LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

LAS VÍRGENES SIN NOMBRE

Virgen de la Consolata (Turín). Se dice que fue pintada por San Lucas (detalle).

¿Se habían dado cuenta de que todas las advocaciones de la Virgen María en nuestro país, carecen, en realidad, de nombre alguno? Ni siquiera María, tan popular como nombre propio en el mundo entero, puede ser un nombre, sino un apelativo. De hecho, de los personajes principales del relato Bíblico, solo Jesús tiene un nombre propio como tal, que derivaría del Yeshúa arameo, transformado en el Iesoús griego para finalizar con el Iesus latino. Hay quien lo hace derivar del hebreo Josué, que es el mismo que en arameo se diría Yeshua, pero eso sería otra historia. El caso es que él sí que tiene nombre, mientras que por mucho que busquemos, a Dios padre no se le conoce otro nombre que el de Dios, que puede ser un título tan genérico como el de Espíritu Santo, el otro vértice de la Trinidad, y de quien tampoco conocemos el nombre… ¿el espíritu santo… de quién?

Pero hablaba yo de María… La Biblia reconoce como María a varios personajes, empezando por la Madre de Jesús, pero también María la hermana de Moisés y Aarón, que acabó siendo reconocida por el nombre original en hebreo, Miryam (origen del Maryam en árabe), mientras que para la Madre de Jesús se utiliza simplemente María. Pero es que María, según alguna de las muchas interpretaciones que se han realizado sobre esta palabra, significa “señora”, un título. No debemos desdeñar esta interpretación porque fue realizada por los mismísimos Padres de la Iglesia (siglos I-VIII), partiendo del arameo mra, con ese significado de “señora” o también “excelsa”. Incluso en algunas versiones posteriores, María es relacionado también con “luz”. Yendo más allá, una interpretación de ese nombre de María, bajo la óptica egipcia, haría derivar el vocablo de mry, que significa “amada”. La Iglesia reconoce los apelativos de Santa María, Madre de Dios o María, Madre de la Iglesia… pero no quiere decir que sea un nombre.

 

Para concluir… no importa tanto encontrar el auténtico origen de este vocablo, como constatar, con todo ello que, en todo caso, María, bien puede ser un título o un tratamiento: la excelsa y amada señora que dio a luz a Jesús…  la Santa Señora,  madre de Dios; o la Señora que es Madre de la Iglesia. O sea, una mujer sin nombre.

Piensen en sus nombres, o en los de sus esposas, madres e hijas… Curiosamente, en España hubo un tiempo en el que era de cumplimiento obligado incluir María delante de todo nombre de niña (una amiga mía, de nombre Susana y cuya madre se negaba a tal norma, acabó incluyéndola por obligación, pero al final: Susana María), y ahora pienso que, además de un absurdo precepto religioso (que, por otro lado, era más alienante que absurdo), tenía una razón lógica. Les cuento, verán. Mi madre se llama Pilar, solamente Pilar. A mí me bautizaron como María del Pilar por mor de ese precepto que mencionaba antes, pero es que ahora veo que el nombre de mi madre no tiene ninguna lógica… Pilar… mi madre lleva el nombre de ¡una columna de piedra! No es un nombre, ¡es una columna! En cambio, el mío, María del Pilar, significa, implícitamente al menos, un apelativo femenino: “la señora del pilar de piedra”… no es que me lleve un nombre propio tampoco, pero al menos no me quedo solamente con la piedra.

Virgen del Pilar (1780), de Ramón Bayeu (1746-1793)

Si pensamos en prácticamente todos los nombres marianos de España, encontramos ejemplos similares: La Inmaculada Concepción, que son dos nombres femeninos, no son nombres, son los atributos que le asignó la Iglesia de Roma a la Madre de Jesús, a la que nombró Virgen por decreto conciliar; Lo mismo podríamos decir de la Virgen de la Asunción, en realidad, una mujer que es llevada al cielo (asunción) en cuerpo y alma tras su “durmimiento”; o Dulce Nombre de María, que nos queda con las ganas de saber cuál es ese nombre, el de esa “señora excelsa” cuyo nombre es tan dulce… Pero es que hay más…

  • María del Mar… la señora del mar.
  • La Virgen de Lourdes… una aparición mariana en la localidad francesa de Lourdes, como la Virgen de Fátima lo es por la localidad portuguesa del mismo nombre, o como la Virgen de Loreto lleva ese apelativo por la ciudad italiana de la que es originaria, un vergel de laureles (lauretum en latín). Y lo mismo pasa con la Virgen del Rocío, una imagen hallada en la aldea almonteña del mismo nombre, o las rivales vírgenes sevillanas de distintos barrios, la Macarena y la de Triana… llevan el nombre del barrio, no un nombre propio.
  • La Virgen del Camino… una señora en el Camino de Santiago.
  • La Virgen del Pino… una imagen encontrada en un pino en la bella localidad de Teror en Gran Canaria.
  • Nuestra Señora de los Ángeles… ni siquiera es María…
  • Nuestra Señora de la Esperanza… de la Fe, o de la Caridad, todos ellos nombres femeninos hoy en día, pero que son solo virtudes teologales.
  • María Auxiliadora, o la Virgen del Perpetuo Socorro, o Nuestra Señora de la Purificación o de la Consolación… explican muy bien cuál es su función, pero no es nombre.
  • Nuestra Señora del Rosario… pues eso, lo que lleva la señora en la mano.
  • Nuestra Señora del Carmen… curioso, porque deriva del Monte Carmelo, en Israel, o de la palabra Carmen, que es un canto extraño, un conjuro, un hechizo, un poema cantado con un ritmo determinado y cadencioso.
  • Nuestra Señora de los Dolores… no hace falta decir lo que son los dolores…
  • Nuestra Señora de la Almudena… la señora de la “ciudadela”, al-mudayna, o madina, un diminutivo árabe de “ciudad”, como la ciudadela árabe que existía en Madrid, la Almudena, o la antigua medina musulmana, en cuya muralla se encontró la que hoy es la patrona de Madrid.

… Piénsenlo.

Busquen una advocación mariana y se encontrarán con que en realidad no dice el nombre de la mujer de la imagen, sino un atributo, un lugar de origen, un elemento sobre el que se posa, un objeto que porta… pero no un nombre, porque ni siquiera María lo es… significa “señora”.

En cambio, los nombres propios los encontramos fácilmente en el pecado (Eva, Magdalena) o en el santoral: Santa Isabel, Santa Ana, Santa Lucía, Santa Águeda, Santa Bárbara, Santa Brígida, Santa Catalina, Santa Clara, Santa Cristina, Santa Elena, Santa Eulalia, Santa Genoveva, Santa Inés, Santa Juana, Santa Lucrecia, Santa Margarita, Santa Micaela, Santa Matilde, Santa Mónica, Santa Rosa, Santa Teresa, Santa Úrsula, Santa Tecla, Santa Felicidad… una santa que bien podría ser virgen, pues su nombre es un estado emocional en realidad.

LA VIRGEN DE SAN LORENZO

La Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: Domus Pucelae)

Me he desviado un poco bastante del tema, porque yo, de lo que quería hablar es de la patrona de mi ciudad, la Virgen de San Lorenzo. Pero cuando me he dado cuenta de que, en realidad, nuestra Virgen no tiene nombre, me he puesto a pensar y he descubierto que, como he explicado, no lo tiene ninguna. Así que nuestra patrona no es un caso extraño. Es, eso sí, la única de la península (creo, tampoco he realizado un estudio exhaustivo) que lleva el apelativo de un señor, de un santo.

La historia de nuestra Virgen pucelana es prácticamente igual a la de todas las de los hallazgos de tallas de imágenes marianas contadas en casi todas partes. La mayoría de esas historias derivan de que, por temor a la invasión musulmana, muchas imágenes de cristos, santos y vírgenes fueron ocultadas, apareciendo “milagrosamente” tiempo después y originando su propia leyenda (aunque se tallase realmente en siglos posteriores). Esta Virgen nuestra fue hallada por unos aguadores vallisoletanos a la orilla del río, en la parte donde se solían abastecer desde el río Pisuerga para venderla por la ciudad, justo donde la historia sitúa la “Puerta de los Aguadores”, fuera de las murallas vallisoletanas.

Talla de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid (Fuente: El Norte de Castilla)

Esa imagen, no tan pequeña como otras de su época y con un niño en brazos, originaria, hoy lo sabemos, de la segunda mitad del siglo XIV y de autor anónimo, fue llamada en un principio, la Virgen de los Aguadores, lo que viene a corroborar dos cosas: que ninguna Virgen lleva nombre propio y que esta nuestra siempre tuvo un nombre masculino.

La imagen fue entregada al párroco de la vecina Iglesia de San Lorenzo, la más cercana al río en esos momentos, y allí permaneció durante mucho tiempo, siendo tenida por la patrona de los aguadores del río y, más tarde, de todo Valladolid.

En 1917 es canonizada y el Ayuntamiento la nombra oficialmente Patrona de la ciudad de Valladolid (además de alcaldesa perpetua, lo que hoy causaría estupor) con lo que este año se celebra el centenario de ese nombramiento.  Como no se sabe a ciencia cierta en qué día fue hallada, para la celebración de la patrona se fijó la fecha de su festividad, el 8 de septiembre, día en el que el santoral católico celebra el nacimiento de la Virgen María, la madre de Jesús.

Y desde entonces se celebra en Valladolid la fiesta de su patrona en este 8 de septiembre, una fiesta y una patrona que, contrariamente a lo que sucede con la mayoría de las vírgenes de nuestro país, no tiene su santuario propio y ni siquiera recibió nunca un nombre. Se quedó como “la virgen que se encuentra en la Iglesia dedicada a San Lorenzo en Valladolid”, o sea, la Virgen de San Lorenzo, la patrona de Valladolid.

AlmaLeonor

¡¡Felices Fiestas!!

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EL DUQUE DE LERMA. PRIMER VALIDO DE ESPAÑA

EL DUQUE DE LERMA. PRIMER VALIDO DE ESPAÑA

Artículo de Alma Leonor López publicado el 21 de enero de 2013 en Anatomía de la Historia, sección Edad Moderna.

 

Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma (1553-1625), nacido en Tordesillas, provincia de Valladolid, fue para Francisco Tomás y Valiente el primero y uno de los más destacados validos de la Monarquía Hispánica (junto con el conde-duque de Olivares).

En el siglo XVII, los validos de los Austrias fueron: Lerma y Uceda, con Felipe III; Olivares y Haro, con Felipe IV; Nithard, con Mariana de Austria; y Valenzuela, con Carlos II.

John Elliot, en la introducción al libro El mundo de los validos (escrito junto con Laurence Brockliss, en 1999, de donde se han extraído todas las citas y referencian a estos autores), explica que para conocer el origen del vocablo valido hay que remontarse al siglo XVI en Francia, con el término favori, que en España se tradujo como‘privado’ ‘favorito’, refiriéndose a quien gozaba del favor real (privanza) o era apreciado y protegido por el monarca, de cuyo valimiento gozaba. Hacia comienzos del siglo XVII el término private se había introducido también en la lengua inglesa.

LOS HISTORIADORES OPINAN

La historiografía ha dado en llamar valido a aquellos personajes que, fundamentalmente durante el siglo XVII, desempeñaron el principal papel como consejeros regios, en tanto que favoritos de los monarcas. Por lo tanto, y como refiere Tomás y Valiente, los validos reunían dos características: la íntima amistad con el rey y la intervención directa en el gobierno de la monarquía.

Entre los historiadores hispanistas existe una controversia acerca de si este término se puede aplicar únicamente a la figura española, o si por el contrario pueden encontrarse ejemplos en otras monarquías europeas. John Elliott defiende esta última tesis y apunta a Robert CecilSomersetBukingham y Laud en Inglaterra, SullyRichelieu y Mazarino en Francia, así como otros ejemplos en Polonia, Austria, etc. Sin embargo, José Antonio Escudero sugiere por su parte la exclusividad hispana del valido. Para este profesor de Historia del Derecho, los demás serían algo así como un primer ministro o un secretario de Estado.

Las razones por las que surge la figura del valido son variadas, pero los historiadores parecen coincidir en dos puntos:

En primer lugar, por la complejidad del gobierno de la monarquía, que requirió de una mayor organización y jerarquización del poder institucional colocándose el valido entre el rey y el resto de altos funcionarios (secretarios de Estado y consejeros).

Laurence Brockliss pone en relación la figura del valido con la mecánica del patronazgo, entendiendo que más que el crecimiento del Estado, el valido se torna necesario ante el ansia de cargos: “la monarquía precisaba de un administrador de la gracia real que, a la vez, la protegiera frente al inevitable rencor de los decepcionados”.

Por otro lado, debido al intento de los grandes, de la más alta nobleza cortesana, de asaltar de modo pacífico los escalones político-administrativos del poder, situándose por encima de los secretarios de Estado y los consejeros en la dirección del Estado.

Los burócratas, profesionales y técnicos, pertenecían a clases intermedias, eran hombres de carrera y el nombramiento era un ascenso por meritocracia. El valido, hombre noble que ya contaba con la amistad y confianza del rey, al situarse entre estos hombres y el monarca, impedía que el poder del Estado se desplazara a favor de las nuevas clases sociales, de modo que continuara bajo el control de la nobleza y alto clero.

EL VALIDO Y EL REY

La amistad entre Lerma y Felipe III fue previa (ya existía esa amistad siendo príncipe), determinante y decisiva. Contando con ella, para Tomás y Valiente, citando a su vez a Leopold von Ranke, “su primera orden, una orden sin igual, fue que la firma de Lerma valiera tanto como la propia firma del Rey” (se refiere aquí a una orden verbal).

Del mismo modo Ciriaco Pérez Bustamante afirma que “el mismo día del fallecimiento [de Felipe II] escribía el favorito en nombre del Rey a todos los Presidentes de los Consejos y al Nuncio”. La figura del valido nacía exactamente al mismo tiempo que la entronización del nuevo monarca.

Felipe III autorizó a Lerma para que firmase en su nombre cualquier orden o comunicación, primero verbalmente, pero poco después por medio dela Cédulade 1612:

Copia de lo que Su Magestad ordenó al Consejo de Estado por Cédula de 1612 tocante al duque de Lerma.

Desde que conozco al duque de Lerma le he visto servir al rey mi señor y padre, que aya gloria, y a mí con tanta satisfacción de entrambos que cada día me hallo más satisfecho de la buena quenta que me da de todo lo que le encomiendo y mejor servido dél; y por esto, y lo que me ayuda a llevar el peso de los negocios, os mando que cumpláis todo lo que el duque os dixere o ordenare, y que se haga lo mismo en ese Consejo, y podrásele también dezir todo lo que quisiere saber dél, que aunque esto se ha entendido assí desde que yo subcedí en estos Reynos, os lo he querido encargar y mandar agora.

AGS, Eº, España, leg. 4126.

Esta práctica resultó novedosa en ese momento y nadie pudo discutir lo que Lerma podía dictar en nombre y en representación del Rey. Tal cosa supuso colocar todo el sistema administrativo de los Austrias, los Consejos, a la disposición personal del valido, única y exclusivamente por la voluntad real, ya que no ocupaba cargo administrativo alguno. Para algunos autores, como Francisco Tomás y Valiente, la equiparación de las firmas del rey y del valido fue una torpeza.

AlmaLeonor.

CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (I)

CORRUPTELAS QUE HICIERON HISTORIA (I):

Primera parte: El Valido y sus “Tesoreros”

Artículo publicado por Alma Leonor López el 4 marzo, 2013 en la Revista Digital Anatomía de la Historia 

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Rodrigo Calderón, conde de la Oliva de Plasencia (circa 1612), obra de Peter Paul Rubens (Royal Collection del Castillo de Windsor, Inglaterra)

La corrupción política y pública es un mal endémico de plena actualidad. Aunque no sea un consuelo, la Historia de España nos ofrece algunas de las más suculentas muestras de esas malsanas prácticas.

En el siglo XIV, los sobornos a alcaldes, escribanos y oficiales de Cortes eran tan frecuentes que una vez encontrado culpable al oficial corrupto, se le expulsaba de la Corte y se le excluía de la posibilidad de ocupar cargos públicos de por vida. La práctica debía ser tan corriente que se establecieron penas durísimas para los reincidentes. Así lo hizo saber Fernando IV  en 1312 en las Cortes de Valladolid:

“Otrossí tengo por bien que todos aquellos que andan baldíos a procurar cartas de la mi chançellería por algo que les den que se vayan de la Corte o se dexen deste ofiçio e caten sennores con quien bivan. E porque desto viene grande serviçio a mí e granddanno a la mi tierra e enfamamiento a los míos oficiales, e, si por auentura en esto fueren fallados, mando por la primera vez que les den çient azotes, e por la segunda que los desorejen, e por la tercera que los maten por ello”.

Durante el siglo XVII, la época de los validos, la corrupción se enseñoreaba de la Corte y toda la administración real. El duque de Lerma fue el más avezado en este “oficio”: Durante el traslado de la Corte a Valladolid realizó importantes negocios inmobiliarios, que se multiplicaron con la vuelta a Madrid.

Recibía constantes regalos económicos del rey y rentas de Italia y compró pueblos enteros a la Corona (con un dinero escamoteado de la Hacienda Real) que le proporcionaron más de 600.000 ducados de renta solo en 1607. También favoreció a toda su familia (hermana, tíos, yernos, nietos y biznietos) con cargos y prebendas.

El teólogo e historiador Juan de Mariana llega a proponer en un arbitrio toda una serie de medidas encaminadas a contener el gasto de la Corte y la Casa Real, a las que criticaba la multiplicación de concesiones de mercedes económicas desde el valimiento.

Es decir, atacaba la corrupción que se había instalado en España. En lugar de obtener respuesta a sus peticiones, lo que consiguió Juan de Mariana fue la oportuna prohibición de su libro y la apertura de un proceso judicial contra él (¿un prematuro juez Garzón?).

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Retrato ecuestre del duque de Lerma (1603), por Pedro Pablo Rubens (Museo del Prado)

A partir de entonces comienzan a caer los protegidos más corruptos del valido. El consejero real Fernando Carrillo realiza una auditoría en el Consejo de Hacienda a resultas de la cual Alonso Ramírez de Prado (fiscal del Consejo de Hacienda, consejero regio y brazo derecho de Lerma en política fiscal) fue detenido y acusado de cohecho y enriquecimiento ilícito. Se le embargaron bienes por valor de 1.704.000 ducados.

Pedro Franqueza, marqués de Villalonga se le incautaron cinco millones de escudos en bienes, enseres y metálico que se hallaron en su casa (¿en “bolsas de basura”?), aunque intentó ocultar su fortuna destruyendo documentos comprometedores y distribuyendo sus dineros por distintos puntos de España (aún no existían los “Paraísos Fiscales”). Fue condenado al pago de más de un millón de ducados y a prisión perpetua.

Pedro Álvarez Pereira, miembro del Consejo de Portugal, también fue detenido y condenado por delitos de corrupción.

En total, casi 500 delitos económicos salieron a la luz en 1610 cometidos por quienes “aprovechándose de la mano y autoridad que alcanzó con sus oficios, usó mal dellos y de la Real gracia, convirtiéndola en avaros, codiciosos y propios fines, procurando engrandecerse desvanecidamente (…), procediendo en lo demás con escándalo del Real servicio, mala cuenta de sus ocupaciones y nota general del Gobierno” (a decir de Fernando Carrillo, eminente consejero del rey Felipe III).

Pero el personaje al que más se le cuestionó por corrupción y malas artes, que incluían el asesinato, fue a Rodrigo Calderón (no “tesorero”, pero si una especie de secretario general de Lerma), quien había acumulado bienes, honores y poder, merced a su posición de privilegio y a la generalización de la corrupción en la Corte.

Su ambición fue tal que al poco de ser nombrado secretario de Cámara del Rey, ya pudo haber desfalcado 15 millones de escudos, además de hacerse con el privilegio de imprimir la Bula de la Cruzada (que le proporcionaba grandes beneficios), y recibir varios nombramientos nobiliarios y cargos. Incluso logró, para frenar las acusaciones populares que ya circulaban sobre él, que se emitiese una Real Cédula que “condenaba a perpetuo silencio a cuantos quisieran acusar a Don Rodrigo, al que se daba por buen ministro”. Es decir, consiguió inmunidad para sus corruptelas.

En 1618, Calderón fue finalmente acusado de enriquecimiento ilícito y de otros delitos (un total de 214 cargos, entre los que se encontraba la sospecha de haber utilizado venenos contra la reina Margarita causando su muerte) y conducido a prisión. Allí esperaba estoico un perdón del rey (ahora sería un indulto gubernamental) que nunca llegó, pues Felipe III falleció el 31 de marzo de 1621.

El nuevo rey y el nuevo valido (el conde-duque de Olivares, que mantenía una animadversión personal contra Calderón) ejemplificaron con la condena del secretario el fin de la corrupción administrativa y el inicio de una nueva forma de gobierno. Así, le retiraron sus títulos y honores, le embargaron sus bienes y:

“le condenaron a que de la prisión en que está sea sacado en una mula de freno y silla y le lleven por las calles públicas y le lleven a la Plaza Mayor, y en ella esté un cadalso para este efecto y en él le corten la cabeza, siendo degollado por la garganta hasta que muera de muerte natural”.

El duque de Lerma fue finalmente investigado a su vez y quedaron al descubierto todas sus tramas de corrupción. El rey le permitió retirarse a sus dominios de la ciudad de Lerma cuando obtuvo el capelo cardenalicio que había solicitado a Roma en previsión de su condena: “Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado” (dicho popular). Un “cambio de chaqueta” en toda regla.

AlmaLeonor

Continuará

1ª Parte: El Valido y sus “Tesoreros”.

2ª Parte: Corrupción en el siglo XIX y principios del XX.

3ª Parte: Los Casos desde el franquismo.

ERA UN DOCE DE OCTUBRE…

ERA UN DOCE DE OCTUBRE… 

Relación del primer viaje de D. Cristóbal Colón para el descubrimiento de las Indias. Bartolomé de las Casas (de una edición anónima española de 1892).

1518987_10203336563001850_1039436091_o Jueves, 11 de octubre

Navegó al Oessudoeste. Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.

Después del sol puesto, navegó a su primer camino, al Oeste; andarían doce millas cada hora y hasta dos horas después de media noche andarían noventa millas, que son veintidós leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y viola; díjole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas después de media noche pareció la tierra de la cual estarían dos leguas Amañaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se ajuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias. «Yo -dice él-, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan, y de ellos se pintan las caras, y de ellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos sólo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano Son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta isla.» Todas son palabras del Almirante.

Sábado, 13 de octubre

«Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos, como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy hermosa: los cabellos no crespos, salvo corredios y gruesos, como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha más que otra generación que hasta aquí haya visto, y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues está Este Oeste con la isla de Hierro, en Canaria, bajo una línea. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla, según la tierra, y grandes, en que en algunas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla; y si se le trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos. Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vi que no entendían en la ida. Determiné de aguardar hasta mañana en la tarde y después partir para el Sudeste, que según muchos de ellos me enseñaron decían que había tierra al Sur y al Sudoeste y al Noroeste, y que éstas del Noroeste les venían a combatir muchas veces, y así ir al Sudoeste a buscar el oro y piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, que es placer de mirarla; y esta gente harto mansa, y por la gana de haber de nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de dar sin que den algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a nadar; que hasta los pedazos de las escudillas y de las tazas de vidrio rotas rescataban hasta que vi dar dieciséis ovillos de algodón por tres ceotís de Portugal, que es una blanca de Castilla, y en ellos habría más de una arroba de algodón hilado. Esto defendiera y no dejara tomar a nadie, salvo que yo lo mandara tomar todo para Vuestras Altezas si hubiera en cantidad. Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la nariz; más, por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar a la isla de Cipango. Ahora, como fue noche, todos se fueron a tierra con sus almadías.»

 

EL DERRUMBE DE LA BUENA MOZA

EL DERRUMBE DE LA BUENA MOZA

10022716953_37757b8240_mFachada de la catedral de Valladolid (Grabado de Fournier) antes de la caída de la torre  (Wikipedia Republished) .

El día 31 de mayo de 1841, Valladolid asistió consternada al derrumbe de la torre de su Catedral, la conocida por todos como “LA BUENA MOZA”. Esta es la crónica de como llegó a ser y como llegó a desaparecer uno de los emblemas del Valladolid más sacralizado.

La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Valladolid es el templo mayor vallisoletano, un templo “manco” que ha sufrido algunos avatares luctuosos a lo largo de su historia. Es la sede de la Archidiócesis de Valladolid, con lo que eso signifique en el rango de escalafones de la jerarquía católica, y según la idea original tenía que haber sido el más grande edificio religioso de Europa (solo se ha construido el 40-45% del diseño inicial, entre otras razones, por las dificultades técnicas del terreno y la falta de recursos económicos para hacerlas frente). No en vano, fue ideado por el “rey planeta”, Felipe II  (1527-1598), para la ciudad que le vio nacer, por lo que confió el encargo de tan magno proyecto a Juan de Herrera (1530-1597), el mismo arquitecto que había finalizado la construcción de su obra emblemática, el Monasterio de El Escorial. Hay quien piensa incluso que el diseño de la Catedral de Valladolid, podría ser un reflejo de la Basílica del Monasterio madrileño.

10614133_10204951247407951_8799895053262091204_nPuerta de la antigua Colegiata de Santa María (imagen propia)

Así las cosas, se inician las obras en el siglo XVI, utilizando para ello unos terrenos junto a los que ocupaba la antigua Colegiata de Santa María, seo de la que hoy pueden verse algunos restos en los aledaños de la Catedral. Se da la circunstancia de que esta colegiata ya fue construida sobre la primitiva edificación religiosa, la primera Colegiata de Valladolid, obra del fundador de la Ciudad, el Conde D. Pedro Ansúrez (1037-1118), que quería dotar a la villa de un templo mayor acorde con la importancia que empezaba a adquirir. Pero no fue la primera tampoco, ya que para realizar esta obra se removió y terminó de demoler una antigua ermita dedicada a San Pelayo. La primitiva Colegiata quedó con el nombre de Santa María de la Antigua (hoy solo queda los restos de la antigua torre en la iglesia del mismo nombre), y la nueva colegiata tomó el de Santa María la Mayor. Pero, como decía, tampoco esta fue la definitiva. Aún hubo una tercera Colegiata, del siglo XVI, a cargo del prestigioso arquitecto real Rodrigo Gil de Hontañón (1500-1577), pero este murió en 1577 y la colegiata se quedó solo con los cimientos.

10640993_10204951248287973_959092365784956779_nTorre de la Iglesia de La Antigua de Valladolid (imagen propia)

Entonces se iniciaron las obras de la cuarta Colegiata de Valladolid, bajo los auspicios de Felipe II, proyecto magnífico que, aunque inconcluso, sirvió de ejemplo para las catedrales de México y Lima. El 13 de mayo de 1582 (hoy festividad de San Pedro Regalado, patrón de Valladolid), el maestro Pedro de Tolosa se hace cargo de las obras contando con el beneplácito de Herrera (jamás estuvo presente a pie de obra en Valladolid) quien coloca a su arquitecto de confianza, Diego de Praves , en el proyecto. Al año siguiente, a causa del fallecimiento de Diego de Praves, es sustituido por su hijo Alonso de Tolosa. En 1595, y a instancias de Felipe II, la Colegiata de Santa María de Valladolid, adquiere el rango de Catedral, curiosamente un 21 de mayo, justo el mismo día en el que vino al mundo el rey Felipe en el Palacio de Pimentel de la villa de Valladolid.

10583818_10204951246927939_4793717522825686145_nRestos de la Colegiata de Santa María (imagen propia)

Los años siguientes van a ser importantes para este monumento religioso, pues en 1596 Felipe II otorgó el título de Ciudad a la villa de Valladolid, en 1597 murió Juan de Herrera y en 1598, muere Felipe II. La Catedral se quedó huérfana.

Pero vamos a lo que vamos…

1280px-Valladolid_(España),_Catedral._Proyecto_ideal_de_Juan_de_Herrera,_según_Chueca-Goitia.

Proyecto ideal de Juan de Herrera para la catedral de Valladolid según Fernando Chueca Goitia  (Wikipedia Republished)

El templo que había diseñado Herrera era un enorme espacio de tres naves con varias capillas, bóveda de cañón con lunetos, frontón triangular con remates de bolas con los paños del cuerpo central animados con hornacinas y, finalmente, en los extremos de la fachada, se situarían dos torres iguales de planta cuadrada, con tres pisos separados por entablamentos. En la parte trasera otras dos torres más pequeñas cerrarían el perímetro del templo. El 26 de agosto de 1668, se celebra la ceremonia de consagración de la Catedral, aunque aún falta mucho por hacer y los recursos económicos escasean cada vez más.

En el siglo XVIII, entre 1703 y 1709, es cuando se acometen las obras de construcción de la Torre del Evangelio siguiendo los planos de Herrera, aunque parece que no muy fielmente. Incluso el cuerpo alto de la fachada principal ya no se hace al estilo “herreriano” sino que sigue el trazado de las nuevas corrientes artísticas (tan diferentes a las que dominaban en el siglo XVI cuando se inicia la construcción), tal y como diseña el arquitecto Alberto de Churriguera (1676-1750), el artífice de la Catedral Nueva de Salamanca. La fachada principal, con todo su ornamento, se concluye en 1733.

10613032_10204951246047917_3957751425618195117_nFachada principal de la Catedral de Valladolid (imagen propia)

Y es este momento al que quería llegar. La Torre del Evangelio, situada a la izquierda de la fachada principal del templo, constaba de tres cuerpos con vanos abiertos en la parte superior para colocar las campanas, y un cuarto cuerpo que colocó Churriguera en su modificación dieciochesca, que contaba con una cúpula rematada en aguja. Además, entre el segundo y tercer cuerpo se instala un Reloj, por obra del arquitecto Antonio de la Torre. En total adquirió una altura de 57 metros que aún levantaba más con la veleta que se colocó en lo alto de la aguja. Pronto se la empieza a conocer como “La Buena Moza” de Valladolid. Y más pronto aún, la aparición de serias grietas, anuncian la desgracia que le sobrevendría.

En el año de 1726 ya fue necesario acometer obras de acondicionamiento de la cimentación de la Torre, obras que fueron llevadas a cabo por el arquitecto fray Pedro Martínez de Cardeña. No fue suficiente. En 1746 el Cabildo tuvo que hacer frente a otra serie de obras de acondicionamiento, esta vez a cargo de fray Antonio de San José Pontones. Por si no tuviese nuestra Catedral suficiente con todas esas grietas que amenazaban su torre, en 1755 el terrible y trágico Terremoto de Lisboa se hizo sentir en nuestro suelo, de modo que hasta el cronista de Valladolid, Ventura Pérez , narra cómo el 1 de noviembre de aquel año “la torre tembló haciendo sonar la campana del reloj”, como un mal presagio y los canónigos corrieron como alma que lleva el diablo lo más lejos posible de la temblorosa Catedral.

Proyecto de Ventura Rodríguez para asegurar la torre de la catedral de Valladolid.Proyecto de Ventura Rodríguez para asegurar la torre de la catedral de Valladolid.
Las obras consistieron en enzunchar la torre con cadenas de hierro
 (Wikipedia Republished).

En 1761 el Obispo Isidro Cosío y Bustamante encarga ya unas obras para tratar de acomodar la Torre definitivamente, dejándola en manos del arquitecto madrileño Ventura Rodríguez (1717-1785), quien aseguró los desperfectos con una estructura interior de hierro, obra de los hermanos Gaspar y Rafael de Amezúa . Por cierto que estos mismos prestigiosos rejeros de Elorrio, Vizcaya, fueron los encargados de realizar la reja del coro de la Catedral que hoy se encuentra en Metropolitan Museum de Nueva York, al parecer vendido por el Cabildo a un magnate norteamericano, Arthur Byne , en 1928.

Y así compuesta, duró la torre hasta el 31 de mayo de 1841, cuando a las 12 de la mañana, una horrorosa tormenta de agua y granizo, acompañada de un fortísimo viento, que duró hasta bien entrada la tarde, causó el horroroso derrumbe de “La Buena Moza”, la Torre del Evangelio, la única Torre levantada de la Catedral de Valladolid.

iiDibujo de Isidoro Domínguez Díez (Wikipedia Republished)

José Ortega Zapata (1824-1903) contó el suceso de esta forma en sus crónicas enviadas al periódico El Norte de Castilla de Valladolid, y recogidas en la obra “Solaces de un vallisoletano setentón”, publicada en 1895:

La torre de la Catedral, que era conocida en tierra de Valladolid con el nombre de «la Buena Moza», se desplomó á las tres de la tarde del 31 de Mayo de 1841, segundo ó tercer dia de Pascua de Pentecostés, apenas terminada la hora de coro. Lo que se desplomó fué, desde la parte superior de los llamados «cuatro vientos», donde estaban las hermosísimas campanas, entre ellas la muy sonora del reloj. Se dijo que lo derruido era lo fabricado por el arquitecto que sucedió á Herrera, que fué el autor de los planos del templo y el que había dirigido las principales obras.

El estruendo que produjo el desplome de la torre, fué como si se hubieran disparado muchos cañones á la vez; y la ciudad y las habitaciones de las casas se vieron envueltas en densísima nube de polvo, casi impalpable, pero que axfisiaba.

Una gran parte de las ruinas cayó á plomo sobre la capilla del Sagrario, destrozando su bóveda; y los sillares y los escombros de otra parte de las mismas ruinas, cegaron el cauce del río Esgueva, en el trayecto de todo el lado derecho de la Catedral.

La gente de Valladolid, consternada por espacio de muchos días con la pérdida de su torre, atribuyó á milagro varios hechos, ocurridos momentos antes, y á consecuencia del derrumbamiento.

Un capellán de la Catedral, sobrino del Deán, estaba encargado de cuidar del reloj de la torre; tenía la costumbre todas las tardes, terminado el coro, de subir á la torre para dar cuerda al reloj y ponerlo en hora, y así lo hizo la aciaga tarde del 31 de Mayo de 1841. Instantes después de haber bajado de la torre y de haber salido de la Catedral, donde ya no había persona alguna, ocurrió el desplome.

El campanero, que, con su mujer, tenía por habitación un cuarto inmediato al campanario, observó un movimiento de trepidación y la caida de pequeños trozos del techo de la habitación; por intuición é instinto, fué á refugiarse bajo uno de los arcos de los cuatro vientos, y en aquel momento mismo, ocurrió el hundimiento, quedando ileso el campanero. Su mujer tuvo la desgracia de caer entre las ruinas de aquella inmensa mole de sillares, campanas, maderas y hierro; porque es de saber que, con motivo de haberse cuarteado la torre, años antes, á causa de haberla herido un rayo, fué reforzada con grapones ó barrotes de hierro, que abrazaban sus ángulos. Como digo, la mujer del campanero, envuelta en las ruinas, cayó con ellas en la capilla del Sagrario.

Se supo en Valladolid tan tremenda noticia, apenas fué conocida la de que se había hundido la torre. Acudieron inmediatamente al sitio de la catástrofe las autoridades civiles y militares, con tropas de la guarnición para acordonar todo el edificio, y con una brigada de presidiarios, los cuales, por aquella época, extinguían sus condenas en el convento de S. Pablo, que estaba convertido en presidio. Los arquitectos, maestros de obras y muchos albañiles, con sus herramientas, acudieron también. Con grave riesgo penetraron en el templo las autoridades para conocer la extensión del siniestro en lo interior; vieron que, aunque destruida la cancela de hierro de la capilla del Sagrario, el arco de ésta se hallaba practicable en parte; con un valor á toda prueba y saltando por encima de las ruinas, entraron y vieron asimismo, que la capilla se hallaba completamente obstruida, en muchos pies de espesor, por los escombros.

Oyeron ó creyeron oir quejidos, y suponiendo que quien los daba era la mujer del campanero, acordaron en el acto que, para lograr salvarla, los presidiarios, dirigidos por los arquitectos, y en unión de albañiles, empezaran á descombrar con mucho cuidado. Tan peligrosa operación, se verificó sin ningún contratiempo; pero hubo que suspenderla a las doce de la noche para que descansaran los trabajadores, los cuales aseguraron haber oído más distintamente lamentos de persona humana. Al ser de día, se reanudaron los trabajos, y á media mañana, descubrieron los operarios la extremidad de una saya de mujer, entre una viga y los escombros; entonces no les quedó duda de que la mujer del campanero estaba viva, porque, aunque con voz muy débil, pedía socorro.

Ansiedad indescriptible se apoderó de las autoridades y de los arquitectos que presenciaban y dirigían los trabajos. Se redoblaron las precauciones para desenterrar la viga, que era de enorme grueso; desembarazada un tanto de escombros, fueron vistos, no sólo vestidos, sino cabellos de mujer aprisionados entre la viga y los cascotes; para facilitar los movimientos de la desgraciada, se cortó con tijeras las ropas y los cabellos descubiertos; se continuó descombrando y, á medida que el trabajo avanzaba, se pudo notar que la viga presentaba un declive bastante pronunciado, por lo que, la operación se encaminó á apreciar, de abajo á arriba, si la punta de la viga tenía algún punto de apoyo. No salió fallido el cálculo, puesto que el madero estaba en contacto con una de las paredes de la capilla, en ángulo, y formando hueco, en plano inclinado. Hecho tan importante descubrimiento, se procedió á descombrar, de arriba á abajo, la parte de viga, que estaba todavía enterrada, y el resultado fué ver que el extremo inferior de la viga, descansaba en un montón de piedras gruesas y que no había temor de que hiciera movimiento.

Guiados los trabajadores por la voz de mujer, que, yá se oía más cerca, fueron sacando escombros para agrandar aquel espacio y llegar al sitio deseado. El éxito coronó la operación, porque se vio que la viga estaba también allí en el aire; reconocido el hueco con las manos y con luces, aparecieron más ropas, y un pie, pero lo mismo el cuerpo de la infeliz, que los vestidos, sujetos entre la viga y los materiales derruidos.  Un esfuerzo mayor en el trabajo y las precauciones, y la víctima estaba salvada.

Acabada de descombrar la viga, hubo necesidad de cortar de nuevo con tijeras, el resto del traje y del pelo, para sacar de aquella tumba á la mujer del campanero. Y se logró, y estaba viva, pero ¡en qué estado! Casi idiota, sin poder hablar; pero por fortuna sin un arañazo.

¡Había estado treinta horas, bajo la inmensa mole de las ruinas de la torre!.. La viga que resistió aquella «gran pesadumbre»,  la salvó.

Cómo pudo suceder que el madero cayera, en vez de perpendicular, diagonalmente, formando ángulo con la capilla, apoyada en una de sus paredes una punta, y la otra hincada en los escombros que cubrían el suelo; cómo, que mujer y viga fueran precipitadas desde la enorme altura de lo desmoronado de la torre y entre aquella avalancha de piedras sillares, siendo la viga sostén y al mismo tiempo escudo salvador; cómo se obró tal prodigio, tal milagro, nadie, ni aún los arquitectos, pudo explicárselo.

Repuesta de la horrible impresión sufrida, las primeras palabras que habló la mujer del campanero, fueron para decir: «Cuando volví en mi, sin saber lo que me había pasado, y,me vi enterrada en vida; cuando noté que no podía moverme; que estaba ciega y con la boca llena de polvo, hasta ahogarme; cuando me convencí de que nada me dolía; cuando oí golpes que retumbaban sobre mí; cuando supuse si sería para sacarme de aquel sitio; cuando los gritos que creía dar no eran contestados, porque yo nada oía, como no fueran los golpes; cuando, después de no sé cuantas horas, los golpes se pararon; cuando nada volví á oir, creí que Dios me había abandonado».

Estas palabras de la pobre mujer, se repetían de boca en boca por todo Valladolid; durante más de un mes estuvo gravísimamente enferma en una casa particular, en donde también el campanero pasó larga y peligrosa enfermedad. Si no recuerdo mal, marido y mujer vivieron después muchos años.

Quedaban, descombrada que fué la catedral, grandes peligros que arrostrar; el del reconocimiento de la torre y el de derribar lo que apareciera ruinoso. Ningún arquitecto, ningún maestro de obras, ningún albañil, se atrevían á acometer la empresa. Así pasaron bastantes días, «hasta que un presidiario se prestó á hacerlo todo, siempre que se le indultase del tiempo que le faltaba de extinguir su condena. Fué aceptado el ofrecimiento; se construyeron por el mismo presidiario, andamios y aparatos, y Valladolid entero vio á aquel hombre animoso y valiente, suspendido en el espacio por fuertes correas, trabajar con la piqueta, durante algunas semanas, hasta que llegó á asegurar que lo que había quedado en pié de la torre estaba firme y en disposición de que se reconstruyese todo lo que se había desplomado.

Tal es el penoso relato que, del hundimiento de la esbelta torre de la Catedral de Valladolid, me han permitido hacer los recuerdos que conservo, al cabo de los 53 años trascurridos; relato, que no creo discrepe mucho, del que haya hecho, en su historia de la Ciudad, D. Matías Sangrador y Vítores, como testigo presencial; y lo digo en hipótesis, porque nunca he tenido ocasión de leer el libro escrito por mi paisano y amigo, á quien vi por última vez en Madrid, en ocasión de ser él Fiscal de la Audiencia de Oviedo, en cuya capital falleció, sino estoy trascordado.

¿Quién hubiera creido que la torre de la Catedral de Valladolid, toda de piedra sillería, no iba, por su solidez, á desafiar la acción de los siglos? Y sin embargo, vino, cuando se desplomó, á ser una de las que, según el poeta…

«Y muchas que desprecio al aire fueron,
á su gran pesadumbre se rindieron».

Badajoz-Abril de 1894.
(EL NORTE DE CASTILLA del 20 de Mayo de 1894).

Ante tan magnífica crónica no queda más que decir que la Torre nunca se volvió a levantar y la definitiva demolición finalizó el 14 de agosto de 1841. En el año de 1880 se comenzaron las obras de construcción de la Torre de la Epístola, la torre del lado derecho de la Catedral, que, finalizada en 1890, es la que hoy puede admirarse en nuestra ciudad, rematada ya por una nueva cúpula y la figura del Corazón de Jesús que se añadieron en una fecha tan tardía como 1923.

10600544_10204951245807911_4590356152415031221_nTorre de la Epístola de la Catedral de Valladolid rematada por la estatua del Corazón de Jesús (imagen propia)

“La Buena Moza” nos dejó para siempre un 31 de mayo de 1841. Comenzaba entonces para Valladolid la “desconventualización” de una ciudad “sacralizada” que se modernizó completamente transformada al albor de la nueva burguesía decimonónica y las obras del ferrocarril. Pero esa, ya es otra historia.

AlmaLeonor.

Fuentes: Valladolid siglo 21 ; Domus pucelae ; Valladolid Web ; Vallisoletvm ; Wikipedia-Torres ; Wikipedia-Catedral ; Solaces de un vallisoletano setentónWikipedia Republished .

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Aspecto actual de la Catedral de Valladolid, con la Torre de la Epístola a la derecha (mide 69 metros de altura, la segunda estructura más alta de la ciudad), a cuya cúpula se puede acceder actualmente gracias a la reciente instalación de un ascensor.
(Imagen: Wikipedia Republished)

LA TERCERA Y ÚLTIMA VISITA DE ISABEL II A VALLADOLID

LA TERCERA Y ÚLTIMA VISITA DE ISABEL II A VALLADOLID

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Isabel II, obra de Casado del Alisal (1865)

Artículo publicado por la Revista Digital
Anatomía de la Historia
el 24 de septiembre de 2012, y que rescato hoy,
9 de abril, día del fallecimiento de la reina en París en 1904.


El 1 de agosto de 1865, la reina de España, Isabel II, visitó por tercera y última vez la ciudad de Valladolid camino de la guipuzcoana Zarauz, su lugar de vacaciones. Durante ese año de 1865 muchos sucesos, nacionales e internacionales, públicos y privados, vinieron a conferir a ese viaje de verano unas características especiales que acabaron por anunciar los acontecimientos que unos años más tarde, en 1868, acabarían con el reinado isabelino.

LOS PROLEGÓMENOS DEL VIAJE

Isabel_VAlladolid_siglo_XIXValladolid en el siglo XIX

Valladolid, la antigua capital real de España, recibió en el siglo XIX a tres personalidades regias: José Bonaparte el 28 de marzo de 1813, cuando acudió rodeado de toda la Corte y de sus ministros; Fernando VII, el 21 de julio de 1828; y hasta en tres ocasiones a su hija, la reina Isabel II.

El diario vallisoletano El Norte de Castilla, convertido en cronista real, se hace eco de la coincidencia de las tres visitas regias a Valladolid con el hecho de que, deteniéndose en su recorrido desde Madrid, todos ellos orasen junto a “un anciano de 80 años” que vivía en una humilde choza en el segoviano convento dominico de Santa María la Real de Nieva. (También conoció este anciano “al actual rey consorte, D. Francisco de Asís cuando era niño”.)

La muy Noble, muy Leal y Heroica ciudad de Valladolid había iniciado su larga marcha hacia una sociedad burguesa, harinera y textil, con el Canal de Castilla que vinculaba económicamente el eje Valladolid-Palencia-Santander. El ferrocarril afianzó y mejoró este enlace, y la reina Isabel II pudo sancionar y ser testigo de sus inicios en 1858. Su última visita, la de 1865, sería significativamente diferente.

En el año 2008, con la celebración del 150 aniversario de la primera visita regia, se glosaba esta epopeya al tiempo que se la ponía en conexión con la nueva iniciativa que colocaba a Valladolid en el papel de importante enlace en la creación de las líneas del tren de alta velocidad (AVE). El ferrocarril y la ciudad mantienen así su perenne vinculación.

En 1858, Isabel II visitaba por vez primera Valladolid como colofón a las celebraciones de la llegada del ferrocarril a una ciudad pujante (sobre todo a partir de los años 30, con las desamortizaciones, y los 50, con el ferrocarril) que había alimentado el sueño de modernidad de una urbe ya plenamente burguesa. Eran los tiempos en que en el país se iniciaba el periodo de la Unión Liberal (el llamado “Gobierno Largo”, hasta 1863) y todo parecía apuntar hacia un horizonte de progreso, simbolizado por ese trazado de líneas ferroviarias en España, que tuvieron a Valladolid como importante nudo de enlace y centro de operaciones de los ferrocarriles del Norte.

En estos momentos, Isabel II está pletórica. Su apuesta por la Unión Liberal(la única posible por otro lado) consigue restablecer el orden en el país y crear el marco necesario para que la inversión y el auge financiero afiancen el tímido despegue económicoque se iniciara con el Bienio Progresista de mediados de la década (1854-1856) y sus leyes liberalizadoras (desamortización y ferrocarril, principalmente).

Los partidos políticos alcanzan un punto de equilibrio, precario, pero lo suficientemente estabilizador como para que el país funcione institucionalmente. A su vez, las relaciones con la Iglesia encuentran un grado de estabilidad pues esta última acepta las desamortizaciones al tiempo que acapara el dominio educativo.

En lo personal, Isabel II ha llegado a un momento de personal determinación: mantiene a su lado a sus confesores y asesores religiosos, pese a sus lances amorosos y la opinión crítica de todo el país; igualmente encuentra en sus parejas sexuales una satisfacción que no puede encontrar en su marido, incluida la de ofrecer al trono un heredero varón (se atribuye la paternidad del infante don Alfonso, nacido el 28 de noviembre de 1857, al flamante capitán de Ingenieros, Enrique Puigmoltó y Mayans,valenciano, con ascendencia de carlistas rehabilitados, su padre, y moderados de primera línea, su tío, Luis Mayans); el buen momento económico le permite vivir la vida alegre y disipada que le han enseñado a desear, y mantiene a familia y allegados lo suficientemente ocupados con sus negocios y beneficios como para que no intervengan en conspiraciones contra ella.

El pueblo aclama a la reina, adora a una Isabel II campechana y popular, y se lo demuestra a su paso por prácticamente todas las provincias españolas durante los viajes programados para su enaltecimiento. La opinión popular es muy favorable a su soberana, y la opinión pública (entendida esta no como se conocería hoy, sino la de políticos, hombres notables, intelectuales y profesionales) pese a mostrarse comedida, al menos no le es desafecta.

Que todos estos logros pudieran ser suyos, es algo que se han encargado de negar prácticamente todas las biografías y obras consultadas. La historiadora Isabel Burdiel, habla de “la construcción” de una reina adecuada a los intereses de quienes la rodean. Pero es indudable que fueron logros de los que, merecidos o no, provocados o no, si que disfrutaba Isabel II en aquel año de 1858.

Sin embargo, no duraría mucho esta ilusión, ya que en 1862 se inicia una crisis económica que agrava una situación política y social deteriorada, entrando ya de lleno en una espiral de decadencia. En el Valladolid de 1864 y 1865, la consecuencia inmediata de esa crisis fue la quiebra de muchas de aquellas sociedades crediticias e inmobiliarias que habían proliferado con el siglo. Esta crisis económica, las crispaciones políticas nacionales, los sucesos internacionales y los movimientos prerrevolucionarios que se advierten ya en 1865 (10 de abril, Noche de San Daniel), marcan los prolegómenos de la caída de Isabel II.

LA VISITA A VALLADOLID

Isabeldocumento-3Programa de Recepción de la Reina en Valladolid

La tercera y última visita de la reina Isabel II en agosto de ese último año, se produce a un Valladolid adolecido por la crisis y nada va a ser igual. Sin embargo, lo que la comitiva real va a poder apreciar en la ciudad son una serie de mejoras y saneamiento de su trazado urbano que remozaban, con mucho, la imagen provinciana del Valladolid del 58, e incluso la incipientemente urbanizada y burguesa que había podido observar en su segunda venida de 1861 (igualmente breve, igualmente de paso hacia Zarauz).

La visita real de 1865 se realiza a un Valladolid burgués, moderno, urbano, cosmopolita, fabril y ferroviario. Cierto es que la crisis frenó muchos de los impulsos comerciales en marcha, pero Valladolid ya había cambiado.

Junto a Isabel II viajaban su esposo, Francisco de Asís de Borbón, y las infantas, así como el príncipe de Asturias, el futuro Alfonso XII, además de su séquito personal y de servicio. En esta fecha Isabel tiene casi 35 años y ha traído diez hijos al mundo, de los que solo han sobrevivido cinco. Cuando Isabel llega a Valladolid el 1 de agosto de 1865, se encuentra de nuevo, “en estado interesante”, embarazada de su último hijo, Francisco de Asís Leopoldo de Borbón y Borbón, que nacerá en enero del año siguiente.

Sabemos también que Miguel Tenorio de Castilla, el favorito “de turno” de Isabel II (al menos desde 1859), se encontrará con la reina en Zarauz, pero no hay ninguna constancia de su presencia en Valladolid. Tenorio de Castilla, poeta, periodista, varias veces gobernador civil, diplomático y político moderado, es además, su secretario personal. Su relación con Isabel se constata hasta agosto de 1865, cuando es apartado de la corte y de su cargo (comunicado por el ministro de Gracia y Justicia, Fernando Calderón Collantes), precisamente durante el viaje regio a Zarauz.

Si hemos de hacer caso de la “rumorología” popular (por aquellos años se decía que los hijos nacidos muertos, o que murieran al poco tiempo, eran hijos de Francisco de Asís, su primo y marido), el hijo que Isabel II dio a luz en enero de 1866, el mentado Francisco de Asís Leopoldo de Borbón y Borbón, no era de Tenorio (quien le habría dado hijas tan solo) y su vida no se prolongará más de un mes.

La reina y su real familia tomaron el ferrocarril del Norte en la estación de Arévalo a las tres de la tarde de aquel 1 de agosto. Convocadas las autoridades en la estación de Valladolid a las cuatro y media de la tarde, la comitiva no llegaría hasta las nueve de la noche.

Estas convocatorias se cursaron entre el 29 y 31 de julio, desde la Comisión de Festejos de la Diputación Provincial, a todos los representantes institucionales de la ciudad: al alcalde-corregidor (Juan López de Bustamante), al gobernador civil de la provincia (José Gallostra y Frau), al arzobispo (Juan Ignacio Moreno), al capitán general de Castilla la Vieja (general Manzano), a miembros dela Diputación Provincial que figuran en las Actas dela Comisión (Eduardo Ruiz Merino, Francisco López Flores, Pedro Antonio Pimentel y Tomás Villanueva), así como a diputados y senadores y a una serie de prohombres vallisoletanos que prestarán sus carruajes para el servicio de transporte de la familia real y séquito.

También se cursa una carta a la Junta Directiva del Teatro Calderón, donde se solicita: “poder ofrecer a la Regia comitiva para su descanso un salón a propósito […] arreglando, así mismo en uno de los locales inmediatos a dichos salones un cuarto-retrete para S.M.”

Pero ¿donde están los demás prohombres de negocios vallisoletanos? Sabemos que el secretario del Crédito Castellano es Luis de Polanco, y el secretario accidental, Julián Majada. El Banco de Valladolid cuenta con Calixto Fernández de la Torre como administrador y con José de Lafuente Alcántara como comisario regio; y la Sociedad General de Crédito Industrial, Agrícola y Mercantil tiene como administrador delegado a Juan A. Gil.

Pero ninguno de estos nombres figura en las relaciones de personalidades asistentes que recoge El Norte de Castilla. La explicación es muy sencilla, no están las arcas municipales para realizar muchos gastos: “Castilla hoy en medio de las desgracias especiales que la agovian [sic], de la dolorosa situación que ha un año atraviesa, tendrá imposibilidad de obsequiar como otras veces a la regia comitiva”.

En las anteriores visitas reales, las de 1858 y 1861, la empresa del Ferrocarril del Norte había tomado parte activa (organizativa y económicamente) en los festejos de recepción de la reina. En esta ocasión sin embargo, ni aporta capital ni festejos, ya que la compañía atraviesa uno de sus peores momentos. El Norte de Castilla fue, precisamente, uno de sus principales azotes: “¿Hasta cuando hemos de estar denunciando abusos de la empresa del ferro-carril del Norte? Confesamos que ya vamos cansándonos, y que antes llevamos trazas de aburrirnos y callar, que la empresa de poner remedio a uno solo de sus innumerables desmanes []” –diría el periódico el 11 de julio de 1865.

Uno de los actos centrales de toda visita real a una localidad es la entrega de limosnas, dádivas y regalos. La Comisiónde Festejos, según un comunicado del alcalde a los señores párrocos, ofrece, con argumentos que resultan extrañamente actuales, una “ayuda familiar para aliviar en lo posible las suertes desgraciadas que experimentan diferentes familias de esta ciudad, por consecuencias de la falta de trabajo […] esperando su parecer de acuerdo para hacer las distribuciones a los padres de familia”.

Porque en 1865 las cosas se presentaban muy difíciles. Se vive en España una profunda crisis económica que, como sabemos, afecta de forma sangrante a una ciudad como Valladolid, que aún no había consolidado firmemente su base burguesa pre-industrial, pero que también causa estragos en Barcelona, por ejemplo, ciudad plenamente industrializada.

Los partidos políticos, desgastados por sus propias fricciones y por el difícil engranaje en el que se articulaba la Unión Liberal, se crispan y arrastran con ellos una opinión pública (esta vez sí, incluye la popular) que toma cada vez más protagonismo: Es el ejemplo de la citada Noche de San Daniel del 10 de abril, cuando la Guardia Civil disolvía en Madrid a tiros una manifestación estudiantil provocando 11 muertos y 193 heridos.

Los acontecimientos que dieron lugar a ese luctuoso suceso arrancan el 20 de febrero, cuando Ramón María Narváezpresentaba en las Cortes su proyecto de ley para desamortizar el patrimonio real, una operación que además del 25% del producto de las ventas, aumentó “considerablemente la contabilidad de la reina por el incremento de sus inversiones en deuda española exterior y en valores extranjeros a partir de 1865”. Entonces el líder republicano Emilio Castelar escribió en el periódico La Discusión un artículo titulado “El Rasgo” (haciendo referencia al “rasgo de generosidad de Isabel”) donde criticaba la decisión regia, acusando a la reina de querer únicamente rellenar sus propias arcas y mantener el status quo del Partido Moderado en el poder. Un caso de corrupción político-económica.

El gobierno de Narváez exigió la expulsión de Castelar de su cátedra de Historia Filosófica y Crítica de España en la Universidad Centralde Madrid, provocando con ello la dimisión del rector y la convocatoria de manifestaciones estudiantiles que derivaron en la Noche del Matadero, como llamaron a la de San Daniel algunos periódicos de la época, que no todos. Porque los hechos no son recogidos en la prensa del día siguiente (Las Noticias), en su total magnitud, sino que más bien son explicados como propios de una “algarada de desocupados, sin ningún plan formal”, a los que el gobierno logró contener y calmar; los tiros de Guardia Civil y ejército “se escaparon”, y no produjeron ni muertos y ni heridos, sino solo “contusiones provocadas por las huidas”… Ejercicios todos ellos de desinformación y acomodaticia connivencia con el poder.

El Gobierno de Narváez quedó tan desacreditado como la confianza en las intenciones económicas de la reina, pero ésta tendrá que volver a llamarlo el 10 de julio del año siguiente, cuando, tras los pronunciamientos de Prim y Serrano (en Villarejo de Salvanés el 3 de enero y en el Cuartel de San Gil, el 22 de junio) se hiciese patente la desconfianza regia hacia O’Donnell.

Y ya con la caída de éste (expulsado de Madrid, se exilia en Biarritz), la situación de los progresistas y demócratas en la década de los años sesenta se radicalizó en tal extremo que muchos de sus líderes (Juan Prim, Emilio Castelar, Francisco Pi i Margall, Práxedes Mateo Sagasta, Manuel Ruiz Zorrilla) optaron por el exilio, principalmente a Portugal, Francia, Inglaterra, Suiza y Bélgica. En este último país fue donde se fraguó el acuerdo entre un grupo de personalidades opuestas al moderantismo (pero cada uno con sus fines específicos) para acabar con la dinastía borbónica, considerada un estorbo en el avance constitucional español, y que derivó en el Pacto de Ostende de 1866.

EL “DESCANSO” VACACIONAL

estacion-del-norte-01Estación de Ferrocarril del Norte de Valladolid (1895)

Volviendo al viaje real, el día 3 de agosto, a las cuatro y media de la tarde, la familia regia estaba ya en San Sebastián. El periplo termina sus días en Zarauz, en unas jornadas muy animadas de encuentros. Recibieron a la Reina Madre, María Cristina de Borbón Dos-Sicilias (las visitas de la madre de Isabel II nunca se consideraban meramente “de cortesía”), y visitaron a los emperadores de Francia, Napoleón III y Eugenia de Montijo, en su villa de Biarritz.

Este encuentro tampoco fue de confraternización (María Cristina no soportaba que su hija, Isabel, reina, tuviese que reverenciar a Eugenia de Montijo, emperatriz), sino que se enmarca en el juego de alianzas e influencias europeas acerca del reconocimiento del reino de Italia. Napoleón III era un firme partidario de la unidad italiana, e intervino militarmente en este territorio frente a Austria (virtual dominante en la zona tras la derrota de Napoleón I Bonaparte y el Congreso de Viena).

La unificación italiana acabó por crispar las relaciones del Imperio francés con los católicos (ya muy deterioradas), y también con Isabel II, ferviente católica (como Eugenia de Montijo, por otro lado) y partidaria del mantenimiento de los Estados Pontificios. Aunque España, a instancias de O’Donnell acabó por aceptarlo.

El día 15 de septiembre la comitiva real se pone de nuevo en marcha hacia Madrid, una vez finalizada su estancia estival en Zarauz. Ensombrece el viaje el reciente fallecimiento del infante Francisco de Paula, padre del rey consorte. También la prensa comunica que “con motivo del fallecimiento de su alteza real la gran duquesa Sofía, viuda del gran duque Leopoldo, y madre del gran duque reinante de Baden, S.M. la Reina nuestra señora se ha dignado resolver que la corte vista de luto por espacio de catorce días, la mitad riguroso y la mitad de alivio, cuya soberana disposición comienza a regir desde esta fecha”.

No obstante, la jornada del día 15 se presenta sumamente contradictoria: El marqués de San Gregorio traslada al Consejo de Ministros la buena nueva del estado de la reina que se encuentra en su quinto mes de embarazo, hasta entonces mantenida en secreto. Con tal motivo, se publica en la Gaceta de Madrid que “se ha dispuesto que el día de hoy, mañana y pasado, sean días de gala”.

El día 15 de septiembre ¿es un día de gala o es un día de luto? La misma confusión debió reinar entre las autoridades vallisoletanas cuando la noche del día 15 estaba previsto el paso de la comitiva regia por la estación de Valladolid en su camino hacia la capital, aunque una nota del Gobierno Provincial exigía “traje de etiqueta y luto riguroso”.

Esta será la última vez que Isabel II visite Valladolid, pero por espacio de ocho minutos y sin salir del Tren Real apostado en la estación del Ferrocarril del Norte. El ferrocarril testimonia de esta manera la especial unión de la monarquía isabelina con el tren y con Valladolid.

Alma Leonor López

KRISTINA, PRINCESA DE NORUEGA E INFANTA DE CASTILLA

KRISTINA, PRINCESA DE NORUEGA E INFANTA DE CASTILLA

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No sé si muchos lo recordarán, pero nuestro actual Rey Felipe VI a punto estuvo de contraer matrimonio con una muchacha noruega. Su noviazgo no llegó a buen término, pero durante unos años, Eva Sannum fue una seria candidata a ser la futura Reina de España.

No hubiese sido la primera nórdica en formar parte de la nobleza española gracias a un Felipe. En el siglo XIII, una princesa noruega, Kristín Hákonardóttir, nacida en 1234, hija del rey Haakon IV, viajó a España desde su Bergen natal para desposarse con Felipe, Infante de Castilla y hermano del Rey Alfonso X de Castilla. En esta ocasión la boda si que llegó a celebrarse, pero la muerte temprana de la joven noruega desató los rumores de que su matrimonio no había llegado a consumarse. Murió en Sevilla en el verano de 1262 con 28 años recién cumplidos, aquejada, se dijo, de melancolía.

Como casi siempre en los matrimonios reales, todo fue por una razón de Estado propiciada por el entorno de Alfonso X y su propio deseo de alcanzar el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, logro por el que, al ser miembro de la familia Hohenstaufen (era hijo de Beatriz de Suabia), había empezado una férrea campaña publicitaria gastando abundantes maravedises, a fin de ablandar la conciencia de los electores , y entablando conversaciones para emparentarse con otras realezas europeas a fin de recabar sus apoyos.

Aunque no logró el nombramiento, llegó a establecer con el rey noruego el enlace entre un príncipe castellano y su hija Kristina, a quien el monarca quería colocar en buena boda para mejorar sus relaciones en Europa: “Solo te casaré cuando encuentre algo más valioso que el oro por lo que cambiarte” , le había prometido su padre. “No te creas todo lo que te dice con los ojos de padre. Cuando llegue el momento de mirarte con los ojos de rey te casarás con quien se menester, como todas hemos hecho”, le profetizó su madre.

En 1256 una comitiva castellana partió hacia Noruega. Al año siguiente la joven Kristina parte desde Oslo hacia su nuevo destino, Castilla. Las dificultades del viaje no son pocas y tras una larga y penosa travesía por mar, continua por tierra atravesando Francia en una comitiva de más de cien personas entre las que se encontraban las damas de compañía de Kristina y delegados noruegos, como el embajador Loodinn Leppur, apodado “el Velludo” y uno de los personajes más famosos de la historia de Noruega. Al mando de la expedición se encontraba el Obispo Peder de Hamar, consejero personal de Haakon IV y uno de los artífices del futuro enlace.

La comitiva con todo su fasto entra en la península por Gerona, entonces uno de los Condados Catalanes. En diciembre, la princesa llega a Soria, desde donde el Obispo de Astorga y el Infante Don Luis (uno de los hermanos de Alfonso X) la escoltan hasta Burgos, y es en el Monasterio de las Huelgas, donde pasa Kristina su primera Navidad castellana.

El 4 de enero de 1258, tras cinco meses de viaje, Kristina llega a Valladolid donde ha de ser casada. Su belleza nórdica no pasa desapercibida por nadie y se alaban desde sus bellísimos y azules ojos, hasta sus largas trenzas doradas como el sol y su tez blanca “como los montes escandinavos”. En Valladolid, Kristina conocerá al rey Alfonso X y a su joven y tercera esposa Violante de Aragón (tenía 10 años cuando fue desposada por Alfonso, de 25), hija de Jaime I el Conquistador.

También conocerá a los hermanos de Alfonso, uno de los cuales había de ser su esposo: Federico, Fadrique, Sancho y Felipe. Alfonso alaba ante la princesa noruega a su hermano Felipe, abad de Valladolid y Covarrubias y previsiblemente futuro Arzobispo de Sevilla. Felipe será él elegido por Kristina.

Mientras se llevan a cabo los preparativos para la boda, Kristina residió en Valladolid, aprendiendo idioma y costumbres castellanas. Le pide a su marido que como regalo de boda construya una Capilla a San Olav, patrón de su tierra, pero aunque Felipe consintió, Cristina no llegó a verla construida.

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La cisterciense Puerta Norte de la antigua Colegiata de Santa María la Mayor de Valladolid, del siglo XIII. Imagen propia.

El 31 de marzo de 1258, domingo, Kristina de Noruega contrae matrimonio con el Infante Felipe de Castilla en la Colegiata de Santa María la Mayor de Valladolid, iglesia principal de la ciudad, que había sido construida por el repoblador de Valladolid, Don Pedro Ansúrez en el siglo XI. De aquella magnífica Colegiata, hoy solo se conservan algunas ruinas junto a la Catedral.

Una vez instalado el matrimonio en Sevilla, Kristina siente el peso de la soledad a la que su atareado marido la somete hasta tal punto que llega a enfermar de melancolía. Kristina sufrió además dolorosos dolores de cabeza y de oídos hasta el día de su muerte. En un día extremadamente caluroso del verano sevillano, una adormilada Kristina susurra: “Mañana viene a visitarme mi señor”. Y en soledad queda dormida ya para siempre.

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Sepulcro de la Princesa Kristina en el claustro de la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias (Burgos)

Fue enterrada en el Claustro del Monasterio de San Cosme y San Damián del pueblo burgalés de Covarrubias donde su marido había sido abad. En 1978 se le rindió un homenaje con la instalación de una estatua en bronce de tamaño natural de la princesa, obra del escultor noruego Brit Sorensen. Junto a ella, una campana invita a que las jóvenes casaderas de hoy toquen para atraer mejor suerte que la de la infortunada Kristina.

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El 18 de septiembre de 2011, se inaugura a unos tres kilómetros de Covarrubias, la prometida Capilla  a San Olav, realizada gracias a la promoción de la Fundación Princesa Kristina de Noruega creada al efecto en 1992  para estrechar los lazos de unión entre los dos países. Todo ello gracias a Kristina, princesa de Noruega e Infanta de Castilla.

AlmaLeonor

Fuentes: Wikipedia ; Fundación Princesa Kristina de Noruega ; La Flor del Norte, de Espido Freire ; Valladolid Universal, de Roberto Alonso .

 

 

¿HUNGRÍA EN VALLADOLID?

¿HUNGRÍA EN VALLADOLID?

simbolos_hungria_esteban_7528Corona de San Esteban, cetro, orbe, espada y manto, símbolos de Hungría

Últimamente se está hablando mucho de Hungría, un país cuya fascinante historia no puede quedar secuestrada por el “lado oscuro” de su reciente política ultraconservadora y xenófoba. De la historia de Hungría se ocupan poco las crónicas televisivas, pero la nación magiar ha aportado muchísimo a la propia historia de Europa y también a la de Castilla.

Y curiosamente “pudo” llegar a tener una visible presencia en Valladolid. Empecemos por el principio.

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En el siglo XIII una orden religiosa católica es creada en Hungría por el beato Eusebio de Estrigonia (1200-1270), natural de la ciudad húngara de Esztergom, cercana a Budapest. Esta ciudad, salvada de las invasiones mongolas, fue cedida por el rey Bela IV de Hungría al Arzobispo de la Diócesis en 1249, momento desde el que el jerarca de la Iglesia obtuvo el control y derechos absolutos sobre la ciudad. Así, todos los ermitaños que llevaban siglos habitando pacíficamente las montañas Jakab, entre las colinas Patacs y Ürög, y donde existía un claustro de ermitaños desde 1225, pasaron a depender administrativamente (además de jerárquicamente por sus votos eclesiásticos) del Arzobispado de Esztergom.

Dotado del Reglamento básico ordenado por el Arzobispo, en 1250 el beato Eusebio  se convirtió en el guía de los eremitas que habitaban las montañas, construyendo un monasterio en la colina de Pilis, el Monasterio de la Sancta Crux (o Monasterio de Pisilia), a donde se trasladó con otros seis religiosos.

Eusebio fundó así La Orden de San Pablo, Primer eremita u Orden Paulina (en latín: Ordo Sancti Pauli Primi Eremitae), a través del documento Vitae fratum, una especie de visto bueno del Papa para que, en 1263, el obispo de Veszprém, de donde dependía el Monasterio, tuviera a bien reconocerla como nueva orden monástica bajo la Regla de los canónigos regulares de San Agustín. El Obispo consintió, siempre y cuando no aumentase el número de ermitaños. Así estuvieron durante años hasta que, en 1309, dado el aumento de fieles seguidores, el Papa Clemente V permitió la constitución formal de la Orden que se instaló en el Monasterio de la Montaña de San Pablo, sobre la ciudad de Buda, centro principal paulino.

Hasta el momento de la aceptación papal, la orden solo pudo crecer de forma lenta y pausada a través de pequeños centros por toda Hungría, Transilvania y Croacia. Después, su expansión es más evidente. Sin embargo, hay quien atribuye una llegada de los paulinos a Castilla, en una fecha tan temprana como 1276, a través de la fundación del Convento de San Pablo en Valladolid por la joven reina de Castilla, Violante de Aragón y Hungría, en honor a esta orden eremita húngara. Pero es un error.

Ahora veamos si pudo haber sido posible esa presencia húngara en Valladolid.

La orden paulina era conocida en toda Europa durante la Edad Media y al parecer, también en las cortes católicas de Portugal y España. Pero la amistad con la órden húngara bien pudo ser una cuestión política más que religiosa, ya que toda la familia real de Hungría gozaba entonces de la apreciación popular por su extensivo ejercicio de la caridad y la ayuda a los más necesitados, y también, del beneplácito papal por su contribución a la Iglesia.
BOTON_4Violante de Aragón y Hungría, nació en la ciudad de Zaragoza (en el reino de Aragón), hija del rey aragonés Jaime I “El Conquistador” y de su segunda esposa, Violante de Hungría (será nombrada en adelante como Iolande, su nombre no castellanizado, para no confundirla con su hija), que era medio-hermana de Santa Isabel de Hungría (hija del rey Andres II de Hungría también, pero de su primera esposa), que fue una dama caritativa canonizada en el año 1236, precisamente en el año del nacimiento de Violante, convirtiéndose en un símbolo de caridad cristiana para toda Europa. Su culto se extendió muy rápida y profundamente desde los territorios germánicos, polacos, húngaros y checos, hasta los italianos, ibéricos y franceses. También era hija de reyes húngaros (Bela IV y su mujer María de Lascaris), Santa Margarita de Hungría, ofrecido a Dios por sus padres si libraba a Hungría de los tártaros. Y así podríamos nombrar a más parientes regios húngaros santos o canonizados.

Iolande de Hungría (1215-1251), descendiente de la poderosa casa húngara de los Árpad, era hija de del rey Andrés II de Hungría y de su segunda esposa Yolanda de Courtenay. Era además, prima de San Luís, rey de Francia, y nieta del emperador latino de Constantinopla, Pedro de Courtenay. Así que la importancia de la muy cristiana familia real húngara es evidente que radicaba en la alta consideración de su linaje. Y luego, apoyaba a la Orden Paulina.

Y finalmente, la hija de Iolande de Hungría, Violante de Aragón (1236-1301), nacida un año después de las nupcias matrimoniales, fue desposada por Alfonso, el futuro Rey Alfonso X el Sabio, en la Colegiata de Valladolid el 26 de diciembre de 1246, cuando tenía tan solo 10 años de edad y su esposo veinticinco. Tal vez, este matrimonio fuera el colofón al acuerdo territorial entre ambas coronas firmado ese año, el Tratado de Almizra, que fijaba las fronteras entre Castilla y Aragón, pero supuso también un matrimonio ventajoso entroncado en una de las familias con más ascendencia regia y cristiana de Europa.

Los esposos tardaron en tener hijos. Cuando Alfonso fue coronado rey en 1252, tenía ya varios hijos bastardos, así que culpó a la joven niña del fracaso de su deber como reina procreadora. Cuenta la leyenda que guardó cama en un paraje alicantino y después, en 1253, quedó encinta, siendo desde entonces conocido el sitio como  «Pla del Bon Repós» (“Llano del buen reposo”). Violante llegó a concebir 11 vástagos (entre ellos Sancho IV, quien sería rey de Castilla junto a su esposa María de Molina) y falleció a los 74 años en Roncenvalles, en Navarra.

Con Violante, y su poderosa y religiosa familia, es posible que cierta influencia húngara se dejara sentir en el reino castellano, pero solo posible. Sí que se sabe que la joven reina administró en nombre propio ciertos territorios, como la localidad de Hervás (Cáceres), y concedió privilegios y prebendas. También procuró el asentamiento de órdenes religiosas en su reino, pero todo ello formaba parte de un patronazgo bastante frecuente entre las reinas medievales, que ostentaban el señorío de la villa. Se sabe que Violante influyó en el asentamiento de las residencias de frailes mendicantes, como franciscanos y dominicos, pero no llegó a traer a Castilla monjes de la recién creada Orden de San Pablo, Primer eremita. No. El Convento de San Pablo no fue una fundación pro-húngara.

830 1 Iglesia San Pablo Valladolid-Cathedral cities of Spain 1909- William Wiehe Collins (1862-1951)Iglesia San Pablo Valladolid (1909) de William Wiehe Collins (1862-1951)

Es frecuente atribuir la fundación del Convento de San Pablo de Valladolid a la ya reina Violante de Castilla por la mención que de ello hace la obra del archivero y director del Archivo de Simancas, Julian Paz y Espeso (1868-195?), quien así lo hace constar en 1897:

“La fundación del Monasterio de San Pablo, ya relatada por cuantos de él se han ocupado débese á la Reina Doña Violante, mujer de Don Alfonso el sabio, que mandó al Concejo de Valladolid escribir al Padre Provincial de los Dominicos pidiéndole con recomendación de S. M. que enviase religiosos para fundar un Convento en dicha ciudad.” (Julián Paz y Espeso; “El Monasterio de San Pablo de Valladolid: noticias históricas y artísticas sacadas de varios documentos”; Imprenta: La Crónica Mercantil; 1897; pag.9).

Sin embargo, el historiador vallisoletano Jesús Mª Palomares Ibañez considera errónea esta afirmación y atribuye las primeras gestiones para la instalación del convento a los mismos religiosos dominicos, con fechas anteriores incluso a la de la misiva de la reina, como se puede inferir de una carta enviada por el Concejo al padre provincial de los dominicos (la fecha que figura en la carta se refiere al año 1276 en el computo actual):

“Al  mui religioso prior provincial de la Orden de Predicadores. De nos el Concejo de Valladolit, salut en Jesuchristo. Sepades que la Reina nos embió mandar por su carta que vos otorgáramos aquel lugar que demandasteis para morada en Valladolit, desde la Cascajera hasta San Beneyto. Et a Nos plácenos mucho de corazón, lo uno por cumplir mandamiento de nuestra señora Reyna, loal porque entendemos que esto, que será en servicio de Dios, y honra del lugar. Et Nos llamamoma Vos que vengades poblar aquel lugar, en tal manera que los omes bonos que allí han sus heredamientos, si vos algo quieran dar de lo suio por su gracia, que lo recibades; en otra manera que se los compredes, segunt vos avinierados con sus dueños. Et enviamos vos esta carta seellada con nuestro seello pendiente en testimonio. Fecha carta viernes primero dia de mayo, era de mil y trescientos catorce años.” (AHN, Libro Becerro, fols 3 y 4, Jesús Mª Palomares Ibáñez; “Aspectos de la Historia del Convento de San Pablo de Valladolid”; Archivum fratrum praedicatorum XLIII; 1973; pag.95).

Aunque no es cierto que la fundación del Convento de San Pablo de Valladolid se debiese a la devoción de Violante de Castilla por la orden paulina húngara, no sería extraño que en los años difíciles de su infructuoso matrimonio, la joven reina Violante conociese y aún venerase a estos monjes contemplativos por influencia de su madre Iolande.

Jose de RiberaSan Pablo Eremita, por José de Ribera (1640)

La orden se forma en 1250 (aunque recordemos que no recibe el beneplácito papal hasta 1263), tras unos años muy convulsos para el reino húngaro por las invasiones mongolas. Es el año del nacimiento de su hermano Sancho de Aragón (1250-1275), quien sería abad en Valladolid y seguramente por ello estuviese más unido a su hermana que el resto de su familia que se encontraba en Aragón. En los años siguientes Violante asiste a otros acontecimientos de gran importancia emocional: el fallecimiento de su madre Iolande de Hungría, en 1251; la coronación de su esposo como Rey de Castilla con el nombre de Alfonso X, en 1252 (postulado, además, como Emperador de Sacro Imperio Romano Germánico entre 1256 y 1257); y el nacimiento de su primera hija, Berenguela, en 1253.

El año de 1275 es otro año significativo para Violante de Castilla. En ese año, su hermano Sancho de Aragón, tras ser capturado por los musulmanes, es ejecutado en el paraje conocido como “La Celada”, en la localidad jienense de  Torredonjimeno. Sancho, que además de abad en Valladolid, fue nombrado Arzobispo de Toledo en 1268, había ingresado en la Orden de la Merced, de gran tradición en el reino de Aragón (fundada por el barcelonés Pedro Nolasco, fue aprobada por la Santa Sede en 1265, y ampliamente apoyada por Jaime I de Aragón), dedicada al rescate de cristianos cautivos por los musulmanes. Tenía 25 años.

Plaza San Pablo

Es indudable que este fatal desenlace de la vida de Sancho de Aragón tuvo que hacer sufrir mucho a su hermana Violante, pero mucho más la muerte, en el mismo año de 1275, y en plena campaña contra los musulmanes benimerines, de su hijo, el Infante Fernando de la Cerda, heredero al trono de Castilla. La reina Violante procuró siempre que la Corona de Castilla recayese en los herederos de su hijo varón primogénito sin llegar a conseguirlo. Finalmente, el reino fue a parar a manos de su otro hijo, Sancho IV.

Todo esto en una sociedad tan sacralizada como la Medieval, tenía que hacer que se acercase a la religión como consuelo. Cierto es, que entre los años 1250 y 1275, la reina Violante de Castilla había podido reunir en su ánimo alegrías y pesares suficientes como para querer patrocinar la fundación del Convento de San Pablo de Valladolid. Sin embargo, su impulso solo será materializado por la reina María de Molina (1264-1321), esposa de Sancho IV y tres veces reina de Castilla, quien dedicaría grandes esfuerzos para que se llevara a cabo la construcción formal del Convento de San Pablo. Y también tenía sus motivos.

maria1María de Molina y Fernando IV ante las Cortes de. Valladolid (de Antonio Gisbert).

María de Molina, quien se había enfrentado a la reina Violante de Castilla por la herencia del reino, no había obtenido la legitimidad papal de su matrimonio ni por lo tanto, la de sus hijos (Sancho se había casado antes, en 1270, cuanto contaba 12 años de edad, con Guillerma de Montcada, bajo la fórmula “sponsalia per verba de presenti”, es decir, sin conocerse: y además María de Molina era su tía). En el momento de la coronación de Sancho IV, en 1284, tras alzarse contra su padre (Alfonso X) y a la muerte de este, sus hijos fueron excomulgados por el papa y considerados bastardos. La legitimidad del matrimonio y vástagos fue un problema durante todo el reinado de Sacho y María de Molina, porque no fue conseguida hasta noviembre de 1301, cuando se recibe la Bula del Papa Bonifacio VIII. Ese mismo año, en Roncesvalles (Navarra), donde se encontraba descansando al volver de Roma tras obtener el jubileo, fallecía la reina Violante de Castilla.

Pero antes, en 1295, al quedar viuda, María de Molina se convirtió en reina-tutora de su hijo Fernando, menor de edad, futuro Fernando IV. Como su hijo aún era considerado bastardo, la reina reclama, y logrará, apoyos en las Cortes de Valladolid de ese año. Sin embargo, el nuevo rey falleció tempranamente, en 1312, así como también su esposa la reina Constanza, por lo que María de Molina vuelve a ejercer la tutela regia, esta vez, de su nieto Alfonso XI de un año de edad, y es reina de Castilla por tercera vez.

Los esfuerzos de la reina por la legitimidad de su descendencia y por los problemas que acarrearon las tutelas, pueden hacer entender el entusiasta patronazgo hacia las construcciones religiosas de Valladolid (y en el reino de Castilla, con varias fundaciones más en su nombre), y el apoyo incondicional a los dominicos mendicantes. Pero también profesó sincero amor a la orden. A su muerte dejó en testamento a los frailes dominicos de San Pablo, las rentas que le pertenecían por el portazgo de la villa y, según Jose Mª Palomares, pidió ser amortajada con los hábitos blancos de la orden (el cronista de Castilla en 1572, Ambrosio de Morales, describe sin embargo su mortaja como: “en hábito honesto, sin letra alguna”).

Curiosamente, no es enterrada en San Pablo, sino en el Monasterio de las Huelgas Reales (Santa María la Real de Huelgas), de la Orden del Císter, construido por su patronazgo en su cedido palacio de la Magdalena, extramuros de la ciudad, en el año 1282.

998 2 Sepulcro Maria de Molina-Mº Huelgas Reales-ValladolidSepulcro de María de Molina en el Monasterio de las Huelgas Reales 

El Convento de San Pablo quedaba entonces unido a la Orden de los Dominicos desde el primer impulso de Violante de Castilla y por patronazgo regio de María de Molina. Éstos frailes mendicantes, nacidos por fundación de Santo Domingo de Guzman en 1216, se habían instalado ya durante este siglo en varios conventos en Castilla, bajo la advocación de San Pablo apóstol, como primer predicador, por lo que nada tenían que ver con el santo eremita de la fundación paulina. Entre 1216 y 1276 se habían fundado, dedicados a San Pablo, los conventos de Segovia (1218), Palencia (1219), Burgos (1224) y también habían fundado otros conventos dominicos bajo diferentes advocaciones, como San Esteban de Zamora (1219), San Esteban de Salamanca (1230) o Santo Domingo de León (1261).

En Valladolid, se instalan en los terrenos denominados de la Cascajera “el qual es el mejor y mas saludable que tiene la referida villa por estar al septentrión en alto y por la misma parte vecino del Pisuerga.” La cofradía llamada de “La Cascajera” es el nombre con el que se conocía a la asociación de los notables de la Villa, que además donaron a los frailes casas y terrenos adyacentes, con sus huertos y derechos. En la zona donada existía ya una ermita (primera residencia dominica con el patronazgo de Violante de Castilla) conocida como Santa María del Pino, nombrada así por un gran pino que crecía al lado de ella y que “un supprior que a la sazón era, por cierto respecto que tuvo un día, en tanto que los frailes comían, le hizo cortar sin dar parte dello a nadie.” Desde su fundación, el convento mantuvo ese pino como símbolo de su orden en el Monasterio.

En 1398, será otra reina castellana, Doña Beatriz de Portugal (1373-1420), esposa del rey Juan I de Castilla (1358-1390), quien retome el proceso de donaciones para ampliar el Convento y cede a los dominicos “todo el solar que es dentro de la mi villa de Valladolid de como se contienen de unas casa nuevas que […] son cerca de la Puerta del Bao, fasta la Puerta del Postigo que llaman de San Pablo de dicho monasterio.” En el siglo XV, el cardenal fray Juan de Torquemada (tío del inquisidor general Tomás de Torquemada) se encargará de sufragar las obras para la ampliación del Templo que pierde ya su forma mendicante. Continuó su obra fray Alonso de Burgos, obispo de Palencia y después fueron numerosos los mecenas de este Templo, pero ninguno tan generoso como el Duque de Lerma, quien, una vez adquirido el patronato del convento en 1601 con el traslado de la capitalidad a Valladolid, costeó la reforma de su fachada principal y dotó al convento de numerosas obras de arte.

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En esta imponente Iglesia de San Pablo (es lo que queda hoy de la construcción conventual, ya desaparecida) fueron bautizados los reyes Felipe II y Felipe IV. Para el primero, se tuvo que recurrir a una añagaza y sacar al infante por una de las ventanas del Palacio de Pimentel para poder ser bautizado en este templo porque de haber salido por la puerta del Palacio habría tenido que ser bautizado en la Iglesia de San Martín.

Así, el gran Felipe II fue paulino, pero sin tener ninguna relación con la orden nacida tres siglos antes en  la lejana Hungría y de tanta tradición cristiana medieval. Los primeros paulinos instalados en un país de lengua castellana, fueron los que llegaron a España en el año 2011, encargados de restaurar la vida monástica en el Monasterio de Yuste (Cáceres) y por lo tanto nunca habían ocupado ningún monasterio ni advocación en Valladolid, ni en Castilla, ni en ninguna de las tierras americanas de la Corona. No.

AlmaLeonor

VALLISOLETANOS

VALLISOLETANOS

Harry-Fenn-Plaza-del-mercado-Valladolid Market Place, Valladolid. Xilografía hacia 1880 de un dibujo de Harry Fenn. Procede de la obra, Picturesque Europe. 

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que a los naturales de Valladolid les corresponde el gentilicio de VALLISOLETANOS. Según los Celtas Cortospor ser de Valladolid, castellano es poco”. Sin embargo, es probable que sea más acertado “castellano” que “vallisoletano”, ya que este término puede ser un error de atribución tal y como aparece explicado en un librito que he leído recientemente que lleva por título¡Ay Pucela! (2012, Ayuntamiento de Valladolid).

ay pucela

En este libro se explica que el Diccionario hace derivar este gentilicio del vocablo latino “vallisoletanus”, con el significado de los habitantes de “Vallisoletvm”, la población así llamada en el Imperio romano. Pero esto también merece una interpretación ampliada, ya que según el profesor Andrés Martínez Salazar (Sobre etimologías: Valladolid, 1918), hay que

“…reconocer que ‘Vallisoletvm’ hubo de ser, en todo caso, una vulgarización extrema de una (ya vulgar) forma anterior: ‘Valleolite’, formada sobre la base de un error lexicográfico de fácil deducción.”

Es decir que se vulgarizó un nombre derivado del nombre propio de una persona, “Oliti”, por otro derivado de un nombre común, un olivar, “oleti”. Y además, si se parte del origen del vocablo “Vallisoletvm”, lo lógico habría sido que nos llamásemos “vallisolitinos” y no “vallisoletanos”.

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Femme des Environs de Valladolid (Vieille-Castille) Xilografía de 1843 coloreada a mano. Procede de la obra, Costumes and habits of people from all parts of the world, Auguste Wahler, Bruxelles 1843. 

Pero es que además, según Narciso Alonso Cortés (En torno a Valladolid, 1918), Valladolid, no se llamó nunca “Vallisoletvm”… ¡oh! Esto si que es una sorpresa:

“Valladolid no se llamó nunca Vallisoletvm, que es la forma caprichosamente latinizada del nombre romance; por lo cual, naturalmente, no debemos fijarnos en ella para la formación del correspondiente adjetivo.”

Sin títuloMujeres vallisoletanas. Fundación Joaquín Díaz. Colección de Grabados y Trajes.  

¡Pues esta si que es buena…! no podemos llamarnos “Pincianos” porque, según se ha sabido, Valladolid no fue la Pintia vaccea, como ya adelantó José Mariano Beristáin y Martín de Souza (1756-1817), editor del Diario Pinciano,  entre 1787 y 1788, el primer periódico de nuestra ciudad, cuando escribió: 

“La ciudad de Valladolid no es población tan antigua, como ilustre y famosa. Ni es decoro suyo que se apoye su nobleza en glorias vanas, teniendo en los fastos auténticos de la Historia de España las verdaderas pruebas de su hidalguía.  No hay cosa más vulgar que poner fundamento de Valladolid sobre las ruinas de la Pincia de Tolomeo.”

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Esta atribución se fundamenta en la frase Llamose Valladolid en su principio Pincia, del historiador vallisoletano Juan Antolínez de Burgos (1561-1644), ya que la existencia de esta ciudad vaccea, Pintia, era conocida gracias a la Geographia  del eminente geógrafo Claudio Ptolomeo (87-150 d.C.). Aunque no se han conservado copia de los mapas que realizó, si que se conocen los escritos que los acompañaban y con los que se reconstruyeron muchos de ellos durante los siglos  XV y XVI. Y así, el primer testimonio escrito de la identificación de Pintia con Valladolid se encuentra en la obra  “De las cosas memorables de España” (1530, versión final de una obra de 1495), del humanista Lucio Marineo Sículo (c.1444-1536), donde dice que…

“…una villa, la más noble y más grande de todas las que hay en España, que los españoles llaman Valladolid y muchos varones sabios nombran Pincia.”

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Por eso durante mucho tiempo en Valladolid se consideraba un “cultismo” utilizar el término “pinciano” frente al vulgo “vallisoletano”. Sin embargo el término vuelve a relacionarse con Ptolomeo cuando incluso fue adoptado  por nuestro paisano Hernán Núñez de Guzmán, “El Pinciano” (c. 1478-1553  ), helenista en las Universidades de Alcalá y Salamanca, colaborador de la Biblia Políglota Complutense, y estudioso de la Geographia  ptolemaica sobre la que escribió una meticulosa y detallada obra descriptiva.

 Sin títuloTipos Vallisoletanos. Fundación Joaquín Díaz. Colección de Grabados y Trajes.  

Pero el caso es que tampoco podemos llamarnos “Pucelanos” por ser aún más incierto su origen, “prácticamente un círculo cerrado” dice el libro ¡Ay Pucela!, ya que no se ha podido establecer aún el punto de partida del vocablo, que puede ser solamente una fórmula oral de referirse a los habitantes de nuestra ciudad desde la edad media… ¿Era una alusión a las “poncellas”, las mozas vírgenes según la lengua catalana del siglo XII? ¿Se refería más bien a los seguidores de la “PucelleD’Orleans, Juana de Arco, según la Crónica de don Álvaro de Luna (c. 1390-1453) condestable de los reynos de Castilla y de Leon?

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Don Álvaro de Luna con la capa de la Orden y cruz de Santiago al pecho, del retablo del Maestro de los Luna en la capilla de Santiago en la catedral de Toledo. Fue Maestre de la Orden desde 1445 a 1453. La tabla está pintada en 1488.

Al parecer una delegación francesa pudo llegar a tierras castellanas con una carta de “la doncella” de Orleáns (de su puño y letra) pidiendo ayuda para su causa durante la Guerra de los Cien Años. Estos emisarios habrían llegado a Valladolid y se habrían entrevistado con don Álvaro de Luna para que intercediera ante el rey Juan II. Pero esa carta nunca ha sido hallada, y no se conoce ningún dato más que lo que cuenta el Condestable en su Crónica. E incluso, la misiva siguió tan envuelta en la leyenda que, siendo llamada “la reliquia” en su día (siempre según la crónica de don Álvaro de Luna, se insiste)…

“…duerme en el fondo de un legajo del Archivo General de Simancas, preservando celosamente su secreto de la mirada de los curiosos para evitar que le arrebaten la magia y el misterio que la envuelven.”

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Sin duda esta sería una explicación mucho más hermosa que la que ofrece el Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Valladolid, Celso Almunia, para quien “Pucela” es simple y llanamente un invento moderno, del siglo XX, que hace referencia, posiblemente, a una “pozuela”… una pequeña charca de agua, tal vez de las muchas insalubres que existían en Valladolid; o tal vez haciendo referencia a la generosidad hidrológica del Esgueva y el Pisuerga en Valladolid, rodeado del  entorno seco de Tierra de Campos.  Es más, Valladolid, orográficamente, parece una “poza” en medio de un campo llano, por eso se fijan aquí tanto las nieblas de invierno. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, pues… Pucela.

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Por otro lado Poncela es un apellido que se puede encontrar fácilmente en Valladolid, sobre todo, dice el penalista Ángel Torío López, en Zaratan . Según consta en los archivos de la Real Chancillería de Valladolid, unos Poncela hicieron probanza de su hidalguía en esta institución. Recuerdo ahora, además, a la pintora vallisoletana Marcelina Poncela (1867-1917), madre del escritor Enrique Jardiel Poncela.

19150 enrique jardiel agustin - marcelina poncela y sus dos hijas mayoresMarcelina Poncela, su marido, Enrique Jardiel Agustín, y sus hijas mayores.

El siempre documentado etnógrafo vallisoletano Joaquín Díaz afirma que antes fue el gentilicio que la ciudad. Es decir, que primero se popularizó el término “pucelana”, como un tipo de cerámica muy característica de esta zona, cuyo origen puede encontrarse en las Puzzeli italianas; y que después, preguntándose tal vez de donde procedía dicha porcelana, pues se concluyó que de “Pucela”.

En todo caso es un término muy ligado a la afición futbolística de la ciudad. Recuerdo una anécdota que le sucedió a mi hijo en el colegio cuando era muy pequeño y no conocía estos términos futboleros (obviamente porque no vemos fútbol en casa). Unos muchachos más mayores coreaban “Viva pucela, Viva pucela” y mi hijo, sacando pecho por su ciudad natal les increpó con toda su inocencia: Nada de ‘pucela’… viva Valladolid.”

Pues que viva… pero aún no sabemos porqué somos “vallisoletanos”.

vallisoletum-toletumToletvm y Vallisoletvm, de la obra, Civitates Orbis Terrarum.

En mi libro explican una teoría más para definir e.l origen del término descrita por José Valín Alonso (A vueltas con el origen de un topónimo: Valladolid, 198?), y que, del mismo modo que la explicación ofrecida por Joaquín Díaz para el término “Pucela”, hace derivar el nombre de la ciudad, del nombre del gentilicio y no al revés:

“Podría correspondernos, a los ‘vallisoletanos’, el topónimo ‘Valli toletum’; es decir ‘valle de los toledanos’. Es cierto que en el siglo IX, cuando se daba por consumada la conquista árabe de la Hispania (y así era), hubo momentos de clara intolerancia religiosa emanada del poder central localizado en la capital, Toledo (Toletum). Y es, no cierto pero sí probable, que estas ‘rachas’ de integrismo islámico forzasen la emigración de grupos de mozárabes toledanos hacia territorios del norte. Bien. Ahora. Suponiendo que alguna de esas comunidades se asentara en el Valle del Pisuerga ¿Por qué no admitir –se pregunta Valin– que a dichos mozárabes desplazados se les conociera como ‘toledanos’ y ‘valli toletanos’ al lugar por ellos elegido para echar raíces?”

De hecho, en el Civitates Orbis Terrarum, aparece Vallisoletum justo debajo de Toletum… Lo que no nos aclara nadie es quienes eran los que calificaban de “valle-toletanos” a los mozárabes instalados en este Valladolid nuestro… ¿acaso cristianos viejos de los alrededores? Si fuese así, tal vez incluso podríamos entender el término como un descalificativo… “Por ser de Valladolid, todo es imposible…

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Por ser de Valladolid, dicen los Celtas Cortos, “somos lo que somos y como somos” …Y además, no sabremos de donde viene nuestro gentilicio, pero lo de vallisoletanos lo llevamos estupendamente y con mucho orgullo.

AlmaLeonor