VISIBLES Y NINGUNEADAS

VISIBLES Y NINGUNEADAS

“Otra paradoja que nos muestra el siglo XIX es que fue un siglo muy femenino. Al menos es un siglo en el que lo femenino llega incluso a denominar periodos históricos: la Inglaterra «victoriana», el periodo «isabelino» español… Es un siglo en el que son muchas las mujeres que gobiernan reinos e imperios, que influyen en política, que viajan, que son artistas, literatas, pensadoras, médicos, investigadoras, científicas, inventoras, mecenas, políticas y revolucionarias… Es un siglo en el que las mujeres están muy presentes, visibles, pero de las que solo se habla, solo se hacen evidentes a los ojos de los demás, cuando se las denosta. Ni las reinas ni las consortes de los monarcas pudieron desligarse de su papel femenil de esposa y madre. Así, tanto la reina Victoria de Inglaterra, como la reina Isabel II de España, se cargan de embarazos, abortos e hijos a lo largo de su vida. Ni siquiera las heroínas de la Revolución francesa, o de la Guerra de la Independencia española, o de los Motines del Pan castellanos, o de las protestas callejeras de finales de siglo, pudieron liberarse de la obediencia y sumisión debidas a su esposo. Ni tampoco las mujeres anónimas del pueblo llano pudieron evitar los tópicos y clichés en los que se las encorseta desde las sátiras y los periódicos: la arpía, la coqueta, la mojigata, la literata, la solterona, la marisabidilla, la viuda, la beata… No les sirvió ser notables, no les sirvió ser cultas, no les sirvió ser revolucionarias, no les sirvió ser heroínas, no les sirvió siquiera ser dueñas de los destinos de las naciones del mundo, por supuesto, no les sirvió ni ser anónimas ¿Cuál es el motivo entonces por el que todas estas mujeres no pudieron o no supieron transmitir en tanto tiempo sus aspiraciones, tantas veces y de tantas formas mostradas?”

Mª del Pilar López Almena
VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX 

 

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

En el Día Internacional de la Mujer, hoy 8 de marzo, y en un tiempo como es el año de 2020, aún seguimos preguntándonos lo mismo que en el siglo XIX… ¿Qué motiva que las mujeres sigamos siendo tan VISIBLES, pero tan NINGUNEADAS? El trabajo realizado por todas ellas, por todas las que nos precedieron nunca será suficientemente agradecido. Fue ingente. Pero hoy, ya en el siglo XXI, parece, incluso, que es más difícil hacer entender la necesidad de defender un simple mensaje, que la igualdad femenina, la no discriminación por razón de sexo, la libertad sexual para la las mujeres, la necesidad de erradicar el machismo criminal que mata cada día a mujeres solo por el hecho de serlo… todo eso, debería ser ya cosa del pasado. Ese mensaje no ataca a nadie, y mucho  menos al sexo masculino, sino que evita que nos ataquen a las mujeres, en general, porque si muere una solo por el hecho de ser mujer, morimos todas. Es triste que haya que seguir explicando algo tan simple y que se siga entorpeciendo la lucha femenina desde colectivos que se dedican a afilar tanto la definición de feminismo y buscarle tantos adjetivos, que consigan hasta vaciarlo de contenido. Una civilización y una sociedad democrática y libre no puede permitir, no puede seguir permitiendo, que aún siga siendo más necesario que nunca la lucha femenina en un 8 de Marzo.

AlmaLeonor_LP

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FRASES CON IMÁGENES (XCIII)

FRASES CON IMÁGENES (XCIII)

Imagen: Sabina Paredes

Todas las causas, sociales y naturales, se combinan para hacer muy improbable que las mujeres se rebelen colectivamente contra el poder de los hombres. Los amos de las mujeres buscan más que la simple obediencia y emplean para esto toda la fuerza de la educación. Desde la infancia, a todas las mujeres se las educa en la creencia de que el ideal de su condición es ser diametralmente opuestas a los hombres: nada de voluntad propia ni de autoridad, sino subordinación y sometimiento.

Jonh Stuart Mill (1806-1873)
“El sometimiento de la mujer” (1869) 

PENSAMIENTO DE ABRIL

PENSAMIENTO DE ABRIL

Imagen: Elizabeth Sonrel (1893)

 

Ya vino abril, fingiéndose inocente.
Como él vino una vez la voz perdida,
vino cantando y se alejó muriendo
y yo quedé más solo todavía.

Abril es lo que pasa, el dulce engaño;
sombra de inaccesible encantamiento,
abril no falla nunca, pero pasa,
y de su canto de oro muere el eco.

Ese beso en la boca que adoramos,
ese temblor frente a unos ojos puros,
todo ese frenesí no es más que engaño,
canto fugaz de abril que cruza el mundo.

Ya vino abril, el mago fugitivo
que en luz envuelve su mensaje oscuro.

Hugo Rodríguez-Alcalá (1917-2007) 
“De la dicha apenas dicha” (1959) 

REPUBLIQUETAS…

REPUBLIQUETAS…

Cartel de la obra teatral escrita por Francisco Civit y Francisco Yeannoteguy, sobre las Republiquetas argentinas de 1816.

Preparando un artículo que saldrá enseguida sobre Repúblicas que ya no existen, me topé con el término “Republiquetas”, y no se trataba de un término despectivo, no… bueno, no, pero si… Me explicaré.

Se denominan Republiquetas a aquellos territorios, generalmente rurales, que fueron precariamente organizados en forma de República irregular por grupos guerrilleros y sometidos a una muy escasa o nula organización política o institucional, que surgieron entre 1811 y 1825 en el marco de las independencias sudamericanas, más exactamente, en la Real Audiencia de Charcas (Alto Perú), actual Bolivia. Hoy sí que se utiliza la palabra “republiqueta” con ciertas connotaciones despectivas para referirse a formaciones guerrillero-político-revolucionarias inestables, especialmente en los países de Centroamérica y del Caribe.

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No es exactamente lo mismo que una República Bananera, pero casi. Por cierto que este término, que fue acuñado por el afamado periodista humorístico y escritor de relatos cortos O. Henry (William Sydney Porter, 1862-1910), en su libro “Cabbages and Kings” (1904), para referirse a la dictadura servil de Honduras, país al que llegó refugiándose de una acusación de malversación de fondos, se extendió rápidamente para definir a “un país que es considerado políticamente inestable, empobrecido, atrasado y corrupto, cuya economía depende de unos pocos productos de escaso valor agregado (simbolizados por las bananas), gobernado por un dictador o una junta militar (muchas veces formando gobiernos forzosos o fraudulentamente legitimados, de ahí la impresión de equiparar “república” con “dictadura”), sometido a la hegemonía de una empresa extranjera (en este caso era Guatemala el mejor ejemplo), bien sea mediante sobornos a los gobernantes o mediante el ejercicio del poder financiero.”​ Con este término se acabó calificando a buena parte de las repúblicas centro-sudamericanas desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970 y, posteriormente, a cualquier país en cualquier parte del mundo que hiciera de la inestabilidad política, la corrupción, el soborno y los golpes de Estado, su modus operandi habitual.

Pero las Republiquetas fueron otra cosa. En los primeros veintitantos años del siglo XIX se constituyeron en América Latina varias de ellas al amparo de los sucesivos “gritos” de libertad y secesiones de independencia de los territorios hispanos en el subcontinente. De hecho, fue Bartolomé Mitre  (1821-1906), historiador y primer presidente de la Nación Argentina entre 1862 y 1868, quien dio el nombre de Republiquetas a las insurgencias del Alto Perú  (Chiquitos, Santa Cruz, Tarija, Ayoupaya, Chayanta, Mizque, Santa Cruz de la Sierra, Cintis, Pomobamba, Muñecas…) sin que tuviera ninguna connotación despectiva (Mitre, B. Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (1887), Cap. “Las Republiquetas”).

La llamada “Guerra de las Republiquetas” engloba una serie de enfrentamientos sucedidos en el Alto Perú durante un periodo que abarca, aproximadamente, desde 1813 hasta 1825, entre campesinos e indígenas liderados por un caudillo carismático, por un lado, y tropas realistas por otro. Fueron guerras desiguales en las que los realistas acababan pronto con unas tropillas, si bien numerosas, mal armadas y, con frecuencia, desorganizadas, que esperaban una ayuda de Buenos Aires que rara vez llegaba. No obstante, los realistas sufrieron muchas bajas en esas refriegas y, muchas veces, con escaso rendimiento efectivo, pues cuando un grupo guerrillero era desmantelado, enseguida aparecía otro en la zona.

Es ésta una de las guerras más extraordinarias por su genialidad, la más trágica por sus sangrientas represalias y la más heroica por sus sacrificios oscuros y deliberados. Lo lejano y aislado del teatro en que tuvo lugar, la multiplicidad de incidentes y situaciones que se suceden en ella, fuera del círculo del horizonte histórico, la humildad de sus caudillos, de sus combatientes y de sus mártires, han ocultado por mucho tiempo su verdadera grandeza, impidiendo apreciar con perfecto conocimiento de causa, su influencia militar y su alcance político.” (Bartolome Mitre) 

Quizá la más exitosa de esas Republiquetas formadas en el Alto Perú fue la Republiqueta de Ayopaya, dirigida por José Miguel Lanza, que en 1817 dominaba un territorio de 1400 km2 organizado como una República. Hacia 1825 parece que contaba con unos 500 combatientes, que se dieron así mismos el nombre de “División de los Aguerridos”, y unos 2.000 indios. Otra de las más famosas fue la Republiqueta de La Laguna que estuvo comandada por Manuel Ascensio Padilla y su esposa, la conocida Juana Azurduy (1780-1862), dominando el norte de Chuquisaca. Llegó a contar con 200 soldados y unos 4.000 indios (en un momento puntual juntaron hasta 10.000 indios para ponerse al servicio de Manuel Belgrano). El matrimonio Padilla-Azurduy sometió a su dirección a tropillas más pequeñas instalando su cuartel general en la localidad de La Laguna (hoy llamada Padilla en su honor), pero a la muerte de Padilla el 14 de septiembre de 1816, su grupo se desmembró en varias partidas.

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Juana había organizado ella sola varios grupos de guerrilleros, como el Batallón de Leales o el Batallón de Húsares, y combatió en primera línea junto a su marido y sus hombres. Por su valor en la batalla, Belgrano le concedió el grado de teniente coronel. Con su partida desmantelada Juana se unió a la Republiqueta de Tarija liderada por Francisco Uriondo, quien llegó a contar con casi un millar de guerrilleros. Más tarde, Juana se vinculó sentimentalmente a Martín Miguel de Güemes  (1785-1821), quien combatía junto a su hermana, llamada “Macacha” Guemes (1776-1866)  en la provincia de Salta, durante la Guerra Gaucha. Pero cuando Matín muere en 1821 Juana se apartó de la lucha y quedó desamparada. Falleció el  25 de mayo de 1862 casi en la indigencia. Entre los años 2009 y 2015 tanto Bolivia como Argentina reconocieron sus servicios a la independencia de ambas naciones y fue ascendida a mariscal del Ejército de Bolivia y generala del Ejército Argentino.

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Algunas de las otras Republiquetas formadas en este tiempo fueron: la Republiqueta de Larecaja, instalada en la región del lago Titicaca del Alto Perú (actual Bolivia) como un autodenominado “Batallón Sagrado” formado por 200 regulares y 3.000 indios, al mando del sacerdote católico Ildefonso Escolástico de las Muñecas (1776-1816), quien fue ejecutado tras su derrota en la batalla de Choquellusca el  18 de octubre de 1816 y la Republiqueta desmantelada;  la Republiqueta de Santa Cruz en torno a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra (actual Bolivia), la de mayor tamaño y duración, que estuvo comandada por el coronel Ignacio Warnes (entre 1813 y 1816) y después, y hasta 1825, por José Manuel Mercado (1782-1842), el colorao, llegando a contar con unos 1.000 regulares​ y 2.000 indígenas; la  Republiqueta de Vallegrande que actuaba en la ruta Cochabamba-Chuquisaca-Santa Cruz de la Sierra, al mando de Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien era, además, el jefe principal de todas las Republiquetas de la zona y llegó a contar con 1.000 regulares y 3.000 indios armados con lanzas, hondas, palos y arcos, además de 13 cañones;  ​la Republiqueta de Cinti, en la ciudad del mismo nombre, que estuvo bajo las órdenes del famoso guerrillero José Vicente Camargo (1785-1816), herido y capturado en Arpaya por el coronel Centeno en abril de 1816, quien mandó su ejecución a degüello el mismo día; o la Republiqueta de Porco y Chayanta, dirigidas respectivamente por Miguel Betanzos y José Ignacio de Zárate, quienes dirigieron su tropilla de forma muy irregular y cometiendo abusos y asesinatos con sus 3.000 a 4.000 indios, con los que también conquistaron Potosí el 26 de abril de 1815, con el resultado de la muerte de Betanzos en combate.

La historia de las emancipaciones americanas es inmensa y en ella se entrecruzan acciones que tuvieron lugar en territorios que hoy son países diferentes y llevadas a cabo por personajes de muy diversa procedencia. Lo que caracterizaron a estas Republiquetas es su organización irregular y su establecimiento casi político en un territorio que tan pronto dominaban como perdían a manos de las tropas españolas. Otra de las características de estos grupos es la adhesión de muchos indios que habían estado siendo empelados como mano de obra semi-esclava en las plantaciones y minas de los adelantados españoles y criollos. Pero una vez establecido el gobierno de un territorio,  y sobre todo, una vez proclamada la independencia del territorio del Río de la Plata (futura República Argentina) hacia 1825,  también se opusieron a someterse a la voluntad del nuevo estado, lo que llevó a una historia de enfrentamientos entre indígenas y los nuevos gobiernos independientes.

Para terminar con este repaso a las Republiquetas, tenemos que hablar de otro término con el que a veces se equipara y a veces se diferencia, las “Montoneras” (no confundir con los “montoneros” peronistas del siglo XX que no tenían nada que ver con estos). Se denomina Montoneras a las formaciones civiles, pero con carácter militar irregular (de ahí el apodo: “montones” de hombres desorganizados que se agrupaban en los “montes” de un entorno rural, y que luchaban a caballo, es decir, “montados”) y frecuentemente locales, que seguían a un caudillo autonombrado y que lucharon en los procesos de las independencias americanas frente a España durante el siglo XIX. También hay quien ha querido ver en estos grupos una similitud con las guerrillas que se hicieron numerosas durante la Guerra de la Independencia española (1808-1814), aunque a decir verdad se diferenciaban en algunos aspectos, por ejemplo, en su deseo de formar tropas regulares (auxiliares) para la causa independentista, cosa que lograban a veces (y se convertían en milicias regulares rurales al servicio del gobierno provisional) y otras se alejaban de ese plan y se convertían en una especie de azote del gobierno provisional establecido actuando, por lo tanto, fuera de la ley, tanto de la provincial, como de la real española.

Otra de sus características, su organización jerárquica militar, lo era en su mayoría, porque, por ejemplo, las Montoneras de Blas Basualdo (1790-1815) que actuaban en las provincias de Entre Ríos y Corrientes entre 1813 y 1815, se distinguían, precisamente, por su indisciplina y la eventualidad de sus acciones. Sin embargo, las disciplinadas Montoneras de  Martín Miguel de Güemes, fueron muy valiosas durante la Guerra Gaucha. En Bolivia (Alto Perú) se conocen los Montoneros de Eustaquio “Moto” Méndez, un pequeño hacendado local al que le faltaba un brazo y cuya imagen se hizo muy popular después de unirse a la guerrilla de Güemes en la Batalla de Suipacha y durante la Guerra Gaucha. Organizó su propia cuadrilla alrededor de 1812 hostigando a las tropas realistas de Tarija que nunca pudieron dar la región por pacificada. También participó en la Batalla de Sipe-Sipe en 1816, pero a partir de aquí fue más eficazmente perseguido y detenido en alguna ocasión.

“Caballerías Montoneras a mediados del siglo XIX” (1973), de Carlos Morel

También se llamaron Montoneras a algunos grupos rebeldes más tardíos que operaron en otros lugares de Sudamérica, como en Perú, donde lucharon contra la ocupación chilena durante la Guerra del Pacífico (entre 1879 y 1893); o en Ecuador, donde llegaron a formar parte de las fuerzas militares del Partido Liberal de Eloy Alfaro (1842-1912) con las que pudo liderar la Revolución Liberal Ecuatoriana de 1895 y efectuar los golpes de estado que le llevaron a la presidencia del país en dos ocasiones entre 1897 y 1911; o en Venezuela, donde grupos montoneros se enfrentaban continuamente con caudillos hacendados (todos ellos habían participado de las guerras del libertador Simón Bolívar), durante toda la segunda mitad del siglo, hasta que la Revolución Liberal Restauradora de 1899 emprendida desde Colombia por Cipriano Castro  (1858-1924), termina con este estado de cosas convirtiéndose en Jefe de Estado (1899) y primer Presidente constitucional de Venezuela (1901-1908) tras su triunfo en una guerra civil en la que es de suponer que los montoneros tuvieron mucho que ver, pues acabó con el caudillismo imperante.

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Con el tiempo, y al igual que la palabra “Republiquetas”, también el término “Montonera” ha sido reutilizado con carácter peyorativo y se ha llegado a utilizar con una cierta consideración federalista provincial frente al centralismo de Buenos Aires. Hoy, cualquier país puede ser considerado una Republiqueta por otro con el que mantenga cualquier tipo de desavenencia…

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CINEFORUM SEGOVIA: SUFFRAGETTES

CINEFORUM SEGOVIA: SUFFRAGETTES

Resultado de imagen de suffragette, PELICULA

(Contenido, más o menos íntegro, de mi intervención en el Cineforum que tuvo lugar en el Aula Santa Eulalia de la UVa en Segovia, el 12 de marzo de 2019, gracias a la profesora de la UVA, Eva Navarro)

Tal vez se extrañen de que la autora de un libro sobre la mujer en el siglo XIX esté aquí, en un cineforum cuyo protagonista es el Sufragismo femenino de principios del siglo XX en Inglaterra. Sin embargo, creo que es bastante pertinente si, como digo en mi libro, consideramos el siglo XIX como “el largo siglo XIX”The long nineteenth century… como lo definió el historiador Eric Hobsbawm, un periodo decimonónico que él situó entre 1789, año de la Revolución francesa, y 1914, año del inicio de la Primera Guerra Mundial. La acción de la película transcurre en 1912, y aunque mi libro no llega, ni mucho menos, tan lejos, creo que sí que es pertinente.

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Este largo siglo XIX de 125 años, compendia una serie de transformaciones socio-políticas que Hobsbawm califica como «la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos». Transformaciones que igualmente afectaron a la forma de vida de las mujeres y, sobre todo, a la forma en cómo el mundo femenino se va a apreciar, a describir y a reflejar en el relato histórico desde entonces. También es en este momento donde el feminismo del siglo XX y la historiografía tradicional, instalan el inicio de la lucha por la emancipación femenina.

Así que creo que sí que es pertinente traerlo hoy aquí. Además, como decía el escritor y político Severo Catalina (fue ministro en dos ocasiones y diputado en cortes) «Siempre habrá cosas nuevas que decir de las mujeres, mientras quede una en la tierra» (1858).

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, Es, sí, otro libro sobre la mujer, un libro necesario, pienso, porque es un libro, otro libro, donde se reivindica la necesidad de realizar más estudios y más publicaciones sobre la presencia y VISIBILIDAD femeninas, tanto en el espacio público-político, como en la historia, en los procesos de transformación histórica. Es un libro en el que he querido compendiar un buen número de acciones, presencias, estampas cotidianas (y otras quizá no tanto) con las que evidenciar la visibilidad continuada de las mujeres del siglo XIX en un ámbito tradicionalmente considerado como masculino: el espacio público. Un espacio de donde la sociedad burguesa excluye conscientemente a la mujer, en tanto que se consideraba que su papel en la sociedad se circunscribía únicamente al ámbito privado del hogar. Tanto fue así que, por ejemplo, en la Revolución francesa donde las mujeres tomaron un papel más que protagonista, desde las trincheras hasta en los clubes de mujeres, y con la redacción de los derechos de la mujer y la ciudadana de Olympe de Gouges, por ejemplo, una vez que se calman las aguas se les dice que no pueden participar del nuevo orden político: «No es posible que las mujeres ejerzan los derechos políticos», dijo el masón Jean-Pierre-André Amar (1755-1816), Diputado de la Convención y miembro del Comité de Seguridad Nacional, que fue quien auspició, además, el cierre de los muchos clubes de mujeres que se crearon a la luz de la revolución.

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Otro ejemplo lo vemos en el trabajo femenino fuera del hogar, especialmente el de las fábricas, iniciado tempranamente en la Revolución industrial inglesa y que se extiende a toda Europa y hasta a Norteamérica muy rápidamente. Pues bien, esto no significó, ni mucho menos, una fórmula de emancipación para ellas (como sabemos, eso cambia radicalmente tras la primera guerra mundial y se acentúa durante la segunda). El efecto que a partir de la segunda mitad del siglo XIX va a producir en las esposas (y además en todas ellas, aunque no trabajen fuera de casa) es el de un mayor confinamiento en el hogar, ya que el trabajo femenino fabril evidencia mucho más la separación real entre las esferas pública (el lugar de trabajo) y privada (la casa, el hogar) y, según Mary Nash, el mundo obrero también acepta, y se autoimpone, el discurso de la domesticidad. El obrerismo de 1884 denunciaba el trabajo femenino como una actividad de influencia funesta sobre la moral y la higiene. Y también se consideraba un peligro social el que una mujer fuese económicamente autosuficiente, una «subversión del orden fundamental de la familia y una amenaza al poder jerárquico del marido», según publicaba en octubre de 1884 el periódico La Democracia. En tiempos de precariedad laboral, la discriminación parece ser la más fácil de las soluciones. Entonces eran las mujeres, ahora son los inmigrantes.

Cuando las mujeres protagonistas de esta película llegan a realizar protestas por unas mejores condiciones de trabajo en la fábrica de una forma pública… y, sobre todo, cuando llegan a manifestarse y tomar partido de una forma política (y violenta incluso) por la lucha por el sufragismo femenino, no lo hacen por una especie de “iluminación infusa”, ni empujadas por las arengas de una sola mujer… Fue muy largo el camino de reivindicaciones hasta llegar a este momento y muchas las circunstancias que las llevaron a ello.

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Se suele tomar como punto fundacional del FEMINISMO como movimiento social la declaración de Seneca Falls de 1848 (EEUU), liderada por las abolicionistas y feministas, Elizabeth Cady Stanton (1815-1902) y Lucretia Mott (1793-1880), cuando 68 mujeres y 32 hombres aprueban un manifiesto de 12 puntos (decisiones) en los que, por cierto, el nº 12, el que hablaba del voto femenino contó con una mayoría simple de aprobación frente a la mayoría absoluta con los que contaron el resto de puntos… pues bien, antes de esa declaración, hubo ya, al menos, dos manifiestos femeninos por la igualdad de derechos con respecto al sexo masculino: La Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), de la francesa Olympie de Gouges que mencionaba antes, y la Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) de la inglesa Mary Wollstonecraft… Así que hasta llegar al momento en el que se centra la película, en el año 1912, existía ya una larga historia de lucha femenina… y aquí quiero incluir las manifestaciones norteamericanas desde inicios de siglo, sobre todo las sucedidas  después del 25 de marzo de 1911, que es cuando ocurrió el incendio en la Fábrica de camisas ‘Triangle Waist Co.’ de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, la mayoría muy jóvenes, de entre 14 y 23 años de edad (inmigrantes europeas en gran número) y que dio origen a la celebración del día 8 de marzo como “Día Internacional de la Mujer Trabajadora” (ver mi artículo en HELICON, “Violeta es nombre de mujer”).

Pues bien, se considera también que la culminación de ese camino del feminismo sufragista hay que situarlo en 1948 con la inclusión del voto sin discriminación de sexos como uno de los derechos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dictada en este año. Así que son, al menos desde 1848 con Seneca Falls, cien años de lucha, y digo al menos, porque como sabemos no en todas partes se logró ese derecho femenino al voto en ese año de 1948… y hay todavía  hoy lugares donde las mujeres no pueden votar, entre otras restricciones políticas y sociales de derechos por razón de sexo.

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En realidad el sufragismo siempre ha sido objeto de controversia. Hay que tener en cuenta que en estos momentos la reivindicación del sufragio en prácticamente toda Europa no era una lucha únicamente femenina, ya que en el siglo XIX los derechos políticos estaban reservados solo a una élite participativa, que se consideraba a sí misma como la única con la capacidad social, educativa y económica suficiente como para ejercer tal papel director. Y esa idea estaba tan arraigada en la sociedad, que ni hombres ni mujeres se planteaban un escenario alternativo. O al menos, no la mayoría. El discurso de la domesticidad se centró durante todo el siglo en la insistencia de la incapacidad racional de la mujer para ejercer derechos políticos y ni siquiera la honda conciencia de muchas de ellas de esta nefasta realidad hizo que este estado de cosas cambiase hasta mucho tiempo después.

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Se da la paradoja de que las Constituciones españolas del siglo XIX (la de 1845 y la de 1876), no recogían en sus leyes electorales la expresa prohibición del voto femenino, sino que únicamente se otorgaba el derecho al voto a una cierta categoría de ciudadanos: profesionales y contribuyentes económicos a la sociedad. Sin embargo, ninguna mujer, aun pudiendo haberlo hecho con un carácter censitario, porque algunas mujeres cumplían los requisitos económicos establecidos por la ley, pues ninguna ejerció tal derecho. Únicamente la Constitución de 1890 hace constar expresamente el sufragio masculino al declararlo universal y cuando se establece, pues se origina una nueva paradoja. Como dice Catherine Jagoe, este discurso, esta utilización doméstica de la capacidad política de la mujer, «se convirtió en un arma de doble filo para la propia burguesía, ya que con ella se evitaba que las propias mujeres de la burguesía participaran en un sistema que en cambio admitía a los varones del proletariado».  Una paradoja más de esta sociedad burguesa que, pese a todo, es en la segunda mitad del siglo cuando consigue afianzarse en su hegemonía social.

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De ese tipo de paradojas es de lo que hablo en mi libro sobre la mujer, sobre el espacio público burgués y sobre el siglo XIX. Y una cosa es segura… el siglo XIX no fue un siglo agradecido para la mujer, pero…

La nueva sociedad que despertaba al albur del poder burgués, quiso encorsetar a la mujer en un ideal de vida doméstica que exigía también un ideal de clase, pero al tiempo que esa domesticidad y el ideal burgués marcaban una clara diferencia entre espacio privado y espacio público, reservando para la mujer únicamente un papel dentro de la esfera doméstica, al mismo tiempo, decía, también se la mostraba como un valor público: «la exigente sociedad la reclama sin cesar, como el teatro a la actriz que ha contratado», decía Gertrudis Gómez de Avellaneda, la gran dama de las letras del XIX, en un tiempo en el que se consideraba a la mayoría de las autoras femeninas “escritoras de la domesticidad”.

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La gran paradoja de esta concepción burguesa de la mujer se encuentra en la contraposición decimonónica de espacio público y privado. Cuando hablo de espacio público me refiero al que es definido por Jürgen Habermas como un espacio, físico o imaginario, en el que se desarrolla lo que él llamaba la esfera de lo público y como contraposición al dominio de lo privado, decía él, cuyo acceso es restringido por el propio individuo. «La esfera pública», era definida por Habermas, como ese lugar donde cobran importancia la interacción social y cívica y el debate público-político, elementos todos ellos legitimadores de la vida en comunidad de una sociedad. ¿Qué alcance tenían las mujeres en ese espacio? En realidad, muy poco.

En el caso de las sufragistas que hemos visto en el filme, la calle y la fábrica son los lugares físicos donde expresaron esa opinión público-política, aun accediendo con muchas dificultades a ellos en los inicios del siglo XX, en realidad, los estertores del “largo” siglo XIX. Decía Habermas que «a la luz de lo público todo se manifiesta tal como es, todo se hace a todos visible». ¿Era entonces la mujer visible, si no podía acceder libremente a esos espacios físicos o imaginarios? Pues sí. Lo era. Por eso se la critica, se la trata de ocultar y se la denigra.

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En contraposición, el espacio privado, decía Habermas, es ese espacio, físico o interior, cuyo acceso es restringido por el propio individuo (Incluso el diccionario de la Real Academia define lo privado como aquello que se realiza de manera individual, o sea, de forma particular por parte de cada individuo o, a lo sumo, en presencia de pocos y de confianza, de forma familiar y domésticamente, dice concretamente el diccionario de la RAE)… es un espacio que tiene que ver con la capacidad de control, poder o dominio, que posee un individuo sobre él, adquiriendo así el carácter de privativo, pero ¿de verdad pensamos que el hogar, el ámbito doméstico al que se confina a la mujer, era un espacio “restringido”, “privativo” suyo, un espacio tan femenil donde solo la mujer controlaba su acceso? Pues Tampoco. Incluso calificándola de ángel del hogar, la titularidad de ese hogar no le correspondía, sino que se le concedía al marido.

La sociedad burguesa de este tiempo va a recrear un espacio público acorde con esta nueva sociedad hegemónica en la que prima lo visible, lo evidente, lo público… transforma las ciudades según sus necesidades de sociabilidad, ampliando avenidas, construyendo parques y jardines de esparcimiento, levantando teatros, edificios de la ópera, hipódromos, cafés y terrazas… y también hogares muy diferentes a los que se podían ver en siglos anteriores… Hogares con una alta exposición pública… instituye su propio hogar como elemento esencial de su proyección social pública… La casa familiar se socializa: se recibe en un despacho, hay una sala para atender a las visitas, un salón de festejos y reuniones, un comedor para eventos, una sala de retratos, álbumes de señoritas, con fotos, poesías y dibujos, hay bibliotecas que se exhiben, un cuarto de curiosidades y recuerdos de viajes….

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La sociedad burguesa dota a sus mujeres de una importante presencia visible en los esos nuevos espacios públicos de sociabilidad que mencionaba antes (y donde la moda se va a convertir en un elemento imprescindible para ese modelo social), y aunque proclama que el lugar de la mujer está en el hogar, aunque proclama que ella es el “ángel del hogar”, lo cierto es que ese hogar entra a formar parte del mismo espacio público del que se quiere excluir al sexo femenino. Una nueva paradoja.

Los resquicios que dejan abiertos estas paradojas son las que van a permitir a las mujeres poner todo su empeño en demostrar, con su visibilidad, presencia y hasta protagonismo, que han de ser reconocidas como parte imprescindible de esa nueva sociabilidad burguesa. Recojo en el libro que lo hacen de dos formas: por un lado lo que he llamado “incursiones sociales” realizadas dentro de los escasos márgenes que deja entreabiertos la sociedad burguesa (entrarían en este grupo la educación, la literatura, la participación cultural y social que se ha descrito antes…) y por otro lado lo que he llamado, de acuerdo con Elena Fernández García, una Transgresión Total, transgresiones públicas entre las que podríamos incluir revoluciones, arengas, protestas, misivas políticas, influencias, actuaciones políticas…

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Es en este sentido en el que la segunda mitad del siglo XIX adquiere una importancia capital en el reconocimiento del papel de la mujer en ambas esferas, la privada y la pública. La historiadora Mary Nash reivindica una historia de la mujer «en toda su complejidad», es decir, teniendo en cuenta no solo un rol cerrado circunscrito a la esfera doméstica, sino también, atendiendo a la proyección pública de esa actuación femenina familiar en el contexto económico-social en el que se inserta.

Este libro se inscribe en este tipo de reivindicación, porque poco se ha tenido en cuenta como factor de influencia social y política en la historia, toda la labor femenina en una esfera que, estando localizada en un espacio tan concreto como el hogar, puede llegar a tener una alta proyección pública, bien por la propia actuación de la mujer como protagonista, bien por el ascendente que pudiera ejercer en el varón titular de ese espacio doméstico (que es lo que le reconocía expresamente la propia sociedad burguesa), bien por la propia influencia de la vida doméstica en los procesos sociales burgueses. «La mujer jamás fue totalmente pasiva, ignorante y subordinada», como afirma Mary Beard

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La mujer era VISIBLE en la sociedad, o mejor dicho, no era invisible, sino que se la ha invisibilizado, se la ha obviado, pero nunca ha sido invisible… Hay que reivindicar el hecho de que la mujer, siendo VISIBLE, ha sido premeditada y conscientemente invisibilizada, olvidada, discriminada a conciencia, sabiendo muy bien lo que se hacía… Y hemos de aceptar esa VISIBILIDAD tantas veces condenada por dos razones: primero, para conceder el necesario valor a esas actuaciones femeninas en el espacio público, y segundo,  para dejar claro que la discriminación femenina ha sido consciente. Son las mujeres las que históricamente han evidenciado con su presencia y VISIBILIDAD, lo que un hogar representa. Esta paradoja ha sido nuestro logro y nuestra condenación.

Permitidme acabar con lo que dijo la feminista Charlotte Despard, ya con 87 años en 1928 al aprobarse la equiparación de la edad de voto femenina a la masculina: “Jamás pensé que vería la concesión del voto. Pero cuando un sueño se hace realidad, hay que ir a por el siguiente”.

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* La palabra Suffragettes fue empleada durante los inicios del siglo XX como una forma despectiva de titular a las mujeres que pedían el voto femenino de una forma activa, política y hasta violenta. Fue utilizado por primera vez en el periódico “Daily Mail” en 1906, para distinguirlas de las sufragistas más moderadas y como un intento de dividir el movimiento. Aunque el término “Suffragette” no tiene traducción exacta en español, podemos entender la intención si la equiparamos con la dualidad actual entre “feminazis” y “feministas”.​

** La película Suffragettes” está basada en las protestas de las mujeres inglesas en los inicios del siglo XX y sobre todo las acciones realizadas en ese año de 1912. No todas sus protagonistas son reales, aunque si reflejan actitudes de multitud de mujeres anónimas que militaron en el movimiento sufragista. Es el caso de la protagonista, Carey Mulligan, que interpreta a Maud, una mujer trabajadora y oprimida en su propio hogar. También el papel que interpreta Helena Bonham Carter (Edith Ellyn) es ficticio, pero su papel está basado libremente en tres mujeres importantes en estos momentos, Edith Garrud (1872–1971, una de las primeras instructivas profesionales de artes marciales en el mundo occidental), Edith New (1877-1951, una de las primeras sufragistas en usar el vandalismo como táctica) y Mary Leigh (1885–1978, otra activista política y sufragista inglesa pionera en emplear las acciones violentas como protesta). New y Leigh  fueron encarceladas por sus actos pero recibieron pleno apoyo de las demás sufragistas como nueva forma de protesta para hacer escuchadas y ambas salieron como unas heroínas de la cárcel. Personajes reales que aparecen en la película son los papeles interpretados por Meryl Streep como Emmeline Pankhurst (1858-1928) y Natalie Press como Emily Wilding Davison (1872-1913), la mujer que falleció al ser arrollada por el caballo del rey George V en el Derby de 1913.

Mª del Pilar López Almena
Segovia, 12 de marzo de 2019

SUFFRAGETTES

SUFFRAGETTES

Como he venido contando por las redes sociales (Facebook, Instagram y Linkedin), mañana martes participaré en un cineforum sobre la mujer con la película “Sufragistas” (2015,  Sarah Gavron), que se llevará a cabo en el Campus de Segovia de la Universidad de Valladolid (UVA). Tendrá lugar a las 10:45 de la mañana (en el cartel inicial la hora era errónea).

Me hace mucha ilusión participar en este evento porque será la primera vez que hable de mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX, y espero que resulte interesante.

AlmaLeonor_LP

VISIBLES… EL SIGLO XIX

VISIBLES… EL SIGLO XIX

Damas de luto en la época victoriana (imagen no incluida en el libro, pero que estuvo a punto de ser la portada).

 

The long nineteenth century es el nombre con el que el historiador Eric Hobsbawm se refiere al periodo comprendido entre 1789, año de la Revolución francesa, y 1914, año del inicio de la Primera Guerra Mundial. Este largo siglo XIX de 125 años, compendia una serie de transformaciones socio-políticas que terminaron por reescribir toda la historia europea y mundial. Es en este Siglo de las Revoluciones, como también se le ha llamado, donde se define y acaba por triunfar, el nuevo modelo social burgués: políticamente liberal, económicamente industrial-capitalista, y culturalmente conservador y moralizante. Las revoluciones que suceden en la primera parte del periodo ―entre 1789 y 1848―, intentan abrir la puerta a una mayor intervención popular en la vida pública y dan lugar a lo que Hobsbawm califica como «la mayor transformación en la historia humana desde los remotos tiempos». Y, finalmente, es en este momento donde el feminismo del siglo XX y la historiografía tradicional, instalan el inicio de la lucha por la emancipación femenina.

La tipología social es, además, completamente diferente a la del Antiguo Régimen. Con este panorama, la situación de la mujer no puede ser tampoco ni muy clara ni medianamente uniforme. Mientras en Inglaterra la temprana industrialización convierte a las mujeres en actores de las reivindicaciones laborales; en Francia se frenan los avances legislativos acerca del matrimonio, divorcio, concubinato y derecho de los hijos naturales, con el Código Napoleónico de principios de siglo, «una monstruosidad, una herramienta que somete, que envilece a la mujer», en palabras de George Sand. Mientras en Alemania, Suiza y Holanda se generaliza el protestantismo ―y lo extiende por el mundo a través de sus respectivas colonias― que revalorizaba el recogimiento familiar y moral; en los países del orbe católico se inicia una cruzada anti-laicista contra el positivismo racional dieciochesco que culmina con la firma de Concordatos con la Santa Sede.

En el marco de estos acuerdos estado-iglesia, se recupera la rancia moralidad que confina de nuevo a la mujer en el reduccionista ámbito del hogar. En medio, la razón ilustrada dejó abiertas puertas de realización y liberalización femenina que la nueva clase burguesa va a tratar de neutralizar y utilizar al mismo tiempo: por un lado, privilegia la moralidad como principal preocupación social, revalorizando la familia ―por encima del individuo― y exigiendo a la mujer su «silencio, sumisión y conformismo»; pero por otro, al convertir a las mujeres en «el eje de la familia y del hogar», implícitamente aumenta el valor, protagonismo y visibilidad de la casada: «Digámoslo de una vez: el matrimonio es el estado natural de una mujer y el primer precepto que dio el Señor a los hombres» (Periódico de las Damas (1822), Nº I, Madrid, pp.8-9).

Mª del Pilar López Almena.

VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

DOS AÑOS DE LOS PUSSYHATS

El 21 de enero del año 2017 se llevó a cabo en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) una manifestación de mujeres contra Donal Trump caracterizada por la utilización masiva de una prenda, un gorrito de lana con orejas de gato, que se popularizó con el nombre de PUSSYHATS. Unos días más tarde, la revista digital Anatomía de la Historia publicaba mi artículo LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES, que hacía referencia a este acontecimiento y a alguna otra cosa más… Hoy, pasados dos años de aquello, el blog del Brithis Museum recoge un artículo sobre el gorrito (“Cuando un sombrero no es solo un sombrero“) y he pensado que es un buen momento para recordar en HELICON aquel artículo. Lo único que ha cambiado desde entonces es que cuando publiqué este artículo (en enero de 2017) mi libro VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX aún no se había publicado, saldría un año después, en febrero de 2018, y ahora ya puede encontrarse en librerías y a través de la web de Ediciones UVA.

LOS PUSSYHATS: UN MUNDO DE MUJERES VISIBLES

Por Alma Leonor López . 25 enero, 2017 en Discusión histórica , Mundo actual.

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Antes de la independencia norteamericana, un llamamiento patriótico en 1765 instaba a las mujeres de los colonos a hilar sus propias ropas en casa para no tener que importar tejidos de la metrópoli inglesa y contribuir así a la causa. De esta forma, a la simple ama de casa, le fue atribuida la condición de “hija de la libertad”, emulando la masculina proclama de la organización patriótica (Sons of Liberty, organización en un principio fiel al rey de Inglaterra, con la que estuvieron relacionados Paul Revere o Samuel y John Adams) creada para reivindicar y proteger los derechos de los colonos.

«Boicot a las mercancías importadas de Inglaterra, fabriquemos y compremos americano»

Eso es lo que se decía en un llamamiento cívico que se dirige a ellas, a las mujeres, y solo a ellas. Porque coser, hilar, tejer… eran labores femeniles. Como cuando hubo que coser una nueva bandera nacional con 13 bandas blancas y rojas y 13 estrellas y el mito se atribuyó a una mujer, Betsy Ross (1752-1836), hija de un pastor cuáquero de Pensilvania, repudiada por éste al casarse con un episcopaliano tapicero de profesión. A Betsy la habían enseñado a coser desde la escuela de su iglesia, como se enseñaba a coser a las niñas pobres españolas que entraban en alguna de las escuelas de hilados fundadas por las Sociedades Patrióticas del siglo XVIII o más tarde en las promovidas por las Juntas de Damas del siglo XIX. Coser, hilar, tejer… para el bien de la patria, son formulas con las que se traslada a la mujer, desde un cercado espacio femenino dentro del hogar, al espacio público y visible de la actuación sociopolítica.

Tejer

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Hoy vemos en los Estados Unidos recién despertados en la era Trump, cómo las mujeres han encontrado en el acto de tejer una labor altamente patriótica. El Pussyhat Project, puesto en marcha el día de Acción de Gracias por Krista Suh y Jayna Zweiman, dos mujeres de Los Ángeles que nada tienen que ver con la política (la primera es guionista y la segunda arquitecta), junto con la artista Aurora Lady, nació con la intención de «crear un océano de color rosa para la manifestación, ofrecer un mensaje visual que distinguiese a esta protesta» (Noelia Ramírez, El País). Se referían a la manifestación de mujeres contra Donal Trump celebrada en Washington (y en otras ciudades estadounidenses y del mundo) este pasado día 21 de enero de 2017.

El nombre, pussyhat, surge de un juego de palabras: pussy es la versión coloquial de ‘vagina’ y la forma de orejitas de gato en el gorro (hat, un diseño de Kat Coyle) hacen referencia a la palabra pussycat, todo ello como respuesta gráfica al «grab the from the pussy» (traducido libremente como ‘agarrarlas por el coño’) que dicen que dijo Trump según unas comprometidas grabaciones difundidas durante la campaña electoral.

El mensaje es claro: somos mujeres, estamos aquí, hemos tejido nuestro propio elemento distintivo. Pero incluso van más allá. La idea se lanzó con un gran carácter inclusivo para visibilizar a través de ellos la adhesión a la protesta de aquellas mujeres que no pudieran estar presentes en Washington. Unas mujeres los lucen, otras los tejen para ser visibles a través de ellos. Las redes sociales ayudaron a que los pussyhats traspasasen las fronteras estadounidenses y llegasen a Canadá o Reino Unido o a lugares tan lejanos como Noruega, lugares desde donde muchas mujeres se sintieron representadas en la manifestación de Washington al ver sus gorros rosas en las cabezas de las que si estaban allí.

Visibilidad

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Hubo un tiempo en España en el que las mujeres también realizaron protestas con un claro cariz político y patriótico visibilizado a través de un objeto o un color que lucían en sus cuerpos. Por ejemplo, cuando en 1833, ya fallecido Fernando VII, Isabel II es proclamada reina y «las señoras empezaron a usar, en sus vestidos y adornos, el color azul cristina», contaba José Ortega Zapata en su crónica del Valladolid del XIX, en señal de reconocimiento cristino, es decir, de apoyo a la reina madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, preceptora y regente de la reina niña entre 1833 y 1840, y contra las aspiraciones de los partidarios de Carlos María Isidro, hermano del rey finado.

De igual modo, durante el reinado de Amadeo de Saboya (como Amadeo I, entre 1871 y 1873), una protesta aristocrática, impulsada por Sofía Troubetzkoy (duquesa de Sesto), conminó a las mujeres madrileñas a lucir la españolísima mantilla española en lugar de los sombreros parisinos tan de moda en esos años, para mostrar su adhesión a la restauración borbónica y el rechazo a la nueva casa reinante. Para ello, la duquesa de Sesto diseñó un alfiler en forma de flor de lis (emblema de los Borbones) que las damas debían lucir visibles sobre la mantilla en los paseos solariegos por el madrileño Paseo del Prado.

Llamada la Rebelión de las Mantillas, fue orquestada y llevada a cabo por mujeres, una presencia femenina con un protagonismo propio y una visibilidad con sentido político. O al menos, reivindicativo de una corriente político-social contraria al nuevo orden institucional, como sucede con las actuales mujeres de Washington opuestas al nuevo presidente. Sí. Ninguna de esas formas de protesta pueden ser tomadas como una mera manifestación femenil.

Las mujeres de Estados Unidos y de buena parte del mundo, han querido mostrar en Washington este pasado día 21 una clara (y visibilizada en rosa) oposición a su recién proclamado presidente, a sus modos chulescos y su postura fatua, a sus desplantes mediáticos, a su falta de educación, a su xenofobia manifiesta contra inmigrantes y extranjeros, a su más que evidente machismo, misoginia y agresividad verbal hacia el sexo femenino. La protesta de las mujeres de Washington no solo es feminista, es parte de una protesta cívica y política que algunos medios ya han llegado a calificar de auténtica «resistencia civil».

Claro que, me dirán, que Washington no es precisamente una ciudad proclive a Donald Trump, donde solo un 4% de los votantes le apoyaron (lo que también explicaría las “calvas” en la multitud concentrada frente al Capitolio, en el National Mall, el día de la proclamación presidencial) y que al fin y al cabo, las mujeres, un 53% de las mujeres (blancas, el voto afroamericano conjunto fue del 8%), votaron a favor del nuevo presidente. Son cifras para la reflexión, sobre todo, cuando su oponente demócrata era una mujer, Hillary Clinton.

Pero son cifras que directamente nos dicen que las mujeres tienen su propia opinión política. No votan por corporativismo femenino. Y por lo tanto, la oposición que se realiza ahora frente al nuevo presidente no es feminista ni corporativista, ni debe tenerse únicamente por femenil. Es una reivindicación política que se visibiliza en rosa, sí, con los pussyhats, sí, pero también a través de un claro empuje cívico-político femenino.

La historia nos ha enseñado que tal empuje no debe ser desdeñado. Si podemos considerarlo histórico, Eva realizó la primer acción de protesta femenina (y solo femenina) contra el poder establecido, reivindicando el derecho a la sabiduría para ella y para toda la humanidad. Fue un gran logro, pero a cambio, supuso un alto costo para nosotras: la carga perpetua de un pecado en forma de subordinación femenina al sexo opuesto. No nos conformamos nunca con ese destino.

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Fueron muchas las ocasiones en las que a lo largo de la historia las mujeres mostraron ese empuje, coraje y voluntad de cambiar el destino de todas. Fueron las mujeres las que en la Revolución Francesa alentaron a los hombres para salir a las barricadas portando ellas armas y antorchas en todas las revueltas. Fueron las mujeres del mercado de París las que el 5 de octubre de 1789 protagonizaron la marcha a Versalles protestando por la carestía y alto precio del pan, marcha que pronto se tornó en política cuando se unieron a los ciudadanos (hombres y mujeres) que sitiaron el Palacio de Versalles obligando al rey, y a los miembros de los Estados Generales allí reunidos, a volver a París. Para algunos estudios feministas, estos actos son considerados “fundacionales” de la lucha por la emancipación femenina. Pero es que no fueron los únicos.

En la previa Revolución Norteamericana (1775-1783), hubo mujeres que empuñaron armas y cañones (Margaret Corbin, por ejemplo, la primera mujer en la historia de Estados Unidos que recibió una pensión del Congreso por los servicios militares prestados y la única enterrada en West Point, pero también la mítica Molly Pitcher, por cierto, ambas vinculadas a Pensilvania, como Betsy Ross)

Y en la posterior Guerra de la Independencia española iniciada en 1808, las mujeres se rebelaron contra los invasores franceses, llegando a ser artilleras (Agustina de Aragón) o jefas de Somatén (Susana Claretona, Margarita Tona, María Esclopé…), por poner solo un par de ejemplos.

Fueron decididas mujeres norteamericanas (muchas inmigrantes de origen europeo, además) las que protagonizaron las huelgas del sector textil de 1908 (en Chicago) y 1909 (como la famosa “huelga de las camiseras” o el “levantamiento de las 20.000”, organizado por los sindicatos de mujeres de Nueva York) o las que sucedieron en 1911 después del terrible incendio de la Fábrica de camisas Triangle Waist Co. de Nueva York, que se saldó con la muerte de 146 personas, 123 de las cuales eran mujeres, muchas de ellas muy jóvenes y de nuevo, inmigrantes europeas en gran número (incendió que desde entonces se recuerda con el Día Internacional de la Mujer Trabajadora del 8 de marzo).

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Las condiciones de trabajo de todas estas mujeres eran terribles y la respuesta que las autoridades dieron a esas manifestaciones multitudinarias no estuvieron ausentes de detenciones, despidos, multas y más violencia (la sindicalista Clara Lemlich, por ejemplo, con varias costillas rotas en la manifestación de 1909 en Nueva York), pero estas protestas alentaron el movimiento sufragista femenino que ya había nacido en el siglo anterior y que tendría en estos primeros años del siglo XX su momento de apogeo.

Y también fueron mujeres con empuje las milicianas republicanas españolas del 36 que defendieron la legalidad constitucional frente a un bárbaro golpe de Estado, dejando visibilizada su condición femenina y su decidida voluntad de participación revolucionaria y política como ciudadanas.

Hoy, muchas mujeres en todo el mundo están mostrando su empuje, su voluntad de seguir siendo escuchadas, su decidida negativa a ser tratadas como ciudadanas de segunda y seres humanos de tercera. Y una de esas reivindicaciones ha llegado al corazón de la gran metrópoli occidental, Washington, visibilizándose con un gorro de lana de color rosa y orejas de gato. La manifestación de mujeres en Washington, y en otras muchas ciudades, portando sus pussyhats o fabricándolos para otras mujeres, han mostrado dos cosas al mundo: una, que en Estados Unidos han empezado a conocer un tipo de protesta civil a la que no estaban acostumbrados, una protesta espontánea y multitudinaria hacia una institución tan venerada en ese país como es la Presidencia de la República; y dos, la han conocido a través de las mujeres… definitivamente estamos en una nueva era… la era de las mujeres.

(Datos del TFM de la autora, “La visibilidad de las mujeres en el espacio público burgués del siglo XIX”, aún sin publicar).

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LA MUÑECA

LA MUÑECA

Imagen: Antoine Auguste Ernest Hébert (1817-1908)

Figuras en forma de muñecas, realizadas en materiales muy diversos (madera, piel, trapo, etc.) aparecen desde los primeros tiempos de la historia, pero no eran juguetes. La mayoría eran objetos mágicos o propiciatorios, elementos de una religiosidad que veía en la representación humana un vehículo de comunicación con los dioses. No obstante se han encontrado tumbas egipcias con enterramientos infantiles a los que se acompañaba de muñecas que parecen indicar objetos lúdicos muy antiguos. En todo caso, en todas las culturas y en todos los tiempos, las muñecas han acompañado juegos y oraciones votivas de toda la humanidad.

El siglo XIX es también el siglo del auge del juguete infantil y de la industria a la que se asocia.  Desde muy temprano se fabrican muñecas articuladas e incluso con mecanismos que les permitían articular palabras (“mamá” y “papá”) o caminar. Pero lejos de ser un juguete inocente, la muñeca, que muchas niñas habrán recibido estos pasados reyes como un regalo deseado, fue un instrumento más para despertar en las niñas, futuras mujeres, el instinto maternal para el que, se decía, estaban predestinadas. A comienzos del siglo XIX las muñecas se vestían como una joven elegante y bella, como predestinando a las niñas a aspirar a esa excelencia futura. Pero hacia mitad de siglo no solo la moda vino a constituir un vehículo de adoctrinamiento femenino, la muñeca, ya en forma de bebé asexuado «se erige en instrumento privilegiado para la preparación a la maternidad».  Las niñas jugaban a ser mamás.

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VISIBLES. MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS
EN EL SIGLO XIX

MOLLY PITCHER versus AGUSTINA DE ARAGÓN

MOLLY PITCHER versus AGUSTINA DE ARAGÓN

Imagen: Agustina de Aragón, por  Ferrer Dalmau

Hoy, 2 de mayo, se conmemora la fecha en la que España se levantó en armas contra el invasor francés en el año de 1808. Son varias la mitificaciones que rodean este acontecimiento, pero muchas de ellas están protagonizadas por mujeres. Desde la heroína madrileña Manuela Malasaña, que llegó a bautizar todo un barrio de la capital, a las muchas mujeres anónimas que, desde la retaguardia, o sorteando trincheras en primera línea, participaron como cocineras, aguadoras, enfermeras, lavanderas, cantineras, intendencia, correo, etc., labores tradicionalmente asignadas a las mujeres en la guerra.

Pero no, su papel no fue únicamente auxiliar, sino que en buena parte de las batallas conocidas, participaron codo con codo con los hombres. De ellas, se conocen muchos nombres: Casta Álvarez y la condesa de Bureta  en Zaragoza; Susana Claretona, Magdalena Bofill, Margarita Tona y María Esclopé, jefas de somatén en Cataluña; Juana Ruiz y Martina de Ibaibarriaga en Vitoria; Juana Galana, Clara del Rey y Francisca de la Puerta, en La Mancha… y, en fin, otras muchas, como las mujeres de la Compañía de Santa Bárbara de Gerona. Ellas manejaban armas y también cañones como artilleras. Y de ellas, la más conocida es, sin duda, Agustina de Aragón.

Hay mucha mitificación en torno a su figura y mucha parte de leyenda en su historia mil veces repetida. Para resumir, ni era zaragozana de origen, ni fue la primera artillera en la ciudad, pues también se recuerda a María Agustín Linares. Pero es que ellas tampoco fueron las primeras mujeres en ponerse al frente de un cañón… o al menos eso parece indicarnos la historia de una mujer artillera en la Guerra Norteamericana (1775-1783), Molly Pitcher, nombre que podría traducirse por “María la Cantinera”.

Molly era aguadora en el frente y, como Agustina, al ver caer muerto a un artillero, ella misma cogió el atacador del cañón y lo cargó para una próxima andanada al tiempo que gritaba que no abandonaría su puesto mientras durase la batalla. Una historia muy parecida a la de la de Aragón. Solo que su figura está aún más envuelta en la leyenda. Hasta es posible que ni existiese.

El caso es que a Molly y su gesta se la conoce mucho más desde los inicios de la Guerra Civil norteamericana (1861-1865), casi un siglo después, y es posible que simplemente se quisiese ensalzar la figura de una mujer artillera para dar aliento a las tropas. Como con Agustina.

La mitificación de la mujer en su participación en la Guerra de la Independencia española es un tema muy estudiado que se relaciona con la idea de la voluntad del pueblo unido contra el enemigo común francés. Una tierra, España, toda ella levantada en armas, hasta sus mujeres. El ensalzamiento de la españolidad representado por el sexo femenino. Y es posible que esta misma mitificación nacionalista, se utilizase en las guerras norteamericanas, tanto con Molly Pitcher como otra mujer, Margaret Cochran Corbin, de quien se sabe que acompaño a su marido, artillero, durante  la batalla de Nueva York de 1776. Margaret sustituyó a su esposo caído en combate y ella misma resultó herida y declarada “inválida de guerra”, con lo que se le otorgó una pensión y el honor de ser la única mujer enterrada en West Point. Pues bien, se piensa que Molly, con más fama, es en realidad una trasmutación de Margaret, menos conocida, pero que sí existió en realidad.

El debate en torno a la realidad de estas dos mujeres norteamericanas sigue vivo, pero también sobre si la imagen de Molly Pitcher, que empieza a difundirse en la frontera entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, influyó en una posible creación del mito de Agustina de Aragón, o si la publicidad inglesa acerca de “The Maid of Zaragoza”, pudo haber inspirado la construcción de una leyenda semejante en la figura de Molly Pitcher, para ensalzar el ideal de una Revolución independentista en Norteamérica, algo que también fue, al fin y al cabo, la guerra española.

A Agustina de Aragón se la condecoró, pero el General Palafox no lo hizo en el frente, sino posteriormente. Sin embargo, su mitificación fue inmediata. Molly Pitcher necesitó un siglo para alcanzar el mito y, tal vez, apoyarse en figuras reales como la misma Agustina o Margaret Corbin, a quien también se condecoró y se terminó por dedicar una calle en Nueva York, la Mary Corbin Drive, con una placa que recuerda su gesta. La de Molly no hace falta recordarla, porque es mucho más popular y existen varias representaciones suyas.

Todas ellas fueron mitificadas para ensalzar un levantamiento nacional. Todas ellas fueron mujeres y todas ellas pasaron a la historia como artilleras, reales o ficticias, pero con una clara incursión en un espacio tan restringido al sexo femenino como era la guerra. Hoy, 2 de mayo, es el día apropiado para recordarlas.

Mª del Pilar López Almena,
 VISIBLES, MUJERES Y ESPACIO PÚBLICO BURGUÉS EN EL SIGLO XIX (2018)