicha fecha figurase en su envase. Lo que no sabían entonces en el Concejo, se supone, ni los sindicatos de distribuidores y vendedores, es que Capone se había hecho con el control de los equipos necesarios para dicho marcaje.

Aún fue más allá. Con las negociaciones en un punto de estancamiento, tras la negativa de Sumner a sus pretensiones, la banda de Capone secuestra en diciembre al presidente del sindicato de vendedores, Robert Ritchie, exigiendo a Sumner un rescate de 50.000 dólares en efectivo. Es con ese dinero con el que finalmente Al Capone compra la Meadowmoor Dairies Incorporated, situada en el 1334 de South Peoria Street. Controlando la producción, distribución y etiquetado, el 23 de febrero de 1932 el negocio, bajo la titularidad de su abogado, Billy Parrillo (hermano de un futuro congresista), se pone en marcha. Entonces empezó una, casi literal, guerra de la leche (1932-33) en la que se hicieron volar por los aires algunas plantas de la Asociación de Lácteos, aunque no se pudo probar nunca que la mafia de Capone tuviese nada que ver, ni con el secuestro ni con los atentados. Nada nuevo.

Lo que si fue una novedad para el sistema judicial norteamericano es que apenas unos meses más tarde, el 4 de mayo de 1932, Capone fuese a dar con sus huesos a la cárcel de Alcatraz por un delito fiscal (evasión de impuestos) y no por los muchos otros que pudo haber cometido en su vida. Altruista, desde luego, no era.

La Meadowmoor Dairies Incorporated, desapareció en los años sesenta para convertirse en la Richard Martin Milk Company, aunque durante algunos años más estuvo distribuyendo leche envasada con el logo de la Meadowmoor.

Así que no. Ni Capone, artífice de la matanza de San Valentín de 1929, fue un filántropo al iniciar el sistema de etiquetado con las fechas de caducidad en los productos lácteos, ni en los EEUU se considera que es una práctica saludable, sino comercial.

Lo que no sabemos es si Alex DeLarge controlaba la fecha de caducidad de su diario vaso de leche.

AlmaLeonor_LP

BÁRBARA STANWYCK

BÁRBARA STANWYCK

LAS ACTRICES FAVORITAS DE MI PADRE

“Bárbara Stanwyck también era de sus favoritas, una mujer de rompe y rasga, capaz de ponerse el mundo por montera y desafiar a los mismísimos demonios del averno. Siempre le gustó, decía, su mirada cortante y su postura desafiante, sobre todo cuando alzaba la barbilla y se quedaba como «suspendida» en el aire mientras pronunciaba su frase o una palabra de su papel, lo que acabó por ser una de sus notas características, las que la auparon entre las más grandes intérpretes melodramáticas del Hollywood de su tiempo. Fue una de esas malas del cine con las que mi padre sí comulgaba.”
#AlmaLeonor_LP


BÁRBARA STAWYCK 
(Ruby Catherine Stevens)
16 de julio de 1907 – 20 de enero de 1990


LA REALIDAD EN SU FONDO ACUÁTICO Y LUNAR. SOBRE UNA NOVELA DE ALMA LEONOR

LA REALIDAD EN SU FONDO ACUÁTICO Y LUNAR. SOBRE UNA NOVELA DE ALMA LEONOR

Las actrices favoritas del padre de Alma Leonor López Pilar son las actrices favoritas del padre de María del Pilar López Almena, que es la mujer que ha escrito la novela Las actrices favoritas de mi padre, firmada por/como Alma Leonor López Pilar. La realidad y la ficción se llevan bastante mal cuando quieren llevarse bien, aunque no siempre, porque en ocasiones uno puede bañarse en el mar de lo real mientras lee una mentira escrita para que te la creas cuando disfrutas de las palabras con las que está construida. Como es el caso de la novela de Alma Leonor que acabo de leer.

Jose Luis Ibáñez Salas (Insurrección).

 

¡¡Muchísimas Gracias a Jose Luis Ibáñez Salas por tan preciosa crónica sobre mi novela “Las actrices favoritas de mi padre”. Él siempre me ha mirado con buenos ojos, siempre. Le estoy muy agradecida por haber creído en mi desde el primer día y por todo su apoyo en todo momento. Esta novela tiene parte de él… y de ella. ❤ Muchas Gracias Jose Luis.

Se puede leer el artículo completo en su blog, INSURRECCIÓN. Y de paso, naveguen, naveguen… se puede aprender muchísimo leyendo a Jose Luis. ❤

AlmaLeonor_LP

 

 

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

LA CONEXIÓN GAINSBOROUGH

Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire (1787), de Thomas Gainsborough (1727-1788)

Pues exactamente eso, que parece mentira lo que se puede encontrar a partir de un nombre y como se pueden acabar conectando las cosas… Todo empezó buscando un sombrero, un tipo de sombrero concreto, que al final encontré y que no viene al caso, pero por el camino asomó varias veces una denominación, la de “Sombreros Gainsborough”, y la tentación de saber algo más pudo conmigo. Al final, acabé escribiendo este artículo para contaros todo lo que descubrí, pero tenía que publicarse un día como hoy, 25 de mayo… Y si termináis de leerlo hasta el final, veréis porqué.

Los llamados sombreros Gainsborough son un tipo de sombreros femeninos, grandes y muy aparatosos, que reciben su nombre por el retrato de “Su Gracia Georgiana Cavendish, duquesa de Devonshire”, la imagen de la cabecera de este artículo, pintado entre 1785 y 1787 por el artista inglés Thomas Gainsborough (1727-1788). Gainsborough fue uno de los más afamados retratistas de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque él siempre tuvo preferencia por los paisajes, llegando a crear escuela en este tipo de obras en Inglaterra. Alumno aventajado del gran pintor y satírico social, William Hogarth (1697-1764),  fue uno de los fundadores de la Real Academia de las Artes inglesa y durante toda su vida mantuvo una rivalidad retratística con otro pintor afamado del Reino Unido, Sir Joshua Reynolds (1723-1792), rivalidad que se decantó por Gainsborough, entre otras cosas, por este retrato de la duquesa de Devonshire. Y debido a este cuadro, también el sombrero se denomina picture hat, o el sombrero del retrato.

EL SOMBRERO DEL RETRATO

En realidad esta fue la inspiración, pero el sombrero Gainsborough hace referencia a una amplia gama de sombreros femeninos de gran tamaño, que han venido estando de moda desde el siglo XVIII hasta la actualidad. El caso es que fuesen grandes, enormes.

Su origen dieciochesco indica que su finalidad no era tanto posarse en la cabeza de una dama (que nunca llegaba a ser tan enorme), como adornar los elaborados y grandilocuentes peinados femeninos de este siglo realizados a base de pelucas largas y extravagantes (un uso llamado “Pouf”), normalmente empolvadas en talco y perfumes, a las que se solía añadir desde plumas, a pieles, lazos, flores, juguetes, joyas, metales y otros elementos (que llegaban a incluir maquetas de barcos o pájaros disecados), y que eran utilizadas como símbolo de status.

El uso de pelucas altísimas y elaboradísimas complicaba hasta la posición de las señoras en los carricoches (imagen inferior). Las pelucas de la reina María Antonieta (1755-1793) por ejemplo, elaboradas por su carísimo peluquero personal,  Léonard Autié (que cobraba hasta 4.000 libras anuales), podían llegar a tener un metro de alto. Uno de los peinados más famosos de Autié fue el pouf à la belle poule (imagen superior), que se remataba con una réplica de la fragata de ese nombre, de exitosa participación bélica en 1778 contra el Aretusa británico, y que recibió también por ello el pomposo nombre de “La Independencia, o el Triunfo de la Libertad”.

Pese a su más que evidente incomodidad, las pelucas triunfaron con el estilo rococó. Fueron puestas de moda por Luis XIV en la Francia dieciochesca, tanto para damas como para caballeros, extendiéndose su uso a buena parte de Europa, sobre todo a Inglaterra. Allí, el sombrero Gainsborough vino a sobreponerse encima de todos estos elementos capilares, pero también realizó un enorme servicio en un momento de transición del rococó al estilo neoclásico que se empieza a implantar a partir de los años sesenta del siglo XVIII, tanto en Francia como en Inglaterra, aunque sorprendentemente, el rococó cobró nuevos bríos en este país en la primera mitad del siglo XIX.

El retrato más famoso con este tipo de elemento de moda femenino, fue el de la duquesa de Devonshire, eso es seguro, pero hubo otros retratos, no menos conocidos, que llegaron a acompañarle, acentuando la moda de los enormes sombreros. Por ejemplo, y sin dejar todavía al pintor Thomas Gainsborough, tenemos este “Paseo de la mañana (retrato de los señores William Hallett)” de 1785 (imagen superior).

O este de “Henrietta, Viscountess Duncannon” (1776), de John Downman (1750-1824)que hasta llego a ser confundido y durante un tiempo se pensó que era igualmente la duquesa de Devonshire y no su hermana, la distinguida y hermosa Henrietta Frances Spencer de Ponsonby (1761-1821), condesa de Bessborough, desdichada vizcondesa Ducannon en segundas nupcias (ella y su marido jugaban y perdían grandes cantidades de dinero y por ello el señor vizconde la maltrataba en privado y la humillaba en público) y ávida amante de varios nobles ingleses de su tiempo, incluyendo el que acabaría siendo el marido de su hija, William Lamb (1779-1848), más tarde primer ministro de la Reina Victoria, y al que su esposa, Lady Caroline Lamb (1785-1828), engañaba a su vez con Lord Byron (1788-1824), causando uno de los mayores escándalos de la Inglaterra pre-victoriana.

Francesco Bartolozzi (1727–1815). Izquierda: Maria Cosway (1785); derecha: Lady Smith (after Sir Joshua Reynolds)

La confusión del retrato se debió tanto al parentesco entre ambas damas, como a la circulación de un grabado realizado por el gran Francesco Bartolozzi (1727-1815), en 1788 (o 1797), quien también es autor de varios dibujos de señoras con sombreros Gainsborough (imagen superior).

También son poco conocidos estos otros dos retratos con sombrero tipo Gainsborough de la novelista británica Frances Burney (1752-1840). Por cierto que Burney fue una escritora acomodaticia con el papel sumiso de la mujer y contraria a los postulados feministas que por aquellos entonces proclamaba Mary Wollstonecraft (1759-1797), por ejemplo. El primero (superior izquierda) es una litografía a partir de una obra pintada en 1782 por su primo Edward Francis Burney (1760-1848), que también es el autor de la segunda obra (superior derecha).

John Hoppner (1758-1810), fue otro pintor inglés que no se resistió a los retratos femeninos con amplios sombreros Gainsborough: El primero (superior arriba derecha) es un retrato de Elizabeth Beresford (1762-1833) de 1790; el segundo (superior arriba izquierda) representa a Miss Susanna Gyll (1779) y el tercero (superior abajo) es un retrato de Mary Boteler (1763-1852) pintado en 1786.

Y por señalar solo alguno más, estos otros dos, que son franceses y de la misma autora Louise Élisabeth Vigée Le Brun (1755-1842): el primero (superior izquierda), que fue atribuido en un principio a Jean-Laurent Mosnier (1743-1808), es un retrato de dama pintado en 1790; y el segundo (superior derecha), dama con sombrero azul, es anterior, de 1784. Le Brun, ya había retratado a la reina María Antonieta de Austria con algunos sombreros enormes, como el la imagen inferior que levantó toda una serie de críticas por la vestimenta ligera que lucía la reina, la llamada Gaulle (robe chemise, o vestido-camisola), una prenda más propia para su uso privado por su simplicidad y que ella acostumbraba a utilizar en público en sus retiros en la Petit Trianon de Versalles. Fue diseñado por Rose Bertín (1747-1813), modista, estilista y marchante de modas de María Antonieta, quien junto a su peluquero, el ya mencionado Leonard Autié, fueron los creadores de la imagen pública de la reina, personalísimo vehículo de expresión de la soberana.

Hay muchísimos más, les invito a descubrirlos por las muchas páginas de arte que pueden encontrarse por ahí, por ejemplo aquí. Para finalizar, podríamos decir que en España la representación artística de este tipo de sombreros corre a cargo de Francisco de Goya (1746-1828) con el retrato que realizó en 1785 de María Josefa Pimentel y Téllez-Girón (1750-1834), duquesa de Benavente.

La moda evoluciona muchísimo entre finales del XVIII y finales del XIX, incluidos los sombreros femeninos, y este tipo de voluptuosos y exagerados tocados parecen atenuarse en las formas, cobrando más importancia otros modelos, por ejemplo, el Poked bonnet (nosotros diríamos “bonete”, y del que también se llega a caricaturizar como exagerado a veces, ver imagen inferior) o, más adelantado el siglo, el Eugenie Hat, un sombrerito puesto de moda por la emperatriz francesa Eugenia de Montijo (1826-1920), otra mujer que creó tendencia en moda en Europa.

Pero como todas las modas, el Gainsborough volvió. A finales del siglo XIX y principios del XX se impone de nuevo auspiciado por dos corrientes: por un lado, en los EEUU, la moda de las Gibson Girl, un tipo de mujer “inocente y voluptuosa” puesta de moda por el ilustrador Charles Dana Gibson (1867-1944); y por otro, en Inglaterra, por las Gaiety Girls, las coristas de los musicales eduardianos en el Teatro de la Alegría de Londres (imagen inferior).

Y por supuesto, en la meca de la moda, en París. Las revistas de modas parisinas se llenan de grandes sombreros que las damas de la alta sociedad europea se apresuran a lucir. Y ya no dejarán de estar en boga.

El Gainsborough vuelve a hacer furor también en el siglo XX. Son muchas las actrices que lo lucen desde los primeros años del siglo.

La famosa actriz inglesa Lily Elsie (1886-1962), la imagen arriba a la izquierda, lo pone de moda en Europa con un atuendo diseñado (por una modista muy conocida entonces de nombre Lucile) para la caracterización de Sonia, la protagonista de la opereta “La viuda alegre”, en 1907, actualizando una imagen que ya había lucido la también actriz Lillian Russell (1860-1922) en los EEUU en 1903 (imagen arriba a la derecha). Otra de las grandes actrices de los inicios del siglo XX, Billie Burke (1884-1970), también aparecía con estos sombreros en algunas de las muchas postales fotográficas (imagen inferior) que realizó entre 1906 y 1920. Se pueden ver más aquí. Burke es más conocida en la actualidad por haber interpretado a Glinda (la bruja buena del norte) en la película El mago de Oz (1939, Víctor Fleming).

En 1908, era tal la fama alcanzada por los  sombreros Gainsborough, que hasta un avispado caricaturista rumano, Ion Theodorescu-Sion (1882-1939, que se hacía llamar Teodosion) se atreve a rebautizarlos con el aparentemente apropiado mote de “sombreros hongo” (imagen inferior), en una revista satírica rumana, Furnica

Y también le salen imitadores, como este modelo “Cesta de Melocotones” (Peach basket hat, imagen inferior), nacido en los EEUU a la luz de un artículo de la revista Vogue de 1907, que auguraba el alza de los sombreros “enormes”.

Y así, en los años siguientes, a este modelo “tipo cesta de frutas” lo ponen de moda, actrices como Mabel Normand (1892-1930) quien lo luce en este boceto de 1908 de James Montgomery Flagg (superior izquierda) o cantantes como Blossom Seeley (1891-1974), aquí en una imagen de 1912 (superior centro). Desaparece un tiempo de la palestra y vuelve con cierta fuerza en los años 30 de la mano de otras actrices, esta vez del Hollywood dorado, como por ejemplo la elegante Marion Davis (1897-1961), con esta imagen de estudio (superior derecha).

Pero volvamos a nuestro Gainsborough. En 1910, la comedia “Girls”, del popular e incansable escritor estadounidense Clyde Fitch (1865-1909), se estrena con estos coloridos carteles de damas con su sombrero Gainsborough. Es significativo porque Fitch escribió mucho sobre las mujeres, hasta el punto que llegaron a decir que él que “sabe más acerca de las mujeres de lo que la mayoría de las mujeres saben sobre sí mismas”. Las conocía bien. Sabía que debía estrenar una obra con esos atuendos.

Pronto ocupa páginas y portadas de las revistas de moda en toda Europa, y las damas elegantes de la burguesía lo adoptan como elemento imprescindible para estar a la moda (arriba, imágenes de 1911). En Francia, es la actriz y cortesana Geneviève Lantelme (1883-1911), quien marca tendencia. Considerada un icono de la moda francesa y una de las mujeres más bellas de la Belle Époque, era imitada por buena parte de las mujeres de su tiempo. Y fue una de las que mejor lucieron el Gainsborough (inferior).

En los EEUU, en estos momentos iniciales del siglo XX, es también el teatro de Broadway el que marca tendencia. Otra actriz reconocida y muy imitada en sus atuendos de moda fue Alice Johnson (1888–1922), quien lucía estos sombreros en sus representaciones (imagen inferior, de 1908), en las muchas que interpretó en Broadway con la Murray Hill Theatre Stock Company (con más de 30 papeles diferentes en una sola temporada) y con la Frawley Company de San Francisco.

Otras actrices que “se atreven” con el Gainsborough son, por ejemplo:

Alice Witcher
Marjorie Villis
Else Frölich
Evelyn Nesbit
Phyllis le Grand
Gabrielle Ray…

El Teatro y no solo el Teatro, porque también la alta sociedad norteamericana participaba de la moda, de lo que nos deja buena cuenta hasta los ecos de sociedad y sucesos de esta década. Dorothy Harriet Camille Arnold  (1884-¿1910?), Dorothy Arnold, fue una muchacha neoyorquina que desapareció sin dejar rastro el 12 de diciembre de 1910 (no confundir con la actriz de Hollywood, Dorothy Arnold, primera esposa de Joe DiMaggio, posteriormente casado con Marilyn Monroe). Sobre ella se habló mucho en los diarios de casi todo el mundo durante mucho tiempo y su caso fue tan famoso que aún hoy se sigue comentando.

Hasta la famosa Agencia Nacional de Detectives Pinkerton se ocupó del asunto sin éxito, pues nunca llegó a resolverse. Pues bien, algunas de las fotografías que se conservan de esta joven desaparecida a los 26 años, lucen con un sombrero Gainsborough tan de moda en esos años (imagen superior).

Lo cierto es que hasta el arte del siglo XX refleja la preferencia de las mujeres por este tipo de enormes sombreros. Por poner solo un par de ejemplos, Gustav Klimt (1862-1918) realizaba esta obra de la izquierda, Dame mit Hut und Federboa (1909), y Félix Vallotton (1865-1925) la de la derechaThe violet hat (1907).

Después de la Segunda Guerra Mundial, en la década de los sesenta, el Gainsborough se torna más sofisticado y elegante, justo como Audrey Hepburn aparece, con un precioso sombrero de este estilo, en el filme “Desayuno con diamantes” (1961, Blake Edwards) y, más tarde, con el maravilloso atuendo de “My Fair Lady” (1964, George Cukor).

El sombrero femenino es un artículo que hoy parece reinventarse y adquiere cada vez más importancia entre los accesorios de moda. Y el Gainsborough ocupa su lugar de nuevo en las pasarelas de alta costura (la imagen superior es un modelo de Marc Jacobs para la New York Fashion Week de febrero de 2012), como si de nuevo quisiese, a través de él, revivir aquella imagen, la de la mujer del cuadro.

 LA MUJER DEL CUADRO.

Y todo ello originado con aquel retrato con el que se iniciaba este artículo, el de la Duquesa de Devonshire, nacida Georgiana Spencer (1757-1806), Lady Spencer desde 1765, después de que su padre asumiera el título de vizconde Spencer, y primera esposa de William Cavendish (1748-1811), a la sazón, V duque de Devonshire, uno de los hombres más ricos y poderosos del momento. Mujer interesante y controvertida donde las haya, Georgiana fue una de las personas que más influyó en la moda y estilo de su tiempo. Y una de las que más sombreros Gainsborough lució, como por ejemplo, con este otro (imagen superior) atribuido al pintor y maestro de pintores John Russell (1745-1806).

El temprano matrimonio de Georgiana (ella tenía 17 años y él 25) en 1774, no fue lo que esperaba. Su marido era reservado y poco dado a ofrecer a su esposa el cariño y la atención que ella reclamaba, mientras se dedicaba a sus asuntos políticos y a su vida licenciosa, que llegaron a incluir una hija ilegítima, Charlotte Williams. Georgiana, mientras tanto, no era capaz de darle al duque el ansiado heredero. Sufrió varios abortos y tuvo dos hijas en las que se volcó criándolas ella misma en contra de la costumbre de la época entre familias aristocráticas. En 1790 tuvo, por fin, a su hijo Guillermo Jorge Spencer Cavendish (1790-1858), VI Duque de Devonshire.

Lady Elizabeth Foster (1759-1824), segunda duquesa de Devonshire, luciendo un sombrero Gainsborough, por Angelica Kauffmann (1741–1807)

Unos años después de su matrimonio, en 1782, su mejor amiga, Lady Elizabeth Foster (1759-1824), llamada “Bess” (imagen superior), acabó siendo amante del duque mientras vivía en su casa, acogida por Georgiana dada su mala situación emocional y económica (se había separado de su marido quien no permitió que viera a sus hijos). El triángulo amoroso, que según algunos, alcanzó también una relación entre ambas damas, se mantuvo durante varios años, en los que Lady Elizabeth, además de otros amantes, tuvo dos hijos con el duque, quien terminó por convertirse en su marido en 1809 (Georgiana murió en 1806).

Georgiana Cavendish con “bess”, por John Downman (1750-1824)

Pese a las infidelidades de su esposo, y como suele ocurrir, fue a la duquesa a quien se acusó de mantener una vida disipada. Pero no fue hasta después de dar a luz a su hijo varón cuando la duquesa dejó de ser totalmente ajena a las infidelidades (al parecer no estaba socialmente aceptado tener un amante antes de proporcionar un heredero al matrimonio legal), llegando a mantener una intensa relación con Charles Grey (1764-1845),  diplomático y político (y de quien toma el nombre el té Earl Grey), con el que tuvo una hija en 1792, Eliza Courtney, nacida en Francia, y que tuvo que entregar a la familia de su amante, obligada por su marido, bajo amenaza de no volver a ver a sus otros hijos. Sin embargo, los hijos ilegítimos del duque, los dos que tuvo con Elizabeth y Charlotte Williams, su primera hija ilegítima, sí que acabaron siendo educados en la casa Devonshire (la segunda al morir la madre de la niña). Georgiana visitó a su hija en secreto durante toda su vida y la joven no supo quién fue su madre hasta después de su fallecimiento.

Este estado de cosas causaba hondo pesar en la duquesa quien sufrió a menudo problemas de anorexia, alcoholismo, adicción a los medicamentos y una malsana afición por los juegos de azar, por la que llegó a acumular varias deudas que la llevaron a la ludopatía, ya que siempre quiso ocultar la magnitud de sus deudas a su esposo. Este las descubrió tras su muerte.

Georgiana de Devonshire (1780-81), por Joshua Reynolds (1723-1792).

Pero no solo su vida privada fue intensa. Georgiana fue una mujer muy inquieta y liberada y no se conformó con un papel pasivo en la encorsetada sociedad georgiana. Escribió algunas obras de prosa y poesía (“Emma, Or, The Unfortunate Attachment: A Sentimental Novel”, 1773; “El Sylph”, exitosa novela epistolar de 1778, con caracteres autobiográficos, que se ha atribuido dudosamente a la poco conocida novelista británica Sophia Briscoe; “Memorandums of the Face of the Country in Switzerland”, 1799; o el poemario “The Passage of the Mountain of Saint Gothard”, de 1802, dedicado a sus hijos), además de muchas cartas a lo largo de su vida, que se conservan. Siempre mantuvo una intensa vida social y cultural que incluía tertulias en su casa, a veces, con un marcado carácter político.

A esas reuniones llegaron a acudir políticos y personalidades como el Príncipe de Gales (contrario a las ideas absolutistas de su padre, el rey Jorge III) y Georgiana siempre se mostró como una incansable activista. Participó con gran influencia en el juego político inglés de su tiempo, apoyando políticamente a la facción whigs, el Partido Liberal británico (contrario a la corona) durante toda su vida. Realizó una auténtica campaña electoral, puerta a puerta, para favorecer la carrera política de su primo, Charles James Fox, quien postulaba para la Cámara de los Comunes. Se llegó a insinuar, como acto maledicente contra su persona, que Georgiana prometía un beso por cada voto (imagen inferior). Por su decidido intervencionismo político y por su marcado carácter independiente, se ha llegado a considerar a la duquesa de Devonshire, en la actual historiografía feminista, como una adelantada defensora de los derechos de la mujer.

Pero sobre todo, Georgiana fue una mujer elegante que imprimió su sello particular en la alta sociedad inglesa dieciochesca. Ella afirmaba tener amistad con María Antonieta, reina de Francia, que como hemos visto antes, en cuestiones de moda podríamos decir que era para el país galo lo que la duquesa para el británico.

La duquesa de Devonshire fue retratada por varios pintores dieciochescos. Hemos visto hasta ahora obras de Thomas Gainsborough, John Russell, John Downman o Sir Joshua Reynolds, a los que cabría añadir Thomas Lawrence (1769-1830), Robert Dighton (1752-1814), Jean-Urbain Guérin, o el caricaturista Thomas Rowlandson (1756-1827), hombre también muy aficionado al juego y ludópata (para pagar sus deudas se hizo caricaturista de escenas eróticas muy subidas de tono), quien  la dibujó en varias de sus situaciones más comprometidas, como en una mesa de juego en su casa de Devonshire (imagen superior), o practicando la que decían era su política de un beso por un voto, que se ha visto más arriba.

También aparece en una famosa litografía suya en los Jardines de Vauxhall (1785), junto a su hermana, varios políticos y el Príncipe de Gales.

Georgiana terminó sus días cuidando de su esposo, aquejado de gota, pese a todos los sinsabores que había sufrido por su causa. También mantuvo por siempre su amistad con Lady Elizabeth, e incluso con la esposa del que fuera su amante, Charles Grey. Y siempre estuvo pendiente y al lado de sus hijos. Su fallecimiento se produjo por un problema hepático a la edad de 48 años, rodeada de su familia y llorada por todos cuantos la conocieron. Por cierto que, tanto la fallecida Diana de Gales, como su cuñada Sarah Ferguson, descienden de la duquesa de Devonshire (de diferentes ramas).

Son varias las veces que se ha llevado su vida al cine (en 1929 interpretada por Evelyn Hall; en 1933 por Juliette Compton; o en 1951, por Kathleen Byron); pero hoy, la más conocida de todas ellas es “La Duquesa” (2008), basada en una obra escrita por Amanda Foreman en 1998. Fue dirigida por Saul Dibb (quien aparece en el filme como su amante, Charles Grey), e interpretada magistralmente por una entregada Keira Knightley.

Uno de los grandes aciertos del filme es el cuidado Diseño de Vestuario, un trabajo de Michael O’Connor,  que le valió el Oscar de Hollywood, además del Premio BAFTA, y otros reconocimientos. En varias escenas de “La Duquesa” podemos ver algunos planos fantásticos con enormes sombreros Gainsborough, sobre todo el que le da nombre, el del cuadro de la dama del sombrero.

EL CUADRO DE LA DAMA DEL SOMBRERO

Como decía al principio, a veces sucede que una serie de acontecimientos parecen enlazarse de una forma increíble, casi como una danza de conexiones cósmicas. Pues bien, si Georgiana Cavendish, la dama retratada por Gainsborough con un enorme sombrero en la cabeza,  vivió una especie de trío amoroso con su marido y su mejor amiga en el siglo XVIII, un siglo después, otro trío amoroso, el formado por el criminal Adam Worth, su socio  Charley Bullard, y la que terminaría por ser su esposa, pero nunca abandonó del todo a Adam, Kitty Flynn, va a relacionarse con el primero en el tiempo, a través de un hecho totalmente inesperado: Worth robó el cuadro de Gainsborough y lo mantuvo en su poder durante muchos años, sin vender su botín. Algo de idilio cósmico sí que tiene ¿verdad?

Adam Worth (1844-1902), era el hijo de unos emigrantes judíos alemanes que llegaron a Massachusetts cuando él tenía cinco años. Para no dejar las casualidades con lo contado hasta ahora, el padre de Adam (cuyo apellido original pudo ser Werth) era sastre, una profesión muy significativa en la vida de Georgiana.

Adam era un muchacho inquieto, muy descontento con su destino, al que no quiso rendirse. Para abreviar un poco su biografía, diremos que cambió el ejército por el crimen, aunque siempre utilizó el engaño y la falsedad. En el ejército se alistaba con nombre falsos en varios regimientos y una vez cobrada la paga, desertaba. Así que, finalizada la Guerra Civil norteamericana, el mundo del crimen ya no le era extraño. Formó su propia banda de carteristas en Nueva York y llegó a fugarse de Sing Sing. Su fama y pericia aumentó con el tiempo y recaló en la banda de una leyenda criminal Fredericka Mandelbaum (1818-1894), con quien se especializó en el robo de bancos. Su robo más sonado fue el del Banco Nacional de Bostón, alertando a la famosa Agencia Pinkerton sobre su persona. A partir de entonces se convirtió en leyenda.

Se ha dicho mucho de Worth, incluso se afirma que él fue la inspiración de Sir Arthur Conan Doyle para el personaje del Profesor Moriarty en sus novelas sobre Sherlock Holmes. Organizó bandas y robos tanto en los EEUU como en Inglaterra, Francia, Bélgica y otros países europeos, e incluso llegó a cometer robos en Sudáfrica. Por todo ello, se le llegó a conocer con el sobrenombre de “el Napoleón del Crimen”, apodo que le fue impuesto por un detective de Scotland Yard.

Charles Bullard (izquierda) y Kitty Flynn (derecha)

Fue en Inglaterra (concretamente en Liverpool, a Londres fueron más tarde) donde Worth y su socio, Charles Bullard, conocieron a Kitty Flynn con quien ambos mantendrían una relación, aunque ella se casó con Bullard. También fue aquí donde Worth adoptó el nombre con el que se le conocería en adelante, Henry Judson Raymond. Y en París, fue donde Allan Pinkerton (1819-1884), el fundador de la famosa Agencia de Detectives, le reconoció y se dedicó a perseguirle durante toda su vida.

Obra original de Gainsborough  de 1787. Ailsa Mellon Bruce Collection.

En Londres, a donde llega después de que en 1873 Bullard y Kitty se marcharan a los EEUU, fue donde, un día como hoy, 25 de mayo, de 1876,  Worth roba el famoso cuadro de Thomas Gainsborough, concretamente de la Galería de Thomas Agnew & Sons. Intervino junto a dos socios, que más tarde se revelaron y le abandonaron cuando Worth se negó a vender la pintura y repartir el botín. Posiblemente vio en la imagen de aquella elegante mujer algo que le impedía abandonarla, como sí lo habían hecho en vida los hombres que la conocieron. El cuadro, además, había permanecido “perdido” durante más de cincuenta años, hasta que se descubre en poder de una tal señora Maginnis quien había realizado sobre él una terrible profanación: cortó la parte inferior del cuadro (las piernas de la duquesa) para que le cupiera encima de la repisa de su chimenea. Esto se sabe porque en 1841, un marchante de Londres llamado John Bentley, lo descubre en casa de la señora Maginnis y se lo compra por unas 56 libras, para revenderlo a un coleccionista de arte. Cuando este fallece, William Agnew lo adquiere en una subasta por la exorbitante cantidad de 10.000 guineas. Aunque en realidad, más desorbitante era la cifra por la que pensaba venderlo, algo más de 50.000 dólares, que se esfumaron cuando Worth robó el cuadro de su galería familiar.

La vida de Worth se hace cada vez más interesante y complicada. Viaja por varios países planificando robos y finalmente recala en Sudáfrica donde organiza uno de los mayores robos de diamantes de la historia, obteniendo un botín de más de 500.000 libras. Siendo un hombre rico funda una compañía en Londres y entonces se casa y tiene dos hijos. Mientras, el cuadro de Gainsborough, que había permanecido con él durante todo el tiempo, fue enviado a su casa en los EEUU, donde vivía su hermano. Luego vino la deriva.

En Bélgica, donde conoce la muerte de su antiguo socio Charley Bullard, organiza un robo fallido que le lleva a la cárcel durante siete años. En ese tiempo de ausencia, su mujer, seducida y arruinada por uno de los antiguos socios de Worth, enloquece y es recluida en una institución psiquiátrica, mientras sus hijos quedaron al cuidado de su hermano en los EEUU. Worth sufrió varias agresiones en la cárcel, tal vez causadas por la traición de algunos de sus últimos socios, y es cuando empieza a pensar en cambiar de vida.

Ya libre y en los EEUU, se pone en contacto con William A. Pinkerton (1846-1923) a quien le cuenta uno por uno todos los detalles de sus robos y los avatares de su vida (el manuscrito de Pinkerton aún se conserva en las oficinas de la Agencia en California). Pero lo más importante de esa reunión es que accede a devolver el cuadro de Georgiana Devonshire, a cambio de la cantidad de 30.000 dólares (en algunos sitios dice que fueron libras). En 1901 la compañía Agnew & Sons accede al trato y Worth, libre de cargas con la justicia, regresa a Londres con sus hijos. Curiosamente, uno de ellos ingresó más tarde en la Agencia Pinkerton como detective.

Adam Worth, el “Napoleón del Crimen”, el inspirador del Profesor Moriarty, falleció empobrecido (¿qué fue del dinero obtenido por el cuadro solo un año antes?) y olvidado en Londres en 1902, siendo enterrado en una tumba común para indigentes con el nombre de Henry J. Raymond, su antiguo pseudónimo. Desde 1997 una lápida con su verdadero nombre le recuerda.

El retrato de Georgiana, duquesa de Devonshire, de Thomas Gainsboroug, aún tiene algo más que contar. Fue vendido en 1991 en una subasta en Sotheby’s, por 265.500 dólares, a un personaje anónimo que decía actuar, o se lo quería entregar, al 11º duque de Devonshire, su actual dueño. Hoy, luce en el palacio ducal de Chatsworth House (imagen superior), palacio que, precisamente, sirvió de escenario para la película “La Duquesa”, además de para “Orgullo y Prejuicio” en el 2005 y “El Hombre Lobo” en el 2010, aunque la villa ya no florece como en sus mejores tiempos.

La mansión Chatsworth perteneció desde el siglo XVI a la casa de Devonshire, pero en los inicios del siglo XX sus miembro arrastraron problemas económicos que obligaron a los sucesivos duques a vender terrenos, enseres y obras de arte para saldar deudas. Incluso tuvieron que demoler el gigantesco invernadero de la finca, considerado en su momento el más grande del mundo y que albergaba hasta una selva tropical, porque no podían mantenerlo. No obstante, aún conserva una majestuosa colección de arte y es uno de los lugares más visitados del Reino Unido, con más de 300.000 visitas anuales, además de recibir eventos, ferias, festivales, actuaciones musicales y teatrales (a menudo escenario de películas, como se ha visto), y de poderse alquilar para actos privados.

Pero lo importante es que, finalmente, el retrato del sombrero de su Gracia, la duquesa de Devonshire, Georgiana Cavendish, por fin, descansa en casa.

AlmaLeonor.