THE END BREXIT

THE END BREXIT

Imagen: “Ícaro” (1943-46), Henri Matisse

Desde ayer, 31 de enero de 2020, el Reino Unido ya no pertenece a la Unión Europea. Ícaro ha levantado el vuelo en solitario. Reconozco que tengo sentimientos encontrados con este asunto. Pienso que el Reino Unido nunca ha participado del espíritu de la UE, y diría que hasta la ha boicoteado todo cuanto ha podido en favor de sus propios intereses y de otros de índole internacional que nada tenían que ver con una Europa unida, me refiero a los intereses atlánticos, más próximos a la política estadounidense que a la europea. Pero, por otro lado, creo que es una mala noticia para una ya de por sí muy mala deriva de la UE en los últimos años. Creo que es una mala noticia que se haya producido precisamente ahora, en unos tiempos tan convulsos y tan proclives a las desuniones, más que a los grandes entes internacionales, que han ido perdiendo no solo impacto geoestratégico sino también efectividad y credibilidad (me refiero a entes como las Naciones Unidas, el FMI y todos los demás organismos creados tras la Segunda Guerra Mundial en todo el mundo). Creo, por un lado, que ya era hora de que el Reino Unido dejase de dar por saco con una decisión que fue tomada por Referéndum por una ciudadanía harta de muchas cosas, sí, pero inconsciente del verdadero alcance de su decisión (y con el agravante de que ni Irlanda ni Escocia apoyan esta medida), pero que por otro, la UE ha recibido un impacto directo, que nosotros mismos nos hemos disparado en un pie… 

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CINEFORUM SEGOVIA: SUFFRAGETTES

CINEFORUM SEGOVIA: SUFFRAGETTES

Resultado de imagen de suffragette, PELICULA

(Contenido, más o menos íntegro, de mi intervención en el Cineforum que tuvo lugar en el Aula Santa Eulalia de la UVa en Segovia, el 12 de marzo de 2019, gracias a la profesora de la UVA, Eva Navarro)

Tal vez se extrañen de que la autora de un libro sobre la mujer en el siglo XIX esté aquí, en un cineforum cuyo protagonista es el Sufragismo femenino de principios del siglo XX en Inglaterra. Sin embargo, creo que es bastante pertinente si, como digo en mi libro, consideramos el siglo XIX como “el largo siglo XIX”The long nineteenth century… como lo definió el historiador Eric Hobsbawm, un periodo decimonónico que él situó entre 1789, año de la Revolución francesa, y 1914, año del inicio de la Primera Guerra Mundial. La acción de la película transcurre en 1912, y aunque mi libro no llega, ni mucho menos, tan lejos, creo que sí que es pertinente.

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Este largo siglo XIX de 125 años, compendia una serie de transformaciones socio-políticas que Hobsbawm califica como «la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos». Transformaciones que igualmente afectaron a la forma de vida de las mujeres y, sobre todo, a la forma en cómo el mundo femenino se va a apreciar, a describir y a reflejar en el relato histórico desde entonces. También es en este momento donde el feminismo del siglo XX y la historiografía tradicional, instalan el inicio de la lucha por la emancipación femenina.

Así que creo que sí que es pertinente traerlo hoy aquí. Además, como decía el escritor y político Severo Catalina (fue ministro en dos ocasiones y diputado en cortes) «Siempre habrá cosas nuevas que decir de las mujeres, mientras quede una en la tierra» (1858).

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, Es, sí, otro libro sobre la mujer, un libro necesario, pienso, porque es un libro, otro libro, donde se reivindica la necesidad de realizar más estudios y más publicaciones sobre la presencia y VISIBILIDAD femeninas, tanto en el espacio público-político, como en la historia, en los procesos de transformación histórica. Es un libro en el que he querido compendiar un buen número de acciones, presencias, estampas cotidianas (y otras quizá no tanto) con las que evidenciar la visibilidad continuada de las mujeres del siglo XIX en un ámbito tradicionalmente considerado como masculino: el espacio público. Un espacio de donde la sociedad burguesa excluye conscientemente a la mujer, en tanto que se consideraba que su papel en la sociedad se circunscribía únicamente al ámbito privado del hogar. Tanto fue así que, por ejemplo, en la Revolución francesa donde las mujeres tomaron un papel más que protagonista, desde las trincheras hasta en los clubes de mujeres, y con la redacción de los derechos de la mujer y la ciudadana de Olympe de Gouges, por ejemplo, una vez que se calman las aguas se les dice que no pueden participar del nuevo orden político: «No es posible que las mujeres ejerzan los derechos políticos», dijo el masón Jean-Pierre-André Amar (1755-1816), Diputado de la Convención y miembro del Comité de Seguridad Nacional, que fue quien auspició, además, el cierre de los muchos clubes de mujeres que se crearon a la luz de la revolución.

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Otro ejemplo lo vemos en el trabajo femenino fuera del hogar, especialmente el de las fábricas, iniciado tempranamente en la Revolución industrial inglesa y que se extiende a toda Europa y hasta a Norteamérica muy rápidamente. Pues bien, esto no significó, ni mucho menos, una fórmula de emancipación para ellas (como sabemos, eso cambia radicalmente tras la primera guerra mundial y se acentúa durante la segunda). El efecto que a partir de la segunda mitad del siglo XIX va a producir en las esposas (y además en todas ellas, aunque no trabajen fuera de casa) es el de un mayor confinamiento en el hogar, ya que el trabajo femenino fabril evidencia mucho más la separación real entre las esferas pública (el lugar de trabajo) y privada (la casa, el hogar) y, según Mary Nash, el mundo obrero también acepta, y se autoimpone, el discurso de la domesticidad. El obrerismo de 1884 denunciaba el trabajo femenino como una actividad de influencia funesta sobre la moral y la higiene. Y también se consideraba un peligro social el que una mujer fuese económicamente autosuficiente, una «subversión del orden fundamental de la familia y una amenaza al poder jerárquico del marido», según publicaba en octubre de 1884 el periódico La Democracia. En tiempos de precariedad laboral, la discriminación parece ser la más fácil de las soluciones. Entonces eran las mujeres, ahora son los inmigrantes.

Cuando las mujeres protagonistas de esta película llegan a realizar protestas por unas mejores condiciones de trabajo en la fábrica de una forma pública… y, sobre todo, cuando llegan a manifestarse y tomar partido de una forma política (y violenta incluso) por la lucha por el sufragismo femenino, no lo hacen por una especie de “iluminación infusa”, ni empujadas por las arengas de una sola mujer… Fue muy largo el camino de reivindicaciones hasta llegar a este momento y muchas las circunstancias que las llevaron a ello.

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Se suele tomar como punto fundacional del FEMINISMO como movimiento social la declaración de Seneca Falls de 1848 (EEUU), liderada por las abolicionistas y feministas, Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) y Lucretia Mott (1793-1880), cuando 68 mujeres y 32 hombres aprueban un manifiesto de 12 puntos (decisiones) en los que, por cierto, el nº 12, el que hablaba del voto femenino contó con una mayoría simple de aprobación frente a la mayoría absoluta con los que contaron el resto de puntos… pues bien, antes de esa declaración, hubo ya, al menos, dos manifiestos femeninos por la igualdad de derechos con respecto al sexo masculino: La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), de la francesa Olympie de Gouges que mencionaba antes, y la Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) de la inglesa Mary Wollstonecraft… Así que hasta llegar al momento en el que se centra la película, en el año 1912, existía ya una larga historia de lucha femenina… y aquí quiero incluir las manifestaciones norteamericanas desde inicios de siglo, sobre todo las sucedidas  después del 25 de marzo de 1911, que es cuando ocurrió el incendio en la Fábrica de camisas ‘Triangle Waist Co.’ de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, la mayoría muy jóvenes, de entre 14 y 23 años de edad (inmigrantes europeas en gran número) y que dio origen a la celebración del día 8 de marzo como “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” (ver mi artículo en HELICON, “Violeta es nombre de mujer”).

Pues bien, se considera también que la culminación de ese camino del feminismo sufragista hay que situarlo en 1948 con la inclusión del voto sin discriminación de sexos como uno de los derechos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dictada en este año. Así que son, al menos desde 1848 con Seneca Falls, cien años de lucha, y digo al menos, porque como sabemos no en todas partes se logró ese derecho femenino al voto en ese año de 1948… y hay todavía  hoy lugares donde las mujeres no pueden votar, entre otras restricciones políticas y sociales de derechos por razón de sexo.

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En realidad el sufragismo siempre ha sido objeto de controversia. Hay que tener en cuenta que en estos momentos la reivindicación del sufragio en prácticamente toda Europa no era una lucha únicamente femenina, ya que en el siglo XIX los derechos políticos estaban reservados solo a una élite participativa, que se consideraba a sí misma como la única con la capacidad social, educativa y económica suficiente como para ejercer tal papel director. Y esa idea estaba tan arraigada en la sociedad, que ni hombres ni mujeres se planteaban un escenario alternativo. O al menos, no la mayoría. El discurso de la domesticidad se centró durante todo el siglo en la insistencia de la incapacidad racional de la mujer para ejercer derechos políticos y ni siquiera la honda conciencia de muchas de ellas de esta nefasta realidad hizo que este estado de cosas cambiase hasta mucho tiempo después.

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Se da la paradoja de que las Constituciones españolas del siglo XIX (la de 1845 y la de 1876), no recogían en sus leyes electorales la expresa prohibición del voto femenino, sino que únicamente se otorgaba el derecho al voto a una cierta categoría de ciudadanos: profesionales y contribuyentes económicos a la sociedad. Sin embargo, ninguna mujer, aun pudiendo haberlo hecho con un carácter censitario, porque algunas mujeres cumplían los requisitos económicos establecidos por la ley, pues ninguna ejerció tal derecho. Únicamente la Constitución de 1890 hace constar expresamente el sufragio masculino al declararlo universal y cuando se establece, pues se origina una nueva paradoja. Como dice Catherine Jagoe, este discurso, esta utilización doméstica de la capacidad política de la mujer, «se convirtió en un arma de doble filo para la propia burguesía, ya que con ella se evitaba que las propias mujeres de la burguesía participaran en un sistema que en cambio admitía a los varones del proletariado».  Una paradoja más de esta sociedad burguesa que, pese a todo, es en la segunda mitad del siglo cuando consigue afianzarse en su hegemonía social.

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De ese tipo de paradojas es de lo que hablo en mi libro sobre la mujer, sobre el espacio público burgués y sobre el siglo XIX. Y una cosa es segura… el siglo XIX no fue un siglo agradecido para la mujer, pero…

La nueva sociedad que despertaba al albur del poder burgués, quiso encorsetar a la mujer en un ideal de vida doméstica que exigía también un ideal de clase, pero al tiempo que esa domesticidad y el ideal burgués marcaban una clara diferencia entre espacio privado y espacio público, reservando para la mujer únicamente un papel dentro de la esfera doméstica, al mismo tiempo, decía, también se la mostraba como un valor público: «la exigente sociedad la reclama sin cesar, como el teatro a la actriz que ha contratado», decía Gertrudis Gómez de Avellaneda, la gran dama de las letras del XIX, en un tiempo en el que se consideraba a la mayoría de las autoras femeninas “escritoras de la domesticidad”.

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La gran paradoja de esta concepción burguesa de la mujer se encuentra en la contraposición decimonónica de espacio público y privado. Cuando hablo de espacio público me refiero al que es definido por Jürgen Habermas como un espacio, físico o imaginario, en el que se desarrolla lo que él llamaba la esfera de lo público y como contraposición al dominio de lo privado, decía él, cuyo acceso es restringido por el propio individuo. «La esfera pública», era definida por Habermas, como ese lugar donde cobran importancia la interacción social y cívica y el debate público-político, elementos todos ellos legitimadores de la vida en comunidad de una sociedad. ¿Qué alcance tenían las mujeres en ese espacio? En realidad, muy poco.

En el caso de las sufragistas que hemos visto en el filme, la calle y la fábrica son los lugares físicos donde expresaron esa opinión público-política, aun accediendo con muchas dificultades a ellos en los inicios del siglo XX, en realidad, los estertores del “largo” siglo XIX. Decía Habermas que «a la luz de lo público todo se manifiesta tal como es, todo se hace a todos visible». ¿Era entonces la mujer visible, si no podía acceder libremente a esos espacios físicos o imaginarios? Pues sí. Lo era. Por eso se la critica, se la trata de ocultar y se la denigra.

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En contraposición, el espacio privado, decía Habermas, es ese espacio, físico o interior, cuyo acceso es restringido por el propio individuo (Incluso el diccionario de la Real Academia define lo privado como aquello que se realiza de manera individual, o sea, de forma particular por parte de cada individuo o, a lo sumo, en presencia de pocos y de confianza, de forma familiar y domésticamente, dice concretamente el diccionario de la RAE)… es un espacio que tiene que ver con la capacidad de control, poder o dominio, que posee un individuo sobre él, adquiriendo así el carácter de privativo, pero ¿de verdad pensamos que el hogar, el ámbito doméstico al que se confina a la mujer, era un espacio “restringido”, “privativo” suyo, un espacio tan femenil donde solo la mujer controlaba su acceso? Pues Tampoco. Incluso calificándola de ángel del hogar, la titularidad de ese hogar no le correspondía, sino que se le concedía al marido.

La sociedad burguesa de este tiempo va a recrear un espacio público acorde con esta nueva sociedad hegemónica en la que prima lo visible, lo evidente, lo público… transforma las ciudades según sus necesidades de sociabilidad, ampliando avenidas, construyendo parques y jardines de esparcimiento, levantando teatros, edificios de la ópera, hipódromos, cafés y terrazas… y también hogares muy diferentes a los que se podían ver en siglos anteriores… Hogares con una alta exposición pública… instituye su propio hogar como elemento esencial de su proyección social pública… La casa familiar se socializa: se recibe en un despacho, hay una sala para atender a las visitas, un salón de festejos y reuniones, un comedor para eventos, una sala de retratos, álbumes de señoritas, con fotos, poesías y dibujos, hay bibliotecas que se exhiben, un cuarto de curiosidades y recuerdos de viajes….

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La sociedad burguesa dota a sus mujeres de una importante presencia visible en los esos nuevos espacios públicos de sociabilidad que mencionaba antes (y donde la moda se va a convertir en un elemento imprescindible para ese modelo social), y aunque proclama que el lugar de la mujer está en el hogar, aunque proclama que ella es el “ángel del hogar”, lo cierto es que ese hogar entra a formar parte del mismo espacio público del que se quiere excluir al sexo femenino. Una nueva paradoja.

Los resquicios que dejan abiertos estas paradojas son las que van a permitir a las mujeres poner todo su empeño en demostrar, con su visibilidad, presencia y hasta protagonismo, que han de ser reconocidas como parte imprescindible de esa nueva sociabilidad burguesa. Recojo en el libro que lo hacen de dos formas: por un lado lo que he llamado “incursiones sociales” realizadas dentro de los escasos márgenes que deja entreabiertos la sociedad burguesa (entrarían en este grupo la educación, la literatura, la participación cultural y social que se ha descrito antes…) y por otro lado lo que he llamado, de acuerdo con Elena Fernández García, una Transgresión Total, transgresiones públicas entre las que podríamos incluir revoluciones, arengas, protestas, misivas políticas, influencias, actuaciones políticas…

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Es en este sentido en el que la segunda mitad del siglo XIX adquiere una importancia capital en el reconocimiento del papel de la mujer en ambas esferas, la privada y la pública. La historiadora Mary Nash reivindica una historia de la mujer «en toda su complejidad», es decir, teniendo en cuenta no solo un rol cerrado circunscrito a la esfera doméstica, sino también, atendiendo a la proyección pública de esa actuación femenina familiar en el contexto económico-social en el que se inserta.

Este libro se inscribe en este tipo de reivindicación, porque poco se ha tenido en cuenta como factor de influencia social y política en la historia, toda la labor femenina en una esfera que, estando localizada en un espacio tan concreto como el hogar, puede llegar a tener una alta proyección pública, bien por la propia actuación de la mujer como protagonista, bien por el ascendente que pudiera ejercer en el varón titular de ese espacio doméstico (que es lo que le reconocía expresamente la propia sociedad burguesa), bien por la propia influencia de la vida doméstica en los procesos sociales burgueses. «La mujer jamás fue totalmente pasiva, ignorante y subordinada», como afirma Mary Beard

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La mujer era VISIBLE en la sociedad, o mejor dicho, no era invisible, sino que se la ha invisibilizado, se la ha obviado, pero nunca ha sido invisible… Hay que reivindicar el hecho de que la mujer, siendo VISIBLE, ha sido premeditada y conscientemente invisibilizada, olvidada, discriminada a conciencia, sabiendo muy bien lo que se hacía… Y hemos de aceptar esa VISIBILIDAD tantas veces condenada por dos razones: primero, para conceder el necesario valor a esas actuaciones femeninas en el espacio público, y segundo,  para dejar claro que la discriminación femenina ha sido consciente. Son las mujeres las que históricamente han evidenciado con su presencia y VISIBILIDAD, lo que un hogar representa. Esta paradoja ha sido nuestro logro y nuestra condenación.

Permitidme acabar con lo que dijo la feminista Charlotte Despard, ya con 87 años en 1928 al aprobarse la equiparación de la edad de voto femenina a la masculina: “Jamás pensé que vería la concesión del voto. Pero cuando un sueño se hace realidad, hay que ir a por el siguiente”.

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* La palabra Suffragettes fue empleada durante los inicios del siglo XX como una forma despectiva de titular a las mujeres que pedían el voto femenino de una forma activa, política y hasta violenta. Fue utilizado por primera vez en el periódico “Daily Mail” en 1906, para distinguirlas de las sufragistas más moderadas y como un intento de dividir el movimiento. Aunque el término “Suffragette” no tiene traducción exacta en español, podemos entender la intención si la equiparamos con la dualidad actual entre “feminazis” y “feministas”.​

** La película Suffragettes” está basada en las protestas de las mujeres inglesas en los inicios del siglo XX y sobre todo las acciones realizadas en ese año de 1912. No todas sus protagonistas son reales, aunque si reflejan actitudes de multitud de mujeres anónimas que militaron en el movimiento sufragista. Es el caso de la protagonista, Carey Mulligan, que interpreta a Maud, una mujer trabajadora y oprimida en su propio hogar. También el papel que interpreta Helena Bonham Carter (Edith Ellyn) es ficticio, pero su papel está basado libremente en tres mujeres importantes en estos momentos, Edith Garrud (1872–1971, una de las primeras instructivas profesionales de artes marciales en el mundo occidental), Edith New (1877-1951, una de las primeras sufragistas en usar el vandalismo como táctica) y Mary Leigh (1885–1978, otra activista política y sufragista inglesa pionera en emplear las acciones violentas como protesta). New y Leigh  fueron encarceladas por sus actos pero recibieron pleno apoyo de las demás sufragistas como nueva forma de protesta para hacer escuchadas y ambas salieron como unas heroínas de la cárcel. Personajes reales que aparecen en la película son los papeles interpretados por Meryl Streep como Emmeline Pankhurst (1858-1928) y Natalie Press como Emily Wilding Davison (1872-1913), la mujer que falleció al ser arrollada por el caballo del rey George V en el Derby de 1913.

Mª del Pilar López Almena
Segovia, 12 de marzo de 2019

HOY… YES, BREXIT

HOY… YES, BREXIT

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Discurso de Winston Churchill en Zurich
19 de Septiembre de 1946

Deseo hablarles hoy sobre la tragedia de Europa … es desde Europa de donde han surgido y se han desarrollado esta serie de horribles guerras nacionales … que ha arruinado la paz y destruido las perspectivas de toda la humanidad … Es cierto que algunos pequeños Estados se han recuperado rápidamente, pero en grandes áreas, una masa trémula de atormentados, hambrientos, desposeídos y aturdidos seres humanos se encuentran ante las ruinas de sus ciudades y de sus casas y escudriñan los oscuros horizontes, temiendo un nuevo peligro, tiranía y terror … a pesar de todo, aún hay un remedio que si se adoptara de una manera general y espontánea, podría cambiar todo el panorama como por ensalmo, y en pocos años podría convertir a Europa, o a la mayor parte de ella, en algo tan libre y feliz como es Suiza hoy en día. ¿Cuál es ese eficaz remedio? Es volver a crear la familia europea, o al menos todo lo que se pueda de ella, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad. Tenemos que construir una especia de Estados Unidos de Europa … Me agradó mucho leer en los periódicos hace dos días que mi amigo el presidente Truman ha expresado su interés y simpatía por este gran proyecto … Estas organizaciones no debilitan, sino que, por el contrario, fortalecen a la organización mundial … Todos sabemos que las dos guerras mundiales que hemos pasado, surgieron por la vana pasión de una Alemania recién unida, que quería actuar como parte dominante del mundo … Los culpables deben ser castigados. Alemania debe ser privada del poder de volver a armarse y hacer otra guerra agresiva. Pero cuando se haya realizado todo esto, y se realizará, y se está haciendo, debe haber un final para la retribución. Tienen que haber lo que Mr. Gladstone llamó hace muchos años «un bendito acto de olvido». Tenemos que volver la espalda a los horrores del pasado … Si hay que salvar a Europa de la in finita miseria, y por supuesto de la condena final, tiene que darse un acto de fe en la familia europea y un acto de olvido hacia los crímenes y locuras del pasado … Ahora voy a decir algo que les sorprenderá. El primer paso en la recreación de la familia europea debe ser una asociación entre Francia y Alemania. Sólo de este modo puede Francia recuperar la primacía moral de Europa. No puede haber un renacimiento de Europa sin una Francia grande espiritualmente y una Alemania grande espiritualmente… En todo este urgente trabajo, Francia y Alemania deben tomar juntas la cabeza. Gran Bretaña, la Commonwealth británica de naciones, la poderosa América y confío que la Rusia soviética —y entonces todo sería perfecto— deben ser los amigos y padrinos de la nueva Europa y deben defender su derecho a vivir y brillar. Por eso os digo ¡Levantemos Europa!

Zurich, Suiza
19 de Septiembre de 1946

 

HOY…. YES, BREXIT

El resultado del Referéndum británico del día 23 de junio de 2016, ha hecho saltar varios mitos por los aires. El primero, ese de que Europa, la Unión Europea, no puede entenderse sin la concurrencia de todos los países que conforman el continente. Puede. Y ya era hora de que se entendiese así, en lugar de acelerar incorporaciones a golpe de posiciones geoestrátegicas (Croacia, Ucrania…), tours de force políticos entre los países hegemónicos (Alemania, Francia, Reino Unido…), planificaciones macroeconómicas  (Países del Este, de los Balcanes… ) o flagrantes casos de manipulación poítico-social, como con Turquía ahora mismo, con una promesa de aceleración de su solicitud de incorporación a cambio de proporcionar un parapeto territorial a las oleadas de refugiados sirios. Ahora, se están planteando desde la expulsión de países miembros por no cumplir objetivos económicos (“Grexit”, el más claro ejemplo, pero también Chipre, Portugal e incluso España), hasta la solicitud de “desconexión” de otros países por motivos socio-políticos (fundamentalmente), como es el caso del “Brexit”.

El segundo mito, en realidad no es tal, ya que lo que ha evidenciado el Referéndum británico es que, una vez más, la Unión Europea se encuentre ante el brete de resolver un difícil problema para el que no está preparada. Es el último del rosario de una serie de conflictos (disputas territoriales entre países miembros, guerra de los Balcanes, escasa representación internacional como ente supranacional, fracaso de la Constitución Europea, crisis económica…) que, desde la década de los noventa, esta UE no ha sabido cómo afrontar. Lo que ha mostrado a las claras el “Brexit”, es que la Unión Europea necesita una profunda refundación o, al menos, un exhaustivo análisis y autocrítica para retomar su papel fundacional, el de un organismo capaz de mejorar las relaciones entre los países europeos y garantizar el mejor desarrollo económico, político, social, democrático y cívico de sus ciudadanos. Abandonando las políticas sociales y entregándose de lleno a la gestión macroeconómica de un mundo globalizado, degradando con ello hasta la concepción democrática del gobierno europeo y sin avanzar en realidades concretas, realidades políticas, esta UE está abocada a desaparecer.

La UE ahora se encuentra sumida en la búsqueda de una solución al incierto proceso de “desconexión” del Reino Unido del Tratado de la Unión, un proceso, que por otro lado, estaba previsto en la compleja normativa de la UE, como muy bien nos dejaron claro desde las más altas instituciones europeas en el caso del posible y tan cacareado “Grexit” de hace unos meses. Los que entonces clamaban por la salida de Grecia de la Unión Europea como una factible solución a los problemas económicos de todo el eurogrupo, sin preocuparse un ápice por la “unidad” del continente, ni por la total pertinencia histórica de la presencia de Grecia en la Unión, hoy, lamentan la decisión inglesa y piden a Londres que “no abandone el barco”.

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El último mito que ha puesto en solfa el “Brexit” británico es el de la tradición europeísta del Reino Unido.

Dos cosas antes de seguir con la exposición de esta mi opinión personal (exclusivamente). Una, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, al menos como entidad nacional, nunca ha sentido como propia la pertenencia a la UE y si entró fue forzado por las favorables condiciones comerciales que esta les ofreció en los momentos de su incorporación (recordemos, en 1972-73, cuando el mundo se hallaba sumido en una de esas crisis económicas mundiales tan recurrentes) y el intento británico de sobreponerse al coloso comercial europeísta con la sola fuerza de su presencia en los países de su órbita imperial (con la creación en 1960 de la fallida Asociación Europea de Libre Comercio, AELC, con países europeos que no formaban parte de la entonces CEE), se mostró como un sonoro fracaso.

Y segunda, tras el resultado del Referéndum británico se está poniendo en tela de juicio desde la validez del resultado del mismo (al fin y al cabo por la mínima, un 52%), como la pertinencia del propio mecanismo de consulta popular, alegando que deben ser los expertos y políticos quienes tomen cierto tipo de decisiones y no dejarlas al arbitro de “ignorantes” (sic, en algunos casos) que no saben lo que votan. Esto es muy grave (hablaré de ello en un próximo artículo).

Es pertinente hacer un poco de historia antes de abordar la actualidad política. El final de la Segunda Guerra Mundial supuso todo un reto socioeconómico tanto para los países implicados, como para los que no lo fueron (o no tan directamente). La intervención de Winston Churchill en el llamado Discurso de Zurich ( el 19 de Septiembre de 1946) que encabeza este escrito, vino a enlazar los anhelos de una unión paneuropea, tal y como había sido concebida por buena parte de los intelectuales más reconocidos del periodo de entreguerras (André Gide, Coudenhove-Kalergi, Conde Keyserling, Edo Fimmen, Aristide Briand, Ortea y Gasset, Julien Benda…), con la necesidad perentoria de reconstruir una Europa devastada por la guerra y dividida en bloques a causa del reparto geoestratégico de la postguerra. Churchill abogaba por la reconciliación franco-alemana como piedra fundamental de tal unión. Pero no es cierto que los ingleses sintiesen como suya la tarea de reconstruir una Europa continental que les había atacado por tierra, mar y aire y en lo más profundo de su sentimiento nacional british, tan encerrado en sí mismo, tan isleño.

Por otro lado, la entrada de los EEUU en el conflicto europeo, que puso fin a la “política de no intervención” que se había marcado el creciente estado desde su constitución en el siglo XVIII, se prolongó en el tiempo y en el territorio europeo, gracias, entre otros, al firme apoyo del ya exministro inglés, Winston Churchill, y a la inyección económica del Plan Marshall. Esto fue consecuencia,  y además causa, del endurecimiento de relaciones con la URSS y los países europeos que habían quedado bajo su órbita. Y hay que hacer constar que no lo fueron por decisión soberana de los propios países, ni siquiera por conquista militar en la guerra, sino por un acuerdo tácito entre las potencias aliadas durante el propio conflicto. Nunca debemos olvidar esto. Si Europa fue una Europa dividida en dos (separada por ese “Telón de Acero” que igualmente definió Churchill en el Discurso de Fulton del mismo año de 1946) fue por una decisión acordada entre países aliados (con Inglaterra a la cabeza) que afectó a otros que ni siquiera tuvieron voz y voto en tal decisión. Y en ese mismo año de los discursos de Churchill, en 1946, es cuando los EEUU deciden ayudar a Europa en su reconstrucción.

Fue con el llamado Plan Marshall, que se empieza a pergeñar cuando, desde Londres, se avisa de que no puede seguir apoyando económicamente ni al gobierno conservador griego (frente a las guerrillas comunistas helenas) ni al turco (al que la URSS trataba de incluir en su órbita), considerados ambos barreras político-geográficas a la expansión comunista rusa por el este. El apoyo claro a Grecia y Turquía fue proclamado por la administración Truman con la puesta en marcha del plan económico, que incluía una condición de vital importancia: ayudaría a cualquier gobierno que hiciera frente a la amenaza comunista (Doctrina Truman). Y con la connivencia de todos, se puso en marcha.

La primera consecuencia del plan es que se fiscalizó todo lo que en la Europa de influencia occidental podía sonar a comunista. En Francia e Italia existían potentes Partidos Comunistas, en Bruselas y en Londres políticos comunistas desempañaban cargos políticos, pero fueron sistemáticamente mermados en un periodo relativamente corto durante el año 1947 en una cruzada “anticomunista” que es posible que no haya sido ampliamente entendida todavía, ni conocida más allá de círculos políticos y académicos. En España, el corolario de esta campaña fue la dolorosa inacción internacional contra una dictadura personalista que, aunque había mantenido contactos con las potencias fascistas derrotadas en la guerra, se mostró fiel aliada de esta cruzada. Franco se queda. La legalidad republicana deja de importar en Europa.

El Plan Marshall (denominado oficialmente European Recovery Program o ERP) fue anunciado, pues, en la Universidad de Harvard el 5 de Junio de 1947. Se trataba de un masivo programa de generosa ayuda económica para Europa,  con entrada de capital estadounidense, que permitió, o al menos empujó, la recuperación del continente y, de paso, propició un “lavado de cara”, un blanqueo podría decirse, de los trapos sucios de muchas empresas colaboradoras con el nazismo, pero necesarias para poner en marcha el plan. Por ejemplo, algunos de los bancos más importantes de Alemania y Suiza. En la administración norteamericana del presidente Truman, para gestionar y organizar toda esta labor propagandística anticomunista, se crea, en julio de 1947, la Ley de Seguridad Nacional, por la que nacían la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional.

Además de lo que esto significó en los Estados Unidos (las listas negras de conocidos activistas y la caza de brujas de Hollywood, por ejemplo), la influencia comunista en Europa Occidental se redujo considerablemente en las primeras décadas. Y siguió disminuyendo, aunque más paulatinamente, hasta alcanzar a la Europa Oriental, y, como sabemos, producir el derribo del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS. Pero también, este acoso a las izquierdas, causó un cierto desconcierto entre los pensadores marxistas y los ideólogos del eurocomunismo, que llegaron incluso a hacer suya la consigna del “fin de la historia” del historiador Francis Fukuyama (teoría desarrollada en su libro “El fin de la historia y el último hombre”, 1992). Es posible, incluso, que haya que buscar en los últimos coletazos de este acoso y derribo, algunas razones más que apunten a lo que hoy se está tratando en España como el abandono del socialismo en favor de la socialdemocracia .

Volviendo al Plan Marshall, económicamente distribuyó 13 mil millones de dólares (se había estimado una cantidad cercana a los 30.000 millones, que finalmente se redujo a 17.000, repartidos en cuatro años, el 80% en donativos a los gobiernos y el resto en préstamos), de los que las primeras partidas fueron a parar, precisamente, a Grecia y Turquía en el mismo mes de enero de 1947. No sería descabellado apuntar entonces, que estos dos países fueron si no el germen, si la motivación primera por la que se pone en marcha el mecanismo que acabará impulsando la creación de los organismos que darán lugar a la unión de Europa.

Las aportaciones económicas más importantes fueron para el Reino Unido (el que más recibió, aunque no fue invadido territorialmente) y Francia. Finlandia y España, se quedaron fuera de la ayuda norteamericana.

País 1948–1949
(millones
de dólares)
1949–1950
(millones
de dólares)
1950–1951
(millones
de dólares)
Total
(millones
de dólares)
Alemania Occidental 510 438 500 1.448
 Austria 232 166 70 488
 Bélgica y  Luxemburgo 195 222 360 777
 Dinamarca 103 87 195 385
 Francia 1.085 691 520 2.296
 Grecia 175 156 45 366
 Irlanda 88 45 0 133
 Islandia 6 22 15 43
 Italia y Trieste 594 405 205 1.204
 Noruega 82 90 200 372
 Países Bajos 471 302 355 1.128
 Portugal 0 0 70 70
 Reino Unido 1.316 921 1.060 3.297
 Suecia 39 48 260 347
 Suiza 0 0 250 250
 Turquía 28 59 50 137

Fuente: Wikipedia 

En abril de 1948 el presidente de los EEUU firmará la Ley General que pone en marcha el Plan Marshall. Para gestionarlo, los países que recibirían la ayuda crean, casi al mismo tiempo, la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE). De esta organización es de donde saldrá en 1961 la OCDE, la Organización Comunitaria de Desarrollo Económico. La unión de Europa se ponía en marcha con estos mimbres económico-industriales (no es mi intención explicar aquí todo el proceso de creación de la unión, solo el que, a mi juicio, es necesario conocer para entender el “Brexit”), pero se afianzó con un pilar más, el militar, con la creación en 1949 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), a la que España se incorporará en 1982.

Como todo el mundo sabe, nuestra permanencia en la OTAN fue avalada por el triunfo de un Referéndum convocado por el PSOE en 1986, después de que este partido accediera al Gobierno de España en 1982 prometiendo, precisamente, lo contrario: que nos sacaría de la OTAN. En aquellos años, este cambio de opinión en el partido socialista provocó la dimisión del ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, por estar en desacuerdo con tal giro político, y una serie de movimientos internos, tanto en el Partido Comunista de España, como en los diferentes grupúsculos comunistas que existían entonces y que abanderaron la oposición a la OTAN, que acabaron por conformar la formación Izquierda Unida, que es la que hoy existe. Fueron las presiones de los EEUU y las negociaciones con la ya creada Comunidad Económica Europea, las que resultaron determinantes para que la pregunta de esta convocatoria naciese casi con la respuesta dada:

El Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos:
1.º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada.
2.º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español.
3.º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España.
¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?

Ninguno de esos puntos ha sido cumplido. Ni se redujo la presencia militar estadounidense en España, ni se trató el tema nuclear fuera de los acuerdos internacionales existentes y España se incorporaría a la estructura militar de la OTAN en 1997, con el Gobierno de Jose Mª Aznar (Ceuta y Melilla no están incluidas, por cierto). Pero quedémonos con el significativo caso de la convocatoria de un Referéndum que no se quería perder. En realidad, ese es el objetivo de este tipo de consultas, solo que a veces, quienes los convocan se llevan la sorpresa de que las urnas pueden contener más papeletas de las previstas con la opción no deseada.

El objetivo de la OTAN siempre fue Atlántico. Se crea como un organismo de defensa militar contra el bloque soviético (que no había conformado ningún acuerdo semejante hasta la fecha, pero que en 1955 organiza el Pacto de Varsovia como respuesta militar en el mismo sentido) al tiempo que, ¡ojo!, un compromiso firme de cooperación militar en caso necesario, entre EEUU y el Reino Unido, además de con el resto de países de la órbita occidental de Europa, por supuesto. El feeling del Reino Unido con los EEUU no acabó con este compromiso, sino que se prolongó en el tiempo (con picos de absoluta connivencia hegemónica, como en los años ochenta, con Reagan en los USA y Teacher en los British), hasta llegar a hoy día. ¿Alguien se puede creer que en el seno del gobierno y parlamento estadounidense se estén alegrando por el resultado del “Brexit” como está proclamando el candidato Donald Trump? No creo que les haga ninguna gracia perder dentro de la Unión Europea a su más fiel y domesticado aliado.

Pero retomemos la historia, ahora que ya llegábamos al momento clave. Francia, Italia, los países del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), junto con Alemania Occidental firmaron el Tratado de Roma de 1957, por el que se crea definitivamente la Comunidad Económica Europea (CEE).

“Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: Se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho. La agrupación de las naciones europeas exige que la oposición secular entre Francia y Alemania quede superada, por lo que la acción emprendida debe afectar en primer lugar a Francia y Alemania.”

Extracto de la Declaración Schuman, discurso pronunciado por el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, el 9 de mayo de 1950.

¿Dónde estaba Inglaterra en este proceso? En la OTAN. No quiso unirse al acuerdo económico de Europa. Es más, en 1960 el Reino Unido firma el Convenio de Estocolmo por el que se crea la Asociación Europea de Libre Comercio (EFTA, en sus siglas en ingles), con países que no están dentro de la CEE: Además de Gran Bretaña, Austria, Dinamarca, Noruega, Suecia, Portugal y Suiza, a los que se sumarán Finlandia (1961), Islandia (1970) y Liechtenstein (1991). Son países que ya se están enfrentando a una crisis comercial originada por la pujanza económica de la CEE, pero que hacen que dentro de Europa, existan en estos momentos tres bloques comerciales con ideas políticas dispares: el integrado en la CEE, basado en el eje Francia-Alemania; el Atlántico recién formado con Gran Bretaña y los países nórdicos fundamentalmente (aunque la CEE y el grupo Atlántico están integrados en la OTAN); y el bloque comunista del Pacto de Varsovia.

El Reino Unido no quiso adherirse a una construcción Europea que tuviera que hacerle renunciar a otros logros que consideraba prioritarios: sus aspiraciones imperiales materializadas en la Commonwealth, y su compromiso atlántico con los EEUU. Pero rectificó. Existiendo la OTAN como pilar de la defensa atlántica, fracasado comercialmente el intento EFTA y tras iniciarse los procesos descolonizadores de los años sesenta y setenta, el Reino Unido solicita entrar en la CEE. Pero entonces se encuentra con el decidido veto de Francia, con Charles de Gaulle a la cabeza, que no acepta las imposiciones atlantistas del dueto EEUU-Reino Unido. Su solicitud es rechazada en 1961, en 1963 y en 1967. Es en 1969, con el nuevo presidente francés, Georges Pompidou, cuando se acepta la ampliación de la CEE con el beneplácito de las solicitudes de entrada de Dinamarca, Irlanda, Noruega y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

No se acepta tampoco la entrada de Grecia, todo hay que decirlo. El principal escollo, el golpe de Estado militar del general Giorgios Papadopoulos, el 21 de abril de 1967, cayó el 23 de julio de 1974, recuperando entonces Grecia la democracia y las conversaciones de adhesión (la candidatura oficial se realiza el 12 de junio de 1975),  pero no se incorpora efectivamente hasta el 1 de noviembre de 1981, cuando tanto Francia como Alemania superan sus reticencias a la inclusión.

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Las negociaciones con el Reino Unido concluyeron en la firma del Tratado de Adhesión de Bruselas en enero de 1972, al tiempo que Dinamarca e Irlanda. Noruega, que también había entrado en la ronda de conversaciones para la adhesión, no se incorporó finalmente porque su población la rechazó en Referéndum (con un margen escaso, un 53,5%). Y no pasó nada. Es más, el Referéndum del país nórdico fue considerado un ejercicio democrático ejemplar y de primer orden.

La aceptación del Reino Unido en la CEE no suavizó las difíciles relaciones entre ambos. En 1974 el laborista James Callaghan llegó a solicitar ya su retirada por la no aceptación de productos procedentes de Nueva Zelanda (de nuevo el compromiso británico con la Commonwealth). Con Margaret Thatcher las negociaciones con las Comunidades Europeas constituyeron un tour de force que se inclinó del lado británico en muchas ocasiones (en materia agrícola, financiera y pesquera sobre todo). Incluso, Gran Bretaña fue uno de los principales opositores a la firma del Acta Única Europea que finalmente fue aceptada en 1985 permitiendo la ampliación de competencias de la Comunidad. Estas negociaciones supusieron, de nuevo, la celebración de Referéndums nacionales en países que se oponían igualmente, como Dinamarca e Irlanda (los dos países que entraron junto al Reino Unido, además de Grecia, que también se opuso en un principio). En Irlanda, incluso, el Referéndum supuso la modificación de su Constitución nacional para aceptar el Acta Única Europea, que finalmente, entró en vigor el 1 de julio de 1987. Hay que recordar también, que más tarde, tanto Francia en mayo de 2005, como en los Países Bajos en junio de 2005, se celebraron sendos Referéndums para consultar la aceptación de la Constitución Europea y en ambos casos el resultado fue negativo. Tras ese fracaso se firmó el Tratado de Lisboa de 2007, que, de nuevo, obligó al electorado irlandés a manifestarse en un Referendum en junio de 2008, con un resultado, otra vez, negativo, que pospuso la entrada en vigor del Tratado hasta el 2009. Actualmente, y con sucesivas ampliaciones, la UE cuenta con veintiocho miembros… o contaba.

Dentro ya de la Unión Europea, el Reino Unido mantuvo siempre su moneda, la libra esterlina, y no se integró en el Espacio Schengen de movilidad intraeuropea. Mantiene singularidades propias, como la circulación por la izquierda, el rechazo al sistema métrico con las mediciones en millas, la estimación en grados Fahrenheit en lugar de Centígrados… es decir, pese a contar con los mismos derechos que el resto de países miembros dentro de la UE, haber ocupado la presidencia rotatoria del Consejo de la UE en cinco ocasiones entre 1977 y 2005 (y la próxima debía serlo en 2017… a ver qué pasa), aceptar las ayudas económicas de la UE, etc. Nunca se ha integrado del todo en el proyecto europeo.

Es decir. Ni el Reino Unido se ha sentido nunca europeísta, ni un Referéndum para acatar la voluntad popular es algo extraño en Europa, por mucho que ahora se esté denostando tanto este instrumento democrático, que parece que no gusta a tantos políticos. En España ni al PP, ni al PSOE, pero ambos (y otros partidos como Ciudadanos en España, el de LePen en Francia o los republicanos de Trump en EEUU), se han apresurado a utilizarlo de forma descaradamente partidista, como puede leerse en varios diarios, tanto en El País, como en El Confidencial.

El Reino Unido ha convocado un Referéndum preguntando a sus ciudadanos si están de acuerdo o no en salir de la UE ante la coyuntura de inestabilidad económica, social y política en la que está inmersa, no solo la UE, sino todo el mundo. Bien. Está en su derecho (otra cosa, insisto, es la manipulación partidista). Su respuesta ha sido favorable al “Brexit”. El Reino Unido ha decidido soberanamente iniciar el proceso de “desconexión” (por utilizar un término que ya nos es conocido en España) de la UE.

No es nuevo. No es desconocido en la UE. No es casual. La pregunta que anda en boca de todos es “¿Qué va a pasar ahora?”, como si nadie cayera en la cuenta de que este Referéndum hace mucho tiempo que se había anunciado y los dirigentes políticos (tanto ingleses como del resto de la UE) se han venido preparando para el resultado. O eso tendrían que haber hecho. No pasará nada que no esté sabido.

Hablaré de ello mañana…

Continuación

AlmaLeonor

Fuentes: Mis propios apuntes, wikipedia, Las indicadas en los enlaces.