NOS HAN DADO LA TIERRA

NOS HAN DADO LA TIERRA

Imagen:; Mario Schifano (1979)

Hemos venido caminando desde el amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:

-Son como las cuatro de la tarde.

Ese alguien es Melitón. Junto con él, vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos delante, otros dos detrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces digo: “Somos cuatro”. Hacer rato como a eso de las once, éramos veintitantos; pero puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más este nudo que somos nosotros.
Faustino dice:

-Puede que llueva.

Todos levantamos la cara y miramos una nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos: “Puede que sí”.
No decimos lo que pensamos.
Ahora volvemos a caminar. Y a mi se me ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.

¿Quién diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?

No, el llano no es cosa que sirva. No hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no traemos ni siquiera la carabina. Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga.

Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí.

Juan Rulfo “El llano en llamas (1953)

KLAATU BARADA NIKTO

KLAATU BARADA NIKTO

Klaatu y Gort a su llegada a la Tierra.

La película de Robert Wise Ultimátum a la Tierra (1951) es uno de los grandes filmes de ciencia-ficción de Hollywood, una película de culto junto con Planeta Prohibido (1956), de Fred M. Wilcox. Ambas forman parte del National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos por su valor «cultural, histórica, o estéticamente significativo». Ultimátum a la Tierra, además, está incluida en quinto lugar en el Top 10 de la categoría de ciencia ficción del AFI’s (American Film Institute). Es una película magnífica, surgida del temor de los estadounidenses a una guerra nuclear durante la época de la Guerra Fría. Aunque, curiosamente, ese temor se dirigía únicamente a la posibilidad de que partiera desde el otro lado del Telón de Acero, que fuese el comunismo ruso quien la pusiese en marcha, cuando hasta ese momento, solo los EE. UU. habían detonado una bomba nuclear en nombre de la civilización occidental y capitalista, pero ese era el temor que dominaba la sociedad norteamericana en aquel tiempo. En aras de ese temor se produjeron en Hollywood docenas de thrillers y melodramas poblados de espías soviéticos o de traidores estadounidenses, así como de un montón de películas en las que la amenaza roja del comunismo llegaba a la Tierra en forma de marcianos, selenitas o cualquier otro habitante del sistema solar dotado de la suficiente capacidad tecnológica y militar como para acabar con el estilo de vida estadounidense. Pero Ultimatum a la Tierra incluyó un mensaje diferente en forma de discurso pacifista.

En primer término, Klaatu, interpretado por Michael Rennie.

El extraterrestre Klaatu, con toda la apariencia interna y externa de un humano, llega a nuestro planeta con un mensaje que todos los habitantes de la Tierra deben escuchar. Ante la incredulidad de los líderes estadounidenses sobre sus verdaderas intenciones, impiden que Klaatu circule libremente haciéndole saber que es un prisionero. Pero él quiere conocer a la gente de la Tierra y escapa. Con el nombre de Sr. Carpenter entabla conversación con otras personas, en especial con una viuda y su hijo que e cuenta a Klaatu que su padre murió durante la Segunda Guerra Mundial. La amistad entre ellos y Klaatu se afianza.

Un día conoce a un matemático al que le revela su misión: ha venido a la Tierra para impedir que sus habitantes inventen armas nucleares más poderosas que la bomba atómica, con lo que llegarían a suponer tal amenaza para el resto de los planetas habitados que estos se verían obligados a destruir la Tierra. Para evitar eso, Klaatu venía dispuesto a acabar con todos sus habitantes para salvar el planeta, por lo que su vista era un ultimátum a la Tierra. Entonces lanza un mensaje de advertencia para demostrar que iba en serio, apagando toda la electricidad de la tierra (excepto los sistemas vitales), durante media hora, y la Tierra se detuvo. Klaatu es perseguido y herido de muerte y en su agonía le da a Helen, la viuda madre del chico, un mensaje para que se lo haga llegar a Gort, el robot gigante (en la película tenía 3 mt de altura y estuvo interpretado por Lock Martin, un actor que medía más de 2,16 mt) hecho de un material desconocido en la tierra, que había llegado en su nave junto a Klaatu. Ese mensaje está en clave, una clave que solo el robot conocería: «Klaatu barada nikto».

Esas palabras eran una clave para el robot que, al escucharlas, coge el cadáver de Klaatu le lleva a la nave y le revive. Entonces, una vez vuelto a la vida, Klaatu lanza un discurso a los habitantes de la tierra en el que pide la libertad e igualdad de todos los hombres. Después se marcha junto al robot en su nave. La película consigue demostrar que la verdadera amenaza no vendrá de fuera, no es ajena, está en nosotros mismos. No es el comunismo (o en clave de los habitantes tras el telón de acero, no es el capitalismo), somos nosotros, somos todos y cada uno de nosotros cuando vemos todo lo diferente como una amenaza en lugar de tratar de entenderlo.

Varias escenas de la película.

En cierto sentido es el mismo mensaje que lanzará más tarde la película El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, basada en la novela homónima de Pierre Boulle, pero en lugar de llegar un extraterrestre a la Tierra, son unos astronautas terrestres los que creen llegar a un planeta perdido en el espacio que está dominado por simios y es el coronel Taylor (Charlton Heston) quien descubre la terrible realidad: que no está en un planeta extraño, sino que es la misma Tierra destruida por una guerra nuclear. Es una pena que el actor no se aplicase la lección sobre el peligro de las armas en él mismo, que llegó a presidir la Asociación Nacional del Rifle y defender el derecho de los norteamericanos a portar y usar armas.

Volviendo a la frase del moribundo Klaatu, en la película nunca se da una traducción del mismo, por lo que no sabemos exactamente que le trasmite a Gort. Son los acontecimientos los que nos desvelan algo de él, pero no se da a conocer el significado de esas palabras. No sabemos si la resurrección de Klaau forma parte de ese mensaje, o es algo que haría Gort aún sin escuchar esas palabras. Se ha escrito mucho sobre esa frase, llegando a ser calificada como una palabra o frase «clave de seguridad» (safeword), como la que se utiliza en el mundo BDSM (prácticas sadomasoquistas), pactada para comunicar que se detenga la acción o para explicar el estado físico o emocional del sumiso, es decir, una clave para utilizar generalmente cuando se acerca o cruza un límite físico, emocional o moral, previamente establecido. Respecto a la película, se ha llegado a afirmar que se trataba de una clave para evitar daños mayores, puesto que Gort tenía la misión de destruir la tierra si Klaatu fracasaba en su intento de convencer a los terrícolas de abandonar su loca idea de desarrollar armamento nuclear. Es curioso este planteamiento, pues desvela que sería la tecnología (un robot en este caso) quien salvaría al planeta (aunque de una forma expeditiva, eso sí) de su destrucción y no los humanos. Aunque se describe el poder de Gort como ilimitado, tal vez insinuando que no puede dejar de cumplir su cometido, con este mensaje Klaatu parece ordenarle desactivar esa orden de destrucción. Klaatu ha entendido finalmente que la medida que traían consigo era, a todas luces, desproporcionada con respecto a las personas que habitan la tierra. No todos merecerían ser aniquilados. Es un mensaje de confianza en la capacidad de los seres humanos para contrarrestar la maldad que nos destruye. Aún hay esperanza de que lo consigamos nosotros mismos, sin la amenaza de una medida mecánica destructiva.

Con esas palabras clave, con el «Klaatu barada nikto», Gort lo entendería también, toda vez que podría haber actuado violentamente al ver muerto a Klaatu, como al principio de la película, cuando es herido por una bala perdida y el robot acaba violentamente con todas las armas que lo apuntaban. Pero podría ser también una simple frase en su idioma originario que dijera: «Klaatu ha sido asesinado, debes salvarle». En todo caso, en los títulos de crédito de la película aparece un asesor en sánscrito y en ese idioma la frase «Klaatu barada nikto» se podría traducir como «el camino de Klaatu ha acabado», es decir, que Klaatu ha muerto y por lo tanto, todo lo que venían a hacer a la tierra se ha terminado, con lo que la orden de destruir a sus habitantes quedaba obsoleta. Y este significado podría tener más relación con el título de la película: The Day the Earth Stood Still (El día que la tierra se detuvo).

En el Robot Hall of Fame (Salón de la Fama de los Robots), creado en el año 2003 por la Escuela de Ciencias de la Computación de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh (Pensilvania) y donde Gort figura desde el año 2005, describe la frase como «una de las más famosas órdenes de la ciencia ficción» de todos los tiempos y la más famosa jamás pronunciada por un extraterrestre… claro que más tarde llegaría ET y diría eso de «Teléfono… mi casa» y sería desbancada.

“Ultimatum a la Tierra” (2008)

Existe un remake de 2008 cuyo mayor (y casi único) aliciente, es la actuación de Keanu Reeves, y con un Gort mucho más temible de ocho metros de alto, que actualiza el peligro de una guerra nuclear sustituyéndolo por el problema del calentamiento global y la destrucción del medioambiente.

Durante este estado excepcional de pandemia que estamos viviendo actualmente, la Tierra (o un gran número de países) tuvo que detener toda actividad social durante meses, como Klaatu hizo detener toda la energía eléctrica durante media hora. Pero durante ese tiempo, que podríamos tomar como una advertencia, la Tierra se recuperó: las ciudades dejaron atrás la polución que las cubría, los parques y campos volvieron a florecer sin ser hollados y la vida animal apareció en lugares donde hacía mucho tiempo que no se había visto. Así que pensemos un poco antes de seguir actuando de forma deshumanizada y gritemos «Klaatu barada nikto» para frenar la destrucción a la que estamos sometiendo a la tierra, o ella (o la tecnología que creamos sin control) nos destruirá a nosotros.
AlmaLeonor_LP

INCÓGNITA

INCÓGNITA

La creación de Adán de Miguel Angel. Fragmento. Interpretación. The Creation of Adam by Miguel Angel. Fragment. Interpretation José Luis García Esteban - Artelista.com
“La Creación de Adán” (Capilla Sixtina, detalle) Miguel Ángel

Sí, yo sé, mi persona toda es bella,
delicioso el perfume que ella exhala,
el rosa mío al de la rosa iguala,
mi línea al lado del ciprés, descuella.

Mas, con todo, esta incógnita me aterra:
¿Por qué mi alto Escultor me hizo de tierra?

OMAR KHAYYAM (1048-1131)

CUANDO RECORDAR NO PUEDA

CUANDO RECORDAR NO PUEDA

Imagen: Chang-Park

Cuando recordar no pueda,
¿Dónde mi recuerdo irá?
Una cosa es el recuerdo
y otra cosa recordar.

Cuando la tierra se trague
lo que se traga la tierra,
Habrá mi recuerdo alzado
el ancla de la ribera.

Recuerdos de mis amores,
quizás no debéis temblar:
cuando la tierra me trague,
la tierra os libertará.

Antonio Machado

AQUEL SANTO DÍA EN MADRID

AQUEL SANTO DÍA EN MADRID

Imagen: David Diehl

Cuando supe que mi astronave bordearía el planeta Tierra en su viaje de retorno al nuestro, le sugerí al jefe de la expedición la conveniencia de aprovechar la oportunidad para que yo pusiese al día nuestros conocimientos acerca del sentimiento religioso en las zonas terrícolas más adelantadas. La última investigación disponible databa de años atrás, a raíz del concilio ecuménico que se esforzó por modernizar la Iglesia católica y, a la vista de posteriores noticias, la situación había variado bastante por ciertas reformas vaticanas susceptibles de afectar a nuestras intenciones expansivas en la Tierra. Tratándose de catolicismo, y dada la excesiva densidad de la contaminada atmósfera terrestre, que nos impide permanecer en ella más de un día sin equipo adecuado, lo más razonable para mi proyecto era detener la nave en la frontera gravitatoria sobre la vertical de España. Elegir este país resultaba obvio por dos motivos. Primero, porque es bien conocido como máxima encarnación nacional del catolicismo más acendrado y ortodoxo; hasta el punto de que cuando el mencionado concilio recomendaba acabar con intolerancias seculares, el Gobierno español de entonces seguía prohibiendo la libertad religiosa alegando que todos los españoles son católicos de nacimiento y no necesitan otra fe. Segundo, porque posteriormente se ha iniciado en el país una transición política cuyas repercusiones sobre la religiosidad importa conocer como dato para nuestra estrategia futura, pues, no es lo mismo presentarse en la Tierra como colaboradores científicos que montar una aparición mesiánica capaz de asegurar el control ideológico sobre mentes propicias.

Lo que convenció a mi jefe fue que para mis observaciones bastarían pocas horas, pues nuestro acercamiento al planeta coincidía con el día santo de la semana, allí llamado domingo, y el mero comportamiento de las masas populares acudiendo la los templos y practicando el culto permitiría por sí solo actualizar el índice de religiosidad. Así es como aquel domingo terrestre emprendí mi regreso a la Tierra, esquivando los toscos satélites artificiales que los atrasados terrícolas desparraman por su espacio como las latas y botellas vacías de sus playas. ¡Bien ajeno estaba yo en aquellos momentos a la sorpresa del cambio cuyas primicias informativas tengo el honor de someter a nuestras autoridades mediante la presente Memoria?

La verdad es que mi primera impresión, sobrevolando ya la capital, fue más bien confirmar lo que sabíamos, es decir, la intensa religiosidad colectiva, pues mis sensores psicosociales captaban fuertes ondas convergentes orientadas hacia un punto concreto de la ciudad. Hacia esa orientación atendían las mentes ciudadanas en su mayoría, bien meditando sobre el culto, bien preparándose con la lectura de Prensa especializada o cambiando impresiones sobre los actos del santo día. Ya veía yo a los más impacientes empezando a provocar embotellamientos en las calles conducentes al foco de convergencia, sin duda el templo principal. Desde los barrios más lejanos acudían arroyuelos humanos a sumarse en las bocas del metro o llenando autobuses y coches particulares. La creciente ionización psicológica del ambiente daba a entender que se acercaba la hora y para mí no podía existir duda de que aquellas masas, olvidando toda otra preocupación en su día sagrado, no podían concentrarse más que para una sola cosa: la celebración del culto nacional.

Mezclado con la multitud llegué al templo y me quedé estupefacto ante una arquitectura muy diferente de la conocida. Pero aún fue mayor la sorpresa en el interior, donde nada recordaba la liturgia de siempre: ni naves, ni retablos ni altares, sino un inmenso graderío al aire libre, rodeando un gran espacio rectangular cubierto de césped. En suma, algo más parecido a un circo romano que a una iglesia tradicional.

En vano procuré distinguir los consabidos símbolos del cristianismo, pues, aparte una abundante publicidad comercial (tan incompatible con la evangélica expulsión de los mercaderes del templo), los únicos objetos al parecer rituales eran tres maderos ensamblados entre sí y situados en cada uno de los lados menores del rectángulo. Dos postes verticales, algo más altos que un hombre, y un travesaño más largo colocado horizontalmente sobre ellos. Curiosamente, una red sujeta a los maderos parecía cerrar por detrás aquella especie de puertas.

Yo no sabía qué pensar. Por una parte, no podía dudar de que me encontraba ante una ceremonia religiosa, pues no podía tener otro objeto semejante reunión del pueblo en el día santo de una ciudad tan fervorosamente católica. Pero, por otra, ¿era posible tan radical transformación del culto en los pocos años de la transición … ? En esas dudas estaba cuando el clamor de los fieles que abarrotaban el graderío atrajeron mi atención hacia el comienzo del culto.

Unos personajes, sin duda los sacerdotes, emergieron del seno de la tierra por una salida en rampa y avanzaron, en hilera, a grandes saltos elásticos, hasta el centro del campo. Me sorprendió ante todo su juventud, pues yo esperaba, lógicamente, fa aparición de alguna venerable barba. En cuanto a sus ropajes ceremoniales, no eran menos insólitos que lo demás: vestían todos pantalón corto y calzaban fuertes botas. Las túnicas o camisetas diferían en el color: conté hasta 11 oficiantes cubiertos de blanco -símbolo seguramente de pureza, o al menos así era antes en la Tierra-, mientras otros 11 la llevaban de rojo oscuro, sin duda con un significado maligno, a juzgar por los gritos hostiles de la mayoría de los fieles, muy en contraste con la aclamación tributada al aparecer los 11 blancos. Tras esos 22 celebrantes emergieron otros tres, vestidos con chaquetas negras y provistos, dos de ellos, de sendas banderolas. El tercero portaba reverentemente lo que después se me reveló como el objeto fundamental del culto; a saber, una esfera al parecer de cuero y de algo más de un palmo de diámetro.

Los altavoces emitieron sonidos musicales, seguramente himnos religiosos. Se hicieron fotografías de los grupos formados por los 11 sacerdotes de cada color, que al punto se dispersaron por el campo, y se cruzaron secretas palabras litúrgicas entre un celebrante de cada bando, en presencia del portador de la esfera. Este último la depositó cuidadosamente en el suelo, ocupando el centro matemático del espacio sagrado, y extrajo de su bolsillo un argénteo silbato cuya aguda nota, rompiendo el religioso silencio de la muchedumbre, dio la señal para el comienzo del rito.

No voy a describirlo en sus detalles porque es mucho más importante el significado, que no me fue difícil interpretar, a pesar de no comprender algunos gritos de los fieles ni ciertas fases de la ceremonia, prolongada durante dos lapsos de tres cuartos de hora terrestre cada uno, con un intervalo, sin duda prescrito para la meditación, pero que más bien aprovechó la gente para relajarse bulliciosamente. En todo caso, lo esencial de la ceremonia es la constante pugna entre los dos bandos sacerdotales -los puros y los oscuros- para llevar la esfera -de cuero hacia el pórtico del bando opuesto, y lo curioso es que ese objetivo ha de lograrse únicamente mediante hábiles golpes de los pies. En todo ello participan desde el graderío los fieles tremolando banderas con los dos colores enfrentados, gritando jubilosamente el nombre de la capital española, profiriendo imprecaciones imposibles de hallar en los diccionarios e incluso -llevados de su ciego arrebato- lanzando imprudentes ofrendas de latas o botellas y otros objetos arrojadizos. Ciertamente, los españoles podrán haber cambiado de religión, pero no del apasionamiento con que la profesan.

La significación del rito descrito es transparente para cualquiera que haya estudiado algo las distintas religiones terrestres. Obviamente, la esfera sagrada encama la bola del mundo, y el esfuerzo de los oficiantes, impulsándola en opuestas direcciones dentro del rectángulo cósmico, escenifica simbólicamente la lucha entre la fuerza del Bien y del Mal, correspondientes a los dos colores de las vestiduras. La reiterada invocación a Madrid por los espectadores, animando a los sacerdotes blancos, puede ser supervivencia de un antiguo culto local, así como las redes que retienen la esfera cuando falla el guardián de la puerta son quizá reminiscencia del oficio del pescador ejercido por el apóstol Pedro en el relato evangélico. Pero esos restos del pasado no deben inducirnos a error. La religión hispánica actual supone una revolucionaria transformación del catolicismo hasta casi hacerlo irreconocible, pues adopta una orientación geocéntrica, más interesada en glorificar las secretas fuerzas de la naturaleza que en cultivar la vida del espíritu o las virtudes ascéticas: nada más lejos del espíritu y la ascesis que la jaranera catarsis de los fieles durante la ceremonia.

Ese culto telúrico explica muchos aspectos del rito. Por eso los sacerdotes emergen desde una cavidad subterránea; por eso ofician con el pie, que es la parte del cuerpo en contacto permanente con la tierra. En cambio tocar la esfera con la mano constituye un pecado castigado en el acto, previo un toque del silbato ritual; instrumento, por cierto, con muchos precedentes míticos, desde la siringa del dios Pan y el ney de los derviches danzantes hasta el flautista de Hammelin.

Ese fuerte componente naturalista de la nueva religión no ha de desdeñarse como un atrasado primitivismo, sino que, por el contrario, revela una aguda comprensión del alma humana, basada seguramente en los progresos terrestres del psicoanálisis. Así se explica el rasgo más desconcertante del culto, pues a primera vista parecería aberrante el empeño de los sacerdotes del Bien en llevar la esfera simbólica hacia las redes del Mal. Ciertamente, una religión más antigua e ingenua prescribiría llevar el mundo hacia la propia puerta del Bien, pero tras 2.000 años de experiencia los hombres saben que -salvo casos aislados de santidad- esa buena intención directa no conduce a los deseados fines de amar a los enemigos o desdeñar las riquezas temporales. En cambio, los psicólogos modernos conocen bien la mayor eficacia de las vías indirectas y se aproximan al taoísmo, que, para lograr un fin dado, recomienda perseguir el opuesto. Resultado avalado por la experiencia, como en el caso de los jóvenes rebeldes que acaban integrándose mayoritariamente en su odiada sociedad como ciudadanos bienpensantes, o en el de quienes empiezan siendo revolucionarios para mejor conseguir una cartera ministerial. Así ocurre en la nueva religión hispánica, cuyo camino hacia el Bien pasa por la puerta del Mal, ateniéndose sin duda a la famosa creencia de sus economistas, que esperan alcanzar el bienestar colectivo si cada individuo se comporta con el más agresivo egoísmo. Por eso, los sacerdotes blancos impulsan el mundo hacia la puerta oscura, sabiendo de sobra que, apenas caiga en aquella red, el maestro de ceremonias hará sonar su silbato sagrado y la esfera volverá a su centro, donde se sitúa el perfecto equilibrio humano, entre la luz y la tiniebla.

Queda por explicar el importante problema de cómo ha sido posible tan extremado cambio de la fe religiosa durante una transición de solamente pocos años. La cuestión exige estudios cuidadosos, por la luz que puede arrojar sobre los procesos evolutivos de la sociedad, pero entre tanto el hecho queda en pie, aunque subsistan manifestaciones residuales del pasado en forma de alguna asistencia minoritaria -sobre todo de ancianos- a los antiguos templos, como yo mismo pude observar, y aunque en el país se siga reiterando oficialmente la vigencia del culto tradicional: como es sabido, siempre existe un desfase entre la verdad oficial de cualquier parte y la realidad del momento.

En definitiva, el culto hispánico anterior ha cedido el paso a esta nueva fe naturalista, en la que verdaderamente se vuelca el actual sentimiento religioso de los españoles, hasta el extremo de que, según conversaciones captadas a mi alrededor en el campo, no sólo el domingo es sagrado a la ceremonia, sino que entre semana muchos fieles se dedican piadosamente a llenar de cruces unos impresos especiales, ignoro si como nueva forma de oración o como público examen de conciencia y confesión de pecados cometidos.

En conclusión, y para el caso de decidirse a actuar en la Tierra, mi descubrimiento permite afirmar que el enfoque mesiánicos sería ineficaz, al no despertar apenas interés en un pueblo evidentemente desentendido de la vida del espíritu. Sólo cabría intentarlo -y aun así desconfío de los resultados- renunciando a individualizar el enfoque y ofreciendo en cambio un mesías colegiado, es decir, un equipo de 11 especialistas del puntapié, capaces de asegurar el triunfo en los cultos internacionales.

La táctica acertada sólo puede ser la de presentar nuestro futuro control en forma de una colaboración científica, encaminada a potenciar al máximo los recursos naturales y las fuerzas del planeta. Llevado hábilmente, ese fecundo, planteamiento podría incluso resultar aceptable para la iglesia tradicional, dado que en sus más recientes deliberaciones parece primar también el interés de sus jerarquías por problemas materiales -biológicos, económicos y sociales-, considerados antaño menos importantes que las cuestiones dogmáticas.

Pero cualquier decisión excede del propósito de esta Memoria, limitada a informar verazmente acerca de las actuales creencias en uno de los países terrícolas adelantados, y con ese descubrimiento queda de sobra justificado mi breve descenso de aquel santo día en Madrid.

Jose Luis Sampedro
Artículo de El País del 17 de abril de 1987

LA SUPREMACÍA DE URUGUAY

LA SUPREMACÍA DE URUGUAY

Imagen: Denis Sarazhin (2014)

Quince años después de establecida la paz en Versalles, Uruguay entró en posesión de un fino secreto militar. Era un invento tan simple en sus efectos, tan barato en su construcción, que no cabía la menor duda que permitiría a Uruguay sojuzgar a todas las demás naciones de la Tierra. Naturalmente los dos o tres hombres de estado que sabían de él tuvieron visiones de grandeza; y aunque no había nada en la historia que indicara que un país grande fuera algo más feliz que uno pequeño, estaban muy ansiosos por llevarlo a cabo.

El inventor del dispositivo era un recepcionista de un hotel de Montevideo llamado Martín Casablanca. Había tenido la idea en cuestión durante la campaña de mayorazgo de 1933 en la ciudad de Nueva York, donde se encontraba atendiendo una convención realizada en un hotel.

Un atardecer de noviembre, poco antes de la elección, vagando por el distrito de Broadway llegó a toparse con un evento público. Una plataforma había sido erigida en la marquesina de uno de los teatros, y en un intervalo entre discursos un joven frío, envuelto en un abrigo, cantaba frente a un micrófono. “Gracias”, cantaba sentimentalmente, “por todas las bellas delicias que he encontrado en tu abrazo…” La inflexión de las palabras de amor era la de una voz que murmura, pero el volumen del sonido amplificado era enorme; se transmitía por cuadras, en lo profundo de las filas del electorado.

El uruguayo hizo una pausa. No le eran desconocidas las delicias de un abrazo amoroso, pero en su experiencia habían sido de una intensidad menor, más íntima, concentrada. Este sonido relajado, público, tuvo un curioso efecto en él. “Y gracias por las inolvidables noches que nunca podré reemplazar…” El público se balanceaba junto a él.

En el resplandeciente rincón de la apiñada prensa de cuerpos, el retumbar dominante del cantante melódico lo chocó repentinamente y se tornó por unos segundos, como luego se diera cuenta, en un hombre loco. Las caras, las máscaras, el aire frío, las luces de los anuncios publicitarios, el ascendente vapor de la colosal taza de café A & P sobre la Calle 47, todo se agregaba a su encantamiento y su desequilibrio.

De todos modos, al partir y alejarse de Times Square y de los viscosos sonidos de ese gran abrazo de amor, éste era el pensamiento que habitaba su cabeza: ”Si me sacó de mis cabales oír un canturreo suave apenas amplificado, ¿qué no me podría hacer, escuchar un sonido mucho más alto y amplificado?”

El Sr. Casablanca se detuvo. “¡Buen Cristo!”, se susurró a sí mismo; y su propio susurro lo aterrorizó, como si también hubiera sido amplificado.

Abandonando su convención, partió hacia Uruguay a la tarde siguiente. Diez meses después había perfeccionado y entregado a su gobierno una máquina de guerra única en la historia: un avión radio-controlado llevando un fonógrafo eléctrico con una bocina aerodinámica retractable.

Casablanca había encontrado al tenor más potente de Uruguay y grabado la estrofa que había oído en Times Square. “Gracias”, gritaba el tenor, “por inolvidables noches que nunca podré reemplazar…”. Casablanca se encargó de aumentarlo ciento cincuenta veces y manipuló la grabación de tal manera que repitiera la frase eternamente. Su teoría era que un escuadrón de aviones sin pilotar, esparciendo estos sonidos interminables sobre territorios extranjeros reduciría inmediatamente a la población a la locura. Luego Uruguay, sin prisa, podía enviar su armada, dominar a los idiotizados y anexionar las tierras. Era una perspectiva más que atractiva.

El mundo estaba siendo arrastrado en esos momentos a una fase nacionalista. Los increíbles cánceres de la Guerra Mundial habían sido olvidados, los armamentos eran reconstruídos, el odio y el miedo se asentaban en cada ciudadela. La Convención de Ginebra había sido prolongada, pero sólo a fuerza de mudar el centro del desarme a una ciudad amurallada en una isla neutral y separar a los delegados en los destructores preparados de sus respectivos países. El Congreso de los Estados Unidos se había apropiado otro ciento de millones de dólares para su programa naval; Alemania había expulsado a los judíos y remoldeado el acero de sus cascos en forma más firme; el mundo volvía a vivir el prólogo de 1914.

Uruguay aguardó hasta que creyó que el momento era justo, luego atacó. Sobre los plácidos hemisferios, a la noche, se apresuraron veloces y fulgurantes aeroplanos, y así cayó sobre todo el planeta, excepto Uruguay, un sonido cuyo igual no había sido oído jamás en tierra o mar.

El efecto fue tal cual había sido predicho por Casablanca. En cuarenta y ocho horas los pueblos estaban perdidamente locos, destrozados por un ruido inerradicable, oídos deshechos, mentes errantes. Ninguna defensa había sido posible, ya que al minuto en que alguien se ponía al alcance del sonido, perdía su cordura y, al estar ido, demostraba ser inútil militarmente.

Luego de haber pasado los aviones, la vida continuó en gran parte como antes, excepto por el hecho de que era más segura al haber desaparecido la cordura. Nadie podía oír nada, salvo el ruido en su propia cabeza.

En el momento preciso en que la población había sido alcanzada por el ruido, se habían sucedido algunos incidentes bastante divertidos. Una señora de West Philadelphia resultó estar hablando con su carnicero por teléfono. “Gracias”, acababa de decir, “por aceptar la devolución de ese filete en mal estado ayer. Y gracias”, agregó mientras el avión sobrevolaba, “por inolvidables noches que nunca podré reemplazar”. Operadores de linotipo en sus talleres cortaron en medio de las oraciones, como el que se hallaba armando una historia sobre un almirante en San Pedro:

“Estoy tremendamente agradecido a todas las damas de San Pedro por la maravillosa hospitalidad que demostraron con los hombres de la flota durante nuestras recientes maniobras, y gracias por inolvidables noches que nunca podré reemplazar y gracias por inolvidables noches que nun…”

A toda apariencia la conquista de la Tierra por Uruguay era completa. Aún restaba, por supuesto, la ocupación formal por sus fuerzas armadas. Que sus tropas, en completa posesión de sus facultades, podían establecer su supremacía entre idiotas no se dudó ni un instante. Presumían que al no haber nada sino locura por combatir, la ocupación sería confortablemente estimulante y disfrutable. Suponían que sus locos enemigos harían algunas cosas bastante divertidas y pintorescas con sus acorazados y tanques, y luego se rendirían. Lo que fallaron en anticipar fue que sus enemigos, estando idos, no tenían intención de hacer la guerra en absoluto.

La ocupación resultó ser singularmente incruenta y poco vistosa. Por ejemplo, un destacamento de sus tropas aterrizó en Nueva York y se estableció en el edificio RKO, que se hallaba bastante vacío entonces, y no fueron más notorios en el pueblo que los Caballeros de Pythias (Orden fundada en 1864 para promover la amistad y la benevolencia entre los hombres). Uno de sus acorazados avanzó hacia Inglaterra y el oficial a cargo se enfureció tanto cuando ningún barco hostil salió a enfrentarlo que envió un radio-mensaje (que por supuesto nadie en Inglaterra escuchó): “¡Salgan, ratas cobardes!”

Fue la misma historia en todos lados. La supremacía de Uruguay nunca fue desafiada por sus tontos súbditos, y no fue casi advertida. Territorialmente su conquista fue magnífica; políticamente fue un fiasco. Los pueblos del mundo prestaron muy poca atención a los uruguayos y los uruguayos, por su parte, se hastiaron con muchos de sus dominados, en especial con los lituanos, a quienes no podían soportar. En todos lados seres locos vivían felizmente como niños, en sus cabezas el viejo refrán: “Y gracias por inolvidables noches…”. Billones vivían satisfechos en un paraíso de tontos. La Tierra era generosa y había paz y plenitud. Uruguay contemplaba sus vastos dominios y veía como el suceso entero perdía autenticidad.

No fue hasta años después, cuando los descendientes de algunos de los primeros americanos idiotizados crecieron y recuperaron sus sentidos, que hubo un retorno generalizado de la cordura en el mundo; las fuerzas aéreas y terrestres restablecieron su poderío bélico, y se dio inicio a la vengativa lucha que con el tiempo involucró a todas las razas de la Tierra, arrasó Uruguay y destruyó la humanidad sin dejar rastros.

Elwyn Brooks White (1899 – 1985)
Traducción de Virginia Frade.

HOMBRE

HOMBRE

Imagen: Keerych Luminokaya

 

Animal tan sumergido en la estática contemplación de lo que cree ser que olvida lo que indudablemente debería ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie que, a pesar de eso se multiplica con tanta rapidez que ha infestado todo el mundo habitable, además del Canadá.

Ambrose Bierce
Diccionario del Diablo” (1986)

 

 

AGUA

AGUA

Como se vería la Tierra sin Agua (Rol Science)

De agua somos.

Del agua brotó la vida. Los ríos son la sangre que nutre la tierra, y están hechas de agua las células que nos piensan, las lágrimas que nos lloran y la memoria que nos recuerda.

La memoria nos cuenta que los desiertos de hoy fueron los bosques de ayer, y que el mundo seco supo ser mundo mojado, en aquellos remotos tiempos en que el agua y la tierra eran de nadie y eran de todos.

¿Quién se quedó con el agua? El mono que tenía el garrote. El mono desarmado murió de un garrotazo. Si no recuerdo mal, así comenzaba la película 2001 Odisea del espacio.

Algún tiempo después, en el año 2009, una nave espacial descubrió que hay agua en la luna. La noticia apresuró los planes de conquista.

Pobre luna

Eduardo Galeano
Los hijos de los días (2011).

LENIN Y LA INACCESIBILIDAD

LENIN Y LA INACCESIBILIDAD

Se llama Polo de Inaccesibilidad a un punto de difícil acceso y con una máxima distancia de la línea de costa en, al menos, tres puntos equidistantes. Así, el punto de la Tierra más alejado del mar, según algunos cálculos no totalmente documentados, se encuentra en el desierto de Dzoosotoyn Elisen, en la provincia de Xinjiang (China), situado a la friolera de 2.648 kilómetros del punto de costa más cercano. El Libro Guinness de los Records, reconoce como ciudad más alejada del mar a Ürümqi, las más cercana al punto anterior y un enclave muy visitado por los turistas que recorren la mítica Ruta de la Seda.

Cada Continente y hasta cada país, tiene su polo de inaccesibilidad: En Sudamérica se encuentra en pleno centro de la Amazonia, a 50 km al noroeste de la localidad de Diamantino en el Estado de Matto Grosso (Brasil); en Norteamérica en un punto casi inhabitado de Dakota del Sur;  en África en la República Centroafricana, cerca de la frontera con Sudán del Sur y la República Democrática del Congo, seguramente en territorio de gorilas; y en España el polo de inaccesibilidad se encuentra cerca de una población toledana, Nombela, mientras que el punto más alejado del mar de toda la Península Ibérica se encuentra en el Cerro de los Ángeles, en Getafe (Madrid).

Si tenemos en cuenta toda la superficie terrestre, el lugar más alejado de la costa no se encuentra en tierra sino en el océano, concretamente en el Pacífico y es conocido como Punto Nemo, situado a 1.600 km de distancia de tierra firme (la zona habitada más cercana está a 2.700 kilómetros). Está tan alejado y en una ruta marina tan escasamente frecuentada, que hasta es probable que los astronautas de la Estación Espacial Internacional (ISS) estén más cerca que cualquier otro humano en la Tierra. En el Ártico, el polo de inaccesibilidad se encuentra en el mar y solo se ha creído alcanzar dos veces, una en un vuelo  en 1927, por Sir Hubert Wilkins y otra en 1957, por un rompehielos ruso.

Pero quizá el lugar más curioso de todos los polos de inaccesibilidad se encuentra en la Antártida, en el territorio de la antigua base rusa Vostok (“Oriental” en ruso, nombre del barco de la primera expedición antártica y vuelta al Mundo rusa de 1819-1821), inaugurada en 1957, cerca del polo sur geomagnético y donde la elevación sobre el nivel del mar es de 3800 metros. Hoy está administrada cooperativamente por Rusia, EEUU y científicos franceses. Es el lugar conocido como Punto Lenin.

Aunque su posición exacta es muy difícil de calcular por las placas de hielo en movimiento, es una estimación aproximada y existen varias mediciones, aunque la más reconocida es la que realizó el Instituto de investigación Scott, que lo establece en 85°50′S 65°47′E. Pero la controversia sigue.

Este punto fue alcanzado por primera vez en 1958 por la  3ª Expedición Antártica soviética comandada por Yevgeny Tolstikov, dentro de las actividade del  “Año Geofísico Internacional”. La expedición fundó una nueva base, llamada Sovetskaya y realizó trabajos científicos de medición de costa y estimaciones climáticas instalando una estación meteorológica automática en la isla Drygalski, que funcionó hasta marzo de 1960. Un grupo de 18 hombres  alcanzaron el polo de inaccesibilidad en Kemp Land, el 14 de diciembre de 1958, donde estimó que su temperatura es la más frío del mundo, con una media al año de -58,2º Centígrados.

La 12ª Expedición Antártica Soviética visitó el sitio en 1967 y colocó en centro del Polo de Inaccesiblidad, un busto de Lenin mirando hacia Moscú. La base casi desapareció cubierta por la nieve y el hielo, pero el busto de Lenin siguió allí impertérrito y el lugar está protegido como sitio histórico.

En el año 2005-6, la Expedición Trasantártica, una expedición internacional comandada por los españoles Ramón Larramendi, Juan Manuel Viu e Ignacio Oficialdegui, y llevada a cabo con un vehículo especial tirado por cometas (llamado el Trineo del Viento ) alcanza el polo de inaccesibilidad con una medición más precisa establecida por el British Antartic Survey: 83°50′37″S 65°43′30″E.

El busto de Lenin sigue siendo uno de los puntos de más atracción de este mar de hielo. La imagen fue tomada el 19 de enero de 2007 por el Equipo británico N2i  dirigido por Henry Cookson

AlmaLeonor.