EL DUQUE DE LERMA. PRIMER VALIDO DE ESPAÑA

EL DUQUE DE LERMA. PRIMER VALIDO DE ESPAÑA

Artículo de Alma Leonor López publicado el 21 de enero de 2013 en Anatomía de la Historia, sección Edad Moderna.

 

Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma (1553-1625), nacido en Tordesillas, provincia de Valladolid, fue para Francisco Tomás y Valiente el primero y uno de los más destacados validos de la Monarquía Hispánica (junto con el conde-duque de Olivares).

En el siglo XVII, los validos de los Austrias fueron: Lerma y Uceda, con Felipe III; Olivares y Haro, con Felipe IV; Nithard, con Mariana de Austria; y Valenzuela, con Carlos II.

John Elliot, en la introducción al libro El mundo de los validos (escrito junto con Laurence Brockliss, en 1999, de donde se han extraído todas las citas y referencian a estos autores), explica que para conocer el origen del vocablo valido hay que remontarse al siglo XVI en Francia, con el término favori, que en España se tradujo como‘privado’ ‘favorito’, refiriéndose a quien gozaba del favor real (privanza) o era apreciado y protegido por el monarca, de cuyo valimiento gozaba. Hacia comienzos del siglo XVII el término private se había introducido también en la lengua inglesa.

LOS HISTORIADORES OPINAN

La historiografía ha dado en llamar valido a aquellos personajes que, fundamentalmente durante el siglo XVII, desempeñaron el principal papel como consejeros regios, en tanto que favoritos de los monarcas. Por lo tanto, y como refiere Tomás y Valiente, los validos reunían dos características: la íntima amistad con el rey y la intervención directa en el gobierno de la monarquía.

Entre los historiadores hispanistas existe una controversia acerca de si este término se puede aplicar únicamente a la figura española, o si por el contrario pueden encontrarse ejemplos en otras monarquías europeas. John Elliott defiende esta última tesis y apunta a Robert CecilSomersetBukingham y Laud en Inglaterra, SullyRichelieu y Mazarino en Francia, así como otros ejemplos en Polonia, Austria, etc. Sin embargo, José Antonio Escudero sugiere por su parte la exclusividad hispana del valido. Para este profesor de Historia del Derecho, los demás serían algo así como un primer ministro o un secretario de Estado.

Las razones por las que surge la figura del valido son variadas, pero los historiadores parecen coincidir en dos puntos:

En primer lugar, por la complejidad del gobierno de la monarquía, que requirió de una mayor organización y jerarquización del poder institucional colocándose el valido entre el rey y el resto de altos funcionarios (secretarios de Estado y consejeros).

Laurence Brockliss pone en relación la figura del valido con la mecánica del patronazgo, entendiendo que más que el crecimiento del Estado, el valido se torna necesario ante el ansia de cargos: “la monarquía precisaba de un administrador de la gracia real que, a la vez, la protegiera frente al inevitable rencor de los decepcionados”.

Por otro lado, debido al intento de los grandes, de la más alta nobleza cortesana, de asaltar de modo pacífico los escalones político-administrativos del poder, situándose por encima de los secretarios de Estado y los consejeros en la dirección del Estado.

Los burócratas, profesionales y técnicos, pertenecían a clases intermedias, eran hombres de carrera y el nombramiento era un ascenso por meritocracia. El valido, hombre noble que ya contaba con la amistad y confianza del rey, al situarse entre estos hombres y el monarca, impedía que el poder del Estado se desplazara a favor de las nuevas clases sociales, de modo que continuara bajo el control de la nobleza y alto clero.

EL VALIDO Y EL REY

La amistad entre Lerma y Felipe III fue previa (ya existía esa amistad siendo príncipe), determinante y decisiva. Contando con ella, para Tomás y Valiente, citando a su vez a Leopold von Ranke, “su primera orden, una orden sin igual, fue que la firma de Lerma valiera tanto como la propia firma del Rey” (se refiere aquí a una orden verbal).

Del mismo modo Ciriaco Pérez Bustamante afirma que “el mismo día del fallecimiento [de Felipe II] escribía el favorito en nombre del Rey a todos los Presidentes de los Consejos y al Nuncio”. La figura del valido nacía exactamente al mismo tiempo que la entronización del nuevo monarca.

Felipe III autorizó a Lerma para que firmase en su nombre cualquier orden o comunicación, primero verbalmente, pero poco después por medio dela Cédulade 1612:

Copia de lo que Su Magestad ordenó al Consejo de Estado por Cédula de 1612 tocante al duque de Lerma.

Desde que conozco al duque de Lerma le he visto servir al rey mi señor y padre, que aya gloria, y a mí con tanta satisfacción de entrambos que cada día me hallo más satisfecho de la buena quenta que me da de todo lo que le encomiendo y mejor servido dél; y por esto, y lo que me ayuda a llevar el peso de los negocios, os mando que cumpláis todo lo que el duque os dixere o ordenare, y que se haga lo mismo en ese Consejo, y podrásele también dezir todo lo que quisiere saber dél, que aunque esto se ha entendido assí desde que yo subcedí en estos Reynos, os lo he querido encargar y mandar agora.

AGS, Eº, España, leg. 4126.

Esta práctica resultó novedosa en ese momento y nadie pudo discutir lo que Lerma podía dictar en nombre y en representación del Rey. Tal cosa supuso colocar todo el sistema administrativo de los Austrias, los Consejos, a la disposición personal del valido, única y exclusivamente por la voluntad real, ya que no ocupaba cargo administrativo alguno. Para algunos autores, como Francisco Tomás y Valiente, la equiparación de las firmas del rey y del valido fue una torpeza.

AlmaLeonor.

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LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO

LA HORA DE TODOS Y LA FORTUNA CON SESO

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“El tratadillo, burla burlando, es de veras. Tiene cosas de las cosquillas, pues hace reír con enfado y desesperación. Extravagante reloj que dando una hora sola, no hay cosa que no señale con la mano. Bien sé que lo han de leer unos para otros, y nadie para sí. Hagan lo que mandaren, y reciban unos y otros mi buena voluntad. Si no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar a un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que no lo dejan de ser una hora en toda su vida.”
                                           Francisco de Quevedo (1580-1645)

Esta obra del insigne poeta del siglo de oro español, dedicada a Don Álvaro de Monsalve (que era canónico de la Santa Iglesia de Toledo), es un compendiado tratado de moral donde va señalando con su prosa magistral, su fina ironía y sus calculadas dosis de humor, todos los males de su época.

A lo largo de la obra critica tanto a los reinos peninsulares, como a los de Italia , Francia, Inglaterra, los turcos, grupos sociales, costumbres… y también censura a personajes (médicos, letrados, litigantes…), damas de su tiempo y sus excesivos afeites (“se ahumaban las cejas y se enceraban los labios“), a ladrones, ministros o gentes vinculadas al poder que se aprovecha del pueblo para enriquecerse. Quevedo se despacha en esta obra contra todos los enemigos de la época de aquella España decadente que tanto amaba y que tanto le dolía. Pero no utiliza nombres propios, sino que se sirve de un sutil lenguaje irónico que le permite acusar sin decir, un modo como otro cualquiera de “cubrirse las espaldas” ante posibles detractores o acusadores. No hay que olvidar que Quevedo fue un férreo detractor del Conde Duque de Olivares, motivo por el que había sufrido prisión y destierro, y aunque ya no era valido cuando Quevedo escribió la obra (1645), aún debía ser prudente, incluso en fechas tan cercanas ya a su muerte.

 “Para las enfermedades de la vida, solamente es medicina preservativa la buena muerte”.

En un plano de irrealidad, la historia transcurre en el Olimpo, el mundo de los dioses, aunque todas las escenas transcurren en España. A lo largo de toda la obra Quevedo va desengranando lo que piensa de esa corrupta España llegando incluso a exponer una posible solución a los problemas humanos ofreciéndoles la oportunidad de quejarse ante Júpiter sobre los avatares de la Fortuna que tan veleidosamente reparte sus gracias.  Pero finalmente, todo queda como al principio: El mundo es y seguirá siendo el mismo… un caos.

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Capítulo VII

Estaban unos senadores votando un pleito. Uno dellos, de puro maldito, estaba pensando cómo podría condenar a entreambas partes. Otro, incapaz, que no entendía la justicia de ninguno de los dos litigantes, estaba determinando su voto por aquellos dos textos de los idiotas: «Dios se la depare buena» y «dé donde diere». Otro, caduco, que se había dormido en la relación, discípulo de la mujer de Pilatos en alegar sueño, estaba trazando a cuál de sus compañeros seguiría, sentenciando a trochemoche. Otro, que era doto y virtuoso juez, estaba como vendido al lado de otro que estaba como comprado, senador brujo untado. Este alegó leyes torcidas, que pudieran arder en un candil, y trujo a su voto al dormido y al tonto y al malvado. Y habiendo hecho sentencia, al pronunciarla les cogió la Hora, y en lugar de decir: «Fallamos que debemos condenar y condenamos», dijeron: «Fallamos que debemos condenarnos y nos condenamos.» 

«Ese sea su nombre», dijo una voz. Y al instante se les volvieron las togas pellejos de culebras, y arremetiendo los unos con los otros, se trataban de monederos falsos de la verdad. Y de tal suerte se repelaron, que las barbas de los unos se veían en las manos de los otros, quedando las caras lampiñas y las uñas barbadas, en señal de que juzgaban con ellas y para ellas, por lo cual las competía la zalea jurisconsulta.

Francisco de Quevedo.

 

Fuentes: EntrelectoresPortalsolidario, Wikipedia, Ataun. Pinchando en las imágenes lleva a su fuente.