LA ARAÑA Y EL CÁLIZ

LA ARAÑA Y EL CÁLIZ

Odilon Redon (1840-1916), The Chalice of Becoming (El Cáliz del Destino, 1894).

“Et si musca vel aranea casu contingente super calicem ceciderit, si viva fuerit uel mortua caute extrahatur et conburatur et cinis in sacrario repponatur.”

[Si una mosca o araña caía en el cáliz… Había que sacarla, estuviese viva o muerta, con sumo cuidado, quemarla, y echar sus cenizas por el sumidero.]


Andrés de Albalat
Sínodo de Valencia en el año del Señor de mil doscientos cincuenta y ocho, martes después de la fiesta de San Lucas.
Actualmente la festividad de San Lucas se celebra el
18 de octubre.

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Esta traducción de Valentia Medievalis, acerca de uno de los más curiosos temas tratados en los sínodos celebrados en Valencia entre los años 1255 y 1273, y en los que fray Andrés de Albalat, nombrado Obispo de Valencia por el papa Inocencio IV el 25 de febrero de 1249, tuvo un más que importante papel, adolece de una importante imprecisión: el sumidero.

No está claro que sea la traducción más correcta, aunque figure así en alguna obra, incluso mucho más moderna como vamos a ver. Por ejemplo, como me ha apuntado un amigo bastante más experto en este tema que yo, en el “Tratado de las Ceremonias de la misa y de las demás cosas tocantes a ella”  (1655) del licenciado Ivan de Bustamante (Madrid, 1655), y editado por Joseph Matías de Valmayor. En sus páginas 462-463 dice concretamente:

“11. Si antes de la consagración cayere en el Cáliz mosca, o araña, o otra cosa […] Si fuere araña, no conviene que se use del vino, ni agua, por el peligro de ponzoña. Si cayó, o se echó de ver después de la consagración, y no se atreviese el Sacerdote a tomarla, por hacer asco, la sacará, y la lavará con vino, y acabada la Misa, se quemará, y las cenizas, y el vino con que se lavó, se echarán en el sumidero” (1655).

Es decir, aquí sí que se utiliza la palabra “sumidero”, pero en otras traducciones se especifica un poco más a que se hace referencia con esa palabra. Por ejemplo, en el “Ceremonial Romano de la Missa rezada conforme el missal más moderno”, (1708), escrito por D. Frutos Bartolomé de Olalla y Aragón y editado por Antonio Gonçalez de Reyes, se especifica claramente, en su punto 5º, que “lo eche en el sumidero de la Pila del Bautismo(1708).

En el “Curso de derecho canónico hispano e indiano” (1743) de Pedro Murillo Valverde, al ser más moderno, se entienden mucho mejor las instrucciones, pero seguimos teniendo un problema en cuanto a la especificación final, el sitio donde ha de arrojarse el bicho quemado:

“Si cayere una mosca, araña, o alguna otra cosa en el cáliz, antes de la consagración, arroje el vino en un lugar decente, y ponga oro en el cáliz, mezcle un poco de agua, ofrezca como [dice más] arriba y prosiga la misa. Si después de la consagración cayere la mosca, o algo parecido, y le da naúsea al sacerdote, extraígala, lávela con vino, terminada la misa, quémela, y lo quemado y lo del lavatorio arrójelo en un lugar secreto” (1743).

En el “Suplemento al Diccionario de Teología del Abate Bergier” (1857), escrito por D. Antolín Monescillo, no habla ni de sumidero ni de Pila Bautismal, ni de “lugar secreto”… habla de “piscina”:

“Cuando por casualidad cae dentro del cáliz alguna mosca o araña […] Si lo advierte después de la Consagración, con la mayor cautela posible extraerá la mosca o araña, la lavará con curiosidad, y acabada la misa quemará al animal, echando sus cenizas con la ablución en la piscina.”

En todo caso siempre se pide que si el sacerdote “no hace asco” se tome la sangre consagrada con la mosca o araña, o incluso con las cenizas de la segunda, aun siendo considerada “ponzoñosa”… Siguiendo en el punto 5º: “Si no tuviere asco, ni temiere algún peligro, recíbalo con la Sangre” (1708); o según el Curso de Derecho Canónico: “Pero si no le causare náusea, y no temiese ningún peligro, consuma el sacramento” (1743). Así de contundente.

Ahora bien, los cánones recogen todas las situaciones posibles, y en el caso de haberse “comido” el bicho intruso, son muy estrictos en eso de seguir manteniendo la ortodoxia:

“11. Y advierta que no podrá aquel día decir otra Missa (aunque por otra causa la pudiera decir) por haberse desayunado, comiendo voluntariamente cosa que si sola basta para quebrantar el ayuno, como le quebrantara si en el Cáliz se echara un poco de pan, o cosa semejante. No es lo mismo del que acaso se le entró en la boca una mosca volando, o algunas gotas de agua, o nieve lloviendo, lo que no quebranta el ayuno, por no ser acto voluntario, ni de su intención, como lo es en el caso presente” (1655).

Cuídese mucho el sacerdote de romper el voto del ayuno en estos casos “voluntarios” de consumo de animal extraño con el vino consagrado. Pero no todo acaba en el sumidero de la Pila Bautismal, o en un lugar secreto… Hay un caso en el que las cenizas quemadas tienen otro destino:

“6. Si cayere en el Cáliz alguna cosa venenosa, o que provocare vómito, el vino consagrado se ha de poner en otro Cáliz, y poner otro vino con agua, para consagrar de nuevo. Acabada la Missa, la Sangre embebida en un paño de lino, o en estopa, se guarde tanto tiempo, hasta que las especies del vino se hayan secado, y entonces se queme la estopa, y las cenizas se echen en el Sagrario.” (1708).

Si. Un nuevo destino para el resto ceniciento, el Sagrario. Y no, no se preocupen, todo este ceremonial se realiza sin haber consumido la “cosa venenosa” que pudiera haber caído en el Cáliz… en el Canon de 1655 se especifica mejor:

“12. Si lo que cayó en el Cáliz es cosa venenosa, o que provoque a vómito, no consumirá la sangre, sino hará otro Cáliz, y lo consagrará…” (1655).

También este Canon, que no aclara muy bien en qué clase de sumidero hay que hacer desaparecer las cenizas, tanto de la araña como de la cosa venenosa (al menos hasta el punto 18, en el que ya se dice “sumidero o Pila Bautismal”), se especifica mucho mejor que en el de 1708, lo que ha de hacerse en este segundo caso…

“12… y acabada la Missa, embeberá la Sangre en un paño limpio de lino, o en unas estopas, y se guardarán en el Sagrario, hasta que estén secas, y entonces se quemarán, y las cenizas se echarán en el sumidero; y adviértase, que de ninguna manera se quemen los paños hasta que estén muy secos, porque mientras hay humedad, o las especies no están de todo punto corrompidas, permanece la Sangre de Cristo” (1655).

Igualmente manda proceder, para el caso de advertir en el cáliz, y después de la Consagración, la presencia de un “veneno”, el “Suplemento al Diccionario de Teología del Abate Bergier” (1857). Aquí es mucho más claro en esto. Habla de un veneno: “Si el celebrante sabe que en el cáliz han echado veneno…” (1857). No me quiero imaginar como es posible que el sacerdote sepa que han puesto veneno en el cáliz…

Todos los casos que puedan sucederse durante una misa están contemplados en los Cánones. Algunos son simplemente normas de uso, pero no cabe duda de que estos casos sobre arañas no dejan de tener una curiosidad añadida.

AlmaLeonor.
(Aclaraciones y explicaciones obtenidas por gentileza de F.P.R.A.).

 

 

 

 

 

 

 

 

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LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

Virgen de la Consolata (Turín). Se dice que fue pintada por San Lucas (detalle).

¿Se habían dado cuenta de que todas las advocaciones de la Virgen María en nuestro país, carecen, en realidad, de nombre alguno? Ni siquiera María, tan popular como nombre propio en el mundo entero, puede ser un nombre, sino un apelativo. De hecho, de los personajes principales del relato Bíblico, solo Jesús tiene un nombre propio como tal, que derivaría del Yeshúa arameo, transformado en el Iesoús griego para finalizar con el Iesus latino. Hay quien lo hace derivar del hebreo Josué, que es el mismo que en arameo se diría Yeshua, pero eso sería otra historia. El caso es que él sí que tiene nombre, mientras que por mucho que busquemos, a Dios padre no se le conoce otro nombre que el de Dios, que puede ser un título tan genérico como el de Espíritu Santo, el otro vértice de la Trinidad, y de quien tampoco conocemos el nombre… ¿el espíritu santo… de quién?

Pero hablaba yo de María… La Biblia reconoce como María a varios personajes, empezando por la Madre de Jesús, pero también María la hermana de Moisés y Aarón, que acabó siendo reconocida por el nombre original en hebreo, Miryam (origen del Maryam en árabe), mientras que para la Madre de Jesús se utiliza simplemente María. Pero es que María, según alguna de las muchas interpretaciones que se han realizado sobre esta palabra, significa “señora”, un título. No debemos desdeñar esta interpretación porque fue realizada por los mismísimos Padres de la Iglesia (siglos I-VIII), partiendo del arameo mra, con ese significado de “señora” o también “excelsa”. Incluso en algunas versiones posteriores, María es relacionado también con “luz”. Yendo más allá, una interpretación de ese nombre de María, bajo la óptica egipcia, haría derivar el vocablo de mry, que significa “amada”. La Iglesia reconoce los apelativos de Santa María, Madre de Dios o María, Madre de la Iglesia… pero no quiere decir que sea un nombre.

 

Para concluir… no importa tanto encontrar el auténtico origen de este vocablo, como constatar, con todo ello que, en todo caso, María, bien puede ser un título o un tratamiento: la excelsa y amada señora que dio a luz a Jesús…  la Santa Señora,  madre de Dios; o la Señora que es Madre de la Iglesia. O sea, una mujer sin nombre.

Piensen en sus nombres, o en los de sus esposas, madres e hijas… Curiosamente, en España hubo un tiempo en el que era de cumplimiento obligado incluir María delante de todo nombre de niña (una amiga mía, de nombre Susana y cuya madre se negaba a tal norma, acabó incluyéndola por obligación, pero al final: Susana María), y ahora pienso que, además de un absurdo precepto religioso (que, por otro lado, era más alienante que absurdo), tenía una razón lógica. Les cuento, verán. Mi madre se llama Pilar, solamente Pilar. A mí me bautizaron como María del Pilar por mor de ese precepto que mencionaba antes, pero es que ahora veo que el nombre de mi madre no tiene ninguna lógica… Pilar… mi madre lleva el nombre de ¡una columna de piedra! No es un nombre, ¡es una columna! En cambio, el mío, María del Pilar, significa, implícitamente al menos, un apelativo femenino: “la señora del pilar de piedra”… no es que me lleve un nombre propio tampoco, pero al menos no me quedo solamente con la piedra.

Virgen del Pilar (1780), de Ramón Bayeu (1746-1793)

Si pensamos en prácticamente todos los nombres marianos de España, encontramos ejemplos similares: La Inmaculada Concepción, que son dos nombres femeninos, no son nombres, son los atributos que le asignó la Iglesia de Roma a la Madre de Jesús, a la que nombró Virgen por decreto conciliar; Lo mismo podríamos decir de la Virgen de la Asunción, en realidad, una mujer que es llevada al cielo (asunción) en cuerpo y alma tras su “durmimiento”; o Dulce Nombre de María, que nos queda con las ganas de saber cuál es ese nombre, el de esa “señora excelsa” cuyo nombre es tan dulce… Pero es que hay más…

  • María del Mar… la señora del mar.
  • La Virgen de Lourdes… una aparición mariana en la localidad francesa de Lourdes, como la Virgen de Fátima lo es por la localidad portuguesa del mismo nombre, o como la Virgen de Loreto lleva ese apelativo por la ciudad italiana de la que es originaria, un vergel de laureles (lauretum en latín). Y lo mismo pasa con la Virgen del Rocío, una imagen hallada en la aldea almonteña del mismo nombre, o las rivales vírgenes sevillanas de distintos barrios, la Macarena y la de Triana… llevan el nombre del barrio, no un nombre propio.
  • La Virgen del Camino… una señora en el Camino de Santiago.
  • La Virgen del Pino… una imagen encontrada en un pino en la bella localidad de Teror en Gran Canaria.
  • Nuestra Señora de los Ángeles… ni siquiera es María…
  • Nuestra Señora de la Esperanza… de la Fe, o de la Caridad, todos ellos nombres femeninos hoy en día, pero que son solo virtudes teologales.
  • María Auxiliadora, o la Virgen del Perpetuo Socorro, o Nuestra Señora de la Purificación o de la Consolación… explican muy bien cuál es su función, pero no es nombre.
  • Nuestra Señora del Rosario… pues eso, lo que lleva la señora en la mano.
  • Nuestra Señora del Carmen… curioso, porque deriva del Monte Carmelo, en Israel, o de la palabra Carmen, que es un canto extraño, un conjuro, un hechizo, un poema cantado con un ritmo determinado y cadencioso.
  • Nuestra Señora de los Dolores… no hace falta decir lo que son los dolores…
  • Nuestra Señora de la Almudena… la señora de la “ciudadela”, al-mudayna, o madina, un diminutivo árabe de “ciudad”, como la ciudadela árabe que existía en Madrid, la Almudena, o la antigua medina musulmana, en cuya muralla se encontró la que hoy es la patrona de Madrid.

… Piénsenlo.

Busquen una advocación mariana y se encontrarán con que en realidad no dice el nombre de la mujer de la imagen, sino un atributo, un lugar de origen, un elemento sobre el que se posa, un objeto que porta… pero no un nombre, porque ni siquiera María lo es… significa “señora”.

En cambio, los nombres propios los encontramos fácilmente en el pecado (Eva, Magdalena) o en el santoral: Santa Isabel, Santa Ana, Santa Lucía, Santa Águeda, Santa Bárbara, Santa Brígida, Santa Catalina, Santa Clara, Santa Cristina, Santa Elena, Santa Eulalia, Santa Genoveva, Santa Inés, Santa Juana, Santa Lucrecia, Santa Margarita, Santa Micaela, Santa Matilde, Santa Mónica, Santa Rosa, Santa Teresa, Santa Úrsula, Santa Tecla, Santa Felicidad… una santa que bien podría ser virgen, pues su nombre es un estado emocional en realidad.

LA VIRGEN DE SAN LORENZO

La Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: Domus Pucelae)

Me he desviado un poco bastante del tema, porque yo, de lo que quería hablar es de la patrona de mi ciudad, la Virgen de San Lorenzo. Pero cuando me he dado cuenta de que, en realidad, nuestra Virgen no tiene nombre, me he puesto a pensar y he descubierto que, como he explicado, no lo tiene ninguna. Así que nuestra patrona no es un caso extraño. Es, eso sí, la única de la península (creo, tampoco he realizado un estudio exhaustivo) que lleva el apelativo de un señor, de un santo.

La historia de nuestra Virgen pucelana es prácticamente igual a la de todas las de los hallazgos de tallas de imágenes marianas contadas en casi todas partes. La mayoría de esas historias derivan de que, por temor a la invasión musulmana, muchas imágenes de cristos, santos y vírgenes fueron ocultadas, apareciendo “milagrosamente” tiempo después y originando su propia leyenda (aunque se tallase realmente en siglos posteriores). Esta Virgen nuestra fue hallada por unos aguadores vallisoletanos a la orilla del río, en la parte donde se solían abastecer desde el río Pisuerga para venderla por la ciudad, justo donde la historia sitúa la “Puerta de los Aguadores”, fuera de las murallas vallisoletanas.

Talla de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: El Norte de Castilla)

Esa imagen, no tan pequeña como otras de su época y con un niño en brazos, originaria, hoy lo sabemos, de la segunda mitad del siglo XIV y de autor anónimo, fue llamada en un principio, la Virgen de los Aguadores, lo que viene a corroborar dos cosas: que ninguna Virgen lleva nombre propio y que esta nuestra siempre tuvo un nombre masculino.

La imagen fue entregada al párroco de la vecina Iglesia de San Lorenzo, la más cercana al río en esos momentos, y allí permaneció durante mucho tiempo, siendo tenida por la patrona de los aguadores del río y, más tarde, de todo Valladolid.

En 1917 es canonizada y el Ayuntamiento la nombra oficialmente Patrona de la ciudad de Valladolid (además de alcaldesa perpetua, lo que hoy causaría estupor) con lo que este año se celebra el centenario de ese nombramiento.  Como no se sabe a ciencia cierta en qué día fue hallada, para la celebración de la patrona se fijó la fecha de su festividad, el 8 de septiembre, día en el que el santoral católico celebra el nacimiento de la Virgen María, la madre de Jesús.

Y desde entonces se celebra en Valladolid la fiesta de su patrona en este 8 de septiembre, una fiesta y una patrona que, contrariamente a lo que sucede con la mayoría de las vírgenes de nuestro país, no tiene su santuario propio y ni siquiera recibió nunca un nombre. Se quedó como “la virgen que se encuentra en la Iglesia dedicada a San Lorenzo en Valladolid”, o sea, la Virgen de San Lorenzo, la patrona de Valladolid.

AlmaLeonor

¡¡Felices Fiestas!!

LA MENTIRA: LO QUE PARECE, NO ES

LA MENTIRA:
LO QUE PARECE, NO ES

Artículo de Alma Leonor López publicado el 2 de febrero de 2015 en Anatomía de la Historia, sección Siglos XIX y XX.

“La mentira es un gran problema que, con frecuencia, nos inquieta en nuestro quehacer cotidiano porque tal vez denunciemos, temerariamente, como mentira lo que no es mentira, o pensemos que, a veces, se puede mentir con una mentira honesta, oficiosa o misericordiosa.”

Agustín de Hipona, Sobre la mentira

En el año 2013 Anatomía de la Historia publicó mi artículo Corruptelas que hicieron Historia, donde se hablaba de algunos de los casos de corrupción más sonados de nuestro país a la luz de los que estaban siendo conocidos en aquellos momentos. Aún siguen presentes en la actualidad política, aunque ahora un poco más acompañados, si puede decirse así, ya que otros escándalos político-financieros, relacionados algunos con la ocultación de ingresos a través de las llamadas tarjetas black, están provocando un rosario de dimisiones políticas no solo por la corrupción manifiesta, sino además, por mentir.

Y de esto es de lo que trata este artículo, de mentiras, de cómo la mentira aparece en la historia unas veces con su acepción primera (“expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”, según el DRAE), y otras en forma de alguno de sus sinónimos: farsa, invención, engaño, simulación, falacia, treta, argucia, fraude, subterfugio, enredo, artificio, disimulo, apariencia, bola, embuste, chisme, calumnia, difamación, exageración, burla… o, sugestivamente, cuento, fábula y novela, como puede encontrarse en algún listado de sinónimos, aunque en puridad, una ficción no sea una mentira, ya que ésta ha de resultar, necesariamente, una acción intencionada como explicó Agustín de Hipona: “El pecado del mentiroso está en su deseo intencionado de engañar… Las bromas no son mentiras” (Sobre la mentira).

Fue la radio la que resultó testigo de una de las mayores “bromas” de la historia, la retransmisión teatralizada de la novela La Guerra de los Mundos de H. G. Wells, que el 30 de octubre de 1938 realizara un joven Orson Welles (1915-1985) causando una alarma generalizada de pánico en todo Estados Unidos, pese a que se había anticipado un mensaje aclarando que se trataba de una invención (Welles tuvo que volver a explicarlo en el minuto 40:30 aproximadamente). Todo había sido una ficción, un “truco o trato” en la noche más “terrorífica” de Estados Unidos, la noche de Halloween.

Pero vamos a ver algunas mentiras más que se sucedieron a lo largo de la historia… solo algunas, porque todas es imposible contarlas.

PRENSA, PROPAGANDA Y MAINSTREAM

Se suele decir que desde el siglo XVIII la prensa ha jugado un importante papel como un “cuarto poder”, pero finalizando el siglo XIX fue una suerte de prensa sensacionalista la que originó, en la Guerra Hispano-estadounidense de 1898, el anticipo de un conflicto bélico y hasta una nueva forma de hacer periodismo, llamado con el tiempo amarillismo, que consiste en falsear o presentar exageradamente un acontecimiento como “subterfugio” para provocar una reacción, ya sea comercial, social, política o, como en este caso, militar: el 16 febrero de 1898, al día siguiente del suceso, The New York Journal, el diario del gran magnate William Randolph Hearst, publicaba en titulares la noticia del estallido del barco estadounidense USS Maine en el puerto cubano de La Habana, culpabilizando a España de haber emprendido una acción de guerra: “El Maine, partido en dos por una máquina infernal del enemigo”. Sin embargo, la nota de su enviado a Cuba, Silvester Scovel, solo informaba de la explosión, sin más datos. Nacía así el periodismo al servicio de los intereses políticos o la prensa llamada hoy mainstream, creadora propia de opinión pública.

Uno de los mayores embustes conocidos a través de una publicación en prensa fue la sonada orquestación político-novelesca de los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, muy difundidos a principios del siglo XX en Rusia (y en toda Europa, solo en la Biblioteca del Museo Británico se conservan 43 ediciones, la primera de 1905), con la pretensión de desacreditar a los judíos y, en cierto modo, justificar los pogromos rusos.

“La política no tiene nada que ver con la moral. Un jefe de Estado que pretenda gobernar con arreglo a leyes morales, no es hábil y, por tal, no está bien afianzado en su asiento. Todo el que quiera gobernar debe recurrir al engaño y a la hipocresía.” (Protocolo I)

Los Protocolos explicaban una elaboradísima trama conspiratoria sionista para hacerse con el control político mundial (empezando por la masonería y el comunismo y después manipulando la economía, controlando los medios de comunicación y fomentando los conflictos religiosos), una idea que ha continuado circulando durante mucho tiempo y que incluso a día de hoy puede rastrearse por Internet. En el año 2010 Umberto Eco reescribió la historia de los Protocolos, y de paso buena parte de la historia europea de la segunda mitad del siglo XIX, en su novela El Cementerio de Praga, donde el protagonista, el capitán Simonini (acuciado por una doble personalidad) se confiesa espía y autor de los documentos.

El texto de los Protocolos, del que no se conoce su origen exacto, aparece publicado por primera vez en 1903 en el diario ruso Znamya (‘bandera’), pero el que se difunde profusamente a partir de la Revolución Rusa de 1917 es el de la tercera edición de 1905, publicada en Rusia por Sergei Nilus (1862-1929), escritor, religioso, místico y, según él mismo, agente secreto de la Ojrana, la policía secreta rusa.

Poco después, en 1921, se publican en Nueva York una serie de artículos periodísticos sensacionalistas sobre los Protocolos cuya autora era la princesa Catherine Radziwiłł (1858-1941), la condesa polaca Ekaterina Adamovna Rzewuska, casada con el príncipe Wilhelm Radziwiłł a los 15 años, tenida por instigadora y chismosa en su tiempo y a la que se le conocen varios libros escritos con pseudónimo (el más conocido es el de Paul Vasili, nombre con el que escribió, por ejemplo, La Société de Madrid. 1886). Fue condenada y enviada a prisión en alguna ocasión por fraude y falsificación y el escritor francés André Maurois dijo de ella que era una “mitómana” y que toda su vida era un engaño y una mentira.

Pues bien, en esos artículos Radziwiłł describe cómo, entre los años 1904 y 1905, un agente de la Ojrana (según su versión era el periodista de Le Figaro Matvei Golovinski), le entrega en su apartamento de los Campos Elíseos de París unos documentos en francés, los Protocolos, siguiendo órdenes de Piotr Rachkovski, jefe del servicio secreto ruso, de la Ojrana. Pero toda la historia quedó desacreditada cuando se descubrió la mentira de Radziwiłł, ya que los documentos no eran originales, Rachkovski en esas fechas no estaba ya en París y, por supuesto, ella no poseía un apartamento en los Campos Elíseos.

Los Protocolos son una elaborada falsificación, una mentira antisionista con muchas ramificaciones, que según el Museo del Memorial del Holocausto ha sido varias veces condenada: en 1935 un tribunal suizo declaró que los Protocolos eran “difamatorios” y “falsificaciones obvias”; en 1964 el Senado de Estados Unidos emitió un informe en el que se dice de los Protocolos que estaban “fabricados” y eran un “galimatías”; en 1993 un tribunal ruso condenaba a los difusores de una nueva edición de los Protocolos por propagar el “antisemitismo”. Pues bien, aun así, es una de las publicaciones más difundidas en todo el mundo.

Para cuando los Protocolos llegan a Estados Unidos, hacia 1928, algunos magnates, como Henry Ford (1863-1947), los tomaron, si no como auténticos, sí como reflejo de una realidad posible.

Los Protocolos de los Sabios de Sión fueron también uno de los pasquines utilizados por la propaganda intencionadamente antisemita del nazismo alemán para justificar su ideología y amparar el Holocausto judío. A Joseph Goebbels se debe la famosa frase una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, tantas veces parafraseada hoy en sentido contrario. La propaganda de los regímenes dictatoriales europeos del siglo XX, tanto de los fascismos como del régimen estalinista, puede encuadrarse también en una suerte de “exageración”, de política intencionadamente difamatoria, con el fin de subyugar a la opinión pública y promocionar la ideología dominante. Es doblemente dolosa si tenemos en cuenta que son campañas realizadas en tiempos en los que la censura y la represión impedían una contrastación efectiva de las mentiras.

Una forma de “engañar” y mentir a la opinión pública y, en cierto sentido, a la historia, también puede ser la falsificación de documentos gráficos como las fotografías. No es una exclusividad de nuestra era digital, sino que ha venido siendo una práctica habitual casi desde su mismo nacimiento. Como casos de semejantes montajes hay muchísimos, señalaremos solamente que no siempre se han manipulado para “eliminar” una presencia políticamente incómoda (como hizo Mussolini con el mozo que sujeta su caballo, para ofrecer una imagen más “marcial”; o Lenin con Trotsky de 1917 a 1926, o Stalin con este deportado y ajusticiado político), también se han utilizado para “retocar” carteles inapropiados (en la Rusia bolchevique “Abajo la Monarquía” decora una bandera anodina y un cartel que rezaba “Relojes. Oro. Plata”, se sustituye por un mensaje más adecuado: “en la lucha tendrás tu derecho”), o para “añadir” ausencias significativas, como la del general Francis Preston Blair Jr. en una fotografía junto al General William Tecumseh Sherman y su Estado Mayor de la Unión, tomada entre 1862 y 1865 por el equipo del famoso documentalista de la Guerra Civil estadounidense Mathew B. Brady (1822-1896).

O para cubrir las ausencias de parte de la familia real española en una felicitación navideña. Porque la política reciente también ha hecho uso de este “montaje” de forma más que habitual. Por ejemplo en el año 2004, en Estados Unidos, al entonces candidato demócrata a la presidencia y actual secretario de Estado, John Kerry, le “fabricaron” un pasado de lucha apasionada por los derechos civiles trucando una fotografía en la que aparecía junto a una activista Jane Fonda. Y en 2011, durante la operación secreta de las fuerzas especiales norteamericanas que acabó con la captura y muerte del terrorista Osama bin Laden, el presidente Barack Obama y sus colaboradores más inmediatos siguieron todos los acontecimientos desde una sala de la Casa Blanca, escena que todos los periódicos del mundo pudieron contemplar al día siguiente. Todos menos uno. Hubo un diario ortodoxo judío que borró digitalmente de la escena a las mujeres presentes en la reunión: Hillary Clinton y Audrey Tomason.

El caso es que muchas veces una imagen sí que necesita de mil palabras para no mentir.

MENTIRA VERSUS POLÍTICA

Ya desde la Antigüedad clásica, la política y el poder, encontraron en la mentira una “herramienta necesaria y justificable” −decía Hannah Arendt (Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política, 1954)− para encumbrarse, mantenerse y perpetuarse en los puestos dirigentes de la nación. La mentira, amparada en ocasiones en la maquiavélica “razón de Estado” como fin que justifica los medios, hace que la autora alemana se cuestione hasta dónde esta utilización del “falso testimonio”, puede llegar a resultar dañina no solo para la credibilidad del político, sino también para “la naturaleza y dignidad del campo político, de la verdad y la veracidad”. En definitiva, el peligro de que la banalidad de la mentira acabe por hacerla tan habitual que resulte aceptable. En su estudio Eichmann en Jerusalén, Arendt busca la evidencia de un falso testimonio, un delito de perjurio más allá del eficaz comportamiento del burócrata que cumple órdenes superiores.

Pero cuando quien falta a la verdad es el primer mandatario de un país, esta justificación no sirve. Políticos que fueron manifiestamente “cazados” en una mentira pueden ser muchos, pero nos centraremos en dos buenos ejemplos de presidentes estadounidenses: Richard Nixon, el único presidente en la historia de Estados Unidos que se vio obligado a dimitir de su cargo, el día 9 de agosto de 1974, tras la investigación de dos periodistas que sacaron a la luz toda una trama de obstrucción a la justicia y escuchas fraudulentas, bautizada como caso Wartergate; y el presidente Bill Clinton, por cuyo affaire sentimental con una becaria de la Casa Blanca de nombre Monica Lewinsky en enero de 1998 (asunto que saltó a la opinión pública desde la red de Internet), fue acusado por el fiscal Kenneth Starr de perjurio, además de otros cargos −hasta once−, entre los que se encontraba el de coacción de testigos por haber obligado a mentir a aquélla en otra causa. Aunque no llegó a dimitir por el escándalo y nunca admitió que cometiese perjurio, sí que tuvo que reconocer que había mantenido algún tipo de relación sexual con la becaria. Un año más tarde salió absuelto de todos los cargos.

Y aún está por determinar por la comunidad internacional, pero podríamos mencionar hasta a un tercer presidente estadounidense, George W. Bush, quien hizo creer a todo el mundo que, el otrora aliado norteamericano, el presidente iraquí Saddam Hussein, ocultaba armas de destrucción masiva en su país (violando la Resolución 687 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1991) capaces de provocar una masacre terrorista internacional. Con este, digamos, bullshitting (una aseveración sin saber a ciencia cierta su veracidad y sin que le importe al interlocutor que lo sea, según el filósofo Harry Frankfurt), el “Trío de las Azores” (Bush y los jefes de Gobierno europeos, José María Aznar y Tony Blair) emprendió la que quizá fue la más estrepitosa y mediática de las guerras modernas, la Guerra de Irak (2003-2011).

También en España, y en cierto sentido a consecuencia de este asunto, conocimos un sangrante caso de bullshitting cuando el Gobierno Aznar, con su ministro del Interior, Ángel Acebes a la cabeza, afirmó por todos los medios a su alcance la autoría etarra de los atentados que la organización terrorista Al-Qaeda perpetró en Madrid el 11 de marzo de 2004 en la Estación de Atocha.

ESPIANDO, QUE ES GERUNDIO

Pero a veces “no decir la verdad” no tiene por qué ser una mentira. Otra herramienta política, el espionaje, se basa en mantener la ilusión de un artificio, un doble juego, la falsedad de una lealtad hacia un bando que en realidad está sirviendo al contrario. Ejemplos de espías en la Historia hay muchos, y es uno de los más famosos, quizás, el del francés Alfred Dreyfus (1859-1935), un posible caso de espionaje, antisemitismo y mentiras a partes iguales.

Muchas mujeres participaron en contiendas y guerras utilizando el “ardid” de un fingido cambio de sexo para poder luchar como hombres. Fue el caso, por ejemplo, de Catalina de Erauso y Pérez Galarraga (1585?-1650), la “monja alférez” española, pero la lista podría ser enorme. Muchas fueron también las mujeres que mantuvieron una ficción actuando de espías, como la famosa holandesa Mata-Hari (1876-1917), o las mujeres españolas que, durante la Guerra de la Independencia, espiaron al francés con una fingida relación amorosa.

En una ocasión, en 1812, en la población vallisoletana de Tordesillas, una mujer, de nombre Ángela Villagarcía, realiza un servicio de espionaje, pero con una “artimaña” con la que “supo servir a un tiempo a su sangre y a su patria”, pues con ella, además del servicio a la independencia, pudo liberar a un hermano suyo, de nombre Antonio, presbítero de Torrecilla de la Abadesa, preso y condenado a muerte por el ejército francés. Ángela se dirigió al mariscal Auguste Marmont, que estaba en esos momentos atrincherado en la línea derecha del Duero (en el vado de Pollos), ofreciéndose llegar hasta las líneas inglesas (en la orilla opuesta), averiguar su composición y volver con la información, a cambio de la libertad de su hermano. Pero en lugar de eso, le reveló a Arthur Wellesley, capitán del ejército anglo-español (), todo lo hablado con el francés y, de paso, la posición de sus tropas. Poniéndose de acuerdo con el futuro primer duque de Wellintong, Ángela “regresa a Tordesillas, presenta el fruto de su espionaje, y obtiene la libertad de su hermano” (Eleuterio Fernández TorresHistoria de Tordesillas, 1905).

ATRÁPAME SI PUEDES

Alguien que procura engañar” o gentes “trapaceras”, son algunas de las acepciones que pueden encontrarse en el DRAE respecto a los gitanos, pero para hablar de auténticos trapaceros y mentirosos, vamos a recurrir, de nuevo, a Agustín de Hipona:

Miente el que tiene una cosa en la mente y expresa otra distinta con palabras u otros signos” (Sobre la mentira, Cap. II). De estos personajes la historia nos proporciona muchos nombres, tanto de hombres como de mujeres, que quisieron hacer de la mentira virtud, fortuna y fama… y terminaron por salir “escaldados”.

Desde Richard Adams Locke, quien, intentando hacer una fallida crítica social, publica como real la historia de unos habitantes alados-humanoides de la luna en el periódico The Sun en 1844… a Victor Lustig, que debe su fama a que, en 1925 y hasta en dos ocasiones, consiguió vender la Torre Eiffel… pasando por Konrad Kujau, quien en 1983 consiguió “colar” al periódico alemán Stern una serie de falsificaciones haciéndolas pasar por “los diarios secretos de Hitler” y por las que obtuvo una bonita suma de millones, además de una condena de 42 de meses de prisión.

También hay mentirosos, estafadores y desfalcadores profesionales, cuyas vidas fueron incluso recreadas en filmes. El más conocido es, seguramente, Frank Abagnale Jr., famoso gracias a la película de Steven Spielberg, Atrápame si puedes (2002) protagonizada por Leonardo DiCaprio y Tom Hanks. Pero también tienen películas sobre su vida, Ferdinand Waldo Demara (1921-1982), uno de los mayores embaucadores de estados Unidos; Nick Leeson (nacido en 1967), quien provocó la quiebra de la inglesa Banca Barinas (donde hasta la reina de Inglaterra tenía cuenta); o Frédéric Bourdin (nacido en 1974), habitual estafador y suplantador de identidades de jóvenes desaparecidos en los años 90 y que cuenta con un polémico documental británico sobre su vida titulado The Impostor (2012, Bart Layton).

Todos ellos acabaron por descubrir que al final, tanto en el cine como en la realidad, y si no que se lo pregunten a Jenaro García, el flamante fundador de Let’s Gowex (la Compañía española de Internet y comunicaciones, acusada de falsedad documental y contable), los mentirosos y falsificadores sí que pueden ser atrapados.

¿NUNCA ES LÍCITO NI PROVECHOSO MENTIR?

Lejos de escarmentar, la mentira, el fraude, el engaño y la suplantación han campado por nuestra historia sin que ningún pinocho de Collodi nos haya avisado nunca de su falta hasta que no ha sido ya demasiado tarde. Eso debieron pensar los troyanos de La Ilíada cuando vieron salir del famoso Caballo de Troya a los enfurecidos griegos y campar a sus anchas por la inexpugnable ciudad gracias a la “treta” de Odiseo.

E igualmente engañado se debió sentir el gobernador de Cuba Diego Velázquez, cuando Hernán Cortés (que además era su “concuñado”), merced a una hábil estratagema político-administrativa, funda en julio de 1519 la ciudad de la Villa Rica de la Vera Cruz, con la que compuso un Cabildo adicto que lo proclamó gobernador y capitán general de las tierras descubiertas, y con esa acreditación y “artimaña” se le adelantó en la campaña de conquista de la ciudad azteca de Tenochtitlán. Pues si hay que mentir, mejor que la recompensa resulte tan provechosa como a Enrique IV de Francia: “París bien vale una misa”.

Desde la exégesis religiosa, se ha intentado verificar si una mentira puede o no ser provechosa en según qué ocasiones. Para empezar, ni el Corán(“Luego roguemos seriamente que la maldición de Allah caiga sobre los mentirosos”, Corán 3:61), ni la Biblia (“No dirás contra tu prójimo falso testimonio”,  Éxodo 20:1-7 y Deuteronomio 5:6-21) consideran aceptable la mentira. Pero en la Sunna se aceptan excepciones (“primero para conciliar entre la gente; segundo, en la guerra; tercero, entre los esposos”, en este último caso no se refiere al adulterio, sino a elogios falsos o exagerados) y en la Biblia se anuncia su presencia habitualmente (por ejemplo en Mateo 24:11, “Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos”, pero hay más) constatando que la mentira coexiste con la verdad divina y que también imperan “escalas”.

San Agustín estableció hasta ocho tipos de mentiras, algunas de ellas excusables, y Santo Tomás de Aquino, tres: la útil, la humorística y la maliciosa, donde todas son pecado, y el peor de todos es la calumnia.

El relato bíblico de la Pasión refiere el “engaño” y traición de Judas, así como la triple negación de Pedro incurriendo en falsedad de testimonio; y San Agustín, que nos recuerda episodios bíblicos como la mentira de Jacob al decir que era su hermano Esaú, afirma que “se debería confesar que, en ocasiones, la mentira no solo no es digna de reprensión, sino que incluso podría ser digna de alabanza” (Sobre la mentira).

Con esta ideología cristiana no es extraño que durante siglos la Curia Vaticana pudiera mantener como verdad incuestionable el documento apócrifo conocido como Donatio Constantini, el documento según el cual el emperador Constantino I donó al papa Silvestre I la ciudad de Roma, las provincias de Italia, y de paso todo el Imperio romano de Occidente, es decir, que todo el mundo conocido pasaba a ser “patrimonio de San Pedro” y, por lo tanto, el Papa se otorgaba para sí la jefatura universal del orbe cristiano. Es más, la Donatio le vino muy bien al Vaticano como acreditado argumento político en las disputas territoriales con el Sacro Imperio Romano Germánico acerca de los llamados Estados Pontificios. Esta falsa atribución no fue desvelada hasta que en 1440 el humanista Lorenzo Valla, aplicando un método lingüístico de estudio, descubre la utilización de términos medievales y, en consecuencia, la falsedad de un documento atribuido al siglo IV. El Vaticano nunca ha reconocido un fraude documental.

Sin embargo, la Iglesia católica se especializó en la averiguación de la verdad entre los conversos para luchar contra la herejía (considerada una “falacia” contra la doctrina católica “verdadera” y el mayor de los pecados del cristianismo) estableciendo Pruebas de Verdad (ad eruendam veritatem) desde un organismo creado ad hoc, la Santa Inquisición, que podía incluso utilizar el tormento como medio de prueba.

Llegar a establecer quien dice la verdad o quién miente o actúa “pensando” en mentir o no, es una tarea ardua que ha preocupado a todos las culturas desde la Antigüedad. Ya lo decía Heródoto: “me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla” (Historias, VII, 151, 3).

Pablo de Tarso (San Pablo) encontró en Epiménides (poeta y filósofo del siglo VI a. C.) una “paradójica” explicación sobre la proliferación de mentirosos entre los no cristianos cuando escribió su Carta a Tito, que se encontraba en Creta: “todos los cretenses son mentirosos” (Tito, 1:12). Lo paradójico es que Epiménides era cretense, con lo que tal explicación se complica, y necesitamos otra solución.

El rey Salomón patentó una forma poco convencional de desenmascarar a la mujer mentirosa que reclamaba el hijo que no era suyo (Libro I de los Reyes 3:16-18). Pero ni siquiera este juicio salomónico nos serviría hoy para dirimir, por ejemplo, si un anciano preferentista fue engañado por un banco usurero, o si por el contrario miente el cliente al afirmar que no conocía el alto riesgo de tal producto financiero. Y en esas estamos.

AlmaLeonor.